17. Abu, no te despelotes encima de la mesa de billar
Los miembros de la familia Uchiha no son especialmente conformistas. La abu Uchiha nunca fue la clásica abuela tejedora, cocinera y besucona. Su marido era como Itachi pero en viejo. Se parecían incluso físicamente, eran tal para cual. Cuando murió, Itachi se quedó sin cómplice. Recuerdo lo mal que lo pasé por él, las lágrimas que compartimos en silencio el día del entierro. Era un chico de trece años que acababa de perder a su mejor amigo y, a pesar de todo lo que me hacía pasar, yo solo quería que no llorara.
Pienso en el pasado mientras atravesamos un pueblo costero bastante pijo. Es como los Hamptons, pero con un glamour más sutil. Parece el típico sitio al que se retiran los jubilados adinerados. Veo el océano desde la ventanilla del coche y las enormes villas de estilo español que se suceden a lo largo de las calles. Es bonito, claro que sí, pero apesta a dinero y me resulta un poco confuso.
Ahora mismo, no es lo único que me resulta confuso.
—¿Qué quiere decir que se ha escapado?
—Quiero decir exactamente eso, que está chalada.
Itachi le da un puñetazo al volante y cuelga el teléfono. Todavía no me ha soltado la mano y, aunque me preocupa su abuela la escapista, no consigo concentrarme en nada que no sea ese pequeño punto de contacto. Madre mía, es lo único que tenemos de momento y yo ya me estoy convirtiendo en la psicópata de Fanática.
—¿Dices que ha dejado a su cuidadora fuera de combate y se ha escapado de la residencia después de robarle el coche a la misma cuidadora?
Me cuesta creer que una mujer de sesenta y cinco años sea capaz de hacer todo eso. Es una Uchiha, vale, pero tampoco es invencible.
—Le he dicho que me esperara. Le habría conseguido algo mejor que un Mustang destartalado.
¡Ja! No está enfadado porque su abuela se haya escapado de la residencia, en la que es obvio que la cuidan bien, está enfadado porque no ha robado un coche mejor. ¿Quién dice que solo frecuento a gente aburrida?
—Entonces, si ibas a ayudarla, como parece, seguro que sabes adónde ha ido. Problema solucionado; llama a tu padre y dile que está todo controlado.
El sheriff Uchiha nos ha llamado hará una media hora. Al parecer, le acababan de informar de que su madre había atacado a una trabajadora antes de escaparse; ah, y le había robado el coche. Estaba que se subía por las paredes y creía que Itachi la había ayudado. Ahí he tenido que intervenir yo. Le he dicho, muerta de vergüenza, que Itachi estuvo conmigo ayer por la noche y hoy. La cosa se ha puesto un poco rara y el señor Itachi ha preferido aparcar el tema. Cuando se ha enterado de que íbamos a visitar a la abu Uchiha, en un cruel giro del destino, nos ha pedido que la encontremos y que la devolvamos sana y salva a la residencia.
Por lo visto, Itachi ya lo ha hecho unas cuantas veces. Es un encantador de abuelas, y cada vez que la suya la lía, siempre está más o menos involucrado. Sabe cómo piensa, así que si está haciendo autoestop camino de Texas la encontraremos.
—No es tan fácil, bizcochito. Si no me ha esperado es porque está planeando algo gordo. Sabe que acabaré diciéndole a mi padre dónde está porque todos nos preocupamos por ella. No quiere que la encuentren.
Cierra los ojos y tamborilea sobre su frente como si pretendiera que las respuestas llegaran solas. Hace tiempo que conozco a la abu Uchiha, pero eso no me capacita para saber dónde demonios está. Una cosa es ayudarla a cargar globos de agua hasta la terraza para tirárselos al cartero y otra muy distinta localizarla en plena huida.
—Bueno, quizá deberíais dejarla a su aire un tiempo. No sé, es evidente que necesita espacio, ¿qué tiene eso de malo? Es más que capaz de cuidar de sí misma.
Itachi abre los ojos y suspira. Se le nota en la cara que está preocupado y yo también sufro por él. Cuando estamos juntos, hace lo que sea para que me ría. Nunca me explica sus problemas, solo los que tiene con Sasuke. No me puedo creer lo egoísta que he sido. Nunca le he preguntado qué tal le va. No hemos hablado de la academia militar, por qué volvió..., nada.
Vale, hora de cambiar, Sakura. Itachi te necesita. Últimamente se ha convertido en tu hada madrina y ahora ha llegado la hora de devolverle el favor. Es evidente que esto significa mucho para él y tienes que estar a su lado, pase lo que pase.
—Tiene asma, Saku, y es grave. No se lo toma en serio. Yo intento seguirle la corriente y dejo que se escape, pero nunca le quito el ojo de encima. Sé dónde está, qué está haciendo y, si se pone enferma, la encuentro y la traigo de vuelta inmediatamente. Ahora mismo estoy muerto de miedo porque sé que le importa un pito su salud.
Se me hace un nudo en el estómago. La verdad es que suena mal, muy, muy mal. Una mujer de la edad de la abu Uchiha, con asma y una vena salvaje, por ahí sola, haciendo vete a saber qué. De repente, tengo una sensación de ahogo. Temo por el chico que está a mi lado, que seguramente ahora mismo está a punto de volverse loco. Ya ha perdido a su abuelo; no puede perder a la única persona que le entiende y lo quiere de una forma incondicional.
Me acerco a él, salvando el espacio que hay entre los asientos. Ha detenido el coche, tiene la cabeza entre las manos y le cuesta respirar. Siento la necesidad imperiosa de consolarlo y es una sensación tan potente que me coge por sorpresa. No soy una persona especialmente sobona, me gusta tener mi propio espacio, pero esta vez es diferente. Le paso los brazos alrededor de la cintura y apoyo la cabeza en su hombro. Se le acelera la respiración cuando se da cuenta de lo cerca que me tiene, pero seguramente es porque no se lo esperaba.
—Todo irá bien, la encontraremos —murmuro contra su camiseta.
El corazón le late tan fuerte que casi puedo oírlo. Si deslizo las manos un poco más arriba, hasta la zona que palpita, seguro que lo noto, pero ahora no es el mejor momento para ponerme sobona.
Sus brazos me rodean al instante, como un acto reflejo. No sé si le ha sorprendido mi reacción, al menos no se le nota. Esconde la cara en el hueco de mi cuello, me aprieta muy fuerte y así, sin más, acabamos abrazados en medio del aparcamiento de una zona residencial. Si nos viera cualquiera de Las mujeres perfectas que viven aquí, seguro que sacarían una conclusión equivocada porque estoy prácticamente sentada a horcajadas encima de él. Algo tan inocente como un abrazo de repente adquiere un significado distinto. No sé qué hacer. ¿Me aparto y ya está? ¿Me quedo sentada donde estoy? No sé por qué, pero me gusta más la segunda opción. Su aliento me acaricia el cuello y me produce escalofríos. Si no me estuviera apretando tan fuerte, seguramente me estremecería de placer. Ya sé qué hace falta para sentirse así, he leído unas cuantas novelas románticas. Entonces ¿por qué todo lo que pensaba que era verdad resulta que es mentira?
—Saku —susurra contra mi piel, y una sola palabra suya basta para romperme en pedazos.
Ha sonado tan, tan... seductor. ¿Qué hago? ¿Le doy un beso? ¿Intento decir algo inteligente? Necesito un manual de instrucciones, por favor.
Se ríe y siento el sonido reverberando por todo mi cuerpo. ¿Qué le hace tanta gracia?, me pregunto. Mi falta de experiencia, está claro. Ahora es cuando me dice que lo de esta mañana ha sido un error y que mejor sigamos siendo... una pareja complicada y sin etiquetas.
—¿Recuerdas lo que te dije sobre lo de no pensar demasiado y disfrutar del momento?
Recuerdo el incidente de la piscina y siento un calor que me sube por las mejillas. Creía que los dos habíamos guardado en una caja aquel momento para cuando lo volviéramos a necesitar. Por lo visto, ya ha llegado ese momento.
—Ajá.
¿Dónde se mete Shakespeare cuando más lo necesitas? Si fuera el tipo de chica predestinada a estar con Itachi, diría algo descarado, muy segura de mí misma, y, lo convencería de que soy la mujer más irresistible del mundo. Seguro que ahora mismo está buscando la manera de poner fin a lo que hay entre nosotros, sea lo que sea, y me romperá el corazón.
—De verdad, tienes que trabajar este aspecto de tu personalidad.
Intento contenerme, pero se me escapa la risa. Los dos sabemos que, por mucho que me esfuerce, nunca seré capaz de dejarme llevar. Itachi saca lo peor y lo mejor de mí. Cuando no estoy cabreada con él, estoy derritiéndome a sus pies. Es imposible que aprenda a «disfrutar el momento» y así se lo digo.
—No creo que pueda.
La expresión de su cara lo dice todo. Sabe el efecto que tiene sobre mí y está orgulloso de ello.
—Bueno, al menos podemos intentarlo, tenemos mucho tiempo —me promete.
No sé si sus palabras son una estrategia para romper conmigo, pero, si no es así, le está saliendo el tiro por la culata. Las palabras «tenemos» y «tiempo» me suenan más dulces que cualquier canción de amor que haya escuchado en toda mi vida. Ni siquiera se está poniendo poético, solo es... Itachi. Lo que acaba de decirme me impresiona y me resulta un poco agobiante, intento comprender qué significa con respecto a nosotros.
Tampoco puedo decir mucho más porque, de pronto, le suena el móvil. Me aparto de su regazo y vuelvo a mi asiento. Ya echo de menos su calor. Le cambia la cara, se nota que está aliviado; seguro que es algo relacionado con la abu Uchiha. El tono de la llamada es una melodía de los Beatles que recuerdo haber escuchado a menudo cuando su abuela me hacía de canguro.
—Abu, te dije que me esperaras —refunfuña, sujetando el teléfono con el hombro y poniendo el coche en marcha con la mano que le queda libre.
Intento seguir la conversación, pero cuando empiezo a oír palabras como «allanamiento», «robo» y «persecución en coche», siento que la cabeza me da vueltas. ¿Hay algo que esta mujer no sea capaz de hacer?
—Espera, ¿qué? ¿Que estás haciendo qué?
Apoya la espalda contra el asiento y se golpea contra el reposacabezas. Yo observo la escena con una emoción a medio camino entre la preocupación y el interés. Si hay alguien capaz de conseguir que le salgan canas a Itachi, esa es su abuela.
—Abu, no te despelotes encima de la mesa de billar —le dice armándose de paciencia, como si hablara con un niño—. ¿Qué? ¿No pretenderás que te deje sola? Ahora mismo voy a buscarte, dime dónde estás.
Oigo la voz de su abuela al otro lado del teléfono y el sonido contagioso de su risa. Itachi aprieta los dientes, visiblemente molesto. Por lo visto, la abu Uchiha se va a salir con la suya porque su nieto murmura varios «vale» y luego cuelga.
Arqueo una ceja. Acabo de presenciar la media conversación más extraña que he oído en mi vida.
—Supongo que no ha ido bien del todo.
—¡Está en un bar con un amigo que ni siquiera sabía que existía!
Abro la boca para intervenir, pero él sigue a lo suyo.
—No me puedo creer que me esté haciendo esto. Teníamos un plan, lo tenía todo pensado, pero ahora resulta que está demasiado ocupada dejando ciegos a un puñado de borrachos. Mañana aparecerá en YouTube, ya verás. Mi abuela, la alcaldesa de Villa Tigresa.
Cuando por fin deja de despotricar, está sin aliento y me parece aún más adorable que antes. Lo sé, resulto un poco sádica disfrutando con sus desgracias, pero no lo puedo evitar. Itachi Uchiha, siempre tan comedido y reservado, también es capaz de perder el control, y esta particularidad suya lo hace aún más atractivo.
—Itachi, tranquilízate. Sabe lo que hace, seguro. Es más que capaz de cuidar de sí misma.
—Pero...
—Pero nada. He oído que te decía que la recogieras a primera hora de la mañana y que la llevaras de vuelta a la residencia. Dale un día de margen y mañana, si quieres, ya la atas a la pata de la cama.
Soy una persona sin capacidad para el liderazgo aunque tampoco la deseo. Me contento con sentarme en la última fila. Si quieres, puedes poner pegamento de impacto en la silla que no me quejaré. Supongo que por eso a los dos nos sorprende el tono autoritario de mi voz. Parpadea una vez, dos, y yo noto que se me incendian las mejillas.
Acto seguido me regala su sonrisa de pavo real y sé que estoy perdida.
—Te pones muy sexy cuando te enfadas.
Me guiña un ojo y siento que me hierve la sangre de las mejillas. Sí, no es la primera vez que me dice algo así, pero, después de lo de esta mañana, sus palabras adquieren un nuevo significado y yo sudo a mares. Está tonteando conmigo, ¿verdad? ¿Y ahora qué hago? ¡Piensa, piensa, piensa en todas las veces que has visto The Hills! ¿Qué es lo que dicen siempre? ¿QHLC?
—Cierra la boca.
No, creo que no lo harían así.
Por suerte, no insiste en avergonzarme. Por alguna absurda razón, le intereso, a pesar de mis nulas habilidades sociales y de todo lo demás. Eso me gusta, en serio, porque soy incapaz de cambiar, aunque lo he intentado.
—¿Y ahora qué? —pregunto mirando a nuestro alrededor.
Hemos venido hasta aquí para nada, pero es una lástima perdernos toda esta belleza. Seguramente no estaría bien proponerle que nos quedáramos, sobre todo porque la persona a la que hemos venido a ver está en un garito de mala muerte, sabe Dios dónde.
Itachi estudia mi cara en silencio. Es como si estuviera debatiendo consigo mismo, pero unos segundos después parece que ya ha tomado una decisión y una media sonrisa le ilumina la cara. Arranca el motor y me lleva a un restaurante, justo delante de la playa, que yo me he quedado mirando cuando veníamos de camino.
¿Esto es una cita? La idea me hace hiperventilar. Una cita con Itachi. Otra oportunidad para quedar en evidencia yo sola. Necesito tiempo para adaptarme a los cambios que ha habido entre nosotros. Necesito aprenderme el Cosmopolitan de memoria, maldita sea.
—Tranquila, solo vamos a comer algo. No se me ocurriría tener una primera cita tan poco... planificada —decide tras una pausa, y arruga la nariz.
Mientras él aparca, yo me hundo en el asiento. Ahí está otra vez, provocándome un ataque al corazón con solo unas palabras.
—Lo siento —murmuro avergonzada.
Entramos en el restaurante, que parece bastante agradable. Es más o menos como el Senju's, pero más limpio. Es mediodía, así que no hay mucha gente, pero las camareras no paran ni un segundo detrás de la barra. Nos sentamos en un reservado y siento que el corazón me da un vuelco. Para no ser una primera cita, se le parece bastante.
Miro por la ventana, que ofrece unas vistas espectaculares del océano. Estoy tan concentrada intentando tranquilizarme con el vaivén de las olas que no me doy cuenta de que los dedos de Itachi descansan sobre los míos, encima de la mesa. Veo la expresión de su cara y siento que me falta la respiración.
—No te importa, ¿verdad?
Se le nota nervioso. Recuerdo que se comportó igual el día que me regaló el vestido. Parece que las dos únicas personas capaces de sacar a relucir ese aspecto de Itachi somos su abuela y yo. No me gusta que dude cuando está conmigo. Es una monada, de verdad, pero no le pega.
—N...no me gusta que me lo preguntes.
Parece sorprendido por mi respuesta y también un poco aturdido. Me pongo colorada ante mi propia osadía, pero ¿por qué no aprovechar ahora que he cogido carrerilla?
—No tienes que cambiar por mí, no hace falta que lo hagas.
—Entonces si hago esto —se inclina rápidamente hacia delante y me da un beso en la mejilla que me saca los ojos de las órbitas y enciende un castillo de fuegos artificiales en mi interior— sin preguntar, ¿no te importa?
Me dedica una de sus sonrisas descaradas y yo me desintegro. Acaricio con la mano el sitio donde me acaba de besar y no dejo de pensar que quiero más. Tartamudeo una respuesta incoherente y él se ríe. Imbécil.
Antes de que pueda contestarle como Dios manda, aparece la camarera, una señora mayor. Yo pido una ensalada de pollo y Itachi una hamburguesa con queso, como siempre. Se me adelanta y me pide un batido de fresa. Yo pensaba pedir agua, pero por dentro doy saltos de alegría porque me apetece mucho el batido.
Comemos en silencio, pero no consigo concentrarme porque Itachi no para de dibujar círculos en el dorso de mi mano. Lo pillo mirándome un par de veces mientras yo me lleno los carrillos de lechuga, una imagen preciosa, lo sé. Y así transcurre la comida, entre miradas furtivas y sonrisas tímidas. Es algo distinto a lo habitual, pero en el mejor de los sentidos.
Estamos en la playa y Itachi ha ido a buscar unas mantas al maletero de su coche. El sol se acerca peligrosamente al horizonte, lo cual me recuerda que será mejor que hable con los míos. Saco el móvil y envío unos mensajes rápidos a Shikamaru y a las chicas para que sepan que mi cuerpo no está descansando en el fondo del Pacífico.
—¿A qué hora tienes que estar en casa? —pregunta Itachi mientras extiende las mantas sobre la arena.
Menos mal que hay dos. No me importaría acurrucarme a su lado, pero la idea de tenerlo tan cerca amenaza con provocarme otro accidente coronario.
—El toque de queda es a las diez, aunque debería volver un poco antes. Mis padres no están en casa, pero a Shikamaru podría darle por hacer preguntas.
Itachi asiente como si entendiera por qué mi hermano es un problema. Tengo que averiguar qué se llevan estos dos entre manos, pero por el momento prefiero concentrarme en Itachi, que se sienta y da unas palmaditas sobre la manta para que me instale a su lado. Es lo que hago, aunque dejando un espacio considerable entre los dos. Me llevo las rodillas al pecho y las abrazo para mantener las manos ocupadas. Si las dejara a su libre albedrío, seguramente acabarían enredadas en el pelo de Itachi. Llevo mucho tiempo conteniéndome, pero, ahora que estamos a punto de ser algo más que amigos, los límites empiezan a desdibujarse.
—Siento haberte traído hasta aquí para nada. Si hubiera sabido que pensaba hacer algo así...
Sacude la cabeza, pero sé que es consciente de lo divertida que ha sido toda la situación.
—No pasa nada, estoy acostumbrada a lidiar con los miembros menos cuerdos de los Uchiha. Es mi nueva especialidad.
Sonrío y choco el hombro contra el suyo. Vale, genial, ahora resulta que cualquier excusa es buena para arrimarse.
—Lo cual me recuerda que tengo que pedirte perdón, Saku —me dice, un poco brusco, la voz tensa.
Intento imaginar por qué se está disculpando esta vez, pero no se me ocurre nada. Se porta tan bien conmigo, es tan atento y me cuida tanto que no sé a qué se refiere esta vez.
—¿Por qué?
—Por todo. Tómatelo como una disculpa general por los catorce años que me he dedicado a hacerte la vida imposible.
Estoy estupefacta, me ha cogido por sorpresa. ¿Ahora me saca a relucir el pasado? Después de ignorarlo durante tanto tiempo, ¿va y escoge uno de los días más perfectos de mi vida para recordarme cómo eran las cosas entre nosotros hasta no hace mucho? De repente, levanto unos muros de protección. Intento convencerme de que no quiere hacerme daño, pero en mi cabeza se suceden imágenes de los dos desde que nos conocemos y se me ocurren tantas razones por las que salir corriendo... Respira, Sakura, ya no es el de antes y tú hace tiempo que no acudes a Urgencias, lo cual es una muy buena señal.
—Yo era un chico bastante imbécil —continúa, ignorando que estoy a punto de sufrir un ataque de nervios— y tú, la chica más guapa que había visto en mi vida. Supongo que intenté ganarme tu atención de la única forma que sabía.
—¿Tirándome en una zanja llena de barro? —pregunto, un poco seca, interrumpiéndole el monólogo.
Aquel día llevaba mi vestido azul favorito y mi madre me había levantado antes para trenzarme el pelo y ponerme cintas. Era el primer día de Colegio y también la primera de las muchas humillaciones por las que me hizo pasar Itachi.
Lo miro a la cara mientras él hace una mueca y se pasa las manos por el pelo.
—Sí, podría haberlo hecho mejor. Yo quería ser tu amigo, pero los otros niños...
—¿Se habrían burlado de ti por juntarte con una niña?
Aún recuerdo el grupito de niños revoltosos que tenía por amigos en primaria. Eran iguales que él, aunque, ahora que lo pienso, nunca se metían conmigo. Me estremezco al pensar lo que podrían haberme hecho, sobre todo porque muchas veces fui testigo de lo que eran capaces de hacer por los pasillos del colegio.
—De hecho, más bien se habrían metido contigo por ser amiga del niño que no tenía madre. Con el tiempo entendí que los niños a esas edades suelen ser muy crueles. Ya te lo he dicho antes, yo era un poco imbécil.
Se me parte el corazón ante semejante revelación. Es como si lo estuviera viendo. Itachi, el niño desgraciado lleno de inseguridades. Me basta un solo segundo para perdonarle todo lo que me ha hecho.
Me dejo llevar por un impulso y le paso los brazos alrededor de la cintura, entierro la cara en su cuello e intento consolar al niño que lleva dentro.
—¿Y qué pasó cuando crecimos? ¿Por qué seguiste haciéndolo? —pregunto muy bajito mientras me aparto. No puedo soportar la idea de que sea como los demás, de que mi peso de entonces determinara la forma en que me veía—. ¿Era... era por mi peso?
Cuando lo miro, sus ojos negros se asemejan bastante a una tormenta. Tiene la mandíbula tensa y las aletas de la nariz dilatadas. Está enfadado conmigo, pero no sé por qué.
—¿Eso es lo que piensas de mí? Yo nunca...
Deja la frase a medias, gruñe y se tira del pelo con tanta fuerza que por un momento me da miedo que se lo arranque. Se tapa la cara con las manos y distingo perfectamente una retahíla de palabrotas.
—Si es que me lo merezco. Haces bien en pensar lo peor de mí, no puedo quejarme. —Gira medio cuerpo hasta que estamos cara a cara y yo pierdo la compostura cuando me sujeta la cara entre las manos y me acaricia las mejillas—. Para mí siempre fuiste la chica más guapa del colegio. Me da igual cuánto peses, Saku, cincuenta kilos o doscientos, me es indiferente. Siempre serás mi bizcochito, la chica preciosa que ni siquiera lo sabe, que es amable y generosa, sarcástica y divertida como ella sola.
¿Cómo se hace para respirar? Recuerdo haber leído algo sobre pulmones y oxígeno, pero ahora mismo soy incapaz de relacionar las dos cosas.
—No te daba miedo plantarme cara, me tratabas como el imbécil que era y yo... estaba asustado. Tener esa clase de sentimientos con once años no es muy normal. Al principio, solo quería que fuéramos amigos, pero no sabía cómo conseguirlo. Cuando empecé a sentir algo más, tú solo tenías ojos para Sasuke. Estaba tan celoso que te lo hice pagar. Lo siento.
Vaya, vaya. Tendré que comprarle a Temari una tarjeta regalo de su tienda de discos favorita. Resulta que tenía razón desde el principio.
—Itachi, y...yo...
Me acaricia el labio inferior con el pulgar y juro que por un momento oigo el latido de mi propio corazón.
—Espera. No pretendo que ahora, de repente, sientas lo mismo que yo. Sería estúpido si creyera que, después de todo lo que te he hecho, todavía quieres tener algo que ver conmigo. Me arriesgué cuando decidí volver, pero ha resultado ser la mejor decisión que podría haber tomado. Dame otra oportunidad, Saku, y te juro que esta vez lo haré bien.
¿Cómo se le dice al chico que está luchando con uñas y dientes por ti que ya se ha ganado tu corazón? La temida palabra de cuatro letras hace su aparición, pero la aparto rápidamente de mi mente. Ahora no es el momento, no tiene por qué saber que soy aún más rara de lo que la gente cree. Nos lo estamos tomando con calma; si quiere ganarse mi corazón, que lo haga. Me vendrá bien un poco de atención.
—Vale —susurro sin saber muy bien qué decir.
Sin embargo, reacciona como si acabara de entregarle el mapa del Santo Grial. De estar hecho polvo pasa a estar eufórico, le brillan los ojos y los rayos del sol potencian el efecto.
—¿Acabas de decir que vale? ¿Saldrás conmigo?
—Sí, Itachi, sí. Saldré contigo.
Pero yo quiero más, mucho más.
