Tras unos días con el cerebro embotado, repleto de absurdas ideas e incómodos sentimientos decidió ver a alguien que le ayudara a poner orden a su atormentada cabeza.

A sabiendas de que Morpheus tenía su reunión semanal con la profesora Trelawney, Johanna se dirigió hasta una pequeña sala que había bajo las escaleras principales. Allí, en su oficina, encontró a Sam que estaba organizando un montón de archivadores polvorientos.

- Hola Johanna, que agradable sorpresa. Siéntate, haré un poco de té.

- Si te molesto, puedo volver en otro momento. – Dijo la chica.

- En absoluto, solo estaba haciendo limpieza, el anterior conserje tenía la absurda costumbre de guardarlo todo.

Johanna tomó asiento en una de las butacas enfrente del escritorio. Encima de la mesa había un pequeño marco y en él había una foto muggle de dos jóvenes. Eran Sam y Morpheus unos años antes, delante de la universidad de Oxford. Johanna sonrió al verla.

- ¿A que debo esta inesperada visita? – Preguntó el chico.

- Necesito hablar con alguien que no me juzgue, y que no me diga "te lo dije".

Sam se sentó en frente de ella y le sirvió una taza de té. Entonces la chica empezó a hablar de nuevo.

- Es sobre el profesor Snape.

- ¿Otra vez estás con tus prejuicios? Ya te dije que es una buena persona, a pesar de que se esfuerce en ocultarlo.

- Eso ya lo sé.

El joven se quedó un poco asombrado ante la respuesta de la chica, pero no dijo nada.

- Verás… No se cómo decirlo. – Johanna titubeó antes de seguir hablando. – Creo que me atrae el profesor Snape, de alguna extraña manera que no logro comprender.

Sam se atragantó con el té al escucharlo.

- ¿Cómo?

- No me juzgues, por favor. Es como un imán que me atrae irremediablemente. Es tosco, arrogante, prepotente y orgulloso. Pero nunca antes había conocido a nadie así, que me hiciera hervir la sangre de ganas de matarlo y besarlo y de cortarle la lengua y de tomarlo contra la pared hasta que no pudiera recordar ni su nombre. Todo a la vez, al mismo tiempo…

La chica agachó la cabeza avergonzada y cuando la volvió a levantar se dio cuenta que su anfitrión tenía una sonrisa de oreja a oreja.

- Tú misma lo has dicho todo. – Dijo el chico cogiéndole las manos cariñosamente. – Ve a por él.

Lejos de allí, en las mazmorras, un hombre atormentado no dejaba de darle vueltas a la cabeza. A su habitual insomnio se le había unido otro pesar que le angustiaba.

¿Pero quién demonios le iba a decir que existiera una mujer tan hermosa y a la vez tan desagradable como Johanna Macbay? Que le retaba con la mirada y no le importaba dejarle como a un estúpido delante de quien fuera y que cada vez que hablaban era para discutir.

Por lo general, Johanna, siempre dejaba salir esa personalidad impulsiva y estúpida que tanto detestaba. Le resultaba ilógico sentirse atraído por ella. No tenía ninguna cualidad que pudiera atraerle, a parte de su obvio talento en pociones que no reconocería nunca delante de la chica.

Entonces, ¿Por qué cada vez que estaba demasiado cerca, cada vez que la tocaba, sentía ese agobio, ese cosquilleo en la piel que le pedía más contacto?

Era cierto que la consideraba molesta, estúpida e irritante. Pero también era cierto que en el fondo anhelaba poder saciar el deseo que, le gustase o no, despertaba en su cuerpo con cada toque.

El hombre vació en vano una botella de wisky de fuego intentando sacarse esas absurdas ideas de la cabeza. Él solo había estado enamorado de una mujer en toda su vida, y no había acabado precisamente bien. Él fue el culpable de que su único amor muriera a manos del que en aquellos tiempos fuera su amo. Por eso nunca más iba a amar a nadie. Él fue su propio juez y verdugo, quien se impuso el castigo y veló para que se cumpliera.

Apretó el puño con fuerza y le propinó un puñetazo a la pared. Seguía incapaz de quitársela de la cabeza. Se acercaba el aniversario de la muerte de Lily. Se cumplían 35 años desde que dejó de vivir para su propia satisfacción cumpliendo la dura penitencia que se había impuesto y aquella chica, con su arrogancia e impulsividad, no iban a trastocar su mundo.

En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos. Tras las clases, todos los alumnos se dirigieron al gran comedor para la fiesta de Halloween.

Mil murciélagos aleteaban desde las paredes y el techo, mientras que otro millar más pasaba entre las mesas, como nubes negras, haciendo temblar las velas de las calabazas. El festín apareció de pronto en los platos dorados, como había ocurrido en el banquete de principio de año. En la mesa de los profesores había una silla vacía. El profesor Snape no había bajado a cenar. Después de acabar con cada uno de los deliciosos platos que les ofrecieron los elfos domésticos, la directora McGonagall se levantó y anunció el inicio de la fiesta. Los profesores retiraron las mesas con un golpe de varita y con otro movimiento hicieron aparecer una montaña de sobres con los colores de cada casa y con los nombres de los alumnos en ellos.

- Coged el vuestro y abridlo. – Dijo el profesor Flitwick emocionado.

Él pequeño brujo abrió el suyo y de él salió un enorme gorro rojo de gnomo. Divertido se lo colocó en la cabeza. Los alumnos empezaron a imitarle. De cada sobre salía un sombrero divertido o algún complemento estrafalario. Pronto el gran comedor se había convertido en una fiesta de disfraces.

Johanna se colocó las enormes orejas de zorro que le habían tocada y echó un vistazo a su alrededor. Emma lucía un ostentoso tocado de flores en el que revoloteaban un par de mariposas y junto a ella Edward se había puesto lo que parecía un sombrero en forma de jarra de cerveza de mantequilla. Todos se lo pasaban bien, reían y charlaban animadamente, pero no era el caso de Johanna que tenía la cabeza muy lejos de allí. Un par de pisos por debajo, para ser exactos. Sus pensamientos estaban con el hombre que habitaba las oscuras mazmorras del colegio. Era consciente de lo que debían representar aquellas fechas para él, y eso le producía una extraña presión en el pecho. Quería ir, reconfortarle con su compañía, pero en el fondo sabía que iba a ser rechazada.

- Johanna, ¿Me has oído?

La chica volvió en sí, Emma la observaba con una mezcla de intriga y preocupación.

- Perdóname, Emma. Tenía la cabeza en otro sitio. – Se disculpó la chica.

- ¿A caso estabas en las mazmorras? – Le dijo en voz baja para que nadie las oyera.

Johanna enrojeció.

- Te acabas de delatar amiga. – Dijo Emma divertida al ver la reacción de Johanna.

Johanna se llevó a su amiga a parte para confesarle los, recién descubiertos, sentimientos que le despertaban el profesor.

- Ya lo sabía. Era un poco obvio. ¿Estás preocupada por su ausencia?

Johanna torció el gesto y asintió avergonzada escondiendo la cara que volvía a lucir los colores de Griffindor.

- Pues, ¿A qué estás esperando? Yo te cubro, diré que estabas cansada y te has acostado temprano.

La chica abrazó a su amiga y armándose de valor salió del gran comedor rumbo a las mazmorras.

Se quedó varios minutos delante de la puerta del despacho del profesor dándole vueltas a su decisión. No estaba segura de hacer lo correcto, pero ya estaba allí y no iba a dar marcha atrás.

Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Entonces sacó la varita del bolsillo de la capa y pronunció un hechizo.

-Alohomora.

La puerta se abrió chirriando cediéndole paso al oscuro habitáculo. El hombre que estaba sentado en el escritorio central se giró para observar el rostro de quién había perturbado su preciada soledad. Al ver a la chica de pie en el arco de la puerta se levantó furioso varita en mano. Pero no le dio tiempo de cerrarle la puerta en las narices como le hubiera gustado, pues las piernas no le respondieron. Tuvo que aguantarse con las dos manos a la mesa para no caerse, cosa que Johanna aprovechó para entrar y cerrar la puerta tras de sí. Iluminó la oscura habitación con la varita y buscó las antorchas de la pared para prenderlas.

-¿Se puede saber que estás haciendo aquí?

El profesor se había recuperado, y ya de pie le había propinado un fuerte puñetazo a la mesa haciendo caer una botella vacía al suelo. Johanna, sin decirle ni una palabra recogió los pedazos de cristal y los tiró. Entonces se posicionó ante el desconcertado profesor que la observaba incrédulo, como si fuera fruto de su imaginación.

- ¿Sabes que tienes un problema grave con el alcohol? – Le dijo la chica mirándole a los ojos.

- Mira quién fue a hablar. ¿A caso crees que no sé que llenaste la mitad de tu baúl escolar con reservas etílicas suficientes para emborrachar a un ejército? Además, no es asunto tuyo.

- Que descortés por tu parte, para una afición que compartimos y ni siquiera me invitas a un trago.

- ¿Y porque demonios tendría que invitarte a nada? – Dijo el hombre que se estaba irritando por momentos. – Ahora vete.

- No, no quiero. Se me apetece quedarme aquí.

- Vuelve a tu sala común o si no…

Johanna no le dejó terminar.

- ¿Qué harás? ¿Me quitarás puntos? ¿Me castigarás? ¿Cómo justificarías la presencia de una alumna en tu despacho, con tal estado de embriaguez, ante los demás profesores?

El profesor apretó los puños con fuerza.

- Creo que ya has tenido suficiente alcohol por hoy. Si quieres morirte, estoy segura que habrá formas más eficaces y rápidas.

La chica puso un caldero con agua al fuego ante el asombro del hombre que no acababa de entender lo que estaba pasando.

- A ver, que tenemos por aquí… - Dijo la chica rebuscando en los armarios de ingredientes. – Veamos… Diente de león, tomillo, hojas de saúco. Creo que con esto bastará.

Puso los ingredientes, que había cogido, en el caldero y removió con cuidado hasta que arrancó a hervir. En todo el tiempo estuvieron en silencio. Snape se había vuelto a sentar.

- ¿Tienes azúcar? – Preguntó la chica sirviendo el contenido del caldero en dos recipientes que había encontrado.

El aroma de la infusión era curiosamente reconfortante. Johanna le puso el recipiente delante del profesor.

- Bebe, te sentirás mejor.

- ¿A caso pretendes envenenarme?

- Has visto lo que le he puesto, no hay nada que vaya a matarte, excepto, claro está, el agua. Que por lo visto no es tu bebida habitual y a lo mejor tu cuerpo la rechaza.

- No eres la más indicada para hablar.

- Y precisamente por eso se de lo que hablo. – Respondió ella con picardía. – No es ninguna poción curativa, pero los muggles tenemos nuestros propios remedios.

El hombre accedió a regañadientes y se bebió la infusión. El líquido caliente le reconfortó el cuerpo, sintió la cabeza despejada y los músculos menos entumecidos. Se sentía como si se hubiera metido en la cama y estuviera rodeado de mantas. Snape miró a la chica incrédulo.

- ¿Mejor? – Preguntó ella.

Al no obtener respuesta siguió hablando.

- No merece la pena que sigas atormentándote. ¿Cuántos años han pasado? – Johanna no sabía de donde había sacado el valor para decir aquello, pero ya no podía echarse atrás. – No puedes vivir en el pasado y mortificarte por él día tras día.

- Tú que sabrás… Solo eres una cría. – Le espetó.

- Tienes razón, aún soy joven y nunca he sufrido lo que tú. Pero eso no te da derecho a desperdiciar la vida que se te dio.

- No entiendes nada, niña. – Le dijo con brusquedad. – Yo debí morir aquella noche, hace dieciocho años, si sigo con vida es para seguir mi condena.

- Nadie merece tan dura penitencia. – Dijo la chica poniéndole una mano en el hombro.

Snape, agotado, no tuvo fuerzas para zafarse de la caricia de la chica. Se sentía reconfortado, cómodo, en cierto modo se sentía inmerecidamente consolado. Era una sensación agradable pero a la vez incómoda. Su cerebro intentaba con dificultad sobreponerse a todas las emociones agradables que sacudían su cuerpo, pero una fuerza dormida empezaba a despertar para plantarle cara a la dura mente del hombre. Quería dejarse llevar, abrazar aquella sensación tan cálida y sentirse bien por primera vez en muchos años, pero no podía. En el fondo seguía pensando que no lo merecía. Entonces, para su sorpresa, la chica hizo un movimiento que lo desarmó por completo. Con la rapidez y el sigilo propios de un ninja se sentó en su regazo sin darle tiempo a reaccionar y le besó. Al principio el hombre se dejó llevar, pero no tardó en apartarla, con menos brusquedad de lo que ambos habrían esperado.

- Solo por hoy. – Dijo la chica con voz suplicante. – Permítete sentirte vivo.

Snape permaneció inmóvil y cabizbajo.

- Aunque me cueste creer tienes gente que te aprecia. Empieza a vivir, date una oportunidad, dásela a ellos.

El arrebato del profesor la cogió por sorpresa, sin darse cuenta estaba aprisionada entre la pared y el fuerte cuerpo de Snape. Ella temblaba y el corazón le iba a mil por hora. El hombre la besó con furia vaciando toda su ansiedad en ella, como si de esa forma pudiera borrar años de sufrimiento. La chica le devolvió el beso, mucho menos rudo y más apasionado. Dio un salto y rodeó a su pareja con las piernas, obligándolo a sujetarla en brazos. Johanna se acercó al oído de su profesor y le susurró.

- Hazme tuya otra vez.

Snape no era un hombre que actuara sin pensar, sino todo lo contrario, pero en aquellos momentos no era él. Una fuerza desconocida se había apoderado de su cuerpo y le pedía calor. Con la chica aún en brazos se dirigió a duras penas hasta su habitación y la acostó en la cama con rudeza y la dejó aprisionada.

Aquella fue la primera noche de Halloween que dormía como un bebé desde la muerte de Lily. Johanna no le soltó la mano en ningún momento y se quedó dormida junto a él. Severus se durmió como un gato que busca cobijo y calor en las tierna piernas de su dueña.

Al amanecer Johanna despertó en una cama extraña. Sentía los muslos doloridos y los escalofríos le recorrían el cuerpo pidiéndole calor. Palpó el lado derecho del colchón descubriéndolo vacío. Aun medio dormida observó la estancia en la que se encontraba. Era una oscura habitación en la que los rayos del sol apenas podían abrirse paso por una diminuta ventana situada en lo más alto. La cama presidía el centro de la habitación, era muy grande para un solo hombre. En uno de los extremos había un pequeño armario de roble cuidadosamente tallado. A lo lejos se oía el agua de una ducha caer. Johanna cubrió su cuerpo desnudo con la manta y se acercó a la puerta de dónde provenía el ruido. Estaba entreabierta y no dudó en echar un vistazo a su interior. El profesor, con aspecto meditabundo se estaba tomando una larga ducha reflexiva. Al verlo, Johanna se encendió deseando al momento entrar con él y volver a acariciar cada parte de su cuerpo, pero se contuvo. Rápidamente se vistió y volvió a su sala común, ella también necesitaba una ducha, pero fría. Sería mejor de esa manera, sin despedidas incómodas y sin dar explicaciones. Seguramente el profesor se arrepentía de lo sucedido la noche anterior y ella no se veía con fuerza para soportar un rechazo directo.

En el baño, Severus permanecía inmóvil bajo la cascada de agua caliente que le caía encima de los hombros. Sin nada más en la cabeza que aquella noche. Le daba miedo volver a la habitación y afrontar la realidad. Al abrir los ojos por la mañana, descansado como hacía tiempo que no descansaba, vio a la chica durmiendo profundamente a su lado. Y le entraron unas irrefrenables ganas de acariciarle el pelo. Pero se asustó de sus propios pensamientos y rápidamente huyó a un sitio donde ella no pudiera verlo.

La chica llegó a los dormitorios sigilosamente, pero no le sirvió de mucho, pues su amiga ya estaba despierta y dispuesta a preguntar hasta el último detalle de la noche. Emma sometió a su amiga a un duro interrogatorio. Tras varias rondas de preguntas Johanna le había contado lo sucedido con todo lujo de detalles y Emma había quedado satisfecha.

- Pero… ¿Qué vais a hacer a partir de ahora? – Le preguntó Emma.

- ¿A qué te refieres?

- ¿Vais a empezar una relación seria?

- ¿Una qué? – Exclamó Johanna antes de empezar a reír. – Como si ese ser fuera capaz de tener una relación seria con alguien.

- Pero a ti te gusta y por lo que se ve tú a él también.

No te equivoques. No es amor ni nada por el estilo, hace tiempo que dejé de esperar eso de un hombre. Solo es atracción física. Pura química y buena sincronización en la cama. – Le dijo guiñándole un ojo.

Emma asintió poco satisfecha por la última afirmación de su amiga. Ella sabía que eso no era verdad, pero Johanna aún no se había dado cuenta y creía que el profesor iba por el mismo camino.