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23
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Fuiste lo que necesitaba
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... Su tercera opción era una difícil: una luchada entre un fiel amigo y un gran combatiente.
A uno le debía su carrera, a otro: sus sueños.
Zoro recuerda a muchas personas en su vida.
Muchos que le gritaron monstruo a su cara. Quienes soltaban las palabras lentamente como si fuese un veneno el cual debía salir de sus labios con gusto. Extraño, raro, asocial, delincuente, desgraciado, matón, cada una con una mayor creatividad que la anterior, con los años buscando hacerle sangrar más... Con los años los rostros se habían vuelto borrosos, pero las expresiones que cargaban sus dueños vívidas. Donde, irónicamente, mientras más viejos eran sus recuerdos, más claros el odio de los adultos hacia su persona.
Siempre, y por alguna razón que no entendería, Zoro no podrá recordar con claridad la expresión de la mujer de quien le defendió en el funeral de sus padres. ¿Por qué era tan difícil recordar a la primera persona que le trató con amabilidad antes de Kuina? ¿Por qué su mente se esforzaba tanto en recordar a quienes le hacían mal y olvidar los buenos momentos?
Lo peor: las memorias a veces venían y a veces iban.
Como un mar que se aleja de la orilla de la playa, acercándose cuando la marea sube y mojando la arena, borrando las huellas de quienes estuvieron ahí antes. Zoro recordaba a una Kuina de cabello corto decidida y con principios. Pero no podía recordarla llorando, aunque sabía que en algún momento el peso de ser una mujer en un mundo que había sido creado para hombre más e una vez causó peso en sus hombros. Pero en su memoria sólo sonreía.
Jonny y Yosaku siempre hacían bromas, siempre reían en alto. Siempre eran optimistas. (¿Aún cuando perdían? ¿Aún cuando no podían conseguir un lugar donde querían?, no podían conseguir el dinero suficiente como para vivir más cómodamente?)
A veces un ruido, una oración, una frase de la televisión le harían recordar algún comentario de un compañero de Kendo, y lo recordará a ellos también. A las decenas de rostros que fueron al funeral de Kuina. A los miles que habrán gritado por su nombre en torneos mundiales.
Pero nunca olvidará una cara.
(Nunca olvidará su sonrisa)
A ese chico, Monkey D. Luffy, a él no lo olvidaría.
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―Zoro, ven aquí, ―llamó a unos metros del llamado en la esquina contraria del banquillo donde se encontraban los dos. A su alrededor estaban los demás competidores con sus propios entrenadores calentando el cuerpo, estirando las piernas y calmando las mentes.
Zoro dejó de meditar desde su posición en el suelo y caminó hasta donde Ace, quien veía con el rostro en blanco el interior de su bolso de entrenamiento.
―¿Qué? ―llamó molesto. Ace sabía que detestaba que lo interrumpieran antes de un torneo. O antes de una práctica. O de una pelea arreglada. O del entrenamiento.
Bueno, en general Zoro le molestaba siempre que interrumpieran su concentración pre-pelea. Él meditaba, se concentraba en su cuerpo, se imaginaba como la sangre corría por cada uno de sus músculos, y cómo se doblaban sus ligamentos a la hora de moverse. Veía qué condiciones tenía su cuerpo, sentía lo que le decía.
Odiaba que le interrumpieran su meditación.
―Roronora, ―llamó de nuevo el Portgas, y esta vez sí Zoro se fijó en el bolso abierto que estaba viendo. Zoro estirando un poco el cuello trató de ver lo que estaba mal pero no logró notar nada fuera de su toalla y muda de ropa―, ¿Cuáles son los pasos que siempre te digo que tomes cada mañana antes de salir de tu apartamento? ―preguntó.
Zoro frunció el ceño teniendo que recordarlo ahora antes de una competencia.
―Hm... Siempre asegurar que la llave del gas esté cerrada... Tomar mi teléfono, y mi cargador.
―Ajá, ¿qué más?
―Espera, ―frunció más la mirada, sin notar a Ace como se le iba oscureciendo la suya a su lado―, yo sé que hay otra pero simplemente no me viene a la mente... No es cerrar la puerta... No es recoger la basura, ¿o si?... Hm... no...
En el fondo el intercomunicador resonó.
―Por favor su atención, el torneo regional numero 67th de Japón comenzará en siete minutos, entrenadores o representantes de los atletas, acercarse con la hoja de inscripción de sus atletas. Gracias y suerte a todos el mundo.
Silencio.
(Aunque alrededor todo el mudo seguía hablando, moviéndose y preparándose, sólo se habían quedado en silencio los dos hombres viendo al fondo de la bolsa desprovista de papeles.)
―... Dejé la hoja de inscripción de nuevo, ¿verdad?
―¡NO ME LO DIGAS MAL NACIDO!
―¡Agh! ¡No me lastimes antes de competir!
―¡PUES NO SEAS IDIOTA ANTES DE LA MISMAS! ―Ace inhaló enormemente y bajó los brazos que había elevado en su intento de golpear al luchador con todas sus fuerzas. Con una de sus manos frotó su sien y con la otra sacó de su pantalón su teléfono. A su lado Zoro se sobaba la frente viéndose la palma en busca de sangre.
(Aunque conocía que Ace jamás le habría dejado fuera de una pelea por lastimar lo en regaño. Ser descalificado antes de poder pelear siempre sería un miedo de Zoro.
Ser sacado, antes de poder demostrar su valor al mundo.
Ugh, a veces en su propia cabeza el espadachín tenia que admitir que tenía problemas serios internos.)
Tanto estaba pendiente de su mudo que no noto cuando Ace colgó la llamada y lo miraba en silencio.
―Mi hermano vendrá a traerlo por nosotros. Tienes suerte que vino a Japón a visitarnos a Sabo y a mí por su cumpleaños. No hay nadie que se mueva más rápido que él cuando le das un trabajo ―explicó mientras desordenaba de nuevo su cabello.
―¿Cómo va a hacer? ―preguntó.
Ace bufó: ― Tú tranquilo, Luffy siempre encuentra la forma. Y ya le mandé a su correo la copia de la inscripción y nuestra dirección.
―Queridos competidores, quedan cinco minutos para el comienzo del torneo por favor, quienes no han entregado sus planillas acérquense...
―Tranquilo, ―repitió Ace con una seguridad que Zoro respiró con calma de nuevo. Era esa mirada que prometía que todo estaría bien. Que el cielo era azul, su cabello verde, y todo estaría bien―. Confío en mi otouto con mi vida.
Así que, Zoro confió también.
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―Pero esta es la tercera, la tercera vez que esto sucede, ¿acaso tienes que ser descalificado por no dar los papeles a tiempo para estar al pendiente de tus cosas antes de salir de casa? No puedo creer que alguien como tú, con tanta experiencia, siga cometiendo de los mismos errores, ¡eres el tercero de Japón! Qué te cuesta actuar como tal, No va a estar toda la vida Kuina-san ni Koshori-san para entregar el papeleo por ti. Un papel, sólo un puto papel puede ser la razón por la cual pierdas tu posición en la liga y ni siquiera puedes tenerlo contigo. ¿Piensas que es un juego?...
Indudablemente, fueron los cinco minutos más largos de la vida de Zoro.
Puta mamá gallina.
―¿... entendiste lo que acabo de decirte? ―preguntó punteando las palabras.
Zoro suspiró:― Hai, hai, entrenador.
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Aunque esa no fue la primera vez que Zoro conoció a Luffy, al menos no de verdad. Zoro vio al chico de cabello negro y vestido en una chaqueta roja gritar a todo pulmón desde la entrada del gimnasio que "ACEEEEEE YA ESTÁN INSCRITOS!"
(Cómo lo logró si sólo podía hacerlo el entrenador nunca sabría Zoro, pero con el tiempo comenzó a entender que de Luffy todo era posible. Hasta lo imposible.
Y lo más probable se había hecho amigo del recepcionista, o simplemente había dejado caer la hoja entre la de los demás competidores sin que se diera cuenta.)
Él lo que vio fue la sonrisa infantil y el cuerpo débil. Sólo pudo oír los gritos y exclamaciones desde las estradas. Y al final, sólo pudo sentir alivio cuando el niño se fue de su vida por siempre.
(―Ey Zoro, eres fuerte ―dijo el niño cuando la competencia había terminado y estaba Ace ayudándole a guardar sus cosas. Con la medalla del primer lugar en su cuello y el teléfono escribiéndole a Kuina en sus manos. El espadachín vio al niño, y este sonrió aun mas―. ¡Sé mi compañero!
El hombre parpadeó dos veces.
Y después tasqueó la lengua.
―No seas ridículo ―soltó. No tuvo interés en preguntarle a lo que se refería con "compañero".
Y el niño, en vez de llorar, de asustarse como había esperado, o de a menos indignarse, se rió.
Se rió de él.
―Eres divertido Zoro, ―dijo como si lo anterior nunca hubiera existido―, ya me decidí, ¡te haré mi primer compañero!
―Hai, hai, y yo me raparé la cabeza, ―dijo.
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Y Kami era tan hijo de puta que hizo que ambas cosas pasaran al final
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La celebración la hicieron en un sitio de barbacoa cerca de la casa de Zoro, alegando Ace que así, y sólo así, había una ligera posibilidad de que no se perdiera camino a casa.
―Cállate imbécil. ―Zoro tomó un largo trago de la cerveza en frente de él, disfrutando la entrada de calorías que sólo se permitía entre épocas de torneos y, en estas ocasiones, cuando sentía que había conseguido llegar un paso más a su meta. Hoy oficialmente con su representación regional le permitían la entrada en el siguiente campeonato a finales del año en el cual se disputarían los puestos nacionales. Y esas serían las representaciones del país para las Olimpiadas.
Faltaba poco, Zoro lo sentía en sus huesos. El primero del mundo iba a estar en las Olimpiadas como siempre.
Y si Zoro ganaba el puesto para representar a Japón. Él estaría ahí también.
(Aunque eso nunca pasó. Porque Zoro llegó a competir por la nación, llegó a quedar como primera cara ante todo el país, ante todas las competencias.
Y luego Kuina pasó.
Su puesto en el segundo lugar se lo dieron a un tal Rain. Este no llegó a quedar entre los primeros puestos de las Olimpiadas.)
―No te creas tanto por haberle ganado a esos niñatos de hoy Zoro, ―replicó Kuina tranquilamente, tomando también su propio trago de cerveza con marca en un lado de su pintura de labios carmesí―, sólo pude ver cuando mucho dos participantes que valían la pena el ojo, un tal Susume, y un Kei-algo. De resto no les daría más arriba del puesto 50, ―dijo, y bajó de golpe la botella para luego hacer señas que le pasaran otra.
Ace al otro lado de Kuina, asintió.
―Tiene razón, no me sorprende viendo que era la confirmación para subir del puesto cien en las ligas. Pero si tus intenciones se mantienen en asistir a los nacionales...
―Obviamente idiota.
―... Entonces relajarte por esto no servirá de nada. ―Sonrió de repente y estiró al espalda sonándola―. Mañana a primera hora te espero en el gimnasio como siempre, no te voy a dar los usuales dos días de reposo porque sé que hoy no fue nada de extremo para tu estado.
Zoro hizo mala cara por sus palabras, pero no hizo mayor comentario, internamente agradecido de la dedicación de Ace porque él sentía lo mismo.
―Y hermosa dama Kuina, ―miró ahora a su mejor amiga―, no le permitas ni una cerveza más.
―¿Eh? Estas me las gané honorablemente ―dijo al instante elevando la botella para puntualizar. Lamentablemente su entrenador no se dignó con respuesta y se levantó colocándose de nuevo su chaqueta la cual había dejado en el respaldar de la silla.
―Sabo y Luffy me están esperando para cenar así que me temo que es mi momento de retirada. ―Fueron sus últimas palabras.
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Luego Akainu sucedió.
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Al día siguiente Zoro llegó puntual a Newgate Family. Se cambió de ropas con calma en los lockers, aseguró cada una de sus vendas con cuidado y revisó que fuera la hora de comienzo cuando subió al último piso.
No había nadie esperándolo.
Primero frunció el ceño viendo la hora por si estaba erróneo él. Cuando notó que después de diez minutos nada que llegaba Ace su corazón comenzó a palpitar incómodamente mientras volvía a los cambiadores y buscaba su celular. Por alguna razón sentía que algo estaba mal, su instinto se lo decía, su cuerpo lo gritaba.
Llamó cinco veces en total. Dos de esas a Sabo. Una a Marco.
Nadie atendió.
Y Zoro, por alguna razón, sólo pudo recordar en su mente el decreto de fallecimiento de unos padres ausentes de un viaje planificado.
Así que corrió.
Nadie sabía nada en el gimnasio, pero notó con facilidad que todos los entrenadores que poseían una verdadera antigüedad en la empresa no se encontraban. Sólo estaban los nuevos y uno cuantos de remplazo. Llamó de nuevo a Sabo y a Ace tres veces más antes que se hicieran las 9am. Al final se decidió por buscar información por su cuenta, y, dejando sus cosas en el locker pero tomando su bolso con sus espadas donde había pensado dejarlas aceitando donde Kasumo después, Zoro siguió con su camino hacia el apartamento del moreno. Ignoró los semáforos en rojo, se abalanzó dos veces sobre el capot de un carro para seguir avanzando, una vez un policía le gritó de lejos, y eso sólo le impulsó a correr aun más veloz. Aunque sus piernas ardían y su cabeza comenzó a doler siguió corriendo.
(En algún momento entre el policía y casi tropezar con un niño en el suelo, se preguntó cuánto se quejaría Ace de saber que el día que no le pidió correr dando todo de sí mismo. Fuera la única vez que lo hiciera).
―¡Zo...! ―un grito repentino resonó a sus espaldas ya e la misma calle que el departamento de Ace―. ¡ZORO POR AQUÍ! ―gritaron de nuevo.
El espadachín apoyando todo su peso en su pierna izquierda se impulsó para dar la vuelta sobre sus pasos sin detener el movimiento, detrás suyo vio al hermano de Ace corriendo en dirección contraria mientras gritaba su nombre y le hacía señas con los brazos.
Le siguió.
―¡¿Qué le paso a Ace?! ―gritó llegando a su lado impactado por dentro de la velocidad que mantenía el niño corriendo aún usando solo sandalias y manteniendo un ridículo sombrero a la vez. Juntos cruzaron la acera adentrándose en el conjunto de residencia de una calle más abajo. Zoro sentía la boca pastosa, la frente mojada y una rodilla resonando.
El chico no tuvo tiempo de responderle, porque de repente tres hombres estaban en frente de ellos al girar en una esquina, todos vestidos de forma parecida con pantalones negros y camisas rojas. El primero en lanzar un puñetazo fue Luffy, noqueando a uno de los más cercanos con un sonido seco, Zoro al instante retiró a Kitetsu de su bolso y había empujado otro contra la pared cortándole detrás de las rodillas para que no se moviera.
El último lo dejaron inconsciente entre los dos. Y siguieron corriendo. Menos de diez segundos duró todo el proceso.
―Oy, ¿por qué golpeamos a esos tipos? ―preguntó varios segundos después sin detenerse.
―¡El desgraciado de Akainu lo secuestró anoche! ―gritó en respuesta.
Guiándoles entre zig zags de edificios los cuales se volvían cada vez más oscuros y las calles más estrechas. El espadachín de reojo pensó en por qué le parecía familiar el nombre, y más en la razón por la cual le daba una mala sensación en el estomago. Dos calles más abajo se encontraron a siete hombres más los cuales gritaron el nombre de Luffy al verlo. Tardaron dos minutos en eliminarlos antes de continuar―. ¡Sabo lo consiguió y está llamando a amigos pero tenemos que ir por él! ¡El bastardo quiere asesinarlo!
Varios sentimientos llenaron a Zoro al instante. Miedo, angustia, enojo, culpabilidad. Pero al final sólo dijo lo que importaba:―Te sigo, ―soltó, antes de retirar del bolso y de sus fundas a sus otras dos katanas.
El brillo de los ojos del Monkey en ese instante reflejaron determinación. Y por alguna razón: orgullo.
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¿Pero no hubiera sido muy fácil que lo encontraran así sin más?
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Luffy llevaba desde la noche golpeando matones para descubrir la ubicación de su hermano se enteró el campeón a medida las peleas se sumaban.
Zoro ya había eliminado a más de veinte hombres cuando su cabeza comenzaba a balancearse y el aire le dolía mantenerlo dentro de sus pulmones. Aunque la competencia hubiera sido fácil el día anterior sus brazos temblaban como la ira de un hombre al cual no le dejaron descansar. Y a cada minuto que pasaba el agarre de las katanas se le hacía más difícil de mantener.
En algún momento y por el reloj de pulsera de uno de los desgraciados pudo ver que eran las 4pm.
Llevaban más de cinco horas luchando, calculó.
Y cuando por fin llegaron a la entrada de un estacionamiento abandonado en el cual oían gritos en frente de ellos, pero también veían a decenas de hombres todos vestidos como los anteriores, con bates de béisbol, cuchillas, pinchos en las manos todos y cada uno viéndoles a ellos dos en silencio, Zoro supo que no lo habían logrado. Más, porque en el medio de todo estaba un hombre enorme, fumando un habano mientras sostenía la cabeza de Ace, teniendo en la otra mano una pistola que apuntaba a su sien.
―¡VÁYANSE AHORA...! ―gritó Ace. Entre decenas y decenas de insultos más hacia su persona. Que se protegieran, que corrieran por sus vidas. Que él era un hombre por el cual no se merecía morir por. Que lo abandonaran, y le dijeran a Sabo lo mucho que lo amaba.
Zoro sintió la boca llena de mierda después del monólogo de su entrenador.
―Ace no puede morir, ―dijo de repente Luffy como si hubiera estado escuchando los pensamiento de Zoro hasta ese instante. Sobre la ridiculeces que decía el moreno, la realidad de lo importante que era su vida para ellos.
Para muchos.
―Imbécil, ―escupió una sola vez al suelo. Hizo una mueca cuando salió roja la saliva.
―Sí lo es, ―susurró Luffy a su lado. Y Zoro detalló su estado, donde tenía en su frente un moretón el cual por cada cabezazo que se había dado con los matones se había tornado más negro. Ambos de sus puños estaban con las piel de los nudillos rota y levantada, sangre manchaba su camisa, pecho y brazos. Su labio estaba partido. El ojo izquierdo medio cerrado por un corte que se había acercado demasiado al mismo, el cual iba de lado a lado de su mejilla izquierda. Y aun así tenía la mirada de un hombre que sólo había comenzado a luchar. Entender lo último, hizo que un temblor recorriera de pies a cabeza al espadachín―, Ace aún no ha cumplido su sueño, ―dijo como si eso cambiara algo de su situación.
―¡Qué esperan para venir a nosotros par de maricas! ―gritó con burla uno de los matones al principio de la fila. Abriendo sus brazos lado a lado mientras hablaba―, ¿Creen poder vencernos a todos? ¡No me hagan reír!
―¡Se los ruego: HUYAN!
―Los sueño deben serlo todo para uno, ―escupió sin dejar de hacer contacto con el espadachín. Sangre. Con las piernas temblorosas y un ojo cerrado por completo- pero aun así de pie. Zoro sintió por un instante que su visión desenfocaba en todo, en el suelo, en los matones tan parecidos a los de su infancia, en todo excepto en el niño frente a él. Le temblaban las piernas, sentía el pecho caliente y la cabeza fría. La mandíbula la tenía estresada y temblores recorrían cada varios segundos sus brazos―, ¿Acaso tú no tienes también un sueño por lograr? ―preguntó Luffy.
Zoro sintió su garganta cerrarse, pero no de miedo, si no de admiración.
(Qué.. No podía ser...
Luffy era un niño...
Era infantil, despreocupado, humillante, fuerte, ridículo, exagerado, seguro, decidido, poderoso, líder...
Era un hombre por el cual estaría dispuesto a entregar su vida.)
―Ser, ―carraspeó―, ser el mejor espadachín del mundo, ―soltó.
Sintió Ichimonji vibrar entre sus dientes.
―¡Por favor, Luffy, Zoro, abandónenme!
―Aquí les estamos esperando maricas, ¡vengan a por él!
Zoro sólo fijo su visión en Luffy.
Sólo importaba Luffy.
(Sólo importó por mucho tiempo después.)
El chico asintió de repente sonriendo con una fuerza que no pudo encontrar Zoro. Tenía los dientes manchados de rojo, por un momento, pareció más demonio que humano.
―Excelente meta, ―soltó con diversión, acomodándose de un movimiento su sombrero de nuevo sobre su cabeza―, diga de mi primer compañero, ―dijo.
Y antes de poder preguntar el significado Luffy alzó la cabeza y gritó.
―¡VAMOS A POR ACE ENTONCES!
Y Zoro sintió que iba a morir antes de poder volver realidad su sueño (¿y no seria irónico viendo la conversación que habían tenido?) pero aun así se amarró la bandana de su bolsillo en la frente para alejar un poco del sudor y sangre que caían por sus ojos. Ichimonji en su boca, las otras dos en sus manos, inhaló, pensó en su casa y en sus amigos, en su hogar, recordó la sonrisa de Ace claramente en su memoria...
―Y exhaló.
―Sí, jefe, ―susurró casi sin poder evitarlo. Supo que luffy aun de espaldas lo había escuchado.
Y después lo más impresionantes sucedió.
(Sabo se disculparía por el tiempo después. Más de 6 horas le tomó conectar a todos los que necesitaba para la operación. De nada servía que salvaran a su hermano si después Akainu se libraba de todas las consecuencias legales. Tuvo que llamar favores por doquier. Pero agregó que las personas inconscientes que habían dejado su hermano menor y el monstruo habían reducido el tiempo de llegada.)
Primero oyeron gritos. Luego ruido, mucho ruido. Y después más de un centenar de personas aparecieron a espaldas de ellos dos. Todos armados o con posturas de peleadores, entre las cuales reconoció a un puñado de Newgate Family, a caras de policías, de ladrones, de un vecino suyo y un competidor de boxeo que conocía.
Y todos y cada uno reconocieron a Luffy y esperaron sus ordenes.
―¿Cómo se atreven a venir aquí? ―fueron las primeras palabras que Akainu dijo desde que habían llegado.
Y las últimas.
―¡AHORA! ―gritó con fuerza y cada uno de los hombres se abalanzó hacia los matones en frente. Los disparos comenzaron al instante, una que otra explosión también. Zoro impactado siguió sus instintos y corrió al mismo tiempo. A su lado un hombre rubio con espada comenzó casi bailando a cortar a quien se encontraba. Al otro lado tres hombres se pusieron a dar puñetazos entre ellos. Por detrás de si, pudo oír hasta el sonido de un tambor siendo tocado.
Luffy, pensó, y viendo la espalda del chico entrar agolpes con un policía, mientras Zoro cortaba a dos más. Te defenderé con mi vida.
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―A Kuina no le gustaría esto, ―murmuró cuatro años después la voz a través de la llamada internacional. Por un segundo los dedos de Zoro dejaron el teclado y miró a ellos con intensidad―. El juego es aburrido, no me gusta ―repitió como había dicho antes pero sin el meh en su tono.
Zoro se quedó callado.
―Pero odio el nombre. Lo detesto. ―insistió con una vehemencia no usual en su carácter para quienes no lo conocían de verdad.
―Es temporal, ―trató de objetarse el espadachín―, es el que estaba disponible después puedo cambiarlo y...
―No lo harás ―le detuvo. Zoro inhaló―. Ace me dijo que no has vuelto ―dijo en cambio.
Silencio.
―Estaré aquí cuando lo necesites Zoro, jamás lo olvides. Fuiste mi primero. Y siempre lo serás. Y espero que algún día quieras conocer a los otros. Pero no puedo ayudarte de escapar de ti mismo. ―Y la llamada se extendió, y extendió, y extendió. Y Zoro no pudo decir nada porque no lograban formarse las palabras en su boca, pero aun pudo oír la respiración de luffy al otro lado esperando, hasta que el final llegó el clac.
Sin entender del todo lo que sucedió, pero sintiendo el golpe en su pecho con demasiada fuerza. Zoro cerró los ojos con tanta fuerza que comenzó a marearse.
Y una hora después comenzó la primera partida de su nueva vida.
Las cortinas por primera vez en mucho tiempo fueron bajadas esa noche. Y por tres años no volvieron a levantarse, hasta que tuvo la intención de asomarse por un comentario de Blonde, y vio en el parque que centraba las residencias del conjunto a un niño a punto de ser golpeado por el sombrero rosado que llevaba.
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―¿Moshi, moshi, me escuchas? ―preguntó en cambio hoy Zoro mientras caminaba de lado a lado en su apartamento.
Al otro lado del audio Blonde pareció decir algo, pero Zoro le cortó, tenia que hacerlo-, no, debía hacerlo.
―Por favor- no. Necesito que estés aquí conmigo, ¿ok? Quiero hacer algo que llevo mucho tiempo aplazando, y si me doy un solo instante de duda puede que no lo cumpla.
Al final oyó su respuesta baja:―Ok...
Zoro asintió entonces.
Caminó hasta el comedor de la cocina porque aunque hubiera querido hacerlo con una cámara jamás había tenido la necesidad de una. Colocó el teléfono aun conectado a llamada y lo puso en posición vertical sobre la caja de cartón de sus premios apoyados, donde quedaba justo a la altura de sus ojos. No pensó, porque si lo hacia huiría de nuevo. En cambio acomodó por una ultima vez su camisa, vio alrededor de el donde a sus espaldas se veía el sofá al frente de su televisión. Dudó por un instante de lo que vería, de a quién vería.
―¿Ey, Monster todo bien me tienes preocupado por aquí hombr-?
Zoro en dos pasos estaba en su teléfono.
Y de un tacto a la pantalla activó la función de video.
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―Hola ―murmuró el hombre.
Lentamente la mano de Sanji subió hasta cubrir por completo su boca, parpadeó una vez, dos veces, y después una tercera. Su camisa era una blanca con indicios de arruga en las esquinas. Los pantalones unos simples joggers negros, pero que se pegaban a sus piernas como si de una segunda piel se trataran. Su contextura era gruesa, pero la tensión que ejercía en sus brazos dejaba a la luz las marcas de músculos definidas. Parecía alto, pero no demasiado. Con ojos rasgados y ningún pelo fácil. Pero con un corto cabello semi rapado que dejaba un tinte verde a la luz de los bombillos.
Sanji inhaló una cuarta vez. Notó el muñón pálido que comenzaba entre el hombro derecho y cuello del hombre. Contó ocho líneas causadas por corte de cuchilla antes de perder la cuenta. Se dejó caer de rodillas al suelo cuando llegó a la mano derecha y, aun flexionada, detalló la firma de una herida de bala.
Sintió humedad en los ojos.
―Ugh. ―El hombre en el vídeo se pasó una mano por la nuca en un gesto nervioso, viendo al piso a sus pies―. Sé, estoy seguro que no soy lo que esperabas, no soy el amigo de juegos que esperabas encontrar tras la pantalla. Pero- pero este soy yo, ―levantó la cabeza de repente, y si no fuera porque Sanji sabía que no tenía la cámara activa y no podía verle, hubiera jurado por la intensidad de su mirada que era lo contrario―. Soy quien ves. Y quiero, necesito que me aceptes, no puedo permitirme perderte porque te has convertido en una persona indispensable de mi vida Blonde. Gracias a ti he cambiado para bien en tanto, por Kami―, en tantas cosas que no tienes ni idea. Gracias a ti veo la vida como algo que merece ser experimentada. Gracias a ti dejó que los muertos descansen de nuevo. Me dejo abrazar por quienes me aman Blonde, ―susurró rompiéndose―, ya había comenzado a olvidar lo que se sentía ser abrazado.
Sanji parpadeó.
Sintió el pecho pesado.
Como preocupado por su silencio, el hombre comenzó de nuevo mostrarse nervioso, viendo a la pantalla con una expresión de dolor el cual a cada segundo aumentaba.
―Perdón, ―repitió, su boca haciendo una mueca horrible―, perdón si no fui lo que...
―Eres hermoso, ―las palabras salieron solas.
El hombre dio un paso atrás como golpeado.
―Yo, siempre te imaginé así, ―admitió tan suave que su voz no parecía real a sus propios oídos. Sin darse cuenta cómo admitía las cientas de veces que había soñado con ver a Monster. Sanji aún de rodillas y con ambas manos sujetando su celular como si fuera un objeto precioso siguió hablando―. Fuerte pero con manos suaves, grande pero con cuerpo ágil, con mirada molesta pero con ojos calmados. Amable. Siempre supe que tus ojos serían la de un hombre que protege a quienes le importan. ―Las palabras salieron cada una con mayor reverencia que la otra. Llenas de emoción, de cariño―, eres eso y mucho más de lo que siempre me había imaginado ―susurró.
El hombre quien seguía con la expresión de alguien a quien habían golpeado dio un paso hacia adelante tembloroso.
―Blonde yo...
―Sanji, ―le interrumpió.
El japonés parpadeó tantas veces que una pequeña lágrima escapó de su ojo.
―Yo soy Zoro. Roronora Zoro, ―se presentó en cambio.
De repente las ganas de reír chocaron de repente a Sanji, y así lo hizo, con una risa burbujeante y contenta.
―¿No crees que tenemos todo esto mal en el orden de cómo nos conocimos? ―preguntó sin dejar de sonreír y viendo como el hombre, no, Zoro también parecía reflejar un aura de alegría―. Primero nos presentamos. Luego pasamos todos los días hablando. Luego nos damos regalos. Después vemos nuestros rostros y al final es que nos damos nuestros nombres.
―Nadie nunca dijo que lo especial de la vida debía seguir un manual ―dijo con calma Zoro.
El corazón de Sanji dio un brinco.
―¿Acaso insinúas que somos especiales? ―preguntó ligeramente sin aire.
―No lo insinúo, ―contestó. Y vio directo a la cámara―. Con sólo oír tu voz mi día se convierte en algo que merece ser vivido. Eres más que especial, Sanji. Eres quien me hizo recuperar esperanza en la vida ―dijo, y su nombre pronunciado por esos labios detuvo la respiración del Chef por completo.
―Zoro... Yo...
―¿Zoro? ―una voz extranjera resonó de repente a través de la pantalla. Justo un instante antes de que Sanji acercara su dedo al icono de cámara que estaba en su celular. De la esquina derecha de la pantalla, y avanzando con una lentitud de quien no está completamente despierto, un niño en pijamas, sujetando de su mano derecha un mediano sombrero rosa se acercó hasta Zoro. El cual se arrodilló para quedar en su línea de visión al instante.
(El gesto tan instintivo y amable del japonés sólo hicieron chillar más por dentro al chef.)
―Hola amigo, ―susurró en tono bajo y amigable mientras abría sus brazos permitiendo que el niño se posicionara entre las piernas de él―, ¿acaso te desperté? ―preguntó con suavidad.
El niño negó.
―Hm, hm, ―susurró enterrando su cabeza entre el pecho de Zoro y dejándose llevar por su peso―. Fui al baño y te oí hablando, ―pronunció lentamente.
Por un segundo Sanji no supo si debía cortar la llamada o no, si debía despedirse antes de hacerlo o sólo desaparecer dejando una foto suya en el chat de ellos. La escena frente a él fue tan familiar y cariñosa y Sanji reconoció al segundo al niño como el pequeño que Zoro había recogido hacía casi ya tres meses.
―Estoy hablando con un amigo muy querido para mi, ―replicó de repente Zoro deteniendo toda la línea de pensamiento que llevaba hasta ese instante. El espadachín hizo contacto visual con él y sonrió―. Con Sanji, ¿recuerdas que una vez te lo nombré? Usa el nombre de Blonde en los juegos. Ahora estás muy dormido y vamos a volver a la cama pronto, pero necesito que después te sientes conmigo para llamarlo porque es una persona muy importante en mi vida y quiero que la conozcas apropiadamente, ¿entendiste Chopper? ―preguntó.
Y chopper, adormilado y con los ojos semicerrados, volteó su mirada desde el pecho de Zoro para dirigirla al teléfono sobre la mesa de la cocina.
Sonrió.
―Gracias por cuidar de Zoro cuando yo no pude, Sanji-san, ―agradeció.
Y Sanji sintió de nuevo sus ojos aguarse, pero ahora conmovidos.
Pero antes de que pudiera abrir la boca para responder un estruendo sorprendió a todos los del video. De la puerta de la casa cuatro hombres con capuchas negras entraron corriendo y sólo pudiendo soltar un insulto Zoro se puso de nuevo de pie justo cuando dos de ellos le tomaron por cada lado de los brazos al instante. Un tercero le inyectó en el cuello. El cuarto apareció desde dentro del cuarto con Chopper quien había tratado de escapar forcejeando entre sus brazos y tratando de gritar a través de la mano que cubría su boca. Entre los dos primeros se llevaron arrastrando a Zoro. El cuarto cargó con Chopper aún cuando el niño pataleaba y lloraba desenfrenada mente. Y el tercero cerró la puerta como si nada hubiera pasado.
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Sanji en silencio observó todo.
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Fuiste el único en creer en mi
cuando los demás ya habían olvidado que
yo aún seguía luchando
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HOLAAAAAAA
¿Cómo están? ¿Cómo se sienten?
En estos momentos de cuarentena tenemos que estar todos apoyándonos los unos a los otros 3. Este situación es ruda desde todo punto de vista: psicológico, físico, económico, social.
Dentro de todo yo estoy bien. Cada día decidida a sacar lo mejor del día. Pasé unos momentos rudos hace un tiempo porque un amigo que vivía con nosotros (casi familia) murió en toda esta situación. Era doctor, tenía solo 27 años y sufrió mucho. Aun lo lloramos.
Por favor cuídense.
Tanto en salud, como su estado mental.
Bye...
