"¡Papá! ¡papá!" Julia y Jeremy corrieron a sus brazos apenas Ross se bajó del Uber que lo llevó a su casa. Él los abrazó, besó sus mejillas y volvió a abrazarlos de nuevo. "¿Adonde estabas papá?" "Mamó nos dijo que te habías lastimado y te estabas curando, ¿ya estás curado papá?"
Ross levantó a los niños, uno en cada brazo, "Si, cariño. Ya estoy curado."
"¿Y ya volverás a casa? Hace dos fines de semana que no vamos a la playa, ¡y ya comenzó a hacer calor!"
"Aún no hace calor…"
"Pero hay mucho sol."
"¿Quieren ir a la playa ahora?"
"¡Siiii!" Dijeron los niños a unísono. Ross envió a sus hijos por sus abrigos y entró con sigilo a la casa. No podía decir que era, pero Nampara no era la misma desde la última vez que había estado allí. Aún con los niños corriendo por las escaleras, la casa estaba sombría, como sin vida. Garrick estaba sentado en un rincón y levantó la cabeza al oírlo entrar pero no fue a recibirlo, como si el perro supiera lo que había hecho. Como si él también lo culpara por lo ocurrido. Prudie salió entonces de la cocina, desde allí había estado observando el encuentro entre los pequeños y su padre al que hacían varios días que no veían. La expresión de su rostro no podía haber sido más agria y hostil, un dedo apuntándole a la cara.
"La desfachatez de venir aquí después de lo que le hizo a la Señora… si su madre viviera, los buenos golpes que le daría."
"Esta es mi casa, Prudie." Le advirtió Ross.
"Ya no. Esta es la casa de la Señorita Demelza. Usted váyase a Trenwith con la vieja estropajo esa…" Prudie se vio interrumpida por las voces cantarinas de los niños que ya bajaban con sus abrigos y gorros puestos. Si bien estaban en plena primavera, los días eran aún frescos por la tarde y en la playa solía haber mucho viento.
"¿Dónde está Demelza?" le preguntó a su sirvienta.
Frunciendo los labios y pretendiendo sonreír frente a los niños, Prudie le dijo que Demelza se había ido a cubrir una guardia a la clínica. En realidad Demelza se había ido a la clínica luego de que Ross le dijera que quería ver a los niños. Aún no quería verlo, pero si quería que Julia y Jeremy pasaran tiempo con él, habían estado muy preocupados cuando Ross no volvió a casa durante el fin de semana.
"¿A qué hora vuelve?"
"Volverá cuando ella lo decida."
Ross suspiró. "Dile a Jud que baje a la playa. Quiero hablar con el."
Ross y los niños pasaron lo que quedaba de la tarde jugando en la playa. Los amaba con todo su corazón. El sólo hecho de pensar que Julia podría llamar papá a otro hombre le oprimía el pecho. Lo mismo ocurría cuando pensaba en Demelza y en lo que él había hecho. Ella le había dicho a qué hora podía ir y había procurado no estar allí cuando él llegara. Pero no importaba, la esperaría. Había cosas de las que debían hablar, debían decidir como seguir adelante como familia.
Mientras los niños corrían a las gaviotas, Jud llegó rengueando hasta donde él estaba y se detuvo a su lado. Luego de un momento se rascó la cabeza.
"¿Tú no me vas a decir algo también?" el viejo se encogió de hombros.
"De tal palo, tal astilla." Dijo al fin – "Aunque el viejo Joshua nunca tuvo esas aventuras mientras la Señora vivió."
Joshua Poldark, el libertino. No había ninguna mujer a la que no regalara cumplidos y muchas terminaban entre sus sábanas. El no era así. Bueno, ya no, no desde Elizabeth.
"Llora todas las noches. La señora, llora todas las noches. No es justo, no es correcto, no es adecuado. Ella trata se estar alegre durante el día, sonreír para los niños, pero su sonrisa no es sincera. La escucho por las noches, y eso que tengo suerte de que Prudie no me haya dejado sordo con sus ronquidos…" Los niños los saludaron a la distancia. Los dos hombres levantaron sus manos y los saludaron también.
"No puedo deshacer lo que hice." Dijo Ross.
"No, no puede. ¿Pa' que me quería?"
"Quiero que vayas a buscar la camioneta a Trenwith. Las llaves están puestas." Jud asintió y se fue sin decir más. Ross tuvo frío de repente, pero no estaba seguro que el clima fuera el culpable. "Vamos a casa niños, ya casi es de noche."
Cuando Demelza volvió a Nampara encontró a Ross sentado en el sofá mirando televisión con los niños. Al entrar, los tres levantaron la cabeza, los niños se bajaron del sillón y fueron a abrazarla. Julia le informó que papá ya estaba en casa y que ya estaba curado. Ella lo observó de reojo. Ross se puso de pie torpemente y se acercó también.
"Vayan a seguir mirando la tele que se perderán el final." Julia y Jeremy hicieron caso a su padre. Ross puso las manos en los bolsillos mientras Demelza colgaba su chaqueta y la cartera detrás de la puerta. Tuvo un momento para observarla. Tenía puesto su ambo celeste, el pelo algo despeinado sujeto por una coleta. Estaba pálida salvo por los oscuros círculos que rodeaban sus ojos. Su primer instinto fue acercarse a ella y abrazarla, decirle que todo estaba bien, sacar sus temores. Pero apenas dio un paso y ella retrocedió, como si necesitara mantenerse una distancia de él y Ross no supo cómo romper ese hielo que se había creado entre ellos.
El la siguió a la cocina. Detrás de ellos podían oír la risa de sus hijos, divertidos por algo que había ocurrido en los dibujitos que estaban mirando. Prudie estaba sentada en la isla con una taza de té junto a ella y mirando su celular. "¿Nos das un momento? Los niños están en la sala." Prudie no dijo nada y dirigió a la puerta, acariciando al pasar junto a ella la espalda de Demelza y frunciendo el ceño al pasar delante de él. Él se quedó de pie junto a la puerta, Demelza rodeó la isla y se fue a parar lo más lejos que pudo en ese espacio. Hubo silencio por un largo rato. Ella pensó que el querría hablar con ella, pero al parecer estaba equivocada. El seguía comportándose tal y como lo había hecho en el último tiempo, lo desconocía.
Ross, ante la hostilidad que veía en sus ojos, luchaba por encontrar las palabras mágicas que lo arreglaran todo.
"¿Cómo esta tu cabeza?" preguntó Demelza al fin, no queriendo prolongar más la angustia. Que tonta al ilusionarse y creer que el estaría arrepentido por lo que había sucedido.
"Estoy bien. Solo una leve molestia, nada más." Ross puso sus manos sobre la mesada y ella cruzó sus brazos sobre su pecho. "No deberías habérmelo ocultado." Dijo.
"Y tú no deberías haberte acostado con Elizabeth." Respondió ella. Su voz calma y baja, el eco de las voces que venían de la sala danzando a su alrededor. El cerró los ojos un instante. "Siento no haberte dicho. Debería haberlo hecho, pero no me echarás la culpa a mi de algo que viene ocurriendo durante meses." Continuó con la misma voz serena.
"¿Meses? No. Eso no es verdad. Elizabeth y yo… solo ocurrió una vez. Demelza…"
Ella no estaba segura si le creía, no después de las últimas semanas en las que Ross pasaba más tiempo con ella que con su esposa y, además, ¿se suponía que debía ser eso un consuelo? Ni una palabra de remordimiento, todo lo que salía de su boca eran excusas.
"Supongo que eso no importa. Una o cien, ¿cuál es la diferencia? Cuando nos casamos prometimos renunciar a todos los demás. Yo sabía que aún la amabas, pero… pero…" su voz se quebró y el instinto de Ross entró en acción de nuevo. En dos pasos estuvo junto a ella, sus brazos intentando rodearla, pero ella se alejó de nuevo. Levantando su manos entre ellos en una clara señal de 'no me toques.' "Te creí cuando me dijiste que me amabas. Pero en el fondo supongo que siempre la amabas a ella."
"No…"
"Rompiste tu promesa." Una lágrima cayó lentamente por su mejilla.
"Demelza…" Ross estaba sin palabras. Podría haber rogado, podría haberse puesto de rodillas y suplicado, pero eso no quitaba que ella tenía razón. No en que él aun amara a Elizabeth, eso no era cierto. Ella había invadido sus pensamientos en el último tiempo, pero él no la amaba. El amaba a su esposa… "sé que quebré tu confianza…"
"La perdiste…"
"… y que herí tu orgullo…"
"Mi orgullo… ¿mi orgullo? ¡Mi orgullo no se basa en con quien tu te acuestes! Nunca creí que fueras capaz de hacerme algo así. Te creí diferente y ahora… ahora me pareces un extraño."
Hubo silencio de nuevo. El no cayó, pero el golpe que le había dado Francis no era nada en comparación a las palabras de Demelza. Estaba knockeado y era incapaz de reincorporarse.
"¿Qué quieres hacer?" susurró.
Demelza se encogió de hombros.
"No lo sé. Creo que lo mejor será que nos tomemos un tiempo… Podemos ir a lo de Caroline…"
"No, está es tu casa. Deben quedarse aquí."
Y así estuvo decidido. Ross se quedó hasta que los niños se fueron a la cama. Al arroparlos los besó y les dijo que debía irse, pero que se verían todos los días y que debían portarse bien y hacerle caso a mamá. Luego fue todo una cuestión técnica. Demelza espero en la sala mientras él empacaba más ropa de la habitación. Había insistido en que él se quedara en Nampara, después de todo era su casa, pero Ross se había negado otra vez. Habían acordado que él se llevara el auto y ella se quedara con la camioneta, también que él llevaría a los niños al colegio día de por medio y que hasta encontrara un lugar adonde vivir podría seguir viniendo, ella podría cambiar los turnos para no estar allí durante esos días.
Demelza lo observó cargar la maleta en el auto apoyada en la pared en la entrada a la casa. Creía que si no se apoyaba en algo podía caer, todas las fuerzas la habían abandonado, estaba agotada. Ross se acercó una vez más. La noche era fría y oscura. No dijo nada, no había nada más que decir. El tomó una de sus manos, ella parecía aún más etérea que antes. Su piel de un frío fantasmal, quizás él mismo se había convertido en un fantasma, en un espectro del hombre que fue y había destruido lo más preciado que tenía. Llevó su mano a sus labios y la besó. No pudo mirarla a los ojos, y sin más se dio vuelta, subió al auto y se alejó de Nampara.
NA: ¡Muchas gracias por leer y dejar comentarios! Sé que seguimos sufriendo, pero de a poco vamos a ver cómo Ross y Demelza siguen con sus vidas que siempre estarán entrelazadas aunque ellos no quieran. También sabremos en que andan Elizabeth y Francis, que me preguntaron por ahí.
