El reencuentro con tus peores miedos,
ayudará a que forjes un espíritu valiente.
Anónimo.
Los ojos grises miraron a la mujer enmascarada sentada a la cabecera de la mesa mientras los sirvientes entraban con bandejas cargadas de manjares que él solo conocía por escritos, platos llenos de exquisiteces italianas y algunas francesas.
Se sobresaltó cuando una mucama carraspeó detrás de él, haciéndose a un lado mientras colocaban un plato de sopa de verduras frente suyo.
- ¿Tu tía no comerá? – Apenas escuchó como la joven Diane preguntaba a su amiga, Julie negando suavemente.
- Madame la Duchesse no se quita la máscara para nada, nos verá comer y después pedirá que le lleven la cena a su habitación, ella come sola.
- Ya veo. – Hans se estremeció nuevamente cuando se dio cuenta que la duquesa no despegaba su mirada de él, sus manos temblando cuando tomó la cuchara para comer su sopa, nervioso con la idea de que pronto ésta resbalara de su mano y cayese, dejándolo como un payaso frente a la extraña mujer.
- Trema come una gelatina (tiembla como una gelatina) – Dijo Nicoletta, cruzando sus dedos enguantados llenos de anillos de oro. - Ed io che pensava che l'arlecchino solo stava nei carnevali (Y yo que pensaba que el arlequín solo estaba en los carnavales) – Julie rio suavemente mientras sus amigos la miraban desconcertados, André aprovechando para beber un buen sorbo de vino.
- ¿Qué fue lo que dijo? – Preguntó con el ceño fruncido el conde.
- Nada, solo contó un chiste, ya sabe, ella la pasa más en Italia que en Francia y le gusta el humor picaresco de allá. – Explicó André, tratando de sonar creíble.
- Bueno…le creeré. – Susurró no muy convencido el hombre de cabello claro.
Nicoletta se levantó de golpe, cruzando las manos sobre su vientre antes de caminar lentamente hasta posicionarse detrás de Hans.
- Bernardino, mangerò nella mia stanza (Bernardino, comeré en mi habitación). – Dijo antes de darse la vuelta para dirigirse al piso superior del castillo.
- La cuchara se le cayó de las manos a Hans, procesando el tono de voz de la mujer ¡Era casi idéntico al de Olive! Y muy parecido al de Oscar.
Quizá se estaba volviendo loco.
- Mia signora, sono io (Mi señora, soy yo) – La joven mujer se mordió el labio inferior, cerrando los ojos.
- Pasa, Bernardino, antes de que se enfríe mi comida. – El empleado empujó la puerta, sosteniendo una bandeja mientras la duquesa observaba de manera distraída como la noche caía sobre sus dominios, el aire nocturno golpeando su rostro.
- Señora ¿puedo hacerle una pregunta? – Dijo Bernardino mientras acomodaba la bandeja con comida sobre una mesa de madera oscura.
- Ya lo estás haciendo, pero permito otra. – Sonrió, mirándolo con sus ojos verdes.
- Ese sujeto de ojos grises ¿ese es…?
- ¿Mi esposo? – Ella se peinó el pelo con los dedos.
- Sí. – El sirviente se sintió incómodo, conocía parcialmente la historia de la duquesa y si él hubiese estado en su lugar, lo más probable era que se hubiese convertido en un prófugo de la justicia.
- Nos casamos, sí, pero jamás consumamos el matrimonio, así que, técnicamente, él no es nada mío.
- Señora, si usted nos lo pide, Zulema y yo podemos hacer de su estancia aquí algo más…incomoda.
- No, no es mi intención castigarlo, se supone que me está buscando y no puede reconocerme a cinco centímetros, así que ya busqué la forma de quitármelo de encima.
- Señora…
- Él solo me busca porque se siente culpable, Bernardino, no por otra cosa y no quiero su lástima, mancha mi orgullo y dignidad. – Se acercó a la mesa para poder sentarse y comer algo. – Se ve muy bien.
- Lo sé, señora. – Hizo una reverencia. – Después vengo por la bandeja, la dejaré comer en paz.
Nicoletta suspiró, tomando los cubiertos para comer, pensando levemente en como jamás había podido engañar a Bernardino con su juego de asumir múltiples personalidades, para él siempre sería el pequeño engendro que iba a quedarse con ellos y la antigua duquesa. El sirviente la conocía casi tan bien como André y la trataba como si fuese su propia hija. Una sonrisa afloró en sus labios mientras pensaba en eso, su padre, no lo había visto en diez años y solo tenía noticias de él por André que lo había visitado cuando habían regresado de Rusia.
Por suerte mantenía una mejor comunicación con su hermano mayor, quien estaba al tanto de lo ocurrido con su fallido matrimonio, aunque había preferido mantener algunos detalles para sí misma.
Cerrando los ojos, probó bocado, disfrutando del suave sabor de la carne adobada con especias sacadas de la propia tierra.
Era casi el paraíso.
- ¿Qué es lo que estamos haciendo aquí? – Preguntó Hans, observando como los sirvientes se alineaban uno junto al otro en una fila que parecía no tener fin, la duquesa apareciendo desde un extremo para acercarse a sus invitados con paso grave y ceremonioso, un severo traje de color marrón adornando su delgado cuerpo mientras la máscara del día lucía unos labios pintados de rojo, el tocado mostrándose como una replica de los usados por las antiguas cortes italianas.
- Esperamos a una invitada de Nicoletta. – Susurró André, sintiéndose de pronto como un niño pequeño que debe hablar a escondidas de su maestro para evitar un castigo.
- ¿Otra más?
- Así son las mujeres, no se puede estar seguro de nada con ellas. – El conde solo asintió, dándole la razón a su primo político.
Un coche se detuvo frente a la comitiva de recibimiento, los caballos relinchando de manera furiosa mientras el cochero trataba tranquilizarlos de forma infructuosa.
Un murmullo provino de dentro del coche, un sirviente apresurándose a abrir la puertecilla, estirando una mano para ayudar a bajar a la única ocupante del transporte.
Hans se estremeció de manera visible cuando vio a la mujer, reconociéndola de forma inmediata.
Su cabello oscuro, sus ojos felinos, su cuerpo bamboleante, el traje sugerente y el lunar…el maldito lunar sobre el labio.
¡Esa era Paula!
