Trigésimo tercero

Las estrellas se inclinan para besarte, y yo me quedo despierto y te echo de menos.

No había mejor melodía para mis oídos que aquellas palabras que resonaban en mis auriculares, y me ayudaban a observar el tremendo espectáculo que podía contemplar desde la ventana de mi habitación.

Cientos, miles, millones de estrellas que se mostraban ante mí con tan solo girar mi cabeza hacia la derecha. Cientos, miles, millones de estrellas que palpitaban hipnotizándome y recordándome que el cielo de Lima, estaba mucho más claro, más transparente y limpio que el de Nueva York. Tal vez porque en la ciudad de los rascacielos las estrellas paseaban por sus calles, y no era necesario que alzases la mirada para contemplarlas.

Era tan relajante observar aquel espectáculo bajo el edredón de mi cama, que parecía que había vuelto a mi adolescencia. A todas aquellas noches que pasaba con la ventana abierta, permitiendo que el frío del invierno se colase en mi habitación para poder verlas y soñar con ellas. Con las estrellas. Se estaba tan bien, que parecía que nunca me había marchado de Lima, y solo llevaba 9 días allí. 9 días con sus 9 nueve noches, aunque aquella noche del 24 era la décima.

No sé si lo he comentado, pero soy judía, y aunque mi religión no atendiese a ese tipo de muestras o celebraciones, Santa Claus si acertaba a pasar por mi hogar en la madrugada del 25 de diciembre. Tal vez el haber crecido en una familia bastante tolerante, hizo que mis padres accedieran a que su única hija recibiese regalos de parte de aquel bonachón y siempre amable señor que viajaba por todo el mundo, con su trineo y sus simpáticos renos.

Por eso tenía por costumbre meterme en la cama pronto en una noche como aquella. No creo que Dios estuviese molesto conmigo por el simple hecho de adaptarme a una época, a pesar de lo que la Torá, el Corán, o la Biblia pudiesen enseñar sobre ello.

Y daba igual si ya no tenía 5, 10 o 15 años. Daba igual que ya tuviese los 25 para seguir cumpliendo la tradición de dormir pronto, para despertar lo antes posible y abrir los regalos que Santa Claus había dejado para mí.

Yo sabía que en aquella mañana mi único regalo iba a ser un precioso colgante que mis padres me habían comprado hacía apenas tres días. Y lo sabía porque lo descubrí sin querer cuando lo dejaron sobre la mesilla de su habitación. Pero eso ellos lo ignoraban. Creían que yo desconocía ese detalle, y tampoco sabían que ellos también iban a recibir algún regalo de mi parte. O, mejor dicho, de Santa Claus, claro.

Sin embargo, y aunque hubiese puesto esa excusa de seguir mi tradición de dormir pronto como solía hacer de pequeña, lo cierto es que mis deseos iban por otros derroteros.

Yo no necesitaba colgantes u otro tipo de regalos, más que la compañía de mis padres, y verlos sonreír como estuve haciéndolo durante aquellos días. Pero si tengo que admitir que aquella noche deseé algo más que evidentemente, no me iba a traer Santa Claus.

Contemplar el firmamento desde mi cama, solo acentuaba más mis enormes ganas por saber dónde estaba, qué estaba haciendo y cómo se encontraba.

No, no hablo de aquella estrella que parecía ser alguno de los planetas y que cada noche se asomaba por el oeste. Yo hablaba, o, mejor dicho, pensaba en Quinn.

9 días desde que estuve con ella en la cama, acariciando su pelo mientras dormía y perdía la apuesta que yo mismo le propuse. 9 días desde que me despedí de ella, sin que ni siquiera pudiese decirme adiós.

Ver como dormía plácidamente mientras empezaba a amanecer, me hizo tomar la decisión más complicada de todas cuando tomé en aquellos días. Y eso que alejarme de ella ya era todo un suplicio.

Una nota.

Una simple nota junto a su almohada, al igual que ella hizo la noche de Acción de Gracias. Con la diferencia abismal de no haberle propuesto una cita, como ella me propuso a mí, sino de dejarle una despedida con palabras escritas, y no con miradas o caricias.

No tuve el valor, y ni siquiera me martirizaba. Hacía tiempo que me sentía cobarde cuando se trataba de enfrentarme a ella, y consideré que aquel momento no era el más oportuno para que los conflictos pudiesen regresar a nosotras.

No quise llevarme una despedida agridulce, y si la sensación de bienestar que tuve al sentirme importante y estar con ella en aquella desgraciada noche. Tenerla entre mis brazos dormida, es algo que ya siempre guardaré en mi corazón, que ya siempre llevaré conmigo, pasara lo que tuviese que pasar en el futuro.

Mi tren sale en 40 minutos y estás tan dormida, que no me atrevo a despertarte para despedirme. Y lo cierto es que tampoco deseo hacerlo. Quiero que sepas que estaré contigo cuando lo necesites, en persona o con mi alma. No dudes en llamarme si así lo sientes. Cuídate mucho, y sé fuerte. Tu hermana te necesita más que nadie.

Rachel .

Escueta y sin mucho glamour. Yo no tenía la misma capacidad que ella para lograr provocar un ataque al corazón con una simple nota de diez palabras, como ella logró con su nota. Pero era todo lo que pude decirle en aquel trozo de papel, y evitar despertarla.

Y lo cierto es que, a pesar de lo sencillas y concisas que fueron mis palabras, Quinn pareció entender perfectamente mi situación, y no me molestó, ni me necesitó, ni siquiera se dignó a comentarme como estaba o qué tal era Australia, suponiendo que aún siguiesen allí. No supe nada de ella en aquellos 9 días, y eso ya comenzaba a dolerme. Empezaba a perder la paciencia.

No así con Kurt o Santana. Bueno, con Santana tampoco había vuelto a hablar. De hecho, ni siquiera me despedí de ella. Mi último encuentro con ella se produjo justamente en la habitación de Quinn, donde nos miramos sin decir nada durante varios minutos. No supe cómo llegó hasta allí, ni tampoco qué pretendía al presentarse en la habitación de Quinn, sabiendo que yo estaría allí. Porque estaba convencida de que Emma se lo habría dicho. Y tampoco me importó demasiado. De hecho, ni siquiera me interesé en preguntarle. Yo solo había hecho lo que debía, sentía y quería hacer. No había remordimientos de conciencia por haber pasado la noche junto a Quinn en una situación como aquella. Y después de ello, no supe mucho más de mi amiga, excepto lo que me contaba Kurt.

Al menos sabía que no había destrozado mi habitación por la rabia.

Él si me llamaba, y yo lo llamaba a él, por supuesto. Me hablaba de cómo iban las cosas por allí, de que Blaine había decidido pasar aquellos días en el apartamento con ellos, aunque Santana casi ni paraba a dormir en nuestra casa, y cuando lo hacía, llegaba a tales horas de la madrugada que ni siquiera la veían. Estaba completamente apartada de todo lo que les rodeaba, y eso empezaba a preocuparme. Al fin y al cabo, seguía siendo mi mejor amiga, aunque me detestara. Y si empezaba a tomar esa actitud incluso cuando yo no estaba para tenerme como excusa, era porque algo le estaba sucediendo. Su corazón tal vez estaba igual de roto que el mío, y yo decidí alejarme para evitar que siguiésemos haciéndonos daño, para evitar que todo aquel conflicto nos perjudicase en nuestra vida profesional. Pero ella ya no me tenía allí para tener que ausentarse de aquella manera.

Sea lo que fuese, y a pesar de que la preocupación comenzó a instalarse en mí, yo no hice nada por ponerme en contacto con ella. Por el momento me conformaba con preguntarle a Kurt, y que fuese él quien me pusiese al día de cualquier extraña anomalía.

Mi vida en Lima nada tenía que ver con el ajetreo que vivía en Nueva York, y eso se reflejaba en mi estado de relax absoluto. De pasividad completa y dedicación exclusiva a lo que más debía preocuparme en aquella época, que no era otra cosa más que prepararme para mi gran audición.

Había logrado la paz que necesitaba para centrarme en el teatro.

He de confesar que tampoco me resultaba complicado hacerlo. De todas las obras que podía representar, era la que menos había imaginado, sí. Sin embargo, eso no quitaba que la hubiese visto como cinco o seis veces a lo largo de mi vida, y me supiese prácticamente todos los diálogos, sin ni siquiera mirar el libreto. Y aquella noche, además, mientras cenábamos en el salón, la vimos una vez más gracias a la insistencia de mi padre.

Ellos estaban igual, o incluso más emocionados que yo, con la idea de que su hija pudiese convertirse en la pequeña Dorothy y emular a la grandiosa Judy Garland. Bueno, tal vez aquella emoción solo la desprendía Leroy, porque Hiram era más recatado y prudente. Él nunca alzaba las manos al aire, hasta que los hechos no se consumaban. Y no iba a celebrar algo que todavía no había sucedido.

Y él, precisamente él, Hiram, mi padre más precavido y moderado había tomado la manía de observarme desde la puerta mientras yo contemplaba las estrellas, y creía que no me daba cuenta de ello.

Lo hizo durante las últimas cuatro noches, y aquella ya no pude resistir la tentación de hacerle ver que era consciente de cómo me observaba a escondidas.

—Espero que no hayas estado espiándome desde que era niña, no me haría mucha gracia imaginarlo —musité al tiempo que me desprendía de los auriculares y lo buscaba entre las sombras. Ni siquiera se sorprendió por mi descubrimiento, y eso me hizo intuir que él también sabía que yo lo había visto. No tardó en sonreírme y apoyarse en el quicio de la puerta para mostrarse con plenitud—. ¿Qué haces ahí, papa?

—Nada, solo asegurarme que no estoy viviendo una alucinación —respondió sin eliminar la sonrisa de sus labios—. Me cuesta creer que mi pequeña está en casa.

—¿Tanto me echas de menos? —cuestioné reincorporándome en la cama.

—No te imaginas cuánto —me dijo decidiéndose a entrar. No tardó en llegar hasta mí y tomar asiento en mi cama, sin dejar de mirarme—. Nueva York es una gran competidora.

—Nueva York no tiene eso —señalé hacia la ventana—, creo que no he conseguido ver ninguna estrella allí. Hay tantas luces que es imposible distinguirlas.

—No está mal —susurró lanzando la mirada hacia el trozo de cielo que se dejaba ver a través de la ventana—. No deberías tenerla abierta. No si quieres conservar tu salud intacta para la audición.

—Estoy acostumbrada al frío. Además, de esa forma puedo verlo mejor.

—Está bien, pero al menos ciérrala cuando vayas a dormir. ¿De acuerdo?

No pude más que sonreír al ver como su gesto recuperaba cierto aire de preocupación. Esa preocupación que solo un padre o una madre puede sentir por sus hijos.

—¿De qué te ríes? —se percató del hecho y yo amplié la sonrisa.

—Echaba de menos que me cuidasen como lo hacéis vosotros. Ha sido buena idea venir aquí a pasar estas semanas.

—Mmm… ¿Sabes? Eso que acabas de decir hace que mi corazón se infle hasta casi no caberme en el pecho —gesticuló divertido—, pero…

—¿Pero?

—Pero también me preocupa.

—¿Te preocupa que quiera pasar tiempo con vosotros?

—Me preocupa el motivo por el que necesitas estar aquí, con nosotros.

Idiota, pensé tratando de no mostrar la evidencia en mi rostro. Idiota por creer que ellos no se iban a dar cuenta de mi estado, y no les iba a resultar extraño que yo tomase la decisión de pasar aquí todas las Navidades. Idiota por creer que mis padres no sabrían leer mi corazón, sin siquiera preguntarme.

Sin embargo, no estaba dispuesta a abrirles el mismo a ellos. Y no porque no confiara o no lo necesitara, sino porque me negaba a preocuparles por una estúpida disputa de malcriadas, como lo éramos Santana y yo. Y mucho menos por un asunto del corazón.

Eso solo me incumbía a mí, y era yo quien debía cargar con ello. No ellos.

—¿Qué te ocurre, Rachel? —añadió al notar mi silencio, y mi sonrisa comenzó a esfumarse de mi rostro.

—Estoy, estoy un poco agobiada —resoplé—. Necesitaba estar en calma, centrarme en las audiciones y, allí no lo iba a conseguir. Todo está un poco, alterado. Ya sabes, a veces se necesita desconectar para volver completamente renovada. Además, hace mucho frío y no deja de llover, y ya sabes que a mí no me gusta la lluvia.

—¿Qué es lo que te agobia? —me preguntó tras escrutarme con la mirada y comenzar a dejarme tiernas caricias en las piernas por encima del edredón.

—No sé, necesito, necesito lograr pasar de una vez alguna audición importante, y tengo una buena oportunidad. Estando allí no consigo concentrarme. Ya sabes, la cafetería, las clases, salir, entrar, Santana, Kurt, Blaine… —me dejé caer sobre la almohada— Es difícil. Pero no tienes que preocuparte, no sucede nada que no se solucione con unos días de relax.

—Claro que me preocupa, cielo —susurró con dulzura—. Sé que estás impaciente por lograr entrar en Broadway, y sé que con ese papel en el Mago de Oz tienes muchas posibilidades, pero no quiero que te vengas abajo. No quiero que decaigas. Sabes que las cosas importantes llegan con el esfuerzo, porque el talento te sobra, y te estás esforzando lo suficiente para lograrlo. Tus amigos están para apoyarte, no para que huyas de ellos.

—No huyo de ellos —murmuré procurando no mentir demasiado—. Es solo que, bueno, ellos tienen sus vidas, y quieras o no yo estoy involucrada en ellas y, a veces creo que me pierdo demasiado.

—¿Están bien Kurt y Santana? ¿Tienen algún tipo de problema? —se interesó sin dejarme continuar, y yo negué rápidamente.

—No, no, ellos están bien. De hecho, Kurt, por ejemplo, está mejor que nunca. Hace, hace unos días nos dijo que estaba planteándose la opción de irse a vivir con Blaine. Y bueno, yo me alegro mucho por él, pero, por ejemplo, ese detalle ha hecho que piense más en cómo voy a pagar el apartamento si él no está.

—Rachel, ya sabes que si necesitas dinero no tienes que…

—No, no tengo problemas. Solo es un ejemplo de lo que está sucediendo y que puede descentrarme de lo que realmente me importa. ¿Entiendes? Santana, Santana está a punto de hacerse con la cafetería —añadí tratando de evitar que la voz me temblara al pronunciarla.

—¿De veras?

—Sí, y está segura de que ambas podremos pagar el apartamento si Kurt se va. Su padre la está asesorando y cree que es una buena inversión. Así que no tengo de qué preocuparme. Pero…

—¿Pero?

—Pues, es inevitable pensarlo. Yo, yo no quiero estar para siempre en la cafetería, papá, y por eso necesito empezar a trabajar cuanto antes en Broadway. Por eso necesito centrarme en hacerlo bien y no dejarme influir por lo que esté pasando a mí alrededor. Por eso decidí que quería venirme aquí en estos días, y tomarlo con calma.

—Si lo dices así, no tengo más remedio que creerte. Pero, no sé, quizás esté loco —sonrió—. No paro de pensar que hay algo más que te está haciendo daño de algún modo.

—No, papá —fingí—. No pienses en eso. Estoy bien —insistí adueñándome de su mano—. De hecho, ahora, ahora estoy mucho mejor de lo que podría estar —traté de tranquilizarlo—, y mañana cuando Santa me haya dejado mi regalo, mucho más —bromeé.

—¿Estás segura de que Santa Claus va a querer visitarnos este año? —se burló— Recuerda que nosotros no estamos en su listado.

—Yo misma me he encargado de avisarle. Hace una semana estaba en la 5ª Avenida y le dije que no debía olvidarse de mi casa —sonreí—, y me guiñó el ojo. Eso es buena señal. ¿No crees?

—Es la mejor —me devolvió la sonrisa— ¿Le pediste tu regalo? ¿Sabe él lo que quieres?

—Mmm, no —negué tapándome con el edredón hasta casi cubrir mi boca. Empezaba a notar como el frío que entraba por la ventana, se hacía más intenso. Y mi padre no tardó en reaccionar y cerrarla sin que fueran necesarias mis palabras.

—Pues, deberías haberle dicho lo que querías.

—Es que no deseo nada. Lo único que quería era estar aquí, y ya estoy.

—Bueno —añadió regresando a mi lado—, tal vez deberías pedir otro ejemplar de ese libro —dijo lanzando una mirada sobre mi ejemplar de Cumbres Borrascosas que permanecía sobre la mesilla.

—¿Otro? No, ese es perfecto. Lleva 15 años conmigo, y va a estar hasta que muera.

—Está bastante estropeado —me recriminó con algo de dulzura mientras se adueñaba de él y comenzaba a ojearlo— ¿Cuántas veces lo has leído? ¿Por qué te lo has traído?

—No sé cuántas veces lo leí —respondí—. Muchas, tantas que me es imposible recordarlo. Y me lo he traído porque no me fio de Santana.

Error. Alarma. Alerta roja. Acababa de hablar más de la cuenta y mi padre no tardó en alzar la mirada y escrutarme un tanto confuso. Debía reaccionar antes de que lograse sacarme el verdadero motivo por el que estaba allí.

—No se cansa de entrar en mi habitación a adueñarse de mis cosas —traté de bromear —, y ya me ha perdido algunos libros. No quería que sucediese algo así con ese. Prefiero llevarlo conmigo y evitarlo.

No sé si me creyó, pero al menos vi como su rostro volvía a mostrarse flexible y tranquilo. Sin esa confusión instantánea que lo acusó con mi metedura de pata.

—¿Y Quinn?

Juro que sentí como todo giraba a mi alrededor. De hecho, creí que escuchar su nombre había sido producto de mi imaginación, porque justo en ese instante yo volvía a buscar el cielo tras la ventana, y me mente voló hacia ella.

Mi padre me estaba recordando todo lo sucedido, aunque él no lo supiera, y era inevitable no pensar en ella. Pero escuchar su nombre fue demasiado extraño, casi como si estuviese leyendo mi mente en aquel instante.

—¿Qué? —balbuceé regresando la mirada hacia él.

—¿Cómo está Quinn? —cuestionó mostrándome la prueba por la que había recordado a la británica. No sé cómo no me di cuenta antes.

Había olvidado que entre las páginas del libro estaban nuestras fotos del fotomatón, y la que ella me entregó junto a su amiga. Y mi padre por supuesto, las encontró en ese mismo instante. De hecho, no tardó en mostrármelas para hacerme ver el motivo que le llevaba a preguntarme por ella.

—Oh, Quinn —musité tratando de resultar serena, aunque mi voz temblaba al mencionarla. Mucho más que cuando hablaba de Santana, sin dudas—. Pues, pues lo cierto es que no sé cómo está.

—¿Por? ¿No os veis a menudo? —se interesó.

—Eh, sí, pero… Bueno, tampoco, tampoco tanto —recapacité.

—¿Cómo? ¿Os veis o no?

—Sí, pero solo cuando voy a la floristería o cuando, cuando sale con Santana. Pero ya hace días que no la veo, y no sé de ella. Está, estaba bastante ocupada con sus cosas y…

Nervios, nervios y más nervios.

No tenía ni idea de lo que quería decir, ni tampoco de lo que estaba diciendo. Y mi padre tampoco, por supuesto. De hecho, me miraba confuso, tratando de hilar las palabras porque yo no era capaz de hacerlo con algo de coherencia.

—¿Estás bien, hija? —me cuestionó aturdido— ¿Qué le sucede a Quinn?

—Eh, nada, solo que… Bueno su, su abuela falleció y, no, no está… estará. No sé, no sé cómo está.

—¿Murió? —se preocupó— Pero, ¿no se la había llevado su padre a Australia?

—Sí, así es —traté de tranquilizarme—. Estaba muy enferma papá, y es algo que esperaban, pero les ha pillado de sorpresa. Apenas, apenas ha estado allí un par de semanas, y bueno, puedes imaginar cómo estaban Quinn y Emma.

—Vaya —balbuceó un tanto afectado, mientras volvía a centrar su mirada en la tira de fotos—. Ha debido ser horrible. ¿Están en Nueva York? Me, me gustaría hablar con ellas, no sé, hablamos mucho el día de Acción de Gracias y me gustaría poder.

—No sé si están en Nueva York —le interrumpí—, no he vuelto a hablar con ellas. Solo sé que se marcharon a Australia y…

—¿No has hablado con ellas? —se mostró confuso, y también algo molesto— Pero Rachel, sois amigas. ¿No?

—Eh, sí.

—¿Entonces? ¿Por qué no le has llamado?

—Porque, porque le dije que si necesitaban algo que llamasen —me excusé—, y bueno, no lo han hecho. Supongo que estarán ocupadas.

—Rachel, cielo, en una situación así debes ser tú quien se ofrezca. No, no tengo ni idea de cómo es Quinn, pero por lo que pude ver en la cena, no se ve que sea una persona que se abra demasiado. Y dudo que ella te busque si se encuentra mal. Y está claro que no deben de estar llevándolo bien.

—¿Crees que, que debo llamarla?

—Por supuesto. Hija, sé que sois jóvenes y a veces no distinguís bien la gravedad de algunos asuntos, pero una llamada, unas palabras a tiempo, pueden ser de gran apoyo.

—Bueno yo… —carraspeé— Yo estuve con ellas antes de venir, justo cuando me enteré de todo. De hecho, pasé la noche con Quinn, acompañándola, ya sabes —aclaré para evitar cualquier pensamiento extraño—. Y, no sé, le hice saber que podría llamarme cuando quisiera y que…

—¿Qué está pasando? —me interrumpió, y con razón.

Soy una persona bastante sensible, muy empática, y el simple hecho de recordar la escena que me encontré en la habitación de Quinn, hizo que las lágrimas comenzaran a brillar en mis ojos. Y aunque apenas había luz suficiente para distinguirlas, a mi padre no le pasó desapercibido aquel detalle.

—Nada —balbuceé—. Es solo qué, bueno, últimamente Quinn y yo no, no hemos hablado mucho. No teníamos buena relación —confesé evitando tener que centrarme en mis sentimientos hacia ella y en la disputa con Santana—. Somos, somos muy diferentes y bueno, a veces no nos ponemos de acuerdo.

—¿Estáis enfadadas?

—Digamos que tenemos que hacer cada una nuestra vida, y procurar no, no molestarnos.

—Cielo —volvió a acariciar mis piernas—, entiendo que a vuestra edad, los conflictos, los malos entendidos os hagan querer romper con todo. No eres una adolescente, pero tampoco tienes la madurez suficiente como para saber qué hacer en determinadas situaciones, y qué tiene realmente valor. Sé que crees que por zanjar algo que crees que te perjudica, ya está, ya es suficiente. Pero a veces las cosas son más complicadas, Rachel —hizo una breve pausa mientras volvía a dejar el libro sobre la mesilla—. No, no sé qué es lo que ha podido llevarte a que discutas con ella, aunque supongo que debe ser importante porque tú eres una persona bastante, tolerante, y tienes bastante paciencia. Pero evidentemente y por lo que veo en tus ojos, y en como os tratabais la noche de Acción de Gracias, intuyo que esa chica es especial, que es importante para ti, aunque os conozcáis desde hace poco. No puedes permitir que el orgullo de una pelea te aleje de ella en un momento así, porque estoy seguro de que ella va a necesitar ese apoyo.

—Papá yo…

—Mírate —volvió a interrumpirme—. Estás llorando y apuesto a que lo haces porque te sientes mal, porque sabes que no llamarla no te hace bien. ¿Te compensa el orgullo?

—No, no, papá. Es que, es más complicado de lo que parece. Yo, yo actué como debía, como sentía, me fui a su casa y estuve con ella. Ella, ella me aceptó, me dejó que le acompañase y pude ayudarla a descansar al menos. Sé que hice bien, pero tengo la sensación de que solo fue una tregua entre nosotras, que solo duró ese día y ya después, todo tiene que volver a ser como era.

—¿Tienes un contrato que te obligue a ello? ¿Te obliga alguien a querer seguir alejada de ella? —me cuestionó, y aunque eran preguntas retóricas, supe que esperaba una respuesta por mi parte.

Era demasiado perspicaz como para no saber o intuir que había algo más que una simple discusión entre nosotras. Y también era lo suficientemente listo como para no tensar demasiado la cuerda, y hacerme hablar cuando no quería hacerlo.

—Rachel, piensa en esa pobre mujer. La abuela de Quinn se ha recorrido medio mundo para morir. ¿No te hace pensar en lo rápido que pasa la vida? ¿En lo desconcertante e imprevista que es? No te compliques —tomó mi mano—. Vive por y para ser feliz, y si hay algo que provoque ese nudo en tu corazón, enfréntate a ello y deshazlo.

—¿Cómo? ¿Cómo hago eso sí sé que puedo hacer daño?

—¿Qué es lo que más te gustaría hacer ahora? ¿Qué es lo que haría que desapareciesen estas lágrimas? —me preguntó secando mis mejillas con sus dedos.

—No lo sé, supongo, supongo que saber que está bien —musité casi sin voz, temiendo demostrar que había mucho más en mi deseo.

—Pues llámala. Hazlo, Rachel.

—¿Y si no quiere hablar conmigo?

—Ese no es tu problema. Tú solo tienes que hacer lo que sientes que tienes que hacer, y necesitas hacer. No pienses en qué dirá ella, o cómo te va a tratar. Solo hazlo.

No respondí.

No lo hice porque la congoja apenas me dejaba hablar, y trataba de evitar que las lágrimas lograsen sorprender aún más a mi padre. Así que decidí guardar silencio y asentir a su consejo.

Por primera vez, después de todo lo que me había sucedido en esos meses, oí algo que realmente quería escuchar, y que me hacía bien de verdad. Aunque ni siquiera sé por qué me sorprendía recibir aquello de mi padre.

Solo ellos me conocían. Solo ellos sabían darle la importancia necesaria a las cosas, a los problemas que aparecían en nuestras vidas. Solo ellos me hablaban con el corazón, y no dejándose llevar por el sin sentido.

—Es hora de descansar, cielo. Por cierto, tú padre está empeñado en cambiar el jardín, quiere redecorarlo y plantar algunas flores. Yo he tratado de esquivarlo, pero insiste demasiado y ya no puedo ponerle más excusas. Me vas a echar una mano con él. ¿Verdad?

—Claro —respondí conteniendo las lágrimas y recuperando como pude la sonrisa—, me ha dicho que va a comprar de todo.

—Sí, ya. Esa es otra de las cosas de las que quiero librarme. Pero bueno, si tú estás aquí, todo será mucho más sencillo —me abrazó con su cálida sonrisa—. Mañana pensamos qué hacer. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, papá.

—Descansa hija —añadió regalándome uno de esos besos que hacía años que no recibía. Justo desde que abandoné Lima hacía ya 6 años. Imposible no echarlos de menos. Imposible no necesitarlos como lo estaba necesitando.

Y así fue como se marchó de mi habitación. Sin volver a mencionar aquello que me había hecho llorar, y recordándome con su presencia que ellos siempre iban a estar ahí.

Hiram no necesitó ninguna respuesta por mi parte, más que el ver mi mirada para saber que ya había sido suficiente, aunque yo habría estado hablando con él durante horas. Sin embargo, el silencio en el que nos vimos envueltos por algunos segundos después de aquel beso en mi frente, fue justo lo que necesitábamos para dar por concluida nuestra charla.

—Ah, y puedes estar tranquila, nunca te espié cuando vivías aquí. Tu padre me habría matado.

Fue lo último que me dijo antes de dejarme a solas, y por supuesto me provocó una sonrisa. Otra más de las tantas que había logrado recuperar durante mis 9 días allí. Una más a pesar de que las lágrimas acababan de volver a caer por mis mejillas.

Él no lo supo, o quizás sí. Tal vez sí sabía que desde el momento en el que cerró la puerta de mi habitación, mi llanto se hizo imposible de contener. Aunque la almohada conseguía silenciarlo.

Y lo peor es que no tenía ni idea de por qué el solo recordarla, me hacía querer llorar de aquella manera. O tal vez sí lo sabía, pero seguía sin querer asimilarlo.

Aquellos 9 días sin saber absolutamente nada de Quinn, me hicieron entrar en un estado de ignorancia absoluta, de creer que ya todo había acabado entre nosotras y que nunca más la volvería a ver. Pero que no era tan grave como podría aparentar. Sin embargo, las palabras de mi padre me hicieron ver que sí. Que la situación era grave solo porque yo así lo había querido. Que era más que probable que no volviese a verla, porque me negaba a ello cuando en realidad lo deseaba más que a nada. Que mi estúpida actitud de niña malcriada, me volvía ciega frente a la vida. Y que la vida, al fin y al cabo, es tan frágil que desaparece cuando menos lo esperas. Como le sucedió a la pobre Eloise.

9 días sin saber nada, absolutamente nada de su estado, ni de su paradero, era una completa locura para alguien que estaba irremediablemente enamorada de ella. 9 días sin escuchar su voz, sin ver sus ojos, ni sucumbir a su sonrisa. 9 días de aislamiento absoluto. 9 días camuflando mis sentimientos centrando mi mente en otras cosas más banales, pero no menos importantes y que me hacían más bien, que maltratarme psicológicamente por todo lo sucedido.

Sin embargo, y después de mi charla con Hiram, no podía permitir que aquella décima noche fuese la antesala del décimo día sin Quinn.

Que no iba a dormir después de aquella conversación, era algo evidente. Pero lo que nunca me imaginé hacer, era lo que me dispuse a llevar a cabo casi dos horas después de dar vueltas en la cama, y lograr controlar el llanto de una vez.

Hice cuentas, miento, tomé mi móvil y averigüé que Quinn debía estar viviendo ya en el futuro. Más o menos. Existían unas 17 horas de diferencia entre nosotras, más los 15.000 kilómetros, y supuse que ella ya disfrutaba de la tarde cuando yo recién empezaba la noche. Era la hora perfecta para hacer lo que estaba haciendo, sin dudas.

Hola. Enviado a las 23:24 pm

Hacía 23 horas exactamente que Quinn había iniciado sesión en aquel servicio de mensajería por el que nos comunicamos la última vez que ella me escribió. Así que supuse que iba a estar disponible en cuánto mi mensaje llegara a ella.

La confirmación de que lo había recibido, no tardó en aparecer en mi pantalla, y los nervios comenzaron a aflorar en mí.

Siempre me había reído de Kurt cuando hacía lo mismo que yo estaba haciendo. Cuando me lo encontraba tumbado en el sofá, sin perder de vista la pantalla del teléfono mientras esperaba a que la otra persona respondiese. Me parecía algo realmente patético, pero en aquella ocasión a mí me regalaba una sensación de incertidumbre, y también, por qué no, un pequeño subidón de adrenalina. Adrenalina que no tardó en descender al ver que mi espera se hacía más larga con el paso de los minutos, y ella seguía sin dar señales de vida.

Volví a insistir.

Supongo que estarás ocupada, o tal vez estés durmiendo. Creo que me he confundido con la diferencia horaria. Solo quería saber cómo estabas. Enviado a las 23:32 pm

¿Quinn? Enviado a las 23:45 pm

No te molesto más. Lo siento. No era mi intención y te pido que cuando leas esto, lo olvides. Espero que estés bien y no me guardes rencor por haberme marchado sin despedirme. Lo siento de veras. Cuídate, Quinn. Enviado a las 00:03 am

Te necesito. Te echo de menos. No enviado.

Te quier…