CAPÍTULO 22

―Todavía no puedo creer lo que sucedió. Estoy muy decepcionada de ti, Naruto. Te comportaste como un salvaje, y no como el muchacho responsable e inteligente que conozco desde hace años. Amelia estaba claramente molesta con el chico, y más indignada aún con el padre, luego de escuchar cómo lo felicitaba por la atrocidad cometida.

―Ya déjalo tranquilo, corazón. Bastante tuvo con el sermón del viejo.

―¡El tío Alex, Jason! Se llama Alex, y para tu información, es un hombre muy sabio y respetable ―dijo la mujer―. Estuvo muy bien que lo regañara. ¿Cómo te atreviste a golpear al presidente de la compañía en que trabajas, que es el mismo futuro esposo de tu hermana?

―¡Ni me lo recuerdes! ―exclamó Naruto, poniéndose de pie y caminando por la habitación asignada a Amelia, sosteniendo la pequeña bolsa de gel frío contra su cara―. Y no me arrepiento, bien merecido se lo tenía por haber pervertido a Sakura antes de que tuviera edad para eso.

―¿Pervertido? ―inquirió Amelia―. Hablas como si fueras de otro siglo. Ellos son novios, se van a casar en unas horas, y ni tú ni nadie tiene derecho a meterse en su intimidad, ¿o es que también piensas controlarle la luna de miel?

―Si pudiera detendría ese matrimonio y me la llevaría lejos, donde él no pudiera encontrarla y ella lograra seguir con su vida como la tenía planeada.

―¡Ella está haciendo su vida como la ha planeado!

―Amelia, cálmate ―pidió Jason, colocándose a su lado y tomándola por el brazo.

―¡No me digas que me calme! ¿Qué les sucede a ustedes dos? ―Su rostro estaba rojo y su voz había subido de tono―. Sakura es lo suficientemente madura como para decidir qué quiere para su vida, y sobre todo, para escoger al hombre al que desea amar y que es además con el que desea casarse.

―¡Ella no lo ama! ―gritó Naruto, girándo y colocando las manos en puños.

―¿De qué estás hablando? ―Hablo de que algo muy raro está sucediendo. Sakura no es de las chicas impresionables ni enamoradizas, como para casarse con un hombre que solo tiene dos meses de conocerlo. Además, ella lo odiaba, y de repente, salió diciendo que lo amaba y se iban a casar. Eso, Amelia, no es normal, sin contar con que Sasuke no me gusta, y el solo verlo cerca de ella hace que me hierva la sangre.

Amelia lo miró por un momento, analizando las palabras pronunciadas por el chico. Conocía bien a su hija, y por lo poco que había visto en la relación de pareja, ellos eran como cualquier otra, más aún, teniendo en cuenta que Sakura nunca había tenido novio, y era normal que se mostrara reservada ante su familia. Definitivamente el chico estaba celoso del hombre que le había arrebatado el cariño de la joven.

Amelia sabía que los sentimientos de Naruto hacia su hija eran netamente filiales, y era precisamente en ese estado cuando los hombres se comportaban peor, cuando sus hijas o hermanas, que todavía consideraban niñas de coletas, encontraban un hombre al que amar. Suspiró y se dirigió a la puerta de la habitación.

―Te advierto una cosa, Naruto ―dijo calmadamente―, te quiero y eres como un hijo para mí, pero no te permito que interfieras en la felicidad de Sakura, sea cual sea el camino que ha escogido.

No quiero que algo como esto se vuelva a repetir, así que guarda tus celos de hermano caprichoso, porque ya es muy tarde para ellos. Abandonó el cuarto antes de que alguno de los dos hubiese tenido tiempo de protestar.

Era temprano en la mañana, y el sol apenas empezaba a asomarse por el horizonte, logrando que algunos rayos se filtraran entre los edificios colindantes. Todos se habían quedado a dormir unas pocas horas; incluso, los tres hombres que se habían quedado en la otra propiedad, al enterarse de lo ocurrido, tuvieron que trasladarse a La Mansión para terminar de calmar los ánimos, que solo se aplacaron cuando Sophia y Amelia se enfurecieron, y por medio de gritos y amenazas, enviaron a todos a dormir lo que quedaba de la noche. Sin embargo, el descanso había terminado, y era hora de prepararse para el tan esperado evento. Los rostros de los hombres eran caso perdido.

El que menos tenía que ocultar era Jerry, que solo poseía un pequeño moretón en la comisura de los labios. Los otros tres, en especial Sasuke, tenían moretones y heridas por toda la cara, y aunque los maquilladores ya habían llegado, luego de ser informados de la urgencia del caso, los morados se podían cubrir con suficiente base y corrector, a diferencia de la hinchazón que no había forma de disimularla. Sophia decidió que los hombres debían

abandonar la casa para poder prepararse tranquilamente; la novia necesitaba tener al novio alejado con el fin de impedir que la viera antes de la ceremonia, y previendo más altercados, advirtió a Jonathan y Joseph que, si algo ocurría, ellos serían los directos responsables; con eso bastó para que ellos dos y Jason, adoptaran una postura de seriedad y responsabilidad, pues sabían que no les convenía alterar más a las mujeres.

Eva también tenía un plan para la novia, y al ver la despedida de ellos dos antes de que él partiera, se aseguró de que se cumpliese. Sasuke estaba aferrado fuertemente a la cintura de Sakura, quien tenía las manos puestas en el pecho de él para mantenerlo lo más alejado posible. Los ojos azules devoraban a los marrones. Era como si desearan poseer todos los secretos que escondían, y más aún, hacerlos desistir de sus negativas. Sasuke la miraba fijamente, mientras que con una mano acariciaba el contorno de su rostro.

―Te amo… Te amo tanto… Le decía de forma obsesiva, desesperada, como si temiera que algo a última hora, pudiera impedir que ella le perteneciera. Comenzó a repartir besos por su rostro, sin importarle el dolor que le producía al rozar sus heridas, pues las del corazón le dolían más, y sabía que el único remedio era escuchar una palabra pronunciada en la casa de Dios.

Sakura soportaba en silencio mientras su familia y la de él observaban la tierna y romántica escena. Intentó apartar un poco el rostro de Sasuke, pero al tocarlo él gimió de dolor, y ella desistió. Aunque no lo amaba, aunque sentía que lo odiaba, por alguna extraña razón el causarle dolor físico le atormentaba, a menos que fuera como castigo por su mal comportamiento. Él era su verdugo, no obstante, ella aún esperaba que en el último momento él bajara sus brazos, la desatara y le diera la indulgencia. Solo que, al escuchar las palabras de despedida de Sasuke, se convenció de que su sentencia estaba ya decidida y lista para ser dictada.

―Te veré en el altar, mi amor, y una vez el ministro nos dé la bendición, ya no habrá nada ni nadie que nos pueda separar. Y con un suave beso en los labios, selló la promesa realizada. La chica solo se quedó allí, mirando el lugar por donde él había desaparecido, y por donde su razón también lo hizo. Entró en un estado catatónico, donde solo era movida por las necesidades de su cuerpo y las voces que llegaban del exterior.

Escuchó vagamente la forma como Eva alegaba que necesitaban irse para el apartamento asignado por Sasuke a la familia de ella, para que la novia pudiera vestirse sin ninguna complicación. Su cerebro no procesó que ella era esa novia. Oyó las voces de protesta de las mujeres, que argumentaban por qué debía quedarse y recibir la ayuda de todas; supo que las que más refutaban eran su madre y su amiga de años.

―No tiene sentido que ustedes dos estén solas. Yo soy su madre y quiero compartir este momento con mi hija. Amelia no podía entender las razones de la decisión. Sakura tampoco las entendía. Sus pensamientos no lograban hilar el camino correcto al final de los sucesos. Ella solo sabía que estaba sentada en algo mullido, pues sus pies no soportaban peso alguno, mientras voces y más voces parloteaban a su alrededor.

―Yo seré su dama de honor. Ella es mi amiga y quiero participar de toda su felicidad ―pidió Sussana en el mismo estado de su madre, aunque su voz también careció de significado. Frente a sus ojos se encontraban personas, objetos, y se desarrollaban situaciones, pero ella solo veía el rostro de Sasuke Uchiha organizando su vida a su antojo, a su deseo, a su placer.

Los sonidos la atormentaban, deseaba que cesaran. Buscaba una paz interior que no poseía desde hacía dos meses. Quería estar lejos de todo, en un lugar de silencio, de calma, donde pudiera soñar con que era libre, con que el viento era una brisa suave y no un torbellino de temor; donde se pudiera escuchar el agua correr de un río en calma, y no la furia viva de un mar embravecido; donde el pasto fuera un roce delicado, aromático, y no un toque fuerte y violento, cuyo solo deseo fuera someterla a los caprichos de una mente trastornada. Sabía lo que deseaba, solo que algo le decía que no lo obtendría en totalidad, aunque al menos un consuelo para ella era suficiente en ese momento, y la persona que se lo podía dar se encontraba a su lado.

―Eva, vámonos ya. Se hizo el silencio, y todas las cabezas giraron para ver de dónde había procedido ese susurro tan indiferente y suplicante a la vez.

―Hija ―dijo Amelia acercándose a ella―, este es un momento muy importante para ti, y yo quiero estar contigo, no me quites eso. Sakura la miró por unos segundos, deseando poder explicarle sin palabras, cuánto necesitaba estar sola, cuánto deseaba alejarse de todo y de todos. Sin embargo, solo se acercó a ella y la abrazó, tratando de recibir la fuerza que ella podía darle. Amelia Haruno, como todavía se llamaba, siempre había sido en parte sensible, sentimental, y un ser necesitado de apoyo; cuando joven había sido como cualquier chica de su época: libre, valiente y con un toque de rebeldía. Ella misma le había dicho que muchas aptitudes son propias de la edad. «

―Yo era libre como el viento y rebelde como el mar, y tu padre llegó como un pirata con deseos de dominar cielo y agua, y yo me entregué a él por completo, dándole todo lo que tenía. Él se adueñó de mí; mi voluntad y mi fuerza se convirtieron en sus esclavos, y yo no podía ser más feliz. Pero el pirata un día partió para nunca más volver, llevándose consigo todo lo que le había ofrecido, dejándome vacía.

El viento no volvió a soplar, y el mar ya no tenía fuerza para producir oleaje. Hija, si Dios me diera la oportunidad de regresar en el tiempo, sabiendo lo que sería mi futuro, con sus alegrías y sufrimientos, volvería a tomar sin permiso el auto de mi padre, y a exceder el límite de velocidad, para tener ese accidente y terminar en el hospital, donde un doctor llamado Gabriel Haruno me atendió y curó mis heridas. Lo haría una y mil veces, porque, Sakura, ¿qué sería del mar y del viento sin el intrépido pirata? Mírame a mí y obtendrás la respuesta.» Eso fue antes de que otro pirata llegara para revivir al viento y al vasto océano.

Siguió abrazada a ella por un minuto más, entendiendo que su madre nada podía hacer para salvarla. Se separó un poco de ella, le acarició el cabello, y rogó a Dios porque las palabras que salieran de su boca, fueran las adecuadas para convencerla y tranquilizarla.

―Necesito esto, mamá. Aunque es mi deseo lo que va a suceder, por momentos siento que todo me abruma, y preciso la calma que me brindará estar sola con Eva, y así poder tener las fuerzas para recibir con los brazos abiertos el futuro que me espera. La mirada de Amelia se concentró en los ojos de su hija, como buscando algún signo de arrepentimiento en ellos; no halló más que amor brotar de ella, y la nostalgia que producían cambios tan importantes como ese. Con una sonrisa de complacencia la dejó ir.

Sussana no fue tan fácil de convencer. Reprochó, alegó, y pateó el suelo, hasta que una orden de Amelia, y una pequeña sonrisa de Sakura, bastaron para que terminara abrazando a su amiga y, luego de decirle que la odiaba por privarla de ese tiempo juntas, le dijo que la amaba y que siempre la apoyaría, sin importar sus decisiones.

Minutos después, Sakura se encontraba en la limusina con Eva, dirigiéndose al apartamento. En otro auto los seguían una maquilladora y un estilista; y por orden de Christopher, quien se enteró sin demora de la decisión, un grupo de guardaespaldas, que rodearían el edificio y custodiarían el ascensor privado.

―No te preocupes por los medios de comunicación, Sakura ―dijo Eva, tomándola de la mano―. Sasuke tiene todo controlado, y al llegar a la Abadía estarán tras cordones de seguridad, al igual que los curiosos. Solo los fotógrafos autorizados tienen acceso, y ellos son profesionales. Sakura no le respondió. Seguía en el mismo estado y parecía que nada la podría sacar de allí. Así estuvo el tiempo que insumió su arreglo. Sabía que suaves espumas y algodones rozaban su rostro, y que alguien cepillaba su cabello, solo que a ella nada le importaba.

Su mirada estaba perdida en un punto negro, que era igual al futuro que se mostraba ante ella. Eva la miraba con aprehensión, esperando que en cualquier momento la realidad cayera sobre su amiga y la golpeara con todas sus fuerzas sin compasión alguna, y un ataque de pánico tuviera lugar en plena ceremonia. El incidente se presentó antes, cuando nadie importante fue testigo, y la preparó para afrontar la dura prueba que se avecinaba.

―Te ves hermosa ―susurró Eva con una sonrisa amable. Se encontraban solas en la habitación que ocupaba Amelia. El personal de servicio y los profesionales de la belleza se habían retirado, y solo quedaba llamar a Naruto para que la recogiera. Sakura se encontraba de espalda al espejo, y al girarse, no comprendió en principio lo que veía. Vestida de un hermoso color marfil, se encontraba una mujer que ella no reconoció. Un vestido de cuello recto sin magas ni tirantes, que en el busto estaba cubierto por un delicado encaje de intrincados diseños hasta debajo de estos, donde continuaba ceñido a la cintura para caer en una sutil línea A, permaneciendo recto en la parte frontal, y formando una cola en la parte posterior, cuyo largo permitía que arrastrara un metro aproximadamente, y terminara en un acentuado semicírculo, dando así una terminación prolija y elegante

. Sobre el vestido llevaba algo parecido a un sobretodo en un fino encaje, con flores distribuidas espaciosamente, permitiendo así un aire de romanticismo, sin llegar a verse saturado; este se cerraba debajo del busto con un pequeño broche y abría siguiendo la línea del vestido; las mangas eran en el mismo estilo, y llegaban un poco más arriba de la muñeca, terminando ahí en ondas que la hacían ver estilizada, al igual que la cola que se emparejaba con la del vestido.

Su cabello, a petición de Sasuke, lo habían dejado suelto, y para comodidad de ella, recogieron los mechones de las sienes, y haciéndolos unos suaves tornillos, lo sujetaron en la parte trasera de su cabeza, donde se hallaba una hermosa peineta con incrustaciones de diamantes, formando diseños de pequeñas flores bordeadas en oro blanco, y que sostenía el fino velo transparente que en ese momento se encontraba hacia atrás, y que llegado el momento, cubriría su rostro hasta que Naruto lo retirara.

El maquillaje era suave, en tonos tierra y estilo natural. Ciertamente esa mujer se veía hermosa, pero… ¿quién era? «Eres tú, Sakura, y ese es el hábito que has de llevar para que se dicte tu sentencia», le dijo su razón, para enseguida perderse en el abismo de la locura. Su respiración comenzó a acelerarse, al tiempo que un estremecimiento le recorrió el cuerpo.

―No puedo ―susurró―, no puedo hacerlo… No puedo.

―Sakura, tranquila. Eva intentó tomarla del brazo, pero la chica lo apartó bruscamente.

―No puedo… No…No puedo… ¡No puedo! ¡No puedo! Dio media vuelta y corrió lo mejor que los zapatos de tacón alto le permitían.

―¡Sakura!

―¡No puedo! ¡No puedo hacerlo! Sakura gritaba desesperadamente mientras bajaba las escaleras, y se dirigía a la puerta de salida, con Eva siguiéndola. Al abrir la puerta, dos hombres que no eran los de siempre, aunque igual de intimidantes, le impidieron continuar con su huida.

―Señorita, no puede abandonar el apartamento hasta que…

―¡Déjenme en paz! ¡Necesito salir de aquí! Los dos hombres la sujetaron por los brazos, mientras ella forcejeaba por zafarse.

―¡Suéltenla! ¡No la toquen! ―ordenó Eva, tomándola por la cintura y aferrándola a su cuerpo para tratar de controlarla, aprovechando la ventaja de ser más alta.

―Lo sentimos, señorita. Tenemos órdenes de no permitir la salida de la novia hasta que se nos ordene, y solo el señor Naruto, escoltado por nosotros, puede transportarla.

―¡Eva, sácame de aquí! Necesito huir ¡Eva! Sakura estaba histérica. Trataba por todos los medios de escapar del destino que la esperaba en unos minutos. Solo había accedido a una prueba de vestuario, y la jovialidad de las chicas, sumado al hecho de no usar el ajuar completo, no le permitieron ver la magnitud de su situación. Eva logró entrarla al apartamento, y sentarla en la sala de recibo para tranquilizarla.

―Sakura, piensa en tu familia, en Amelia, en Jason, Sussana, Naruto, todos ellos te necesitan.

―Eva, tú no entiendes ―sollozó, mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro, y trataba de no ahogarse en su llanto. Eva colocó un cojín en su regazo para impedir que llegaran a su vestido―, solo tengo dieciocho años… cumpliré diecinueve en unos días, pero… eso no hace la diferencia.

Mi mayor preocupación debería…debería ser la beca universitaria, pensando en dónde trabajar para poder costearme los gas… los gastos de manutención para no aceptar la ayuda de Daniel. Eva, no puedo hacerlo, entiéndeme… no tengo la fuerza suficiente para esto. No soy capaz.

―Sí lo eres, Elizabeth ―afirmó Eva con vehemencia―. Tú misma me contaste que tras la muerte de tu padre, fuiste el pilar de tu madre. Solo imagina cómo estaría Amelia en estos momentos si no hubieses sido fuerte, si te hubieras derrumbado como ahora mismo lo haces. Piensa en ella, en todos.

Será su fin. Sasuke no tendrá piedad. Sakura negaba insistentemente con la cabeza, mientras que imágenes de su familia vulnerable, en manos de ese loco obsesionado, pasaban por su mente. Él era un animal y ella sabía cómo se comportaban las bestias heridas, traicionadas; eran feroces, despiadadas, sin un ápice de compasión hacia sus víctimas, y ella era la única que podía calmar esa furia. Solo ella era capaz, con una caricia, de domar a la bestia interior.

―Sakura, si en mis manos estuviera detener esta locura lo haría, pero no puedo hacer nada contra eso que Sasuke siente hacia ti, y que yo no logro comprender. «Es obsesión, una desquiciada y frenética obsesión.»

―Si tú lo deseas, yo puedo tratar de sacarte de aquí por la escalera de servicio. Llamaremos a Naruto le contaremos la verdad, y entre los dos te sacaremos de Inglaterra. Tengo amigos en varios países, y ellos nos esconderán mientras decidimos qué camino tomar. Solo ten en cuenta, Sakura, que no me hago responsable de lo que suceda con los demás. No puedo protegerlos a todos. ―Eva guardó silencio por unos segundos, esperando a que Sakura procesara la información que acababa de darle

―. Tú, solo tú, puedes protegerlos a todos. Esa es tu decisión. Sakura no le contestó. Su expresión era pensativa y su llanto comenzaba a disminuir. Eva se levantó de su lado y se dirigió a un teléfono que se encontraba en una esquina, sobre una pequeña mesita de madera. Lo tomó y marcó.

―Papá, ¿podrías comunicarme con Naruto sin que Sasuke se entere?… Gracias. Sakura levantó la vista y se la quedó mirando. La mujer le devolvió el gesto, y brindándole una mueca de tristeza, se giró y habló:

―Naruto, soy Eva, tengo algo que decirte… Eva sintió cómo el auricular era apartado de su mano. Al girarse, encontró a Sakura que tomaba aire en profundidad y cerraba los ojos por un momento. Cuando los abrió, Eva supo cuál era la decisión que la chica había tomado.

Sakura Haruno miraba por la ventanilla de un automóvil que se movía por la capital inglesa. Parecía estar concentrada en la vista que la hermosa ciudad le mostraba, mientras que su mente se encontraba varios años en el pasado, cuando su vida era perfecta; cuando su única preocupación era sacar buenas notas, para que sus padres se sintieran orgullosos de ella; cuando los mayores lujos que conocía, eran el par de blusas de marca que Sussana le obligó a comprar, a pesar de los precios, y que su padre consintió con una gran sonrisa.

Luego se trasladó unos años más adelante, cuando ya ese maravilloso hombre, que le había enseñado tantas cosas, convirtiéndolo así en su héroe, ya no estaba entre ellos, y que, a cambio, la vida le había regalado a dos amigos que daban lo que fuera por sacarle sonrisas, así como un hombre bueno y dedicado a su trabajo, que se encargaba de sacar a su madre de la depresión en la que se había sumergido. Eran épocas maravillosas, tiempos en los que, a pesar de no tener riquezas, se sentía plena, completa y feliz.

Y ahí estaba en ese momento, afrontando un presente no deseado y un futuro incierto, todo porque esas personas, tan importantes y amadas, siguieran con sus vidas sin preocupaciones extras, e incluso mejor. El vehículo detuvo la marcha, y Naruto, que se encontraba sentado a su lado en silencio, bajó, al tiempo que Dacre le abría la puerta. Su amigo rodeó el vehículo y se apresuró a ayudarla a bajar.

―¿Estás lista? ―preguntó en un susurro, ubicándose a su lado y tomando su mano, para apretarla suavemente. Sakura suspiró y cerró los ojos por un par de segundos.

―Estoy lista ―respondió. Al levantar la mirada, la Abadía de Westminster se erguía imponente ante ella. Ahí la esperaba su condena. A lo lejos escuchó los murmullos de los curiosos y fotógrafos, que rogaban porque les dedicara una mirada, o mejor aún, un saludo; y aunque era eso lo que se esperaba de la nueva señora Uchiha, ella no se hallaba en ese calificativo. Podían decir que era orgullosa, o que la riqueza que todavía no poseía, se le había subido a la cabeza, pero no le importaba.

Nada de lo que los demás pensaran era relevante para ella, solo su familia, y por ellos se encontraba allí. Giró su cabeza al escuchar la voz de su hermano.

―No te preocupes, mi vida. No tienes que hacer nada que no quieras.

Sakura lo miró a través del velo que cubría su rostro, y sonrió entre tierna y melancólica al verle. Las marcas producidas por la discusión de la noche anterior alteraban sus facciones, y el maquillaje solo las había atenuado; aun así, estando tan cerca, se notaba que se encontraba extrañamente hinchado, y con unas zonas un poco más oscuras que otras.

Tuvo ganas de llorar. Sintió las lágrimas agolparse en sus ojos, y desvió la mirada para que Naruto no lo notara. Se había prometido no llorar, había jurado a si misma que no lo haría, por su familia, por su padre. «Papá.» Por un momento tuvo un pensamiento macabro, que trató de desechar al instante, fallando en el intento, pues su conciencia le indicaba que así debía ser. Imaginó cómo sería ir del brazo de su padre, como lo hacía en ese momento del de su hermano, y una vez más reafirmó, que lo mejor era que su padre no estuviera. Él era un hombre demasiado perspicaz, y no tenía la menor duda de que notaría que algo muy grave estaba sucediendo; incluso, hubiese mandado a investigar la buena suerte de Sussana en su beca; y Jason… Jason solo sería un amigo de la familia, nada más.

Gabriel jamás hubiese permitido que ella se casara en circunstancias tan extrañas, y en ese momento, si existía un más allá, de seguro su padre estaría mirando horrorizado, cómo su niña era entregada en sacrificio por el bien de su familia.

«Papá, no te sientas mal. Esto lo hago por mí, por mi paz interior, porque los amo, y mi sufrimiento sería mayor al ver el de ustedes», pensó, rogando que todo lo que le habían enseñado, en los pocos domingos que asistió a la iglesia cuando niña, fuese verdad, y su padre, desde un lugar en el que las almas merecedoras de la paz eterna tan prometida, disfrutaban de la compañía del creador, la escuchara.

En la puerta de la iglesia la esperaban Lara y Sussana, junto con un grupo de niños que solo había visto un par de veces en los ensayos, y que sabía, eran hijos de los amigos de la familia de su futuro esposo. Eva se unió a ellas al instante. Ella sería la madrina y no Sussana. Entre las dos así lo decidieron.

―Eso de madrina no me gusta, me suena a cuento de hadas, y aunque estás viviendo uno, no quiero ser la enana vieja y gorda con alas y varita. Y con esas palabras se le confirió el título de dama de honor. Sakura miró hacia el interior de la Abadía y en su mente se dibujó una enorme cueva, en la que al final, esperaba una bestia que la devoraría, y ella, como doncella de historia fantástica medieval, se entregaba por propia voluntad.

Sintió todas las miradas dirigirse hacia ella, mientras alguien le arreglaba la cola del vestido y del sobretodo, que había sido reemplazado por otro que Eva había ordenado confeccionar, previendo la reacción de ella al verse totalmente vestida de novia. El anterior estaba arruinado: en el forcejeo se habían desgarrado las mangas, y se había desprendido el broche. Naruto le tendió la mano para llevarla con ella alzada, como era la costumbre.

Miró hacia el suelo y divisó la alfombra roja que, luego de unos metros, se dividía en dos para rodear una gran lápida. La siguió con la mirada, y vio que se perdía en la segunda sección de la gran iglesia, allí la esperaba algo que desconocía y que a la vez intuía, no era para su bienestar. Miró hacia el techo, y todos los diseños intrincados que vio en él, le mostraban lo que era su vida: un laberinto sin salida, donde su única esperanza era no perecer en el camino. Escuchó los murmullos de los invitados que se encontraban unos metros más adelante, y apostados a los costados de la alfombra.

―Se ve hermosa.

―¡Qué chica más linda!

―No es la gran cosa. Ellos no eran importantes para Sakura, por lo que ni siquiera los miró en ese momento. No tenía que aparentar ante ellos. Estaría igual con la iglesia casi vacía y solo su familia en ella. Suaves notas musicales se empezaron a escuchar por todo el lugar, en señal de que debía caminar. Conocía muy bien la canción, pues ella misma la había escogido. Fue lo único en lo que participó activamente, de toda esa parafernalia creada por un hombre desquiciado. Comenzó a andar, mientras las notas subían de tono de acuerdo a sus pasos. Llegó a la zona de la gran lápida, y la miró solo por un instante. Allí se encontraban los restos del Soldado Desconocido: algún héroe de la Primera Guerra Mundial, cuyo honor le valió el derecho a que su tumba jamás pudiese ser pisada.

«Quien quiera que seas, dame algo de tu valentía para continuar.» Rodeó la gran lápida negra, y escuchó las voces de niños alzarse bellamente por sobre su temor, clamando a una mujer que nunca tuvo miedo, a una mujer cuya vida fue santa y cuya pasión fue infinita. Esa mujer que había visto morir al fruto de sus entrañas, a manos de hombres sin alma. Esa a la que ella clamaba para que la reconfortara.

¡Ave Maria! ¡Jungfrau mild!

(¡Ave María! ¡Mansa doncella!)

Erhöre einer Jungfrau Flehen,

(Escucha la oración de una doncella)

Aus diesem Felsen starr und wild

(Tú puedes oir aunque sea de lo salvaje,)

Soll mein Gebet zu dir hinwehen.

(Tú puedes salvar en medio de la desesperación.)

«Escucha mi oración, querida Doncella, solo Tú me puedes salvar en medio de la desesperación.» El poema de Sir Walter Scott, alentaba a su espíritu a continuar. La Virgen María era su única fortaleza y compañía en ese momento, por eso pidió esa canción, y más aún el poema original, cantado en alemán con la música de Schubert; porque, aunque desconocía el idioma, lo había leído varias veces entre sus lecturas nocturnas, cuyo tiempo le pertenecía.

Ella sabía lo que traducía cada frase pronunciada, y cada una de esas palabras, eran las que necesitaba para cumplir con su promesa. Continuó avanzando, y por fin se decidió a mirar a los invitados, testigos ignorantes de lo que sería su sentencia. No los conocía, aunque estos le sonreían. Muchos hipócritamente, como si en sus corazones albergaran algún tipo de cariño hacia ella. Y la música continuaba.

¡O Jungfrau! Sieh der Jungfrau Sorgen,

(¡Doncella! Oye la oración de una doncella)

¡O Mutter, hör ein bittend Kind!

(¡Madre, oye a una hija suplicante!)

¡Ave Maria!

(¡Ave María!)

«Ten en cuenta a esta hija tuya suplicante, Madre mía.» Sus ojos estaban secos, mientras su corazón sangraba en llanto, desgarrado por el dolor y una vida que ya no le pertenecía. Solo ella y la Madre Celestial sabían lo que estaba padeciendo. Ante los ojos de los invitados, ella era una novia calmada y serena, que marchaba feliz hacia lo que algunos de ellos deseaban para sí mismos, o para sus hijas. Ella estaría feliz de cambiar de lugar con cualquiera de los presentes.

Wenn wir auf diesen Fels hinsinken

(El lecho de piedra que ahora tenemos que compartir)

Zum Schlaf, und uns dein Schutz bedeckt,

(parecerá este edredón de plumas apiladas.)

Wird weich der harte Fels uns dünken

(Si tu protección se cierne allí)

Du lächelst, Rosendüfte wehen

(el aire pesado de la tenebrosa caverna)

In dieser dumpfen Felsenkluft.

(se respirará como bálsamo si Tú has sonreído.)

«Si Tú estás conmigo, yo podré soportar cualquier afrenta del destino. Suaviza mi camino, Madre, para que así pueda andar mejor.» Si bien sentía la mano de Naruto apoyar la suya, era la de la Madre del Creador la que la mantenía en pie. Cruzó unas enormes puertas, que, aunque estaban en la casa de Dios, para ella eran las del infierno; y ahí, profanando el sagrado altar estaba él, mirándola fijamente.

Der Erde und der Luft Dämonen,

(Demonios apestosos de la tierra y el aire,)

Von deines Auges Huld verjagt,

(de esta su acostumbrada guarida exiliados,)

Sie können hier nicht bei uns wohnen.

(huirán ante tu hermosa presencia.)

«El demonio no huye ante tu presencia, Madre mía. ¿Acaso es tu voluntad que me entregue a él?» Pocos pasos faltaban, y la oración llegando a su fin, proclamó:

Der Jungfrau wolle hold dich neigen,

(Oye por una doncella la oración de una doncella,)

¡Dem Kind, das für den Vater fleht!

(¡y por un padre oye a una hija!)

¡Ave Maria!

(¡Ave María!)

«Está hecho. De ahora en adelante solo tú podrás protegerme.» Se escucharon los últimos acordes, y Sakura detuvo su andar. Se suponía que Sasuke debía esperarla de espalda. No lo hizo.

«Claro que no.» Él deseaba verla, comprobar que no era otra, sino ella, la que se acercaba; comprobar que no se había escapado como tanto temía; y sobre todo, deseaba demostrarle que podía hacer lo que deseara, ir en contra, incluso, de una regla ceremonial, y que lo mismo podía hacer con ella o su familia.

Sasuke tampoco debía tocarla, ella tenía que ubicarse a su lado, y esperar a que el ministro se colocara frente a ellos para así empezar la ceremonia, solo que él no estaba dispuesto a privarse de ese placer. Al sentir la mano de Sasuke tomar la suya, Sakura lo miró directamente a los ojos, y lo que vio en ellos la atemorizó aún más.

Esos ojos azules decían mil cosas a la vez. Tantos sentimientos agolpados de tal manera, que la abrumaban intensamente. Le sintió acariciar su mano; vio cómo él bajaba la mirada para ver si era real la piel que tocaba, mientras continuaba acariciándola con el dedo pulgar. Al levantar la cabeza sus miradas se encontraron, y Sakura se sorprendió al ver que los ojos azules estaban humedecidos, y reflejaban tan sublime alegría, que ella pensó ver a un hombre que por fin divisaba su libertad, después de años de cautiverio.

Él estaba viviendo su momento, el que tanto había deseado y planeado. Ya nadie se lo podía arrebatar, ya no había escapatoria alguna. Ella sería suya, él lo sabía, y su corazón y su alma no podían albergar mayor dicha. Su rostro estaba hinchado al igual que el de Kendal, que se encontraba tras él.

Lo miró por un momento y él le guiñó un ojo, al tiempo que le brindaba una sonrisa, por lo que ella supo que, aunque a él le encantaba molestar a su primo, estaba complacido de la unión que se oficializaría en unos instantes. Los cuatro se colocaron en posición, dando el frente al altar, aun así, Sasuke no miraba al lugar sagrado, sino a la mujer a su lado. A través del velo la observaba, reparaba en cada detalle que la fina tela le permitía, sin dejar de acariciarle la mano.

Sakura intentó retirarla y él se la aferró con firmeza, por lo que ella se resignó al toque. La tela fue retirada de su rostro por Naruto, y todo comenzó. Un hombre de edad avanzada, vestido con túnicas propias de su vocación, se instaló frente a ellos. Su mirada era serena y con experiencia. Si supiera lo que estaba por bendecir, cerraría el libro ante él y se negaría rotundamente. La iglesia no lo consentiría, los fieles tampoco. Sakura solo lo aceptaba.

―Queridos hermanos, nos reunimos aquí ante Dios y ante ustedes, para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio, que es un honor instituido por Dios, significando en nosotros la unión mística que hizo Cristo con su iglesia…

Naruto debía haber soltado su mano, pero no lo hizo, y ella se lo agradeció. Si bien sabía que tenía el apoyo de la Virgen María, esa mano firme, de carne y hueso, de alguien a quien quería, le daba las fuerzas restantes para no huir ante la vista de todos los presentes. Aunque sabía que no podría cruzar las puertas de la Abadía sin ser detenida, y ante la mirada asombrada de los invitados, y la horrorizada de su familia, ella sería obligada a casarse, no lo dudaba. El sacerdote explicó las causas por las que fue ordenado el matrimonio: incrementar la humanidad, honrar los instintos naturales, y para ayudarse el uno al otro. Ninguno de ellos eran sus objetivos. Para ella no tenían valor, no tenían sentido. Para Sasuke lo eran todo.

―…por ende, si hubiere alguien, aquí que crea que posee una causa justa por la que esta pareja no deba unirse, que lo diga ahora o que calle para siempre. El hombre de Dios hizo una pausa, dando la oportunidad para que alguien hablara, y esperando que nadie lo hiciera. Sakkura cerró los ojos, rogando por un milagro; sin embargo, sabía que nadie acudiría en su ayuda y de su familia. Sintió la mano de Naruto apretar la suya, al tiempo que Sasuke también lo hacía; el primero esperaba una señal suya para actuar, y el segundo le indicaba que nadie los podría separar. Ella no respondió a ninguno de los dos.

―Y les solicito a ambos que, por favor, respondan a todas nuestras preguntas ―continuó el sacerdote al ver que nadie se oponía―, y que desvelen todos sus secretos, y si hay algún motivo por el cual ustedes no deberían casarse, ahora deberían confesar, o sino, asegurarnos a todos nosotros, ante Dios, que van a estar unidos y así hacer este matrimonio legal.

El sentido de supervivencia de Sakura le gritaba que hablara, que dijera a todos lo que sucedía, lo que estaba obligada a hacer, que no temiera, que ella era lo más importante. Los dos hombres volvieron a apretarle la mano. Ella giró su rostro para mirar a Naruto, quien la observaba de forma suplicante, rogándole en silencio que se negara, que desistiera de esa locura y permitiera que él la sacara de ahí

. Desvió la mirada hacia su familia, quienes se encontraban sentados en la primera banca detrás de Naruto. Ellos sonreían tiernamente, alentándola a continuar; incluso Jason se esforzó por darle fuerzas, y no reprenderla con la expresión de su rostro. Les sonrió a todos, incluso a Naruto que se veía desesperado. Volvió su vista al altar, y de sus labios no escaparon palabras. No tenía qué decir.

―Sasuke Nicholas Philip Uchiha, ¿tomará usted a esta mujer como esposa, para vivir juntos bajo la ley de Dios, y ante el estado del matrimonio sagrado, para amarla, confortarla, honrarla, en la salud y en la adversidad, olvidándose de todo, y quedándose junto a ella mientras…?

―Sasuke, por favor, todavía estamos a tiempo de dete…

―Acepto ―afirmó Sasuke en tono seguro, interrumpiendo al ministro y a Sakura, quien había susurrado las palabras, apelando a una última oportunidad de ser liberada de la condena, a algún rincón de cordura en la mente trastornada del hombre a su lado, a un ápice de compasión. Tal como esperaba, falló. Él estaba seguro de lo que hacía.

No tenía ninguna duda de que la deseaba, la amaba, si es que a eso se le podía llamar así, pues para ella era una obsesión, una locura nacida de algún trauma o suceso del pasado. Sabía que el amor obsesivo existía, solo que no podía creer, que lo que Sasuke decía sentir por ella, pudiera denominarse como tal.

―Sakura Haruno. Cerró los ojos mientras escuchaba las palabras.

―¿Tomará usted a este hombre como esposo, para vivir juntos bajo la ley de Dios, y ante el estado del matrimonio sagrado, para amarlo, confortarlo, honrarlo, en la salud y en la adversidad, olvidándose de todo, y quedándose junto a él mientras viva? Sasuke volvió a apretar su mano, mas no había necesidad, pues ella, temiendo que su turbación superara a su amor por su familia, contestó sin demora.

―Acepto.

Un fuerte jadeo provino de Sasuke. Sakura giró la cabeza levemente para mirarlo, y la felicidad que vio en su rostro magullado fue tan infinita, que supo que el secuestrado había encontrado por fin su libertad. Algunas lágrimas rodaron de los ojos, que de azules habían pasado a negro.

Creía que era su imaginación. Era imposible que los ojos de alguien pudieran cambiar de esa forma. En ellos no vio dolor ni angustia, sino alegría, la más grande felicidad que una persona podría experimentar. Nunca lo había visto en ese estado. Sintió por medio de la mano que sostenía, cómo todo su cuerpo temblaba, incluso pudo ver sus hombros vibrar levemente, y cómo su pecho, cubierto por el frac, subía y bajaba. Lo que sea que estuviera experimentando Sasuke en esos momentos, debía ser demasiado para él.

Sakura pensó por un momento que él se desvanecería, que no soportaría tantas emociones juntas que se reflejaban en sus ojos. Sasuke solo seguía ahí, agitado, y al mismo tiempo, controlado; sin embargo, para ella solo había desolación. El sacerdote preguntó quién era el encargado de entregar a la mujer, y Naruto le dio a Sasuke la mano de ella.

―La dañas y te mato ―susurró antes de soltarla. Nadie más lo escuchó, y Sasuke no le contestó. Se retiró hacia un lado y la ceremonia continuó. Los votos fueron leídos por el sacerdote y repetidos por los novios. Sasuke los pronunció con honorabilidad, mirándola fijamente a los ojos, al tiempo que trataba de que sus lágrimas no hicieran temblar su voz, y su agitación no le hiciera perder la razón.

Cada palabra la dijo de corazón, con toda la fuerza de su alma, jurando llevarla de la mano desde ese día para bien y para mal, amarla, respetarla y venerarla hasta que la muerte los separase, de acuerdo a la santa ley de Dios, y entregarse a ella hasta entonces. Sakura los repitió mecánicamente, mirándolo a los ojos como debía ser, con el corazón estrujado por estar mintiendo en la casa del Señor.

No era su culpa después de todo, aun así, sentía que blasfemaba, pues las únicas palabras que deseaba pronunciar eran de desprecio, amargura, y sobre todo, de dolor. El discurso fue el mismo, solo que, expresado de diferente manera.

Por dos corazones que latían a diferentes ritmos, por miradas que demostraban distintos sentimientos, por dos seres que chocaban entre sí, y que, al unirse, solo manifestaban hasta dónde podía llegar la locura de un hombre obsesionado por un sueño, que creyó se hacía realidad. El anillo fue entregado a Sasuke, y tomando la mano izquierda de Sakura, se lo colocó en el dedo anular.

―Con este anillo me uno a ti, con mi cuerpo te honro, y mis bienes materiales compartiré contigo, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, amén. A ella no le importaban ni su cuerpo ni sus bienes materiales; no obstante, él se los ofrecía con fervor, mientras que ella ni una sonrisa fue capaz de dedicarle. Decían que la sonrisa era el lenguaje del alma, y en ese momento ella sentía que la suya estaba destrozada junto con su vida, con sus sueños, con ella. Sus manos juntas fueron tomadas por el sacerdote, y envueltas en una cinta de seda.

―Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, y al unirse de manos, los declaro marido y mujer, por siempre, en el nombre del Padre… «Estoy condenada.»

―…del Hijo… «Virgen María, protégeme.» ―…y del Espíritu Santo. «Papá, no me dejes caer.»

―Amén.