Capitulo 40
Malfoy había soltado a Hermione de sus brazos y caía al suelo a cámara lenta, con el gesto contraído de dolor. El auror y los policías corrieron hacia Malfoy, que sangraba escandalosamente por el hombro. Los elfos llevaron al Sr Malfoy a su habitación a toda prisa y uno de los asistentes, que trabajaba en el Hospital San Mungo, subió a la alcoba para atender la herida del hombre. Hermione corrió a los brazos de Riddle y éste la acurrucó.
—Cariño, ¿estás bien?
—Estoy muy nerviosa Tom. ¡Oh dios mío! Pensaba que me mataría. —dijo respirando con ansiedad.
El jefe de los aurores, nada más entrar en la sala, había inspeccionado con la mirada cada rincón de la habitación. En la parte derecha, tras un gran cortinón de color dorado, había divisado una puerta. Cuando intuyó que la situación empezaba a complicarse, abandonó la habitación sigilosamente, ayudado por sus compañeros que lo tapaban con sus grandes cuerpos.
En el pasillo se encontró a dos elfos acurrucados, totalmente aterrorizados por lo que estaba ocurriendo en la sala y les pidió que le mostraran el lugar dónde daba aquella puerta que había visto. La pareja lo guio al jardín trasero y tras abrir la puerta intentando no hacer ruido, pasó al interior sin ser descubierto por Malfoy, que estaba de espalda y apuntaba a Hermione con la varita. El jefe de aurores le dio permiso con la mirada para detener aquella situación y sin que le temblara el pulso, dirigió dos hechizos bien acertados hacia Malfoy. No era su intención matarlo, simplemente herirlo lo suficiente para que su vida no corriera peligro y pudieran inmovilizarlo para trasladarlo a prisión. Su plan había salido de maravilla.
—¿Cómo se encuentra mi marido, doctor? —preguntó la Sra. Tarner cuando éste acabó de examinar la herida.
— Solo ha sufrido un par de rasguños. El hechizo no ha conseguido introducirse en su cuerpo y con las curas pertinentes y tras un par de días de reposo absoluto, su esposo podrá regresar a su vida normal.
—Eso va a ser complicado, mi marido odia estar acostado.
Hermione, que había llegado minutos antes acompañada de Riddle, se abrazó a su madre y a su amiga Sara. La Sra. Tarner se acercó a Tom y le agradeció lo que había hecho por ellos.
—Muchas gracias Sr. Riddle, no sé cómo agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
—No tiene nada que agradecerme, Sra. Tarner. No ha sido nada.
—Lo ha hecho todo. Si usted no hubiera aparecido, el final de mi hija al lado de ese hombre hubiera sido terrible. —Hipó con tristeza, Hermione la volvió a abrazar.
—Nunca permitiría que le hicieran daño a su hija. La… la quiero demasiado.
—Lo sé, estoy convencida de que mi hija será muy feliz teniendo un hombre como tú a su lado.
—Mamá, ¿quieres decir que tengo permiso para… —preguntó Hermione sin poder terminar de hablar y su madre asintió feliz—. Pero mi padre…
—No te preocupes, de tu padre me encargo yo. Él es muy terco, pero quiere lo mejor para ti y el Sr. Riddle. —La Sra. Tarner le guiñó un ojo a su hija y le lanzó un beso en la distancia.
Hermione se acercó a su madre y la besó en la mejilla. Cuando se separó, corrió a abrazar a Riddle. Se fundieron en un tierno beso que dio paso a uno más apasionado y abrasador.
—Quiero estar contigo. Te quiero solo para mí —susurró Riddle envuelto en un aurea de felicidad.
—Así será, pero antes quiero entrar a ver a mi padre —pidió Hermione y Riddle la soltó para que entrara a la habitación.
El Sr. Tarner estaba pálido, con el torso descubierto y un vendaje en el hombro con una pequeña mancha de sangre. Hermione se acercó a su padre, con lágrimas en los ojos, y lo besó en la mejilla. Lo tapó un poco con la sábana, volvió a besarlo y salió de la habitación, intentando no hacer ruido para no despertarlo.
Hermione se refugió en los brazos del conde de Riddle, mientras éste le acariciaba la cabeza. Tom la volvió a besar con pasión en los labios sin importarle que no estuvieran a solas. Solo querían perderse en sus labios, en sus caricias y en sus cuerpos. La Sr. Tarner carraspeó divertida haciendo que Hermione y Riddle se separaran ruborizados. Él cogió la mano de Hermione y tras despedirse de su madre y de su amiga, se fueron. No sabía el lugar al que la llevaba Riddle, solo sabía que iría con él a donde hiciera falta. Ahora sabía que ese, sí era su destino.
Casi sin darse cuenta, llegaron a la mansión Riddle, habían pasado todo el camino aprovechando el tiempo perdido. Se besaban apasionadamente y se mimaban como habían estado días anhelando. Pero aquello solo sería un preliminar de lo que la noche les deparaba.
Riddle tenía claro lo que quería: disfrutar de la primera de muchas noches junto a la mujer que amaba. No le importaba que se produjera un escándalo porque no estuvieran casados, ni que la reputación de ellos cayera por los suelos al ser descubiertos, porque si todo salía bien, en unas semanas estarían felizmente casados.
Hermione se sentía la mujer más afortunada del universo. Ni siquiera el día de su boda con sex se había sentido tan dichosa. Nunca imagino que terminaría adorando a aquel hombre.
Ya en el dormitorio, Riddle apresó los labios de Hermione entre sus dientes, dándole pequeños mordiscos sobre la comisura, haciendo que la mujer riera contra sus labios por las cosquillas que le estaba provocando con ese simple gesto. Riddle paseó coquetamente la lengua por los labios de ella y ella abrió la boca levemente, totalmente hipnotizada, para que ésta entrara en su interior y se uniera a la suya. Sus lenguas se encontraron, deseosos de más aumentaron la intensidad y se fundieron en un tórrido beso que los hizo perder la cabeza.
Riddle giró a Hermione con cuidado, apartando el amuleto mientras le regalaba suaves besos por el cuello y haciendo que la mujer perdiera el control de su cuerpo, le desató el corsé con ansia. Deseaba disfrutar de su desnudez que prometía ser una imagen maravillosa. Primero le quitó la apretada prenda y después se deshizo de la falda. Hermione dio un paso lateral para salir de aquellas ropas y se giró hacia él para volver a besarlo.
Hermione succionó su labio inferior y lo apresó entre sus dientes tirando de él, haciendo que la excitación despertara en el cuerpo de Riddle. La mujer desabrochó los botones de la camisa de Riddle, con una sensualidad digna de una diosa, hasta que la prenda cayó a sus pies. Se separó de él unos centímetros y admiró el escultural cuerpo de Riddle.
Riddle agarró la camisola de Hermione y se la quitó. Necesitaba disfrutar de sus pechos desnudos. Cuando por fin pudo admirarlos, su entrepierna amenazó con explotar.
—Te deseo tanto, Hermione —dijo acariciando los pechos de la mujer con sus manos mientras cerraba los ojos para recuperar su autocontrol—, pero si tú no quieres…
—Sí… si quiero —tartamudeó enloquecida por el deseo—. Te quiero… Riddle.
Aquellas palabras avivaron aún más a Riddle, que dirigió su habilidosa lengua a aquellos tentadores senos que estaban pidiendo a gritos que le prestara atención. Los succionó con tanta pasión que Hermione pensó que llegaría al éxtasis con ese simple roce. Llevaba demasiado tiempo sin tener relaciones y deseaba que aquel hombre la hiciera vibrar como ningún otro había conseguido. Y por el momento, iba por muy buen camino.
Hermione echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y disfrutó de aquellas caricias que estaban volviéndole loca. Un gemido escapó de sus labios y él rio contra la dulce piel de la mujer a la que estaba devorando con pasión.
Con desesperación, Hermione dirigió sus manos al botón del pantalón de Tom y se deshizo de toda la ropa que le estorbaba. El miembro viril de Riddle se alzaba erecto, tentándola a dirigir sus manos para acariciarlo. Lo agarró con brío y movió su mano para darle el mismo placer que ella estaba recibiendo. Su mano subía y bajaba recorriendo aquella magnífica longitud, haciendo que la excitación se hiciera más notable.
—No seas inquieta —susurró Riddle volviendo a prestarle atención a sus hinchados labios, como no detuviera a aquella mujer, le haría perder el control de su cuerpo antes de lo que deseaba.
Riddle la agarró de la cintura, la pegó a su cuerpo y caminó abrazado a ella, sin parar de besarla, hasta recostarla sobre la cama. El guapísimo hombre se deshizo de la ropa interior de Hermione y por fin pudo disfrutar de su absoluta desnudez. Aquella mujer era exquisita, su cuerpo le parecía perfecto, con sus curvas marcadas y sus prominentes pechos tentándolo a volver a prestarle atención. Aquella mujer era la obra de arte más bella que jamás hubiera visto. Ya le encantaba todo de ella antes, pero al tenerla desnuda en ese momento, supo que aquella mujer era su perdición.
Hermione sintió como el conde le abría ligeramente las piernas y dirigía su mano a su monte de Venus. Riddle escuchó un gemido de los labios de ella al sentir su cálida mano sobre su pubis y en aquel momento, recordó que Hermione no era virgen. Notándola deseosa de recibirlo, con ansia y desesperación, se colocó entre sus piernas y la penetró con firmeza.
Hermione abrió los ojos enormemente y los clavó en la mirada de Riddle. Éste detuvo sus movimientos agarrándola por la cintura susurró:
—¿Te he hecho daño? —Hermione negó.
—¡Oh Tom! —jadeó enardecida por el deseo—. Me estas volviendo loca.
Riddle solo necesitaba escuchar aquellas palabras de la boca de la mujer para que sus movimientos se hicieran más precisos e intensos. Deseaba volver a sentir el placer de aquella mujer, su humedad era deliciosa y su interior, un lugar en el que perderse toda su vida. Los jadeos de Hermione invadieron la habitación y Riddle pensó que estallaría de gozo en cualquier momento. El cuerpo de aquella deliciosa mujer se adaptaba perfectamente a su longitud y eso hacía que el placer fuera mayor.
Hermione se agarraba con fuerza a las sábanas de la cama, intentando disfrutar más tiempo de aquella satisfacción que le estaba haciendo sentir el Riddle, pero su placer estaba llegando al punto más alto y sabía que no iba a controlarse por mucho más tiempo. La excitación se estaba volviendo insoportable, las convulsiones cada vez más intensas, la sangre estaba agolpándose en su cabeza, amenazándola con perder el control en cualquier momento. Un último esfuerzo, un último envite y el primero de muchos momentos de placer juntos.
Riddle, aún en el interior de Hermione, se dejó caer sobre el cuerpo desnudo de ella. Sus respiraciones eran jadeantes, sus latidos amenazaban con salir de su pecho y sus caras de satisfacción hablaban por sí solas. Había sido la culminación más intensa que jamás hubiera vivido aquel par de deseosos amantes.
Hermione estaba tumbada en la cama, aún desnuda bajo las sábanas inmaculadas, con los ojos cerrados, recordando cada momento vivido en aquella habitación. Riddle, apoyado sobre su codo izquierdo, la observaba en silencio con adoración.
—¿Estás dormida? —susurró a pocos centímetros de su cuello, regalándole dulces besos en esa parte tan sensible.
—No puedo dormir —contestó ruborizada por la forma en la que aquel hombre la miraba y la besaba.
—¿Qué altera tu sueño? —Se separó unos centímetros para observarla con detenimiento, quería grabar cada uno de sus gestos.
—Demasiadas emociones vividas en un solo día. —Hermione se giró hacia él y se apoyó sobre su codo derecho—. Aún no puedo creer que estemos aquí juntos, ajenos a todo lo que está pasando ahí afuera.
—Cariño, tendrás que acostumbrarte porque mi intención es que sea así toda la vida. Si tú quieres —puntualizó.
Hermione no contestó, se sentó sobre la cama y se llevó las manos a su cuello.
—Esto ya no me hace falta —dijo quitándose el relicario y entregándoselo a Riddle con una amplia sonrisa en el rostro—. Quiero que lo guardes tú.
—¿Por qué me lo entregas? Este colgante es tu preferido —preguntó atónito.
—Es el relicario de mi destino. La hechicera me lo regaló para guiar mi camino y encontrar mi felicidad. Ya no lo necesito más, pues ya he encontrado lo que más anhelo. —Hermione acercó sus labios a la boca de Riddle y susurró—: Ahora sé que mi destino eres tú.
Riddle volvió a besar a Hermione con pasión en los labios, fascinado por la declaración que le había hecho la dueña de su corazón. Aquel momento que estaban viviendo era mágico, nunca mejor dicho, y sabía que había llegado la hora de confesar algo que ella llevaba semanas queriendo saber.
—Guardaré el relicario como el mayor de mis tesoros, aunque quiero que lo sigas usando porque sólo es realmente bello cuando tú lo llevas puesto. —Hermione pestañeó con coquetería—. ¿Recuerdas que te pedí los libros para intentar averiguar algo? —Hermione asintió sorprendida—. Un ex profesor mío ha estado de viaje, pasando unos días con su familia y he aprovechado para hacerle una visita. Llevé los libros y…
—¿Ha podido traducirlos? —preguntó Hermione expectante.
—Sí…, me ha dado la clave que tantos días has estado buscando.
—¡Oh Riddle!. ¿Me lo vas a decir? —suplicó trazando círculos sobre el pecho de él.
—Solo si me prometes que no te marcharás. —Rió divertido.
—Nunca Tom. Soy tuya y como bien dijo la hechicera, encontraría un motivo para no querer marcharme de esta época. Y ya sabes quién tiene la culpa de ello. —Lo miró con adoración.
Riddle le contó todo lo que el profesor Slughorn le había traducido. Le aseguró que nunca hubiera podido regresar pidiendo ella misma el deseo, pues el amuleto solo concedía uno y ella ya lo había gastado.
—Ahora entiendo por qué no se ha cumplido en varias ocasiones que he pedido regresar con todas mis ganas. ¿Entonces no hay forma de regresar?
—Sí que la hay. Este amuleto concede un deseo a cada persona. Si le entregaras a alguien el amuleto y le rogaras que pidiera el deseo por ti, podría llegar a cumplirse. Aunque sólo si esa persona realmente quiere que se conceda.
—La verdad es que eso ya no me preocupa, no tengo motivos para regresar —confesó para tranquilidad del Riddle—. Aunque reconozco que la curiosidad pudo conmigo.
Hermione acercó sus labios a los de Tom y volvieron a besarse, con ardor y pasión. Tras los besos llegaron las caricias para continuar amándose esa noche hasta caer exhaustos sobre la cama.
Los primeros rayos de sol entraron por el enorme ventanal de la habitación de Riddle, haciendo que éste se despertara. Tuvo que cerrar los ojos y volver a abrirlos para comprobar que no era un sueño lo que había vivido. A su lado dormía plácidamente la mujer con la que había compartido aquella maravillosa noche de amor. Lejos quedaban ya los obstáculos con los que se habían estado encontrando en su camino hacia la felicidad.
—De ahora en adelante solo viviremos para amarnos y ser felices —le había asegurado Riddle la noche anterior, justo antes de dormirse.
Y así lo pensaba, ese era su principal propósito. Quería despertar con ella todas las mañanas de su vida, verla reír a carcajadas con esa risa que le robaba el alma, secarle las lágrimas cuando algo no fuera bien, mimarla y cuidarla como el diamante más frágil, disfrutar de su desnudez en la intimidad de su alcoba, complacerla en todo lo que ella quisiera. En definitiva, deseaba vivir con ella todos y cada uno de los momentos que el destino les tenía preparados.
Con delicadeza, apartó un par de mechones que tapaban el hermoso rostro de la mujer, que dormía como un precioso ángel caído del cielo. Los rayos de luz aclaraban aún más su castaño cabello y su piel lucía con un brillo especial. Acarició sus mejillas con la yema de sus dedos, con cuidado de no despertarla y acercó sus labios a su boca, regalándole un tierno beso de amor.
Riddle se colocó ropa limpia y se preparó para bajar a la biblioteca. Le hubiera encantado quedarse en aquella habitación encerrado con Hermione, disfrutando de su compañía, pero la verdad era que tenía que continuar con sus planes y cuanto antes bajara, más tiempo tendría después para dedicárselo a Hermione.
Unos gritos de mujer, que procedían del recibidor, lo alertaron haciendo que se levantara malhumorado de su silla y dirigiéndose a descubrir quién se atrevía a alterar la tranquilidad de su hogar.
—¿Qué está pasando aquí?
—La señorita Mariene Miller quiere entrar sin permiso para hablar con usted mi señor—respondió uno de los elfos—. Esta mujer es mala y solo viene a su casa a hacer daño.
—Riddle, tenemos que hablar. Hay algo que debes saber.
—Por supuesto que vamos a hablar. Tienes algo que explicarme. Déjela entrar. —El elfo obedeció sin poner ninguna conjetura.
Mariene le pidió permiso al Riddle para sentarse en uno de los sillones de la biblioteca, llevaba unos días sintiéndose muy cansada y mareada. Ella había recibido unos días antes una noticia que le había angustiado bastante, algo que haría que su vida cambiara, pero, sobre todo, acabaría con su reputación si no buscaba una solución rápidamente. Tras varios días dándole vueltas a su problema, creyó hallar la solución perfecta.
Y en aquel mismo momento, la tenía delante. Iba a comenzar a hablar cuando Riddle, con un tono acusador, lo impidió.
—¿Se puede saber qué pretendías engañando a Hermione? Quiero que me expliques por qué le dijiste que tú y yo íbamos a casarnos. —Mariene se quedó muda, no sabía cómo excusarse.
—Porque si ella no se hubiera interpuesto en nuestro camino, nosotros hubiéramos podido…
—¡Nunca te hubiera convertido en mi esposa, Mariene! —exclamó a gritos—. Siempre te dejé claro que nunca llegaríamos a ser algo más que amantes.
—Pero yo sé que en el fondo tú también sientes algo por mí y poco a poco, puedo hacer que te enamores de mí —intentó convencerlo levantándose del sillón.
—¡Estás loca! Yo a quién amo es a Hermione y es con ella con quien voy a casarme. ¡Acéptalo de una vez! —Riddle clavó sus ojos en la mujer—. Créeme cuando te digo que pensé que podrías ser una buena mortifaga en mis filas, pero ya no queda nada de eso. Estás consiguiendo que te odie más que nunca.
—No me digas eso —se sintió dolida—. Dame una oportunidad, puedo demostrarte que…
—¿No me has oído? —interrumpió enfadado por la insistencia de aquella mujer—. No quiero nada de ti.
—¿Ni siquiera a nuestro hijo? —soltó la noticia como una bomba de relojería. Riddle abrió los ojos sin poder creer todas las mentiras que esa mujer era capaz de inventar.
Holaaa mis queridos lectores/a. ¿qué opináis de la noticia que le da Mariene? ¿será verdad o mentira, el embarazo de está?
Espero vuestras opiniones: P
