La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.
Hola hola! Finalmente aquí os traigo el epílogo (que es el inicio de la historia de Alya y Nino). Si le dais mucho amore tal vez me replantee lo de no adaptarlo.
A pesar de todo me gustaría agradecer a todos los que habéis estado ahí y me gustaría seguir leyendo vuestros comentarios a través de más historias. Ha sido un placer.
A leer :)
Epílogo.
Lo prometido era deuda…
Alya Evangeline Amber Agreste franqueó la puerta del Jardín Secreto con una mezcla de nerviosismo y expectación. Pese a la máscara que llevaba puesta y que le cubría el rostro en su totalidad, la posibilidad de que fuese descubierta era muy real. Sería el gran escandalo de la temporada: la hija del duque de Chat Noir pillada in fraganti en un burdel.
Su amiga Mari había puesto mil impedimentos y expuesto un millón de razones lógicas por las que no debería estar ahí. Pero no había nada en el mundo capaz de impedir que Alya hiciera algo cuando estaba decidida a hacerlo. Después de todo, Mari se lo debía, o al menos en eso Aly había insistido una y otra vez. La verdad es que no existía ninguna deuda real que saldar. Aly había estado más que encantada de poder ayudar a Mari en su proyecto, pero como a ella le beneficiaba que su amiga creyera que le debía algo, Aly no la había sacado de su error.
-No se aleje de mí, petite. Esta noche hay mucha gente. Es mejor que permanezca escondida y lo observe todo desde un sitio seguro.
Alya siguió a la señora Befana, su cómplice de aquella noche, por el gran vestíbulo de entrada. Mari la habría acompañado, pero su reciente embarazo había convertido a su amante esposo en un ogro sobreprotector, más aún de lo que solía serlo, si eso era posible, y no la perdía de vista ni un solo instante.
Era curioso como el amor podía cambiar a las personas. En el caso de su hermano, la transformación había sido asombrosa. El frío y distante marqués de Chat Noir se había vuelto más cercano y mucho más extrovertido. Pero lo que a ella más le gustaba era que ahora él sonreía de forma habitual. Se trataba de sonrisas sinceras, de verdadera felicidad, directamente proporcionales a la proximidad de su joven esposa. Era sencillo: cuando Mari estaba cerca Adrien se sentía feliz.
Y la forma en que se miraban…
La belleza de Alya había despertado muchísimas miradas de admiración; miradas de deseo, de fascinación y de aturdimiento; miradas de adoración y miradas de anhelo. Millones de miradas que carecían de valor o significado para ella, puesto que solo iban dirigidas a su exterior.
Ella quería ser el objeto de la mirada. Una mirada especial que decía no puedo respirar sin ti. Era la mirada con la que su padre miraba a su madre, con la que sus tíos miraban a sus esposas y con la Adrien miraba a Mari. Una mirada que iba más allá del exterior y que podía ver el alma.
Nadie la había mirado nunca así. Y, a decir verdad, tampoco había conocido a nadie que quisiera que la mirase así. Y empezaba a impacientarse. Tenía dieciocho años, la temporada social estaba en pleno apogeo, y no había conocido a ningún hombre que despertase en ella el mínimo interés. Era frustrante.
Subieron por la gran escalinata de mármol que presidía el vestíbulo hasta el primer piso, donde un largo corredor con balaustrada daba acceso visual a toda la planta baja.
-Antes este piso estaba muy concurrido, pero desde que Ladybug se hizo cargo del Jardín Secreto los visitantes han sido cada vez menos, y ahora que el señor Lahiffe lo dirige, para sorpresa de todos ha decidido cerrarlo al publico y destinarlo solo a las habitaciones de las chicas.
-Entonces ¿ya no es un burdel? – preguntó Alya, un poco desilusionada.
-Non, ahora solo es un club de hombres, donde juegan y se divierten con mujeres hermosas sin verse limitados por las restrictivas normas sociales.
-Suena bien… - musitó Alya, mientras recorría con la mirada el gran salón donde hombres y mujeres bailaban, reían y charlaban sin limitaciones.
-Si permanece aquí, entre las sombras, nadie la verá, ¿dáccord? – la instruyó la señora Befana -. Yo tengo que ir un momento abajo. Hoy viene una chica nueva que necesita mi gidage.
-No se preocupe por mí, señora Befana – aseguró Alya con despreocupación -. Nadie me verá.
La muchacha contempló con asombro la animación que bullía abajo. Era impresionante el modo en que la ausencia de normas sociales podía transformar una velada. La gente parecía divertirse, pero de verdad, sin rastro de las sonrisas frías y cordiales, muchas de ellas falsas, que abundaban en los eventos de la alta sociedad. Aquel lugar era diferente. Se oían carcajadas profundas que en un baile convencional estarían mal vistas y conversaciones trascendentes, sobre temas profundos y controvertidos que no era de buena educación sacar a relucir en una velada educada. Hombres y mujeres se relacionaban libremente, bailando, hablando y riendo, y Alya deseó por un momento participar de aquella algarabía.
Una figura masculina llamó su atención. Más alto que la media, y con un traje oscuro, se movía con la gracia y elegancia de un felino, pero a Alya se le antojó más como un depredador entre un rebaño de ovejas. Saludaba y hablaba con los demás, pero emanaba de él una tensión que le hacía parecer alerta a cuanto ocurría a su alrededor.
Tanto era así que, por un instante, el hombre pareció consciente de que alguien le observaba y miró en torno con el entrecejo fruncido. Alya se apresuró a diluirse con las sombras del corredor, en un intento de que no la viera, pegándose a la pared.
Sin embargo, él la vio… y sus intensos ojos marrones parecieron traspasarle el alma.
