Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


FINAL

Diez años después…

La familia Swan lamenta informar el fallecimiento de la señora Elise Ophelia Swan y solicita que se respete su privacidad en este difícil momento.

La noticia llegó a Wyoming, no solo por medio de los periódicos y los noticieros, también en forma de llamada. Fue Jasper mismo quien contactó a su exesposa para hacerla conocedora de la partida de su abuela.

Aunque no fue él quien la invitó al funeral, sino la misma Elise, dos años atrás, cuando le pidió ser la albacea de su testamento.

Supo, cuando colgó con Jasper, que tenía que comenzar a preparar el equipaje de su familia para el inminente viaje a Seattle, antes de que los abogados de la familia, o quien fuera, los recogiera para ir al aeropuerto.

Dejó todo listo en la tienda para que Charlotte no tuviera problemas durante su ausencia y fue a recoger a Daniel al preescolar, su hijo de cuatro años, tan pequeño y adorable que no sabía cómo iba a tener el corazón de presentarlo a los Swan. Pero Elise había sido muy clara: toda su familia tendría que hacer el viaje.

Al llegar a su casa vio un auto negro estacionado enfrente a la acera. Un suspiro se le escapó. Había llegado el momento. Abrió la puerta del garaje, lo que sus visitantes tomaron como señal para salir del coche.

Era Karla. Por Dios. Era Karla. No pudo evitar sonreír. Gracias al cielo que no eran los abogados, ya se veía ocasionando escándalos en su vecindario suburbano.

Le hizo una seña para indicar que le aguardara en la puerta mientras metía el coche.

—Ve a dejar tu mochila en tu habitación, cielo, por favor —le pidió Alice al niño cuando entraron a la casa, mientras ella iba a abrir la puerta. Karla iba vestida de negro, como no podía ser de otra manera—. Gracias a Dios que eres tú —le dijo, dejándola entrar a la casa. Karla la saludó con un abrazo.

—Lo mismo pienso yo. Estábamos preocupados sobre este asunto, pensando que al final los ilegítimos que la estuvieron rondando los últimos meses, lograron embaucarla.

—No entiendo. Si son ilegítimos, ¿por qué Elise los tendría cerca?

—Eso fue culpa del viejo. Él los invitaba a la casa con mucha frecuencia. Cuando murió, Elise y Charlie se deshicieron de ellos, quitándoles todo lo que lograron sacarle al viejo; terminaron tan enojados que no nos sorprendió que empezaran a caer como zopilotes en la casa cuando Elise comenzó a sentirse mal. Charlie y Renée tuvieron que irse a Seattle para cuidarla y vigilar que no ocurriera nada fuera de lo normal.

Alice suspiró. Eso era más turbio de lo que esperaba.

—¡Mami! ¿Puedo tomar una gelatina? —gritó Daniel, bajando las escaleras.

—Claro, cariño —respondió Alice, animando a Karla a seguirla a la cocina, donde Daniel esperaba ansioso, abriendo el refrigerador. Karla lanzó unas risitas al tiempo que Alice se apresuraba para detener a su hijo y pedirle que la esperara en uno de los taburetes de la isla—. Cielo, ella es Karla Miranda. Es una amiga de mamá, ¿por qué no le dices hola?

—Hola, señora Karla —dijo el pequeño apenas mirándola antes de comenzar a devorar su gelatina de fresa.

—Hola, guapo —respondió Karla, sonriéndole—. Se parece mucho a ti —le dijo a Alice.

—Gracias. Siempre nos dicen eso, pero yo creo que se parece más a su papá.

—Bueno, te lo diré en cuanto lo conozca. Espero que sea pronto.

Alice asintió.

—Igual yo. Ya le envié un mensaje. Espero que pueda leer el tono desesperado y se apresure. ¿Puedes quedarte con él un segundo mientras bajo el equipaje?

—Por supuesto.

—Solo te pido un favor, Karla, no he hablado mucho con él sobre Tyler y Jacqueline…

Karla asintió.

—No te preocupes. Ve, antes de que olvide que no tengo permitido contarle de sus hermanos mayores.

Alice se rio, apresurándose escaleras arriba por el equipaje. Tomó ambas maletas, su vestido, los dos trajes y la mochila que arregló para Daniel; dejó todo en uno de los sillones antes de volver a la cocina, donde Karla le preparaba a Daniel un pequeño refrigerio.

—¡Mami! La señora Karla dice que ella hace unas hamburguesas riquísimas, pero yo le dije que las tuyas son mejores.

Alice le sonrió.

—Ella me enseñó a hacerlas, corazón.

—¿¡En serio!?

—Sí, en serio.

—Guau —exclamó el niño, tomando con ambas manos el vaso de jugo que Karla le había servido.

—Creí que sería apropiado comer algo antes de irnos. Tenemos que pasar antes a la oficina del abogado que Elise contrató aquí por el testamento.

—Eso pensé. Estaba por llamarle. Gracias, Karla.

—Es un placer. Hace mucho que no cocino para niños tan pequeños —rio—. Lynnette, Joel y Velvet ya tienen la edad suficiente para querer ayudar, e Inés apenas está probando alimentos sólidos… Es una locura allá.

—¿Inés es…?

—De Jasper y Natasha, sí —respondió—. La adoptaron. Ella es la única de Seattle, de hecho, lo que le encantó tanto a Elise que de alguna manera se convirtió en su consentida. Es una niña preciosa, morenita y con ricitos negros. Y sus ojos, por Dios, sus ojos. Tiene a toda la familia en su meñique.

—¿Qué ocurrió? ¿Ella no puede tener hijos o…?

—No, solo no lo intentaron. Estaban bien solo con Ty y Jackie, hasta que estuvieron en un accidente, algo serio, un choque múltiple… El primer auto era de una pareja de jovencitos, ninguno de los dos lo logró, solo sobrevivió Inés, recién nacida. Estaban solos, la niña no tenía a nadie más, por lo que decidieron que tenían que darle una familia. Ingrid Inés, se llama. Espera a que la veas, también te vas a enamorar de ella.

—Estoy segura que sí.

Gustavo llegó no mucho después. Había leído el mensaje de Alice y se apresuró de vuelta a casa, aprovechando su hora de comida.

Alice lo presentó a Karla antes de decirle que iban a viajar a Seattle esa misma tarde. Reclamó un poco, justo como Alice pensó que lo haría, pero no pudo hacer nada para evitar el viaje.

—Llamaré a mi mamá para que cuide a Daniel mientras estamos fuera.

—No. Tampoco. Viene con nosotros.

—Pero tiene escuela y es una ciudad que no conoce, con una familia que no conoce…

—Yo lo sé, y se lo dije a doña Elise cuando vino a verme hace dos años. Ella insistió, me temo, y si algo aprendí en mis cuatro años como una Swan, es que a ella no le podemos decir que no. Lo siento, amor.

Aunque completamente en desacuerdo, Gustavo aceptó que el niño hiciera el viaje con ellos.

Después de comer, Karla los envió a prepararse. Le dio a Alice un pañuelo negro con una S dorada bordada, que le pidió que se anudara al cuello.

—Supe que Cynthia te regaló un cisne cuando saliste de la ciudad —le dijo, Alice asintió, anudándose suavemente el pañuelo—. ¿Aún lo conservas? Porque vamos a necesitar que lo utilices.

Sorprendida, Alice sacó el broche de su joyero rosado. Aún estaba en la caja que Cynthia le dio, no vio motivo para sacarlo de ahí.

Daniel estaba emocionado por el viaje. Aún no le decían nada de la razón ni a quién vería en Seattle, pero él como buen pequeño de cuatro años no podía esperar por ver nuevos horizontes.

Recogieron primero el portafolio con el testamento de Elise antes de irse al aeropuerto de Casper, donde los esperaba el jet de la familia.

Durante el vuelo, Karla se dedicó a explicarle a Gustavo cómo debía comportarse frente a la familia. En los últimos años, las gemelas, Renée y Elise se volvieron muy exigentes en ese aspecto, por lo que era muy importante asegurarse que todas sus reglas se cumplieran al pie de la letra.

También, le dio un breve resumen a Alice de cómo sería el funeral de Elise, un asunto que no le encargó a ella, sino a Renée, Ilaria e Isabella, obviamente.

Cuando se encontraban cerca de aterrizar, Alice y Gustavo se vistieron con sus atuendos grises, previa instrucción de Elise: ellos no mostrarían luto rigoroso hasta el funeral.

—¿Qué crees que deba decirle a Daniel para prepararlo? —le preguntó Alice a Karla mientras se colocaba las simples joyas.

—No es algo que necesites esta noche. Te esperan hasta mañana, pero si quieres tener una idea, tal vez, deberías decirle que tiene dos hermanos mayores. Algo que he aprendido al ver a nueve niños crecer, es que conforme más honesta seas, menos preguntas harán, sobre todo a esa edad.

—¿Tyler y Jacqueline saben de él?

—No. Porque ni Jasper ni Cynthia saben de él —le dijo. Alice torció el gesto—. Para todos va a ser una sorpresa. No te preocupes, Alice, no te van a recibir con las garras afiladas, ¿sí? Tranquila.

Alice asintió, respirando hondo.

Casi, casi había extrañado los aterrizajes moviditos. Casi. La verdad es que eran aterradores, aunque no nuevos en Seattle.

Un auto de la familia los llevó al hotel en el que se quedarían esa noche, el chofer prometió recogerlos justo después del desayuno. Karla les dijo que esperaba verlos de negro, esta vez.

.

.

.

Alice se desesperó, devanándose los sesos pensando si sería correcto vestir a su niño de cuatro años de negro. Tal vez debería disimularlo un poco con el color de la camisa. Una azul estaría bien, no tan clara para que aún pudiera pasar por un atuendo luctuoso.

Esperaba que no lo hicieran ir con ellos al funeral.

Antes de dormirlo la noche anterior, le habló sobre Tyler y Jacqueline y lo emocionada que estaba de verlos otra vez. Su emoción fue contagiada al niño y a su esposo. Faltaba poco.

Justo como acordó, el chofer ya los estaba esperando fuera del hotel. Recibió las maletas y los llevó a la residencia, donde todo gritaba la pérdida.

Ahora parecía diferente. Vacía, a pesar de tener a toda la familia Swan dentro. Elise ya no estaba ahí para demostrar quién realmente mandaba en la familia. ¿En quién recaería esa responsabilidad ahora? ¿Renée? ¿Isabella? Ella apostaba por la Princesa. La habían educado para ser la matriarca cuando Elise ya no estuviera.

—Bienvenida de nuevo, señora Alice —le dijo el chofer cuando le ayudó a bajar del auto.

—Gracias, Carlos —respondió ella, sonriéndole.

—Señora —la saludó el mayordomo con una reverencia—. Por aquí, por favor.

Gustavo fue detrás de Alice, llevando a Daniel de la mano, ambos mirando una decoración que a Alice no le pareció extraña en lo absoluto. Ella se movía con tal normalidad ahí, casi como si llevara los últimos diez años recorriendo ese pasillo.

Era muy raro verla caminar como si la princesa Swan aún siguiera dentro de ella, lo que podría ser posible. Tal vez nunca se fue, solo se había escondido, esperando el momento para relucir de nuevo.

En la sala solo se encontraba la familia principal. Ella esperaba a toda la caballería junta, eso fue una singular sorpresa.

—Les dije que iba a ser la tía Alice, pero como siempre nunca quieren hacerme caso —masculló Vanessa, cuando Charlie y Renée los saludaron. Isabella rodó los ojos, acercándose a Alice.

—Ahí está tu penitencia, BrujiBella —le dijo ella, inclinándose en una reverencia.

—Es lo que Irina dice. Gracias, Alice. Que alivio que eres tú. Señor Allen, es un gusto conocerlo.

—Igualmente, señora Cullen.

—Isabella, por favor.

A los Cullen-Swan les siguieron Ilaria y Raoul, dejando lo mejor para el final.

Jasper abrazó a Alice y estrechó la mano de Gustavo. Natasha hizo lo mismo, antes que Tyler y Jacqueline dieran un paso al frente.

—Hola, mamá —le dijo Tyler, abrazándola.

Por Dios, era una copia a carbón de Jasper. Sentía que había regresado en el tiempo al día que lo vio por primera vez, era impresionante lo mucho que Tyler lucía como su padre. Estaba guapísimo. Y enorme. Eso también fue de Jasper. El chico tuvo que inclinarse mucho para saludar a su madre. ¿Era posible que fuera más alto que Jasper?

—Hola, cielo —respondió, pasándole una mano por el lacio cabello dorado oscuro. Tyler le sonrió, haciéndose a un lado para que Jacqueline saludara a Alice.

Fue la chica quien de verdad la impactó. Si su memoria no le fallaba, tenía catorce años, pero lucía de ¿doce? Estaba muy pequeña. Cuando la abrazó, miró a Jasper y Natasha con preocupación, preguntándoles con los ojos qué estaba ocurriendo con ella. Jasper asintió, articulando un "después".

Alice animó a Daniel a acercarse para conocer a sus hermanos mayores. El niño, tímido, chocó puños con Tyler y abrazó a Jacqueline, quienes terminaron enamorados de él. En cambio, cuando saludaron a Gustavo…

No entendía por qué estaba tan predestinado a odiarlos como parecía estarlo haciendo. Hacía años no paraba de hablar sobre el día que los conocería al fin, pero eso fue antes de Daniel y mientras conservaban esa imagen de Tyler y Jacqueline como dos niños pequeños en el video que les enviaron en su boda. Ahora eran unos jovencitos, con mentes propias y toda la educación de los Swan.

Ellos sabían cómo responder a esa clase de tratos, por lo que no dudaron en ofrecerle una sonrisa cortés y alejarse antes de que eso se convirtiera en un gran desastre.

Cynthia los saludó a ambos como si no hubieran pasado diez años desde la última vez que hablaron. Como Tyler y Jacqueline, ella también cayó rendida ante Daniel, lo que hizo sonreír a Alice. Todo estaba cayendo en su lugar poco a poco.

—Señores, llegó la hora —anunció el mayordomo. Detrás de él, estaba Karla, esperando a Alice con un sencillo velo negro de encaje que le ayudó a colocarse sobre la cabeza. Su cisne ya estaba prendado de su vestido en la cintura, porque el velo cubría hasta el pecho.

Daniel se quedó con las niñeras, al igual que Lynnette, Joel, Velvet e Inés, mientras el resto se dirigía al funeral.

Por precedencia, Alice y Gustavo fueron asignados a un costado de Cynthia en todas las ceremonias.

Gustavo estaba de tan mal humor que ni siquiera quiso entrar a la iglesia, excusándose con la familia diciéndoles que él no profesaba ninguna religión y no quería faltarles al respeto. Alice sabía que eso era mentira, solo estaba enojado porque Daniel se quedó en la casa con las niñeras y un montón de niños que no conocía. No le conocía ese lado tan sobreprotector.

Al término del funeral, regresaron a la casa para un almuerzo.

Alice tuvo una pequeña reunión con los abogados de la familia para dar una revisión al testamento. No creía que fuera a leerlo ese día, pero tenía que hacer esa recapitulación con ellos.

—¿Ya vamos a volver a casa? —inquirió Gustavo, desesperado por irse de ahí, cuando la vio salir del despacho.

—No —respondió Alice, confundida—. Tengo que leerlo, todavía.

—¿No se lo entregaste a los abogados?

—Soy albacea, cariño. Yo soy quien tiene que leerlo a la familia.

—Pues hazlo, para irnos ya de aquí —escupió con desprecio. Alice lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa contigo? Has estado molesto todo el día, haciendo caras y portándote mal con mis hijos como si ellos te hubieran hecho algo.

—Este no es el lugar, ni son las personas con las que quisiera relacionarme, y mucho menos a nuestro hijo.

Alice suspiró, asintiendo. Por años, hizo que los Swan lucieran como las personas más malvadas y crueles del mundo, entendía por qué Gustavo ahora veía a la nueva generación como tal.

Con el paso de los años, Alice comenzó a ver a los Swan como su familia natural, la única que tenía, y quería que Gustavo respetara eso a pesar de sus creencias.

—Solo te pido paciencia, ¿sí? Vamos a quedarnos unos días más, hasta que estén listos para leer el testamento.

—¡Mamá Alice, tienes que conocer a alguien! —exclamó Jacqueline, acercándose con su hermanita en brazos—. Ella es Inés.

Karla no había exagerado, esa bebé era preciosa.

A diferencia de Tyler y Jacqueline, ella estaba vestida de blanco, con un moñito negro en su vestido, solamente.

—Hola, Inés —la saludó Alice, tomándole una manita. La niña la soltó de un jalón, escondiendo la cabecita en el cuello de Jacqueline. La chica rio.

—Está un poco tímida hoy. Mucha gente. Pero te prometo que es un dulce en un día normal.

—Entiendo —respondió Alice entre risas—. ¿Has visto a Daniel, por cierto?

—Sí, estaba con Joel en el jardín. Si todo va bien, aún no se ensucia. Vamos, para que los conozcan. Solo tengo que advertirles una cosa: Artie y Vevi son dignos hijos de la tía Bella y del tío Edward, y Lyni es el tío Raoul hecho una niña torpe de diez años. Les van a encantar.

Gustavo miró a Alice con los ojos abiertos de par en par, preguntándole qué significaba eso. Alice le palmeó la espalda, animándolo a seguir a Jacqueline. Fue en ese momento cuando Alice notó que la media coleta de la chica se estaba deshaciendo porque el listón negro que la sostenía se deslizaba por el arreglo. La detuvo, pidiéndole que sostuviera el archivo mientras le arreglaba el peinado. Al terminar, Jacqueline le agradeció con una sonrisa, reanudando su camino al jardín.

Los niños estaban pasándola en grande allá afuera, totalmente ajenos a la solemnidad del interior. Daniel destacaba entre ellos por su atuendo oscuro, al igual que Inés, Joel, Velvet y Lynnette vestían de blanco con un moño negro en el lado izquierdo del pecho.

Conocieron a los tres niños, que eran una delicia, al igual que Inés. Cuando la casa se vació, dejando a la familia, volvió a ser la niñita consentida de todos, logrando que hasta Gustavo terminara enamorado de ella.

Charlie le pidió a Alice que aguardaran unos días más para la lectura del testamento. Ese no era el momento de comenzar con la guerra familiar que suponían que iba a pasar. Alice aceptó con gusto, era el pretexto perfecto para pasar más tiempo con Tyler y Jacqueline.

Lo aprovechó al máximo, hablando con ellos, conociendo sus planes para la universidad, qué era lo que querían hacer con lo que llegaran a recibir de la herencia de Elise, cómo había sido su niñez… Incluso, Jacqueline le contó sobre los estudios médicos a los que se sometió para saber qué estaba mal con ella, porque le desesperaba parecer aún una niña entre sus amigas de la escuadra de porristas.

Sí, igual que la tía con la que compartía nombre, Jacqueline era porrista.

—Al final, no encontramos nada —comentó Tyler, al tiempo que Jacqueline se levantaba con prisa cuando escuchó llorar a Inés—. Papá y mamá Natasha creen que es porque fue prematura, pero ella sigue queriendo saber qué ocurre.

—Tal vez es genética —dijo Gustavo—. Tú eras así de pequeña.

—Pero a los catorce ya lucía mayor de lo que ella luce ahora. Puede ser la combinación de todo.

—Es lo que dicen los abuelos Douglas. Seguimos esperando los resultados de los últimos análisis que le hicieron en Suiza, a ver con qué nos encontramos.

No se quedó muy tranquila. Le hizo prometer a Tyler que le llamaría en cuanto tuvieran los resultados.

Después de tres días, Charlie dijo que ya era hora.

Alice los llamó a todos al que fuera despacho de Elise. Se hizo acompañar de los abogados de la familia, para demostrarle a los que dudaban de ella que Elise le tuvo suficiente confianza como para encomendarle tan importante trabajo.

Elise quería que su familia siguiera siendo la misma después de su partida, por eso se aseguró de que la familia de Charlie se hiciera cargo de la transición y de la dinámica familiar a partir de ese momento. No había nadie mejor que ellos para recordarles a todos quiénes eran los Swan del viejo Albert y doña Elise.

Les dejó todo a ellos, con instrucciones precisas para que lo repartieran como lo consideraran pertinente, haciendo énfasis en que cada miembro de menor rango de la familia ya tenía su propia mini fortuna creada, por lo que no les iba a hacer falta lo que le perteneció a ella.

También fue su voluntad que la casa de Seattle quedara en manos de quien realmente la sintiera como suya. Había sido su único hogar por sesenta años, quería que, quien la heredara, la cuidara como a nadie. Eso también lo dejó a consideración de Charlie, Renée y sus tres hijos.

No hizo ninguna mención de quién tenía su bendición para ser la nueva matriarca, pero el nombre de Isabella apareció más veces que los del resto, por lo que todos lo tomaron como un hecho, algo que quedó más que concretado cuando sus joyas, lo único que de verdad asignó, fueron a parar a manos de Vanessa y Velvet, con algunas cosas para Tyler, Jacqueline, Joseph, Lynnette, Joel e Inés.

Como último punto, le permitió al resto de la familia ir a su habitación y escoger un artículo que le recordara a ella.

Al parecer, todos quedaron conformes con eso. Las ventajas de haber tenido a doña Elise como matriarca: los educó para no ser codiciosos. Alice sabía que Isabella continuaría con ese trabajo con el mismo ímpetu de su abuela.

La familia comenzó a abandonar la casa con calma, no sin antes recibir instrucciones para regresar al día siguiente. Para la cena, ya solo quedaban ellos, la nueva familia principal de los Swan.

La mañana siguiente se comenzaron a notar los cambios. Como predijo, Isabella tomó con total naturalidad el lugar que Elise había dejado vacante, presidiendo ella misma la reunión familiar para dejar en claro varios puntos. Para su sorpresa, Alice y Gustavo fueron invitados a esa reunión. Al verlos ahí, Jacqueline se puso de pie y se acercó a ellos, con un pañuelo negro atado al cuello.

—A la tía Bella le dicen Medusa, porque una vez que la miras a los ojos terminas hecho piedra —murmuró la chica, haciendo reír a la pareja.

—Cuando tu papá y yo estábamos casados, tu tía Bella y yo solíamos pelear mucho. ¿Sabes cuál era la manera en la que sabíamos que ella estaba furiosa? —Jacqueline sacudió la cabeza—. Cuando nos hablaba con voz tranquila y no hacía ninguna expresión, ni con su rostro ni con sus manos.

Jacqueline abrió los ojos de par en par.

—Ella mueve mucho las manos.

—Exacto. Se plantaba firme en sus tacones de doce centímetros, nos miraba a los ojos y sacaba esa vocecita chiquita que tiene para hablarnos como si fuéramos niños pequeños. Era aterradora.

La chica torció el gesto.

—Siempre nos ha dicho que gritar es perder los estribos y que no podemos darle esa ventaja a quien sea con quien estemos discutiendo. Si sentimos que vamos a explotar, lo mejor es cortar de tajo, muchas veces el silencio es nuestra arma más poderosa.

Alice le sonrió.

—Alguien ha escuchado a la Princesa…

Jacqueline asintió, muy orgullosa de sí misma.

—Papá dice que, de todas las maestras de modales que nos pudieron contratar, la tía Bella siempre va a ser la mejor. Las únicas veces que ella tiene que de verdad morderse la lengua, es cuando los papás del tío Edward van a la casa, o nosotros vamos a Inglaterra. No has vivido si no has visto a las hermanas del tío Edward cambiando los temas de conversación cuando la señora Esme empieza a hablarle mal a la tía Bella.

Esa no era una buena noticia. No esperaba que Esme hubiera superado su aversión a la Princesa, su esperanza era que aceptara la derrota y se comportara cortésmente con ella. Claramente no era así.

La nueva encargada de la casa de Seattle iba a ser Brenda. Obviamente. Era la única de los nietos de Elise que había pasado toda su vida ahí, no podía haber nadie mejor que ella.

Sin embargo, eso significaba que la nueva sede familiar sería la mansión de Edward e Isabella en Bel-Air, algo con lo que no todos estuvieron de acuerdo. Estaban acostumbrados a tener todos los eventos importantes en Seattle, el continuo movimiento a California les iba a costar mucho esfuerzo.

Tendrían que vivir con eso.

Al término de la reunión, Alice y Gustavo subieron a empacar, mientras Daniel se entretenía con sus hermanos.

La mucama que les habían asignado, en deferencia al papel que había tenido Alice no solo en la lectura del testamento, sino en la familia, anunció que Isabella quería charlar con ellos antes de que se fueran. Algo extrañada, Alice aceptó, pidiéndole a la mucama que siguiera encargándose del equipaje.

Isabella dio un paso al interior de la habitación, vestida de rosa con el pañuelo en el cuello.

—Solo quería agradecerles por haber hecho el viaje hasta acá. No debió ser fácil para ustedes venir… —musitó.

—No fue nada —respondió Alice—. Lamentamos que haya tenido que ser de esta manera, tal vez en algún momento…

—Sí, por supuesto —dijo ella, sorprendiéndolos a ambos—. Esperamos verlos en la graduación de Tyler o, si no es muy pronto, en nuestra cena de Año Nuevo. Les enviaremos la invitación, pero entenderemos si prefieren esperar hasta el siguiente año.

Alice le sonrió.

—Lo consideraremos. Gracias.

Isabella asintió.

—El auto está esperando para cuando quieran irse. Enviaré a alguien por sus maletas.

Y así, de repente, Isabella salió de la habitación, dejando una sensación de confusión detrás de ella. ¿Eso fueron las paces o se había olvidado de lo educada que era y por eso creía eso? Fue extraño. ¡Santo Dios! ¡Estaba vestida de rosa de la cabeza a los pies!

—¿Todo bien? —le preguntó Gustavo. Ella asintió.

—Se vistió de rosa.

—¿Eso es extraño?

—Un poco —respondió—. Los tres hermanos siempre han odiado el color rosa. La única vez que lo usaron sin quejas fue en el bautizo de Vanessa.

—Entonces… ¿fue un pañuelo blanco?

Alice se encogió de hombros.

—Tal vez.

Como lo prometió, Isabella les envió un ejército de mucamas para recoger su equipaje y llevarlo al auto. Fueron por Daniel a la habitación de Tyler y aprovecharon para despedirse de los muchachos. Jacqueline les dio un paquete envuelto en amarillo antes de darles un abrazo.

—Que tengan buen viaje —les dijo Tyler—. Llamen cuando lleguen a casa, ¿sí?

—Claro —respondió Gustavo.

—Chicos, una pregunta —murmuró Alice, desesperada por resolver su duda—. ¿Su papá y las gemelas siguen con su aversión al rosa?

Los hermanos lanzaron unas risitas.

—Tanto que no soportan que nosotros lo usemos —dijo Jacqueline. Alice miró a Gustavo con los ojos abiertos de par en par.

—¿Por qué la pregunta?

—Curiosidad —musitó ella—. Cuídense. Los amo.

—Y nosotros a ti. Buen viaje.

Los adultos los despidieron en el vestíbulo, deseándoles buen viaje y dándoles las gracias por estar con ellos en ese momento tan difícil.

—Siento no haber podido pasar tiempo contigo esta vez —le dijo Alice a Cynthia cuando los acompañó al auto. Su hermana le sonrió.

—Está bien. Este viaje era para que estuvieras con tus hijos, tú y yo tuvimos nuestro tiempo en tu boda. ¿Vas a estar bien volviendo a tu sosa vida normal después de haber regresado a este mundo?

Alice asintió, segura.

—Sí. Lo estaré. Isabella mencionó la cena de Año Nuevo y la graduación de Ty, no me alejaré tanto tiempo como la última vez.

—Será mejor que no. Ven a darme un abrazo, niño hermoso —le dijo a Daniel. El niño se acercó contento y la abrazó, dedicándole un muy tierno adiós y dándole un beso en la mejilla—. Escríbeles mucho a tus hermanos, ¿de acuerdo?

—Lo haré cuando lleguemos a casa para contarles mi viaje en avión.

—Les va a encantar. Que lleguen bien a casa.

Contrario a su viaje a Seattle, el de regreso fue en un avión comercial, en clase turista. Ellos mismos habían reservado el vuelo.

Todo el viaje, Alice estuvo pensando en el paquete que le dio Jacqueline, aguantando sus ansias por abrirlo. Le había prometido que no lo haría hasta que estuviera en su casa, y lo cumpliría… ¡Solo que era muy difícil!

Estar en su casa no fue diferente a cuando pasaban el fin de semana con los padres de Gustavo. Daniel pidió enseguida la ayuda de su padre para escribirles a Tyler y Jacqueline. Gustavo se ofreció a llevar las maletas para darle a Alice un segundo a solas y que pudiera abrir su regalo.

Venía con una carta. La palabra "Mamá" estaba escrita en una exquisita caligrafía, ese gesto en sí casi le hizo derramar una lágrima.

Mamá Alice:

Estos días contigo, papá Gustavo y Daniel fueron perfectos. Mejores de lo que hubiera imaginado jamás.

Cuando era pequeña, mi mayor deseo era volverte a ver y decirte que te perdonaba por lo que hiciste y no hiciste cuando era una bebé. Cosas que no recuerdo. Cosas que papá dice que es mejor que no recuerde. Cosas por las que las tías Bella e Ilaria no podían ni escuchar tu nombre, por las que la tía Cynthia se sentía avergonzada.

Me gusta ver lo mejor en las personas. El tío Edward dice que esa es una bendición que los Swan no tienen, y que debería apreciarla. Por eso sé que tú siempre has sido buena, y que esas malas decisiones de las que tanto hablaba la abuela Elise eran por las personas en las que solías confiar. Ahora sé que, pase lo que pase, no nos volverás a dejar, que ahora sabremos más de ti y de Dani y de papá Gustavo.

Gracias por darme la vida y por darme una razón para creer que no todos son malos por naturaleza.

Te ama,

Jackie.

Posdata: La canción que está en el portarretrato es mi favorita. Espero que cada vez que la escuches, nos recuerdes a mí y a todos los Swan. Siempre serás una de los nuestros.

Con los ojos nublados por las lágrimas, retiró el papel de seda que estaba sobre el portarretrato plateado, casi como si fuera espejo. Había dos fotografías ahí: una que les había tomado Raoul en esos días, solo ellos ocho, y otra. Dios, la otra. Era la última fotografía familiar antes del divorcio, la que tomaron en Seattle, con los cuatro niños pequeños de aquel entonces y las cuatro parejas que eran en ese momento. En un tercer espacio, estaban algunas líneas de la canción Time After Time de Cyndi Lauper:

"Si estás perdido, puedes mirar y me encontrarás, una y otra vez. Si te caes, yo te sostendré, estaré esperando, una y otra vez".


Hola, hola. Y así, llegamos al final de la Serie Princesa, por lo que no me queda más que decir que GRACIAS. Gracias por estos increíbles ocho años en los que me tuvieron mucha paciencia, no solo con las actualizaciones, sino con todo lo que me atreví a hacerles a los personajes, sobre todo a Alice; esta fue una gran aventura. Desafortunadamente, y como ya se dieron cuenta, es la primera vez que no hay otra historia en stand by, esto fue intencional.

Como algunas de ustedes ya saben, en este momento estoy trabajando en otros proyectos, por lo que ya no puedo dedicar el tiempo que dedicaba a fanfic, no quiero ni puedo decir que esto es una despedida formal por qué bien se me puede botar la canica otra vez y me tendrán de regreso, sin embargo, si me atrevo a asegurar que ya no volverá a ser con long fics.

Gracias a Beastyle, saraipineda44, piligm, Tecupi y Dara por sus reviews en el capítulo anterior y al resto de ustedes por leer. Ha sido un verdadero placer compartir estas historias con todas ustedes. Gracias por completar el círculo conmigo ;)

Gracias también a Yanina por haber sido mi compañera y soportarme en todo lo que lancé, sobre todo con este último capítulo, que fue un error tras error jajaja.

Chicas, no me despido, sé que nos encontraremos en alguna otra historia, mientras tanto cuídense y no se olviden de seguir siendo tan fabulosas como la Princesa, Izzy y Alice. ¡Las quiero un montón y las voy a extrañar!

Llego el momento de poner ese "Complete" ;)

Annie. xx