Capítulo 22. Pasado y barajar de nuevo


Volaban en una lechuza gigante tratando de alejarse de Kusagakure, persiguiendo a Kisame y Sasuke, cuando Deidara decidió acortar un poco la distancia pese a acercarse visiblemente a las lindes con Konohagakure. Obito reaccionó demasiado tarde, congelándose mirando hacia los bosques que se extendían cientos de metros debajo de ellos.

–¿Viste algo?– Deidara decidió iniciar un vuelo bajo, asustando a su compañero.

–¡No, no, está bien! ¡Sube, sube de nuevo!– se agitó Obito, llamando su atención.

El descenso se hizo más pronunciado.

–Deidara– murmuró anonadado, mirándole levemente. El sentimiento de seguridad que le provocaba el chico se desvaneció, sintiéndose solo y vulnerable ante el mundo, otra vez.

El artista notó su desasosiego, y estirando un brazo, le acarició el borde de la máscara con alarma. Le hubiera gustado que Obito desmaterializara esa división naranja, para así poder acariciarle las cicatrices con las yemas de los dedos mientras comenzaba a desmadejar el que podía ser el hilo de una nueva historia melancólica, contada al compás del tacto de la irregular textura de sus maltrechos surcos.

–¿Tobi?

Pese a no desmaterializar su máscara, Obito fue consciente de la suavidad del toque que, en medio de las maniobras vertiginosas de aterrizaje, terminó por desarmarlo del todo.

–Es aquí… Aquí estaba...

Deidara juntó sus cejas, confundido.

–¿Sasuke se dirige hacia este lugar?

La lechuza extendió sus patas mientras sus alas se batían con potencia, llegando a tierra con una corta pero pesada corrida.

Obito se mantuvo inmóvil pese a las sacudidas. La vegetación había cubierto demasiado. Pero las heridas no eran algo que se pudieran ocultar siempre.

Al frente de ambos, un barranco se abría a sus pies, y maleza salvaje crecía dispareja sobre un montículo que suavizaba la pendiente del accidente topográfico.

Obito suspiró, sin seguir a Deidara, quien se había apeado de su creación.

–Kannabi.

Un sentimiento muy antiguo y que creyó que ya no estaría allí hizo su súbita aparición. El peso, aletargando primero su mente, se corporizó en sus hombros, para pasar luego a su pecho, su estómago, y finalmente sus rodillas, que no se tambalearon por poco. Pero aquel pequeño disimulo no contaba, porque lo que estaba cayendo de rodillas en ese lugar era su alma.

Los recuerdos del ensordecedor ruido de las rocas cayendo encima suyo y la paulatina pero luego permanente pérdida de sensibilidad en la mitad de su cuerpo demolido, sumado al ahogo lento como el de una serpiente constrictora, pasaron muy pronto de su memoria a una somatización casi instantánea.

No se enteró de su débil jadeo, ni de que se estaba sentando con dificultad, asiéndose sin mirar de una roca amohosada, al borde del barranco, su vista emborronándose al contemplar los restos de una vieja explosión. Frente a su visión, se asomaban unos caños rotos y oxidados, posiblemente fruto de la destrucción del puente luego de su supuesta muerte.

La exitosa misión de Minato-sensei y el Tercer Hokage, a quien tanto admiraba, que le dio una importante ventaja táctica a Konoha en la Tercera Guerra. Aún a costa de su vida y casi de la de Rin.

Había sido todo un éxito. El Obito del pasado, enterrado bajo esa avalancha, probablemente hubiera coincidido con ese pensamiento. Y el Obito del presente, estaba seguro de que aquel niño no habría entendido por qué hubiera estado tan de acuerdo con algo que le arruinaría la vida, y que sumaría una lápida en el corazón de sus conocidos y allegados, y una línea más en una de por sí larga lista de obituario.

Como decía en su lápida en el cementerio de Konoha. Un héroe, sí.

No un niño.

La nariz le ardió. La garganta se le inflamó hasta parecerle que estaba al borde implotar.

"Yo quería a mi infancia", se permitió entender al fin.

Deidara lo miraba en silencio, recordando una escena parecida que habían vivido una madrugada en un cementerio, meses atrás. Sí. Esto también tenía que ver con el pasado de Obito, y quizás con la muerte de Rin.

A diferencia de aquella vez, mantuvo un poco la distancia, y se sentó detrás suyo, observándolo circunspecto de a ratos, procurando asegurarle un sentimiento de cierta intimidad.

Podía esperar a que decidiera hablarle. Pero ello no significaba que se iba a alejar tan fácilmente: Obito debía saber, que esta vez, ya no estaba solo.

El enmascarado contempló largamente el mustio paisaje, que no llamaría la atención de nadie que no conociera la historia que ocultaba.

Juntó una rodilla con su pecho, abrazándola, mientras miles de recuerdos, planes tácticos, emociones y sentimientos encontrados le devolvían a aquellos días, días en que no eran más que unos niños inseguros ante una guerra que se acercaba cada vez más, de la que todos los días se convencían que no podían escapar para defender a Konoha.

Apoyó su mentón enmascarado contra su rodilla, dejando escapar un rendido resoplido de sus inflamadas fosas nasales. Durante años se repitió una y otra vez lo deshonesto que fue enviar niños a la guerra, maldiciendo la manera en que le habían lavado la cabeza a aquellas generaciones, a excepción del inconmovible Hatake Kakashi.

Pero había vuelto a cambiar, y en esos momentos, forzándose a observar mejor en sus recuerdos, no encontró convencimiento en aquellos niños que compusieron su generación. Quizás no debía culpar a Konoha por convencer a pequeños que apenas pasaban la década de vida, porque de verdad eso no podía haber sido convencimiento. El Obito niño no había actuado por patriotismo, sino que había actuado escapando despavorido del miedo. El Obito niño hizo de tripas corazón, y así obtuvo coraje a pesar del miedo, en el momento en que Rin fue secuestrada, y sólo porque Rin fue secuestrada.

Mierda, él no había querido estar ahí. Rin tampoco había querido estar ahí. Posiblemente nadie quiso estar ahí.

Las cosas se presentaban distintas en su entendimiento ahora: todos ellos habían tenido miedo, y no habían marchado con ánimos de sacrificio al recibir los pergaminos de misiones que los enviaron, por primera vez en su vida, a guerrear. Estaba la posibilidad de que para Kakashi no hubiera significado demasiados cambios en relación a sus tareas como jonin, pero lo cierto era que la suya había sido la excepción a la regla, y ni siquiera Kakashi había demostrado poder manejarse con la frialdad de un jonin adulto en esa coyuntura.

Lo que a la generación de Obito le había obligado a partir a la guerra no había sido tanto la defensa acérrima de su país, como sí lo fue el miedo en sus corazones jóvenes, el miedo que les llevó a confundir sus lugares en la sociedad y creer que debían defender a sus familias, cuando a pesar de ser shinobi, no eran más que niños que debían permanecer protegidos en y por sus familias.

Incluso un huérfano discriminado como él podía encontrar consuelo en aquel malsano clan, en las invitaciones a recargados almuerzos calientes, cariños en la cabeza y premios de caramelos de una viejita que siempre se preocupó por él.

Enviando parte de su máscara al kamui, se secó las lágrimas con el guante, intentando recordar en vano el nombre de la anciana Uchiha que se había preocupado tanto por él. ¿Cómo podía habérsele escapado su nombre, cuando ese rostro bondadoso había cuidado tanto de él? ¿Quién fue ella? Se desesperó intentando recordarla en vano.

Quizás si ella no le hubiera cuidado, él no habría crecido jamás, no se habría convertido en lo que se convirtió, no habría conocido a Rin, no habría sufrido por su pérdida, no habría traicionado a sus afectos, no habría pervertido a Akatsuki, y sin Akatsuki…

Se detuvo; ese tren de pensamientos no le llevaba a ningún lado. Podía sentir la presencia de Deidara cerca suyo, lo único bueno que le había pasado en años.

Su mente volvió a tratar de recordar a la anciana, ignorando que un sello le imposibilitaba el acceso a tan buenas memorias. Desde que cayera en las garras de Madara, no volvió a saber de ella. Tampoco la encontró la noche de la masacre en la que acompañó a Itachi, para su suerte. Pero no había vuelto a verla, y ese era otro hueco en su vida, otro funeral en el que no pudo estar, otra despedida que no pudo dar.

Deidara alguna vez le dijo que no importaba si no era justo. Que sólo contaba que las cosas hubieran sucedido. Así de frío, así de real.

Colapsó su cabeza sobre sus rodillas.

Y Deidara no lo esperó más.

–Tobi– se apresuró hacia él y le tomó de los hombros.

Obito se giró y se abrazó a su pequeño pecho, temblando en un mudo llanto.

–Sigue sin ser justo– hipó con la voz tomada –. Es real, pero sigo sin poder aceptarlo, Deidara-senpai.

Y se quebró en pedazos en aquellos brazos, una vez más.


–Extraño mi infancia. No quería que acabara así. No era lo que soñaba– habló cuando pudo, aferrándose a los pequeños brazos que lo rodeaban.

Deidara lo apretó con toda la fuerza de la que era capaz, pero ni así las lágrimas de Obito cesaron.

–Yo quería mi infancia. Era feliz. No tenía por qué pasar. No tenía por qué– sollozaba entre palabras arrastradas, de las que Deidara apenas alcanzaba a entender.

–Yo quería mi infancia– repitió por última vez, antes de quedarse definitivamente de rodillas, ahogándose tras su máscara.

Había arruinado la de tantos, y de no ser porque se había detenido, iba a arruinar la de millones. Nada lo diferenciaba de Madara ahora. Absolutamente nada.

De seguro ni siquiera se merecía tener a Deidara.

Unas manos lo sorprendieron arrebatándole la máscara y tirando bruscamente de su rostro. Deidara le besó en la boca, con toda la fuerza, con todo el sentimiento, con todo el amor, el cariño y la desesperación que podía conferirle al gesto.

El rostro de Obito sí que daba pena: su único ojo manchado e hinchado, la nariz roja, y las lágrimas y los mocos aguados fluyendo como ríos. Abrió la boca como para decir algo, pero Deidara no se lo permitió y volvió a besarle en los labios, intentando volver apasionado el triste beso, hasta creer que se le reventaría el corazón de la angustia de no poder llegar a él de nuevo una vez más.

–Tobi. Cállate y quédate conmigo– le conminó con toda la dureza de la que fue capaz, arrugando sus pálidas cejas mientras acariciaba con frenesí las sienes desiguales de su amado –. Quédate conmigo. Estás conmigo. Puedes contarme– fue todo lo que pudo pronunciar, porque si seguía se quebraría él también, y no quería eso, porque Obito lo necesitaba.

Había creído que nunca más lo vería así. Que ya todo sería mejor a partir de entonces. Quizás sí, y después de todo, tenía que recordar que tan solo contaba con diecinueve años.

Obito decidió ignorar el instinto punzante que le exigía volver a colocarse la máscara, y en cambio limpió con el dorso de sus guantes todo el líquido con el que manchó el rostro del artista.

–Senpai, aquí empezó todo– puchereó un poco, pero se obligó a seguir –. Aquí había un puente. Kannabi. Iwagakure pasaba sus suministros por aquí.

El pulso de Deidara se aceleró en sus muñecas al escuchar el nombre de su aldea de origen.

–Allí el equipo de mi pariente les atacó, hm– adelantó la conclusión, ayudando en la comunicación a Obito, quien asintió con la cabeza.

–Secuestraron a Rin. Yo fui detrás de ella– continuó con dificultad, mientras el dolor de garganta se intensificaba.

Deidara apretó levemente los labios y tragó.

–Fue la misión que me contaste que salió mal. La salvaste, tu compañero te prometió cuidarla, caíste a manos de ese viejo. ¿Verdad?– le ayudó.

Obito sólo asintió.

Deidara miró los alrededores, reparando una vez más en los caños rotos y hierros oxidados.

–Aquí te hundiste, entonces– trató de ser suave. Entendiendo que allí habían surgido las cicatrices que tanto le gustaban, pero tanto habían lastimado a su amante.

Las acarició con devoción infinita, desde abajo hacia arriba, para volver a bajar desde arriba por cada uno de los surcos a veces atravesados por cisuras. Sus yemas se volvían cada vez más sensibles entre los trozos de piel lisa abruptamente cortada por asperezas, entre leves arrugas que le daban un relieve disparejo y accidentado.

Aunque Obito las hubiera obtenido allí, en un gran acontecimiento dramático, y eso le punzara el corazón, no iba a dejar de quererlas. Se acercó y las fue besando con mucha delicadeza, posando apenas sus labios como las alas de una mariposa chocan contra los pétalos de una flor.

Besó y acarició, besó y siguió recorriéndolas con adoración; desviviéndose para que con esos contactos Obito estuviera al fin en paz con ellas.

Obito se había tranquilizado aparentemente. Las caricias de Deidara comenzaban a surtir efecto.

–Sí. Lo siento– ahora la vergüenza comenzaba a invadirle –. Exageré– se excusó.

A Deidara se le contrajo el corazón.

–Tobi. Obito– le susurró, levantando su rostro, esta vez con cuidado –. Mírame. No minimices nada, hm. Nada es exageración para un artista como yo, hm– agregó con el tono que Obito relacionaba a sus largos monólogos acerca de la naturaleza del verdadero arte. Un pequeño calor se expandió desde su plexo solar.

Los ojos cerúleos fueron todo el consuelo que Obito necesitaba. Sí que sus pensamientos habían ido lejos de nuevo. Y no quería perder a Deidara.

–Lo que a ti te pase, a mí me importa, hm. No me hagas tener que repetirlo– compuso una expresión ofendida que a Obito le pareció un puchero adorable.

Se abrazó a sus hombros y se hundió en él, inspirando el ya entrañable aroma a pólvora y arcilla.

–Dei. Gracias por existir.

Deidara se turbó un poco, coloreándose.

–Bobo, tú eres el único que se puede poner bien– balbuceó, aunque por nada del mundo le soltaría el abrazo.

Obito se asombró al comprobar que Deidara, una vez más, le había arrancado una sonrisa con un pequeño recordatorio. Un leve tirón de orejas.

Sí, él lo sabía. Con la misma fuerza con la que había sobrevivido y estafado todos esos años, con esa fuerza, era con la que tenía que volver a pararse sobre sus pies y enfrentar al mundo para intentar hacer su destino de nuevo.

Usarla para algo bueno, esta vez.

Se obligó a sopesar con un poco más de realismo más que pesimismo su situación. Caminar de la mano de Deidara no estaba tan mal después de todo. Obito extrañaba su infancia, aunque no volvería a ella. Y, de todos modos, tenía que dejar de actuar decepcionando al niño que alguna vez fue.

–Senpai– comenzó –. El mundo no puede seguir siendo así– le miró a los ojos.

Deidara torció la boca, y se sentó enfrente suyo, acariciándole las manos.

–Desde muy pequeño fui un niño rebelde. Sentía que nadie me entendía en mi familia, y mucho menos en Iwagakure. Cuando mis amigos no me entendieron, decidí que había tenido suficiente para mí allí. ¿Sabes qué edad tenía?

Obito negó con la cabeza, los datos de Zetsu no tenían por qué ser totalmente correctos. Recordaba no haberlos chequeado cuando su antiguo aliado espiaba al terrorista renegado de Iwa, ocupado en recolectar información de los bijuu y los jinchuriki.

–Quince años. Quince fueron más que suficientes para saber que mi vida no estaba allí. Y aquí me tienes en Akatsuki, por culpa de todos los Uchiha de este mundo, hm.

Obito sonrió abochornado.

–Pero a mí nadie me obligó, Obito. Yo elegí mi camino y de todos modos terminé en el crimen.

–Sí– lo interrumpió–. No es que yo me lamente de haber terminado aquí, es que…– se trabó entre sus ideas. Quizás sí se estaba lamentando de eso. Sentía que ya no tenía todo tan claro en su mente.

Deidara le sonrió.

–Creo que tú no pudiste elegir mucho, ¿no es así?

Obito asintió lentamente, sintiéndose un poco comprendido en su pesar.

–En mi caso, ese país aburrido no era inspiración para nada, hm. Elegí mi libertad y lo haría mil veces más, no me importan las necesidades que pasé– le soltó las manos para apretar los puños con firmeza, acompañando su rostro a la mímica.

El ojo de Obito se abrió en curiosidad, intentando imaginarse a un Deidara infante, a un Deidara adolescente mucho más pequeño de quien conocieron en Akatsuki. Le costó bastante, pero el esfuerzo no dejaba de ser lindo.

–Pero en algún momento creí que podría darle mi visión del arte a Iwa– se atrevió a confesar Deidara, girando su cabeza hacia algún punto en la nada, recordando lo que apenas quedaba de viejas sensaciones que ahora le parecían más lejanas que nunca.

Se quedó unos momentos intentando en vano traer esas memorias al presente. Era inútil, porque todo era efímero, rumió.

–Senpai, explotar cosas es…– Obito sentía que aún debía aclararle que la mayoría de las personas jamás encontraría arte en ver sus casas volando por los aires.

–Sí, sí, ya sé eso. No soy tonto. No es común– admitió Deidara, irguiéndose –. Eso me hace especial, hum– terminó cerrando sus ojos con orgullo.

Por un instante, el humor negro que se había apoderado de Obito se disipó levemente, para dar paso a una sonrisa embobada. Sí, Deidara era distinto a todo lo que había conocido, y eso lo traía loco. Lo atraía como a un imán.

No podría despegar nunca más su atención de él, incluso si lo quisiera. Era bonito, hermoso, ocurrente, irreverente, y siempre le sacaba de su mundo calculado. Era incluso una oda a toda la libertad con la que tanto soñó.

Libertad.

–Pero Obito– los ojos de Deidara se clavaron de repente contra el sharingan, inmovilizándolo –. Yo no pude lograr lo que quería en Iwa, ni siquiera cuando logré mi sueño infantil de entrar en las Bakuha Butai.

Obito parpadeó, estupefacto.

–¿Y cómo es que seguiste?

Deidara soltó aire por la nariz.

–El resto ya lo sabes. Hice mi camino, hm. Porque esas cosas pasan.

–¿Qué cosas?

Deidara lo miró durante unos largos instantes, obligándose a buscar las palabras adecuadas. Parpadeó al no encontrar otra manera mejor de decirlo, teniendo a Obito en vilo.

–¿No luchaste durante años para lograr tu plan apestoso?

–Sí– torció una minúscula sonrisa ante la ocurrencia.

Bien, quizás Deidara no estaba siendo gracioso aposta y llevaba la razón sobre sus planes.

–¿Y no aparecí yo y tuviste que tirarlo todo por la borda?– Deidara ocultó su vanidad por una vez en su vida.

Obito se sonrojó un poco.

–Sí.

–¿Y no estás improvisando ahora, porque no sabes qué va a pasarnos?

La frente de Obito se arrugó.

–Sí…– admitió con pesadez.

Deidara se alejó un poco, respirando sonoramente.

–Obito– recuperó la atención del otro –. Estas cosas, tienen que pasarnos en la vida.

La visión de Obito se humedeció una vez más.

Treinta y un años, y todavía un jovencito que ni siquiera era adulto le enseñaba esas cosas. Qué vergüenza.

Se miró las manos enguantadas, entrelazando sus dedos. Si le pasaban cosas que no planeó en su vida…

Tenía que seguir. Como siempre hizo.

Su boca se abrió, y su cuerpo se electrizó por el éxtasis. Sus lacrimales actuaron por última vez, y el nudo en su garganta desapareció.

Hacer las cosas que siempre tuvo que hacer.

Hacerlo bien.

–Deidara…

El chico torció su cabeza, expectante.

Qué adorable.

–Vamos– poniéndose de pie, le tendió la mano, que un sonriente Deidara tomó para imitarle –. Terminemos con esto.

La blanca sonrisa se hizo aún más grande y radiante.

–Y una cosa más– tosió para sacudirse los recientes nervios del ombligo –. Eres arte viviente.

Antes de que Deidara pudiera hacer algo más que quedarse boquiabierto, tembloroso y colorado, Obito corrió pendiente abajo, huyendo avergonzado de su confesión.

A Deidara le tomó varios intentos y un par de minutos el poder reaccionar al fin.

–¡Idiota, adónde vas sin mis medios de transporte, hm!

La corrida no duró demasiado, ya que su ritmo se fue desacelerando. Escuchó cómo Deidara se acercaba, y se dejó alcanzar, atrapar, como si fuera una presa abnegada.

Deidara se frenó al ver que Obito no respondía a su infantil actitud de atraparlo entre sus brazos, pero cuando quiso separarse, el otro sostuvo sus manos contra su pecho.

–Deidara– habló con preocupación, congelando al otro en su sitio.

El rubio lo esperó, prisionero detrás suyo, tragando en silencio.

–¿Aún quieres utilizar el C-0?

El agarre de Deidara se aflojó una milésima de segundo, pero enseguida volvió a ceñir su abrazo contra el pecho ajeno.

–Tobi, ya hablamos de eso, hm– respondió incómodo.

–No– le había vuelto a llamar "Tobi", y no parecía ser de cariño –. No fuiste específico– se aceleró.

Deidara suspiró, hundiendo su cabeza entre los grandes omóplatos.

–Ya sabes lo que pienso, no seas estúpido– se quejó.

–No, no lo sé– tragó con dificultad –. No sé si sí o sí no.

Apretó las pequeñas manos contra su pecho, como si fuera la última vez que lo tocaba.

Su corazón golpeteaba desbocado contra su pecho, tan fuerte, que las manos de Deidara lo sentían con claridad, y el propio Obito podía escuchar el ruido ensordecedor de su ritmo cardíaco.

–¿Vas a… usarlo algún día?

Por favor, que lo eligiera a él, era todo lo que podía rogar sufriendo en silencio. No se sentía con derecho, pero quería creer, quería creer que Deidara cambiaría sus planes, así como él había cambiado el Mugen Tsukuyomi por una vida mortal con Deidara.

Deidara apretó los ojos con fuerza. Llevaba demasiados meses cambiando desde que Tobi se le había metido en el pecho y en la cabeza. Demasiado tiempo viviendo algo que no había estado en sus planes. Demasiado hundido en algo que jamás había previsto. Tuvo tanto en el último tiempo, de esa cosa que irrumpía en su mejor proyección del arte que había imaginado jamás.

Tanto tiempo imaginándose cómo realizarse en una explosión colosal, ser todo lo que entendía por arte, por su vida, por resumir la trascendencia en un instante, su filosofía de vida, su cosmovisión de adolescente…

Todo para enamorarse con locura.

Si las serpientes cambian su piel de acuerdo al paso del tiempo, Deidara había perdido muchísima en esos alocados últimos meses de acercamiento con el enmascarado.

Su cerebro no registraba en aquel entonces que él no era el único atravesando tantas transformaciones.

La crisis de Deidara le había hecho desconocerse muchas veces, conocerse mejor en otras.

Estaba creciendo. Y él lo sabía, igual que el hecho de que había decidido hacer ese uso del C-0 al poco tiempo de obtenerlo, antes de cumplir los dieciséis. Otra vez mayo se estaba acercando. Incluso las firmes decisiones, a veces podían resultar efímeras.

–Sabes que no lo usaré, tonto. No tengo motivos para dejarte solo y que vuelvas a liarla, hm– trató de suavizar la gravedad de su declaración.

La cabeza de Obito se elevó como impulsada por un resorte, y enseguida deshizo el nudo de manos para girarse y abrazar al artista-terrorista.

–¡Dei…!– sus lacrimales comenzaron a trabajar otra vez, y antes de que Deidara dijera nada, lo besó en los labios hasta robar el aliento de ambos.

Deidara intentó ocultar sus sonrisas mientras Obito hacía lo propio con sus rebeldes lagrimones.

–Estoy tan feliz… Te amo. Te amo– volvió a abrazarle, y sintió cómo el otro se colgaba de su cuello.

De puntas de pie, Deidara le susurró sus dos palabras al oído. Obito volvió a sentirse en un mundo de sueños, y mirándolo como quien no cae jamás en la dicha de su buena fortuna, sólo atinó a coordinarse para el otro beso que le esperaba.

Deidara era tan lindo cuando se lo decía.

No podía hacer menos por él. Obito también tenía cosas a las que renunciar, cosas que ya no tenían un lugar en su nueva existencia.

–Le dije a Sasuke que acabara con el ciclo del odio. Ya no podría ser incongruente con mis propias palabras. ¿Qué crees, senpai?

Atrapado a su lado por el abrazo de su brazo derecho, Deidara se torció lo suficiente como para dedicarle una mirada burlesca.

–Hazte cargo de tu nueva filosofía, Uchiha– le sacó la lengua.

Obito se había enamorado completamente de ese gesto.

–Perdonaré a Kakashi– anunció.

El artista volvió a levantar un poco la cabeza.

–¿Ya lo superaste?– se estaba emocionando. Siempre podría darle una tunda por arrancarle su brazo en otra oportunidad.

–Ya no siento que deba matarlo. No tiene sentido– arrancó un pasto florecido, y se lo pasó por la mejilla desnuda a Deidara, haciéndole resoplar ante la intrusiva cosquilla.

–¡Saca eso!– lo apartó a manotazos, aunque debía vigilar por cada vez que veía el pequeño pasto acercarse a su piel –. Creí que querías meterlo en tu hediondo tsukuyomi eterno, hm.

Obito detuvo su juego.

–Alguna vez creí que esa sería una buena manera de hacerle pagar. Pero sería un tsukuyomi donde todos estarían felices. Y poco a poco fui aceptando que lo quería asesinar, incluso si Rin jamás me lo hubiese perdonado. Demostrarle que tenía la culpa por no cuidarla y fallar a su promesa. Sólo piensa esto. El tipo era insoportablemente perfecto, haciéndome quedar mal en las prácticas siempre– se detuvo al ver un aire risueño en Deidara, que de inmediato lo mudó a uno circunspecto –. Sí. Me hacía quedar mal frente a Rin– reconoció, coloreándose –. Sobre todo porque se llevaba la atención de ella– el resoplido ajeno le hizo apurar su narración –. Pero hacia el final de nuestro equipo original, casi morí por salvarlo a cambio de que protegiera a Rin. Mi vida empezó a caer en picado. Le di la única oportunidad de ser respetado por mi clan en bandeja de plata, el dojutsu más poderoso con un mangekyo nunca antes visto siendo que era un paria entre los Uchiha, ¿y sabes qué hizo el prodigio jonin de trece años, senpai?

Ante el tono que se había elevado, Deidara sólo respondió negando con la cabeza.

–No sé cuánto tiempo lo tuvo, pero fue lo suficiente como para acostumbrarse a usarlo bien. Yo mismo fui testigo. Y no pudo evitar el movimiento de Rin. Lo usaba para todo, y no supo usarlo para proteger a su compañera. Si Rin no le importaba, al menos debía acordarse de su promesa… Sabes qué, ya lo estoy odiando de nuevo– concluyó, rechinando los dientes.

Deidara puso los ojos en blanco sin ser visto.

–Venganza pura, ¿eh? No pareces haberlo superado en nada, hm– se mofó un poco.

Obito giró la espiguilla entre sus dedos.

–Sí. La soñé durante mucho tiempo. Más del que tú soñaste con ese C-0. La planifiqué de varias maneras, la visualicé y esperé años para que el golpe le conmocionara más antes de morir.

Deidara se quedó meditando en el tono desapasionado y seguro con el que Obito había hablado. No había maneras de poner aquellas palabras en dudas sin pecar de iluso. Obito había estado realmente esperando esa oportunidad.

–¿Por qué eres tan oscuro?– la necesidad de saber le hizo preguntar sin pensar.

Obito supo que no era un reclamo.

–Quise amar y no pude.

Se inclinó y le quitó la respiración de un fuerte y posesivo beso. A Deidara no se lo iban a quitar. Ni la vida, ni la muerte.

Deidara aún estaba recuperando el aire cuando Obito lo acorraló otro poco, quemándole con su mirada sanguinolenta.

–¿Acaso no te ha quedado el resentimiento hacia Itachi?

El artista parpadeó, la guardia baja, y suspiró mientras analizaba su mundo interior. Pues sí, había resentimiento por no haberlo podido matar, pero su vida seguía y en eso se diferenciaba de Obito.

–Claro que lo odio. Pero ya no está más y tengo mejores cosas que hacer, que maldecir a un muerto. Por otro lado, Kakashi no está muerto, hm. ¿Te has aclarado?– y le clavó los ojos de cristal, devolviéndole el peso del asunto.

Obito torció una sonrisa hacia la parte incólume de su rostro, y volvió a sentarse en su posición anterior.

–Quiero aprender a vivir como tú.

Volvió a parpadear, sonriendo sin saber por qué. Se acomodó el fleco detrás de la oreja y volvió su vista hacia la espiguilla de pasto que aún sostenía Obito.

–Parece que se nos escapan las venganzas de las manos, hm– tocó la flor del pasto, deleitándose en su textura –. A mi Itachi, a ti Kakashi.

–A mí el tsukuyomi infinito, a ti tu obra final– completó Obito, sonriendo por sobre el tono amargo que Deidara había usado.

Deidara coincidió, soltando una risita por la nariz.

–Cualquiera diría que no somos los mismos, hm. Aunque lo de Itachi fue embuste tuyo, Uchiha.

Pretendiendo ignorar su responsabilidad por una vez, Obito empuñó la espiguilla, viendo como la lengua de Deidara se estiraba para humedecerla un poco. Al menos por sí mismo, le daba la razón.

–Yo soy mejor que antes– dijo muy bajito, emocionado.

Al fin. Ya nunca más volvería a ser su versión más espantosa. Podía extrañar las cosas buenas que perdió de su infancia, más al fin se sentía capacitado para vivir con ello y no a pesar de ello. Ya estaba más que preparado para dejar ese Obito, ese Tobi, ese "Nadie", en donde debían estar.

En el pasado. Pasar la página.

Le quedara lo que le quedara de vida, y viviera como viviera con el peso de todo lo que había hecho.

A su vida, ahora la iba a aprovechar con Deidara.

–¿Sabes qué, Tobi?– la mano de Deidara engulló la espiguilla, sorprendiendo al moreno.

Obito lo miró con intensidad.

–Esperarte valió la pena, hm– sonrió, feliz él también de dejar morir lo que tenía que acabar.


Por lo que leía en aquellos labios, Sasuke no fue tan mal recibido como lo imaginó. La Hokage apreciaba tener al presunto último miembro de los Uchiha de su lado luego de la desastrosa invasión de Akatsuki y el daño que había provocado el rinnegan, y pronto se dio cuenta de que el muchacho no estaría tan mal como lo había imaginado. Dedicó una última mirada al cadáver de Itachi que su hermano insistía en cargar pese a tener a varios shinobi encima y ser rodeado por lo que supuso habrían sido sus compañeros en el pasado. El cabello siempre lustroso de Itachi se veía irreconocible ahora que estaba manchado de barro y sangre.

"Itachi… ¿Supiste qué tipo de hombre fuiste antes de morir?".

Algo le hacía creer que fue mejor hombre que él.

Se dio la vuelta, siempre asegurándose de que nadie se había enterado de su presencia, y se encaminó rumbo norte hacia Kusagakure, esperando reencontrarse con Tobi y Deidara. Apuró el paso al recordar a quién pertenecía la verdadera voz del enmascarado, y en poco tiempo, llegando a la frontera de Konoha, divisó lo que parecía un gigante animal blanco.

Apenas estuvo frente a ellos, habló.

–Espié a Sasuke en Konoha. Por el movimiento de sus labios, supe que le informó a la Hokage que Akatsuki ya no existe, y que tanto tú, Madara-sama, como yo, hemos muerto. De ti no dijo nada, Deidara– agregó mirando al muchacho –. Ahora necesito saber qué harás con el Tsuki no Me, Madara.

Detrás de su máscara otra vez oportunamente colocada, Obito no sólo se preocupó porque el mocoso Uchiha no hubiera resguardado la seguridad de su amante, sino que también empezó a sudar frío por obvias razones.

–Senpai, te lo explicaré.

Deidara explotó.

–¡Ese malnacido lo hace a propósito! Pues bien, al menos no necesito que me cubra las espaldas diciendo que he muerto, ¡porque voy a seguir explotándolo todo! ¡Y nadie va a quedar en pie para contárselo al señorito! ¡Uchiha tenía que ser, hm!– agitó sus manos y arremetió contra Obito –. ¡Y tú! ¡¿Por qué no me dijiste que Kisame sabía de tu plan de mierda, hm?!

–Monito-senpai…

–¡No me vengas con zalamerías ahora, hm!

El siempre serio Kisame los miraba con los ojos como platos.

–Senpai, hice tantas cosas malas que siempre se me olvida contarte algo– confesó Obito, temblando detrás de su máscara.

El artista echó fuego por los ojos.

–¡YA ME DI CUENTA, HM!

–¡Perdóname, senpai!– Tobi estaba de vuelta.

–Madara, ya deja de fingir– un Kisame de voz gélida se estaba impacientando.

–¡No estoy fingiendo!– Obito empezaba a retroceder, buscando instintivamente ocultarse tras la gran lechuza –. ¡Dile a Deidara que no hablamos demasiado!

–¡No uses a Kisame de excusa, cobarde!– Deidara llevó las manos a las bolsas que colgaban de sus caderas.

El único razonable fue el bijū sin cola.

–Aún estamos en Konoha. No es momento para tus explosiones, Deidara. Es mejor que vayamos a un lugar donde estemos seguros de que no tendremos visitas inoportunas.

Deidara se abstuvo a último momento de mandar a explotar la lechuza a cuya pata se abrazaba Obito. Bufó una vez más.

–Entonces, nos vamos a Amegakure. Vas a explicarle a este tipo cómo tu plan de mierda ya no corre más– señaló a Kisame por sobre el hombro.

Kisame contempló con sorpresa a Deidara, y luego a Madara. Finalmente, el enmascarado se relajó, y le hizo una señal para que les siguiera. El terrorista saltó al cuello del ave.

–No puedes abandonar el plan– le recriminó, agarrando la empuñadura de Samehada.

Su vida, el significado de su existencia, la búsqueda de un poco de consuelo y de un breve momento de paz interior. ¿Adónde se irían si Madara, el único en quien había logrado confiarle alguna expectativa, lo traicionaba inesperadamente?

Obito se preparó para desmaterializarse y absorber a Deidara con el kamui, pero una voz clara cortó la tensión con una aún mayor.

–Peléense sobre mi ave y van a volar– habló por entre los dientes, soltando una fuerte intención homicida –. Y tú, Kisame, súbete de una buena vez, hay cosas que este idiota tiene que explicarte– lo mandoneó con tal fuerza, que el hombre tiburón se apeó sin quejas, dejando a su espada tranquila por el momento.

El ave desplegó las alas y se alejó de un salto del suelo, comenzando a alejarse de Konoha a gran velocidad.

Kisame miraba analítico al enmascarado, y Obito contemplaba la nuca de Deidara, despeinada al viento.

–Desde Mizukage de facto a Madara, para ahora encontrarte huyendo con el benjamín de nuestra organización. ¿Quién eres y qué buscas?

Su pregunta fue filosa como una aguja de plata.

Obito suspiró.

–Hay mucho que explicarte, a ti y a Konan. Por eso estamos yendo a Amegakure. Siento que te enteres así, siendo que fuiste uno de los más cercanos a mí en Akatsuki. Créeme que tuve mis motivos.

Enseguida sintió una oscura aura detrás suyo. Al mando del ave, Deidara lo fulminaba con la mirada, lo podía saber incluso pese al fleco y la mirilla.

–Así que Mizukage, hm– era todo lo que le recriminaría de momento. Sobre la proclamada cercanía con Kisame, eso lo haría en privado.

–Monito-senpai, te lo diré todo– Obito se inclinó para tomarle de la cintura, olvidándose momentáneamente del avergonzado hombre azul.

–No. Me. Coquetees– su ojo visible se mostró afilado. Obito y sus manos largas iban a tener que aguantárselas hasta que no terminara de explicarle todo ese lío a Kisame y a él mismo.

El enmascarado se dio por rendido y comenzó a hablar, recurriendo una vez más a su mal hábito de omitir información para aún tener a Kisame bajo control.

El nukenin de Kirigakure escuchó con atención y sin lograr hilvanar del todo sus sospechas, aunque constantemente atento a encontrar algún subterfugio. Así como siempre vivió en un mundo de traiciones, donde fue obligado a traicionar a los otros para descubrir que al acceder sólo se traicionaba a sí mismo, así era como Hoshigaki Kisame veía al mundo y a cualquiera que le tocara como compañero. Sólo esperaba los fratricidios de los seres humanos, la igual que de las crías de tiburón. Hasta el día de su muerte, no estaría seguro de si ser humano cambiaba el significado de todo ello, como le aseveró Itachi el día que se conocieron.

Deidara hacía lo propio, tomando nota de todo lo que Obito había vivido y ocultado detrás de esa fachada tanto tiempo. En el fondo sabía que tenía un corazón dolido y demasiado sentimental quizás para ese mundo. En lo que se había transformado, era en el producto de lo que apenas supo hacer con lo que le habían hecho. Siempre con la vista al frente, apretó los labios y los dedos, maldiciendo el mundo que no le había dado lo que de niño Obito había merecido.

Pero Deidara no iba a esperar demasiado del mundo más que instantes efímeros de belleza. Todo lo demás, era su tarea arrebatarlo con sus propias manos. La vida tampoco le había dado a él lo que había soñado de pequeño, pero esa nunca fue excusa para no abrirse un camino original y propio. Para no conectar con aquello que hacía del arte una necesidad desde el principio de los días. Esa fuerza que obtenía de algo que Obito estaba aprendiendo a crear al fin, concluyó con orgullo, mientras sentía cómo la humedad se transformaba en gotas en ese cielo cada vez más oscuro.

Frente a ellos, húmida y aparatosa, se alzaba la lóbrega Amegakure.


¡Hola! Ojalá estén de bien en mejor, al menos a partir de ahora por mis poderes mágicos que no tengo ^_ yo estoy feliz de actualizar, lamento si se hizo muy larga la espera, aunque creo que un mes es mi mejor promedio de longfics en milenios.

Este Obito. Siempre con un trapo nuevo al aire. Es indefendible. Dei va a seguir con katsus de los malos para ponerlo en su lugar. Pero también con su eterna emoicidad que le cuesta superar. Respecto a Kisame, escribirlo fue necesidad antes que planeamiento. Hubiese querido más desarrollo de Itachi, pero ups se me murió. De todos modos, Kisame fue mi primer Akatsuki preferido, y creo que es un personaje que tiene muchísima tela para cortar y es difícil estar a la altura a veces.

Alphabetta, claro que son únicostierrita. Amé la anécdota de cómo llegó Consecuencias a tu vida. El año en el tsukuyomi rosa es canon ya, y sí es cierto que resultó en ganancia doble por lo que pasó con Pain. Los colores rojo, naranja y amarillo fueron por el estado de alarma en el que entró Obito al matar a Zetsu y tener a Dei ahí. No lo imagino consciente de esos cambios, acostumbrado como está a entrar a su mundo gris. Deidara es un hombre de acción y no concibo que ninguna emosidad se le pegue, ni que sea víctima pasiva de otros, Kishimoto no lo escribió así y siempre va a sacar a Obito de su hueco de confort a bombazos. Temía que la muerte de Zetsu me quedara demasiado corta, pero es que necesitaba hacerle pagar, básicamente él es como la serpiente del paraíso, lo jodió todo desde el comienzo. Y sobre el Kibaku Jirai, no iba a escribir su nacimiento sin terminar con su aplicación en algo grande, plus Deidara siendo loco, yay.

Mukii, apruebo lo dicho sobre las necesidades de Sasuke, ejem. Se viene Konan, sí. Tiene derecho a matar a Obito. Gracias por tus ánimos, por aquí bien y espero que también te vaya bien. Obidei es amor puro, sí :D

queponern427, hola si estás ahí. Gracias por tu interés en el fic. Te respondí con una review después de recibir la tuya, y con un inbox en la sección "Private Messaging" a la cual sólo puedes acceder desde una computadora o con el Desktop Mode si estás entrando desde el navegador de un smartphone. Lamentablemente Fanfiction no permite inaugurar hilos de respuestas como Ao3, pero estaré haciendo copia de mis fics allí. Me ilusiona que Consecuencias te guste y espero la sigas disfrutando por lo que le queda. ¡Que estés bien donde sea que estés con todo esto de la pandemia!

Les dejo la letra de la canción "Goodbye Nostalgia" de Coda, © 2015 Warner Bros. Entertainment, ℗ 2015 Warner Bros. Entertainment. Parece escrita para personajes como Obito. Tardé meses en decidir esto, tiempo en el que la canción se cruzó en mi camino, por esas cosas de las musas y la inspiración. Capítulo inicialmente unido al capítulo anterior, necesitaba explorar por una última vez todas las cosas que podían estar pasando en la intimidad de Obito, aunque también de Deidara. En verdad, nadie va a cambiar de un día para el otro, pero es así como Obito quiere seguir en lo que le queda de vida. La letra ya me venía inspirando para el capítulo anterior, espero que disfruten de esta bella pieza contemporánea. Hay algunas traducciones al español hechas a partir de la traducción inglesa, pero difieren en ciertas cosas y yo no sabría por cuál decantarme, sepan disculpar una vez más que la coloque en otro idioma. De todas maneras, hay buenos subtitulados en YouTube, si la quieren escuchar. Cuídense mucho y anticuerpos mágicos de parte de Lybra-chan :D

Yesterday

I was sad that the reality

I was seeing was different from others

.

Loneliness

Instead of trying to reach out to others

I had decided to give up until that day

.

The slight tingling of Emerald

I was wondering what was the meaning of my life

.

If you can see

I am not alone anymore

I am out of the veil of despair,

I now know the meaning of hope

.

Heavenly

Those loud, noisy days

It felt nice like spending time with old friends

.

Dazzling determination of Emerald

No matter what is waiting ahead

.

I risk my life fighting

I don't regret any of it

I swear not to return to the old miserable me

.

I will protect everything till the end

Because important people are waiting

for us to return

.

As I listen to your lame jokes

And laugh at how silly they are

I think this is the way I always wanted to be

and wish to stay like this from now on