17, CAPÍTULO DIECISIETE,
CHAPTER SEVENTEEN.
De regreso a la temperatura habitual de México, que cruza los seis grados centígrados y no los desafía, tal como Toronto con sus trascendentales grados bajo cero, encuentro agradable este contraste.
Portamos los aires de Canadá, aún sobre nuestra piel y sobre nuestro ánimo. Es difícil deshacerse de la nostalgia cuando apenas se ha vivido. Amelia y yo parecemos peregrinas en nuestra propia ciudad, llevando los aromas y las sensaciones de otra.
Debido a la dimensión del vuelo de regreso, mi mejor amiga y yo nos tambaleamos aletargadas en una cuerda de sopor. Ni siquiera el conjunto de ropa cómoda que elegimos usar nos preparó para la intumescencia del tiempo.
Escucho a Amelia suspirar por lo que sería la enésima vez.
Crispada, me cruzo de brazos.
—¿Qué? —le demando.
Ambas esperamos fuera del aeropuerto por el auto donde mamá se encamina a recogernos. La hora debe marcar la 1 a.m. Madrugada, un nuevo día. Mi cansancio está considerando fuertemente que en menos de siete horas tengo la primera clase de la semana.
Amelia, naturalmente, no comparte mis preocupaciones.
—¡Es que simplemente no puedo creerlo! —exclama ella, mirándome con un brillo emocionado en sus líricos ojos dorados—. Después de todo lo que me contaste, ¿cómo puedes estar ahí parada, tan sinvergüenza, sin ser un mero charco a tus pies?
La diversión suaviza los bordes molestos de mi expresión. Ajusto la correa de la cartera contra mi hombro, sujetando entre mis dedos la manija de la maleta, también. Amo mi ciudad, pero eso no me ciega ante su delincuencia.
Como vengo haciendo desde que subimos a ese avión –incluso desde antes–, y Amelia contó inmediatamente con varias horas a su favor para abordarme con preguntas dignas de la periodista más sensacionalista de todos los tiempos... guardo silencio.
Ni siquiera yo sé cómo sigo entera después de este fin de semana.
Tantos años vacía debieron pasarme cuenta cuando de pronto las emociones me nacieron de golpe, pero no he notado ningún efecto secundario. Obviando, claramente, que mis sentimientos son como bebés caprichosos que todo quieren y todo les afecta.
Podemos adivinar lógicamente quién es el objeto de ese deseo.
Espera, olvida eso. Olvida esa palabra. Aquí no hay ninguna lógica. Mi razón se rige puramente por mi corazón, y todos sabemos cuál es más impulsivo.
—Creo que me vuelvo repetitiva al decir que Shawn es igual de real en mi vida como lo es cada persona en ella, como lo eres tú, Amelia.
—¿Escuchas cómo dices su nombre? —dice, asombrada—. Dios, eres tan cínica.
—¿Qué? —grito, asediada.
—¡Desbordas amor!
—¡Amelia!
Toco mi frente, escondiendo el rostro de los pocos transeúntes rondando el vestíbulo. Reúno la suficiente fuerza de voluntad antes de levantar la mirada de nuevo.
Encuentro a Amelia señalándome acusatoriamente con su dedo índice.
—Ni siquiera trates de ignorarlo. ¡Estás usando su chaqueta, por el amor de Dios, África!
Esto ya es el colmo. Mi paciencia no está, simplemente no está. Desapareció en un camino entre tomar un vuelo de seis horas y no haber dormido ni una sola de ellas.
Y sí, ¡quizá al bajar del auto de Shawn se me olvidó devolverle su chaqueta, pero a él también se le olvidó pedírmela, o es que prefirió pasarlo por alto!
En cuanto lo advertí, se lo dije. Aún seguía en Toronto. Estaba la oportunidad de que él seguía manejando. No había pasado tanto tiempo desde que abandonó la calzada de la casa de Italy.
Shawn escribió: Lo sé, no pude evitarlo.
Puedes quedártela.
No puedo, repliqué. No sé si podré devolvértela.
Podrás, porque nos volveremos a ver. Es una promesa.
¿Cumples tus promesas?
Cada una de ellas, respondió.
En mi opinión, todo está justificado. Gratamente aclarado. No supone para mí ningún descontento.
Claro que mi sonrisa egocéntrica puede darte perfectamente esa impresión.
—Admite una muestra de caballerosidad —respondo a Amelia—. No significa que...
—¡Significa que él quiere que tengas a sus bebés!
—¡Amelia!
Basta, basta de esto. Me rindo totalmente.
Y el que yo quiera tener a los bebés de Shawn no le da la razón a Amelia, ¿está bien?
Desvío la vista, contrariada. A través del filo de la marquesina, advierto un cielo oscuro, despejado. La luna está escondida, pero su frío ondula en la brisa. Estoy helada, cansada y soñolienta.
Mis ojos arden por el relente de la madrugada. Parpadeo para alejar la picazón y, entre un pestañeo y otro, atrapo algo fuera de lugar. Por un momento, creo ver un destello de algo directo en mi dirección. La sombra de algo en movimiento.
Frunzo el ceño y miro sobre mi hombro, persiguiendo el desplazamiento del resplandor. La lobreguez puede esconder cualquier cuerpo, pero resulta indiscutible que no existen luces flotantes.
—Amelia —llamo, en un susurro incrédulo. Ella sigue despotricando sobre chaquetas y bebés guapos, por lo que tengo que elevar la voz—. Oye, ¡mira allá!
—¿Qué? —se interrumpe a sí misma, fastidiada—. ¿Qué miro?
—En el estacionamiento —indico, moviendo mis labios como ventrílocuo—, ¿ves ese constante destello?
A medida que la atención de Amelia se centra en lo que estoy mostrándole, más lo hace su expresión. Pasa de diversión infantil (a mi costa), a determinación pura. Lo percibimos al mismo tiempo.
—¿Acaso es...?
—Un paparazzi —digo.
Ninguna de las dos alcanza a hallarle la lógica al asunto. Me refiero a que el bosquejo de la cámara parece estar apuntando directo hacia acá, hacia nosotras.
Busco razones, más no encuentro ninguna rápida.
El trabajo de un paparazzi no tiene relevancia con ninguna de las dos. Nuestros mundos son periodistas, notas en artículos empresariales o hasta una sección en tv. Cámaras que nos fotografían, que nos graban dentro de nuestra monotonía, sin ningún propósito concreto... está mal. Está fuera de razón.
—¿Pero qué mierda...? —exclama Amelia, atónita—. ¿Probablemente tu mamá tiene un nuevo proyecto?
—No... no lo sé. Mamá se saca los proyectos por debajo de la manga. Parpadeo y ya ha abierto otro inmueble, bostezo y ya ha unido tratos con Japón. ¡Y fíjate que he estado fuera tres días!
Amelia niega, suspicaz. Nerviosa, comienzo a estudiar a los sujetos alrededor. Quizá no es a nosotras, quizá Yalitza Aparicio también llegó de un vuelo especialmente tarde. Quizá Luis Miguel. Pero ninguna persona parece particularmente implicada. Y realmente no hay tantas.
—África —advierte Amelia de pronto—, se está acercando.
—Carajo —exclamo, tomada por sorpresa. Esto no debería estar pasando, nadie debería estar incomodándonos. No tengo razones, no tengo por qués, sólo una insulsa sospecha de la que desconfío por no tener pruebas.
La figura del paparazzi comienza a ser visible. Un joven con la suficiente resistencia física como para equilibrar todo un equipo de filmación y correr a través del estacionamiento sin tropezar.
Es inexcusable que se trata de nosotras, porque su propósito es claro. Abordarnos. Mi mirada busca alrededor por un guardia de seguridad, alguien al servicio del aeropuerto. Eso no alcanza a ocurrir.
Finalmente, se planta frente a mí. Fatigado. Más que eso, exhausto. La emoción explícita en su rostro es un tanto incongruente. Mientras acomoda la cámara, mira a los laterales, escudriñando cautelosamente por algo. Una luz blanca y cegadora me golpea en la retina. Me obliga a retroceder, importunada.
Con la mirada, ordeno a Amelia cubrir su rostro. La atención del paparazzi claramente no está sobre ella, y es algo que se tiene que cuidar.
—¿África? —exclama, equilibrando la filmadora sobre su hombro.
—Hola —digo.
—¿Llegando de un vuelo? —pregunta, con toda la soltura del mundo.
—Sí, yo...
—¿La visita a alguien especial?
—Sí —repito, lentamente—, viajé al cumpleaños de mi mejor amiga.
Remarco especialmente el singular, con el deseo de no llevarlo a reparar en Amelia. La atención de una cámara no es su ambición, tampoco la mía, pero yo fui adiestrada hasta soportarla. Tampoco deseo sacarla de su zona de confort, pues sé por experiencia cuán aterrador es.
—Oh, ¿en serio? —inquiere, con fingida sorpresa. Descarado—. ¿Cuál es tu postura sobre las fotografías recientemente reveladas de tu viaje a Canadá?
El sentido del contexto aún no me aborda, por no hablar del propósito, oculto e incógnito, hasta el momento.
—Bueno —intento responder, de la mejor manera posible—, yo no...
Pero este paparazzi tiene graves problemas de educación. Continúa interrumpiéndome hoscamente, como si no pudiera aguantarse de soltarme de sopetón cada una de sus premeditadas preguntas.
—Fotografías, África —dice, casi brincando sobre sus propios pies—, que te captaron en un momento íntimo con el famoso cantante Shawn Mendes.
En ese momento, dos cosas suceden. Mi mini África interior cae bajo una sorpresa tal que queda boquiabierta. Incluso con todo ese estupor de saberme vigilada. Ahora bien, logro encubrirla a tiempo, deslizando una máscara de desconcierto en su lugar y, quizá, frunciendo un poco el ceño en el proceso. Mi mayor muestra de desagrado.
Escucho jadear sonoramente a mi indiscreta amiga Amelia. Eso debe motivar al paparazzi a desenvolverse con más confianza, pues me apremia a responder.
—No sé de qué estás hablando —finalmente digo, con el corazón en un puño.
—África Ruiz, has sido vista hace 24 horas aproximadamente subiendo al auto de Shawn Mendes —expresa el paparazzi—. ¿Cuál es tu postura al respecto? ¿Amiga? ¿Pareja? ¿Aman...?
—¿Qué? —exclamo, sin poder contenerme.
—África —llama Amelia, por lo bajo. La miro, alarmada por su tono. ¿Sabe algo que hasta el momento yo no? Con una mueca sobre su boca, empuña su celular y me muestra su pantalla.
Me inclino a observarlo. La cámara persigue cada uno de mis movimientos. Por un segundo, no le encuentro el sentido a las fotografías que me muestra. No hay sino oscuridad colindando con un bosque y sombras difusas.
Entonces, mi razón se adapta a la realidad, toma en cuenta lo que ya sospecha. La rapidez con la que percibo nuestras siluetas en medio de la noche me saca el aire.
Estoy ahí. Estoy caminando hacia Shawn en la oscuridad, perceptibles únicamente por el flechazo de las luces traseras de su auto. Estamos abrazados. Posteriormente, estamos subiendo al vehículo.
El terror no alcanza a hacer su camino a mi cara porque, no por primera vez, el paparazzi vuelve a abandonar el profesionalismo, profiriendo un vítor.
—¡Sí! —suelta, insulsamente excitado. Incluso un poco hiperactivo. Encuentro extraño esto, pero no puedo concentrarme lo suficiente para darle importancia—. Eres tú, ¿no es cierto? Dime, ¿cuánto llevan de conocerse? ¿Lo han mantenido todo este tiempo en secreto? Espera, qué tonto. Obvio que sí. ¿Es cierto que Shawn Mendes huele a cane...?
Mareada. Estoy mareada. Sus interpelaciones me envuelven, aprisionándome con fuerza, forzando la respiración fuera de mí. No sé qué responder, no sé si deba hacerlo.
Un pitido nos interrumpe a ambos. A él, con otra sarta de preguntas en la punta de la lengua. A mí, al borde de salirme de mis casillas. Sobre su hombro, el auto oscuro de mamá se acerca con premura hasta estacionar en la calzada.
—Han llegado por mí —indico, aliviada.
—¡Espera! —exclama, al notarme asir la maleta—. ¡Responde siquiera a una sola de mis preguntas! ¡Por lo menos a lo de la canela!
—Lo siento —replico, intentando pasarlo.
Dentro de una anarquía total, detecto las siluetas de uno a varios paparazzis más, apresurándose desde varias partes del aeropuerto. Se apresuran como abejas a un panal. Me divierto con la resignación marcada en su rostro al verse sobrepasado en número. No es difícil suponer que por tal motivo se hallaba tan inquieto al principio... porque temía que sus colegas le robaran la nota.
La puerta del conductor se abre y mamá baja hasta rodear el auto en mi dirección. Prolifera un aura fuerte y demandante, desde la mirada azorada en sus ojos hasta la postura de su cuerpo, ataviada en un traje femenino de dos piezas. En este momento, diferimos fuertemente, pues yo estoy en chándal y tenis. Lo único que nos une a simple vista es la protección imponente que expide hacia mí, tanto que hace retroceder al paparazzi, intimidado, y disminuye el ritmo de otros varios.
Sí, mi linda madre es temible. ¡Qué orgullo!
—¿Qué estás haciendo? —reclama al hombre de la cámara—. ¿Quién eres tú y por qué estás acosando a mi hija?
El paparazzi sale de su asombro.
—¡Argelia Ruiz! —grita emocionado. La navidad parece haber llegado temprano para él.
Me apresuro a tomar a Amelia del brazo, jalándola al vehículo. Los paparazzis ya están aquí, dejando relegado al joven en una marea de destellos, reclamos y preguntas al aire. Me esfuerzo por ignorar cada una de ellas, pero es difícil cuando me las gritan en la cara.
—¡Argelia! ¿Qué puede decirnos de la relación de África con Shawn?
—¿Lo veía venir?
—¿Acaso es un acuerdo de publicidad?
—¿Cómo ha estado, Argelia? —pregunta otro paparazzi.
—¿Aprueba esta relación de su hija con esta súper estrella del pop?
—¿Los Edificios R en realidad son una empresa familiar? Si es así, ¿por qué África no ha iniciado sus prácticas ahí?
—Jartum y Vientián han rechazado la sucesión del CEO. ¿Piensa África también relegar la herencia o ya le toca a otro miembro de la familia?
—¿Qué piensa sobre su hija África pasando la noche con Shawn Mendes? —inquiere otro, sonriendo con malicia—. Nadie los vio regresar.
Mi boca cae abierta. ¡Qué embusteros, Dios mío!
Afortunadamente, mamá hace oídos sordos y llama a un guardia de seguridad. Por suerte, este viene con compañía, agradecido de salir de la monotonía que presenta su trabajo. Con bastante facilidad embuten entre la afluencia de cámaras, sobre todo porque los paparazzis son anodinos, valientes hasta que son desafiados.
Mientras que uno nos ayuda a meter las maletas en el baúl del auto, otro más despeja el perímetro, permitiéndonos la suficiente movilidad para entrar al coche.
Al cerrar la puerta, los gritos y los capturadores quedan ahogados, cedidos para injuriar sólo al mundo exterior. Mamá entra tras el volante, enviándonos una mirada silenciosa para abrocharnos el cinturón de seguridad. Expulso el aire retenido justo después de abandonar la calzada, dejando atrás a el aeropuerto y los paparazzis implicados.
Durante todo un minuto completo, siento el silencio como cientos de agudos pinchazos, donde la inquietud y la incomodidad prevalecen. Amelia, en los asientos traseros, alterna la mirada entre mamá y yo, sintiendo el casi palpable reconcomio.
Mamá alza la mirada y ve a través del espejo retrovisor hacia mi mejor amiga, estirando una sonrisa en su boca. Las líneas de expresión se acentúan.
—¿Cómo les fue en el viaje? —pregunta, volviendo la vista al frente inmediatamente después.
—De maravilla —responde Amelia después de un momento, y es sincera—. Singularmente curioso, especialmente divertido. Hubo revelaciones locas a por montón.
Ella está riendo al terminar con su estupenda honestidad. Le frunzo el ceño sobre mi hombro. Amelia termina de reír y aparta la mirada, inculpada.
—¿Qué clase de revelaciones? —inquiere mi mamá, estrechando sus ojos. Sus pestañas se golpean entre sí.
—Oh —musita Amelia, formando una pequeña O con sus labios. Parece no encontrar las palabras para proseguir—. Pues... nada concreto, no. Un par de cosas por aquí y por allá.
—Ajá —apoya mi mamá, esperando que continúe, pero algo me dice que Amelia no tenía intenciones de seguir.
Y empieza a desbordarse.
—Primero, llegamos a Canadá. Volar me crea un vértigo en realidad extraño, sinceramente nunca he entendido por qué. Quiero decir, ¿así es cómo morí en mi vida pasada? No, porque yo no creo en la reencarnación.
»Desde luego, los baños del aeropuerto tuvieron que asistir mis nauseas realmente críticas, y al volver choqué con este narciso. Un chico muy, pero que muy lindo, de cabello rubio, ojos azules y deslumbrante bronceado. África opinó que mi descripción le resultaba muy "cliché", pero yo no sé qué es "cliché" porque yo no leo los libros que ella lee. Yo ni siquiera leo, mamá de África, esa es mi verdad.
»En base a esto, todo el –y discúlpeme el lenguaje–, todo el maldito viaje estuve pensando en esos ojos azules y en la gentileza con la que me tomó al evitar que cayera. Lo sé, lo sé. Eso suena muy romantizado, incluso posesivo. Pero al no tener probabilidades de volverlo a ver, una tiene el derecho de hacerse todas las ilusiones que quiera. Esa es mi lógica, por más que África la crea muy absurda.
»Por supuesto, cada una cargaba con su propio lío mental. Italy, que sólo se topa con chicos idiotas y no sabe cómo salir de la monotonía. África, repleta de nostalgia y amor por alguien con un mundo aparte... Yo, que acabo de abandonar a mi Cerebro y ahora estoy sola...
—Espera —interrumpe mi mamá, haciendo de tripas corazón por entender la regalía de palabras de Amelia—. Espera un momento. ¿Qué dijiste a mitad de todo eso?
—Mmm... ¿Italy sólo conoce a idiotas?
»Como sea. Canadá tiene esta grandeza, un hermoso patrimonio cultural. Me encantó, como visita, como ciudad, pero únicamente eso. Supongo que ese país es más de África. Hablando de eso, ¿cómo va la papelería para Grant Allen?
Miro a Amelia sobre mi hombro, incrédula. Más que importunada, estoy asombrada por el ingenio detrás de sus palabras. Ha logrado evitar el tema de Shawn a la perfección, distrayendo a mamá lo suficiente, entre torpezas y trivialidades, hasta preocuparla por su estado mental. Incluso la diversión logra hacerse su camino en mi ánimo.
—Oh, linda —musita mamá, enviándole miradas maternales a través del espejo retrovisor—. ¿Todo eso guardas en tu corazón?
—Sí —responde Amelia, como niña consentida.
Ruedo los ojos.
—La convocatoria para aspirantes de Grant Allen fue publicada hace un par de días —comento, ante aquella pregunta—. Llené el formato de registro antes de volar a Canadá, seguí al pie de la letra cada paso del estresante y enmarañado cronograma de aspirantes… Hoy me encuentro a la espera del examen de selección.
—¿Cuándo será?
—En febrero, justo en la sede.
—Oh, así que Canadá te tendrá de vuelta —advierte Amelia, insinuante.
Ignoro arduamente la implicación.
—Para aclarar —digo—, se supone que ahí estudiaré la universidad. Algún día, será México el que me tendrá de vuelta para las fiestas.
Mamá sonríe, orgullosa de escucharme tan resuelta. Pero, incluso sobre las emociones más cándidas y bienaventuradas, lo inverso siempre sobresale. En ella, es la pesadumbre.
El auto continúa introduciéndose con más énfasis en la urbanización, persiguiendo la avenida hacia un destino diferente al habitual. Amelia vive en la periferia de la colonia, colindando con la cerca natural de árboles al oeste. Los faros delanteros del coche, y las farolas en las aceras, nos presentan vecindarios completos. Sectores a espacio abierto, llenos de calles y residencias familiares. Al igual que muchos árboles silvestres.
Mamá asciende el auto por un camino empedrado. En la cima de la pequeña loma, la casa de Amelia pretende salir a la vista. Empieza con el último piso y termina con el primero. El pórtico comienza a raíz de la banqueta, una rápida bienvenida al interior.
Después de devolver a Amelia con su familia, mamá marca el camino de regreso a casa con una suave exhalación más que premeditada. La presencia de mi mejor amiga me ayudó a evitar la inquisición de mi progenitora, pero ahora no hay obstáculo que retenga el aluvión de explicaciones que necesito dar.
La mecha apenas se ha encendido.
—¿La pasaste bien? —pregunta, enfocada al volante.
Quizá todos los sucesos de esta noche contribuyeron a embotar mi mente lo suficiente para alejar el sueño, pero ahora estoy reducida a un espacio pequeño y cálido. No hay factor caótico, ya no.
Subo los pies al asiento, acomodándome, abrazando más la chaqueta contra mi pecho. El aroma de Shawn prevalece sobre la tela. Respondo que sí a mamá y le cuento un poco de todo, esclareciéndola en los lugares donde Amelia la confundió.
Al final, tomo aire, preparándome para explicar las insinuaciones de los paparazzis, aún preocupada por la idea de esas fotografías publicadas por ahí, pero mamá me interrumpe.
—Si bien una explicación nunca está de más —me dice ella—, esta vez no es necesaria.
—¿En serio?
—No hiciste nada malo —responde—. O eso espero. Te considero lo suficientemente madura para saber lo que haces.
Los paparazzis, por un segundo, me han hecho olvidar que soy dueña de mis decisiones. Que no parto de una decisión dañina. En ningún momento, mientras estuve con Shawn, sentí que estuviera obrando mal. Somos personas libres de actuar.
Claro que el asombro y la intriga en sus expresiones pudieron confundirme a tal grado de preguntarme por qué.
Me abrazo contra mi propio cuerpo, pegando las piernas a mi pecho, observando a mis dedos jugar con las mangas de la chaqueta. Suponer qué pasará después de esta noche, luego de la revelación de esas fotografías, me inquieta al extremo. Dios sabe que Shawn es muy impredecible.
Nuestra casa parece desierta al llegar. Incluso con todo ese vacío que a veces la recorre como corrientes de aire, los ecos y las habitaciones desocupadas... me resulta acogedora, ya que por tres días estuve como extraña en una ciudad alterna.
Miro la hora en mi celular. Casi las 2 a.m. Un mensaje de Shawn está atorado en mi buzón.
Pienso que no debo preocuparme, pero es todo lo que he hecho desde que bajé de su auto. La fiesta no me da buena espina y ahora... esto.
—Sube a dormir, tienes la academia en un par de horas —indica mamá, andando hasta la cocina—. Tu vida es un asunto privado y yo me encargaré de que se mantenga así. Buenas noches, hija.
Sus ademanes me informan que está por prepararse algo caliente. Tal vez un té o un café. Y me pregunto si está en sus planes descansar por esta noche. La ropa de trabajo aún pesa sobre ella.
Más sé por experiencia que es inútil discutirle.
—Buenas noches, mamá —le digo—. La quiero.
—También te quiero —replica ella, su voz ya perdiéndose tras mi espalda.
Tiro de la maleta detrás de mí por el pasillo, en dirección a las escaleras. Dejo de escuchar la vibración de sus movimientos al llegar arriba. Oscilaciones lánguidas y tambaleantes me llevan hasta el interior de mi alcoba. Fluctúo entre el sueño y la vigilia.
Deposito la cartera y la maleta junto a la puerta. Adelanto unos pasos, desprendiéndome del calzado con la punta de mis pies. Me quito la chaqueta, poniéndola a descansar en la puerta del clóset. Con un suspiro, me meto debajo de las sábanas y me echo a dormir.
Hasta que recuerdo que tengo un mensaje sin leer.
Si no fuera porque me caes bien... pienso adormilada a Shawn.
Tanteo a por mí celular, manoseando los libros en el buró hasta dar con el delgado aparato tecnológico.
Con un esfuerzo sobrenatural, le doy sentido a las palabras.
¿Ya has llegado a casa?
Sí, logro teclear.
Sorprendentemente, Shawn responde al instante.
¿Qué tal el vuelo?
Banal, respondo. Amelia casi me vomita encima.
Ella debió sentirse realmente mal, observa. Como siempre, atento.
Sí, así es.
Despojada de mi raciocinio, pulso el botón de grabar audio y acerco la bocina del celular a mi boca.
—Tengo sueño —balbuceo hacia Shawn.
Luego, con una total insolencia, permito que se envíe.
Tengo una llamada de Shawn instantes después. Él está riendo. El sonido ahogado de la fiesta de fondo. Música y vociferaciones. Algunas reclaman su atención, pero él no responde a ellas.
—Shawn —murmuro, con el celular contra la oreja, mis ojos casi cerrados—, estoy a segundos de quedarme dormida. No veo cómo llamarme en este momento pueda ser productivo.
—¿Entonces por qué respondiste?
Mi preocupación aflora. Retengo un suspiro, tratando de diferir el tono de su voz. ¿Se escucha ebrio, despreocupado, cansado? ¿Cómo está él?
—De acuerdo —digo—, colgaré.
—Espera —murmura—. No te duermas aún.
—Pero eso ya no depende de mí —farfullo, a nada de que Morfeo me rapte y me lleve a su cueva.
—Sólo... dame un minuto.
Se oye deshecho. En un principio, pensé que tal vez las fotografías no habían llegado hasta él. Ahora lo dudo.
Le escucho desplazarse de un lugar a otro, pues los sonidos de base se tranquilizan y cambian. Rechaza el inicio de un par de conversaciones, sin dar explicaciones de ningún tipo. Al final de todo, sólo queda su respiración chocando contra mi oído.
Se abre y se cierra una puerta. Todo se silencia. De pronto, él cuelga.
Extrañada, miro la pantalla del celular. Nuestra conversación se expone ante mis ojos con incredulidad.
Estoy por enviarle un emoticón enfadado, cuando Shawn regresa. Un videochat cae, supliendo la anterior llamada.
Cálmate, corazón. No seas tan impulsivo.
De costado, doblo mi pierna, estirándome en una posición cómoda en la cama. Ajusto la almohada debajo de mi mejilla y me arreglo un poco el cabello. Finalmente, atiendo al videochat.
Shawn me devuelve la mirada, parpadeando, suave y gentil. La falta de sueño no me hace imposible notar que los bordes de su esencia titilan, apunto de apagarse.
—¿Estás bien? —murmuro, preocupada.
Él presiona sus ojos con fuerza, agachando la cabeza y escapando del encuadre. La cabecera de su cama queda a la vista, junto al hecho de que acaba de recluirse en su dormitorio.
—Vi las fotografías —le digo, esperando una reacción de su parte.
—No quiero hablar de eso —masculla.
—¿Qué tal la fiesta?
—Tampoco de eso.
—Bien, ¿y si por lo menos respondes a mi primer pregunta?
—Estoy bien, bonita —dice, después de un momento.
Por un segundo, mis pestañas caen y me sumen en la oscuridad. Así de rápido, vuelvo a la realidad. Shawn me observa desde la pantalla, recostado contra sus almohadas. Está celebrando, por lo que está usando un traje. Lindo, ajustado, sugestivo.
Mientras sigan admirándolo, mis ojos no admiten quejas.
—¿De qué quieres hablar? —susurro, mi voz acariciando el silencio.
—De nada —responde Shawn—. Sólo quiero verte.
Esbozo una sonrisa. Dios, me gusta tanto. Coloco el celular en una posición donde no tenga que sujetarlo más, sin perder el encuadre situado. Me abrazo a la almohada, mirándolo sobre mi hombro. Shawn no despega su clara mirada de mí.
—¿Vas a volver? —le pregunto, cuando le veo estirarse fuera de la cama. Pero él sólo apaga la lámpara, compartiendo la misma penumbra, ambos quedando a merced de la luz artificial del celular.
—No todavía. Puedes dormir, no me iré a ningún lado.
En otra ocasión, habría sobrepensado la situación. ¿Verme dormir? De ninguna manera. Esta vez, cedo sin objeción. Cierro mis ojos y suelto un suspiro, el último de mi vigilia.
Todo desaparece, pero él permanece en mis memorias.
