EL FINAL DE LA BELLA Y DE LA BESTIA

El tono de la chica había sido comedido, pero su mirada estaba abrumadoramente fija en él, con la cabeza inclinada hacia abajo y una tensión en sus labios que los presionaba entre sí dibujando una línea recta. Él sintió un pánico parecido al que tuvo cuando se enteró de que su mujer estaba enferma. Pero se negó a perder a su hija y, tras disimular lo mejor que pudo el ataque al corazón que esperaba tener en cualquier momento, le aseguró.

-No sé a qué te refieres.

Bella le mantuvo la mirada, ni pestañeó. Hasta que, tras unos instantes eternos para él, la chica la bajó un momento para armarse con la paciencia con la que un maestro de primaria expone su lección, llevó la mano libre al papel para con ambas desplegarlo y expuso.

-La primera letra está escrita en minúsculas.

Le volvió a clavar sus verdes ojos. No le estaba dando la oportunidad de explicarse, si no de que le admitiera la verdad.

-¿Y qué?

Su padre ni siquiera había creído que eso fuera a delatar su mentira cuando hizo el recorte. Era una nota informal, no tenía por qué estar gramaticalmente correcta.

-Está recortada justo por ahí.

Siguió ella, con su alarmante sosiego.

-Ya te lo expliqué. Es el trozo en blanco de una hoja que encontró.

Se ciñó él a su patraña. Su hija pareció a punto de replicar, pero dejó caer los brazos cerrando los ojos y apartando la cara a un lado, inspiró aire y lo soltó con una breve risa que no correspondía con su ceño fruncido. Pero lo relajó al levantar las cejas de forma despreocupada y volvió a dirigirse a él con una abierta sonrisa.

-Está bien. Si quieres seguir fingiendo que no hay más nota, iré a preguntar lo que ponía directamente a la fuente.

-¡Espera! -El espanto no le dejó seguir manteniendo la compostura. Pero con su suplica, consiguió que se detuviera y no diera más que el paso que ya había avanzado para volver a mirarle sin atisbo de falso humor, más enfadada de lo que le había visto nunca. Se acercó a ella porque el deseo inconsciente de detener su marcha era mayor que el miedo a su confrontación.- Bella, dejé lo que era imprescindible que supieras, todo lo demás que te pueda decir Leonardo Rey no es digno de confianza.

-¡Pero si no le conoces!

Mostró al fin abiertamente su indignación ante la actitud de su padre.

-¿Y tú sí? ¿Crees que se ha mostrado como sí mismo contigo? ¡Es el típico empresario exitoso que hace lo que sea para conseguir lo que quiere!

-¡¿Y qué es lo que das por hecho que quiere conseguir de mí?! -Su padre no pudo contestar, claramente incómodo. Ella soltó un breve suspiro optando por volver a lo que verdaderamente le importaba.- Dame el resto de la nota.

-Bella...

-No me llames así. -Le interrumpió, endureciendo su tono de nuevo, y esta vez él no entendió el por qué, pero enseguida ella se lo aclaró.- Me lo dices como si sólo fuera eso.

La joven reconoció la sorpresa en el rostro de su padre, demasiada para que fuera meramente por sus palabras.

-¿Qué pasa?

Él sacudió la cabeza reponiéndose.

-Nada, es que no quiero entrar en más discusiones. La cuestión es que sólo había cosas escritas propias de un baboso.

Eso la impactó. Sólo había considerado dos opciones por las que el hombre frente a ella había actuado así. O Leonardo le proclamaba sentimientos profundos que su padre había tomado por mentiras, o este quería ahorrarle el tener que leer cómo el señor Rey le aclaraba que para él ella no había significado nada. Pero aquellas palabras sugerían algo que no encajaba del todo con ninguna de las dos. Posó las manos sobre los brazos del hombre con suavidad, y la forma en la que le miró cambió para volver a ser la que le nacía desde pequeña cuando le pedía algo con todo su corazón.

-Déjame leerlo por mí misma. No me va a engañar nadie. Sabré la verdad y tomaré la mejor decisión. No tienes que preocuparte.

Nunca la había creído tanto. Y eso le hizo sentirse por primera vez culpable, por lo que no tuvo más remedio que admitir.

-La tiré.

Su hija no contestó. Ni siquiera se inmutó por unos segundos. Lo primero que hizo fue soltar a su padre. Después, sacó su móvil y empezó a teclear.

-¿Qué haces?

-Llamar a un taxi. Me lo tendrá que decir en persona. -Él fue a protestar, pero ella le cortó extendiendo frente a él su dedo índice, y comenzó a darle, al hombre que le atendió, su dirección.- Gracias, le espero ya.

En cuanto colgó, su padre volvió a intentar convencerla.

-Cariño, ese hombre sólo usa a las mujeres para acostarse con ellas. ¡No quiero que te utilice a ti!

-¡Papá, Leonardo nunca ha utilizado a nadie! Si tan bien informado estás sobre él, deberías saber que la mayor queja que tenían de él las que le dejaban era que no quería nada serio con ellas. ¿Te parece que eso es estar engañadas? ¡Y lo peor de todo, es que tú no eres el único culpable! Si yo no hubiera pensado en parte como tú, habría advertido enseguida que una persona, que trabaja en un despacho leyendo y redactando, no comete el fallo de comenzar con una minúscula ni queriendo. me hubiese parecido sospechosa la tontería de que se parara a recortar un pequeño trozo de papel en blanco en vez de arrancar una hoja por poco que fuera lo que me quisiera poner, ¡y no habría tardado hasta hoy en darme cuenta de que él jamás me haría esto!

La furia de su mirada al fin había desaparecido, pero su padre no pudo alegrarse por ello cuando, en su lugar, fue la tristeza lo que la tiñó. Se oyó un claxon y Bella se repuso para ir hacia la puerta.

-Hija. -Ella se lo pensó, pero cedió a escucharle una última cosa antes de salir y se volvió para mirarle.- Llámame en cuanto puedas para saber que estás bien.

Una vez dentro del coche, pensó en cómo lo iba a hacer. Se maldijo por haber borrado el contacto de Leonardo y no poder avisarle de que iba para que estuviese disponible. Recitó todas las palabrotas que conocía sin importarte lo que pudiera pensar el taxista sobre su estado mental. Suerte que él estaba acostumbrado a oír y ver cosas mucho peores. Eso a ella, le ayudó a calmarse y pensar. Recordó que tenía los contactos de más gente del hotel. Sus manos volaron a hacer la llamada.

-¿Bella?

El escolta, junto con Pierre, que le miró al oír ese nombre, estaba custodiando la antesala privada del salón de música. Este estaba repleto de invitados y periodistas que aguardaban ansiosos la reaparición de Leonardo Rey a los medios. Su jefe estaba al otro lado de la puerta, preparándose.

-¡Armand! ¿Estás con Leonardo? ¡Ponme con él!

-¿Qué? ¿Por qué?

-Por favor, tú pásame con él.

-Bella, no es buen momento, se está preparando para la recepción del aniversario.

-Per.. vale, vale, está bien. -La chica habló más para sí misma que para su antiguo compañero, recordándose además mentalmente que tampoco había prisa.- Estoy yendo de camino, esperaré a que hable lo que tenga que hablar y tenga un momento para escaparse, tú sólo avísale.

-¿No estabas enfadada con él?

-¡No! Bueno, sí, pero... No leí lo que me dejó escrito.

-¿Cómo que no?

Bella procedió a contarle, atropelladamente, todo lo que había pasado con su padre, tan absorta en intentar explicarse rápido y no pudiendo evitar desahogarse contándole la discusión, que se perdió las miradas curiosas que el taxista le dedicaba a través del retrovisor cuando podía.

-Así que tengo que saber la verdad

-Bella, siento decirte esto, pero creo que tu padre estuvo en lo cierto con respecto a que no te gustaría lo que te decía.

-¿Qué era lo que decía?

El taxista agradeció la distracción que le concedía su semáforo en rojo para prestar más atención a la ajena conversación.

-No lo sé, pero al Rey no le extrañaba que no quisieras volver a tener contacto con él.

-Bueno, pues quiero comprobarlo por mí misma.

-¿Crees que te hará bien revolver este asunto? Bella, eres libre. Tú...

-¡¿Queréis dejar de decidir todos por mí?! Si está tan claro lo que significaba esa nota me servirá para zanjar el tema. Armand, por favor.

Pierre había conseguido entender, por lo que le había llegado de la conversación, todo lo que había pasado, y mientras él y su amigo se miraban fijamente, como si tuvieran una discusión telepática, supo lo que iba a hacer.

-Tiene que ser ahora.

-¿El qué?

-Si quieres hablar con él tiene que ser ahora, por teléfono. Está a punto de salir a hablarle a la prensa. Si hay una mínima oportunidad de que esto resulte bien, tenéis que hacerlo antes de que salga.

-Vale. -Se apartó el teléfono para dirigirse al chófer.- ¿Señor, le importaría parar un momento?

-Enseguida...

Armand no se detuvo a pensar en la reacción de su jefe ni ninguna otra consecuencia, se abalanzó a la puerta para irrumpir en la sala. Pero no se abrió. Estaba cerrada por dentro.

-¡Jefe! ¡Jefe!

Le llamó con golpes en la puerta.

-Ahora saldré, Armand.

-¡No, tiene que abrirme! ¡Está Bella al teléfono!

Soltó el pomo para que el otro pudiera abrir desde el otro lado. Pero tras unos segundos, este sólo dijo.

-No voy a hablar con ella.

El escolta creyó poder matarlo con sus propias manos en ese momento de tenerlo delante. Iban a dar igual sus dos metros de altura y de espalda. Lo asesinaría.

-¡No es momento ahora de que se ponga difícil! ¡Abra de una... !

-¡No voy a abrir! ¡Olvidalo!

No podía ser. No quería creerse lo convencido que le sonaba. Que no aprovechara la oportunidad, que...

-Aparta.

Casi se asustó cuando Pierre se puso delante de él porque hasta se había olvidado de su presencia. Pero sí se llegó a sorprender, y mucho, cuando vio a este meter una llave en la cerradura y abrir la puerta.

-¡¿Qué estáis haciendo?!

Gritó el dueño del hotel, poniéndose en pie frente a la mesa.

-Ahora vuelvo.

Ajena a lo que pasaba al otro lado de la linea, Bella se dirigió al taxista ahora que habían conseguido aparcar a un lado de la carretera para bajarse y poder hablar con más privacidad, pero este le respondió.

-No, tranquila, muchacha. Salgo yo a fumarme un cigarro. Avisame cuando termines. -Abrió su puerta para salir, pero se detuvo de pronto y pausó el taxímetro. Se giró hacia la chica, le sonrió y le dijo antes de guiñarle un ojo.- Tomatelo con calma.

Ella le sonrió agradecida y sintió tanta ternura que ignoró el bochorno por todo lo que aquél desconocido había escuchado.

-¿Bella?

Oyó la voz de Pierre.

-¿Sí?

-Aquí tienes al señor Rey.

El mentado miraba a su empleado ojiplático, no sólo por su osado acto de rebeldía, entrando allí y dejando el teléfono con el altavoz encima de la mesa, sino porque le aguantó la mirada con un ceño fruncido, la cabeza en alto y sacando pecho. Incluso Armand, unos pasos tras él, estaba con la boca abierta. El asistente dio media vuelta y salió de allí, seguido rápidamente por su compañero, quien exclamó nada más cerrar la puerta.

-¡Ole tus huevos, Pierre!

-Aunque lo de Bella no resultara la solución, la pondremos nosotros. No seguiré tratando al rey como a una Bestia.

Leonardo sabía que tenía que hablar. No podía colgar a su querida desempleada. Estaba atrapado. Cogió el móvil, quitó el manos libres, y se lo llevó al oído.

-Hola.

Bella casi no se creyó estar volviendo a oír esa voz. Había llegado a pensar que no volvería a hacerlo.

-Hola.

No había querido hablar con ella antes de salir a hablar con la prensa para no estar más afectado frente a ellos y correr más riesgos en estropear un buen discurso de despedida como dueño del hotel Rey, pero ahora que lo estaba haciendo, le preguntó lo que se moría por saber.

-¿Cómo estás?

La morena se pasó la mano libre por el pelo, luego la dejó caer sobre su muslo y comenzó a frotar la palma contra la tela vaquera, pensando cómo dar una respuesta precisa.

-Bien. Bueno... confusa... no sé. Estoy bien pero... -Si hubiese estado un mínimo pendiente de ver aquello por lo que pasaban sus ojos, se sabría por entero el interior del vehículo. Optó por decir lo que tenía claro.- Te echo de menos. -No escuchó nada al otro lado, pero tampoco quería esperar a hacerlo, le urgió añadir.- No leí toda la nota.

-¿Qué?

No quería que se enfadara, así que mintió un poco para que su padre pareciera tener más excusa.

-Mi padre quería que volviera a casa y cuando me desperté me dio sólo una parte, como si no hubiera nada más, el trozo en el que decías que me liberabas de la deuda. Creí que te habías querido deshacer de mí y no me he dado cuenta hasta hoy de que...

-¿Sólo leíste eso?

La interrumpió, casi en susurros.

-Sí...

Le oyó suspirar.

-Si te dejé una nota fue porque quería que tuvieras claro cuanto antes que todo lo que me dijiste pensar de ti era algo completamente equivocado. ¿Y me estás diciendo que eso no te llegó?

Su irritación se mostró evidente en las últimas palabras. Pero Bella todo lo que quería era averiguar de una vez el contenido de aquella maldita carta. Por lo que le decía, tenía que ver con lo que ella le había dicho sobre sí misma cuando discutieron. ¿Él le había escrito que sí podía gustarle a alguien por algo más que el físico porque a él lo hacía?

-¿Qué quieres decir?

Necesitaba oírlo.

-Me siento horrible por haberte hecho creer algo así, que no veas todas tus virtudes. Eso sí quería que lo hubieras leído. No como el resto. Era tan malo que no me extrañaba que hubieras decidido ignorarme porque me di cuenta de que lo que te había escrito desde el corazón resultaba la evidencia de que no soy capaz de algo profundo.

Ahora fue Bella la que resopló. Se llevó el pulgar y el índice a las cejas y se las frotó, como si eso la armara de paciencia.

-¿Leonardo, me quieres decir de una vez... -El masaje no sirvió de nada y perdió los nervios para acabar exclamando.-¡Qué cojones escribiste en esa puta hoja!?

Leonardo no podía resumirle todo lo que le había puesto, pero afortunadamente para el ansia de saber de la joven, la había repasado lo bastante antes de dejársela, y después de ello al estar a solas, como para sabérsela de cabo a rabo. Así que se sentó y recitó de memoria.

-Bella, no me urgía hablar contigo para convencerte de que dejes de estar enfadada conmigo, eso me lo merezco, pero lo que no soporto pensar es que creas que sólo eres Bella, como si significara tan poco ese nombre en ti. Es verdad que es increíble lo preciosa que eres, pero lo es más lo poco que llega a importar.

Siento haberte hecho creer una cosa así por cómo te traté anoche. No fue porque no me despiertes afecto, sino porque yo no me preocupé en demostrártelo. Pequé de ansioso. Y es cierto que no puedo evitar verte bella. Hasta medio dormida, como cuando te vi antes. ¿Sabes lo difícil que es para cualquiera resultar guapa con la cara de sueño que tenías algunas mañanas? Pero luces tan despreocupada y natural, como si no necesitaras despejarte para controlar lo que dices o lo que haces. Tu cabello estando enmarañado tiene más encanto que ningún otro que haya visto en recogidos elaborados. Tus ojos tenían ese verde, tan llamativo, escondido por tus párpados caídos por el sueño, como los pones cuando no te crees algo o me miras de soslayo, y aún así están preciosos. Y aunque el grosor y dibujo de tus labios se diluya cuando sonríes, me parecen más hermosos entonces. Muchas mujeres tienen un rostro como esculpido pero, yo no he visto en nadie unas mejillas como las tuyas cuando te ríes a mandíbula abierta. Siento insistir tanto en eso, pero es que, a pesar de que para ti signifique otra cosa, cuando te veo o te recuerdo, todo lo que veo es eso, y lo primero que pienso es: Bella.

No quiero que sigas estando conmigo por obligación. Sólo quiero que vuelvas si me echas de menos. Por eso, aunque desearía que te quedaras aquí, te libero de tus obligaciones conmigo. Mañana vendrán a recogerte para que vayas a por tus cosas. No te voy a dejar tirada sin empleo, pero ya no trabajarás para mí ni me deberás nada.

No vas a tener que agradecérmelo de ninguna manera, ni te vas a sentir culpable o en deuda conmigo, porque lo voy a hacer porque yo quiero.

Por favor, avisame mañana por teléfono de que has leído la nota.

Leo.

Sin esperar oír una respuesta rápida ante todo aquél monólogo, Leonardo se echó hacia delante para apoyarse con los codos en la mesa, encorvándose, y se llevó la mano libre a su frente.

-No me di cuenta en ese momento, te lo juro. Pero en cuanto me mandaste ese mensaje y repasé una vez más la nota en mi cabeza, vi lo superficial que soy.

-¡¿Señor?!

Oyó a su asistente llamarle.

-Tengo que colgar, lo siento por todo. Sé feliz.

Colgó antes de oír la voz de la chica furiosa contra él. Prefería no recordarla así. Se levantó y salió del despacho.

-Asunto zanjado.

Se limitó a decir para informar a sus dos empleados que esperaban en la puerta para saber qué había pasado, ni siquiera molestándose en detenerse o mirarles a la cara. Siguió directo a las escaleras que daban a la plataforma donde se enfrentaría al resto del mundo.

-Pero... ¡¿Está pasando?!

Exclamó Pierre.

-Sí, está pasando.

Le confirmó Armand sin verdadera necesidad. Y Leonardo llegó arriba, desde donde contempló a todos los miembros de la prensa invitados.

-Buenas noches. -Empezó a hablar, ignorando las expresiones de asombro y los flashes que le anunciaban de las instantáneas que se revelarían a todos los que tuvieran una tele o internet.- Sé que tendréis muchas preguntas. Pero antes que nada, ya que he vuelto para el aniversario del hotel Rey, quería que estuvieran todos los propietarios presentes. Así que, aquí tenéis a mis padres.

Se hizo a un lado bajando algunos de los escalones para dar toda la visibilidad de una enorme pantalla que había mandado colocar tras él, y en ella comenzó a reproducirse el video que le regaló Bella. Dándoles la espalda a sus invitados, disfrutó el también de la proyección. Era el mejor gesto que habían tenido con él en su vida. ¡Bella era tan maravillosa! ¡Y la había añorado tanto... !Había sido delicioso volver a saber de ella, de oír su voz, de oírla decir que lo echaba de menos, de oírla maldecir. Y él, cuando tuvo la oportunidad, sólo le había dicho en la carta que era hermosa. ¡Con todo lo que le hacía sentir sin necesitar verle la cara! ¡La quería! Se le cortó la respiración. ¿Qué acababa de pensar? Que la quería. Claro que la quería. Lo sentía. Lo sabía. ¡¿Qué estaba haciendo?! Y acababa de cagarla del todo. Bajó corriendo las escaleras y salió por la puerta sin que los periodistas le vieran. Los de seguridad que vigilaban la entrada se miraron entre ellos sin entender nada.

Leonardo bajaba por el ascensor con el casco puesto en la cabeza. La entrada estaba llena de periodistas que esperaban para entrevistas a los famosos que entraban y salían. Así que decidió ocultar su monstruosidad para no espantarlos. Atravesó recepción como si no llevara cinco años teniendo enormes problemas para poder hacer eso. Pero tenía que salir y pedirle a su chófer que le llevara a casa de Bella. Se sentía demasiado nervioso para conducir. Tenía que pensar cómo arreglar todo su estropicio al sólo decirle que era Bella.

Se alegró cuando los periodistas,al tomarle por cualquier otro, le ignoraron cuando atravesó la puerta. Los porteros le dejaron salir sin más sin saber que era quien les pagaba la nómina. Los dejó atrás y vio uno de sus coches con el chófer dentro. Iría a buscar a Bella y montaría un enore gesto romántico digno de hollywood. Él tenía tanta pasta como los de las películas, ¡Podría hacerlo! Pero, tanto sus acelerados pensamientos que desesperaban por un plan como su paso, se detuvieron. No hubiera reparado en ese taxi parando cerca del coche al que se dirigía, pero de él salió Bella. Esta no le había visto a él, se despidió con la mano del conductor que le había dejado allí.

-¡Suerte Bella!

Se oyó a este mientras se alejaba.

-¡Gracias Daniel!

La chica se giró para echar a correr hacia el hotel, pero se detuvo en cuanto reconoció al hombre con traje frente a ella aunque su rostro estuviera cubierto por un casco. Y sonrió. Leonardo, sin entender nada, se acercó más, hasta que estuvo como a un metro de ella.

-¿Tienes idea de por qué dejé que todos me llamaran Bella?

Fue lo primero que le dijo. Y él, en su cabeza, exclamó un ¡¿Qué?! Pero esperó que con contestar, ella le aclararía a qué venía eso.

-Es el apodo que te puso tu madre.

-Cuando la hacía sonreír por lo que fuera, ella me miraba con tanta adoración que la palabra bella escapaba desde su corazón a través de sus labios. -Su sonrisa se mantuvo aunque sus ojos se encharcaran. Parpadeó para aclarar la vista y aprovechó la excusa de secarse las mejillas con la mano para no mirarle directamente por la vergüenza que le daba admitir lo siguiente.- Esperaba, inconscientemente, sentir ese cariño cuando los demás me llamaran así. -Se armó de valor para mantener sus ojos en él al finalizar.- Pero nadie lo había pronunciado como ella... hasta hoy.

¿Bella había entendido que realmente la quería? ¿Significaba eso que le veía capaz de tener ese tipo de sentimientos? ¿Le veía como un ser humano por fin? Sabía cómo iba a saberlo. Se llevó las manos al casco, y por primera vez en cinco años, salvo la vez que bajó a echar a Bruno, tuvo su rostro al descubierto en plena calle. Estudió su reacción. Había esperado verla sorprenderse. Pero, aunque su impasibilidad significaba que la maldición no se había roto... a él le dio igual. Porque ella seguía sonriéndole. Como si se hubieran puesto de acuerdo, ambos dieron otro paso. Leonardo miró su sonrisa y cuando alzó los ojos, pilló los de ella volviendo de fijarse en la suya propia. El signo fue bastante claro para él y se inclinó, pero lo debía haber sido para ella también, porque se había aproximado al mismo tiempo y se encontraron a mitad de la distancia besándose y rodeándose con los brazos. Bella dejó los suyos alrededor del cuello de Leonardo y él la mantenía contra su cuerpo por la cintura. Quizás fue porque parecía que hubiese pasado una eternidad desde el último beso, pero a la chica este le pareció muy diferente. Y a lo mejor fue por lo mismo que le resultó tan bueno. Pero acabó por apartarse para miralo otra vez. Con sólo esos centímetros entre sus rostros, Leonardo podía ver claramente como la morena pasaba sus verdes ojos por lo que parecía ser cada milímetro insignificante de su cara. Y entonces le dijo, casi echándose a reír.

-¡Qué guapo que eres!

Él no se lo podía creer. ¿Le estaba viendo cambiado? ¿Y no le parecía raro? ¿O... ? Bueno, daba igual. La volvió a besar.

-¡Vamos!

Le dijo alegre al despegar sus labios. La soltó, le cogió de una mano y se giró para volver al hotel, pero se dio cuenta enesguida de la mirada de aquella periodista sobre él.

-¿Ese no es Leonardo Rey?

La oyó decir. Volvió a hacer un giro de ciento ochenta grados y sin que Bella hubiese esperado nada de eso, le colocó suave, pero rápidamente, el casco en la cabeza justo antes de que llegara a captar su rostro ninguna de las cámaras de los reporteros, que habían reaccionado con los reflejos de deportistas profesionales para grabar al famoso millonario y su nueva conquista.

Leonardo le volvió a coger de la mano y se fue hacia la puerta, aguantando elegantemente la postura, como si no hubiese pasado nada, ante los preguntas y los reclamos a su nombre de quienes les rodeaban.

-¡Rey! ¿Quién es su acompañante?

-Una prima mía del pueblo.

Contestó, sin nisiquiera apartar la vista al frente, llegando a la puerta por la que sus empleados al cargo no dejarían pasar a los periodistas sin invitación. Bella no puso evitar reírse.


Por supuesto, el video había acabado hacía rato. Pero no se volvió a ver sobre el escenario al anfitrión, así que habían anunciado que volvería luego y que disfrutaran de la fiesta. Pero nadie estaba pasándoselo tan bien como Armand, que esparcía el chorro de espuma que escapa a presión de la botella de champan recién abierta, y como Pierre, Alice, Cotillard y Albert, que no hacían más que saltar y chillar con los brazos extendidos hacia el cielo. El jefe de seguridad empezó a llenar las copas de sus compañeros cuando se acercó su segundo al mando.

-Jefe, el...

-¡Esta noche te encargas tú!

Le cortó de inmediato, con tanta vehemencia, que aunque se lo gritó con una sonrisa, dudó menos en obedecerle sin rechistar que si se lo hubiese dicho enfadado. Y se fue tal y como había venido.

-¡Y tú deja eso también!

Fue ahora turno de darle una orden al asistente cuando, al llenar la copa que sujetaba en una mano, vio que en la otra tenía el móvil al que no quitaba ojo.

-Estoy deacuero con haberles dejado ir a su despacho para que hablaran. -Empezaba a explicarse Pierre. Habían visto por los monitores de seguridad a la nueva pareja entrar en el hotel y dirigirse la aposentos privados del dueño.- Pero le he puesto varios mensajes diciendole que ya tiene que volver, sigue teniendo un contrato firmado con la prensa para... -Se calló al oir la notificación del teléfono. Suspiró y leyó en voz alta para que oyeran sus compañeros la respuesta recibida por su jefe.- Y un huevo.

Cotillard se carcajeó.

-¡Normal!

Pero el chef se llevó la mano libre al rostro y empezó a sollozar.

-¡Albert! ¿Qué te pasa?

-¡Es que me alegro tanto!

-Pero que tiene un compromiso, le pueden demandar.

Seguía Pierre creyendo en la necesidad de que alguien recordara el mundo adulto.

-El acuerdo era que se mostrara ante la prensa. -Razonó Alice.- Pues ya lo ha hecho.


Leonardo, boca arriba y con la cabeza ladeada hacia la chica, contemplaba el apacible rostro dormido de Bella, reposado sobre el almohadón de su cama y encarandole, a sólo dos palmos de distancia. Ella se había dormido girada hacía él y había dejado un brazo sobre su torso, como aquél día en el lago cuando no estaba consciente del todo. Debía ser un impulso instintivo cuando dormía, abrazarse a lo que tuviera al lado. Bueno, él no tenía problemas con convertirse en su nueva almohada. La maldición se había roto. Llevaba cinco años deseando eso. Esperando el momento para volver a mirarse en el espejo que le mostró por primera vez su horrenda imagen y verse de nuevo a sí mismo. Lo tenía a unos metros, en el baño interior de su dormitorio. Sólo tenía que apartar a Bella sin despertarla ir hasta allí y retirar la tela que lo llevaba cubriendo tanto tiempo. Pero no quería correr el pequeño riesgo de perturbar su sueño. Y entonces se percató, de que si le detenía esa tontería, era porque realmente le daba igual. Ella le veía guapo. Era cuanto necesitaba.

Entornó su cuerpo hacia ella para rodearla y apretarla contra sí, tanto, que la despertó. Pero Bella sonrió sin abrir los ojos. Leonardo apoyó su frente contra la de ella y exhaló.

-¡Qué Bella!

Ella, aunque seguía sonriendo, arrugó el gesto por lo fuerte que le apretaba y exclamó.

-¡Qué Bestia!


-Alex, tienes que controlarte un poco, le vas a asustar.

Le decía Noelia a su amigo.

-Es que de eso se trata. -Replicó él.- Tiene que ver que Bella tiene amigos, que no está sola, y que no se va a poder pasar con ella.

-No, si no es que crea que le vayas a intimidar de esa forma...

La rubia estaba viendo a su compañero como a un adolescente en la cola del concierto de su cantante favorito. Miraba entre la multitud esperando ver al gran Leonardo Rey en cualquier momento.

-¡Patata!

Ambos sonrieron por oír a su amiga, no porque tuvieran que posar para la foto que les tomó en cuanto miraron hacia ella con una fragante y nueva cámara.

-¡Bella! ¡Esto es genial!

Le dio un abrazo Noelia.

-Me alegra que os lo estéis pasando bien.

Replicó la morena, abrazando ahora al chico.

-Bueno, es una fiesta en un hotel. Trabajamos en discotecas...

Intentaba él hacerse el indiferente.

-Vale, pues no te interesará ver las fotos que le he hecho a los famosos que he visto.

-¡¿A quién?!

Las chicas se rieron cuando Alex fue traicionado por su excitación.

-A ver si con este ya dejas de cambiar de curro por un tiempo, que es el tercero en pocos meses.

Bromeó Noelia.

-No te preocupes, la empresa está contenta con ella.

La rubia casi pegó un brinco cuando oyó esa musculina voz tras ella, y Leonardo pasó por su lado para detenerse entre ella y la amiga, a quien saludó con más propiedad.

-Hola.

Noelia estaba por decirles que, por mucho que evitaran los besos y demas gestos demasiado cercanos en público porque Bella quería seguir en el anonimato y constar sólo como la fotografa del hotel, si se miraban así, con esos ojitos y esas estúpidas sonrisas fijas, no iba servir de nada que se cortaran con lo demás.

-Encantado de conocerle, señor Rey.

Le tendió la mano Alex, con una amplia sonrisa.

-Puedes llamarme Leonardo.

Se la estrechó el dueño del hotel. Y cuando se la soltó, el otro no pudo más que emitir una risita nerviosa.

-Dios santo... -Suspiró Noelia, a su lado. Luego se animó ella a hablar.- Alex es un gran admirador de tus logros empresariales. Yo soy Noelia.

Y se dieron dos besos. Siguió fluyendo la conversación, pero entonces, Leonardo fue capaz de distinguir, al lado de la barra a unos metros de allí, la elegante figura de su madrina, quien le clavaba la mirada con una sonrisa.

-Lo siento, pero tengo que irme. Espero que sigáis disfrutando.

Se despidió, dedicándole la última mirada a Bella. Y se alejó de ellos.

-¡Qué majo es!

Exclamó Alex, a lo que ellas rieron.

-¿Y tu padre entonces ya está más concienciado?

Preguntó Noelia.

-Bueno... ya se había hecho a Leo tras comer juntos un par de veces. El problema es que ahora nos hace vigilar a mis hermanas porque dice que en estas fiestas del hotel hay mucho empresario sin escrúpulos suelto capaz de aprovecharse de dos jovencitas. A Armand lo tiene loco.

-¡Tía!

La mujer mantuvo su compostura a pesar del vigor con el que veía llegar a Rey.

-Hola, Leonardo. Espero que estés tan contento con tu situación actual que ya no estés enfada... ¡Aaah!

La delgada mujer soltó un grito de sorpresa cuando se vio alzada por los aires. Leonardo, rápidamente, le había agarrado alrededor de los muslos y se había vuelto a poner en pie sin soltarla.

-¡Cuánto te he echado de menos!

Exclamó el hombre, dando vueltas. Ella se rió, con las manos apoyadas en los hombros de él para mantenerse erguida. Al fin decidió detenerse y la dejó en el suelo. Sin despegar las manos de su ahijado, le contestó.

-Y yo a ti, cariño.

Se siguieron mirando sonriendose con ternura, hasta que la secreta hechicera apartó la vista a un lado. Él siguió su dirección y vio que Bella, no muy lejos, les apuntaba con una cámara con la que les acababa de sacar una foto. Bajó el aparato, descubriendo su rostro.

-Ven, que te la presento.

Sin esperar respuesta, Leonardo cogió delicadamente del brazo a la que era como su tía y fue hasta la morena.

-Bella, esta era la mejor amiga de mis padres y mi madrina.

La presentó, alegre, en cuanto estuvieron enfrente.

-¡Es un placer!

Dijo ella, sinceramente. Esa preciosa mujer rubia, se acercó más a ella y le dio un abrazo, al que le correspondió. Se apartaron y le aseguró clavandole sus azules ojos.

-No sabes cuánto me alegro de conocerte.

Bella se azoró y no pudo ni replicar.

-En fin, niños, os dejo un momento. Voy a pedirme una copa.

Y tras guiñarle un ojo al que consideraba sobrino, se dio la vuelta de nuevo hacia la barra.

-¡Parece muy buena mujer!

Se admiró Bella.

-¿Me enseñas la foto?

Pidió él, posicionándose a su lado para que pudiera hacerlo. La chica exploró por el menú de la máquina y le mostró la instantánea en la que él y su tía se miraban con amor.

-¡Qué buena eres!

Ella se rió ante su eufórica exclamación. ¡Era tan desinhibido para mostrar sus emociones!

-¡Te quiero!

Ni siquiera se dio cuenta de lo que había dicho de inmediato, ni aun habiéndose oído a sí misma. Se percató por la cara que puso él. Y antes de que pudiera pararse a pensar en ello, Leo la estaba besando. Y fue un buen beso. Ya podía ser bueno, porque se les había olvidado que existía más raza humana, y cuando se apartaron, ya había varias cámaras de video y móviles enfocando hacia ellos. Ante esto, Bella exclamó, con tanto énfasis que cualquiera le hubiese sabido leer lo labios.

-¡No me jo...!

FIN