* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.

Capítulo 22

Hermanos

Hyakkimaru, tú siempre has sido la persona a quien más he admirado. De vez en cuando me llegan los recuerdos de nuestra niñez. Muchas veces yo hacía travesuras y tú te echabas la culpa para que nuestro terrible padre no me regañara o lastimara. Siempre me defendiste de bravucones en la primaria y compartías conmigo tus juguetes o discos de música sin pensarlo. A pesar de esto, hubo algo que nunca fuiste capaz de compartir conmigo, me lo arrebataste guardándolo recelosamente solo para ti, y eso fue el corazón de Dororo.


— ¡No, esto no puede ser! —Grité con desesperación mientras vaciaba mi mochila y dejaba que todo cayera al suelo—¡No las encuentro por ningún lado!

Presa del pánico ignoré mi mochila lanzándola a un lado para comenzar a esculcar entre mis ropas. Hyakkimaru ya estaba más que acostumbrado a mis agudos gritos, por esta razón optó por ignorarlos y sentarse tranquilamente en el suelo para comenzar a guardar todas las cosas en mi mochila de nuevo.

— Es imposible, tampoco están aquí. —Le dije mientras bajaba la vista hacia él—. Perdí mis llaves del departamento.

— ¿Crees que se te cayeron? —Preguntó al tiempo que miraba con interés mi lapicero con forma de conejo.

— Es probable que se cayeran mientras huía.

Me fue imposible no volver a verme afectada por la tristeza al darme cuenta de todo lo que me seguía pasando por culpa de esos tres imbéciles. Apreté mi mandíbula y desvié la vista reprimiendo mis lágrimas. Sabía que verme llorar preocuparía a Hyakkimaru, como no deseaba hacerlo me obligué a mí misma a reprimir mis sentimientos.

Hyakkimaru se levantó al tiempo que dejaba escapar un pesado suspiro, ya habiendo guardado todas mis cosas en mi mochila le sacudió un poco el polvo que tenía y me dijo con serenidad:

— No te preocupes, no es tu culpa. Voy a escribirle un mensaje a Mio para decirle que pasaremos a su trabajo para que pueda darte sus llaves…

— ¡No, no puedes hacer eso!

— ¿Por qué no?

— Mira como estoy, Mio nee no puede verme en este estado. —Agregué con indignación, auto examinándome—. No puedo mentirle diciendo que me caí o algo así, ella me conoce muy bien, se daría cuenta de inmediato de que le miento…

— Entonces dile la verdad.

— Tampoco puedo hacer eso. —Mis ojos humedecieron, comencé a jugar con mis manos para distraerme con algo—. Ella se preocuparía mucho por mí al saberlo, tanto que estoy segura que incluso querría salir del trabajo. No puedo hacerlo, no puedo molestarla de ese modo.

Permanecimos en silencio por unos segundos, de reojo pude ver como Hyakkimaru me observaba con preocupación y tristeza mezcladas. Se acercó a mí, y me respondió con suavidad mientras acariciaba mi cabeza con ternura:

— Tal vez no ahora, pero después estaría bien que le contaras lo que pasó. Ella es tu amada prima, se preocupa mucho por ti y te quiere, necesitas su apoyo también. No creo que debas dejarla al margen de esto.

Levanté mi vista con timidez, al encontrarse nuestras miradas me mostró una cariñosa sonrisa como para tratar de convencerme. Por un momento recordé aquella vez que no llegué al departamento hasta la mañana siguiente y lo mucho que se había preocupado. Hyakkimaru tenía razón, no podía cargar con todo el peso de esta horrible experiencia por mí misma, debía apoyarme en mis seres queridos o sería peor para mí.

— Está bien, lo haré. —Afirmé con una leve sonrisa.

— Buena decisión. Eres muy valiente y lista, pequeña Dororo.

Me felicitó con dulzura, ocasionado que la sonrisa en mi rostro creciera y mi corazón se derritiera de amor. Disfruté en silencio de sus cálidas caricias en mi cabeza cuando me preguntó con interés:

— ¿Y qué harás ahora sin poder entrar al departamento?

— Supongo que no me queda más que esperar hasta que Mio salga de trabajar. —Respondí con desgano.

— Pero Mio hoy sale hasta las siete…

— Entonces esta será una larga espera. —Añadí girando mis ojos con fastidio.

— No puedes quedarte así. —Me fue imposible no sonrojarme ni sentirme nerviosa al darme cuenta de que me examinaba de pies a cabeza—. Debes cambiarte esa ropa mojada o podrá darte un resfriado.

No supe que responder a eso por lo que me concentré en buscar una solución a mi problema. Hyakkimaru por su parte apoyó su pulgar en su barbilla y comenzó a murmurar con tono reflexivo:

— ¿Podría estar bien? … Sí, no creo que haya problema. "Él" estará en casa hasta la siguiente semana, por eso será seguro si vamos…

No pude comprender nada de lo que meditaba para sí mismo, tal como había pasado cuando apenas lo había conocido había mencionado a "él" ¿A quién se refería? No me fue posible seguir pensando en esto pues volvió a agacharse y levantar sus brazos, repitió el ademan para que subiera a su espalda.

— Vamos, Dororo.

— ¿Qué? ¿A dónde? —Pregunté consternada sin ser capaz de dar siquiera un paso.

— Vamos a mi casa para que esperes hasta que Mio salga de trabajar. Ahí podrás darte un baño caliente y cambiarte de ropa.

El joven guitarrista tenía en un principio un semblante tranquilo y dulce, el cual cambió irremediablemente en cuestión de segundos a uno confundido y extrañado en cuanto escuchó el potente ¿¡Qué!? salir de mis pulmones incluso más fuerte de lo que sonaban esas molestas alarmas de los coches.

— ¡N-n-no! ¡De ninguna manera puedo hacer eso! —Continué gritando como una histérica—¡No puedo ocasionarte tantas molestias!

— No es ninguna molestia, déjame ayudarte en esta ocasión. —Insistió con inocencia.

— Pero es que… simplemente no puedo.

— ¿Por qué? —No fui capaz de responder a eso, solo atiné bajar la vista y sonrojarme. Hyakkimaru captó esto como desagrado pues después añadió con una voz visiblemente herida—: ¿tanto te desagrada la idea de esperar en mi casa?

— "Es porque es tu casa que no puedo hacerlo".

Pensé cerrando los ojos y frunciendo los labios. Sacudí la cabeza de un lado a otro como para darme valor a mí misma. Hyakkimaru había malentendido las cosas, no podía permitir que se siguiera sintiendo mal al pensar equivocadamente que rechazaba sus intentos por ayudarme, no me iba a quedar más remedio que ceder.

Di una honda respiración para después acercarme a su espalda y darle a entender que aceptaba su ofrecimiento. Al hacerlo, mi corazón se agitó en mi pecho al ver como su rostro cambiaba para mostrarme una cálida sonrisa.

De nueva cuenta me sentí perderme en un sueño al aspirar su atractivo aroma al tiempo que disfrutaba en silencio de recostar mi cabeza en su espalda. Era una sensación tan cálida y reconfortarte que no me molestaba quedarme así por muchas horas más.

— Mi casa está a una media hora a pie, no tardaremos mucho. —Me dijo mientras comenzábamos a alejarnos del complejo de departamentos.

— E-está bien.

Respondí esforzándome por salir de mi ensoñación. El trayecto se vio invadido por un incómodo silencio ya que de un momento a otro comencé a sentirme muy confundida, experimenté una mezcla de emociones en mi corazón.

Sentí una terrible vergüenza de tener que darle tantas molestias a Hyakkimaru. Sentía enojo por tener que atravesar por todo eso cuando ni siquiera era mi culpa. El miedo regresaba al pensar en si Shirogane iba a intentar atacarme de nuevo en la escuela. La tristeza se abría paso también al hacerme recordar todo lo que había pasado, lo humillada que me había sentido.

Cuando menos me di cuenta comencé a llorar de nuevo, bajé mi cabeza y me sujeté con fuerza a sus hombros. Me esforcé porque no se diera cuenta, pero irremediablemente comencé a sollozar en voz baja. Por un breve momento solo se escucharon los firmes pasos de Hyakkimaru junto con mis bajos y acongojados lamentos. Esto fue así hasta que él me volvió a hablar con tranquilidad:

— Dororo… ¿te conté de lo que pasó la otra vez en la veterinaria de mamá? Como sabes, de vez en cuando me gusta ir a visitarla y verla trabajar. El fin de semana pasado un Golden Retriever que estaban bañando escapó de la ducha. El travieso perro se puso a correr por todo el recibidor, dejando a todos llenos de espuma y jabón, te hubieras reído mucho si lo hubieras visto.

Y así, en cuestión de segundos, Hyakkimaru hizo mi tristeza a un lado comenzando a contarme anécdotas graciosas o extrañas que pasaban de vez en cuando en la veterinaria de su madre. Mis lágrimas se mezclaban con mis risas, era algo confuso, pero aun así agradecí infinitamente sus intentos por distraerme y hacerme reír. Simplemente era una persona maravillosa, era imposible no amarlo. Hyakkimaru anunció de pronto que su casa estaba en la siguiente calle, sentí mi respiración acortarse a causa de los nervios.

— "Muy bien Dororo, tranquila… Todo está bien, solo irás a casa del chico que te gusta, si, nada del otro mundo… Actúa natural, y, sobre todo, no hagas ninguna tontería como robarte una camisa suya y dormirte abrazada a ella cada noche… Um, esa no es una mala idea… ¿¡Pero que tonterías pienso!?"

— Dororo, no te muevas tanto o podrás caerte.

Me pidió con preocupación pues inevitablemente había comenzado a mover mi cabeza de un lado a otro a causa de los nervios y mis extraños pensamientos. Me disculpé en voz baja, obligándome a tranquilizarme. Finalmente, Hyakkimaru detuvo su caminar justo enfrente de una enorme reja color negra, se volteó a verme un tanto contrariado y me dijo:

— Lo siento, pero… ¿puedes tocar ese intercomunicador de ahí?

Seguí su mirada y lo vi justo al lado de donde terminaba la reja. Claro, al tener sus manos ocupadas cargándome no podría hacerlo el mismo. Rápidamente lo obedecí, y miré sorprendida que era de esos modernos intercomunicadores que incluso mostraban el rostro de la persona que respondía. Lo toqué y pasados unos minutos vi a una mujer con el clásico traje de sirvienta responder y mirarnos con interés a través de la pantalla.

— He regresado. —Dijo Hyakkimaru con una voz fría y carente de emoción.

— Amo Hyakkimaru, que gusto que ya haya regresado a casa. —Le respondió la sirvienta haciéndole una profunda reverencia—. Pase por favor, enseguida le abro la puerta.

— "¿Amo Hyakkimaru?"

Pensé con asombro. Esto solo aumentó cuando vi lo que se encontraba al otro lado de la reja: una casa enorme, no, más bien una mansión. Cuando Hyakkimaru comenzó a avanzar me di cuenta que esa supuesta calle que faltaba para llegar a su casa en realidad era su casa misma, esa enorme mansión ocupaba toda una calle.

Miraba boquiabierta de un lado otro todo a mi alrededor, la entrada era muy ancha y estaba rodeada de enormes jardines con diversos árboles y hermosas flores. Justo en el centro de la entrada, antes de la puerta principal había una elegante fuente blanca al parecer de mármol.

La puerta principal era adornada por un arco que tenía unas hermosas enredaderas junto con otros tipos de flores variopintas.

La casa era de dos pisos, pero era obvio suponer lo larga que era pues desde afuera se podía ver que tenía muchas habitaciones. La fachada era una discreta, pero elegante mezcla de colores blancos con azul, adornado con muchas ventanas de vidrio transparentes.

Cuando los sirvientes veían a Hyakkimaru pasar lo saludaban inclinándose respetuosamente al tiempo que le decían amo. Yo no podía más que tener mi cabeza oculta completamente en su espalda de la vergüenza, la cual solo aumentó cuando escuché a unas sirvientas cuchichear entre ellas que yo era la primera mujer que Hyakkimaru traía a la mansión.


¿Había sido lo correcto traer a Dororo a mi casa? No pude dejar de hacerme esa pregunta desde que la cargué de nuevo en mi espalda y comenzamos a caminar rumbo a esta. No quería que ella conociera ese aspecto de mi vida que tanto odiaba. Ese mundo falso que mi padre tanto se empeñaba en mostrarles a todas las personas ajenas a su vida. Todo lo que lo rodeaba no era más que una máscara de sí mismo.

Claro, por fuera era una mansión lujosa, con hermosos jardines y sirvientes muy comprometidos con su trabajo, pero yo sabía que esa mansión por dentro era un infierno en vida. El imbécil de mi padre estaba fuera del país, sabía que volvería hasta la siguiente semana, por eso pensé que invitar a Dororo estaría bien.

¿Qué más podía hacer? No podía dejarla sola afuera del departamento después de lo que había pasado. Claro, esperar a Mio con ella afuera no me hubiera molestado de no haber sido porque estaba mojada y su cuerpo sucio y lastimado. No había quedado otro remedio que traerla a casa, aunque lo hubiera evitado de haberlo podido.

Una vez llegamos a la sala la bajé con cuidado, mi espalda se sintió tan vacía en cuanto había dejado ese menudo cuerpecito en el suelo de nuevo. Dororo mantenía la vista baja y sus redondas mejillas estaban sonrojadas, estaba por sugerirle que tomara un baño cuando se escuchó la voz de Taho al fondo:

— ¡Hermano, por fin estás aquí! Dime, ¿Cómo…? ¿¡Dororo!?

Abrió los ojos tan grandes como platos y se quedó boquiabierto, en serio era como si hubiera visto un fantasma. La mencionada levantó la vista y lo saludó tímidamente con la mano.

— P-pero ¿qué hace ella aquí? —Preguntó entre balbuceos llenos de confusión. Al examinar su aspecto pareció percatarse de que algo no estaba bien—Eh… ¿pasó algo malo?

Dororo apretó sus labios y desvió la vista con incomodidad. Apoyé mi mano en su hombro para tranquilizarla y le dije con suavidad:

— Le pediré a las sirvientas que preparen un baño caliente para ti ¿de acuerdo? Por ahora solo relájate y quédate ahí cuanto lo necesites. Tendremos algo listo para comer para cuando salgas.

— Si, muchas gracias.

Respondió tímidamente. Me partía el alma darme cuenta de que aún se sentía triste y herida por lo que acababa de pasar. Llamé a una sirvienta y le di instrucciones para que prepara todo para Dororo en el baño para huéspedes más grande.

— Asegúrate de poner sales aromatizantes y burbujas en la tina, por favor. Búscale algo de ropa para que se ponga y mientras que alguien más lave su uniforme escolar. Espérala afuera del baño hasta que termine y luego llévala al comedor. Muchas gracias.

Dororo fue conducida afuera de la sala, esta me volteó a ver con una mirada entre sorprendida y avergonzada. Le mostré la sonrisa más cariñosa que pude en un intento por tranquilizarla y darle a entender que todo estaba bien.

— Hermano…—Habló Taho detrás de mí, me miraba más asustado que confundido—¿te importaría decirme que pasa? ¿Dororo está bien?

La sonrisa en mi rostro desapareció y le regresé una triste mirada. Tras soltar un profundo suspiro le respondí con calma:

— Dororo atravesó por un problema difícil al salir de la escuela, por desgracia no es nada fácil de decir. Solo dale tiempo ¿de acuerdo? Si ella lo siente prudente te lo dirá, por ahora solo concentrarte en hacerla reír como siempre para distraerla y hacerla sentir mejor.

— De acuerdo.

Respondió no muy convencido dirigiendo su mirada por donde Dororo había desaparecido, se mostraba muy triste y desesperado tras verla en ese estado. Le di un cariñoso apretón a su hombro para después pedirle:

— Quédate aquí para que te vea al dirigirse al comedor, yo mientras tanto iré a darle instrucciones al cocinero para que prepare algo… De entrada, una crema de verduras, de plato fuerte tal vez un rico filete de res y de postre… creo que un postre con fresas estaría bien. Tengo antojo de fresas desde hace ya un rato.

— ¿Antojo de fresas? —Parpadeó Taho varias veces con confusión—Creí que a ti no te gustaban.

— No, pero a Dororo sí.

— ¡Ah sí! Tienes razón, entonces un postre de fresas le encantaría. Aunque, aun así, es muy raro que tú tengas antojo de fresas.

Sentí a mis mejillas sonrojar y me dirigí rápidamente a la cocina sin responderle. Claro que sabía porque tenía antojo de fresas, en tales circunstancias era vergonzoso de mi parte, pero no había podido evitarlo. Por más que lo había intentado, el recuerdo del lindo sostén con estampado de fresas de Dororo no desaparecía de mi cabeza por más que lo había intentado.

Tras hablar con el cocinero e ir a mi habitación para cambiarme de ropa me dirigí de nuevo a la sala, sin embargo, Dororo aún no terminaba de bañarse. Tahomaru seguía esperándola sentado en el sofá, este se veía extremadamente ansioso. Tenía los brazos cruzados y movía su rodilla rápidamente de arriba abajo en un tic nervioso. Su mirada iba y venía del pasillo donde estaba el baño a la alfombra color azul rey de la sala.

— ¿Qué pasa, Taho? —Le pregunté mientras me sentaba a su lado —¿Te sientes nervioso porque la linda Dororo está en nuestra casa?

— ¿¡Qué!? —Exclamó azorado. Rápidamente volteó a verme frunciendo sus gruesas cejas fingiendo desinterés—¡Claro que no! No estoy nervioso ni nada por el estilo, ¿pero qué tonterías dices, hermano? Solo me siento preocupado por Dororo, eso es todo.

Volteó el rostro intentando hacerse el rudo pero sus mejillas sonrojadas lo delataron. Sonreí tiernamente al verlo actuar de esa manera. Simplemente mi pobre hermano menor no sabía qué hacer, tal parecía que Dororo alteraba todo su mundo.

Por un breve momento cruzó por mi cabeza que ese era el momento adecuado para dejar que Taho se acercara más a ella, pero cuando pensaba en permitirlo algo me lo impedía, mi corazón me gritaba con desesperación que no lo hiciera, haciéndome sentir confuso y fuera de sí mismo.

— Amo Hyakkimaru, disculpe. —Escuché de pronto la voz de una sirvienta la cual me regresó de golpe a la realidad—. Buscamos en toda la casa, pero no encontramos ropa adecuada para su amiga.

— Claro, en esta casa no tenemos nada adecuado para jovencitas de su edad. —Interrumpió Tahomaru muy nervioso.

— Si me lo permite, sugiero enviar a alguna de mis compañeras a comprar ropa nueva para ella mientras termina de bañarse. —Volvió a hablar la sirvienta con amabilidad—. Si se va ahora mismo tardará a lo mucho unos quince minutos.

— Es una buena idea, hazlo por favor. —Le pedí con tono educado.

— ¿Qué debería comprarle?

— ¡Un hermoso vestido!

Ordenó Tahomaru, cerrando sus manos en puños con emoción. Al darse cuenta que había gritado en lugar de hablar normalmente volvió a sonrojarse. Me dirigió una mirada avergonzada a lo cual solo pude levantar una ceja con sospecha. Tahomaru continuó hablando con voz baja como para intentar justificarse:

— Creí que con eso estaría más cómoda.

— Solo cómprale algo con lo que esté cómoda, una blusa de franela y unos pantalones de mezclilla sencillos estarían bien. —Le seguí hablando a la sirvienta, aguantando la risa al ver como Taho bajaba la vista con semblante decepcionado—. Ya que ella es delgada, con una talla chica o mediana estaría bien.

— Una talla mediana es mejor—opinó Taho—, recuerda que a ella le gusta usar ropa holgada.

— Es cierto, entonces que sea en talla mediana. Háganlo lo más rápido que puedan por favor, cárguenlo a la tarjeta del Sr. Kagemitsu.

— En seguida, Amo Hyakkimaru.

La sirvienta hizo una ligera inclinación para salir rápidamente de la sala. Una vez nos quedamos a solas, Taho volvió a hablarme casi en susurros:

— ¿Estará bien cargar eso a la tarjeta de padre? ¿Qué pasará si nos descubre?

— Ese idiota no se dará cuenta, créeme. —Respondí resentido para después completar en mi mente—: "El hipócrita tiene tantas amantes que estoy seguro que ni siquiera recuerda que le regaló a quien".

Media hora después, cuando Dororo llegó a la sala caminando tímidamente nos quedamos boquiabiertos al verla. A final de cuentas resultó que las sirvientas habían malentendido todo y habían terminado por comprar un vestido a pesar de lo que habíamos dicho. Era un hermoso vestido de franela de manga larga, este era de color rojo con cuadros negros y le llegaba a mitad de las rodillas. Su hermoso cabello lo traía suelto, estaba un tanto desordenado pues aún estaba mojado, pero eso solo la hacía lucir mejor.

— Que linda…

Dijimos Taho y yo en una perfecta y extraña sincronía. Esa sencilla frase, que debía ser tomada a la ligera y como algo carente de importancia comenzó por marcar una rivalidad entre los dos. Al escucharme, mi hermano menor me dirigió una mirada de descontento, por mi parte yo le regresé una incómoda.

— ¡Basta, par de hermanos tontos! ¡No digan esas cosas tan vergonzosas!

Nos reclamó cerrando sus ojos y apretando sus dientes, sus redondas mejillas se tiñeron por completo de rojo, eso solo la hizo verse más linda todavía. Taho y yo sonreímos con ternura al verla, pero de nuevo todo cambió en cuestión de segundos. Al notar cada uno la sonrisa en el rostro del otro esto cambió para fruncir nuestros labios con molestia.

Dororo nos miró en silencio un tanto confundida al no escuchar nuestra respuesta. Aun sintiendo una desagradable pesadez en mi corazón decidí ignorar lo que había pasado e invité a Dororo a pasar al comedor.

Esas incomodas sensaciones solo aumentaron durante la comida. Si había algo con lo que no podía competir contra Taho era con su sentido del humor. Dororo no paraba de reír con cada nueva ocurrencia que salía de la boca de mi hermano menor, simplemente no podía seguir el ritmo de la conversación.

— ¡Oh, esto se ve delicioso! —Exclamó Dororo con un enorme brillo en sus ojos cuando los sirvientes dejaron en la mesa una rica tarta de fresas.

— Recordé lo mucho que te gustan las fresas—dijo Taho mirándola con cariño—, por eso le pedí al cocinero que la prepara especialmente para ti.

Al escuchar esto Dororo sonrió tímidamente y miró con dulzura el postre delante de ella, ver eso hizo mi sangre hervir.

— Yo fui el que le pedí eso al cocinero… ¿acaso ya lo olvidaste, Taho?

Apreté la mandíbula, entrecerrando mis ojos con desaprobación. Mi hermano menor simplemente mostró un semblante fastidiado, nos sostuvimos la mirada sin atrevernos a parpadear. La confundida jovencita que estaba justo en medio de los dos nos miraba a ambos sin comprender el ambiente tenso que se había sentido de pronto.

Las cosas solo se relajaron hasta que Dororo volvió a hablar con sus comentarios divertidos y amenos de siempre. Una vez terminamos de comer, Dororo se armó de valor y le contó a Taho lo que le había pasado. Conforme su historia avanzaba el semblante de mi hermano menor pasaba de asombro a uno de completa furia. Al Dororo terminar de hablar, ambos nos hicimos hacia atrás al ver como Taho se levantaba de su asiento tan rápido y tan lleno de rabia que incluso su vaso había caído, rompiéndose en el suelo.

— ¿¡Donde está!? —Gritó iracundo—¡Dime quien es ese hijo de perra para ir a darle su merecido ahora mismo!

Lo miré con pesar, pocas veces había visto a Taho tan furioso antes. Él ante todo siempre era una persona muy tranquila y paciente, por eso verlo reaccionar de esa manera era algo realmente irregular. Solo pudo calmarse cuando Dororo se cubrió la cara con sus manos y comenzó a llorar.

— Dororo…—Susurró Taho, mirándola con un inmenso dolor—. Lo siento, no quise asustarte.

— Está bien, por favor solo déjalo así. —Respondió la jovencita entre bajos sollozos. Cuando pareció calmarse destapó su rostro y comenzó a secarse lentamente sus lágrimas—. Ese chico es hijo de un hombre rico y muy influyente en nuestra ciudad, por eso es que temo que él pueda hacer algo si buscamos vengarnos de él. No hagas nada, solo olvídate de eso…

— Dororo, lo que le dije a ese malnacido no fue una mentira. —Me uní a la conversación hablando con determinación—. No pienso borrar el vídeo, esta es la mejor prueba que tenemos si es que ese idiota intenta hacer algo de nuevo. Lo tendré resguardado en una memoria externa por si es necesario en algún momento ¿de acuerdo?

Dororo me volteó a ver un tanto apenada, por mi parte me esforcé por hacer esos recuerdos que me hacían sentir furioso a un lado para sonreírle dulcemente en un intento por tranquilizarla. En cuanto vio mi sonrisa Dororo me agradeció con un bajo, pero conmovido gracias. Me perdí por unos segundos observando su hermosa sonrisa cuando Taho le volvió a hablar con suavidad:

— A pesar de todo, no podemos tomar las cosas a la ligera, Dororo. Creo que por unas cuantas semanas más estaría bien que no regresaras sola a tu departamento.

— Ah… si…—Afirmó bajando su vista con incomodidad—La verdad es que si me da algo de miedo regresar sola después de lo que pasó.

— ¡Bien, está decidido! —Exclamó Taho con alegría—En cuanto salga de la preparatoria me dirigiré a tu secundaria para acompañarte a tu casa.

— ¡No! —Levantó la vista—No es necesario que te tomes tantas molestias por mí, Tahomaru…

— No es ninguna molestia, nunca será molestia cuando se trate de ti, Dororo. Déjame ayudarte, por favor. No soportaría que algo malo te pasara de nuevo, no permitiré que nadie te lastime.

Taho le habló con un tono suplicante y desesperado para después tomar sus manos contra las suyas, atrapándolas en un cariñoso apretón. Dororo dirigió su vista de las manos de Taho a su rostro varias veces, sus mejillas mostraron un leve carmín. Así fue hasta que irremediablemente Dororo se concentró en los ojos de Taho, le sonrío dulcemente mientras le decía sumamente conmovida:

— Muchas gracias, Tahomaru. En verdad aprecio mucho tu ayuda.

Taho la miró emocionado, nunca antes lo había visto mirar a alguien así. Veía a Dororo de una manera tan especial y única que hacía a mi corazón sentirse pesado, la incomodidad se paseaba por todo mi estómago con una sensación ácida y desagradable. Observar como continuaban tomados de la mano me hizo apretar la mandíbula y desviar la vista pues me parecía doloroso, no soportaba ver eso.

Todas esas extrañas sensaciones nublaron mis pensamientos, lo único que sabía era que no deseaba continuar observando cómo se sujetaban las manos con cariño y no podían dejar de mirarse a los ojos. Fue por esto que me levanté rápidamente del comedor empujándolo al hacerlo, esto ocasionó que al moverse los dos más jóvenes reaccionaran y se soltaran al instante.

— Creo que sería buena idea enseñarle la sala de proyecciones a Dororo para seguir pasando el tiempo ¿qué opinas, Taho?

Forcé una sonrisa, aunque por desgracia no fui capaz de ocultar la molestia en mis ojos. Taho respondió intentando sonar amable, aun así, pude captar perfectamente el enfado en su voz:

— Sí, claro. Estoy seguro que a Dororo le gustará.


La sala de proyecciones era como tener un pequeño cine en casa. Ese había sido un regalo que madre nos había dado a Hyakkimaru y a mí cuando ambos nos graduamos de secundaria. Madre le suplicó a padre hasta el cansancio para que nos acondicionara una habitación con algunos sofás cómodos y un moderno proyector que daba a una gran pantalla sobre una pared blanca de la habitación. También habían comprado unas potentes bocinas para completar la experiencia. Por supuesto padre por sí solo no hubiera querido hacerlo por nosotros, pero ya que madre le insistió tanto terminó cediendo.

— ¡Wow! ¡Es asombroso! —Gritó Dororo impresionada, volteó de un lado a otro, observando cada rincón de la sala—¡Es como si tuvieran un cine en casa!

— Taho y yo venimos aquí de vez en cuando a ver películas, conciertos o a jugar videojuegos. —Le explicó mi hermano, apreciando interesado el asombrado rostro de la jovencita—¿Qué te gustaría ver ahora, pequeña Dororo?

— ¿Quieres que yo decida? —Preguntó tímidamente.

— Si, tú eres nuestra invitada de honor hoy. —Continuó Hyakkimaru con dulzura—Haremos lo que usted desee, señorita Akiyama.

El rostro de la jovencita se sonrojó y le regresó una mirada cariñosa a mi hermano mayor. Meditó las propuestas por varios segundos para después responder con alegría:

— Vamos a ver una película.

Terminamos viendo esa película de ciencia ficción que tanto le gustaba a Dororo: "El ataque de los alien zombies". Aunque yo también disfrutaba mucho de esa película, y por supuesto la compañía de Dororo era más que placentera para mí no podía dejar de sentirme confundido por el comportamiento de Hyakkimaru durante todo ese día.

Me pareció que de alguna u otra forma intentó alejarme de ella cada vez que había podido ¿por qué se había comportado de esa manera tan extraña? De cierta manera, todos esos momentos me hicieron recordar cuando éramos más pequeños y competíamos por la atención de madre o por jugar primero con un juguete. Ahora, a nuestros diecisiete años el motivo de nuestra atención era Dororo.

Me había esforzado por mostrarme lo más tranquilo frente a ella después de la terrible experiencia que había pasado, cosa que no fue nada fácil pues mi corazón se estrujaba de dolor al verla tan triste. Los deseos de ir a golpear al idiota que casi la había violado tampoco se alejaban de mi cabeza por más que lo intentaba. Había deseado acercarme a ella, brindarle mi cariño y hacerla sentir segura, pero mi hermano mayor no había dejado de interponerse, simplemente no podía entenderlo.

Sumido en estas reflexiones salí de mi sopor al darme cuenta de cómo Dororo se abrazaba a sí misma y temblaba levemente.

— ¿Qué te pasa, Dororo? —Le pregunté, acercándome a ella—¿Estás bien?

— Ah sí, es solo que de pronto me dio mucho frío. —Respondió despreocupadamente.

— Esta habitación debe estar con una temperatura más baja para poder mantener el proyector y la pantalla en buen estado. —Le expliqué tranquilamente.

— Y-ya entiendo.

No pudo evitar responderme con voz débil pues continuaba temblando. Hyakkimaru y yo estábamos usando una chamarra ligera por lo cual estábamos bien, pero Dororo solo contaba con ese vestido de franela que habían comprado para ella. A pesar de ser de manga larga este era delgado, por lo cual, era más que lógico que no la cubriera bien del frío.

Necesitaba recuperar algo de calor sino incluso corría el riesgo de pescar un resfriado, pero ¿qué podía hacer? Una idea llegó de pronto a mi cabeza, una idea que hizo a mi corazón comenzar a latir velozmente en mi pecho.

— "Es tu oportunidad, Tahomaru. —Pensé decidido acercándome a la hermosa jovencita a mi lado—. Es ahora o nunca, no puedes dejarte ganar".


— "Como me gustaría tener ropa más abrigadora ahora".

Pensé dándome cuenta que el frío que se sentía en la habitación era más del que podía soportar. Estaba a punto de armarme de valor para pedirle una chamarra prestada a Hyakkimaru cuando me paralicé al sentir como un calor desconocido envolvía mi cuerpo. Al voltear hacia mi derecha, abrí mis ojos sumamente sorprendida al darme cuenta que se trataba de Tahomaru, me había envuelto con sus brazos atrapándome en un cálido abrazo.

— T-T-Tahomaru…—Me las arreglé a duras penas para hablarle a causa de lo nervios—¿Qué haces?

— Pensé que, si te abrazaba, eso te ayudaría a quitarte el frío. —Respondió tranquilamente con una dulce sonrisa asomando en sus labios.

No fui capaz de protestar, alejarme o decir nada más. El abrazo de Tahomaru en verdad me transmitía sensaciones muy agradables y reconfortantes. Todo ese día me había sentido tan perdida, herida y asustada, esa sincera muestra de afecto le había brindado a mi corazón un poco más de la tranquilidad que tanto necesitaba.

Cerré mis ojos sintiendo como mi corazón comenzaba a latir velozmente, dejé que el calor que me brindaba el cariñoso abrazo de Tahomaru siguiera sanando a mi lastimado cuerpo. De pronto, el calor aumentó. Al sentir esto volteé en esta ocasión a mi izquierda y ahogué una exclamación de sorpresa al darme cuenta que Hyakkimaru me estaba abrazando también. El resultado era que ahora estaba en medio de los dos hermanos, uno me abrazaba del lado izquierdo y otro del derecho.

— ¿Qué estás haciendo… hermano? —Preguntó Tahomaru a su hermano mayor con la mandíbula apretada. Al mirarlo me sorprendió que este mostraba una mirada sumamente resentida.

— Creí que, si yo también abrazaba a Dororo, eso haría que se le quitara el frío más pronto. —Respondió Hyakkimaru con aire superior, le regresó una mirada indiferente a Tahomaru.

No podía comprender como había terminado envuelta en esa incómoda situación. Hace unos minutos estábamos viendo una película tranquilamente ¿Cómo es que ahora estaba envuelta en esos brazos protectores y cariñosos?

El dulce y agradable aroma que desprendía cada uno de los apuestos muchachos a mis costados nublaron tanto mis pensamientos que incluso me hicieron sentir mareada. Mi corazón latía tan rápido que hasta sentía complicado el respirar con normalidad, estaba tan nerviosa y confundida que simplemente no sabía cómo reaccionar.

Los hermanos Kagemitsu por su parte no aflojaban el abrazo que me daba cada uno ni siquiera un centímetro. Ya no sabía si lo que veía era la realidad o no a causa de lo confundida que me sentía, pero me pareció apreciar que los dos no dejaban de lanzarse miradas desafiantes y molestas.

— ¡Basta ya, quítense! —Reaccioné finalmente, alejando a cada uno con un codazo—Sin duda los dos son hermanos pues los dos son igual de tontos. —Continué sumamente enojada por haberme puesto en esa vergonzosa situación—. Solo traigan algo con lo que cubrirme y estaré bien, no es necesario que actúen de esta forma tan extra y fuera de lugar.

Al escucharme parpadearon varias veces llenos de confusión para después desviar la vista con gesto arrepentido. Hyakkimaru se cruzó de brazos y le dijo a Tahomaru con frialdad:

— Ya escuchaste Taho, ve a buscar una manta para Dororo.

Tahomaru volteó el rostro con gesto ofendido para después murmurar un "está bien" con una voz más que irritada.

— "¿Pero qué mierda acaba de pasar aquí?"

Pensé sumamente confundida mientras veía como Tahomaru salía de la habitación dando unos fuertes pisotones. Hyakkimaru por su parte se movió para después sentarse en una de las orillas del sofá, era como si quisiera estar lo más lejos posible de mí.


Tras ese enorme grito de enojo por parte de Dororo, Taho y yo entendimos de inmediato que habíamos llegado demasiado lejos. Fue por esta razón que no volvimos a acercarnos a ella en todo lo que restó del tiempo que siguió en nuestra casa.

Antes de que dieran las siete nos encaminamos al trabajo de Mio. Se mostró realmente asombrada cuando nos vio a los tres esperándola afuera de la tienda de ropa, de inmediato intuyó que algo no estaba nada bien. Se lanzó a abrazar a su preciada prima cuando terminó de contarle la espantosa experiencia por la que pasó.

Mi corazón enterneció al mirar como las dos se aferraban la una a la otra con un profundo cariño. Más que primas, podía estar seguro que ambas se adoraban como si de hermanas se tratara, solo podía pensar en lo mucho que amaba a las dos, lo mucho que deseaba que fueran felices.

Estando los cuatro juntos planeamos lo que haríamos de ahora en adelante para asegurar la protección de Dororo. Aunque Mio le insistió varias veces que lo mejor era contarle sobre lo sucedido al director de su escuela para que aplicara el castigo necesario, la testaruda jovencita siguió negándose hasta el cansancio, por esta razón los mayores nos vimos en la obligación de tomar cartas en el asunto para que ese terrible incidente no volviera a repetirse.

Lo convenido fue que como Taho había propuesto el acompañaría a Dororo al departamento todos los días al salir de clases, y siempre que no pudiera hacerlo por tener otros compromisos nos avisaría con tiempo para ser Mio o yo quien la acompañara. Lo importante era que no volviera a regresar sola de nuevo.

Acompañamos a ambas al departamento. Durante el camino de regreso a casa los dos permanecimos en silencio, no nos dirigíamos la palabra desde el incidente en la sala de proyecciones. Sabía que debía hablar, aclarar mi extraño comportamiento, pero… ¿Qué debía decirle? Ni yo mismo podía comprender por qué razón me había comportado de esa manera tan grosera con él durante todo ese día.

Me dirigí a mi habitación sintiendo una terrible incomodidad en mi corazón cuando Taho me detuvo al llamarme con una voz fuerte y seca:

— Hyakkimaru…

Contuve al aliento al escuchar que me había llamado por mi nombre. Eso no significaba nada bueno, Taho siempre me decía hermano, solo me llamaba por mi nombre cuando se sentía en verdad enojado conmigo. Haciendo memoria, la última vez que lo había hecho fue cuando teníamos unos diez u once años. Fue en cierta ocasión que había arrancado la cabeza de su figura de acción favorita en un berrinche por no haber recibido un juguete igual al suyo.

Me volví lentamente a verlo encontrándome con su mirada resentida y herida.

— ¿Qué pasa? —Pregunté fingiendo tranquilidad.

— Dime tú que demonios pasa contigo—Exclamó entrecerrando sus ojos con dolor—¿Por qué te comportaste de esa forma durante toda la tarde? Últimamente has descuidado tu relación con Mio ¿y ahora resulta que le estás coqueteando a Dororo? En serio… ¿¡qué demonios pasa por tu cabeza!?

— ¿Coquetearle? —Pregunté con incredulidad sintiendo a mi corazón latiendo a toda velocidad a causa de la sorpresa—No digas tonterías, Mio es mi novia… ¿por qué haría eso con Dororo?

— ¡Eso es lo que intento que me expliques! —Gritó furioso, soltando un golpe con su puño cerrado a su pared más cercana.

Intenté encontrar una respuesta lógica, pero por más que me esforcé no podía hacerlo, mi cabeza era un entero caos. Solo me había concentrado en alejarla de Taho, pero de igual manera, eso tampoco había estado bien ¿por qué me había empeñado tanto en alejarlo de ella? ¿por qué no deseaba que nadie la tocara ni se ganara su afecto?

— Dímelo Hyakkimaru…—Continuó Taho con una voz baja y débil—¿estás enamorado de Dororo?

La verdad cayó sobre mi como si algo hubiera golpeado contra mi cabeza, aun así, deseché esa idea al instante. No podía ser, pensar en que amaba a Dororo era algo imposible. Mio era mi querida novia ¿Cómo iba a poder fijarme en otra persona? Taho solo estaba confundido y había malentendido las cosas. Le respondí con toda la calma que me era posible para disipar su confusión:

— No, te equivocas. Dororo es sumamente valiosa para mí, pero no es lo que tú crees. Es como si fuera una pequeña hermana, y si el día de hoy fui tan atenta con ella fue porque quería que se sintiera tranquila y segura después de lo que le pasó, eso es todo.

Nos sostuvimos la mirada por varios segundos. Taho no se mostró muy convencido por mi respuesta, aun así, hizo el dolor a un lado para responder con determinación:

— Pues yo si lo estoy. Hyakkimaru, estoy enamorado de ella, amo a Dororo.

Tensé los labios instintivamente al oír esas palabras ¿por qué? ¿por qué dolía saber eso? Era lo lógico, lo conocía tan bien como para haberlo adivinado incluso antes de que me lo dijera. Si era así, entonces… ¿por qué me hacía sentir tan preocupado esto? Al darse cuenta que era incapaz de responder, prosiguió:

— Es por esta razón que si te atreves a lastimarla nunca podré perdonártelo. —Taho bajó su mirada, apretando sus manos con determinación—. No puedes seguir jugando con las dos de esta manera. Si no tomas una decisión rápido entonces yo lo haré… Hyakkimaru, yo me quedaré con Dororo para que no la lastimes.

Tras dedicarme una mirada sumamente afligida Taho se dio la media vuelta para después dirigirse rápidamente a su habitación y encerrarse en ella. Yo hice lo mismo, caminé lentamente, aun intentando procesar todo lo que acababa de suceder. Cerré la puerta de mi habitación y me dejé caer al piso aun con miles de pensamientos rondando por mi confundida mente.

¿Taho tenía razón? ¿Estaba enamorado de mi preciada pequeña amiga? Solo sabía que la atesoraba, y que lo que sentía por ella era muy diferente a lo que sentía por Mio, ¿entonces eso era amor? ¿Qué era entonces lo que sentía por Mio? No podía comprenderlo, lo único que pude entender era que si la amaba estaba mal.

Mio era mi novia, fijarme en otra mujer era traicionar su confianza, y eso no estaba para nada bien. Sumado a eso también había lastimado a Taho con esos deseos egoístas, y lo peor de todo era también perjudicar a Dororo en el proceso.

Si eso era verdad, si yo la amaba entonces era un sentimiento incorrecto, era un sentimiento que debía ser olvidado. Ese día, descubrí con pesar que, para no seguir lastimando a las personas a mi alrededor, iba a tener que alejarme de Dororo.


Por desgracia Hyakkimaru, esa solo iba a ser la primera de muchas discusiones más que íbamos a tener por Dororo. Supongo que era algo inevitable, los dos la amábamos tanto que perdíamos la cabeza por ella.

Hoy en día me arrepiento tanto de todas esas palabras llenas de odio que te diría años después. Hermano, no importa lo que te haya dicho a causa de la furia que me embargó en ese difícil momento, no creo que seas un fracasado, no te odio, a pesar de los errores que hayas cometido, nunca me arrepentiré de que seas mi hermano.

Nunca fui capaz de decírtelo por orgullo, pero… en más de una ocasión le he agradecido a la vida por darme a un hermano mayor como tú. Un hermano valiente que incluso le plantaba cara a ese demonio que llamábamos padre por mi seguridad. Un hermano que se atrevió a dejar todo atrás por seguir su sueño. Un hermano cariñoso y noble que siempre veló por mi bienestar antes que el suyo propio.

Hyakkimaru, ahora mismo, alejado de todo como estás… ¿eres feliz? No importa que tantos años pasen, Dororo y yo seguiremos escribiendo estas cartas para ti. Lo haremos hasta que nuestras palabras sean capaces de alcanzarte.

Continuará