Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO II
Pasaron algunos días de la manera que se ha dicho: Candy siempre fiel y sencilla como paloma obedecía en todo a Albert. El camino se le hacía demasiado largo y anhelaba a llegar a su término, no para huir de la molestia del camino, sino por el deseo de ver al Príncipe, por contentarle a él, por satisfacerle, enjugar el llanto de sus ojos y pedirle perdón de todas sus ingratitudes. ¡Ah!, ¡pero presentarse a él enferma y abatida por llevar aún rastros del veneno! «—No, no, jamás —decía—; quiero que tenga el placer de que no hayan sido inútiles sus sacrificios; quiero parecerle hermosa y digna de él». Para conseguir esto, como también para fortalecerse y hacerse capaz de caminar con más ligereza, rogó a Albert le suministrase aquella preciosa medicina que el Príncipe le había dado en circunstancias semejantes: la mirra del Árbol de los Perfumes. Albert se alegró mucho de este deseo, que era también el suyo. Había recibido del Príncipe todas las instrucciones necesarias para aplicársela, y así comenzó al momento ofreciéndosela al principio mezclada y rebajada. Candy la tomaba no sólo sin resistencia, sino con ahínco, y anhelaba el día en que hubiese de tomarla pura y sin mezcla, y era tal su deseo de purificarse, que la tomaba en grandes cantidades, en términos que Albert tenía que moderar su insaciable deseo, obligándola a no salir de los términos prescritos. Pero ella todos los días le rogaba que aumentase la cantidad; así es que muy pronto estuvo en estado de que se la diese pura, y la tomaba como si fuese un delicioso néctar. Su saludable influencia se hizo sentir y se robusteció de manera que podía caminar y aun subir empinadas cuestas. Entonces suplicó a Albert que alargase un poco más las jornadas, a lo que condescendió gustoso. Sólo a Elroy desagradó esta determinación; pero Candy se cuidó muy poco de su disgusto.
Todos los días preguntaba Candy: «—¿Cuándo llegaremos al monte de la Mirra? Albert le contestaba: «—Aún tenemos mucho que andar, nos falta mucho camino». Candy suspiraba y apresuraba el paso.
Una noche, después de una larga y penosa jornada, sentados Albert y Candy a la puerta de la tienda y alumbrados por la apacible luz de la luna, deseando el fiel ayo encender más y más el corazón de su pupila en el amor de su Esposo, le refirió los extremos de dolor que había hecho al saber su fuga. «—En aquella triste noche —le dijo— en que no volviste al castillo de la Falda, salí con los fieles servidores del Príncipe buscándote en todas direcciones, y volvemos siempre al castillo con las desconsoladoras palabras: no la hemos encontrado. Por último, me resolví a dar parte al Príncipe de tan terrible desgracia. Pronto le vi llegar pálido, abatido, dando muestras de su inmensa amargura. Salió también apresurado a buscarte, y le veía yo volver al castillo para informarse si habías vuelto.
«—No hay palabras con que pueda pintarte —añadió Albert—, ni tú puedes comprender el exceso de su dolor. Candy, Candy mía, exclamaba, como si le hubieras de escuchar. ¿Por qué huyes de mi lado? ¿Acaso no estás contenta de mí? ¿El de las Negras Sombras te amará como yo te amo? Por último, aquel cuya terrible diestra destroza y extermina a sus enemigos y cuya sola mirada los hace temblar, cayó en mis brazos rendido a un mortal desmayo». ¡Ah! La pobre Candy, al oír esta relación, sintió que un dardo agudo y penetrante le traspasaba el corazón. ¡Considerar aquel hermoso rostro sereno y majestuoso con todo el brillo de la juventud y de la belleza, perdido el color y cubierto con las sombras de la muerte por su causa! Cubrió su rostro, prorrumpió en sollozos y derramó un torrente de lágrimas. Desde aquel día la ausencia se le hacía insufrible. Un fuego interior que por momentos se avivaba más y más, la abrasaba y consumía. Todo el consuelo que hallaba en medio de aquel tormento era la dulce conversación que gozaba con su amado Dueño por medio de su corazón. Allí desahogaba ella sus amorosas ansias, exhalando sus ardientes suspiros. Pero este mismo consuelo vino a hacer con el tiempo para ella causa de que se aumentase su dolor. Sí, porque el Príncipe le decía tales palabras y expresaba con tal viveza lo que penaba en la ausencia, que la pobre Candy sentía crecer más y más su herida y se ponía a punto de desfallecer. Empero su dolor le era sumamente grato y apetecible, y no buscaba otra cosa sino aumentarle. Así es que importunaba sin cesar a Albert para que le refiriese punto por punto todo cuanto en su ausencia había hecho y padecido su amado, y en cierta ocasión, condescendiendo a sus deseos, le refirió que el Príncipe, siempre esperando volver a ver a su amada, después de haberle escrito sus cariñosos reclamos, hirió su pecho y dejó correr su sangre, «para que —decía—, al punto que tú llegaras, sin ninguna tardanza hallaras el remedio de tu mal. La sangre corrió con tanta abundancia, que el Príncipe cayó desmayado, y habría muerto si yo no hubiera llegado a tiempo para restañarla». Un segundo dardo vino a herir el corazón de la pobre Candy al oír esta relación. Fuera de sí se arrojó a los pies de Albert, y derramando un torrente de lágrimas decía: «¡Oh, sangre preciosa de mi adorado Dueño! ¡Oh, sangre bienhechora! ¡Oh, sangre bien amada! ¡Quién me diera ahora recogerte a costa de la mía y guardarte en mi propio corazón!» No pudo continuar, las lágrimas ahogaron sus palabras. Albert compadecido la levantó con paternal ternura, y procurando consolarla le dijo: «—Querida niña mía, el Príncipe ha olvidado tus ofensas y le haces muy dichoso con tu amor». Desde entonces Candy no hablaba ni quería que le hablara sino del Príncipe.
En los ratos de descanso se acomodaba como el lugar en que paraba se lo permitía a retratar a su Dueño en diferentes actitudes: ya moribundo en los brazos de Albert, ya dejando correr su sangre, ya de otras muchas otras maneras que su amor y su agradecimiento le dictaban; pero como le pintaba las más veces, era desmayado en el Árbol de los Perfumes, pues de ese modo le tenía retratado en su corazón y fijo en su pensamiento. Todo el tiempo que no empleaba en esta agradable ocupación, no hacía otra cosa que llorar, y su dolor era tan profundo, que Albert buscaba medios para distraerla y consolarla; lo que no le era fácil de conseguir.
En la tarde de un día que Candy había pasado muy angustiada y en que había llorado más que de costumbre, Albert, queriendo divertirla, se sentó a su lado y le dijo: «—¿No ha llamado tu atención, hija mía, que de repente el espejo que solo te representaba monstruos y figuras espantosas, se trocara y te hiciera ver, como tú lo habías esperado al principio, la imagen del Príncipe? ¿Piensas acaso alguno de los habitantes de aquel castillo obrara semejante prodigio? ¿Quién te envió la corza? ¿Quién te abrió la puerta de la prisión? —Muchas veces he pensado en eso —dijo Candy—, y desearía conocer a mi libertador. Tú sabes sin duda quién es ese generoso amigo. ¿Fuiste acaso tú? —preguntó con efusión. —No —le contestó Albert—, no fui yo. Vamos, adivina. Solamente te diré que quien cambió, o más bien compuso el espejo, quien envió la corza, quien te socorrió en la prisión… ¡es la misma que te ama como Madre! ¡Y como una Madre cariñosa!... —¡Rosemary! –exclamó Candy—. ¡Rosemary! ¡Era ella! —Era ella, en efecto —contestó Albert—; pero, ¿quién es ella? ¿Lo sabes tú por ventura? —Yo sólo sé —contestó la joven—, que después del Príncipe es la persona a quien más amo. ¡Es tan buena, tan amable, tan prudente! Sólo al acordarme de ella, al pronunciar su nombre, siento indecible consuelo. —Pues bien —dijo Albert—, tu amor hacia la generosa Señora crecerá sin duda, cuando sepas quién es. Es… ¡la poderosa Reina de las Luces! ¡La augusta Madre del Príncipe!...» Candy, toda enajenada de gozo y admiración, no hacía más que repetir: «—¡La poderosa Reina de las Luces! ¡La augusta Madre del Príncipe! ¡La Reina de las Luces! ¡La Madre del Príncipe! —Sí, hija mía, es a ella a quien debes tu libertad y tu dicha. Compadecida de tus desgracias y conmovida por los padecimientos del Príncipe, pidió y obtuvo permiso del Rey de las Luces para venir a este Desierto, y al ver a mi Señor angustiado y cercano a la muerte, abrazándole y enjugando su llanto con maternal ternura, le dijo: "Vive, vive, Hijo mío, y no llores, que yo te prometo devolverte a Candy pura, feliz y digna de ti". Ella, pues, se instaló en el Desierto, reunió a las pastoras, arregló todo con su inmenso poder y su sabiduría, y voló presurosa tu socorro. Se valió de agentes invisibles para tus enemigos; por medio de ellos mudó el espejo, te envío la corza y te abrió la puerta de la prisión. Ella, en fin, te conducirá la presencia de tu Esposo, como lo ofreció, y es a ella a quien eres deudora de tu felicidad. —¡Oh! ¡cómo podré pagar tantas finezas! —dijo Candy—. ¡La Reina de las Luces haber venido a mí socorro! ¡Oh, qué dignación la suya! ¡Oh, qué felicidad la mía!»
Candy y sus compañeros caminaban sin cesar y pasaba un día y otro día, y no llegaban al monte de la Mirra. La impaciencia de Candy aumentaba cada vez más; cuando caminaba apresuraba el paso, cuando se trataba de descansar lo rehusaba cuanto podía; velaba toda la noche y sin ninguna compasión a Elroy la despertaba mucho antes que amaneciera, y cuando la antes dominadora esclava le rogaba la dejaste continuar su sueño, Candy le contestaba: «—Ya no más te obedeceré. ¡Cuántas veces por darte gusto he sido infiel a mi Esposo! Tú eres una insensata y yo lo era aún más cumpliendo tus necios deseos, pero ahora ya no será así». Y en efecto, jamás condescendía con ellos, bastaba que ella propusiera alguna cosa para que Candy lo rehusara. Así es que la pobre Elroy estaba tan humillada como antes había sido obedecida, y era la que recibía órdenes que sin replicar obedecía. Cuando Candy caminaba apresuradamente tenía que seguirla, aunque muchas veces casi le faltaba el aliento, y hubiera del todo desfallecido si Albert no acudiera a su socorro, obligando a la joven para que aquélla descansara.
Candy no tenía sino un solo pensamiento, ni buscaba otro alivio a su dolor que hacer más y más honda su herida. Rogaba con insistencia a Albert qué le refiriese los tormentos del Príncipe, lo que él solía rehusar, viendo la profunda impresión que le causaba, procurando distraerla hablando de cosas indiferentes; pero ella de nada gustaba, no podía, no quería hablar sino del Príncipe. Le había hablado Albert de una canción compuesta por el adolorido amante, y en cierto día fueron tales sus instancias a que se la cantase, que juzgó le produciría más penas negarle lo que pedía y se determinó a complacerla. Tomó, pues, su laúd, y después de un tiernísimo preludio cantó con acento apasionado la canción siguiente:
CORO
Responde mi bien amada,
¿Acaso te hice infeliz?
¿O qué debiera haber hecho
Que no hiciera yo por ti?
Porque dejando mi Reino
Quise a tu lado venir
Porque viviendo a tu lado
Me considero feliz
¿Me desairas? ¿Me desprecias?
¿Te apartas lejos de mí?
¿Y entre los dos un abismo
Quieres despiadada abrir?
CORO
Responde mi bien amada,
¿Acaso te hice infeliz?
¿O qué debiera haber hecho
Que no hiciera yo por ti?
Yo con la corona regia
Quise tu frente ceñir;
Trono de brillante gloria
Yo preparé para ti.
¿Y tú quieres humillarme
Ante mi rival así?
¿Y de baldón y vergüenza
Quieres mi frente cubrir?
CORO
Responde mi bien amada,
¿Acaso te hice infeliz?
¿O qué debiera haber hecho
Que no hiciera yo por ti?
Yo desde antes que nacieras
Por mi esposa te elegí,
Y te he amado desde entonces
Cual no puedes concebir.
¡Y tú no me amas! ¿Es cierto
Que tú no me amas a mí?
¿Mi amor te causaba enojos
O acaso yo te ofendí?
CORO
Responde mi bien amada,
¿Acaso te hice infeliz?
¿O qué debiera haber hecho
Que no hiciera yo por ti?
Yo en un tiempo venturoso
La salud te devolví,
Y para ti he plantado
Un delicioso jardín.
¿Y tú mi pecho destrozas?
¿Y me abandonas… y…
Tú quieres darme la muerte?
¡Pronto me verás morir!
CORO
Responde mi bien amada,
¿Acaso te hice infeliz?
¿O qué debiera haber hecho
Que no hiciera yo por ti?
Al terminar esta canción Albert fijó su vista en Candy que guardaba silencio. La llama, le pregunta su opinión. Ella no le responde, ni aun le mira… ¡Un tercero agudísimo dardo había traspasado su amante corazón, causando en él una llaga profunda y dolorosa! Candy estaba desmayada. Albert la condujo a su lecho, donde le prodigó los cuidados de un cariñoso padre, y logró tras un gran rato que recobrara los sentidos; pero sus ojos eran dos fuentes de lágrimas que de día y de noche corrían sin cesar. Suplicaba encarecidamente a Albert que no se detuviera ni un instante; quería volar y arrojarse a los pies de aquel cuya doliente imagen no se apartaba nunca de su memoria. Cuando se pretendía hacer alto para descansar o para tomar alimento, ella lo rehusaba diciendo que su descanso y su alimento era ver y amar al Príncipe.
Por la noche daba gritos desgarradores, llamando a su Dueño, y apenas se habían recogido se volvía a levantar violentamente, no pudiendo encontrar reposo. Su amor y su tormento le hacían caer en frecuentes deliquios; padecía una ansiedad, un ardiente anhelo por ver al Príncipe, y con la mira de purificarse y hacerse digna de él, no cesaba de tomar la mirra, a cuyo sabor se había acostumbrado tanto, que ya no había otro licor agradable para ella, y la tomaba en tanta abundancia, que estaba toda penetrada de su virtud, de tal suerte que dependía de sí fragancia suavísima, como si ella misma fuera un hermoso Árbol de los Perfumes.
Pero crecían sus penas, y su tormento era mayor cada día, pues cuanto más se sentía libre del veneno de la sierpe, tanto más anhelaba presentarse ante Aquel para quien así se había preparado. Corría por aquel fragoso camino sin cuidarse de las espinas, trepando por las Peñas como una cervatilla del desierto, y con ser esto así se quejaba de su pesadez y se acusaba y se afligía de no correr cuanto era necesario. Cuando llegando a la posada se veía obligada a detenerse, se retiraba hasta que su solícito amigo la buscaba, y la veía siempre bañada en lágrimas que caían sobre sus mejillas como las perlas del rocío en las hojas de hermosa y blanca azucena. ¡Ah!, que Candy estaba ahora verdaderamente enferma de amor, y esta enfermedad sólo podía curarla la vista de su Dueño, lejos del cual no podía vivir. Albert, viendo que Candy había llegado a este punto, llamó en su auxilio a la amable y poderosa Rosemary, que no se hallaba lejos de aquel sitio.
Rosemary es la Madre del Príncipe. ¿A alguien sorprendió esta revelación?
¡Nos vemos la próxima!
