Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 25
Lunes, 11:08 p.m.
El agente les condujo a lo que parecía ser una de las salas de interrogatorio de la serie Ley y orden, aunque Bella nunca había visto uno en persona hasta ahora. Miró fijamente el espejo que ocupaba la pared, preguntándose quién demonios había tras él, preparado para observar y escuchar su conversación.
—Relájate —susurró Ed, haciendo que tomara asiento en la silla junto a la suya.
—¿Cómo sabemos que estamos solos? —le respondió entre susurros, mirando aún el espejo—. ¿Y si digo algo, ya sabes, incriminatorio?
La tomó de la mano y le besó los nudillos.
—Tendrás que confiar en mí, Isabella. No dejaré que nada te pase aquí. Lo juro.
Ella se obligó a sonreír.
—Te asoma otra vez la brillante armadura.
Ed hubiera replicado, pero Matteo Milani apareció en la puerta seguido por otro oficial. Llevaba el uniforme naranja de presidiario y las manos esposadas al cinturón, advirtió Bella con un suspiro de preocupación. No lograba imaginar estar encerrada en un cuarto diminuto y con las manos atadas.
—¿Podría quitarle eso? —pidió Ed, señalando las manos, de Milani.
—No es realmente… Claro, muy bien. Pero sólo diez minutos.
Tan pronto se cerró la puerta, Matteo retiró la silla de golpe y se puso en pie.
—¿Se supone que debo pensar que estás aquí para ayudarme? He trabajado para ti durante diez años, Ed. Y porque esta puta se te mete en la cama, ¿te crees cualquier mentira que te cuenta?
—Matteo, no tenía que haber venido aquí esta noche —dijo Ed, el tono de su voz era tan frío y sereno que Bella tuvo que lanzarle una mirada—. ¿Te tratan bien? Le dije a Jasper que te buscara el mejor abogado posible, a mi cargo.
La cara de Milani se volvió ceñuda.
—Esto es un embrollo —dijo con un tono más firme—. No tengo ni idea de lo que dicen sobre mí, que yo robé la tablilla, y que traté de… matarla. ¿Por qué iba a hacer tal cosa?
Por debajo de la mesa Ed dio un empujoncito a Isabella con la rodilla, y Bella se sobresaltó. Imaginó que eso significa que ella debía ponerse manos a la obra con Milani. Tomó aire, tratando de olvidar dónde estaban y el maldito espejo que había por encima de su hombro.
—Se me ocurre que por dinero —dijo con indolencia.
—No voy a escuchar nada de lo que digas —le espetó—. Además, ya tengo dinero. Ed me paga bien porque trabajo bien. Pregunta a cualquiera. No tenía motivo para robar la tablilla.
—Yo no hablo de la tablilla. Tu comisión por ella sería de ¿cuánto? ¿Diez mil dólares? Eso no es más que calderilla, incluso para un idiota como tú.
Milani apoyó los puños sobre la mesa, tratando sin duda de amedrentarla.
—La idiota eres tú, porque sé que eres tú quien la robo en realidad. Encontraron la falsificación en tu bolsa. No en la mía.
—Porque todas tus falsificaciones ya colgaban de las paredes —repuso.
Él se puso blanco como la pared.
—No sé de qué estás hablando.
—Ah, venga ya, Matteo. Parecía que el Picasso lo hubiera pintado un babuino. Y eres tan imbécil que hasta guardas un informe de cuándo te llevaste el auténtico.
—¡Tonterías!
—Junio de 1999 —dijo, cruzando figurativamente los dedos.
Un paso en falso y el hombre no se derrumbaría. Y ella no se sentía precisamente en su mejor momento en aquel lugar. Ella, y la cárcel.
Él la miró con tal odio en los ojos que Bella se preparó para que se arrojara a por ella por encima de la mesa. Por el contrario, con un áspero aliento que pudo sentir en su cara, Milani se fue hacia el espejo para volver a continuación al mismo punto. Ed se giró en su silla para no perderle de vista; obviamente confiaba tan poco como ella en el hombre.
—No puedes probar nada —siseó—. Soy un buen hombre.
—Puedo demostrarlo todo —replicó, dejando que la repugnancia se vislumbrara en su voz—. ¿Quieres que te enumere más? ¿El Remington? ¿El Gaugguin azul?
—¡Cierra la boca!
—Claro, pero no servirá de nada. El FBI vendrá mañana a verte. Tan sólo quería avisarte de que sé lo que has hecho, de que se lo he contado a Ed y que mañana también lo sabrá el FBI. ¿Podemos irnos ya? —Miró a Ed, fingiendo en parte.
La cara del administrador se había vuelto de color ceniciento. Se hundió en la silla, como perdiendo aparentemente el control de los músculos.
—El FBI. Puta.
Ed dio un puñetazo en la mesa, y Bella y Milani se sobresaltaron.
—¡Basta! —gruñó.
—Ed, yo…
—¡Cierra el pico, Matteo! Quiero dos palabras de ti, y luego haré lo que pueda para ayudarte. Si no me dices esas dos palabras que quiero, emplearé hasta el último dólar que poseo para asegurarme de que te declaran culpable de matar a Anderson y de tratar de matarme a mí.
—Nunca…
—Ésas no son las palabras.
—Entonces, ¿qué… qué quieres?
—El nombre de tu comprador para la tablilla. Sabemos que tenías tus propios planes para ella.
—No…
—Ésas tampoco son las palabras. Última oportunidad, Matteo. —Se recostó con la mirada clavada en el rostro de Milani—. ¿Quién iba a comprarte esa tablilla?
Su boca se abrió y volvió a cerrarse como si fuera un pez, acto seguido, Milani tragó saliva compulsivamente.
—Clark —dijo finalmente con voz áspera—. Daniel Clark.
El nombre le resultó vagamente familiar a Isabella, pero Ed apretó fuertemente la mandíbula. Durante un segundo Bella pensó que se habían preocupado de rastrear al tipo equivocado cuando Edward se puso bruscamente en pie.
—Me aseguraré de que las autoridades sepan que has colaborado —dijo con voz dura—. Aunque por tu propio bien, más te valdría rezar por no salir nunca de prisión.
—Ed…
Edward fue con paso enérgico hasta la puerta y llamó. El oficial la abrió y Ed salió tras dedicarle un rígido saludo con la cabeza. Ahogando un grito, Bella se apresuró tras él.
—Dame las llaves —dijo él, una vez estuvieron en el aparcamiento—. Sé que me las has birlado.
—Ni hablar. Sube, yo conduciré.
—Quiero conducir yo.
Ella le miró ladeando la cabeza.
—Si yo tuviera tu aspecto, ¿me dejarías conducir?
—Isabella…
—Estás cabreado, quieres conducir a toda pastilla y quieres matar al tal Clark. Yo conduciré rápido y tú puedes seguir cabreado cuando estemos en la casa. Entretanto, puedes contarme quién es Clark y de qué lo conoces. Y yo puedo recordarte lo valiente que fui al venir aquí, y que ésta es la primera y última vez que lo hago.
Asintiendo concisamente, se retiró del lado del conductor y rodeó el coche hasta el otro lado.
—Conduce como alma que lleva el diablo —dijo con los dientes apretados.
Así lo hizo. Ed miraba por la luna delantera, inmóvil como una estatua… o más probablemente como un volcán a punto de erupción. Clark. El nombre estaba relacionado con grandes negocios, con la banca o con algo similar, pero no lograba ubicarlo concretamente. Habría estado concentrada en otra cosa cuando había escuchado aquel nombre, o lo hubiera recordado. Ed se lo contaría, pero si no lo hacía pronto, tendría que irse. No iba a arriesgarse a que la atrapara el FBI ni siquiera por Ed se arriesgaría.
Emmett McCarty observaba mientras el agente esposaba de nuevo a Milani y lo escoltaba fuera del cuarto de interrogatorios. Había roto la punta del lápiz con el que había estado tomando notas, pero a pesar de estar lo bastante cabreado como para escupir clavos, debía reconocer que Bella Swan podría haber hecho carrera como detective, si el destino y su padre no la hubieran empujado en otra dirección.
Daniel Clark. Debía de ser algún banquero o algo similar, pensó, pero lo comprobaría para cerciorarse. No era de la zona, o hubiera reconocido el nombre. Al menos cuando Cullen utilizaba su influencia y coqueteaba con la obstrucción a la justicia, obtenía información.
Se puso cansadamente en pie. Swan y Cullen no habían presionado para obtener el nombre del jefe de Milani en el robo y en el negocio de falsificación, de modo que a buen seguro tenían otra cosa en mente. Y Cullen había reconocido el nombre. Bueno, parece que por la mañana tendría que hacer otro viaje a su propiedad. Si obtenían o no resultados, había reglas que cumplir. Aunque Cullen y Swan sólo quisieran respuestas, él quería una condena. Y ya era hora de dejarse de juegos.
Apenas Isabella había detenido el coche cuando Edward bajó y se dirigió rápidamente a los escalones que subían a la casa. Tenía algunas llamadas que hacer, y poco le importaba la hora que pudiera ser allí donde iba a llamar.
La puerta de la casa se cerró, sin suavidad, después de entrar.
—¿Vas a decir algo? —exigió Isabella.
—Más tarde —espetó—. Tengo que estar en Stuttgart mañana. —Había subido la mitad del primer tramo de escalera, cuando se percató de que ella no le seguía. Se obligó a inhalar profundamente, y se dio media vuelta—. Esto acaba de convertirse en algo muy personal, Isabella. Te lo explicaré más tarde.
—De acuerdo —dijo tras un momento, su rostro inescrutable por una vez—. Buena suerte.
Aquello sonaba a despedida. Edward frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Justo lo que he dicho. Buena suerte.
—No tengo tiempo para una rabieta, Isabella.
Ella ladeó la cabeza. En la tenue luz, Ed hubiera jurado que vio una lágrima rodar por su mejilla.
—No se trata de una rabieta, Ed —respondió con voz fría y firme—. Tú tienes que irte y yo tengo que irme. Eso es todo. No son más que hechos.
El corazón de Edward dejó de latir.
—¿Qué? Sólo voy a Stuttgart. Volveré en un día o dos, dependiendo de lo que encuentre allí —dijo, bajando un escalón.
Isabella suspiró, sus hombros se elevaban y descendían con cada respiración.
—Cuando mañana el FBI vaya a por Milani, comenzará a escupir mi nombre para intentar salvar el culo. No puedo quedarme aquí.
Un escalofrío helado recorrió su espalda sólo de pensar en Bella en uno de aquellos diminutos cuartos, frente al espejo.
No tardó ni un segundo en cambiar de idea.
—Ven arriba conmigo —dijo—. Y haz las maletas. Te vienes conmigo.
—Podrías acabar acusado de complicidad —respondió sin moverse—. Ese no es el objetivo de nuestra asociación.
—La finalidad de nuestra asociación —respondió, volviendo al vestíbulo con ella—, no es la que era. No dejaré que te vayas. No permitiré que desaparezcas en medio de la noche para no volverte a ver jamás.
—Ed…
La agarró por el hombro, tiró de ella con determinación y la besó con pasión. Bella se resistió durante menos de un instante, luego le rodeó el cuello con los brazos, amoldando su suave boca a la de él. Edward la abrazó fuertemente, la idea de lo que había estado a punto de dejar que ocurriera le asustaba.
—No —murmuró—. Tú y yo no hemos terminado. —La soltó de mala gana y se conformó con tomarla de la mano y arrastrarla escaleras arriba—. Tengo que llamar al piloto y disponer que mi avión esté preparado a primera hora de la mañana. Y tengo que llamar a algunas personas y cerciorarme de dónde se encuentra Clark en este momento. Y luego, tú y yo, nos reuniremos con él para charlar un poco.
—¿Qué es para ti ese hombre?
Dios, incluso detestaba confesárselo. Ya eran tres; tres personas que conocía y que habían intentado robarle lo suyo. Y no servía de mucho consuelo que no sintiera un especial aprecio por Clark. Pero lo más importante era que la persona en la que había decidido confiar en todo aquello resultaba ser una ladrona profesional.
—Hasta hace dos semanas casi fue mi socio en una empresa bancaria.
