Capítulo 40

Para siempre

Eran las 9 de la mañana.

Quinn miraba su reloj, comprobaba su móvil e incluso observaba como el sol, a pesar del intenso nublado que cubría el cielo de Nueva York, le indicaba que la hora tercia había llegado. Nada fallaba.

Eran las 9 de la mañana de aquel 30 de diciembre, y después de prácticamente toda la noche sin dormir, Quinn recorría los últimos metros que la separaban del hogar de Rachel, dispuesta a hablar, a decirle lo que tenía que saber si es que no lo sabía ya. Dispuesta a cavar su propia tumba.

El golpe recibido la noche anterior aún seguía doliéndole, pero no el que recibió en su estómago precisamente, lo que realmente le dolía era el corazón. Había pasado toda la noche conteniéndose por no irrumpir en la casa de Rachel para aclarar la situación, pero sabía que habría sido un acto suicida, como lo estaba siendo en ese preciso instante. La única diferencia de haberlo hecho durante la madrugada a hacerlo en aquel momento, era lo que llevaba entre sus manos, y que la había ayudado a pensar con detenimiento lo que estaba a punto de hacer.

Nunca antes había agradecido tanto la fuente de información que le ofrecía Internet.

—Buenos días—saludó al portero, que amablemente le abría la puerta y le sonreía.

—Buenos días Srta. Fabray—respondía el hombre sonriente.

Quinn pasó al interior del edificio y justo se detuvo al ver como la puerta se cerraba tras ella, sintiendo una ola de calor que no iba a tardar demasiado en asfixiarla. Ante ella, el ascensor esperaba impaciente para llevarla hasta la última planta. Pudo comprobar en los espejos de aquella cabina, como el rictus serio de su rostro aún no había desaparecido desde la noche anterior. Aquella arruga que se formaba entre sus cejas iba a conseguir dejarle una marca en su piel para siempre, sin duda, pero no le apetecía sonreír, ni relajarse, ni nada que no fuese fulminar a todo aquel ser humano que se cruzaba con ella con una simple mirada.

Podría jurar que aquel día odiaba a todo el mundo, y la culpa la tenía una sola persona. La misma que debía estar tras aquella puerta, el número diez de la undécima planta del 15 de Central Park West.

No golpeó, no tenía humor para hacerlo y se limitó a pulsar el timbre.

Era Brody quien salía de la sala de juego de Emily y se disponía a abrir.

—Hey, hola Quinn—saludó un tanto sorprendido, gesto que aumentó al ver como la rubia no le respondía y se adentraba en la casa sin ni siquiera esperar a la invitación.

—¿Dónde está Rachel? —cuestionó sería.

—Eh, Pues está arriba ¿Qué sucede?

—Dile que baje, por favor—espetó sin cambiar ni un ápice su semblate, pero a Brody no le hizo falta cumplir su petición.

—¿Quién es, Brody? —Rachel habló desde la planta alta y en apenas unos segundos, se dejaba ver con un albornoz cubriendo su cuerpo, y tratando de averiguar quién era la visita que había llegado en aquel día, a aquella hora.

Las miradas de ambas al encontrarse lo dijeron todo.

—Es Quinn—respondía el chico un tanto confuso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Rachel al tiempo que descendía por las escaleras, amarrándose con soltura el cinturón de su albornoz, e ignorando por completo a Brody.

—He venido a abrirte los ojos de una vez—le replicó con dureza.

—¿Qué sucede aquí? —interrumpió Brody al ver la tensión que existía entre ambas.

—Te dije que no quería volverte a ver en mi vida, que no quería que volvieras a pisar mi casa ¿Qué pasa? ¿No entiendes cuando te hablo?

—Hey, Rachel, ¿Qué te pasa? —se interpuso Brody al ver como la morena ya se encaraba con Quinn.

—Déjala—interrumpió Quinn—Deja que me diga todo lo que quiera, al fin y al cabo, no creo que consiga decirme nada más que pueda herirme, ya lo hizo anoche.

—¿Anoche? ¿Qué está pasando aquí? —cuestionó Brody de nuevo.

—Vete—le ordenó la morena—¡márchate de mi casa ahora mismo!

—Basta Rachel—la detuvo Brody—¿Qué diablos os pasa?

—Toma—masculló Quinn lanzando la carpeta que llevaba entre sus manos a Brody, que no tardó en hacerse con ella—Ahí tienes todo lo que necesitáis saber sobre esa clínica de Londres donde piensas llevar a tu hija—Soltó sin dejar de mirarla, y Rachel volvía a encenderse de rabia.

—¡Vete de aquí! —le gritó.

—¿Qué es esto, Quinn? —cuestionó Brody completamente confuso, evitando que Rachel se acercara más a ella.

—Información. Me he tomado la libertad de recabar información sobre la clínica Hillsbury ¿No es esa donde hacen los experimentos? —lanzó una mirada hacia la morena—Es esa ¿Verdad?

—¡Vete de mi casa! —volvía a exigir Rachel.

—¿Qué pasa con esa clínica, Quinn? —cuestionó Brody.

—Es esa la clínica donde Rachel quiere llevar a Emily ¿No es cierto?

—Sí, así es—respondía aturdido.

—¿Sabes quién es el Doctor Williamson?—volvía a mirar a Rachel, que permanecía completamente confusa por como Brody le permitía hablar, y confirmaba cada detalle que Quinn le daba—El doctor Williamson es el que ha escrito uno de los informes que puedes leer en ese dossier—señaló hacia la carpeta—O también puedes leerlo en Internet, no es tan complicado encontrar información sobre él, me han bastado un par de horas para saber de qué se trata el experimento que realiza para conseguir el milagro de devolver la voz a sus pacientes.

—Ok, Quinn, Creo, creo que es mejor que…

—Quinn basta—suplicó la morena que comenzaba a temblar sin saber el motivo. Tenía tantas esperanzas puestas en aquella clínica que el solo hecho de imaginar que no se podía llevar a cabo le quitaba el sueño, y la postura y actitud de Quinn en aquel instante no parecían presagiar nada bueno para sus ilusiones.

—Rachel ¿Tú sabes de qué trata ese experimento? —le cuestionó sin dejar de mirarla—Porque si lo sabes, dímelo y te aseguro que no volverás a verme en tu vida.

Brody imitó el gesto de la rubia y esperó la respuesta de Rachel, que tratando de mantenerse firme se negó a contestar.

—Ok. Si no me respondes, yo mismo te diré de que se trata.

—Quinn, no—le suplicó Brody.

—Tiene que saberlo—le replicó—Tiene que saber lo que le van a hacer a su hija, y si se lo tengo que decir yo, lo haré.

—No quiero saber nada—le respondió Rachel— Déjame en paz.

—No, no me pienso marchar de aquí sin decírtelo—se acercó a ambos—Básicamente, a Emily le van a hacer dos pequeños agujeros en el cráneo, sí uno en el lado derecho y otro en el izquierdo—indicó señalándose la cabeza—Por ahí introducen una serie de tomas que van conectados al cerebro, a la zona donde está alojado el centro de lenguaje, que por si no lo sabías está situado aquí—señaló su frente—Esas tomas se utilizan para dar descargas eléctricas, por la derecha entra y por la izquierda sale—espetó tratando de mantener la dureza de sus palabras—Evidentemente, tiene que salir por algún lado porque es electricidad, y la electricidad quema. Y mata.

—¡Basta! —exclamó la morena horrorizada.

—No, aún hay más—le replicó y Brody comenzó a negar tratando de evitarlo, pero Quinn no se detuvo—Rachel, lo peor de eso no es que le taladren el cráneo y manipulen su cerebro, lo peor es que puede afectar a otras zonas, y si eso sucede, Emily no solo no hablaría, sino que podría perder todas sus capacidades. Y eso es solo si falla el experimento, que, por cierto, aún no han conseguido superar en ningún caso. Pero ¿Qué pasa si hay otro tipo de inconvenientes? ¿De verdad estás dispuesta a ver a meter a tu hija en una sala de operaciones para algo así? ¿Eres capaz de hacerle eso?

No lo pudo soportar. Las lágrimas de Rachel se desbordaban por sus ojos en el mismo instante en el que Emily, asustada por la discusión que se producía en el salón, salía de su sala de juego y se encontraba con ellos.

Ver a la pequeña completamente asustada terminó de derrumbarla, y Quinn entendió que había sido suficiente.

Sólo pretendía hacerla dudar, aunque supusiera el fin de su relación, y solo lo iba a conseguir si lo explicaba con aquella brusquedad. Más aún después de los insultos que recibió de ella.

Lo cierto es que en aquel instante no quería ver a Rachel, no quería tener que hablar con ella, después de que hubiera descargado toda su ira acusándola de ser una mala madre. Pero estaba Emily, y lo que vio aquella noche a través de la pantalla de su ordenador era algo que no estaba dispuesta a que le sucediera a la pequeña, de hecho, incluso a pesar de la dureza de la información, tuvo que omitir decirle otros detalles que habrían logrado que cayese inconsciente.

—Piénsalo—masculló ante el mutismo de los tres, y al tiempo que regresaba hacia la salida—Si le haces eso a tu hija, no seré yo la única mala madre.

Y con aquella sentencia decidió acabar su pequeño discurso ante los aterrorizados padres que no acertaban a responder palabra alguna. Quinn abandonó la casa sin siquiera despedirse de la pequeña, que ajena a toda aquella situación solo buscaba el cariño y los brazos de su madre.

Rachel no tardó en tomar a la niña entre sus brazos, y caminó hasta el sofá más cercano de la amplia estancia, envuelta en un llanto que conseguía dejarla sin respiración.

—¿Qué ha pasado, Rachel? —cuestionó Brody tratando de entender cuál era el motivo que había llevado a Quinn a crear aquella situación.

—¿De verdad le harán eso? —interrogó la morena ignorando la pregunta del chico—¿De verdad le hacen eso? —repetía sin apartar la mirada de su hija.

—Así es—afirmó tragando saliva.

—Oh dios—susurró volviendo a abrazar a su hija—¿Tú lo sabias? ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no quería verte así—espetó acercándose—Yo también he leído eso de lo que habla Quinn, me he informado y por eso te decía que tenías que cambiar de opinión.

—¿Y por qué no me lo dijiste con claridad? —alzó la voz—¿Cuándo pretendías decírmelo? ¿Cuándo ya estuviese allí?

—Rachel, no iba a permitir que llevaras a cabo esa locura. Si he sido paciente, es solo porque quería que tú fueses consciente de lo que ibas a hacer sin tener que asustarte—Le explicó—Yo solo quería que te dieses cuenta de que Em no necesita hablar para ser feliz.

—Oh dios—volvía a susurrar con una nueva oleada de lágrimas cayendo por sus mejillas. Gesto que la niña descubrió, y con una inocencia y dulzura exquisita, trató de aliviar secándolas con sus pequeñas manos.

—Rachel ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha venido Quinn y por qué la has tratado así? —Brody se acercó a ambas y tomó asiento a su lado.

—Anoche fui a verla—susurró—después de discutir contigo.

—¿Anoche? No me has dicho nada ¿Por qué fuiste?

—Porque pensé que ella te había dicho que me quitases a Em—respondía abatida. —Pensé que ella te había dicho que estaba enferma.

—¿Qué? Por el amor de dios, Rachel ¿Cómo piensas eso?

—Tú me dijiste que ella tenía razón acerca de mí, y fue justo cuando me decías que no ibas a permitir que me llevase a Em.

—Pero no lo dije por eso—interrumpía—Rachel, yo me equivoqué, estábamos hablando de ti y de Em y de pronto le dije lo de Londres porque pensé que tú se lo habías dicho—aclaró—Luego me dijo que no sabía nada y le pedí que guardase silencio, y ella me amenazó

—¿Qué? ¿Te amenazó?

—Sí, porque le dije que antes de que tu hicieras algo así, yo me llevaría a Em. Me dijo que ni se me ocurriera decirte algo así. Que no podía asustarte con eso, porque entonces sí que ibas a enloquecer.

—¿Te dijo eso? —cuestionó con apenas un hilo de voz.

—Así es, Rachel, Quinn te quiere. No, no sé de qué forma ¿Ok? pero lo que está claro es que se preocupa por ti y por Em. Yo solo le pedí que os cuidase mientras yo no estuviera, y que te hiciera comprender que nuestra hija es maravillosa. Que necesita jugar con otros niños, y adaptarse al mundo que le ha tocado vivir, y la vida que le vamos a dar. Y ella me dijo que sí. Que iba a cuidar de vosotras.

—Oh dios—volvía a lamentarse—Me va a odiar para siempre. Le dije, le dije cosas horribles.

—Pues ve a pedirle disculpas.

—¿Qué?

—Rachel, no puedes dejar que esto pase así. Así que coge el teléfono y llámala.

—No me va aceptar la llamada.

—Pues sube ahí arriba, vístete y sal a buscarla, pero no lo dejes. No, no puedes permitir que Quinn se aleje de nosotros, ni de ti. —Sentenció.

Aquella mirada que Brody le entregaba mientras le invitaba a seguir su corazón y correr tras Quinn para disculparse por todo, era especial, tanto que Rachel entendía que el chico era completamente consciente de sus sentimientos, y estaba de su lado.

Después de toda la noche sin dormir por culpa de lo que sucedió entre ellas, y tratando de odiarla, aquel revés le devolvía a una realidad que sí que no quería vivir.

—Vamos Rachel—insistió—sabes que la necesitas. —Le dijo y la morena desvió la mirada hacia la pequeña, que sentada sobre sus rodillas también la observaba un tanto confusa. Fue ella quien terminó por acabar con aquellas dudas que inundaban su confusa mente.

—Lo siento mi amor—se disculpó ante la pequeña—No dejaré que te hagan daño, no dejaré que nadie te pueda herir ¿Ok? Voy a protegerte siempre—se lamentó aún con lágrimas en los ojos.

Emily cruzó sus brazos abrazándose a sí misma y tras eso señaló hacia su madre con uno de los dedos. Gesto que confundió a la morena.

—Eso es un te quiero—le dijo Brody sacándola de dudas, y Rachel regresaba la mirada hacia su hija, que había comenzado a sonreír.

—¿Me has dicho te quiero? —balbuceó segundos antes de comprobar como la pequeña asentía aún con la sonrisa dibujada en su rostro—¿Has sido tú? —miró de nuevo al chico. —¿Le has enseñado a decir te quiero?

—No Rachel, no he sido yo. Ha sido ese cuento que Quinn le regaló—le dijo—Lo ha aprendido de ahí.

—Oh dios—susurró volviendo a abrazar a su hija—Yo también te quiero mi amor, te quiero muchísimo—pronunciaba entre lágrimas.

—¿Ves? Quinn solo nos ha traído cosas buenas—volvía a hablar Brody—No dejes que se vaya. —Fue lo último que necesitó Rachel para reaccionar.

Casi una hora más tarde, salía de su apartamento dispuesta a llevar a cabo aquel objetivo, a evitar que Quinn se alejase de su vida. O al menos, a conseguir su perdón.

No sabía cómo lo iba a hacer, no pensó en nada, todo lo que sabía es que se tenía que dejar llevar. Y eso fue lo que hizo.

Eran las diez de la mañana y solo había dos lugares en los que Quinn podría estar a aquella hora; el gimnasio o en su casa.

Optó por la segunda opción. Si tenía suerte, Quinn estaría protegiéndose de aquella nevada que recién comenzaba a caer en la ciudad, y que hacía casi imposible el caminar por las calles.

Atravesar por aquel enramado de avenidas que se cruzaban en la glorieta nunca fue tan complicado como en aquel instante, en el que Rachel, protegiéndose de la nieve conseguía llegar hasta la esquina donde comenzaba la 58th. Aquella esquina donde estaba situada la cafetería que vendía el tan apreciado café que tanto gustaba a Quinn. Aquella cafetería que se presentaba ante ella con enormes ventanales y que como por arte de magia, también le mostraba la silueta de la rubia sentada en una de las mesas, disfrutando de su café y completamente ajena a su presencia.

La suerte estaba de su lado.

Dudó varios segundos en los que trató de asegurarse de que aquella chica era Quinn, que no estaba ni en su casa ni en el gimnasio, sino en aquella cafetería, y tras lanzar varias miradas a su alrededor no dudó en adentrarse en el local.

Por suerte estaba lo suficientemente alejada de la barra como para que pudiese oírla.

—Un café—pidió al camarero sin siquiera mirarlo.

—¿Un café?

—Sí—respondía nerviosa—un maldito café solo, un café—repetía sin apartar la mirada de Quinn, que de espaldas a ella parecía inmersa en la pantalla de su móvil.

Recibir aquel café por parte de los camareros fue una larga espera para el impaciente estado de la morena, a pesar de que no tardase más de un par de minutos en conseguirlo.

Rachel tomaba el vaso entre sus manos y tratando de mantener la compostura, avanzó despacio hasta la mesa donde estaba Quinn, junto a uno de aquellos grandes ventanales que daban directamente a la calle donde tenía su hogar.

Tragó saliva, y sin pensarlo, rodeó la mesa para tomar asiento en uno de los sillones libres, frente a ella. Quinn no tardó en sorprenderse tras descubrirla.

—¿Qué haces aquí? —masculló incomoda.

—Tenemos que hablar

—¿Qué? No me jodas Rachel, no quiero numeritos aquí.

—Quinn tenemos que hablar. Yo, yo no me…

—Rachel—interrumpía tensando la mandíbula—No quiero hablar contigo ahora, así que déjame en paz.

—No Quinn, no pienso irme sin hablar contigo.

—¿Estás loca? Márchate, ¿no has tenido suficiente entre anoche y hoy?

—Por eso estoy aquí.

—Escúchame, he quedado con Matt—le replicó—Está a punto de llegar y no quiero que te vea aquí conmigo.

—Se supone que soy yo la que no quiere que nos vean juntos.

—No—se acercó amenazante—Soy yo la que no quiero que me vean contigo, así que márchate y déjame en paz.

—Tarde.

—¿Qué?

—Hola—la voz de un chico se dejaba oír tras Quinn que rápidamente se giraba y descubría a un sorprendido Matt que las observaba sin perder detalle.

—Matt—susurró.

—Hola Quinn, ¿Rachel? —miró a la morena, que rápidamente trató de dibujar una sonrisa.

—Hola Matt ¿Qué tal estás?

—Eh bien, bien—respondía confuso—No sabía que ibas a estar aquí.

—Ya ves, pasaba por la puerta y vi a Quinn tomando café y me dije, Rachel, ya es hora de tomar un café con Quinn—espetó tratando de sonar divertida. Algo que conseguía molestar aún más a la rubia, que no dudó en intervenir en la conversación.

—Tranquilo, Rachel ya se marchaba ¿Verdad?

—Eh, pues no, no tengo prisa, también puedo tomarme un café con Matt—volvía a mirar al chico—vamos, siéntate.

—Oh dios—susurró de manera imperceptible Quinn al ver como Matt llevaba a cabo la acción y tomaba asiento a su lado, compartiendo con ella aquel pequeño sofá.

—¿Qué tal tus vacaciones? —cuestionó Rachel.

—Ah, pues muy bien, deseando que llegue año nuevo, y aunque no te lo creas, volver al teatro—le sonrió. —Echo de menos los ensayos.

—Me alegra oír eso, no sabes cuánto. A Quinn también le apetece mucho ¿Verdad? —volvía a mirar a la rubia que seguía fulminándola con la mirada. Solo la apartó de ella para observar como una figura se detenía justo en el ventanal que tenía a su derecha, y que provocó que aquella sensación de malestar aumentase aún más.

—Mierda—volvía a susurra y esta vez tanto Rachel como Matt pudieron oírlo.

—¿Estás bien? —preguntó Matt.

Quinn volvía a mirar a su teléfono tras corroborar que aquella persona que se había detenido junto a ellos y que solo ella parecía haber visto, era Kate. La pelirroja los había descubierto y por el gesto que mostró en su cara, no iba a dudar en acompañarlos.

No falló.

Apenas un par de segundos más tarde, Kate se presentaba ante ellos con una enorme sonrisa, probablemente porque allí, frente a ella, estaba aquel chico que tanto le gustaba.

—¡Kate! —exclamó Rachel confusa—Qué, ¿qué haces aquí?

—Pasaba por ahí y os he visto—sonreía sin dejar de lanzar miradas a Matt—Y me he dicho, ¡hey, vamos a tomar un café con mis amigas! —sonreía—Hola, me llamo Kate.

—Oh, hola Kate—respondía Matt aceptando el saludo de su mano completamente confuso—Espera, tú…—lanzó una mirada hacia Quinn que ya cubría su rostro con ambas manos—¿No es tú hermana?

—No—respondía la rubia rápidamente—Es una amiga.

—Ah, ok, encantado—volvía a mirar a la pelirroja que, sin dudarlo, tomó asiento junto a Rachel.

—El placer es mío ¿Qué tal? —miró a Rachel—¿Qué hacéis aquí los tres?

—Tomando café, Kate—respondía eliminando la sonrisa de su rostro. Rachel empezaba a ser consciente del mal momento que estaba haciéndole pasar a Quinn.

Hacia apenas una hora la había vuelto a echar de su vida por enésima vez desde que discutieron la noche anterior. Una discusión en la que llegó incluso a golpearla de manera desafortunada, y donde cometió el gran error de ofenderla de la forma más ruin y miserable que podía. Una ofensa que ella jamás imaginó para ella. Algo que ni siquiera había llegado a pensar y que salió de su voz por culpa de la locura y la desesperación que aquel tema había conseguido provocar en ella durante aquellos meses.

Ahora, allí, mientras Matt y Kate entablaban conversación, observaba el rostro de Quinn y descubría el daño, el dolor que ella misma le había producido, y que intentaba camuflar bajo aquella mascara de orgullo y sobriedad de la que Quinn siempre había hecho gala.

No le devolvió la mirada ni una sola vez. Quinn volvía a tomar su teléfono e ignorando lo que sucedía a su alrededor, trató de buscar una solución para marcharse de allí, y Rachel quiso dársela, pero de una forma que también le iba a servir a ella.

Bajo la mesa y sin que ninguno de los presentes se percatase, comenzó a teclear en su móvil para enviar varios mensajes que pronto llegaron a las manos de Quinn, donde permanecía su teléfono.

Te voy a llamar y tendrás la excusa de salir de aquí sin resultar maleducada.

Quinn leyó el mensaje varias veces y alzó la mirada hacia Rachel, que, sin dudarlo, pulsó la tecla de llamada y llevó a cabo la acción.

El sonido no tardó en interrumpirlos, y tanto Kate como Matt fueron testigos de cómo Quinn, tras dudar que hacer, se excusaba y tomaba el teléfono abandonando la mesa y saliendo al exterior de la cafetería. Segundos después, era Rachel quien tras comprobar como la rubia había colgado la llamada, se disculpaba ante los dos, y seguía los pasos de la chica.

Pensó que podría estar esperándola, pero no era así.

Quinn ya caminaba por la acera, directa hasta su hogar, y Rachel tuvo que recorrer aquel trayecto con una breve carrera que a punto estuvo de hacerla resbalar con la nieve.

—¡Quinn! ¡Quinn espera! —exclamó llegando hasta ella, quien no tuvo más remedio que detenerse—Quinn, tenemos que hablar.

—No quiero hablar contigo Rachel—respondía con total serenidad—no me apetece.

—Pero, escúchame Quinn, yo… Yo lo siento mucho—Dijo sin poder evitar que su voz temblara—Yo estaba equivocada Quinn, no quise decirte eso.

—Pero lo dijiste—interrumpió—Rachel, ¿no lo entiendes? Estoy dolida.

—Lo sé y por eso te pido disculpas, Quinn—susurró—Tienes que entenderme. Yo, yo pensaba que estabas apoyando a Brody para que me apartase de Em. Me volví loca, Quinn. No era consciente ni de lo que decía ni de lo que hacía. Esas palabras salieron de mi sin que yo fuera consciente de ello.

—Pero las sientes—volvía a interrumpir.

—No Quinn, yo no siento eso. Jamás pensaría algo así de ti.

—Soy una mala madre—masculló— Han sido dos veces las que me has echado en cara que venía a joderte la vida siendo perfecta, y una sola vez me has llamado mala madre, frustrada, da igual como quieras llamarlo, lo que importa es que lo has pensado, lo has sentido y por eso lo has dicho.

—Quinn por favor—suplicó tomándola del brazo—Tienes que creerme, yo te juro que no pienso eso de ti—Balbuceó—eres importante para mí, más de lo que te imaginas y para Emily, las dos te necesitamos.

—No metas a tu hija en esto—recriminó soltándose de la mano. —Si me he presentado en tu casa para que leyeses toda esa información, ha sido por ella. No por ti—Esgrimió con dureza, y la angustia volvía a adueñarse de Rachel, que no tardó en sentir como sus ojos volvían a llenarse de lágrimas. —Déjame en paz.

—No, Quinn, no—volvió a detenerla—Yo te necesito a mi lado. Yo necesito que me perdones, necesito que me entiendas, por favor. Tú mejor que nadie sabes entenderme ¿No recuerdas lo que pasó cuando Shelby dejó que cuidases de Beth? Tú estabas dispuesta a todo por ella, Quinn, y hacías cosas irracionales… Hasta que lo entendiste—le recordó—Ahora soy yo la irracional y por eso hice lo que hice. Pero no porque lo sienta. —Añadió acabando con cualquier intento por su parte de excusarse, y Quinn lo supo. Tanto que no pudo evitar desviar la mirada tras el nudo que se aferró a su garganta al escuchar sus palabras, al volver a recordar una de las peores etapas que había vivido, y que a punto estuvo de hacerla cometer uno de los mayores errores de toda su vida.

—Quinn por favor, perdóname—le suplicó acercándose de nuevo a ella.

—Necesito tiempo—le respondió sin siquiera mirarla a los ojos. —Lo siento, ahora no puedo seguir hablando contigo.

—Te daré todo el tiempo que necesites, pero dime que me perdonas por favor. No, no puedo estar así.

—Me voy a pasar fin de año con mi madre a Lima—espetó con apenas un hilo de voz—hablaremos cuando vuelva.

—Quinn…—Balbuceó tratando de contener el sollozo. —Por favor.

—Ya hablamos, Rachel—le respondió, esa vez con un tono más conciliador—Diles que me tuve que marchar—añadió lanzando una mirada hacia la cafetería. Una mirada que por algunos segundos regresó a ella, directamente a sus ojos, y que la dejó completamente abatida cuando se alejó. No hubo más que indiferencia, y eso provocó que sus lágrimas terminasen por caer.

Cinco o diez metros, eso es lo que permitió que Quinn se alejara de ella cuando volvió a reaccionar, y se dejó llevar por lo que sentía.

—¡Quinn! —la llamó con la suficiente fuerza como que la rubia volviera a detenerse, y buscarla con la mirada.

Rachel no se movió, no dio un solo paso. Permaneció quieta en la acera, con el rostro bañado en lágrimas y la nieve cubriendo gran parte de su cabeza y abrigo. Solo un gesto. Un abrazo a ella misma y su dedo índice señalándola tras él. Un gesto que acababa de aprender de su propia hija, y que en ese instante optaba por regalárselo a ella, a Quinn, con la esperanza de que pudiese entenderlo, y llevárselo con ella para siempre.

No podría jurarlo, pero la mirada de Quinn regresaba a ella diferente, y parecía volver a vestirse de amor en aquel instante en el que su corazón lograba calmarse.

Lo había entendido, y lo que era mejor, lo había aceptado. Quinn había recibido perfectamente su te quiero en lenguaje de signos, y lo supo al ver su mirada, su gesto. No le dijo nada. Quinn se alejó de ella esa vez sin que pudiera impedirlo, pero no le importó que lo hiciera.

Estuvo observándola durante varios minutos perderse entre la gente con la intensa nieve cayendo sobre ellas, sabiendo que no iba a darse por vencida. No después de haber entendido que Quinn había llegado a su vida para quedarse. Que había cambiado su mundo, para siempre.