La reina de tus caprichos
- Espera, antes que nada, te explicaré nuestra historia –terciaste-. Cuando Glory y yo nos escapamos de nuestras familias, nos reencontramos en París. Allí compartimos apartamento con un par de amigos más ¿Recuerdas en el Zoo de Londres, cuando le comenté a Terry que yo también solía verme en líos y peleas?
- Sí… -contesté dubitativa.
- Bien, cerca de este apartamento había un burdel. Las chicas eran muy simpáticas y trabamos amistad… -Todo aquello, en mi mente, cada vez, iba de mal en peor, pero seguí escuchándote -… y con alguna de ellas algo más –Miraste con complicidad a Glory.
- Albert… –Quería interrumpirte, me empezaba a encontrar mal. Temía que me confesaras alguna antigua aventura o historia de amor tuya y que yo no fuera capaz de soportarlo. Entendí, en aquel momento, los celos que siempre había demostrado Terry cuando le hablaba de Anthony, pese a que yo los encontrara totalmente irracionales y muy crueles por su parte… Pero ahora, estaba sintiendo exactamente lo mismo por ti.
- Déjame acabar, por favor –Me acariciaste la mejilla-. Bien, la vida de aquellas chicas no era para nada fácil. Además trabajaban para una gente que las maltrataba físicamente. En más de una ocasión, las habíamos curado y resguardado con nosotros. Aquello no gustó en absoluto a los dueños del negocio.
- Para nada -continuó Glory–, una noche, cuando Albert regresaba de su trabajo, le esperaron una banda al completo para apalearlo en un callejón cercano. Sabían que él siempre daba la cara si hacía falta. Atacándolo a él, querían advertirnos al resto, para que no nos metiéramos en sus asuntos –Te miré asustada–. Por suerte, ese día, Marcel, Jean Paul y yo volvimos antes y, además, acompañados de un par de amigos más. Justo a tiempo para ver por donde se llevaban a Albert.
- Sí, si no llegáis en ese momento, seguramente no estaría aquí para contarlo –Reíste-. Pero bueno, allí repartimos y recibimos todos, incluida Glory… Aquello llamó la atención de las chicas, que al ver cómo se defendía ella, le pidieron que les enseñara a defenderse…
- Sí, al principio me pareció absurdo, pero después me di cuenta de que podría ayudarlas y protegerlas. Al poco tiempo, el rumor se corrió, vinieron más mujeres del resto de la ciudad. Creamos un centro de atención y apoyo, donde dábamos lecciones de defensa personal y asesoramiento, especialmente para mujeres maltratadas… Aunque, al final, tuvimos que cerrarlo por las presiones de las bandas de proxenetas que se sintieron amenazadas. Pese a todo, sé que ayudamos a bastantes chicas. Algunas de ellas lograron dejar atrás su antigua vida, cambiando totalmente de identidad y cortando el contacto con todos las que las conocían, la mayoría de ellas se fueron del país.
- Tras cerrar el centro era muy peligroso continuar allí. Yo volví temporalmente a América, justo antes de rescatarte en la cascada… Y por lo visto ¿Tú hiciste las paces con tu padre, no Glory?
- Sí, he decidido que quiero seguir sus pasos. Él está dispuesto a ayudarme y a aceptarme tal como soy –comentó alegre-. Por él, supe de tu estancia en Londres.
- Creo que sería aconsejable que Glory te enseñara a luchar y a defenderte –me dijiste finalmente–. Ella es muy buena con los puños. Pensaba enseñarte yo mismo, antes de saber que ella estaba aquí, pero siendo también mujer, te podrá orientar mejor.
- ¿Quieres que aprenda a luchar? ¿Cómo un chico? –me asombré.
- No, quiero que sepas defenderte, aprovechando las ventajas de tu cuerpo, y conociendo tus puntos flacos… No es algo que deba asombrarte tanto, eres perfectamente capaz… O acaso ¿Ya no recuerdas cuando salvaste a Neal? Además, me has explicado que más de una vez ya te habías peleado con él ¡ja ja ja! Y encima le ganabas… -Seguiste riendo con ganas ante la sorprendida mirada de Glory.
- ¡Vaya! ¡Vaya! Así que no eres tan pasiva como aparentas… ¡Eso sí que es una sorpresa! –exclamó admirada y yo no pude evitar sentirme orgullosa y avergonzada al mismo tiempo–. Debí imaginármelo, siendo tu novia... –te dijo apoyando su mano en tu hombro y uniéndose a tu risa–. Bueno, ¿Qué dices Candy? ¿Estás dispuesta? Cuando acabe contigo, te aseguro que ¡Ni Albert te podrá! –bromeó–. Y podrás hacer con él lo que quieras –Me guiñó un ojo- ¡Ja ja ja!
- ¡Eh! Ni que yo fuera un abusón –te fingiste ofendido- … Un momento, ¿Qué has querido decir con "lo que quieras"?
- Está bien –acepte, ya más tranquila, uniéndome a vuestra risa–. Todo sea para que Albert haga lo que yo quiera ¡Ja ja ja!
- ¡Mujeres! Y luego dirán que sois el sexo débil… -Hiciste una mueca mientras Glory y yo te derribábamos, empujándote, de la silla, acabando todos en el suelo, riendo a carcajadas, ante la atónita mirada de camareros, cocineros y mucamas.
Estuvimos hablando del horario que seguiríamos, quedando en empezar las lecciones al siguiente día. No habíamos descansado apenas. Decidiste acordar para ambos una reducción de jornada, algo que no hubiera sido posible de no ser quien eras.
Tras seis horas seguidas de trabajo, volví rendida a nuestro camarote, me duché y me vestí para dormir. Me preguntaba en dónde estarías porque no te había visto. Sentí unos fuertes brazos que me rodeaban desde mi espalda y me sobresalté, hasta que contemplé tu reflejo.
- Albert ¿Dónde estabas? No te he visto y tampoco te he oído entrar.
- No me has visto porque estaba en la litera de arriba. He llegado antes que tú –Hurgaste mis cortos rizos con tu nariz-. Me había duchado y te estaba esperando -susurraste juguetón, mordisqueando y lamiendo ligeramente mi cuello, encendiendo mi deseo pese al agotamiento- ¿Sabes que no necesitas que Glory te enseñe nada para hacer conmigo lo que quieras, verdad? –Tu expresión a través del espejo declaraba que dormir era la última de tus intenciones.
Continuará…
