Los ojos del elfo eran muy negros, del mismo tono que su cabello, y pude ver el roto en su armadura y su abdomen manchado de sangre, pero no había ya rastro sobre su piel de herida alguna. Era un poco más alto de lo que me había parecido, quizás porque yo estaba agachada o porque él había estado encogido cuando lo acarreamos.

Nos miró un momento a Pequeña Nutria y a mí, totalmente inexpresivo, luego miró a Lavina y dijo algo en su idioma que no entendí. La elfa llegó hasta nosotros y se agachó junto a lavina.

– Gracias por vuestra ayuda – dijo con aquel extraño acento –. Me encargaré de tus heridas

De inmediato apartó la tela de su pantalón y empezó a hechizar sobre las heridas. Eran más graves de lo que parecían.

– ¿Estáis todos bien? – preguntó Dulzagua desde el timón.

– Sí, tranquila – dijo Pequeña Nutria – Están reparando a Lavina.

– Es bueno saberlo, porque el barco enemigo nos está siguiendo. Pero tiene más calado que nosotros y no podrá alcanz…

Hubo un sonido raro, como un golpe seco y Dulzagua dejó de hablar. Oí a Pequeña Nutria gritar su nombre y no me dio tiempo a girarme para ver qué había sucedido, porque el elfo gritó algo que reconocí como una alarma y se parapetó tras la borda. Los que estábamos cerca de él hicimos lo mismo.

Varias flechas cayeron sobre la cubierta de nuevo y el barco derivó hacia la orilla. Miré hacia el timón. Dulzagua estaba en el suelo y un virote sobresalía de su espalda. Oh mierda… no… no… ¡Dulzagua no!

Vi a Rivaverde moverse hasta el timón, tomarlo y volver a alejar el barco de la orilla. Otra flecha pasó demasiado cerca de su cabeza y él se agachó. Miré por la grieta entre dos tablas de la borda hacia la orilla. Había un grupo de cinco orcos, dos de ellos con ballestas, los otros tres con arcos largos. Estaban apuntándonos y esperando que alguno asomásemos lo suficiente.

– ¡No os mováis! – dije –. Están a la espera. No os asoméis y lo conseguiremos.

El Viento Bueno siguió avanzando, alejándonos de ellos y empezaron a disparar bombeado. Las flechas empezaron a caer desde arriba. Me cubrí la cabeza con las manos. Pero si no nos movíamos lo íbamos a conseguir, curaríamos a Dulzagua, lo lograríamos… Me dije. Miré a la elfa cerrando a magia pura las heridas de Lavina, y a la humana tragándose la rabia por no poder combatir en ese momento. Lo íbamos a lograr, lo lograríamos… me dije...

Volví a mirar entre las tablas y se me heló la sangre, porque caminando detrás de los orcos apareció un humano. Iba vestido de negro, pero no con túnica, sino con armadura de cuero negro. Llevaba el símbolo de Izrador sobre el pecho. No era un simple Legado, era un Legado guerrero. Especializados en campos de batalla y combate. Pero este además, era alto y se le veía atlético. Su cabello era rubio, muy corto, y sus ojos muy claros. Se veía, en su complexión y rasgos, su ascendencia de las tribus dornas del norte.

– Oh, puta mierda sagrada...

Lo vi mirar hacia el Viento Bueno friamente, como calibrando la distancia. Se agachó junto al agua y sumergió la mano. Murmuró algo…

Vi las ramificaciones de energía extenderse desde su mano, sobre el fondo del río, hacia nosotros. No pude ni gritar una advertencia por el miedo.

Hubo una vibración y después una sacudida y un crujido horrible. Las rocas se habían alzado como cuchillas desde el lecho del río y habían atravesado la proa del Viento Bueno deteniéndonos en seco. La sacudida nos desequilibró a todos.

Cuando los crujidos cesaron hubo un antinatural momento de silencio y solo pude oír el murmuro del hechizo de la elfa y las respiraciones asustadas.

Volví a mirar, y vi al Legado observar al Viento Bueno embarrancado y luego hacia el barco de velas negras que se aproximaba a nosotros. No podíamos huir, y en cuanto asomásemos, sus orcos nos asaetarían. Era un jaque mate.

– Tío, nos han embarrancado – dijo Pequeña Nutria.

Rivaverde acarició suavemente a Dulzagua, tendida a su lado y dijo:

– Este es mi río, y mis damas acuden ya.

Metió la mano en el bolsillo interior de su chaleco y sacó su pipa. La besó y la lanzó por encima de la borda.

Oí el objeto sumergirse y, de inmediato, algo parecido a una risa se elevó del agua. Rivaverde sonrió.

– Les encanta que les lance besos – dijo.

Notamos el movimiento bajo el barco. Los crujidos y gemidos de las tablas rotas se mezclaron con las voces de las damas del agua. Oí los a los orcos dirigiéndose palabras inquietas. Me arriesgué a asomarme con mucha prudencia. Los orcos ya no tenían su atención en nosotros, la tenían en las vibraciones que estaban recorriendo el agua a contracorriente. Dirigieron su mirada río abajo y de inmediato dieron la vuelta y echaron a correr ladera arriba. El legado trató de detenerlos con órdenes, sin resultado. Ya no había armas que nos apuntasen, así que miré río abajo y vi la ondulación en el agua acercándose a nosotros, creciendo a medida que avanzaba. Las damas del agua remontaban el río.

El legado dirigió una mirada de ira hacia el Viento Bueno y retrocedió, pero no fue lo bastante rápido. El agua cubrió sus rodillas, sus piernas… y lo arrastró. El Viento Bueno crujió y se quejó cuando la crecida lo levantó, arrancándolo de las rocas y lo empujó más allá de ellas.

Rivaverde giró el timón para escorar el barco y entendí lo que estaba haciendo. Estaba haciéndolo navegar sobre el costado de estribor para que no se hundiese todavía. Nos estaba dando un tiempo.

Las damas del agua cantaban junto al Viento Bueno en su último viaje…

– ¡Sobrino, saltad ahora! Haré que me sigan.

– No pienso abandonarte, tío.

– No estoy solo – respondió con una sonrisa –, Dulzagua está conmigo.

Miramos la figura inerte de la gnoma, sin saber si estaba viva o no.

– Tío, no puedo…

– Si este va a ser el último viaje del Viento Bueno, haz que valga la pena, sobrino.

Pequeña Nutria dijo algo en su lengua, Rivaverde le respondió. Y, a pesar de que no entendí las palabras, pude oír el amor y la lealtad que había detrás de ellas.

Pequeña Nutria fue el primero en tomar una ballesta y una bolsa que hbía sobre la cubierta y nos esperó junto a la borda de babor. Nos reunimos con él. Lavina me pasó una espada corta.

– Trata de no perderla, pero si te hundes, déjala.

Asentí.

Los elfos se unieron a nosotros. Miré una última vez hacia Rivaverde, y luego miré el desgarro en la línea de flotación del Viento Bueno. Estaba sentenciado, solo la pericia de Rivaverde y las damas del agua lo mantenían a flote. Pequeña Nutria nos instruyó:

– Nadad hacia la orilla este. Os ayudaré si tenéis problemas. Si no sabéis donde estáis quedaos quietos y vendré a buscaros. ¡Vamos!

Sin más, se lanzó al agua. Salté tras él y, por segunda vez en muy poco tiempo, volví a sumergirme en el agua helada. Bajo la superficie el sonido era extraño y se mezclaba con voces.

Logré salir a flote, a pesar del peso extra, y vi el Viento Bueno alejándose de nosotros herido de muerte.

Alguien me tocó y di un respingo. Era el elfo. Me hizo una señal y ambos nadamos tras el resto de nuestro pequeño grupo de náufragos.