La soledad resultó sorprendentemente soportable para Hermione. Y lo mismo el volver a su vida muggle. Necesitaba ese tiempo consigo misma más de lo que era consciente. Claro que hubo momentos de lloros y angustia cuando los vecinos le preguntaban por sus padres, pero los capeó bien. Comió en sus restaurantes favoritos, fue al cine y dedicó el resto del tiempo a leer. Quedaban cuatro días para volver al castillo cuando una lechuza dorada se coló por su ventana y aterrizó con elegancia sobre la mesa del salón.
-¡Hola, Champagne, cuánto tiempo sin verte! –exclamó acariciando al animal.
Lo conocía de sobra, era la lechuza de Mirelle y todas las Navidades le entregaba algún regalo. Juzgó que le habría costado encontrarla al no estar en la Madriguera, pero aún así había dado con ella. El animal dejó el paquete que cargaba y acompañó a Hermione a la cocina para que le diera algún premio. Picoteó una galleta y volvieron al salón.
-Bueno, vamos a ver qué has traído –murmuró.
Ejecutó un hechizo para que el paquete volviera a su tamaño original: Mirelle había usado uno reductor para que Champagne pudiera transportarlo sin problema. Apareció una caja bastante grande. Desenvolvió el primer paquete y leyó la nota:
Para que veas que tú también eres una diosa de la civilización que más te guste. ¡Feliz Navidad, Hermione! Te quiere, Mir.
La castaña sonrió y lo abrió. Se trataba de un vestido muy parecido al que la francesa llevó a la fiesta: con un hombro descubierto, vaporoso y de alta costura. Solo que el suyo era en blanco y un poco más recatado que el de su compañera. Jamás había tenido una prenda tan bonita y valiosa. Sin ser capaz de esperar y porque necesitaba animarse, se lo probó.
-¿Qué tal me queda? –le preguntó a la lechuza que solo ladeó la cabeza.
La chica buscó un espejo. "Joder…" murmuró al verse, "Sí que estoy buena…". Dio un par de vueltas y observó lo bien que se ajustaba la prenda a su cuerpo y lo sofisticada y confiada que la hacía sentir. Sabía que en comparación las novelas muggles que le había comprado a su amiga no serían gran cosa, pero Mirelle agradecía cualquier tontería.
Volvió al salón y observó que le quedaba un paquete por abrir. Se trataba de una caja bastante grande con un colorido envoltorio con motivos infantiles. Parecía propio de una juguetería, no encajaba en absoluto con los regalos que Mirelle solía hacerle… En cuanto lo abrió supo por qué. Se trataba de un mono de peluche mágico: contaba con un hechizo de calor que se activaba cada vez que lo abrazaba y otro que preservaba el perfume que se le aplicara. No pudo aplicarle el suyo porque alguien se le había adelantado: sándalo y pachuli. Supo de sobra quién. La tarjeta estaba escrita en la misma caligrafía caótica y algo infantil que aún se distinguía en su muñeca.
He supuesto que querrías que oliera a mí para que puedas fantasear con que me abrazas cada noche. No hace falta que me digas que es el mejor regalo que te han hecho: soy consciente. Hasta que volvamos al infierno, monito.
B.B.
P.S. Se llama Polaris Black.
La castaña puso los ojos en blanco. No tenía ni idea de qué le parecía el obsequio. Se despidió de Champagne que se aburría de la inactividad y se quedó contemplando al mono de peluche. Utilizó incluso un hechizo para asegurarse de que no era explosivo ni peligroso. Era solo eso: un mono de peluche. Lo que la desquiciaba era no adivinar la intención de su remitente, ¿era una burla o una ofrenda de paz? Podían ser ambas cosas... Aunque tratándose de Bellatrix, se decantó por la primera. Además le había puesto nombre igual que a su patronus para denotar que valía más que ella. Aún así era caro y la bruja lo había elegido para ella… Y ella misma le confesó en una ocasión (justo antes de follar) que le gustaba el apodo. Igual era un gesto bonito… "Bonito" en la mente de la mortífaga, claro.
En cualquier caso, las noches siguientes durmió abrazada a él. Curiosamente, se sintió menos sola. El día antes de la vuelta a lo que Bellatrix consideraba "el infierno" (y en cierta manera Hermione también) estaba leyendo en el salón cuando alguien llamó a la puerta. Cogió su varita y se acercó con precaución. Se tranquilizó al ver que era un acalorado Harry con Pigwidgeon en su hombro y la escoba en la mano. El chico la miró y sonrió.
-¿Él te iba a defender en caso de que hubiese sido un intruso?
Hermione frunció el ceño. Hasta que descubrió que en una mano llevaba su varita y en la otra había agarrado al mono inconscientemente. Comentó que nunca se sabe y le invitó a pasar. Se sentaron en el salón mientras el chico lo miraba todo con curiosidad.
-¿Has venido volando? ¿Y qué hace Pig contigo? –preguntó la sabelotodo.
-Como no sabía dónde vives, le he dado a Pig un sobre para ti para que siguiera tu rastro. Y la he seguido con mi escoba. Así que aquí estamos.
La castaña alzó las cejas sorprendida, era una buena táctica.
-Sé que te marchas mañana y quería disculparme por lo que sucedió –empezó el chico-. Nos pusimos todos muy nerviosos y yo no quería decir que no me importe tu bienestar, yo…
-Lo sé, Harry –le interrumpió ella-. Yo tampoco estuve muy fina y no tuve mucho tacto.
No hicieron falta más disculpas, había confianza de sobra entre ellos. Así que se dieron un abrazo y todo solucionado. Hermione le preguntó cómo se lo habían tomado el resto. El moreno le contó que la señora Weasley estaba algo indignada y Ron un poco triste, pero lo superarían. La chica supo que no quería preocuparla y que seguramente Molly estaría cabreadísima y su hijo llorando por los rincones. Lo de Ron lo sentía; lo de su madre no, ya era mayorcita.
-No te preocupes por él, estará bien. De hecho te insistió tanto en que dejaras Hogwarts porque llevaba mal pasar tanto tiempo separados. Creo que él también se planteaba cortar si tenía que pasar tanto tiempo solo. Pero te le has adelantado y siempre es peor que te dejen –comentó Harry.
-Sí, tienes razón. No tenía sentido siendo que solo nos vemos en vacaciones…
Ambos estuvieron de acuerdo y cambiaron de tema. Estuvieron un par de horas rememorando los viejos tiempos y fantaseando con su futuro y después el chico se marchó. Antes se ofreció a acompañarla el día siguiente a la estación y Hermione aceptó. Después terminó su equipaje y cogió al mono.
-Hora de dormir, Polaris, buenas noches.
A Merlín gracias el peluche no contestó. Irradió un calor reconfortante entre sus brazos y la envolvió en el misterioso aroma de la bruja oscura.
Casi agradeció la vuelta al trabajo: fin del drama y de nuevo la rutina. Se manejaba bien en ese ámbito. Además sentía que se había quitado un peso de encima. Más adelante tendría que sanear la relación con los Weasley, pero al menos ya no había engaños. El pasado pasado estaba. En el colegio nadie recordaba su ataque de ansiedad durante la fiesta, así que decidió tomárselo con optimismo.
A quien no vio las primeras semanas fue a Bellatrix. Se la cruzó un par de veces por los pasillos, pero la morena siempre se hallaba lejos de la realidad. Ni siquiera saludaba. No obstante, la chica cogió el vicio –"no, la precaución se repetía a sí misma"- de estudiar el Mapa del Merodeador antes de dormir. Lo hacía para vigilar a los alumnos, estaba harta de que le tomaran el pelo por ser la profesora más joven (estaba segura de que los merodeadores se estaban revolviendo en sus tumbas por el uso fraudulento de su invento). Pero ya que estaba… Solía descubrir a la mortífaga deambulando por el Bosque Prohibido hasta altas horas de la madrugada. En algunas ocasiones también rondaba por algunos pasillos que no formaban parte del camino a las mazmorras ni a su clase. El tercer lugar en el que la localizaba a veces era en la torre de Astronomía. Eso aún era más extraño: ahí no había nada. Aunque lo peor era que, con bastante frecuencia, su nombre aparecía superpuesto al de Mirelle en lo que suponía que era su habitación en las mazmorras.
Una tarde se las encontró a las dos discutiendo acaloradamente por el pasillo:
-¡Te advertí que era una idea nefasta, Bella! –exclamó la francesa.
-¡La idea era buenísima, qué culpa tengo yo de que con la edad se te vaya la cabeza y no sepas cómo aceptar un regalo! –protestó la morena.
Mirelle se echó a reír.
-¿Como esa vez que me contaste que le regalaste a tu Señor un gorro de Papa Noel porque considerabas que le avergonzaba ser calvo?
Bellatrix abrió la boca dispuesta a replicar, pero la cerró. Chasqueó la lengua ocultando una sonrisa y tuvo que reconocer que aquella no fue su mejor idea. "Pero esta sí que lo era", sentenció abriendo la puerta del aula, "Voy a ver si los cachorros recuerdan algo de lo que les enseñé… ¿Cenamos luego mientras criticamos a esa ingrata?". La castaña asintió y sonrió.
-¿Todo bien, Mir? –preguntó Hermione cuando la mortífaga se encerró en su clase.
-¡Hola, Herms! Sí, Bella está enfadada porque a Minerva no le ha gustado su regalo de Navidad.
-¿Qué le ha regalado?
-Un jersey.
-¿Qué tiene eso de malo? –inquirió Hermione extrañada.
-Un jersey de gato.
-Oh, no…
-Oh, sí. Con la frase "Auntie Bella's favourite kitty" escrita en el lomo. Y ha insistido en que se lo probara. Minerva se ha indignado muchísimo, Bella se ha sentido súper ofendida y yo he reído hasta llorar.
-Ojalá saber legilimancia para ver el recuerdo –balbuceó la chica entre risas.
-Te lo enseñaré en el pensadero, pero cuanto no esté Minerva en el despacho, te juro que he creído que cruciaba a Bella. Y la otra diciendo: "Pues la señora Norris no ha protestado cuando le he regalado uno a juego, me ha lamido la mano con gratitud, ¡aprende de ella, Minnie!".
Hermione y Mirelle se estuvieron riendo juntas hasta que tuvieron que meterse a sus aulas. La joven también le había comprado un regalo de broma a Bellatrix, pero no sabía cómo dárselo. Pensó en hacerlo a través de Kreacher, pero en el fondo deseaba tener una excusa para verla. Pensó en fingir un encuentro casual en sus vagabundeos nocturnos. Descartó el bosque: ella jamás iría sola de noche y la slytherin de sobra lo sabía. Los pasillos tampoco eran una opción muy concreta: le resultaba siniestro dar con ella ahí a oscuras sin testigos. La torre de Astronomía era el punto más alejado de la torre de Gryffindor: ir ahí resultaba de todo menos casual. De todas maneras, como siempre lo pensaba ya con el pijama, jamás pasaba a la acción.
Una noche terminó tarde de hacer su ronda de vigilancia. Cuando llegó a su habitación, antes de cambiarse, consultó el mapa. El cartel de "Bellatrix Black" se hallaba de nuevo estático en la torre de Astronomía. Sin pensarlo mucho, cogió el libro que le había comprado. Le llevó un rato cruzar el castillo y temió que se marchara antes. Pero comprobó en el mapa que seguía ahí. Así que cogió aire y subió las escaleras. En cuando puso un pie en el primer escalón, escuchó en tono amenazante:
-¿Quién hay ahí?
-Tu sangre sucia favorita –respondió la chica con sorna.
No hubo respuesta pero sí escuchó una risa entre dientes. Cuando llegó arriba, la bruja se hallaba sentada en una de las ventanas mirando el paisaje con expresión melancólica. La luna llena dominaba la estampa y a esa altura la niebla aún era más aparente. Era como una hermosa postal gótica. Pese a lo romántico de la escena, la castaña se fijó en lo práctico: el alfeizar era muy estrecho. Era asombroso que la duelista lograra mantener el equilibrio. Hermione le comentó que era peligroso: un movimiento en falso y seguiría la trayectoria de Dumbledore.
-Oh, pero él estaba ya cadáver cuando cayó –replicó la morena-, fue hermoso de ver. Además, yo podría frenar la caída con un hechizo o aparecerme a mitad, cuando me aburro lo hago. Mira, observa.
Bellatrix se movió ligeramente dispuesta a practicar la caída libre. De inmediato Hermione se lanzó sobre ella y la agarró del brazo. Tuvo suerte de que pesara poco o podrían haberse ido las dos para abajo. La bruja oscura la miró con ojos brillantes.
-¡Oooh! ¡Me has salvado de nuevo! –exclamó con fingida emoción recordando el ataque de la acromántula.
-Eres como una cría… Una cría bastante limitada, por cierto.
Bellatrix se enfurruñó, se cruzó de brazos y volvió a girar la cabeza hacia el paisaje. Su compañera puso los ojos en blanco. Pero lo agradeció: al menos no le había preguntado cómo la había encontrado.
-Te traigo un regalo para agradecerte lo de Polaris –informó la chica.
Eso atrajo de nuevo la atención de la slytherin que la miró entre emocionada y sorprendida. Hermione casi se arrepintió de no haberle comprado un obsequio en serio, probablemente iba a arrojarle el libro a la cabeza. Aún así se lo entregó. La bruja desgarró el envoltorio de la librería muggle y leyó el título: "Efectos del frío extremo en el cuerpo humano. Casos de muerte por congelación". Le dirigió a la sabelotodo una mirada de reproche pero no dijo nada. La chica sospechó que no le había hecho gracia que se burlara de su tendencia a tumbarse en la nieve. Aun así abrió el libro y lo hojeó. Al poco su rostro de iluminó de nuevo.
-¡Hay un montón de fotos de muggles muertos! –exclamó emocionada- ¡Y míralos, están azules, es precioso!
Hermione se arrepintió de no haber hojeado el libro con más detalle. Aún así, una parte de ella se alegró de que le gustara. Su compañera le dio las gracias con sinceridad. Pero entonces se creó un silencio tenso que la mortífaga rompió con una pregunta aún más tensa:
-¿Cómo has sabido que estaba aquí?
