No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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—¿Qué quieres, plateada? —preguntó la mujer a la loba. Como una, volaban a través de la Campania—. ¿Vas a intentar lo imposible?
La loba no podía contestar con palabras, pero la mujer entendió su alegre respuesta:
—¿Por qué no? Yo soy una cosa imposible.
Con las luces de Roma tras ella, la loba se detuvo en lo alto de una loma para inspeccionar su reino. La luna semioculta por las nubes lanzaba una luz brillante a sus ojos. Bajo ella se extendía un mar de hierba sólo roto por líneas de arbustos pequeños y árboles bajos.
Aquellas barrancas y corrientes de agua donde la loba podía, si lo deseaba, encontrar agua y presas. En lo más profundo de su corazón salvaje, la loba recordó y se regocijó. Los recuerdos que inundaban el cerebro de la mujer eran casi insoportables en su viveza. La loba no sólo recordaba la alegría, sino también el dolor y su ocasional fin inexorable, la muerte.
A menudo una muerte rápida bajo los cascos afilados y aplastantes de la querida presa. O igualmente rápida ante las armas de su propia especie, los colmillos largos y blancos y las mandíbulas capaces de triturar el hueso. O la muerte más temida por la lenta tortura de la enfermedad.
También recordaba la vida, no como los humanos la vivían a veces —una experiencia de ansiedad constante y miedo a los infortunios del mañana, disgusto por los grandes y poderosos entre los suyos— sino la vida plena y vivida al máximo entre el amor de otros como ella, el exultante triunfo y los a veces amargos desengaños de la caza.
Una vida endurecida por punzadas de hambre, alternadas con hartazgo. Una vida de deseo, potente y apasionada, alcanzando su plenitud en un amor no tocado por la culpa o el pesar. Una vida modelada por la libertad que anhelaba la mujer, un sentido de poder sobre sí misma y su propio mundo, una fuerza salvaje que nunca podría ser traicionada o esclavizada en la estúpida barbarie de la servidumbre humana.
La mujer o la loba podían morir. Quizá esa misma noche, como una o como otra. Pero no iría a trompicones por el camino hasta la muerte odiando la vida o el mundo a su alrededor. No sería una esclava, nacida para arrastrar su carga desde el nacimiento hasta la muerte. Sería libre, libre como la loba, incapaz de quedar aprisionada por el terror o la crueldad. Abrazando la existencia, incluso su dolor, hasta el último extremo. Siendo una con la hierba movida por el viento, el gran arco de los cielos oscuros, impulsada por el grito del viento que parecía apremiarle en su camino.
Por un último instante, loba y mujer miraron la luna, y después, casi con un suspiro silencioso, Isabella se rindió a la alegre libertad del miedo de la loba, emprendiendo la marcha hacia Cumas. Las nubes estaban volviéndose más oscuras, y una helada neblina se arrastraba por la Campania cuando la loba llegó al pie de la roca.
El templo alzaba su cáscara vacía contra el cielo, con las nubes como sus únicas compañeras. La loba tomó el camino sagrado hacia la cima. Justo antes de llegar a la cúspide vio dos figuras encapuchadas y vestidas de negro, esperando. Ninguna tenía una antorcha o una lámpara. Los rayos de luna encontraban su camino entre las hendiduras en las espesas nubes, y las figuras parecían sombras teñidas de negro.
Una de ellas la vio y habló:
—Dijo que vendría una loba, hermano.
—Sí —contestó la otra—. Una loba más grande y poderosa que los lobos de la Campania. Una loba que no actuaría como una loba.
—Te saludamos, Lupa —dijo una de las figuras, alzando la mano.
La loba de plata levantó la cabeza y los miró con orgullo.
—No todos hemos olvidado que una vez Dios habló aquí —explicó uno de los encapuchados—. Algunos todavía recordamos. Ven, él espera junto al hogar.
Tony estaba sentado junto al alto cono del fuego sagrado. Saludó con la mano a Isabella.
—Lupa —dijo—. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué puedes querer de mí?
Isabella se puso en pie ante él, como mujer. El viento metía el frío en sus huesos y le movía el pelo como un velo oscuro alrededor de su cuerpo. Los dos hierofantes encapuchados ocultaron el rostro en sus mantos y se arrodillaron al lado de Tony.
—Vengo —dijo Isabella—, para traerte una cura, si puedo.
—La única cura para mí es la muerte —contestó Tony, levantándose. Tiró del manto que ocultaba sus facciones—. Aun así, escondo mi fealdad de una criatura tan bella como tú, Isabella.
Isabella miró hacia abajo. La niebla era como un sudario bajo la siempre cambiante luz de la luna. Cubría el paisaje con su caricia húmeda, ocultando los contornos de la costa, difuminando la inmensa llanura de la Campania. La luz de la luna iba y venía a través de la espesa capa de nubes.
Como la roca y el templo, Isabella parecía suspendida entre el cielo y la tierra. No del todo ninguno de los dos, sino algo diferente y, quizá, más poderoso.
—La fealdad y la belleza no existen para la loba, Tony —dijo—. Por lo menos, no como tú las ves con tu ojo de artista.
Una ráfaga de viento azotó su pelo, alborotándolo alrededor de su cara como una llama. El polvo de la pila de ceniza cubrió la túnica de Tony, que agachó la cabeza para escapar de su furia.
—Tú fuiste —siguió hablando Isabella— mi primer amigo. El primero en ayudarme. Ni la mujer ni la loba pueden olvidar eso. Entrégate a mí e intentaré completarte.
—¿Cómo?
—Yendo a dónde van los muertos.
Se alejó de él, hacia la entrada del templo. Los dos hierofantes vestidos de negro volvieron a sus puestos a los lados del portal, una puerta que se abría ahora a la oscuridad.
—Mía. —Isabella recordó sus propias palabras a Chloe—. Una victoria sobre la muerte.
Olvidó a Tony por un momento y vaciló. Pero la mujer no luchaba ya con la loba. Eran una. Había una luz en el interior. Su brillo mostraba el templo como lo que era: los grandes huecos en las paredes, la obra de piedra rota bajo los pies, el pedestal resquebrajado... Un vacío conde había estado la estatua de oro del dios.
El resplandor emanaba de una figura torcida que se apoyaba en un pesado bastón. Cuando la figura estuvo más cerca, Isabella reconoció a la Abadesa Maggie. Alzó la mano en un gesto de saludo, recordando y reconociendo la luz que había llegado en su socorro la noche en que el mal parecía abrumarlo todo, cuando las criaturas de la oscuridad se habían lanzado tras ella. La anciana se detuvo en la puerta del templo, ante Isabella, y habló:
—No te haría enfrentarte a las fuerzas de la noche sin una palabra. No pienses que en los mundos más allá de la muerte somos todos iguales. Amaste a mis hermanas mientras estuviste entre ellas, recibe por ello mi bendición y la de Dios.
La anciana alzó su mano, y Isabella se arrodilló sobre los escalones del templo. Sintió la mordedura del mármol en su carne. El viento soplaba con más fuerza. La niebla parecía estar subiendo más rápidamente. Largos jirones se movían entre las altas y blancas columnas.
—Dios te proteja en tu viaje —dijo Maggie mientras trazaba una cruz en el aire con los dedos. Después desapareció.
Isabella se encaró con la mujer fuera del tiempo. Vejez y juventud se sucedían en su rostro como el cambio de estaciones en la mente de Dios.
—¿Eres una criatura del tiempo? —preguntó Isabella poniéndose en pie.
—Soy lo que el tiempo es a la eternidad. Cada cosa contiene las semillas de su destrucción. Su fracaso es compensado siempre por el momento del renacer.
—No puedo entenderte.
—No. Y como mortal que eres, nunca podrás. ¿Estás lista para el viaje?
Isabella extendió los brazos, casi desesperada.
—Lo estoy. ¿Puedes decirme si volveré?
Sonó una breve risita entre las sombras que se reunían tras Isabella, entre los harapientos fantasmas. Era como el chillido de los murciélagos. Pero el rostro de la cosa ante Isabella no cambió, salvo para envejecer y rejuvenecer de nuevo.
—Algunos vuelven —dijo—. Algunos no. Y a algunos no les importa, tal es su dolor. Viaja con nosotros o no lo hagas. Nos es indiferente.
Isabella sintió un momento de vacilación. Incluso la loba mostró miedo al buscar Isabella la protección de su forma lupina. Por un momento se perdió en los recuerdos de la loba.
Vio destrucción cuando un incendio provocado por un rayo recorrió una llanura, matando a todo lo que no pudo huir, una avalancha moviéndose como una nube montaña abajo, arrastrando cadáveres de hombres y bestias y depositándolos, hermanos en la muerte, en un valle. La tierra temblaba, con abismos que se abrían bajo sus pies y fuego que brotaba de lo alto de una montaña. Una ceniza abrasadora y asesina llovía por todas partes.
Había tantas formas de morir... El universo era muerte, y la muerte lo gobernaba. Toda la vida tomaba mil caminos hacia la destrucción. Pero la vida seguía viviendo, chispeando, iluminando, ardiendo como una vela en una tumba. Una estrella destellando al borde del horizonte al crepúsculo, volviendo siempre, como las rosas de Chloe, para siempre.
Isabella nunca se había sentido más mujer o más loba. La loba trotó escalones arriba, hacia las risitas incesantes de los fantasmas, y atravesó la puerta.
Cuando Isabella era niña, años antes, alcanzó su feminidad y encontró a la loba en su interior. Había vivido en la propiedad de su padrastro. Incluso entonces había sido una niña solitaria. Su madre, todavía bella, colgaba siempre del brazo de su padrastro, Phill. Aquel matón corpulento y con ambiciones sociales llevaba a su frágil madre como un adorno. Isabella estaba sola con frecuencia.
Por la tarde, antes de que alguna de las doncellas de su madre la llevase a la cama, se asomaba por la estrecha ventana de su cámara para ver el ocaso. La última luz del día se desvanecía en un resplandor por el camino de su villa. Isabella soñaba con seguir aquel camino hasta el fulgor dorado. Pues entendía como mujer que un niño no mira el reino de la posibilidad absoluta con miedo, deseo, amor o aborrecimiento, sino simplemente con despejada aceptación. El niño espera el momento de internarse en ese extraño reino que todavía no comprende del todo.
Y así fue como Isabella emprendió su salvaje viaje, lanzándose como una flecha hacia un resplandor de luz dorada.
Allí estaba, mujer, nacimiento, desnuda, en un templo de oscuridad. Los pilares del salón se elevaban hasta el cielo. Desde lo alto de cada uno de ellos, una garganta despedía bocanadas de llamas y humo negro. El humo era una capa negruzca que emborronaba las estrellas. El suelo era de pulido cristal negro, y reflejaba el sangriento resplandor de las llamas que rugían en los pilares.
—Bienvenida —dijo una voz—, a la tierra arruinada.
Isabella supo que estaba en medio de una corte, y que los súbditos de aquel gobernante eran horrores. Eran claramente visibles a la luz de los terribles fuegos que ardían en lo alto, recorriendo el largo pasillo entre los pilares de llamas.
El pasillo llevaba a un trono, en el que se sentaba la mujer con cara de calavera que la había recibido la primera vez que entró en el templo. Pero esa vez la visión era peor. Entonces, Herófila se había envuelto en un manto que lo cubría todos menos la cara de marfil.
Ahora iba vestida con una gasa que cubría un voluptuoso cuerpo de mujer. Los suaves pechos tenían pezones oscuros que se marcaban contra la tela. La carne terminaba en el cuello, y un cráneo desnudo y ennegrecido oscilaba sobre la columna de huesos. Una serpiente envolvía su cuerpo, los anillos alrededor del pecho y la cintura, la cola en el cuello y la cabeza profundamente metida entre sus ingles.
La voz resonó de nuevo en la mente de Isabella.
Yo, la Reina de los Muertos, te doy la bienvenida. Pues sabe, Mujer Loba, que el camino al paraíso pasa por las puertas del infierno.
El séquito a su alrededor no era menos terrible. Algunos parecían estar muertos, pues ninguna cosa viva podía tener aquel aspecto. Horrores sin ojos ennegrecidos por las llamas. Jirones de carne desprendiéndose de brillantes huesos rojos. Parecían cadáveres siendo limpiados por los buitres.
Otros brillaban con la maligna luz azul de la putrefacción. Estaban hinchados por la podredumbre, empapados de los jugos de la descomposición. Pero todos se movían con una horrible vida. Riendo, aullando, llorando, rodeaban el trono de la reina.
Fuera del templo, Isabella podía ver por entre las columnas una desolación llena de cráteres. A lo lejos brillaban nogueras en la oscuridad. Isabella se dio cuenta de que podía reconocer a algunos de ellos. Los que habían vivido en la casa con Tony.
Mike, ciego y sin piernas, con las entrañas cayendo por su herida del vientre. Laurent, uno de sus asesinos, aquel al que ella había matado poco a poco, con la cara negra y los ojos saltones. Se acercó repulsivamente a ella, con los brazos extendidos. La muchacha, Cope, azotada hasta la muerte, se arrastró en su dirección, dejando un rastro de limo sangriento.
Una pesadilla. Tiene que ser una pesadilla. La mente de Isabella gritó y sollozó.
—No hay nada —siguió diciendo la voz, como un trueno tras el trono de piedra negra—, nada entre tú y lo que temes.
En unos momentos, la turba de horrores estaría sobre ella. Sus viles manos podridas agarrarían su carne desnuda.
Isabella abrió la boca e intentó cambiar, pero la loba le falló. No iría en ayuda de Isabella. Estaba sola.
Isabella pudo sentir su cuerpo derrumbándose lentamente mientras caía de rodillas.
En sueños, no se cae.
Pero sus sentidos estaban despiertos. Sus manos parecían moverse como tentáculos a través de un líquido espeso mientras buscaban sus propios ojos, no para cubrirlos, sino para sacarlos de sus cuencas.
Sus rodillas tocaron el suelo, y la fría piedra envió una ola de dolor a través de su carne desnuda.
La eternidad. La mente de Isabella tropezó y sondeó el concepto.
Le pareció ver un rizo sin fin que la encerraba en un terror demente mientras los muertos se esforzaban por llegar a ella, una locura que empezaría una y otra vez repitiéndose sin cesar. Una pesadilla de la que nadie podría escapar nunca. Ella permanecería allí, perdida en una angustia perpetua y perseguida en vano por los muertos.
Entonces Isabella sintió a la loba y comprendió que no se había ido. La bestia estaba siempre con ella, y cuando miró a la turba demoníaca a través de sus ojos, el corazón de la mujer estuvo a punto de reventar, no de miedo, sino de compasión.
Ella era más que loba y mujer, era una mujer loba. Ni la una ni la otra, sino un ser que encarnaba a ambas criaturas a la vez, inconmensurablemente más poderosa que cualquiera de las dos, inconmensurablemente más fuerte. La loba, como ella había dicho a Tony, no veía fealdad ni belleza de la forma en que lo hacía la mujer. Veía sólo a la humanidad atrapada en los grilletes del tiempo.
El tiempo hace que los muertos se conviertan en polvo, el tiempo mutila. El tiempo mata. El tiempo corrompe. En las puertas de la eternidad los muertos siguen llevando las cicatrices de su viaje no sólo a través del tiempo, sino también las heridas que, en nuestra vanagloria, nos infligimos unos a otros.
Entonces la visión de crueldad se desvaneció, y la muchedumbre a su alrededor se hizo más y más alta. Vio que se estaban volviendo transparentes, y al hacerlo, parecían más tristes y más inofensivos. Después desaparecieron como un jirón de humo capturado por el viento. Sólo dejaron el rugido y el olor de las hogueras que ardían en lo alto de los pilares y el incesante gemido del viento que soplaba como el aliento de una terrible maldición.
Todos se habían ido, salvo el fantasma sin ojos de la muchacha que había sido azotada hasta la muerte. La muchacha que había maldecido una vez a Isabella por ser joven y bonita. La muchacha a la que Isabella había vengado. Cope. Ya no era un horror.
Isabella la vio tal y como había sido cuando era joven; en su adolescencia, cuando empezaba su vida. Iba vestida de blanco, con una guirnalda de flores en el pelo. Llevaba una espada en la mano. Quedaba otra.
Herófila todavía estaba en su silla, y también había sufrido un cambio. Ya no era la obscenidad de lujuria y muerte con que se habían topado los ojos de Isabella unos momentos atrás, sino la sacerdotisa de túnica blanca y corona de laurel que estaba a la entrada del inframundo. Alzó una mano y llamó a Isabella:
—Acércate a mi trono, muchacha, pues has visto de verdad. Has mirado a los muertos, no con el ojo del miedo, sino con el de la verdad, y has escapado así del primer peligro de tu actual estado.
Isabella recorrió el largo pasillo entre las columnas negras hacia el trono. La piedra estaba helada bajo sus pies, y la arena llevada por el viento desde el desierto más allá del templo martirizaba su carne desnuda. El espectro de Cope, espada en mano, la seguía. El viento aulló más fuerte, y remolinos de arena gimieron a los extremos del templo, azotando el suelo. Los ojos de Isabella lagrimearon, y ella levantó la mano para aclararlos.
—No llores —susurró Cope— por los dolores de la infeliz carne humana, pues has irrumpido aquí donde ninguna carne viva tiene que entrar.
Isabella se detuvo ante el trono y miró hacia arriba. Podía ver la cara de la mujer. No era vieja, pero tampoco joven; carecía de edad.
—¿Qué quieres?
—Pido sanar a Tony —dijo Isabella.
—Entonces —contestó Herófila— debes buscar a alguien que pueda sanarle.
Ella miró pasillo abajo, más allá de las altas columnas que parecían árboles letales con hojas de llamas, al lejano desierto. El viento seco y caliente sopló de nuevo, e Isabella oyó el quejumbroso lamento, el mismo lamento que la había despertado de noche en el convento.
Un sollozo de dolor tan profundo, tan amargo, que parecía más allá de la esperanza o incluso el amor. Un sonido desolado y solitario, el llanto de alguien condenado a vagar para siempre sin consuelo ni descanso.
—Quien va a guiarte te está llamando.
Isabella echó una mirada a su alrededor. Sus ojos sólo encontraron una desolada extensión de piedra y arena iluminada por los fuegos del templo.
—No veo a nadie.
—Ella está allí—dijo Cope—, aguardándote. Dale el espejo y ten esperanza. — Extendió la espada hacia Isabella.
Isabella se giró y la miró a los ojos. Antes había visto sólo un espectro sombrío, aunque bello. Ahora, Cope parecía una mujer real, de pelo castaño rojizo, ojos color avellana y semblante pálido, lechoso. Sonrió a Isabella, casi traviesamente, por un momento, y luego su cara se serenó y endureció.
—Lo que debo hacer no es fácil para mí —dijo el fantasma—. He de tomar tu sangre para que el espíritu pueda beber y convertirse en uno de nosotros, y para que tu sangre te marque el camino de vuelta. Viajarás como loba al jardín, y cada vez que tu zarpa toque la tierra, la sangre será una ofrenda. Pero antes de hacerlo, quiero que haya paz entre nosotras. La primera vez que nos encontramos, te odié. Tu belleza me recordaba todo lo que había sido y nunca podría ser de nuevo. ¿Me perdonarás mi rencor? Cuando morí, mi atormentado espíritu flotó en las inmediaciones, pensando que todo el mundo era crueldad y dolor, y que como había sido la vida, así debería de ser la eternidad. Pero llegaste tú.
—Te vengué —dijo Isabella.
—No. Me hiciste justicia.
¿Justicia? se preguntó Isabella mientras alargaba la mano hacia la espada de Cope, recordando la sangrienta refriega en la que había matado a los guardias. Se preguntó si incluso los muertos se engañaban a veces. ¿Había sido justicia aquello? Quizá sí. Ciertamente, ella no había mostrado misericordia.
Herófila contestó su pensamiento, inclinándose hacia delante y apoyando la barbilla en su puño.
—Nosotros también tenemos nuestros debates y nuestras divisiones, incluso aquí. La pobre alma que clama por ti busca la salvación, te ve como su salvadora. Pues nuestros pecados no siempre nos encuentran, Isabella. A veces, nos convertimos en el pecado que cometemos, y ése es su castigo. Su voluntad no puede olvidar el modelo de una vida terrenal humana. Tú eres, como ya te he dicho, su salvación. Di que se la darás.
—Lo haré —dijo Isabella, y extendió la mano.
La espada mordió profundamente, haciendo un corte a través de su palma. La sangre empezó a gotear de sus dedos. Una sombra revoloteó en la luz roja que rodeaba a las tres mujeres, y empezó a sorber codiciosamente. Un instante después, unas frías manos óseas asieron su muñeca. Isabella se negó a retroceder, y mantuvo la mano firme mientras la cosa se transformaba en carne ante sus ojos.
Primero fue un esqueleto; después la carne fue vistiendo despacio el hueso... la pálida y cerúlea carne de un cadáver. La cara era un horror hundido, de labios marchitos y retraídos, los ojos agujeros sin párpados. Pero mientras chupaba y bebía, la cosa asumió aspectos de vida. La carne pálida adquirió color, como si estuviese viva. Los labios volvieron a su lugar, los ojos brillaron en las cuencas negras y fueron cubiertos suaves párpados de venas azules, y una mujer quedó de rodillas allí, completa y adorable como había sido en vida. Soltó la mano de Isabella.
Estaba maquillada, adornada con joyas y vestida de seda. Tan hermosa como debía de haber estado cuando Esme la vistió para su viaje a la tumba. Se puso en pie y giró alegremente, mirándose en su espejo.
—Soy yo de nuevo.
Herófila, sentada en su trono, suspiró profundamente.
—Ven, Carmen —dijo—. ¿Es lo has deseado tanto tiempo?
—Sí —susurró Carmen, al parecer incapaz de separar los ojos del espejo en sus manos—. Mi belleza ha vuelto. Ahora la tengo para toda la eternidad.
Isabella cerró su mano herida y se la llevó al pecho. Olas de dolor corrían por su brazo, llevándola al borde de la consciencia.
—Dime, Carmen —susurró a través de los labios resecos—, ¿cómo puedo salvar a Tony?
—Encuentra el jardín de Dédalo —dijo ella, casi ausente. Su mirada estaba clavada en el espejo—. Cruza el desierto hasta que llegues a un río de fuego. Muchos fantasmas vagan a lo largo de sus orillas, incapaces de cruzarlo. Algunos no te verán, y muchos ni siquiera repararán en ti, aunque lo hagan. Pero debes buscar allí hasta que encuentres a uno dispuesto a llevarte al otro lado, pero ten cuidado. Si intercambias una palabra con esa turba errante, o respondes cuando te hablen, estarás condenada a vagar para siempre entre ellos. Más allá del río está el jardín de Dédalo.
—Tony te vio tal y como eras, ¿verdad? —preguntó Isabella—. Me refiero a cuando te pintó con el espejo en la mano. Él no era más que otro espejo para ti.
Por primera vez, la mirada de Carmen se apartó del espejo, clavándose malévola en Isabella.
—Eso es todo lo que significa el amor para ti, ¿no es cierto? —insistió Isabella—. Ver tu encanto reflejado en el placer de otro. Por eso le tomaste como amante y como víctima.
—Cosa antinatural —chilló Carmen—. No eres ni bestia ni humana... ¿Quién eres para condenarme, tú, destinada a no conocer el amor a menos que lleve a la muerte? —Retrocedió con el espejo en la mano y sonrió, canturreando suavemente para sí en tono consolado—. Tengo mi belleza. Es todo lo que pido, y si dudo, siempre me puedo mirar en el espejo y verla allí.
Empezó a desvanecerse lentamente; pero mientras lo hacía Isabella vio que su cuerpo comenzaba a caer de nuevo en la ruina de la tumba. Pero su reflejo en el espejo permaneció inalterado, un rostro joven y bello para siempre. Entonces, desde la eterna corriente de aire que soplaba en el desierto, un céfiro la tomó, llevándola como una hoja al viento hacia los inmensos confines de la eternidad.
—Está en el infierno y no lo sabe —dijo Isabella a Herófila y Cope.
—No podría decirlo —contestó Herófila—. Quizá con el tiempo llegue a conocerse mejor.
—Pero aquí no existe el tiempo.
—Cierto. No hay tiempo, pero sí muchos misterios. Así que hay esperanzas de que algún día sea capaz de olvidar su amor por sí misma y sustituirlo por compasión y arrepentimiento. Pero eso sería doloroso, y prefiere permanecer como está. Aprende, Isabella, que el precio del paraíso es el dolor. Ahora, si tú quieres, ve a buscar la cura de Tony.
Cuando Herófila dejó de hablar, también pareció dejar de ser. Dondequiera que fuese, se llevó a Cope con ella, e Isabella se encontró sola. Sólo oía el incesante gemido del viento y el rugido de las llamas en lo alto de las columnas. Toda compulsión que hubiese mantenido su forma de mujer desapareció también, y Isabella se vio de nuevo como loba.
Empezó a cruzar lo que Herófila había llamado la tierra en ruinas. Cada vez que su zarpa delantera tocaba la tierra, el dolor era como un hierro al rojo clavado en su sensible almohadilla, pero la loba, controlada por la voluntad de la mujer, siguió adelante.
La tierra en ruinas era piedra y arena, y el cielo una oscura mortaja sin estrellas. Isabella encontró su camino por la luz de las ciudades en llamas. Cuando se acercaba a alguna, veía que estaba habitada, llena de la crueldad insensata y la ciega tragedia que afligían al hombre desde el principio de los tiempos. En las calles iluminadas por el fuego que devoraba los tejados y salía por las ventanas y puertas de moradas agonizantes, las mujeres lloraban sobre sus maridos caídos y los hombres clamaban contra el cielo mientras contemplaban a sus madres e hijas ultrajadas y asesinadas.
En algunos lugares, los canales de desagüe estaban rojos por la sangre de los asesinados, y los vencedores alborotaban ebriamente entre la matanza, incluso mientras sucumbían a la enfermedad y se lanzaban contra sus propias espadas para escapar del dolor del agua huyendo de sus intestinos y las bubas en axilas e ingles que les enloquecían. Otros sufrían tortura, siendo desollados, marcados con hierros, cegados y quemados, retorciéndose en agonía aun cuando se volvían contra sus verdugos y les aplicaban el mismo trato.
Todas esas visiones atormentaron a la loba mientras se obligaba a seguir adelante. Su sufrimiento consistía en preguntarse si estaba viendo a verdaderos espíritus encerrados en una incesante repetición de crueldad, dolor y desesperación. El escaso consuelo que podía encontrar estaba en creer que eran sólo sombras de lo que habían sido, y que en alguna parte, las almas de quienes habían sufrido tanta agonía estaban libres.
La última ciudad era sólo un montón de escombros lleno de cadáveres hinchados y devorados por perros y moscas. Ante ella vio un bosque, atravesado por un río de fuego. La loba emprendió un doloroso medio galope, su corazón anhelando los árboles, el frescor bajo las espesas ramas. La ceniza era una tortura casi tan intensa como su pata herida.
Quizá pudiese encontrar en el bosque agua limpia para beber, y oler algo que no fuese polvo y carne quemada. Pero cuando estuvo más cerca del bosque vio que también era una ruina. Los árboles carbonizados alzaban una tracería de ramas desnudas contra el sombrío cielo, un cielo que reflejaba la luz sangrienta de las ciudades en llamas.
En unos momentos, ella estuvo entre la esquelética maleza del borde. Sintió las ramas muertas rompiéndose contra su cuerpo mientras pasaba. Eran quebradizas, y estaban podridas. Corrió cuesta abajo, hacia el río de fuego. Muchos árboles habían caído, formando siniestros enredos de ramas y arbustos espinosos, trampas mortales para sus pies cansados. La única agua que encontró hedía a moho, y su sabor estaba mancillado por la madera podrida. La corteza colgaba en tiras de los troncos de árboles que quedaban en pie, como carne desprendida de los huesos de un cadáver. El bosque no era ningún santuario.
Siguió bajando hacia el río, cuyas llamas brillaban a través de los árboles. En la orilla rocosa, Isabella encontró a los fantasmas de los que había hablado Carmen. Pudo ver a algunos de ellos, pero incluso la loba apartó la mirada. Algunos caminaban sin ver, moviendo los labios en comunión silenciosa consigo mismos. Otros lloraban o rabiaban, las mandíbulas crispadas, escupiendo la bilis y furia de una vida en la oscuridad vacía. Otros no eran más que voces tristes y solitarias flotando en el viento.
Sus palabras eran un tormento para los oídos de Isabella, y parecían pedirle que les hablase, aunque sólo fuese para ofrecerles el poco consuelo que pudiera. Clamaban la desgarradora tragedia de ser humano. E Isabella, su alma encerrada en el cuerpo de la loba, lloró silenciosamente lo que su forma lupina no podía llorar con ellos.
—Morí en mi cama de niño —gemía uno—. El dolor... oh, el dolor...
—Yo fui capturado y tomado como esclavo —lloraba angustiada la voz de un hombre—. No podía vivir sin libertad, y morí bajo tortura después de mi tercera fuga.
—Yo morí de hambre —se lamentaba una voz infantil—. Mi madre me dejó morir cuando mi padre la abandonó.
No, pensó la loba. No.
Y a pesar de la herida en su pata, empezó a correr a lo largo de las rocas, alejándose de aquel caldero de dolor humano. Las llamas brotaban del agua, chamuscando su flanco. Las voces la siguieron como un enjambre de furias, llevando su miseria a sus oídos.
—Yo adoraba a mis hijos... —lloriqueó una voz— pero ellos me envenenaron por mi oro.
—Yo fui estrangulada —chilló otra—. Mi marido me acusó de adulterio. Era inocente, pero él me hizo estrangular de todas formas porque quería a otra más rica que yo.
No, pensó la loba, intentando volver al pobre cobijo de los árboles muertos.
Un espeso matorral de arbustos espinosos hizo que retrocediese. Súbitamente, fue una mujer de nuevo. Las piedras calientes cerca del río quemaban sus pies. Había un bendito, bendito silencio. La figura de un hombre estaba de pie ante ella. Era sólo una sombra perfilada por las llamas. Extrañamente, era la única, entre todas las que vagaban por allí, que parecía verla.
—Soy Charles, la piedra del lobo —dijo.
Padre, quiso decir Isabella, pero no lo hizo.
No se atrevió a dejar que las palabras pasaran de sus labios.
—Silencio —dijo él—. Permanece callada como te advirtió Carmen. Sólo uno de nosotros puede ser oído aquí.
Se volvió ligeramente. El fuego le iluminó, e Isabella pudo ver la ancha herida hecha por el dardo de ballesta que dejó escapar la vida de su pecho.
—¿Cuántos ocasos y amaneceres han habido, Isabella, desde que saltabas en el vientre de tu madre? Te he seguido desde la primera vez que abriste los ojos. Te he recordado y querido, y te he esperado aquí.
Isabella era ahora una mujer y podía llorar. Caminó hacia su padre, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Une las manos —dijo él— para que pueda beber y sentir mi mortalidad de nuevo.
Isabella ahuecó las manos. Los labios de su padre tocaron sus palmas ensangrentadas, y se solidificó ante ella como un hombre. Lo primero que hizo fue quitarse el manto y envolverla en él para cubrir su desnudez. La advertencia de Carmen fue olvidada, multitud de palabras ahogaron la garganta de Isabella.
Su soledad era un amargo dolor que le imponía silencio.
—Calla y no te muevas —dijo Charles, poniéndole un dedo sobre los labios—. No hables. Te he seguido todos los días de tu vida. No sólo entre el alba y el crepúsculo, sino también durante las horas de la noche, cuando las estrellas se mueven en silencio sobre el mundo. A través de los días en que el sol ardía sobre tu espalda, y los campos relucían dorados. Oía tu voz en el viento de verano, y en las solitarias noches de invierno, cuando los grandes árboles crujen por el frío y la nieve cubre la tierra en silencio. Supe de tus sueños y miedos. Me asomé contigo a las palabras de los libros, y luché a tu lado en tu soledad y dolor. Hija, querida hija mía, nunca has estado sola. Yo miraba a través de tus ojos en primavera, cuando los nuevos brotes eran un resplandor verde en los árboles y prados, y en otoño, cuando las hojas brillantes eran un alegre coro de color contra la tierra parda. Te he seguido y amado todos los días de tu vida. Y he esperado, caminando aquí, negando mi propia paz para que pudieras saber.
Isabella sintió que los brazos de su padre la elevaban. La llevó a las llamas que rugían en el río ardiente. Ella podía sentir el calor subiendo a su alrededor, sofocante, furioso, maligno, casi una cosa viviente que extendiese tentáculos de fuego para arrebatarla de los brazos de su padre. Entonces llegaron al otro lado, a un prado iluminado por la nueva luz de un sol naciente.
Charles la dejó sobre la hierba y tomó su cara entre las manos, y ella le miró. Era un hombre grande con una espesa mata de pelo rubio. Se preguntó si su cara era tan ordinaria. Tenía un rostro amable, fuerte y masculino, con una nariz rota en más de un combate y cicatrices de las batallas que había librado.
—Tu madre nunca entendió mi doble naturaleza. La odiaba y la temía. ¡Dios la perdone! Para tu madre, el Todopoderoso tenía la cara de Eleazar. Pero aquí en la ribera, esta grieta entre el engaño a uno mismo y la eternidad, uno debe dejar no sólo los pesares del polvo, sino también sus injusticias antes buscar la luz eterna. Así que aquí dejo mi amor traicionado, mi pérdida, y mi amargo dolor.
Isabella intentó hablar, y sintió de nuevo el dedo de Charles en sus labios.
—Calla. He visto tus lágrimas, y son estrellas que iluminarán mi camino en todos mis viajes... para siempre.
Entonces desapareció, y un gigantesco lobo gris se alzó en su lugar. El lobo dio la vuelta y corrió hacia el borde del prado, donde empezaba el bosque. Se volvió una vez para mirar de nuevo a Isabella, y se fue. Su eterno amor pasó sobre ella como una ola.
Isabella se quedó en silencio junto al bosque, oliendo el puro aire de la mañana. Se estremeció de pesar y alegría durante un largo rato. El manto de Charles era de un tejido áspero y grueso, realzado por una estrecha franja de brocado de oro. Podría haber sido parte del traje de caza de un rey.
Se envolvió con él y emprendió la marcha sin mirar atrás. La hierba era suave y fresca bajo sus pies, y estaba ligeramente húmeda por el rocío de la mañana. En lo alto de la colina, el alba resplandecía entre las nubes. Le sangraba la mano, la sangre brillaba en gotas de color rubí sobre la hierba verde. Siguiendo el camino que había tomado el lobo, llegó al bosque.
La luz era grisácea. El suave musgo en la corteza de los árboles brillaba con un oscuro tono esmeralda. Ningún pájaro cantaba en la quietud de la mañana. El suelo estaba cubierto de helechos. Las oscuras hojas se doblaban bajo sus suaves pisadas y volvían a alzarse, sin dejar rastro de su paso. La franja de bosque era estrecha, e Isabella dejó los árboles al llegar a lo alto de una colina.
Había un jardín resguardado entre las colinas, como un niño acunado en el pecho su madre. Comprendió que por fin había llegado a su meta. Se detuvo un momento y miró a lo lejos. El sol estaba sobre el borde del horizonte, y algo aún más luminoso brillaba bajo sus primeros rayos.
¿Era una hermosa ciudad blanca que captaba toda la luz? No lo sabía, y no podía estar segura porque el amanecer era demasiado luminoso para sus ojos.
Empezó a bajar hacia el jardín. Casi gritó de dolor cuando llegó al borde. Estaba rodeado de zarzas, suaves flores blancas de cuatro pétalos diseminadas sobre duros y espinosos tallos negros. Se detuvo de nuevo, estaba tan cansada... La mano le latía con un dolor frío y sordo. No sabía si tendría fuerzas para soportar más sufrimiento, pero alargó la mano herida hacia los rígidos tallos verde oscuro, que se apartaron fácilmente a su contacto.
Se encontró en un camino enlosado que llevaba a una fuente. El camino estaba bordeado de flores, que brotaban por todas partes, tumultuosamente, indiferentes a la estación. Isabella conocía los nombres de algunas de ellas, líneas y líneas de aterciopelada lavanda púrpura, salvia, trébol blanco, amarillo y rojo, perfilaban el camino como una frontera. Detrás de las plantas más bajas estaba la alta dedalera, y abundantes azucenas. Azucenas como no había visto nunca. Blancas con franjas lavanda, las cabezas inclinadas por el peso del rocío.
Detrás, otras plantas más altas alzaban crespos pétalos retorcidos, de colores naranja y escarlata como si aguardasen jadeantes al sol. Detrás, entre los altos cipreses, estaban las rosas. Sencillas, dobles, rojas, rosas y blancas, y sobre sus pétalos, esparcidas como las estrellas en el cielo nocturno, las gotas de rocío captaban la luz del sol, convirtiéndola en un millar de arco iris diminutos.
He estado aquí antes, pensó Isabella. He caminado por aquí en los sueños que tengo cuando duermo más profundamente, esos sueños que sólo recuerdo a medias. He caminado por aquí, y mi corazón atormentado ha anhelado este lugar, su frescura sanadora y su paz. Le encontraré cerca de la fuente.
Y eso hizo. Su pelo era blanco, y su corta barba gris, pero su rostro tenía la misma belleza sin edad que Herófila. Ella debió de hacer algún ruido al acercarse, o quizá él captó su pensamiento, porque alzó los ojos del libro que estaba leyendo y estudió su cara.
—¿Eres Dédalo?
—Sí, lo soy. ¿Qué quiere de mí una criatura tan bella como tú?
—Busco —dijo ella— la cura para un hombre. ¿Está eso a tu alcance?
—Aunque soy una de las criaturas más inferiores de por aquí, sí, lo está.
Isabella se preguntó quién sería entonces la más grande de las criaturas de aquel lugar, pero no dijo nada. Se conformó con sentarse sobre uno de los bancos de piedra y mirar los juegos del agua a la luz del sol. Estaba muy sedienta, como había estado mientras buscaba el río.
—¿Puedo beber?
—Sí —dijo Dédalo—. Pero no metas tu mano herida en el agua, pues es el agua de la vida, y la herida es lo único que te ata a la tierra. Cúrala, y no podrás volver.
—No estoy segura de que quiera volver.
Dédalo sonrió.
—Noto que eres una criatura muy joven y que tu vida ha sido dura, pero no temas, las cosas pueden mejorar pronto. Si te quedas aquí, nada cambiará nunca para ti, ni para bien ni para mal. Yo era viejo cuando vine aquí, la cáscara reseca de un hombre. Tenía razones para creer que había experimentado todo lo que la vida podía ofrecerme. Mi visión era borrosa, y apenas podía oír el ruido de un trueno. Mi espíritu estaba tan seco y marchito como el resto. Ya era inútil para el mundo, y el mundo para mí. Hacía tiempo que había olvidado mi juventud y sus esfuerzos. El hastío había hecho presa en mi espíritu. Yo había apurado la copa de la vida hasta las heces, y sólo quería descansar aquí al sol.
Isabella se arrodilló junto a la fuente y empezó a beber. Al hacerlo, notó cómo la abandonaba la fatiga. Una sensación de callada victoria entró en su corazón al comprender que había ganado. Tony sería como antes, y la poesía de sus dedos, la magia que sus ágiles pinceles podían crear en una pared, se renovaría para la mayor belleza del mundo. Ella no había gastado su sangre, su dolor, para nada.
—¿Dónde está el hombre a quien deseas que cure? —preguntó Dédalo apartando su libro.
—En Cumas.
—Ah, Cumas. Yo viví allí mucho tiempo y amé a la sacerdotisa. Recuerdo la Acrópolis, el santuario en lo alto de su roca, junto al mar oscuro como el vino de Hornero.
Todavía de rodillas junto a la fuente, Isabella le miró con tristeza.
—Ahora está en ruinas.
Dédalo frunció el ceño.
—Eso me ha dicho Ícaro.
—¿Ícaro?
—Sí, mi hijo. Dime, ¿qué decís los hombres de él?
—Que... —la lengua de Isabella vaciló ante la extrañeza de hablar a una leyenda sobre una leyenda, pero continuó— que voló demasiado alto y el sol fundió la cera de sus alas, haciendo que cayese al mar.
Dédalo se rió.
—Qué tontería. Había alas, pero no cera. No, a Ícaro le gustaba probar los límites de todo. Yo surqué el aire como los barcos recorren el amplio seno del mar con una vela. Ícaro puso a prueba los límites de mi destreza y encontró la muerte en las rocas. Pero aquello fue sólo en una de sus vidas. Ha tenido muchas desde entonces.
—¿Mientras tú permanecías aquí?
—Sí. Verás, querida, a algunos hombres les basta con una vida, mientras que para otros mil no serían suficientes. Ícaro es uno de ellos. Así que viene y me trae noticias del mundo que yo dejé atrás hace tanto tiempo. Un mundo, podría agregar, que me asombra. Aunque no me tienta a abandonar mi jardín muy a menudo, raramente me encuentro con una criatura como tú, y nadie había entrado nunca en mi santuario.
—¿Me ves cómo soy? —preguntó Isabella vacilante.
—Sí. Veo a la mujer elegante, toda delicadeza e intelecto, y también a su ágil compañera de la noche, que se deleita en la libertad de la luz de luna. Cuando estaba vivo, veía a tu especie como la materia de los sueños e ilusiones. Pero al venir aquí conocí a algunos vagabundos en el bosque, hijos de la belleza más íntima de la vida, y comprendí. Los hombres ven el mundo a través de las anteojeras de la razón. No ha existido jamás peor tirano que la razón. Pues los cegados por ella no pueden buscar lo que hay en el rabillo de sus ojos, visto sólo a medias.
—Los hombres razonables —dijo Isabella—, me atarían a un poste y me quemarían.
—Cierto. ¿Cómo podrían tolerar tal poder en una mujer? Suena a bruja.
—¿Tan terrible es ser una bruja?
—No. —Dédalo sonrió—. Pues la tierra es una mujer suave y bella, y la bruja es su voz. —Miró a lo lejos con ojos que ya no veían a Isabella—. Recuerdo mi juventud, hace muchos años. Nací en Creta, esa bella isla en un mar de lapislázuli. Ah, era el alba de la tierra entonces, y nosotros fuimos los primeros en degustar sus frutas dadivosas. Cultivamos las uvas salvajes crecidas en las laderas de las montañas; pequeños y suaves globos purpúreos, hermosos y redondos como los labios de una mujer. Nuestros campos estaban dorados con el trigo, y se inclinaban ante la brisa del mar. A pesar del tiempo que llevo muerto, todavía puedo saborear las suaves y blancas hogazas de pan, y oler el aroma del vino que bebíamos con ellas. La aceituna, gris reina madre de los árboles, nos prestaba su fragante aceite para acariciar nuestros paladares cuando nos dábamos un festín de perdices o palomas, o compartíamos gambas y pescado, la siempre presente riqueza del mar. Los días se iban sucediendo, entretejidos como los hilos de un tapiz, o como las notas de una maravillosa melodía, una de las que tocan los pastores cuando dormitan entre sus ovejas en una tarde de verano. No puedo distinguir unos días de otros porque eran todo deleite. Construí la pista de baile de Ariadna para que pudiésemos dar gracias a la tierra, anciana y benévola madre del hombre, por todos sus regalos. Por aquel entonces, Isabella, no pensábamos en violaciones ni conquistas. Sabíamos cortejar a la tierra y fuimos con tanta suavidad a ella como un amante a una virgen. Obtuvimos de ella infinito placer y plenitud. Y la bruja era una sacerdotisa que hilaba abundante y alegre la medida de la vida sobre su pista de baile.
Isabella apoyó la cabeza sobre el pórfiro de la fuente y cerró los ojos.
—¿Qué pasó?
Dédalo se rió torvamente.
—Un sueño de poder, muchacha. Los egipcios vinieron a nuestra isla. Codiciaban nuestro vino y nuestro aceite. Antes de que llegasen, Minos era sólo un hombre que a veces era poseído por un dios. Ellos le enseñaron a creer que era de hecho un dios, y que como tal podía tomar lo que quisiera. El precioso aceite y el vino quedaron almacenados en su palacio. Las perdices y palomas fueron a parar a su mesa, y sólo quedó el esplendor de su casa a lo lejos para llenar los corazones y estómagos de su pueblo. Sus manos abarcaban más y más... y yo, que había construido cosas maravillosas para él, no pude seguir soportándolo. Cuando hablé en su contra, me mantuvo cautivo en una villa sobre un alto acantilado de la que escapé surcando el viento. No viví para presenciar el fin de Minos, pero mi hijo dice que llegó en una nube de fuego.
—¿Y la bruja?
—Los hombres la odian y la maldicen —dijo Dédalo— porque es la encarnación de su vergüenza. Ella les recuerda su hermosa señora, la tierra. Han olvidado cómo amarla, y ahora temen sus tempestades y sus torrentes. Su crueldad invernal, su calor de verano y su polvo. Sus horas apasionadas, cuando su cresta se agita y brota fuego de las cimas de las montañas. Dicen que ésta es su cara, pretendiendo no saber que es sólo una de ellas, olvidando las horas en que les sonríe en ellos y extiende sus brazos afectuosos. Olvidan que cuando ven su oscuridad y crueldad, ven sólo su propio reflejo en sus ojos. Habiéndola condenado, se sienten libres para expoliarla y saquearla, a ella como a la bruja.
Isabella se puso en pie, todavía envuelta en el manto de su padre. Echó la cabeza atrás e inspiró profundamente el aire de la mañana.
—Entiendo por qué te he encontrado en el jardín.
Dédalo meneó la cabeza.
—Yo no hice el jardín. Fue un regalo de amor.
Isabella se miró la mano que aún sangraba. Las gotas rojas manchaban las losas a sus pies.
—Debemos irnos —dijo—. Creo que no tengo mucho tiempo. Todavía estoy sangrando.
Dédalo alargó una mano hacia la herida. Isabella tiró por un momento de la suya y miró el jardín, queriendo verlo de nuevo a la luz de la mañana y beber de su belleza: las flores, salpicaduras de color contra el oro verde de la hierba; el césped, chispeando tan brillantemente a la luz del sol que ella no podría decir dónde acababa el verde y empezaba el oro; las rosas, cuyo olor estaba empezando a llenar el aire; y los altos cipreses recortándose contra la bola naranja de luz en el horizonte.
—Quiero recordarlo. Recordarlo todo.
—¿Para poder encontrarlo de nuevo algún día? —preguntó Dédalo.
—Sí —contestó Isabella—. Para poder encontrarlo de nuevo algún día.
Entonces él tomó su mano. Isabella sintió un tremendo tirón, un dolor. No sabía nada de dar a luz, pero aquello era similar a como ella imaginaba que debía de ser. Un segundo después estaban juntos en la roca de Cumas, ante el fuego sagrado.
La niebla se había ido, las estrellas eran una cascada de luz sobre ella, y el viento agitaba el manto de su padre. El jardín era sólo un recuerdo. Tony yacía a sus pies, su cuerpo desnudo extendido sobre el fuego frío. Parecía muerto. Tenía los ojos cerrados, y su piel estaba azul por el frío.
Los efectos de su enfermedad eran obvios: dedos de pies y manos destruidos, la nariz blanca y deshecha, la boca arruinada. Pero aún flotaba sobre él la sombra de su antigua belleza.
La luna estaba baja, y la tierra yacía en sombras bajo la roca. Los fantasmas no estaban ya a la vista. El templo se alzaba vacío detrás de Isabella.
Los dos hierofantes vestidos de negro esperaban en los escalones del templo, como estatuas colocadas a la puerta de una tumba. El viento cesó y la noche quedó muda. A Isabella le parecía oír el silencio.
Dédalo bajó los brazos, y mientras Isabella miraba, los levantó despacio. Mientras lo hacía, el fuego ardió en el círculo de piedra del antiguo hogar sagrado. Las llamas parecían reales, e Isabella se sobresaltó. Pero entonces comprendió que las llamas no despedían calor. Tony no sufría daño, sino que parecía flotar entre ellas como la salamandra que vive el fuego. Pero cuando los brazos de Dédalo continuaron subiendo, el fuego se volvió blanco, convirtiéndose en una estrella de brillo tan intenso que deslumbró Isabella por un momento antes de desvanecerse.
Miró de nuevo. Tony estaba tendido ante ella, en toda su juventud y fuerza. Su carne brillaba contra la ceniza gris con el rubor de la vida. Mientras le miraba, se estremeció en el frío aire nocturno y giró sobre un costado, haciéndose un ovillo para huir del frío. Isabella se quitó el manto de sus hombros y lo dejó caer encima de él. Dédalo caminó alrededor del fuego y tomó su mano todavía sangrante.
—¿Mi jardín? —preguntó—. ¿Regresarás conmigo?
Isabella estaba de pie ante él, consciente de que sólo iba vestida con la sombra y su propio pelo color de luna.
—No —contestó—. Probaré el mundo y veré lo que tiene para mí antes de dormirme.
—Ah. —Dédalo retrocedió—. Adiós entonces, adorable dama de la luz de la luna. Mirándote, entiendo que los dioses inmortales pudieran sentir deseos de estar entre los brazos de una mujer mortal. Y qué es lo que tanto ansia mi necio hijo para beber una y otra vez de la fuente de la vida.
Se fue, dejando sola a Isabella con la amarga noche invernal y las estrellas. Ella se volvió hacia los dos hierofantes que esperaban en los escalones del templo y señaló a Tony.
—Cuando despierte —dijo—, devolvedlo a su madre.
Un instante después, era loba. En atención a su pata todavía sangrante, cojeó por la ruta procesional hacia Roma.
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Tony ya está curado o.o que fuerte! Este capítulo es muy largo pero me gustó jajaja me pareció bastante interesante.
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
