Disclaimer: Sólo la trama es mía, los personajes que hago sufrir son del dios todo poderoso Gosho Aoyama.


Capítulo 25: Pandora

La noche parecía que quería ayudar a la población para que pudiese ver el espectáculo organizado por la policía para atrapar al ladrón más altanero y escurridizo que la nación hubiera visto. El cielo cubierto de estrellas, aguardando por el cometa, se veía mucho más despejado que los últimos días, que había augurado lluvias para esa noche. Eso ayudaba a los helicópteros que rodeaban el imponente edificio Suzuki, iluminándolo para poder vislumbrar algo fuera de lo común.

Un Mercedes Benz rojo se encontraba aparcado a pocas calles donde sus ocupantes pudiesen ver el edificio donde ocurriría todo. Los dos integrantes aguardaban alguna señal, impotentes por no poder hacer mucho más.

El copiloto manipulaba una tablet entre sus manos y llevaba puestos auriculares con un micrófono. - ¿Novedades?

- ¿No confías en mis capacidades de infiltración? - Se quejaron desde el otro lado del auricular. - Me duele tu falta de fe.

- Cállate. - Se quejó una voz femenina. - Al menos tú no tienes que estar en un lugar tan estrecho como este. Me van a doler las articulaciones por meses. ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de meterme aquí?

- Culpable. - La voz no parecía nada arrepentida, más bien tenía un deje divertido.

- Kuroba… Si no te mata Lion esta noche, te mataré yo misma. - Dijo con tono lúgubre.

Saguru suspiró resignado y miró a su compañero, que también tenía un auricular y micrófono puesto pero para comunicarse con otra persona. - Te lo cambio. - Movió el dedo índice de un lado a otro para dar énfasis.

El conductor sonrió divertido. - Paso. Estoy en el lado de la ley, y tú de los criminales. - Sólo recibió un bufido.

- ¿Todo bien? - Escuchó por el otro lado de la línea.

- Sí, no te preocupes. Tú céntrate en dirigir a tus hombres y deja el resto a nosotros. Te avisaré si ocurre algo. - Dijo suavemente para calmar a su interlocutora.

- Gracias, Kudo. - Agradeció la inspectora volviendo junto con los suyos, ya que tuvo que separarse varios metros para poder comunicarse por el pinganillo oculto en su oído. A última hora, el detective de Tokyo se había incorporado al grupo sin dejar objeciones, y el londinense decidió que era mejor separar las comunicaciones, así ella podría estar enfocada al 100% en lo suyo, sin distracciones. Si le ocurriese algo a Akako o Kaito, Saguru se lo diría a Kudo y él se lo notificaría, pasando a un plan de acción sobre la marcha. - Sanada, ¿novedades? - Le preguntó al que tenía más cerca.

- Todos los efectivos siguen las instrucciones al pie de la letra. Nada fuera de lo normal. - Dijo con seriedad mientras observaba los monitores y manipulaba las cámaras.

Todo eso se le hacía familiar… Claro, era como la noche que Kid había vuelto después de tantos años. La primera vez que se encontraron… Parecía que había ocurrido hacía eones, y sólo había pasado un par de meses. Todo había cambiado desde ese entonces. Ella ya no era una muerta en vida, y su mejor amigo había vuelto de entre los muertos. Si le hubieran dicho aquella noche que ayudaría al ladrón a robar y a no ser capturado, se hubiera descojonado en la cara de esa persona y le hubiera detenido por infamias.

- Mantenedme al tanto de todo. - En cuanto terminó de decirlo, las luces parpadearon unos segundos, pero suficiente para llamar la atención de los agentes. - ¿Qué ha sido eso?

- No lo sé. - Dijo uno de sus hombres más cercanos. - Puede que una bajada de tensión por toda la energía consumida.

- Imposible. - Determinó la mujer con firmeza. - Estamos en uno de los edificios mejor preparados tecnológicamente. ¡Comuníquense con los diferentes sectores!

- Nakamori. - Escuchó en su oído la voz del detective del este algo preocupada, aunque no quisiese mostrarlo. - ¿Ocurre algo? Los helicópteros se marchan.

El aviso del detective la extrañó. - Inspectora. - Miró a quien la llamó. - Los helicópteros vuelven al hangar, se está levantando un viento demasiado fuerte como para que puedan seguir sobrevolando la ciudad.

Chasqueó la lengua, molesta por el contratiempo. - Encended los focos. - Ordenó. Siguieron su orden y a los segundos se pudo ver grandes haces de luces provenientes del suelo iluminando el edificio, pero éste era más alto y no llegaban a cubrir los pisos superiores. - Tendrá que servir. Con respecto a la bajada de tensión…

- ¡Inspectora! - Puso sus ojos sobre los monitores, viendo cómo todos se cubrían de humo blanco que salía de los conductos de ventilación.

- Que no cunda el pánico. - Intentó calmar. - Esto es lo que quiere, que nos pongamos nerviosos y actuemos sin pensar. - Cogió una máscara anti humos que había sobre la mesa y se la puso. - Vayamos a la sala de exposición, le esperaremos y atraparemos allí.

Avanzaron por los pasillos hasta la sala octogonal donde tenían guardadas las piedras que habían recolectado de los diferentes museos y se quitaron las máscaras que les protegían del humo blanco. Dispersas y separadas, se encontraban pedestales con las diferentes piedras, para que fuese más difícil su recolección. Y en suelo, varios de sus hombres inconscientes.

- ¡Inspectora! - No hacía falta que le gritasen, pensó molesta. Allí estaba el mago, junto al pedestal más alejado, cogiendo una de las piedras con su característica galantería.

Se giró y miró a los recién llegados. - ¡Oh! Gracias a Dios, por fin compañía. - Se llevó una mano al pecho. - Me sentía tan sólo. - Dijo con tristeza.

- No estés triste, Kid. - Dijo con calma la mujer. - Porque después de esta noche, no lo estarás nunca más. Tendrás mucha compañía allá donde vas. - Revisó la sala, pero algo no iba bien, e hizo ver al mago su confusión.

La cara de póker del mago era inmutable. - Lo siento, inspectora. Pero tengo un sitio que ir antes. Una cita a la que no puedo faltar.

Las luces volvieron a fallar durante unos segundos, pero sus ojos no se separaron el uno del otro. Aoko intentaba ver a través de la máscara del ladrón, cuando una luz intensa la cegó tanto a ella como a sus hombres.

- ¡Nakamori! - El pinganillo llamó su atención entre los gritos de sus hombres. - ¿Estás bien?

Cuando volvió su vista, el mago no estaba en la sala, y sólo faltaba una de las piedras. - Sí, ¿qué está pasando? El resto de piedras siguen aquí.

- No lo sé. ¿Hakuba? - Escuchó a su amigo hablando con quien estaba conectado. - Todo se ha adelantado. - Respondió. - Las trampas de Kuroba se activaron antes y tuvo que adelantarse, no pudiendo llegar con tiempo.

Eso preocupó a la mujer. Sus hombres la miraban esperando órdenes, pero no se esperaban que estuviese paralizada, hablando sola. Se miraron entre ellos, con confusión en sus rostros. Escuchó los gritos y se alarmó. - ¿Qué ocurre?

- Hemos perdido la comunicación con Kuroba. - Respondió con preocupación. Su rostro se volvió blanco como el papel por el miedo que la embargó.

- Busquen a Kid… - Se giró a sus hombres. - ¡Le quiero ante mi ahora! - Gritó exaltada y los oficiales comenzaron a moverse.

Su cabeza ya no razonaba fríamente. Estaba terriblemente preocupada, sus planes se habían ido por el caño. Sabía que podía pasar, pero aún así no esperaba que cambiase tanto la situación. Se quedó sola en la habitación cuando sus hombres terminaron de salir corriendo en búsqueda del infame ladrón. Sus pies por fin obedecieron sus órdenes después de varios segundos pensando un plan y salió corriendo hacia donde debería haber ido el hombre después de obtener las piedras.

Llegó hasta la sala que buscaba mientras se encontraba por el camino a sus hombres y les preguntaba por el ladrón, recibiendo negativas allá por donde pasaba. Kudo en su oído le decía que la bruja seguía esperando, pero que el mago no aparecía. Deseaba con toda su alma encontrárselo en su camino, pero no hubo suerte.

Llegó a la compuerta escondida detrás de una columna y golpeó par de veces, abriéndose al instante y mostrando a Akako con un traje negro que se le pegaba como una segunda piel. - ¿Qué está pasando, Nakamori? Hakuba me ha dicho que todo se ha adelantado, pero Kid no ha venido.

Ya no sabía qué hacer, ¿dónde podría estar? El mal presentimiento que tenía durante todo el día no la dejaba en paz. - Aoko. - Su amigo inglés resonó en su oído. - He compartido la línea con todos. Como Kudo ha dicho, hemos perdido comunicación con Kuroba, pero sigue en el edificio.

- ¿Puedes verle? - Preguntó Akako con preocupación. - ¿Dónde está?

- No puedo verlo por nuestras cámaras. Nos han cegado. - Las mujeres se miraron con miedo por lo que eso significaba. - Pero el localizador que le puse en el traje sigue indicándome que sigue ahí.

- ¿Qué localizador? - Preguntó la bruja.

- Kuroba era el más expuesto, así que le pedí a Agasa un localizador de los de Kudo para tenerlo controlado.

- Y menos mal que lo hiciste. - Comentó Shinichi mientras veía la tablet de su compañero.

- ¿Y no debiste compartir esa información con el resto de la clase? - Dijo escéptica la bruja.

- ¿Y eso cómo nos ayuda para saber dónde está? - Obvió el comentario de su compañera.

- Este localizador tiene la peculiaridad de decir a qué distancia está el objetivo. Y también su posición sobre el nivel del mar…

- Qué conveniente… - Se quejó con mal humor, estar en ese espacio tan pequeño la ponía de ese modo y no podía evitar responder con ironía. - ¿Nakamori? - La llamó en cuanto la vio salir corriendo.

- ¿A qué altura, Saguru, Kudo? - Se dirigía a las escaleras, estaba perdiendo un tiempo precioso.

- Ciento cincuenta y un metros sobre el nivel del mar. - Especificó el inglés.

- Teniendo en cuenta que cada piso estándar mide 3 metros, y el edificio cuenta con cincuenta pisos…

- El tejado. - Dilucidó la policía mientras abría de golpe la puerta de las escaleras y subía.

- Pero ese edificio no tiene tejado de fácil acceso. - Saguru y Shinichi estudiaban los planos que tenían descargados.

- Sé cómo llegar. - Dijo con la respiración acelerada.

Los dos detectives se miraron y salieron del coche como si estuviesen sincronizados, quedándose frente al capó mirando el edificio iluminado. - Aoko, ¿no irás a subir tú sola?

Asumieron el silencio como una afirmación. - ¡Espera refuerzos, Nakamori!

- ¡Koizumi! - Llamó Saguru con desespero mientras Shinichi cogía su teléfono y marcaba un número.

- ¡No hace falta que grites! - Dijo mientras salía de su escondite y realizaba un conjuro sobre sí misma para que le dejase de doler el cuerpo. - Estoy en ello.

Una figura en blanco veía la ciudad a sus pies. Se agarraba el sombrero y su capa ondeaba con fiereza por el viento que le rodeaba, no podría utilizar su ala delta en estas condiciones. ¿Cómo había sido tan estúpido? Cuando notó que sus trampas se activaron antes de tiempo, tuvo que actuar con rapidez para llegar antes que Aoko a la sala, y coger las piedras. No tuvo tiempo más que de coger la más indispensable, escondida en ese momento en su traje. Y su camino hasta donde se encontraba la bruja no pudo ser más accidentado. Al girar una esquina, recibió un golpe de uno de los hombres de Hirota, disfrazado como policía. No podía llevarlo ante Akako, así que tuvo que volver hacia atrás, terminando en lo más alto del edificio. Lo peor, había perdido el comunicador, seguramente por el golpe que recibió. - Bueno… Al menos Aoko está a salvo...

- ¡Kid! - Se giró alarmado por el grito, viendo a la inspectora salir por la trampilla.

Su respiración se detuvo por unos instantes. - ¿Qué haces aquí? - Demandó con desespero. Veía cómo ella intentaba avanzar hacia él en contra del viento que arremolinaba hebras de su cabello soltado del moño que llevaba. - ¡Debes de estar con tus hombres!

- Saguru y Kudo me avisaron que te perdieron en las comunicaciones. No tuve opción. - Terminó de llegar hasta él y se agarró de sus brazos. - ¿Qué ha pasado?

- Todo esto se ha salido de control… - Un ruido ensordecedor les rodeó, haciendo virar sus cabezas y ver un helicóptero que no era de la fuerza policial sobrevolándoles.

Se miraron y salieron corriendo hacia la trampilla, pero el impacto de un disparo justo a sus pies les detuvo. Miraron de nuevo hacia arriba y vieron a Snake asomado por la puerta abierta, apuntándoles con un arma mientras el aparato descendía. El piloto tenía que ser extremadamente bueno para poder pilotar en esas condiciones atmosféricas.

El viento que producían las hélices casi les arrastraban e hizo volar la chistera del mago, perdiéndose en la noche. El mago rodeó a la mujer con sus brazos para intentar protegerla y ponerla tras él, como un acto reflejo, mientras veía cómo bajaban del aparato sin tocar el suelo cinco hombres, Snake y Lion. El último con una sonrisa que deseaba arrancarle de la cara.

Cuando el medio de transporte se había alejado, el nuevo grupo miraba a la pareja con sus pistolas apuntándoles. - Bueno, aquí estamos de nuevo. Gracias, Kid, por cambiar tus planes por los míos. Has sido muy considerado. - Dijo con fría ironía.

- Como si hubiese tenido otra opción. - Respondió mordaz.

- Lo que me sorprende es que no tuvieses en mente que tenía hombres en la policía. Vigilando todos vuestros movimientos. Y que estaban en el robo esperando a guiarte justo donde quería. - Siguió hablando con ironía.

Aoko estaba furiosa. Claro que había caído en la idea de la posibilidad de haber espías en el cuerpo, por eso había tenido especial cuidado, llevando consigo un disruptivo de ondas, para que cualquier aparato espía quedase anulado. - No conocías nuestros planes.

- Cierto. - Sonrió. - Por ello os hice jugar a mi juego. Incapacitando vuestros aparatos y adelantando la jugada. Después de todo, esta es una fantástica noche donde presenciaremos un acontecimiento milagroso. - Extendió los brazos, y sus hombres se encaminaron al ladrón y a la policía, rodeándolos. - No hay tiempo que perder.

Los brazos del mago rodeando su cuerpo deberían reconfortarla, pero no lo hacían lo suficiente. Estaban con la soga al cuello, con 6 pistolas apuntándoles directamente. La suya propia aún en su funda, su mano en tensión para poder sacarla, pero no veía en qué les ayudaría.

Snake se acercó a ellos sin dejar de apuntarles con el arma. - Muévete. - Miraba con fijeza al mago, moviendo el cañón de su arma a un lado para que el hombre siguiese sus órdenes. Apretó con más fuerza a la mujer en sus brazos, retando al hombre con la mirada. - No lo hagas más difícil, Kid. - Soltó el agarre con pesar y se desplazó unos metros. El hombre sonrió macabro y se acercó a la mujer, estando a pocos centímetros de ella. - Déjame esto. - cogió la pistola de su funda y se la arrebató. - Podrías hacerte daño. - Rió ante el profundo odio con el que le miró. - Bonito broche, por cierto. - Dijo tocándolo con el cañón de su arma.

- Bien, Kid. ¿Por qué alargar esto más de la cuenta? - Hirota se dirigió al mago. - Dame la piedra.

- ¿Qué te hace pensar que cogí a Pandora? No me dejaste tiempo para actuar. - Dijo aparentando una calma que no tenía, mirando de reojo a la dirección de la policía.

- Porque sé que no te arriesgarías a dejarla desprotegida, pudiendo mis hombres cogerla después de ti. - Suspiró cansado de tantas vueltas. - Me estoy aburriendo de esto. Si estáis alargando esto para que vuestra gente venga a rescataros, mucho me temo que no será así. Mis hombres les estarán manteniendo bastante ocupados en este momento.

- Nuestra gente es buena. - Escupió la policía.

- Y la mía mejor. - Respondió altanero. - No les importa matar, en eso les diferencian de los tuyos, que han jurado servir y proteger. - Dio una palmada. - Pero concentrémonos, estamos en lo que estamos. - Volvió a mirar al mago blanco. - Dame la piedra.

Snake se posicionó al lado de la mujer y desactivó el seguro de su arma, apuntándola en la cabeza. Kaito la miró aterrorizado, pero ella mantuvo como pudo la calma, sin apartar la mirada de su amigo.

Azul con azul se miraban con intensidad, queriendo hacerse entender sin palabras. Kaito apretó los puños y la mandíbula se tensó. Se lo prometió, y no rompería su palabra, por mucho que le estrujase el corazón. Pudo volver a mantener la compostura y miró con su cara de póker a su enemigo. - No.

- ¿Oh? - Se sorprendió. Eso no se lo esperaba. - ¿No valoras su vida?

- Por supuesto que lo hago. Incluso por encima de la mía. - Sentenció. - ¿Pero de qué me serviría cumplir tus órdenes? Nos matarás de todos modos.

- Pues mira ahí tienes razón. - Un disparo resonó a a través del viento. - Pero al menos hubierais vivido unos minutos más.

El disparo hizo dar un pequeño brinco a la mujer. Los segundos pasaban, pero ella no sentía nada. Sabía que no lo había ocasionado el hombre a su lado por el sonido. Miró a Hirota que sonreía con una pistola en la mano, pero no la apuntaba a ella.

Siguió la trayectoria del cañón y su temple se rompió en cuanto vio la escena. El mago la miraba, como aliviado de que ella estuviese bien por ahora. Una mancha roja se hacía cada vez más grande en su traje, a la altura del pulmón derecho. - No… - Susurró.

Todo le pareció que iba en cámara lenta, él cayendo al suelo cuan grande era, apartó la mano de Snake que la apuntaba con un manotazo y salió corriendo a su encuentro.

- Dejadla. - Le pareció escuchar, pero no era consciente de lo que pasaba a su alrededor. Todos sus sentidos se enfocaban en el hombre tirado en el suelo, con una perforación encharcándole los pulmones. No se había percatado siquiera que la piedra había caído al suelo y arrastrado varios metros ante la caída del ladrón, siendo recogida por un sonriente Lion.

Se arrodilló a su lado, lágrimas inundándole los ojos. - Kaito… - Sus manos temblaron al ver la sangre salir de su pecho y un hilo de éste aparecer por la comisura de sus labios. Veía cómo él intentaba formular palabra, pero se ahogaba con su propia sangre. - No hables… Yo… Tengo que parar la hemorragia… - Se dijo a sí misma buscando algo. Tenía que hacer algo, lo que fuera. No podía estarse quieta, ver cómo sufría sin hacer absolutamente nada. Sabía que esto podría pasar, pero se había repetido millones de veces que no ocurriría, que saldrían de ésta. Sin embargo, ver al hombre que amaba al borde de la muerte la había derribado.

La enguantada mano del mago, casi sin fuerzas, le tocó la mejilla manchándola con su propia sangre. Le miró a los ojos, esos profundos ojos azules que perdían vida a cada segundo. El monóculo había abandonado su lugar, aterrizando en el suelo con un leve sonido. Hipó entre sollozos, tomó la mano de su rostro y la apretó con fuerza, inclinando su rostro hacia ella. - Te quiero… - Susurró entre sollozos, notando cómo sus fuerzas desaparecían y viendo cómo cerraba los ojos.

Su mundo se derrumbó por completo como un castillo de naipes, y su corazón recién recompuesto, se había quebrado en millones de partículas. No podía pasar eso, no de nuevo. - Pronto le acompañarás, tranquila.

Escuchar esa voz la hizo temblar de un odio que nunca antes había pensado que podía experimentar. Elevó la cabeza y le miró, ojos rojos y con surcos de lágrimas marcados en sus mejillas. Pero él no la miraba a ella, estaba extendiendo la piedra entre sus manos dándole la espalda, pero sabía que tendría una sonrisa de puro triunfo dibujada en su rostro.

- Jefe… - Le llamó la víbora. - ¿Seguro que esa es Pandora? - Preguntó no muy seguro.

- Pues claro, idiota. - Le recriminó. - Esta noche no hay luna, por eso no brilla como debería. Pero es ella, y lo confirmaré en unos segundos. - Mirando hacia una luz en el cielo que se hacía más grande conforme se acercaba.

Levántate… Levántate… No dejes que gane. Se repetía una y otra vez mientras sus débiles y temblorosas piernas la conseguían levantar y mantener de pie. ¿Pero qué podía hacer? No podría llegar a él antes de que la acribillasen sus hombres, y el cometa… - Ya está aquí… - Susurró sin podérselo creer. ¿Habían perdido? Si era cierto lo que había dicho Akako… ¿Todo Japón estaba sentenciado?

- ¡Sí! - Extendió su brazo, como si estuviese ofreciendo un regalo al cometa que descendía del cielo. - ¡Dame la vida eterna, Pandora! - Pero vio que la piedra en su mano no hacía nada. Se extrañó por ese hecho. - ¿Cómo es posible?

- ¡Jefe! - Sus hombres le llamaron y se viró, abriendo sus ojos como platos al ver el panorama que se le mostraba.

La piedra que llevaba puesta Aoko en la solapa de su abrigo brillaba de un rojo tan fuerte que casi les cegaba. - ¡No puede ser! - Corrió hacia ella tirando la inutilidad que tenía, intentando llegar antes de que se terminase de activar la piedra. - ¡No!

La mujer se quedó paralizada en cuanto la piedra que le había dado la madre adoptiva de su amigo empezó a brillar. No podía ser… ¿Era ésta Pandora? ¿Cómo era posible? La linterna mágica de Akako había reaccionado a la piedra que tenía Hirota… Recordó que en el momento que sacó el aparato mágico, era la primera vez que lo hacía desde que la mujer le había regalado el alfiler.

La luz se intensificó tanto que fue obligada a cerrar los ojos, cubriéndose con un brazo. Cuando vio a través de los párpados que la luz había menguado, se atrevió a abrirlos, para ver... Nada.

La absoluta nada se extendía ante ella, una oscuridad tan profunda que la helaba. ¿Habría muerto?

- ¿Cuál es tu deseo? - Una voz se escuchó por todo el lugar, sin poder identificar su procedencia ni su género.

- ¿Quién anda ahí? - Giró su cuerpo, pero seguía sin ver nada. - ¡Muéstrate!

- Eres mi portadora. - Se giró de nuevo y una luz carmesí apareció ante ella, mostrando a una bella mujer que la miraba con ojos fríos como el hielo, de un rojo rubí que la hacía pensar que podría ver a través de ella. Su cabello ondulado era tan rojo como la sangre y tan largo que le llegaba hasta el suelo con pequeños rizos. Su blanco cuerpo estaba cubierto por una tela negra translúcida, que era como si no llevase nada. Y una corona de laurel terminando hacia el cielo hecha de oro complementaba su frente. - Mi deber es cumplir tu deseo. - Podía jurar que la mujer era la que hablaba, pero sus labios no se movieron en ningún momento.

- ¿Eres Pandora? - Preguntó en un susurro. Aún no se podía creer todo lo que estaba pasando, pero la tenía delante de sus narices.

- Correcto. Cumplo el deseo de mi portador en el momento preciso, y ese momento es ahora, y tú eres mi portadora.

Parecía que no era mujer de muchas palabras. - ¿Cualquier deseo?

- ¿Deseas riquezas? ¿Poder? ¿Vida eterna? Puedo conceder cualquier deseo, el límite es tu imaginación. - Elevó el brazo derecho a su lado y apareció una escena a su espalda, la imagen de Lion y sus secuaces. - ¿Deseas venganza? - Elevó la mano izquierda y apareció otra imagen, la del mago en el suelo. - ¿Estar con la persona amada?

Aoko miró el rostro del hombre extendido en el suelo, su respiración se aceleró y su cabeza daba mil vueltas. Recordó las palabras de Akako. "Pandora es pura maldad, nunca da nada sin tener algo a cambio." Sus palabras resonaron en su memoria como un puñal y se percató de lo inevitable. En sus manos estaba el decidir cómo utilizar a Pandora.

- ¿Y bien? ¿Has decidido?

Echó una última mirada a la imagen de su amigo y miró con decisión al ente milenario. - De hecho, sí.

- Dilo, pues.

Cogió aire para infundirse valor para lo que iba a hacer y cerró los ojos. Kaito… - Deseo… - La miró con frialdad y decisión, preparada para las consecuencias. - Que desaparezcas para siempre de este y de cualquier mundo. - Muchas personas habían muerto por ella, ya no más.

Un pequeño tic apareció en el pulcro rostro de la mujer griega, y un aura oscura empezó a salir de ella entre gritos indefinidos de dolor, furia y rencor. La policía dio un paso hacia atrás, sorprendida por esa reacción.

En cuanto el aura negativa desapareció, la mujer se encogió, adolorida por lo sucedido. Su cabello rojo comenzó a decolorarse, terminando por ser un rubio platino tan brillante como el sol. Se incorporó y sus ojos, ahora azules como el cielo más claro, la miraban con una sonrisa. - Gracias por liberarme.

- ¿Liberarte? - Aún estaba esperando un truco de esa mujer, pero el aura de paz que sintió por primera vez la tranquilizó.

- Los pecados capitales me tenían cautiva. Gracias a tu deseo desinteresado, puedo al fin descansar. - Unas lágrimas de paz y felicidad asomaron de sus ojos mientras los cerraba. - Muchas gracias.

Aoko vio cómo su cuerpo empezaba a desaparecer, y una luz intensa de pura blancura y bondad la inundó, cegándola por unos segundos. En cuanto los abrió, se encontraba de nuevo en el tejado del edificio de los Suzuki, pero no estaba sola. Sus amigos la estaban rodeando con miradas altamente preocupadas. Se llevó una mano a la cabeza, percatándose que se encontraba tirada en el suelo. Miró a su alrededor, y vio a sus hombres rodeando a los hombres de Hirota, y al propio magnate esposado, mirándole desencajado. - ¿Qué ha pasado?

- Esa pregunta es la que tenemos que hacerte nosotros. - Dijo la bruja expectante. - No respondías a nuestra llamada.

No se había percatado de que no podía escuchar las voces por el auricular. - Cuando conseguimos traspasar la barricada de Hirota y llegamos, estabas aquí tirada. - Explicó con pocas palabras su amigo inglés.

- Ya están todos detenidos. - Confirmó Kudo. - Ya todo ha terminado. Estamos a salvo.

Estamos a salvo… Sus ojos se volvieron vidriosos. - Kaito… - Susurró. Él no estaría más con ella, lo había perdido de nuevo. La predicción de Akako se había cumplido.

- ¿Dónde está?

Preguntaron a su alrededor, pero ella no entendió la pregunta. Miró a su lado, pero donde debía estar su cuerpo, no había nadie. El único vestigio de que estuvo ahí, era el solitario monóculo con la lente resquebrajada, con el último reflejo del gran cometa siguiendo su camino.

Continuará...


Si habéis llegado hasta aquí con ganas de matarme... Esperen a que termine y ya después si quieren pueden intentar buscarme.