Hola chicas!

Aquí la segunda actualización!

Espero les guste!

Ya estamos como le dije en el capítulo anterior prácticamente en la final!. ¿Les emociona como a mi?. Espero que si!

Un capitulo degolla locas (que dependiendo del tamaño pueda o no parti en dos) y listo!. Finito!

Eso y y terminamos!

Gracias por seguir al pendiente señoritas!.

Gracias por leer y compartir.

Cuídense mucho, mucho!

Bendiciones, saludos y prosperidad para todas! o todos!

Del y Guest: Gracias por sus reviews de ayer. Que estén pendientes es muy lindo gesto,

Moon

Capítulo 21 parte 2

Narra Albert.

Me miró absorto pues más que nada era una orden y no una petición, pero sabía lo nervioso que me encontraba.

Una vez en la capilla, el sacerdote ya se encontraba ahí. Así que tomamos nuestros respectivos lugares: yo a un lado de la alfombra central y George junto a mi. Pero los minutos transcurrían y mi novia se retrasaba. Debía calmarme lo sabía, pero había deseado tanto este momento que no podía estar tranquilo hasta que estuviera conmigo.

El repiqueteo de mis talones hizo que George me hablara.

—Si sigues así el padre desconfiará de ti y no querrá casarlo, así que mejor tranquilízate William.

La advertencia fue suficiente para tragarme los estragos de la espera.

A los pocos minutos apareció la mujer más hermosa para mi.

El cuarteto de cuerdas comenzó a tocar una suave melodía y ella, caminaba con su hermoso vestido blanco cual princesa. Portando orgullosa el tartán verde con rojo representativo de mi clan, o mejor dicho de "nuestro Clan", el cual, le fue colocado en línea transversal desde su hombro derecho hasta la cadera.

Éramos pocas personas, pero como mi hada lo mencionó una hora atrás: No necesitábamos más.

Cuando llegó a mi lado tomé su mano y cuando el sacerdote lo indicó la ayude a colocarse en los reclinatorios.

Todo paso tan rápido, que cuando menos lo pensé debía decir mis votos matrimoniales.

—Yo William Albert Andrew, te tomo a ti Candice Britter como mi legítima esposa, para amarte, respetarte y serte fiel, en la pobreza, la salud y la enfermedad hasta que la muerte nos separe.

George se acercó y me ofreció uno de lo anillos que coloqué sobre su dedo anular.

Ella me miró entusiasmada y repitió:

— Candice Britter te tomo a ti William Albert Andrew como mi legítimo esposo, para amarte, respetarte y serte fiel, en la pobreza, la salud y la enfermedad hasta que la muerte nos separe.

Momentos después de la bendición otorgada me fue permitido besar a mi esposa. Pero aunque mis deseos me pedían a gritos hacerlo como nunca antes me había atrevido, me contuve y dejé un suave osculo sobre esos labios de fresa.

Todos aplaudieron nuestra unión. Después de eso fue momento de ir al comedor y compartir una discreta cena en la que todos se sintieron a gusto. El sacerdote tuvo que retirarse inmediatamente, pues el frio apremiaba y su edad era avanzada. Pero George, Emma, Maggie, Miller y su pareja se quedaron con nosotros.

Llegado a término, levante mi copa.

—Quiero agradecer en nombre mío y de mi esposa, a cada uno de ustedes por haber ayudado a este hombre enamorado a organizar todo en menos de un mes. Gracias Maggie por tomarte la molestia de escoger el vestido para mi hermosa dama, se que no ha de haber sido una tarea sencilla. Miller gracias por hacerte cargo de nuestros alimentos por medio del restaurante de tu pareja el señor "Genolet". Emma gracias por mantener ocupada hoy a Candy y finalmente, gracias a ti George, que has sido más que un amigo un padre en los momentos difíciles, por siempre estar para mi incondicionalmente.

Momentos después mi pelinegro amigo se me acercó y en voz baja me comentó:

—Si gustan pueden retirarse William. Les dejaremos la villa por dos días. Me quedaré donde Emma por si algo se ofrece. Pero el Lunes debemos estar listos, no lo olvides.

—Gracias George —Sonreí.

—No tienes por qué agradecer. Disfruta tu noche de bodas.

Así lo hice.

Mientras todos se encontraban bailando algo que sonaba en el megáfono, tomé la pequeña mano de mi esposa y la llevé a nuestra habitación.

Cuando entramos quise prender la luz, pero el reflejo brillante de la luna entraba por la ventana, y nos regalaba un efecto a contraluz que hacía ver a esa delicada hada de una forma exquisita y etérea.


Narra Candy.

Se miraba tan guapo con ese traje, con esa seguridad. Solo Dios sabe lo dichosa que me siento en estos momentos porque sé que le pertenezco. Finalmente es mío y nada podría ser mejor.

Caminó hacia mí. Podía sentir una corriente eléctrica subir y bajar por todo mi cuerpo con cada paso que él daba.

Inclemente.

Seductor…

El brillo en esos ojos tan claros era distinto.

Apasionado…

Por un momento me sentí como su presa, pero esto en lugar de asustarme me hechizó. Mis senos subían y bajaban presos de la expectativa, de su asecho. Aun no me había tocada en lo absoluto y ya sentía como si estuviera haciéndolo con la mirada.

Sin notarlo retrocedí hasta quedar recargada en la pared. Deliberadamente dejó su cuerpo a escasos centímetros del mío.

Su perfume amaderado con ese sutil olor a menta comenzó a nublarme los sentidos.

Podía percibir el casi nulo roce de su nariz recorrer mi cuello. Me estaba saboreando y al parecer gustaba de mis reacciones, pues logré distinguir algo parecido a una ahogada risa escapar de su garganta.

Dejaría que hiciera lo que fuera. Sus deseos son los míos y mi piel reclamaba su calor.

Con su amplia mano tomó mi rostro apenas en un toque y me hizo cambiar posición. Mi lóbulo se estremeció al reconocer este sutil acto de tortura sobre de él. Ansiaba que me besara de una vez, pero a pesar de mis ruegos no fui escuchada.

Se apartó de mi y sonrió con deseo.

El reflejo lunar bañaba su rostro mostrando a este hombre varonil y enardecido, que con solo una expresión me prometía los placeres y delicias carnales que jamás he conocido…

Mordí mis labios como un reclamo tácito para que me reclamara como suya.

Sonrió de lado mostrando ese hermoso hoyuelo en su mejilla…

Estaba disfrutando tanto como yo…

Sentí claramente cómo cerró cualquier distancia entre nosotros. Un jadeo indómito brotó de mis labios al sentir lo que provocaba bajo su ropa.

Entonces quise besarlo pero detuvo mi avance.

Se alejó un poco… Lo suficiente para mantenerme deseosa…

Con extrema delicadeza recorrió mis labios con sus dedos. Nuestra distancia poco a poco volvía a ser cada vez menor. Dejó descansar su pulgar en mi barbilla mientras jalaba un poco de mi labio inferior.

Quería volverme loca y lo estaba logrando.

Estaba tan estimulada que, como en aquel primer beso, la humedad en mi interior comenzaba a abrazar mi entrepierna como si fuera lava.

Más cuando empezaba disfrutar de esta exquisita tortura, su mano caliente sobre mi espalda provocó que la arqueara por reflejo, uniendo nuestros cuerpos a tal punto que podía escuchar su descolocado palpitar.

Todo lo contrario a sus actos.

Me estaba haciendo sentir la mujer más deseada.

Quise decir algo pero un susurro indescifrable de su parte me lo impidió. Su aliento cálido contra mi boca era una sensación maravillosa, sensual.

Adictiva...

Por fin me tomó en un beso lento cargado de erotismo. No había prisa y me lo estaba demostrando con la suavidad de su avance sobre mi piel. Un mes había pasado sin que profanara nada de mi como lo había prometido, pero Dios… extrañaba esta sensación.

Me recorría lento y húmedo, dejando pequeños mordiscos que dolían un poco pero encendían más esta fuente de calor insaciable dentro de mi vientre.

Mis labios correspondieron al instante en esta danza de poder y autocontrol.

Saboreando…

Impregnándome de su sabor.

Esa mano colocada en mi nuca con suavidad me enardecía por completo, aumentado si es posible la necesidad de un beso más vehemente y enérgico.

"Solo el latido unísono del sexo y el corazón puede crear éxtasis".

Fueron las únicas palabras que escuché antes de sentir como giraba suavemente mi cuerpo para tomar mis brazos, alzándolos sobre mi cabeza y aprisionando mis muñecas con una de su manos.

Desató los pocos broches que sostenían mi peinado, provocando que mis rizos juguetearan por mi espalda. Entonces el reconocimiento de mi piel bajo sus besos comenzó de nuevo.

Recorrió mi cuello dejando un rastro húmedo hasta mi nuca erizando mis poros.

La fría madera no calmaba el calor sofocante que provocaba mi ropa.

Con total tranquilidad noté como desataba el lazo del corsé de mi vestido.

El silencio rondaba entre nosotros pero en este momento no eran necesarias las palabras.

Por un momento me perdí entre el deseo, la añoranza y los pequeños suspiros que no podía evitar emitir al escuchar los ajenos, pues por mucho que tratara de contenerse, al notar el baby doll blanco que usaba en el interior se descontroló un poco.

Los sonidos solo aumentaban la intensidad de las sensaciones, y este deseo concentrado en el centro de mi cuerpo.

Pronto mi falda no existía más. Y entonces volvió a girarme, perdiéndose en mi mirada por un instante.

No hizo falta que pidiera nada, mis manos reaccionaron solas y comencé a despojarlo de cada una de sus prendas.


Narra Albert.

Era tan sensual, tan femenina y delicada, tan mujer, que aunque hubiera querido tomar y beber todo de ella de una forma apasionada me habría castigado sin notarlo. Pues a esta indómita belleza hay que idolatrarla para que sienta que me tiene rendido ante ella y que agradezco el que me haya elegido.

El autocontrol no era sencillo, pero cada segundo retardado valía la pena, ya que entre mis caricias dejó escapar una sinfonía de suspiros excitantes y en mi mente muy lascivos.

Mi respiración de agitaba por momentos al sentir sus pequeñas manos temblorosas desnudarme.

El delicioso rubor, aun a contraluz, permeaba su rostro cuando terminó la tarea dejándome solo en interiores.

Entre besos por instantes delicados o más enérgicos caminamos hasta el lecho.

Con suavidad la recosté en la cama y a su lado reclamé su cuerpo.

No podría cansarme nunca de besar esos labios con sabor a fresa, tanto que comenzaron a hincharse un poco.

Bajé por su cuello…

Por sus hombros…

Le quité la fina camisola y admiré por primera vez sus turgentes y redondeados senos. Los aprisioné entre mis labios, sonriendo al percibir los jadeos cada vez más intensos mientras arqueaba su espalda para obtener más placer.

Recorrí la suavidad de esa pequeña cintura y me perdí en las prominentes caderas.

Atendiendo con cautela me situé entre sus muslos.

Con paciencia retiré sus interiores dejándola solo con las medias puestas. Era una visión tan provocativa y sexual, que sabía quedaría grabada por siempre en mi memoria.


Narra Candy.

Sabía que el momento estaba próximo.

Lo anhelaba.

Habíamos dejado que el tiempo corriera sin que importara nada más. Este hombre me arrastraba a la lujuria y gustosa me dejaba hacer lo que pidiera.

Quería ser su amante, enterrarme en su memoria y ser el objeto de sus más carnales y crudas fantasías. Porque yo también tenía las mías…

Sentir sus labios en partes de mi cuerpo que ni siquiera yo había explorado fue una tortura deliciosa, ya que sin pudor le entregué todo de mi.

Nuestra piel ardía… pedía clemencia.

El agonizante preludio llegó a su fin…

Pronto un dolor punzante atravesó mi cuerpo, haciéndome creer que no pasaría nunca, pero no ocurrió así. Al cabo de un momento nos habíamos unido, comenzando así la danza más antigua del mundo en la que no existe cabida más que para los sentidos y los instintos más vitales.

El tacto inclemente de sus manos poderosas aferradas a mi carne era oxígeno para mi.

Me reclamaba y yo a él.

Esa noche, las paredes de la alcoba fueron los únicos testigos de todo aquello. Guardianes de los suspiros y jadeos, que aumentaron con forme nuestro frenético encuentro intensificaba su ritmo hasta que ambos culminamos.

Extasiados por esta reciprocidad sexual que se concentra en el placer de "dar y recibir".

Una vez nuestras respiraciones volvieron a su tranquila forma habitual, me atrajo hacia él aferrado a mi cintura. Y aunque su nariz me hacía cosquillas en el cuello, pronto me perdí en el sueño.

El sol nos despertó muy entrada la mañana.

—Buen día señora Andrew…

Su voz sonaba ronca y muy varonil… y esos ojos … esos ojos me miraban embelesados.

—Buen día señor Andrew… —Respondí en el mismo tono juguetón.

Acarició mi cabello alborotado mientras me preguntaba.

—Tenemos el fin de semana para nosotros solos. ¿Qué quieres hacer hoy, princesa?.

En un arranqué me senté a horcajadas sobre de él.

—¿Y si repetimos lo de anoche…?.

Noté su cara de preocupación.

—No creo que sea prudente hacerlo tan pronto, al final no fui tan cauteloso como pretendía y supongo que estarás adolorida… no quiero que te lastimes…

No pude más que observarlo con ironía.

—Albert… la virginidad se pierde solo una vez. Te juro que no vas a lastimarme.

Dicho esto me sonrió como un niño con juguetes navideños y me cargó hasta el cuarto de baño, donde ahora la amplia tina fue testigo de otra entrega entre nosotros.

Pero el tiempo no perdona a nadie, por muy bien que la estés pasando.

Entre actividades como nadar en la alberca, cocinar nuestros alimentos, pasear a caballo y uno que otro picnic nocturno —además de los muchos momentos íntimos al aire libre o en la habitación—, pronto el fin de semana terminaba y estábamos empacando nuestras cosas para partir de la villa que tanto llegó a conocer de nosotros.

El Lunes por la mañana como lo prometió, George llegó puntual a recogernos.

—Buen día señora Candy. William —Saludó contento.

—¿Qué tal tu fin de semana George?.

De inmediato —y como nunca— observé al imperturbable hombre ponerse rojo cual cereza. Y haciendo caso omiso a la pregunta no dijo:

—¿Tienen todo listo?. Por mi parte ya todo está arreglado para cerrar la villa. Contraté algunas personas que se harán cargo de su manutención.

Observé como Albert sonreía.

—Todo en orden. Podemos ir subiendo todo.

—Excelente. Nos espera un largo viaje. Primero hay que llegar a Francia, ahí abordaremos el "Île de France" hacia Inglaterra, descansaremos unos días y después tomaremos el Lusitania que nos llevará de regreso a América.

—Pues "Avanti" George.

Así fue como emprendimos el largo regreso a casa. Cabe mencionar que fue sumamente agotador, pero la convivencia con mi ahora esposo menguaba mi ánimo que a veces decaía, pues tardamos alrededor de dos meses en llegar a nuestro destino, ya que aunque estábamos en tiempos nuevos y de postguerra, había muchas líneas ferroviarias que no estaban activas por restauración, y esto nos retrasó demasiado. La última semana fue la más difícil de soportar para mi. Jamás me habían descolocado los viajes en trasatlántico, pero el vaivén de repente se volvió muy intenso. Revolvía mi estómago, tanto, que en varias ocasiones Albert tuvo que acompañarte a tomar aire, o me tuvo que llevar un té para que me relajara.

Cuando finalmente tocamos tienes americanas di gracias al cielo. Solo restaban un par de días más en tren para llegar a Chicago. Durante el camino mandé un telegrama a mis padres, quien nos abrió su casa mientras Albert resolvía todo el conflicto con su tía y los Legan.


Narra Albert.

—Finalmente en casa preciosa. —Dijo y beso mi frente al bajar del tren que nos regresaba a la "Ciudad de los vientos".

Yo me giré para abrazarlo. Pero al sentir su calor no pude evitar que la sensibilidad me invadiera, así que le dije con preocupación en mi voz quebrada:

—Tengo miedo Albert. Sé que es tu familia pero esas mujeres son de cuidado…

El correspondió acunándome más. Y con esa tranquila voz me respondió:

—Nada malo va a sucedernos. Te prometo que no permitiré que nadie te falte al respeto una vez más. Eres mi esposa y haré justicia por nosotros.

Continuará…