No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Lauren Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Poco a poco el ambiente se fue cargando de tensión. Era imposible no darse cuenta de que algo pasaba, pero Marie continuó como si nada evocando recuerdos que involucraban a sus nietos y a Alistair.

Isabella, en cambio, pudo captar enseguida que había algo que no andaba del todo bien. Pero no tenía idea del motivo de la seriedad de Edward, de la rigidez de su mandíbula. Hasta el ceño fruncido tenía, aunque no por ello se veía menos guapo. No había manera de que ese rostro se afeara, ni siquiera un poco.

Mientras Marie relataba una anécdota jocosa sobre Alistair y unos cangrejos, Bella apretó la mano de Edward por debajo de la mesa, y él le correspondió. Luego la mano fue un poco más allá, y Edward se atragantó con el pastel.

"¿Qué te pasa, cielo? ¿Por qué estarás tan enojado? No puedo adivinarlo. Sea lo que sea, igual mantienes esa maravilla con la solidez de siempre. Nunca la he visto de otra forma que no sea así, envarada, apremiante. Es así como me gusta… Te deseo. Ahora mismo te llevaría a mi habitación y te haría la colegiala, la Barbie Puta, todo lo que quieras. ¡Qué festín me daría con tu cuerpo!".

Tocó el muslo de Edward, que estaba dan duro como su pene. ¡Qué tenso estaba! Lo masajeó lentamente, pero él le tomó la mano y la mantuvo inmóvil sobre su pierna. Isabella no podía dejar de mirarlo. Es que era tan guapo. Amaba sus ojos verdes y esas largas pestañas que en ocasiones lo hacían ver como un niño. Y al pensar en eso, se imaginó a un pequeño con sus ojos, o los de ella. Nunca habían hablado de tener niños. Ella quería tener cinco por lo menos. Pero ya lo hablarían luego, porque en ese momento lo veía furioso.

Daría lo que fuese por saber qué pensaba en ese instante...

—Y todos nos reímos, ¡qué gracia! —dijo Marie cuando finalizó el cuento de Alistair y sus cangrejos— Bella, hazme el favor, sube y trae el álbum de fotos de aquellas vacaciones.

Ella obedeció sin muchas ganas, pues no quería dejar de tocar a Edward. Se apresuró a correr por las escaleras en busca del bendito álbum de Marie. Como si no fuese suficiente con contarlo, ahora quería ilustrarlo… Alec no había permanecido ajeno al cambio de talante de Edward. Y de Alistair. Apenas cortó su llamada se dio cuenta de que algo pasaba, pero no terminaba de saber qué podía ser. No se quedaría con la espina.

—Edward, ven un minuto a ver si me puedes ayudar. No sé qué diablos le pasa al sensor de lluvia de mi camioneta— le dijo. Edward no quería acompañarlo, pero Isabella estaba arriba buscando las fotos, así que no tenía motivos para negarse. —¡Ey! ¿Qué demonios te pasa? —le preguntó sin más preámbulos, una vez que salieron.

Edward vaciló… Quería matar a Alistair pero era el primo de Isabella y Alec.

—Es… Dime, ¿no te has dado cuenta de cómo mira Alistair a Bella?

Alec rió. ¿De qué hablaba? ¡Qué tontería!

—Edward, ves fantasmas donde no los hay. Alistair adora a Isabella. Vamos, es su primita, la conoce desde que nació, la hemos consentido toda la vida…— comenzó a decir.

—Mira Alec, no estoy loco. Tu primo la mira como si se la quisiera comer. Y ni siquiera le ha importado que yo lo haya pillado mientras lo hacía, así que…

Apareció Marie en la puerta. Su especialidad era interrumpir cualquier conversación cuando se ponía interesante.

—Chicos, ¿Alistair está por aquí? —preguntó.

¿Cómo? ¿No estaba con ella? ¿Entonces dónde estaba?

En menos de dos segundos Edward llegó a la puerta de la habitación de Isabella. Y lo que vio no le gustó nada. Alistair estaba sentado en la cama junto a Bella y ella le enseñaba una horrible muñeca que parecía recién salida de una película de terror; estaba en muy mal estado y tenía la mitad del cabello quemado.

—¡La recuerdo perfectamente! —exclamó Alistair tomando la muñeca—Tuve que pisarle la cabeza a la pobre Marcelina para apagar las llamas… Tu hermano no tiene perdón, querida…

—¿Sí, verdad? ¡Oh! Edward. Mira lo que…

—Tu abuela te necesita, Isabella —la interrumpió Edward.

No podía soportar verlo sentado en la misma cama en que ellos… Diablos. Definitivamente Alistair no saldría de ésta entero. Bella lo observó sorprendida. Continuaba enojado. Bien, bajaría a ver qué quería Marie, y luego volvería. Necesitaba hablar a solas con él.

—Sí. Espérenme que regreso en un minuto —dijo. Y salió de la habitación.

Alistair se puso de pie e hizo el intento de hacer lo mismo, pero Edward se lo impidió atravesando la puerta con un brazo. Lo de Ben no sería nada comparado con lo que le diría a este desgraciado. Y lo que le haría, si no entraba en razones.

—No tan rápido.

Sólo eso. Suficiente para ponerlo a sudar. El niño rico era violento y provocarlo, un error. Estaban a menos de medio metro de distancia. Alistair era más bajo que Edward y tenía que mirar hacia arriba si no quería quedar como un miedoso.

Había desatado a la bestia… ¿Y ahora qué haría? Su respiración se transformó en un silbido.

—¿Qué quieres? —preguntó intentando no sonar asustado.

—Aléjate de esta habitación. Aléjate de ella. Sé lo que deseas, pero no lo tendrás porque eso es mío. Si no lo haces… te haré pedazos —le advirtió, agresivo al extremo.

En realidad, Alistair no significaba una amenaza tan real como Ben. Isabella jamás se fijaría en él, pero tenía los ánimos caldeados desde el encontronazo con su colega, y este asunto era la gota que colmaba el vaso. Además, dormirían bajo el mismo techo, y eso a Edward no le gustaba absolutamente nada. No lo tomó del cuello ni lo golpeó, como estuvo a punto de hacer, porque notó que Alec los observaba atónito desde el pie de la escalera.

Esa noche Isabella no tuvo ocasión de hablar a solas con Edward. Ni siquiera pudo despedirse como deseaba, mordiéndole esa maravillosa y sensual boca. Esta vez no sólo Marie estaba insufrible. Por algún motivo Alec no perdía a Edward de vista. ¿Qué estarían tramando?

Por una cosa u otra, nada de momentos íntimos, nada de caricias, nada de nada. Y Edward continuaba muy tenso. Alec tenía sus razones para no perderle pisada. Lo había visto con el diablo en el cuerpo, amenazando a su primo. Asustaba verlo así, con su tamaño y esa furia en la mirada. Y lo peor era que le había instalado la duda en la cabeza.

Para él era casi imposible que Alistair estuviese interesado en Isabella de esa forma. Era como su hermanita menor, siempre lo había sido. La sentaba en sus rodillas, le acariciaba el cabello. Mierda, ya estaba desconfiando del pobre Alistair. Maldito Edward por hacerlo dudar de algo que jamás...

Si su primo sentía algo por Isabella, y lo daba a entender aun sabiendo que iba a casarse... Era una tontería siquiera pensarlo, pero estaría atento. Tan atento estaba, que soñó esa noche con ello y se despertó sobresaltado. La cama de al lado estaba vacía, ¿dónde estaba Alistair? Esperó un par de minutos y nada.

Se levantó y ni bien salió lo vio en la puerta de la habitación de su hermana. Se acercó lentamente. Alistair observaba a Bella dormir. Tenía los ojos vidriosos y jadeaba. Además... no, no podía ser cierto. Loco de ira, lo tomó de un brazo y lo obligó a bajar las escaleras. No quería escándalos, ni que Isabella se despertara.

¡Cuánta razón tenía Edward!, y él no le había creído. Maldición, ¿cómo pudo ser tan tonto?, ¿cómo pudo ser tan ciego? Hasta que no estuvieron fuera no le dijo una palabra, pero una vez que llegaron al jardín, lo increpó duramente.

—¿Qué diablos crees que haces? —le preguntó entre dientes. Alistair vaciló. No sabía qué decir, ni cómo. Aún le faltaba el aire. —Preguntaré de nuevo, ¿qué diablos crees que haces en la habitación de mi hermana? —aun sin desearlo casi le estaba gritando.

—Mira, te diré la verdad: estoy... enamorado de Bella —respondió finalmente Alistair.

—Y una mierda. Hace seis años que no la ves, desde que era una niña que no la ves. Y me dices que de ayer a hoy te descubres enamorado de ella.

—Siempre lo estuve. Me fui a España por eso, primo —dijo en un susurro.

—¿Qué dices?

—Es así. La adoré desde que nació. Y cuando comenzó a transformarse en la hermosa mujer que hoy es, supe que estaba perdido. Tenía doce años, y su cuerpo estaba cambiando tan rápido... creí que me volvería loco, Alec. Por eso decidí irme, para no hacer ninguna tontería.

—Tontería que ahora sí quieres hacer —le espetó él. Estaba furioso y no era para menos.

—Ahora es distinto. Bella ya es una mujer. Esperé el tiempo necesario, y ahora vine por ella —confesó.

—Estás loco. Isabella va a casarse, está muy enamorada y...

—Yo haré que se enamore de mí. No sé por qué estás tan enojado, ¿prefieres a Cullen para tu hermana? ¿Es por su dinero? —lo interrumpió, envalentonado de pronto.

—¡Qué dices, maldita sea! Me importa una mierda el dinero de Edward. Bella es feliz a su lado, y eso es todo lo que me interesa —estaba de veras alterado, y se estaba conteniendo, pues tenía ganas de golpearlo.

—Yo puedo hacerla feliz también, Alec. No te pongas así... —exclamó Alistair subiendo la voz.

—¿Que no me ponga así? ¡No te juzgaré por tus sentimientos, pero sí por tus acciones! Estabas en su habitación tocándote, hijo de puta, y quieres que no me...

—Sal de esta casa y no regreses nunca más —se escuchó de pronto.

Ambos se volvieron sorprendidos. Marie estaba en la puerta, rígida como un poste. Vestía una bata y lucía despeinada, y con el rostro desencajado. Había escuchado lo que hablaban y en su mirada había algo que Alec jamás había visto. No era un dragón, era una leona. Sus bellos ojos echaban chispas, su voz sonó helada.

—He dicho que salgas ahora y que no regreses jamás, Alistair —su tono no admitía réplica alguna.

Alistair se quedó paralizado. Ni la ira de Edward ni la furia de Alec habían resultado tan demoledoras como esas palabras.

—Ya oíste a mi abuela. No empeores las cosas y vete ya —le dijo su primo.

Era un frente de batalla imposible de vencer. Alistair supo que no podía hacer nada. Se encaminó hacia la habitación seguido por Alec, que no lo dejaba solo. No le tenía confianza, y todo lo que habían compartido en su niñez y adolescencia le parecía ahora una farsa. No le llevó más de cinco minutos vestirse y tomar sus cosas. Se marchó sin mirar atrás. No le dijeron adiós, para ellos había muerto esa noche. Había traspasado un límite infranqueable: Isabella.

Para Alec y Marie ella era el principio y el fin. Era la prioridad número uno, y su felicidad e integridad estaban por encima de todo. Cuando se quedaron solos Marie sollozó y se echó en brazos de su nieto.

—Ay, querido. ¿Cómo no me di cuenta de esto? De sólo pensar en el riesgo que ha corrido mi Bella desde niña... Dime que no le ha hecho nada, por favor —rogó, desesperada.

—Tranquila, abuela. No ha pasado nada. Será mejor que Isabella no lo sepa, inventaremos cualquier excusa para justificar su ausencia ¿te parece bien? —preguntó acariciándole el cabello. Era muy raro verla indefensa y apenada.

—Sí. Y por favor, que Edward no se entere —pidió mirando a Alec a los ojos.

—Abuela, él fue quien lo notó. Si no me hubiese advertido, yo... Jamás se me hubiese pasado por la mente algo así, y lo más probable es que no hubiese visto... bueno, nada de lo que vi. Edward sembró la duda y eso me puso en alerta —confesó.

—Edward... Oh, Alec. La he estado cuidando de él como si me fuese la vida en ello, y el peligro estaba en mi propia casa. Lo he maltratado, he probado su paciencia hasta el hartazgo, y él fue el único que ha estado lo suficientemente atento. Mierda. Qué tonta soy.

Alec la miró asombrado. Nunca la había escuchado decir palabrotas, y mucho menos admitir que era tonta, o que se había equivocado.

—Abuela, no le diremos nada a Edward de lo sucedido esta noche. Sólo empeoraría las cosas, pues sé que lo iría a buscar y...

—No, por favor. Ni lo menciones. No le diremos nada —la asustaba lo que Edward podía hacer si lo supiese. —Y ahora, a dormir. Olvidaremos este incidente, ya lo verás. Ven —y abrazados subieron las escaleras.

Cuando pasaron por la habitación de Isabella, se detuvieron a observarla dormir. Parecía tan inocente… Alec le dio un abrazo de oso a Marie antes de irse a descansar. Estaba tan apenada, que sintió lástima por ella. Pero el incidente no había sucedido en vano, pues marcaría un antes y un después en la relación con Edward.

—No te preocupes. Edward cuidará de Isabella siempre. ¿Lo sabes, verdad? —le preguntó.

—Lo sé, querido. Ahora lo sé —murmuró ella.

Desde ese día, Marie cambió su actitud hacia Edward. Continuaba siendo la guardiana de la virginidad de Bella, ese era su deber como abuela decente de una niña decente. Pero comenzó a verlo con otros ojos. Ya no era el millonario que le arrebataría a su nieta. Ahora era el hombre que la amaba tanto como ella y que también, al igual que ella, quería cuidarla y hacerla feliz.

Desde ese día Edward dejó de ser su enemigo. Ahora, sería su aliado.

.

.

.

¡Qué intenso todo! ¿Qué les pareció? Qué bueno que corrieron al loco de Alistair! Afortunadamente este capítulo lo pude subir rápido porque ya lo tenía listo desde ayer jajajaja En seguida subo el siguiente cap n.n

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!