24
Dos ilusas
No dije nada.
Silencio sepulcral a pesar de llevar dos horas sentada en la mesa disfrutando al fin de un buen plato de comida, y la agradable compañía de quienes habían sido mis compañeros de instituto.
Mercedes me recibió como nunca creí que lo haría, aunque atisbé un poco de esa sonrisa soberbia tan típica de las artistas fulgurantes como ella. Kurt y Blaine pasaron a un segundo plano tras encontrarse con la diva del Soul, y centrarse en ella y sus futuros proyectos. Brittany apenas me dio un leve abrazo que yo respondí sin más, evitando en todo momento que percibiese mi malestar por saber lo que le estaba haciendo a su marido. Santana se limitaba a controlar que todo estuviese perfecto en la mesa, y que yo no mirase a Britt con desgana, o tuviese la maravillosa idea de recriminarle algo regalándome sus directas y amenazantes miradas. Y Rachel, simplemente, escuchaba cada una de las conversaciones procurando prestarles toda la atención posible, pero sin perderme de vista. Y no, no estaba delirando.
Rachel, a pesar de dirigirse a todos nosotros cada vez que hablaba siempre terminaba cada frase, cada anotación o pensamiento posando sus ojos sobre mí de una manera casi imperceptible para los demás, pero no para mí. Y yo simplemente guardaba silencio sin darle importancia tras haber descubierto como a escasas mesas de nosotras, y sin que sorprendentemente se hubiesen percatado de ello, estaba él. El único que logró sacar de mi cabeza los repentinos pensamientos perversos y absurdos con Rachel. El que debería haber sido mi novio ficticio en la ciudad de los sueños para terminar enamorándose locamente de mí, y hacerme la novia más feliz y envidiada de todo Hollywood. Leonardo DiCaprio.
Estaba allí, a escasos metros de mí, aunque no pude verlo con claridad por culpa de un enorme tipo que cenaba junto a él, y que me cortaba toda la visión. También había dos chicas más y un tercer hombre mayor, pero ellos no me importaban un bledo. Yo solo pensaba en él, en que después de haberlo tenido en mente por tanto tiempo, el destino me daba la oportunidad de al menos verlo el último día que iba a disfrutar de mi estancia en Los Ángeles. Tal vez fuese una fan patética que ni se atrevía a mirarlo, pero desde esa noche podría decir que estuve cenando con Leonardo DiCaprio en el mismo restaurante, respirando el mismo aire y espacio. Y eso ya era todo un logro, ¿no?
Nadie me dijo que no podía presumir de algo así. Nadie me prohibió crear mi propio cuento de hadas en un momento extraño de mi vida, en el que mi libido se empeñó en divinizar a quien nunca me llamó la atención. Leo con su carisma me ayudó a sobrevivir al alud de pensamientos erótico festivos que manipulaban mi mente respecto a Rachel. Y fue gracias a eso que pude sobrellevar la cena de la mejor manera posible, logrando incluso organizar los siguientes pasos que debía llevar a cabo, para sacar todo el beneficio a aquella reunión. La primera oportunidad llegó justo cuando ya habíamos acabado el postre, y no la dejé escapar.
—Chicos, disculpadme un segundo, pero tengo que ir al baño —se excusó Mercedes y yo reaccioné dejando mi luna de miel mental con DiCaprio en un segundo plano.
—Te acompaño —dije sorprendiéndola. Supuse que escuchar mi voz después de casi media hora en silencio le resultó chocante. Y no solo a ella, sino que también lo hizo en el resto. Todos me miraron como si fuera algo anormal que alguien como yo necesitara acudir al baño. Y no entendía el por qué. Soy un ser humano como ellos, y también tengo mis necesidades, además de mi mente prodigiosa para idear planes como el que estaba a punto de llevar a cabo.
Sí, lo confieso. En nuestro trayecto hacia el baño hice todo lo posible por lograr una mirada de Leo, pero este ni siquiera se percató de mi presencia. Y mucho menos de mi acelerado parpadeo seductor que, según Rachel, solía volver locos a los chicos. Pero eso es otra historia que no importa ahora. Lo que realmente me importaba en ese preciso instante era estar a solas con Mercedes, y acompañarla al baño era una de las mejores opciones que podría tener en esa noche. Tenía que aprovechar el momento, y llegó justo cuando ella abandonaba una de las cabinas después de hacer sus cosas, y se colocaba a mi lado en los lavabos, donde pacientemente la esperé tras fingir que también había hecho mis necesidades.
—Estás muy callada. ¿Te ocurre algo? —me preguntó justo antes de que yo me lanzara a hablarle, mientras lavaba mis manos por pura interpretación.
—Eh, no. Todo bien.
—No parece que te divierta mucho nuestra reunión —añadió poniéndome en bandeja mi plan.
—No es eso. Lo cierto es que tenía muchas ganas de veros, pero… Estoy algo preocupada.
—¿Preocupada? ¿Por qué? Santana me ha dicho que el lunes tienes un casting y que tienes posibilidades. ¿Te preocupa eso?
—No, para nada. De hecho, estoy bastante tranquila respecto a ese tema.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Me preocupa el hecho de saber que mañana me tengo que ir, y que, aunque vuelva para hacer el casting… Tendré que regresar a New Haven. Los rodajes son a largo plazo, y aun superando la prueba tengo que volver a mi vida.
—Ya. Y crees que vas a echar de menos todo esto, ¿verdad?
—Un poco, pero no es eso lo que realmente me preocupa —la miré pintando mi cara con un halo dramático digno de Meryl Streep.
—¿Entonces? —insistió tras mi breve y premeditado silencio.
—No, nada —me hice la interesante buscando su insistencia.
—¿Nada? —cuestionó mirándome con el cejo fruncido, cayendo lentamente en mi trampa. Yo seguía inmersa enjabonando mis manos lo suficiente para alargar aquel momento todo lo que fuera necesario— ¿No quieres contármelo?
—No es que no quiera, es que no sé si debo hacerlo.
—Vaya, veo que no solo hemos perdido el contacto, sino que también la confianza.
—No me malinterpretes, Mercedes. Yo confío en ti, pero creo que me estoy metiendo donde no me llaman si te lo cuento.
—Está bien —respondió resignada—. Me hubiera gustado poder ayudarte, pero si no quieres…
—Es Rachel —solté antes de que mi plan se echara a perder por mi pesadez.
—¿Rachel? ¿Qué pasa con Rachel? Oh dios, no será verdad eso que dicen de vosotras dos… ¿No?
—¿Qué? No, no claro que no. Solo son rumores estúpidos —fingí siguiendo la petición de George—. No tiene nada que ver con eso.
—Entonces. ¿Qué le pasa a Berry?
—Verás… Me, me preocupa su estado —balbuceé intencionadamente—, y dejarla a solas.
—¿Cómo? ¿Qué estado? —la vi preocupada.
— Rachel no está pasando por su mejor momento, Mercedes. No, no hablo de lo profesional, ya sabes que ella logra todo lo que se propone, y ahora está pendiente de esa serie que segurísimo que va a ser un gran éxito. Pero se siente mal.
—¿Por qué? ¿Está enferma?
—¡No!, claro que no.
—Entonces, ¿qué le sucede?
—Está sola.
—¿Sola?
—Sí. Tan sola que incluso me acepta como amiga —exageré buscando su curiosidad—. ¿Te imaginas como debe sentirse para aceptar algo así? Ambas sabemos que Berry y yo nunca congeniamos demasiado bien.
—La verdad es que no deja de ser sorprenderte verte junto a ella, y sobre todo saber que incluso te estas quedando en su casa. Hace unos años habría resultado algo surrealista.
—Exacto —musité tragándome el orgullo. Era consciente de estar fingiendo un menosprecio que yo jamás había sentido por Rachel, pero que Mercedes lo diese por cierto me enfermaba. Nadie, absolutamente nadie de quienes nos habían rodeado durante tanto tiempo, habían llegado a comprender lo importante que Rachel era para mí, y cuanto me preocupaba por verla bien. Nadie supo ver más allá de mis formas, erróneas por supuesto, para hacerle ver lo especial que era. No sé por qué me extrañé. Nadie parecía conocer a Rachel, así que mucho menos me conocerían a mí—. Cuando llegué descubrí que se sentía sola, a pesar de tener amigos.
—Pero…Kurt siempre está con ella, y Santana…
—No hablo de estar sola en ese sentido. Rachel sabe que tiene amigos, pero está convencida de que no sienten los mismo que ella. Tú la conoces. Sabes que es de esas personas que lo da todo por quienes la rodean. Tal vez su primera reacción sea de querer superarte y ser el número uno en todo, pero si son sus amigos los que están involucrados en esa escala, ella cede. Siempre permite que todos suban junto a ella, y creo que tú sabes de qué hablo.
—Pues…No muy bien, pero creo que lo intuyo.
—Vosotras dos siempre habéis competido. En el instituto, fuera de él…No sé, siempre os habéis retado artísticamente, pero cuando las cosas se han complicado, nunca ha dudado en ofrecerte su apoyo. ¿No es cierto?
—Pues sí, la verdad es que sí.
—Ella te recibió con los brazos abiertos en Nueva York. Siempre intentó hacerte sentir bien cuando la adolescencia nos mataba a todos por dentro.
—Entiendo lo que quieres decir, pero no por qué me lo dices a mí. Rachel sabe que puede contar conmigo cuando lo necesite.
—¿Y no te has parado a pensar que Rachel tal vez no necesite a esos amigos cuando las cosas se ponen feas, o se siente mal? Desde que he llegado, he comprobado como nadie, excepto Kurt, le ha llamado para preguntarle simplemente como está. Y me consta que lo hizo porque planeaba venir de viaje. Nada más. No he visto que reciba un simple mensaje en su teléfono o que alguno de vosotros la llame para quedar. Yo, yo entiendo que vuestras vidas en este mundo son complicadas, y que es difícil poder coincidir. Pero, por ejemplo, y ya que lo has mencionado, tú ni siquiera te has tomado la libertad de escribirle y preguntarle…Hey, Rach…Dicen por ahí que ahora tienes novia, ¿Es verdad? Ni siquiera eso, Mercedes. Es más, por no tener contacto con ella ni siquiera os seguís en algo tan reconocido como son las Redes Sociales. Rachel tiene 50.000 seguidores en Twitter y ninguno, absolutamente ninguno de ellos son sus amigos. Sin embargo, ella sí que se preocupa por todos y cada uno de vosotros. Ella sí se interesa por como os va en vuestras vidas o profesionalmente. Es, es devastador ver la poca repercusión que tiene en su gente.
—Quinn…Yo no…
—No te lo estoy echando en cara, jamás haría algo así. Solo me da rabia ver que lo está pasando mal con algo que tiene tan fácil solución. Y mucha más rabia me da que no os deis cuenta. Rachel es un libro abierto, y no necesita mucho para que esa sonrisa que siempre tiene en su cara sea completamente honesta y sincera. Hoy, gracias a vosotros, está sonriendo más que en las tres semanas que yo he podido estar a su lado. Y créeme, hace que realmente se me rompa el corazón.
¿Dónde está el Oscar? Porque con Leonardo DiCaprio en el restaurante y mi magistral actuación frente Mercedes, bien lo merecía.
Mercedes no movió un solo músculo de su cara escuchando mi inesperado sermón, acerca de lo sencillo que era corresponder a la amistad de Rachel, y lo poco que la valoraban. Puse todo mi empeño insistiendo donde más le dolía, haciendo uso de la psicología y de algunas mentiras piadosas para que se diera por aludida, pero sin señalarla como única culpable del supuesto estado depresivo de mi chica. De Rachel, digo.
Tal vez había sido demasiado intensa, y probablemente utilicé conceptos rastreros para cumplir mi objetivo. Tenía que lograr que el mundo supiera que Rachel tenía amistades importantes, o aliados como los llamó James, y Mercedes era lo suficientemente conocida como intentar tocar su fibra sensible y hacerle ver que Rachel la necesitaba. Evidentemente, prefería hacerle creer esa pequeña mentira de su necesidad por tener contacto con sus amigos, a confesarle lo que realmente le estaba sucediendo con los productores. Rachel no me lo hubiese perdonado, y yo tampoco lo haría si rompía mi promesa. Pensándolo fríamente, tampoco estaba tan desencaminada al hacerle ver que Rachel parecía estar completamente sola, sin amigos que simplemente estuviesen ahí en cualquier situación, y no solo en los malos momentos o cuando ella los reclamaba. Por lo que lo único que realmente no era cierto de todo aquel plan, era el supuesto malestar que sentía, el cual utilicé como si fuese simplemente mi propia percepción, no la confesión directa de la perjudicada. Tampoco era una mentira muy grave. ¿No?
Lo importante de todo aquello era que Mercedes me creyó, y lo hizo tanto que no tardó en reaccionar justo como yo esperaba y deseaba que lo hiciera.
—Vaya, no lo había pensado nunca. Nunca creí que Rachel pudiese llegar a sentirse así.
—Es humana. Siempre ha valorado a sus amigos, y recuerda que tuvisteis que pasar por mucho para tenerlos. Y ahí sí te incluyo a ti.
—Cierto. Ahora con la fama y todo eso es muy fácil hacer amigos, de hecho, salen de la nada —sonrió apenada—. Pero cuando nadie quería acercarse a mí, cuando me discriminaban por mi raza o me criticaban por mi peso, ella siempre estuvo. Nunca me miró por encima del hombro como hicieron otras. Ella siempre me apoyó.
—Está bien que tengas eso presente.
—¿Sabes? Tienes razón, mucha razón. Por mucho que nuestra vida sea un caos continuamente y nunca tengamos tiempo de nada, siempre podemos sacar una hora para tomar un café, o salir de compras.
—Sobre todo viviendo en la misma ciudad —apuntillé evitando que pudiera percatarse de los saltos de emoción que ya daba en mi mente. Mercedes Jones, la diva del Soul junto a Rachel Berry de compras por Beverly Hills, era un perfecto titular para que Rachel se ganase la confianza de los peces gordos de Broadway, y Hollywood. Y si le sumábamos la incipiente popularidad que ganaría gracias al galán de Zac Efron, muchísimo mejor. Tenía que rodearse de gente importante, gente que estuviera en la industria, que llenase portadas de revistas y recibiese premios. Y Mercedes era la mejor candidata para ello.
—Haré todo lo posible porque eso cambie —me dijo regalándome una sonrisa—. Y espero que cuando vuelvas a Los Ángeles, también tomes consciencia de tu preocupación por los demás y me permitas disfrutar de tu presencia más veces.
—Te aseguro que lo haré —le sonreí complacida por su invitación para volver a entrar en su vida. Yo nunca iba a olvidar que aquella mujer con aires de grandeza, tuvo el coraje y la amabilidad de ofrecerme su propio hogar cuando mis padres me negaron el mío. Pero ese era otro asunto que no quería tratar en aquel instante. Lo importante, lo que realmente importaba en ese momento, era que había puesto la primera piedra para que el camino de regreso a Nueva York de Rachel, fuese más sencillo, más agradable y sobre todo, sin sombras que la asustasen. Y me sentí bien al hacerlo, tan bien que mi cuerpo se relajó tanto que ni siquiera el saber que Leo estaba allí fuera, esperándome por supuesto, logró exaltarme.
—Será mejor que salgamos —dijo ella tras secarse las manos—. Creo que es hora de bailar un poco, ¿no crees?
—Eh…sí, ve saliendo tú. Necesito, necesito…Hacer una llamada —me excusé sin demasiada convicción, pero ella parecía estar dispuesta a creer todo lo que decía aquella noche. Necesitaba un par de minutos a solas para ordenar de nuevo mi mente después de todo lo que le había dicho, y ella no le dio importancia al hecho de dejarme allí. Simplemente me sonrió y abandonó el servicio acatando mi petición. Bueno miento, en ese instante entraron dos mujeres que ni siquiera me miraron y que ocuparon diferentes cabinas. Yo me mantuve por algunos segundos más allí, secando mis manos y observándome a través del espejo sin pensar en nada, pero sintiéndome bien. Muy bien por saber que, aunque no estaba siendo éticamente correcta había hecho justamente lo que tenía que hacer por ella. Por Rachel. La misma que dos minutos después, justo cuando yo ya me disponía a abandonar el baño, me asaltó cuando apenas cerraba la puerta tras de mí.
No me sorprendió verla, porque la vi caminar muy rápida hacia mí. De hecho, no solo lo hacía a toda prisa, sino que además me miraba con los ojos abiertos como platos y tensaba sus mandíbulas como si una manada de zombis la estuviesen persiguiendo. Lo que me sorprendió fue su actitud al encontrarse conmigo.
—Quinn —musitó tras llegar frente a mí, y yo no tuve tiempo a preguntarle cuando vi que me tomaba de la mano—. Ven —me susurró.
—¿Qué ocurre? —pude preguntarle cuando ya tiraba de mí.
—No te lo vas a creer, no te lo vas a creer —murmuró entre dientes, sin siquiera mírame. Simplemente tiraba de mí aferrada a mi mano sin dejar que me percatara de nada, hasta que se detuvo a escasos metros de nuestra mesa donde ya vi como los demás comenzaban a recoger sus pertenencias.
—¿Qué ocurre, Rachel? —le pregunté de nuevo al ver cómo se giraba y me volvía a mirar de frente. Soltó un pequeño suspiro y vi como sus cejas me regalaban una expresión de arrepentimiento por algo que yo no acertaba a comprender
—Lo siento —se excusó y sin dejarme hablar de nuevo, me soltó la mano arrebatándome el bolso de la opuesta y lanzándolo a mis pies
—¿Qué? ¿Qué haces tirando mi bolso? —le recriminé sin comprender qué diablos hacía, hasta que noté como uno de sus dedos se clavaba directamente en mi barriga, y me obligaba a retroceder un par de pasos completamente desconcertada, y con tan mala suerte que choqué con alguien que en ese preciso instante pasaba justo por detrás de mí.
Mala suerte = plan maestro de Rachel Berry.
Confieso que la fulminé con la mirada antes de ser consciente de quien me estaba sujetando por la espalda, tras haberle regalado un desafortunado golpe y un pequeño pisotón que debió dolerle a pesar de su sonrisa. Su sonrisa radiante acompañando los dos ojos azules más expresivos que jamás vi.
Ni pulso, ni respiración, ni consciencia. Mi mirada fulminante se transformó en un bloqueo mental que simplemente me llevó a dejar de parpadear, y abrir la boca como una idiota.
—¿Estás bien? —me dijo preocupado, pero a mí no me salía la voz para responderle como una persona normal. Fue ella, Rachel, quien lo hizo por mí.
—Lo siento, ha sido mi culpa. ¿Estás bien?
—Sí, claro, yo sí —respondió sin perder la sonrisa—. Pero ese bolso no lo está —añadió agachándose entre nosotras. Yo seguía completamente en shock. No tenía ni idea de qué estaba sucediendo, ni como habíamos llegado hasta ese momento en el que había pasado de estar lavándome las manos en el baño, a tener a Leonardo DiCaprio entre nosotras dos, a la altura de mis rodillas
—He tropezado y le he empujado sin querer —dijo ella haciendo el intento de ayudarlo a recoger el bolso, pero él ya ascendía con el mismo entre las manos, cuando el tipo grande que había estado sentado a su lado le preguntó si todo estaba bien. Simplemente asintió y le indicó con la mano que todo parecía estar bajo control. Todo excepto yo, que comencé a temblar al verlo sosteniendo mi bolso.
—¿Es tuyo? —me dijo y yo asentí como una idiota. No puedo jurarlo, pero estoy convencida que Rachel tuvo que contener la carcajada mientras me miraba— Supongo que no falta nada. No hay nada en el suelo y creo que no se ha abierto.
—Gra…Gracias.
—De nada —me sonrió—. ¿Te conozco de algo?
—¿A mí? —balbuceé— No, no creo. En todo caso a ella —señalé a Rachel, que seguía como mera espectadora de mi bloqueo.
—Sí, a ella si la conozco de vista —añadió ofreciéndole su mano para saludarla como un verdadero caballero—. Leonardo —le dijo.
—Rachel Berry —respondió ella sin perder la sonrisa y sin dar muestra alguna de nervios—. Ella es Quinn —añadió señalándome—. Probablemente la reconozcas por su carrera. Es actriz.
—Mmm… ¿Te he visto en la televisión? —volvió a mí saludándome de igual forma. Supliqué porque el sudor que bañaba mis manos no le resultase desagradable —Me resulta familiar tu cara y tu sonrisa.
—¿Cómo? —balbuceé tratando de comprender como era posible algo como aquello. No que mi cara le resultase familiar, sino que lo hiciera mi sonrisa cuando yo apenas había podido cerrar la boca en aquel instante. Mi cara era todo un poema exento de sonrisas, de hecho.
—He visto tu sonrisa en algún lugar —insistió
—Quinn, creo que se refiere a tu anuncio de publicidad —me dijo Rachel logrando que entrase en razón.
—¿Un anuncio?
—De dentífricos —dije sin apenas consciencia.
—Oh sí —sonrió—. Aunque no recordaba que fuese de dentífrico. Yo recuerdo tu sonrisa, no la marca de la pasta dental —bromeó logrando que Rachel soltase una de sus tan peculiares y encantadoras carcajadas contenidas—. Un placer —añadió tras aferrarse a mi mano y saludarme.
—Igualmente —balbuceé sin poder dejar de perderme en sus ojos mientras la risa de Rachel se colaba en mi cabeza.
—Estás bien, ¿no?
—Eh sí, si claro. Todo bien. Lo siento, ha sido un pequeño accidente.
—Lo sé. Eh…Lo siento, debo marcharme antes de que el increíble Hulk entre en cólera —volvió a bromear señalando hacia el tipo que segundos antes se había interesado por el pequeño incidente—. Un placer conoceros. Espero que os vaya bien.
—A ti también —reaccionó Rachel. Yo simplemente y como una idiota más, me limité a sonreír mientras observaba toda la escena. De hecho, no dejé de hacerlo hasta que vi cómo se alejaba de nosotras abandonando el restaurante, y Santana nos sacaba de nuestro embelesamiento. Rachel también se había quedado completamente embobada mirándolo, pero pronto salió de su estado para seguir sonriéndome.
—¡Vamos! ¿Qué hacéis ahí paradas como estatuas? —escuché decir a Santana y la realidad volvió a mí— Nos vamos a bailar un rato a un club que conoce Mercedes —añadió invitándonos a que siguiéramos sus pasos.
Rachel lo hizo más rápido que yo, de nuevo. Ella me adelantó sin darme oportunidad a pedirle explicaciones, y dejó que fuese Santana quien tirase de mí para abandonar el restaurante. Y, a decir verdad, menos mal que lo hizo. Estoy convencida de haberme quedado allí petrificada para toda la eternidad.
Y no, aunque parezca surrealista o exagerado, yo no recuperé mi consciencia hasta que no me vi subida en uno de los taxis con Blaine y Kurt a mi lado, y supe que Rachel me había esquivado tomando el que utilizaban Mercedes, Britt y Santana. Nadie se había dado cuenta, nadie nos había visto hablar con el mismísimo Leonardo DiCaprio, y juro que creí que todo había sido una ilusión. Una alucinación por culpa de mi descontrolada obsesión por él en aquella época. Pero no. Fue verdad, y Rachel había sido la culpable de aquel fortuito encuentro.
Nunca antes diez minutos de trayecto en coche se me hicieron tan eternos. Después del shock inicial y rememorar todo lo que había sucedido sin apenas tiempo a concebirlo, y mientras escuchaba a Kurt y a Blaine hablar de no sé qué de la discográfica de Mercedes, fui sintiendo como la emoción se apoderaba de mí poco a poco, instalando en mi cara una sonrisa que apenas podía disimular, y que estaba convencida de no poder hacer desaparecer en lo que quedaba de noche. Aunque si pude sustituirla por una seriedad fingida cuando me bajé del taxi, y vi como Santana, Brittany, Mercedes y Rachel esperaban en la puerta del club, sin tener que hacer cola como el resto de personas que intentaban acceder a él.
No pude acapararla en ese instante, porque Mercedes nos incitaba a que entrásemos al local detrás de ella. Pero si lo pude hacer una vez dentro, cuando ya nadie nos iba a poner trabas para acceder al mismo. Esquivé a Santana que caminaba delante de mí con Britt a su lado, y sin pesarlo la tomé del brazo para que se detuviera. Creo que la mafiosa se llegó a percatar del movimiento que llevé a cabo para separar a Rachel del grupo, pero no me importó nada. Solo quería cuestionarla y sacarme las dudas de lo que había sucedido. Supuse que ella lo esperaba, porque apenas pudo ocultar la sonrisa cuando me miró tras tirar de ella.
—¿Qué ocurre? —me dijo tras varios segundos mirándonos sin decirnos nada.
—¿Lo has hecho queriendo? —le pregunté sin titubeos, acercándome lo suficiente a su oído para que pudiese oírme más allá de la música que ya sonaba.
—¿Tú qué crees? —me replicó sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿Por qué no me dijiste lo que pensabas hacer? Acabo de pisar con un tacón de 7 centímetros a Leonardo DiCaprio, podría haberle hecho daño —me excusé en un vago intento por sacar un orgullo que las dos sabíamos que no existía en mí.
—Tenía que correr el riesgo —me sonrió—. La idea principal era que simplemente te mirase.
—¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? —insistí después de otros tantos segundos en silencio.
—Porque sé que te gusta mucho, y no podía permitir que se marchara sin que tuviese la oportunidad de conocer a la chica del anuncio de las sonrisas —bromeó y yo no pude evitar hacerlo también—. Además, te he visto mirarle durante toda la cena y he esperado a que tuvieses el valor de acercarte a él, pero como vi que no pensabas hacerlo, y que solo te limitabas a seducirlo con la mirada, pues decidí que tenía que hacer algo.
—No, no me lo puedo creer.
—¿No te ha gustado? —me preguntó acercándose más aún a mi cara—. Me dijiste que te hubiera gustado que él fuese tu novio de mentira. No sé, pensé que, si lo conocías, al menos tenías una opción de conquistarlo de verdad. No planeando un promance. Apuesto a que nunca más se va a olvidar de ti. Ni por el pisotón ni por tu sonrisa —añadió regalándome un guiño de ojos que me descompuso.
¿Cómo lo hizo? No tengo ni idea, pero que lograse que mi atención se centrara en ella después de haber conocido al mismísimo Leonardo DiCaprio, era todo un misterio. ¿Tanto poder tenía Rachel Berry? ¿Tanta fuerza tenía su sonrisa o su mirada? No lo supe en aquel instante, porque tampoco fui consciente de cómo se había ido adueñando poco a poco de todos y cada uno de mis pensamientos. Solo era consciente de cómo había logrado sorprenderme como nunca antes nadie lo hizo. Como había jugado sus cartas para hacer de una pequeña confusión, la mayor y más divertida anécdota de mi vida. Algo que ya jamás olvidaría, sin duda.
—Estás loca—susurré pensando que no podía oírme por el volumen de la música, pero ella se encargó de leer mis labios a la perfección. Como siempre.
—No te imaginas cuánto —respondió regalándome una última sonrisa antes de apartarse de mí, y seguir el sendero de los demás hacia una zona delimitada del club.
Yo tuve que esperar varios segundos para asimilar aquellas palabras, y dejar de lado la emoción de haber conocido a mi novio ideal, para poder unirme a ellos. Aunque a partir de aquel momento ya no volvimos a ser un grupo como en el restaurante.
Mi único consuelo fue ver que Mercedes no era una gran aficionada a bailar en público, o tal vez su estatus de diva no se lo permitía, y me regaló su compañía durante gran parte de la noche. Porque el resto se la pasó en mitad de una pista de baile atestada de personas que bailaban sin fijarse en quien estaba a su lado. Hablamos por más de media hora hasta que alguien que supuestamente la conocía la separó de mí, y entonces sí me que vi sola. Pero tampoco fue por mucho tiempo. El justo para pedirme una segunda copa.
—Eres como esos tipos que van a las discotecas a beber y a mirar —la escuché decir tras de mí—. Van a pensar que eres una acosadora que vigila a sus víctimas antes de atacarlas.
—En primer lugar, si fuera un tipo no tendría este cuerpo ni los demás chicos de la discoteca me mirarían como lo hacen —repliqué sin siquiera mirarla, sacando parte de mi orgullo y con el ego por las nubes tras descubrir a varios chicos embelesados en mí—. Y segundo, yo no estoy vigilando a nadie, y mucho menos soy una acosadora. Me limito a tomarme una copa en tranquilidad.
—Ya, ya veo —masculló con sarcasmo—. Me vas a hacer creer que estar aquí es mucho más divertido que estar ahí, bailando con tus amigos. ¿Verdad? —señaló hacia el grupo, donde solo pude ver como Rachel y Kurt bailaban como si fuese la última vez que lo harían juntos.
—Sabes que no me gusta mucho bailar en público.
—Sí, si lo sé. Por eso ayer no dejaste de hacerlo conmigo hasta que te obligué a marcharnos.
—Es distinto.
—¿Por qué? ¿Conmigo sí y con ellos no? —volvió a señalar a la pista de baile mientras se apoderaba de mi copa y bebía de ella sin mi permiso.
—No es eso, es simplemente que ayer me apetecía bailar y hoy no. Nada más.
—¿Habéis intercambiado papeles?
—¿Qué? ¿Con quién he intercambiado papeles?
—Con Rachel. Es la primera vez en meses que la veo divertirse como lo está haciendo ahora, y tú aquí ocupando el lugar de alma en pena que ella tenía.
—No soy un alma en pena, simplemente me apetece estar aquí.
—¿Qué le has hecho? —preguntó ignorando mi respuesta— ¿Qué le has dado para que deje de llorar por los rincones en apenas dos días? Desde que os pasó lo del festival es como si fuera otra persona.
—No le hice nada. Supongo que se ha dado cuenta que ser un alma en pena no es la solución a ninguno de sus problemas —dije tratando de ser consecuente con mis palabras, pero Santana parecía intuir algo más de lo que yo permitía que supiera. Guardó silencio por algunos segundos observándola, y regresó a mi dispuesta a saciar su curiosidad.
—¿Sabes algo que yo no sepa? —me interrogó con una contundencia, que tuve que desviar la mirada para evitar que pudiese leer mi mente.
—No.
—Quinn, ambas sabemos que en parte estamos aquí para ayudarla, y si tú sabes lo que le sucede deberías contármelo. Creo que tengo derecho.
—Yo no sé nada —negué de nuevo, sabiendo que cada vez que lo hacía era una sentencia más para mi futuro—. Ya te dije que hablamos de lo que nos había pasado, y acordamos llevarnos bien. Nada más.
—¿Por qué no te creo?
—Porque piensas que todo el mundo conspira a tus espaldas, o tal vez porque es lo que tú siempre haces. Siempre guardas secretos y piensas que los demás también lo hacemos contigo.
—No, no. Ni se te ocurra compararlo con algo personal. Las dos estáis raras, y sé que me ocultas algo.
—Santana, deja de darle vueltas. Sabes perfectamente que tengo suficientes ejemplos en los que puedo demostrar que me ocultas cosas. Así que deja de hacerte la víctima.
—Ok, entonces no pensaré en nada y simplemente me haré a la idea de que el buen humor y el cambio drástico de Rachel, se debe a que después de no sé cuantos meses, o años incluso, ha echado un buen polvo con alguien y se ha desahogado.
—¿Qué? —balbuceé tratando de asegurarme que había escuchado bien.
—Funciono así —me sonrió traviesa—. Tú no me dices la verdad, pues yo pensaré lo que me dé la gana. Y lo que quiero pensar ahora mismo es que Rachel le ha contado su historia de cómo una vez nadó desnuda en el lago Hope a alguien, y ha tenido una noche de sexo desenfrenado que ha logrado cambiar su estado anímico. Es más, incluso está más guapa. Por lo que mi teoría podría ser perfectamente real.
—Estás delirando…
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? ¿Te estás escuchando hablar? No dices más que cosas absurdas.
—No son cosas absurdas. Te recuerdo que he vivido con ella dos años. La conozco y sé qué técnicas de seducción utiliza y como se muestra después de lograr lo que quiere. Y por lo que veo, parece que ha encontrado a alguien a quien conquistar con su historia del lago Hope.
—¿Qué? ¿Qué historia?
—No quieras saberla —sonrió pícara—. Solo te digo que, si algún día te la cuenta, terminarás en su cama. Y no precisamente para dormir.
—Deja de inventar cosas.
—No son inventos. Te lo vuelvo a repetir, he vivido dos años con ella y he oído y sido testigo de muchas cosas procedentes de su cama en mitad de la noche.
—No seas cínica. No deberías hablar de ella así —repliqué realmente molesta. Yo fui testigo de lo que Rachel podría llegar a hacer estando a solas en el baño, y no me apetecía en absoluto que Santana se burlase de ella si, tal y como había dejado entrever, también había presenciado o escuchado algo parecido. De hecho, me parecía de muy mal gusto bromear con ello sin que ella estuviese presente, y mucho menos de acuerdo.
—Hey tranquila, ni que te estuviera culpando a ti de haberte metido en su cama —masculló dejando entrever la maliciosa sonrisa que yo ya esperaba. Ni siquiera respondí. Simplemente me limité a desviar la mirada e ignorarla por completo—. No sé por qué te pones así. Rachel está muy buena. No sería algo desagradable, precisamente.
—Santana, ¿estás borracha?
—No, ¿por qué?
—Vienes aquí a cuestionarme porque estoy tranquilamente tomándome una copa, insinúas que te escondo secretos y terminas hablando del sexo que pueda tener o no Rachel y de lo buena que está. ¿Te estás oyendo? ¿Qué te pasa?
—¿No crees que está buena?
—¿De qué hablas? ¿De verdad me estás preguntando eso?
—¿Por qué no me respondes a eso tampoco? —insistió logrando que mi paciencia comenzara a evaporarse— ¿No puedo hablar contigo y que me respondas sinceramente? No me respondes a lo que sé que ya sabes y no me quieres contar, y tampoco lo haces si te pregunto algo tan estúpido y banal como que si crees que Rachel está o no buena ¿Por qué tanto secretito?
—¿Sabes qué? Definitivamente Los Ángeles te está afectando, o directamente eres idiota…
—¡Hey! ¿Ya te has cansado de bailar? —fue Mercedes la que interrumpió nuestra conversación en ese momento en el que yo trataba de comprender que pretendía al preguntarme aquellas cosas, y cuando mi malestar aumentaba vertiginosamente. Porque conociéndola, era seguro que lo hacía con una intención concreta. Y yo agradecí la interrupción. Aunque viendo el rumbo que tomó aquella situación casi mejor que no lo hubiera hecho. Santana era una experta en tensar la cuerda hasta que cedía de su lado, y no iba a detenerse hasta lograrlo.
—No mucho, pero he visto a Quinn sola y me he venido con ella a disfrutar de las vistas —le respondió dándome espalda.
—¿Vistas? ¿Qué vistas? —se interesó colándose entre nosotras dos— ¿Tenemos a alguien que ver?
—Estamos debatiendo si Rachel está o no está buena.
—¿Rachel? —masculló lanzando la mirada hacia la pista mientras yo trataba de comprender que realmente le había dicho aquello.
—¿Tú crees que está buena? Yo digo que sí, pero Quinn dice que no.
—Yo lo que he dicho es que estás loca —la interrumpí, pero ambas me ignoraron.
—No está nada mal. Hombre, te paras a pensar que es Berry y resulta chocante verla sexy, pero la verdad es que no está nada mal. Si fuese lesbiana o un chico no tendría inconveniente alguno en buscar algo de ella. Aunque dudo que fuese una relación… Rachel es insoportable en ese aspecto. He visto sus pijamas, no podría tener una pareja que durmiese con ovejitas con 25 años.
—Estoy de acuerdo contigo —le respondió Santana—. Rachel es perfecta para un buen polvo, pero para una relación estable… Mejor para aquellas personas que tienen mucha paciencia y son cursis —añadió matizando ese mucha con una mirada de reojo hacia quien esto escribe.
—Puede, aunque no es algo que yo vaya a pensar demasiado. Yo camino por una sola calle —bromeó regalándole un guiño a Santana.
—Lo sé, pero al menos no tienes inconvenientes en reconocer las cualidades físicas de una mujer —apuntilló haciéndome ver que aquello iba directamente para mí. No pude responder, de nuevo volvían a interrumpirnos sin que ninguna de las tres nos percatáramos de ello.
—¿Cuándo nos marchamos? —fue Britt quien apareció de la nada y se coló entre Mercedes y yo para abrazar a Santana.
—¿Ya te quieres ir? —preguntó la diva
—Sí, estoy cansada. Y mañana tengo que madrugar. ¿De qué habláis?
—De nada importante. Estamos debatiendo si Rachel está o no buena. Mercedes y yo decimos que sí, pero Quinn dice que no.
—¿Por qué dices que no? —me preguntó sin que me diese tiempo a volver a recriminarle a Santana—. Rachel está muy bien.
—Yo no he dicho que no. Se lo está inventando.
—¿Te lo estás inventando, San? —volvió a la mafiosa, sin siquiera darme más opción a explicación. Y lo cierto es que estaba convencida de que Santana no me iba a dejar explicarme tampoco, porque me estaba castigando por no contarle la verdad.
Entiendo que la manera de hacerlo era bastante infantil, y que no debí haberle dado la importancia que le di en aquel instante. Pero no era el momento adecuado para bromear con algo así después de mis últimas y revulsivas horas de hormonas rebeldes. No era el mejor momento para que todos hablasen de lo increíblemente sexy que era Rachel, y mucho menos exponerme a mí como el único bicho raro que no parecía verlo. Probablemente, era la única del grupo que realmente se había replanteado pasar una noche de sexo salvaje con ella. Bueno, tal vez no lo había pensado hasta ese mismo instante en el que Santana lo había mencionado, pero mi mente ya lo visualizaba como si realmente hubiera sido idea mía. Y eso no me hacía ningún favor en aquel instante.
—Yo no me invento nada —respondió ella justo cuando vi como mi final se acercaba. Me refiero al final de toda mi paciencia. Rachel, Kurt y Blaine estaban a punto de unirse al grupo y yo noté como la sangre se agolpaba en mis pies provocándome una leve sensación de mareo.
—¿Qué hacéis aquí? —fue Blaine el primero en preguntarnos. Yo me volví hacia la barra tratando de ignorar todo lo que estaba por suceder, y suplicando que Santana fuese benévola conmigo. Evidentemente, no lo iba a ser— ¿Nos marchamos ya?
—Sí, al menos yo si me marcho ya —respondió Brittany.
—Estábamos hablando de Rachel —dijo la idiota de mi representante ignorando el comentario de su amante.
—¿De mí? —preguntó Rachel. Yo seguía evitando mirarlas a toda costa.
—Sí. Estábamos debatiendo si estás o no estás buena —soltó, y yo me acordé de toda su familia, y de ella también. Hija de…
—¿Qué?
—Todas creemos que estás muy buena, así que enhorabuena.
—No, no entiendo. ¿Estabais hablando de eso de verdad o estás bromeando?
—Sí, los debates de Santana son muy entretenidos a las 00:23 de la madrugada —intervino Mercedes.
—¿Y por qué hablabais de eso?
—Deja de cuestionarnos, Berry. Solo es un baremo oficial de amigas. Todas pensamos que estás buenísima, y que eres digna merecedora de un buen…
—Cielo —susurró Brittany callándola. Yo lo agradecí, aunque mi tranquilidad no duró demasiado.
—Solo le digo cosas que todo el mundo quiere oír, con la diferencia de que para ella son ciertas —replicó Santana—. Bueno, en realidad también tengo que decirte que no todas opinamos lo mismo.
—¿Ah no? —musitó Rachel curiosa. Supuse que el shock de la primera impresión por saber que hablábamos de eso, fue desapareciendo conforme los comentarios la relegaban a una muy buena posición en el ranking de las chicas más sexys de aquella discoteca. A todas nos gusta que nos halaguen, y Rachel no iba a ser menos.
—No. Quinn no opina lo mismo.
—¡Eres idiota! —solté sin ser apenas consciente de que lo dije en con un tono bastante alto—. Yo no he dicho nada —añadí ante la mirada atónita del grupo al completo—. Deja ya de joderme y dedícate a tu vida.
—¡Hey! Chicas, dejad de discutir —intervino Mercedes. Ni Santana ni Rachel dijeron absolutamente nada cuando la tensión se hizo patente por culpa de mi carácter. Carácter que de repente se volvió agrio y borde por su culpa.
—Estoy cansada —dije sin apartar la mirada de Santana, que firmemente seguía mirándome—. Me voy a dormir.
—Nos vamos todas —añadió Mercedes, pero yo no dejé que la conversación pudiese alargarse más. La esquivé a ella, a Brittany, a Santana que estaba a su lado, y sorteando entre Blaine y Kurt, pude deshacerme de la confusa mirada de Rachel para poner rumbo hacia el exterior de la discoteca. Lo que sucedió después en la interior queda lejos de mi alcance porque no lo viví. Lo único que recuerdo después de salir es que Kurt, Blaine y Rachel me alcanzaron en mi huida por la acerca hacia el apartamento, el cual teníamos a un par de manzanas. De las otras tres no supe nada, ni tampoco puse interés en saberlo. Imaginé que habían tomado un taxi de vuelta al hogar de Mercedes. No me importaba en absoluto. Yo solo caminaba enfurecida, como si hacerlo me diese la opción de dejar tras de mí todos aquellos pensamientos, y la rabia que me había provocado Santana con sus estúpidos comentarios. Estúpidos comentarios que en otra circunstancia yo habría rebatido sin perder la gracia, pero que en aquel instante me sentaron como una patada en el estómago. Y supuse que mi aspecto mostraba a la perfección mi monumental enfado, porque ni Kurt, ni Blaine y ni siquiera Rachel, se atrevieron a dirigirme palabra alguna ni siquiera cuando permití que me adelantasen. De hecho, fui yo quien poco a poco fue dejando atrás el mal humor mientras los observaba caminar delante de mí. Ellos dos cogidos de la mano, y Rachel al lado de Kurt enlazando su brazo con el suyo.
Escucharla hablar de Nueva York, de algunos proyectos que parecía haber dejado aparcados por los motivos que ambas sabíamos, y la tranquilidad con la que lo hacía, me hizo comprender que ella había sido la más perjudicada de mi patética reacción con los comentarios de Santana. Que ella era la que menos culpa tenía de mi cambio de actitud, sobre todo, después de ver cómo había estado toda la noche pendiente de mí. Hasta el extremo de llegar a provocar un encuentro fortuito con Leonardo DiCaprio con tal de darme una alegría.
Fui consciente entonces del gran esfuerzo que realmente estaba haciendo, por lograr que mi vida allí fuese más sencilla y amena desde que supe su verdad. Ella me pidió que me quedase, aceptó que rompiéramos el promance e incluso llegó a ser completamente sincera al preguntarme si ocurría algo entre nosotras. Dejó las lágrimas, los cambios de humor y los misterios por las sonrisas, la diversión y la honestidad. Y yo, que casi le llegué a ordenar que cambiara su actitud, había adquirido ese halo de insoportable que tanto detestaba de mí misma. Santana tenía razón al decir que nos habíamos intercambiado los roles, y yo no estaba dispuesta a darle esa satisfacción.
—Rach…—Susurré de modo que pudiese escucharme. Los tres miraron hacia atrás, pero yo solo me fijé en ella. No hizo falta que le dijera nada más. Apartó su brazo del de Kurt, y deteniendo su paso esperó a que yo llegase a su altura con las manos en los bolsillos de su falda. Kurt y Blaine siguieron caminando abrazados, como los tortolitos que eran.
—¿Estás mejor? —me cuestionó sin rencor alguno. Yo asentí y seguí caminando invitándola a que lo hiciera a mi lado— Supuse que necesitabas estar un rato a solas, por eso no me he acercado a ti.
—Lo siento.
—No tienes que sentir nada. Entiendo que Santana a veces es tan insoportable que, o haces lo que tú has hecho o reaccionas de mala manera y todo se complica. Creo que has hecho lo mejor.
—No, no lo digo por eso —repliqué agradecida por su apoyo.
—¿Entonces? ¿Por qué me pides disculpas?
—Yo jamás he dicho que no me parezcas sexy. Es todo un invento de Santana.
—¿Es por eso? —me miró con algo de sorpresa— ¿Crees que me ha molestado que diga que no me ves sexy?
—No sé si te ha molestado o no, lo único que quiero que sepas es que es mentira. Yo no le he dicho absolutamente nada a Santana acerca de ti. Ha sido ella quien ha empezado a tratar de ponerme nerviosa con ese asunto porque quería castigarme. Estoy segura de que intuye que me has contado lo que te sucedió en Nueva York —susurré de modo que ni Kurt ni Blaine pudiera oírme. Ella siguió mirándome, pero esta vez completamente confusa, no sorprendida—. Tranquila, no le he dicho absolutamente nada. Sigo cumpliendo mi palabra.
—Ok. Pero vuelvo a repetirlo, no tienes por qué darme explicaciones y mucho menos decir que lo sientes. Sé que vas a cumplir tu palabra, y también sé que, aunque lo llegues a pensar, jamás dirías algo feo de mi aspecto físico después de todo lo que hemos vivido.
—¿Aunque lo piense? —la interrumpí sin dar crédito a lo que insinuaba.
—Bueno, aunque lo pienses, o no. Da igual, lo importante es que sé que ya no harías algo así. Tal vez en el instituto lo llegarías a decir, pero ahora…
—Rachel, ¿de verdad crees que pienso que no eres sexy?
Mini punto para mí por alzar la voz lo suficiente en aquel momento de la conversación, y lograr que tanto Blaine como Kurt se girasen al escucharlo dejándome en evidencia. Eso sí, Rachel reaccionó mejor que nunca, y quitándole importancia enlazó su brazo con el mío excusándose con tener algo de frío. Mentira. Lo único que pretendía era que mi voz no llegase a los 200 decibelios y ellos siguieran escuchándonos.
—¿Lo crees? —me preguntó cuándo yo pensaba que no lo haría. Y me armé de valor. Hice justamente lo que ella había hecho la noche anterior.
—No, no es que lo crea, es que es evidente. Rachel, quedamos en ser honestas y si te tengo que decir que estás muy bien, que estás muy buena o como quieras llamarlo, te lo diré sin problemas. Ya te he dicho mil veces que me pareces realmente hermosa, y no he tenido inconveniente en decírtelo. Pero lo que ha hecho Santana antes no es correcto, y como sabía que solo estaba tratando de jugar conmigo y sacarme de quicio por lo otro, pues preferí callarme.
—Ok. Te entiendo, pero hay algo que no comprendo.
—¿Qué no comprendes?
—¿En qué momento decide que tiene que hablar de mí de ese motivo para tratar de sacarte de quicio? ¿Te molesta que diga esas cosas de mí?
—No, no me molesta. Estábamos hablando de tu cambio, Rachel. Santana se ha dado cuenta de que estás más animada, y como no le he contado a qué se debe esa actitud tuya, pues ha tratado de tensar la cuerda sacando conversaciones que sabe que no me gusta mantener.
—¿No te gusta hablar del físico de los demás?
—No es eso. Santana no solo hablado de tu físico. Solo me ha tocado las narices diciendo que tal vez tu cambio se debe a que has estado con alguien…Y de ahí ha empezado a decir que tenías un buen…Ya sabes, eso. Después pues ya me preguntado a mí qué es lo que yo pensaba…Y todo se ha liado. Estoy convencida que quería llegar al punto de insinuar que quien se ha metido en tu cama he sido yo.
—¿Santana dice que tengo un buen…?
—Lo ha dicho para joderme —mascullé, pero su mirada hizo que incluso me detuviera—. ¿Qué?
—Santana te ha preguntado que por qué estoy más contenta, tú le has dicho que no lo sabes…Así que ella, para sacártelo de alguna manera porque intuye que lo sabes, ha dejado caer que es porque me he acostado con alguien, y me he desahogado. Tú se lo has negado, y ella te ha cuestionado el motivo por el que lo niegas. Y es entonces cuando te ha incitado a que reconozcas que te parezco que estoy muy bien para poder acostarme con quien quiera, cuando quiera y como quiera, sabiendo que eso te jode y probablemente haría que terminases confesando mi secreto, por tal de no insinúe que tú y yo nos hemos acostado. ¿No es cierto?
Me costó asimilarlo, pero Rachel había descrito la situación con tanta exactitud que creí que la había planeado ella. O mucho peor, que era capaz de leer mi mente tal y como sospeché cuando compartíamos el taxi de camino al restaurante. Fuese lo que fuera, mi gesto desconcertado debió llamarle la atención e hizo que me diese la explicación a sus perfectas conclusiones.
—No te asustes —añadió con una tímida sonrisa—. Conozco a Santana tanto o más que tú, y todo eso que te he comentado, no me resulta nada nuevo. Sé cuáles son sus armas para averiguar todo lo que se propone. A mí también intentó desestabilizarme con ese asunto.
—¿Cómo?
—Santana creyó que mi enfado al marcharme del festival cuando estabas con Aaron, era justamente porque estaba celosa de que tú estuvieras con él, y yo no. Y como se lo negué mil veces, terminó utilizando la excusa estúpida de que lo que realmente me sucedía que es no soportaba verte con un chico, pero por ti…No por el chico —me miró resignada—. Eso no me ha sucedido nunca. ¿Ok? Pero como yo también le negué eso, me empezó a cuestionar acerca de cómo te veía físicamente. Y te aseguro que no sé cómo lo hizo, pero logró que le gritase que sí, que me parecías jodidamente sexy y que cualquier chica, aunque no fuera lesbiana, se sentiría atraída por ti. Por eso he entendido a la perfección lo que me has dicho. Santana es capaz de todo.
—Básicamente…Nos ha comido la cabeza a las dos tratando de lograr nuestra confesión —dije aun sin asimilar que ella también acababa de admitir que me veía de aquella forma. Y aunque no me resultó algo novedoso, ya que me lo había hecho saber en varias ocasiones, si me provocó especial interés escucharlo en aquel instante.
—Te juro que a veces me pregunto cómo puedo llegar a quererla tanto sabiendo como de enrevesada es su mente. Es capaz de sacarme de quicio lo suficiente como para tener ganas de estrangularla y a la vez de abrazarla. Sé que todo lo hace porque se preocupa, porque quiere lo mejor…Pero definitivamente, sus formas no son las correctas. Nunca lo han sido. No, no sé cómo lo hace para que la adore como lo hago.
—Supongo que nos ha conquistado a las dos —repliqué más calmada. El paseo a media noche con la tranquilidad de aquella zona resguardándonos, hacía que la conversación fuese realmente agradable, a pesar del tema que tratábamos. No me sentí incomoda en ningún momento, y Rachel tampoco mostraba vestigio alguno de ello. Estábamos hablando como dos verdaderas amigas que se entendían, que conocían las estrategias de la tercera en cuestión, y que habían aprendido a ser honestas con los problemas que surgían a nuestro alrededor. Aunque no con nuestros sentimientos, evidentemente.
Berry ilusa Fabray.
Dos ilusas. Dos completas idiotas que no aprendían la lección y trataban de controlar lo que era incontrolable. Dos ciegas que creían que por ir de la mano y hablando de sentir atracción física por una u otra, no saltarían las dichosas chispas, ni los escalofríos recorrerían nuestras columnas, ni la piel se erizaría hasta llegar a pinchar. Nos bastó un simple comentario. Una respuesta casi sin pensar para que mis hormonas comenzaran a bailar sin más. Esta vez la reacción estuve convencida de que la reacción fue conjunta, aunque ella lo disimulara mucho mejor que yo.
—¿Sabes qué? —continuó ella— Si Santana sigue tratando de descubrir nuestro secreto de esa forma, mejor para nosotras.
—¿Por qué? —pregunté inocentemente.
—¿Por qué? —me miró sonriente— Acaba de decirnos que cualquier persona se volvería loca por pasar una noche con alguna de nosotras. A mí me lo dijo de ti hace unos días, y a ti te lo ha dicho de mí hoy. Conclusión; Estamos muy buenas, somos muy sexys y juntas podríamos hacer que la cama prendiese fuego. Mi ego está por las nubes.
Y ya está.
No, eso no lo dijo ella, eso lo pensé yo tras escucharla hablar y ver cómo se detenía tras aquella conclusión, aun sin ser consciente de lo que acababa de decir. Yo sí, por supuesto. Yo sentí como el estómago me daba un vuelco y el calor me llevaba a recordar lo que suponía no haber bebido durante meses, y que ella me ofreciera el mejor y más sabroso trago de agua. Y no contenta con eso, para más inri, firmó su sentencia esbozando su mayor y más traviesa sonrisa, y regalándome un guiño de ojos y una frase me hizo temblar. Y que cambió mi vida.
—Santana es una ilusa —dijo aferrándose aún más a mi brazo—. Si llega a saber que hoy también dormimos juntas…
