Epílogo. Parte V: ¿Qué me das, a cambio?.

Aquel sábado, Albus yacía tumbado en el sofá, con su hermano, Víctor, en brazos. El bebé, de tan sólo tres meses, dormitaba plácidamente sobre su pecho, mientras Albus lo observaba con auténtico placer. Aún no podía creerlo. Su hermano pequeño… Su madre le había contado, con cierta vergüenza que, cuando él se marchó de un modo tan precipitado, su padre y ella mantuvieron una enconada pelea, que llevó a una reconciliación… Unas cosas llevan a otras y… Bueno… Esbozó una enorme sonrisa. Le encantaba poder comprobar, a todas horas, el profundo e infinito amor que su madre y su padre se profesaban y que él jamás podría tener.

Cathy… Ella le había visto, perfectamente, acabar con la vida de Skolov a sangre fría. No intentó esquivar el Avada Kedavra para tratar de reducirlo después; ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de meterlo en Azkabán. En el fondo, quería venganza… Y la obtuvo. Por Lance, por su equipo, por todas sus víctimas; por él mismo. Cierto es que nadie echaría de menos a aquel engendro del Diablo… Pero esa, no era la cuestión. Y lo sabía.

Así que, ahora que su adorada rubia —según los chismes que su madre le había contado, sin él haberlos pedido, sobre toda la familia, incluida ella—, se había convertido en aquella mujer que él siempre había deseado; que había dejado atrás toda aquella arrogancia, superficialidad y desdén, para cuidar de su hermano pequeño de un modo ejemplar, mientras estudiaba para convertirse en una funcionaria del Ministerio de Magia, de pleno derecho. Él, sin embargo, ni siquiera se atrevía a mirarla. Mucho menos iba a atreverse a confesarle su amor por ella. Por otro lado, ella nunca le había querido, se recordó una vez más, con resignación.

Y su ahijado… Se moría de ganas por achuchar con cariño a su pequeño Daniel, su ahijado.

Todavía no había visto a nadie, excepto a la familia más inmediata. Le venía justo para ir a trabajar al Cuartel General de Aurores —donde todos sus compañeros lo habían recibido como a una auténtica celebridad—, regresar a casa de sus padres después del trabajo y encerrarse en su cuarto. O dar largos paseos con Víctor en brazos (adoraba a aquel chiquitín). A todas horas, su madre se empeñaba en sonsacarle una sonrisa; le preguntaba cómo se sentía, si necesitaba algo, si podía ayudarle… Nadie podía ayudarle. Excepto su padre. Su padre, perfectamente consciente del estigma emocional que tomar la fría decisión de acabar con una vida y hacerlo deja por siempre, sea cual sea esta vida, aceptaba sus ausencias con respeto; sus silencios… ofreciéndole, siempre, una sonrisa cómplice y amable al regresar. Quería a su madre a rabiar. Pero idolatraba a su padre, se dijo para sí. Y siempre lo haría.

Aún así, era perfectamente consciente de que, con veintitrés años, no podía dar su vida por terminada. Quizá, no tanto por él mismo; sino por todos aquellos quienes lo amaban y sufrían con su dolor. ¿Qué era lo que más quería?, se obligó a responder sin excusas. "Ver a Daniel, sin duda".

A su hermano, James, ya lo había visto. Y también a sus hermanas. Todos ellos se habían apresurado en regresar al hogar de sus padres nada más enterarse de que él había vuelto. Fue un reencuentro emotivo y alegre; aunque fugaz.

Sintió cómo Víctor se removía, acaparando toda su atención. El bebé había despertado y se desperezaba tranquilamente. Lo observó, embelesado. De pronto, el pequeñín comenzó a llorar demandando su comida. Albus ya conocía todos sus tipos de llanto: desesperado, para el cólico de barriga; enfadado y exigente, para la comida y el cambio de pañal; persistente y monótono… porque sí.

Acariciando su carita con mimo, se puso en pie con él bien sujeto entre sus brazos y fue en busca de su madre.

Ginny, quien estaba terminando de redactar uno de los artículos deportivos con los que colaboraba asiduamente en El Profeta, miró a ambos, henchida de amor y de orgullo por ellos.

—Yo no puedo ayudarte con esto —le dijo con una leve sonrisa.

Pues era ella quien tenía que darle de mamar.

Ginny rió, divertida. Cogió al bebé con cuidado y se dispuso a satisfacer su deseo, mientras Albus los observaba, disfrutando de aquella bella estampa familiar.

—¿Sabes? —comenzó a hablar como quien no quiere la cosa—. Esta tarde voy a acercame a casa de mi padrino y de la tía Hermione, para saludarlos. Me muero por ver a Dan —añadió, con una sonrisa.

Inmediatamente, la mirada de Ginny se iluminó de alegría.

—Me parece maravilloso, cariño. Si no vas a venir a cenar, avísame.

—No quiero molestar. Así que, les haré una visita rápida y estaré aquí puntual para la cena.

—Como quieras.

Él asintió, distraído. Y caminó hacia la nevera para coger una cerveza de mantequilla.

Oooo HP oooO

La tarde llegó rápidamente y, con ella, la visita que él había prometido.

Tocó el timbre en casa de los Malfoy y pronto la puerta se abrió, tras lo que, sin tener tiempo para reaccionar, siquiera, se vio rodeado por un fuerte abrazo de oso que amenazó con ahogarlo.

—¡Hijo! —su padrino gritó, fuera de sí por la alegría. Tomó distancia para someterlo a un detallado escrutinio, buscó su mirada de nuevo, y volvió a abrazarlo como si no hubiese un mañana—. Me alegro tanto de verte…

—Yo también, Padrino. Perdona que no haya venido antes.

—Tonterías.

—¿Cómo es que tú has salido a recibirme? ¿Ya no tenéis mayordomo, en esa casa? —quiso saber, divertido, comenzando a caminar junto a Draco hacia el interior.

—Harry nos ha avisado de que vendrías —respondió alegremente.

Claro. "Cómo no", dijo para sus adentros. Definitivamente, idolatraba a su padre.

—¿Y la tía Hermione?

—Ella se ha visto obligada a regresar al Ministerio de Magia por un tema urgente. Creo que tu padre también está allí, ahora.

Vaya… no se había enterado. Pensó que, si Harry no le había comentado nada al respecto, es porque los aurores no eran necesarios, en aquel asunto. Así que lo aparcó en su mente por el momento. Pero aquella noche, su padre tendría que contarle, con pelos y señales, de qué se trataba.

—Me muero por ver a Dan —declaró, volviendo a sonreír.

Por un momento, Draco lo miró de un modo preocupado y pensativo.

—¿Que pasa con Dan? —exigió saber inmediatamente, preocupado.

—Nada, Ahijado… Dan está en su cuarto, con Cathy —declaró, por fin.

—Tranquilo, Tío. No vengo a daros problemas.

—¿Cómo demonios eres capaz de decirme eso? Tu jamás nos darás problemas; pase lo que pase —respondió con indignación—. Anda, sube… Lo empujó levemente hacia las escaleras, animándolo a subir.

Mientras Dan dormía en la cama de Cathy, rodeado de almohadones por todos lados, ella había aprovechado para desahogar su dolor, sus miedos, su derrota, escribiendo una de las múltiples cartas que jamás iba a enviar y que guardaba, a buen recaudo, como un tesoro. No tenía sentido preocupar a sus padres, o a sus tíos, con una angustia que jamás iba a poder superar. Así que, desde que Albus había regresado, se conformaría con saber que él estaba bien. Y guardaría su tristeza en lo más hondo de su alma. Y aquellas cartas que nunca, nadie, iba a leer. Tan sólo para ella misma. Así debía ser. Una leve brisa procedente de la ventana abierta acarició su rostro melancólico. Suspiró.

De pronto, unos suaves golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Inmediatamente, cubrió su escrito con ambas manos, como mejor pudo, y ordenó:

—Adelante.

Inmediatamente, la puerta se abrió y para su infinita sorpresa, la figura de Albus se asomó por ella. Merlín… se le veía tan serio… y tan apuesto… Supo que el color de su rostro la delataba. Pero no podía hacer nada al respecto. Así que, mirándolo con adoración apenas disimulada, aguardó.

—Hola, Cathy. Siento molestar pero… tu padre me ha dicho que Dan estaría en su cuarto. Y no lo he hallado allí. ¿Puedo verlo? —pidió con voz suave.

—Albus…

Sintió que su cuerpo era acariciado por el sonido de aquella voz, por su ternura…

—Cla-claro. Pasa. Dan está dormido, en mi cama.

Se vio incapaz de mover un músculo, siquiera.

Él pasó frente a ella con pasos serenos. "Y sexys, elegantes, adorables...", se dijo para sí, deleitándose en su contemplación, ahora que él le había dado la espalda y no podía darse cuenta.

Albus dejó transcurrir el tiempo tranquilamente, contemplando a su ahijado con adoración, dispuesto a no perderse ni uno de los detalles. Había crecido; y mucho. Y seguía siendo el niño más maravilloso del mundo. El niño de sus ojos; junto a Víctor. Acarició su dulce carita con sumo cuidado, con mimo. Y para su sorpresa, el pequeño abrió los ojos inmediatamente. Lo observó.

—Hola, mi vida… —Le sonrió con ternura—. ¿Te acuerdas de mí? Soy tu padrino… ¿Puedo cogerlo en brazos? —pidió a Cathy, girándose hacia ella con mirada suplicante.

—Claro que puedes cogerlo. Él es tu ahijado y siempre lo será.

—Siempre lo será —repitió con voz firme. Aquello era un juramento.

Lo cogió en brazos con cuidado, temeroso de que el pequeño no lo recordase y que, por ello, rompiera a llorar. Pero Daniel, inmediatamente, le apretó un dedo pulgar con fuerza y sonrió.

—Te he echado de menos, Ahijado —Albus afirmó con voz dulce, adorándolo con la mirada.

Al igual que Cathy hizo con él. "Podríamos haber tenido un hijo como este", ella pensó con tristeza.

Intentando recomponerse lo mejor que pudo, Catherine se sintió en la obligación de decir algo; lo que fuera.

—He aprovechado el sueño de Dan para escribir unos trabajos que tengo que presentar en la Academia —declaró.

Se sintió la mujer más tonta del mundo.

—¿La Academia? —La miró con curiosidad.

—S-sí… Pero no son importantes. Además, me están saliendo fatal. Así que, los tiraré y empezaré de nuevo.

Albus le dedicó una mirada escéptica.

—¿Tan malos son, esos trabajos?

En sus brazos, Dan comenzó a lloriquear.

—¡Por supuesto! —Cathy gritó, nerviosa.

Y cogiendo a Daniel de los brazos de Albus, se encaminó con él hacia la puerta, caminando con rapidez.

—Voy a darle la merienda. Por favor, espera un momento; regresaremos enseguida.

En silencio, Albus asintió. A solas y sin saber qué hacer mientras esperaba, decidió echar un vistazo a los trabajos que Catherine iba a desechar. No podía creer que fuesen tan malos, que ningún fragmento de ellos pudiera ser rescatado. Curioso, cogió el papel que yacía en lo más alto de un montón de documentos y comenzó a leer. Nada más la primera frase se hubo abierto paso en su mente perpleja, su rostro adquirió la palidez de la cera. Sintió cómo el corazón palpitó rápidamente en su pecho, desesperado, creyendo que el mareo producido por una hiperventilación que, hasta aquel momento, ni siquiera había detectado, diese con sus huesos en el suelo. Mareado, se dejó caer sentado en la cama. Pero continuó leyendo.

"Querido Albus, mi amor, mi vida, mi ser:

Todos creen que he cambiado por ti; aunque no te lo dirán. Pero eso es completamente mentira. La única verdad es, que he cambiado por mí, por ser digna de merecer tu cariño; de que me quieras. Aunque sé perfectamente que es tarde, demasiado tarde, para intentar que me perdones, siquiera. Quisiera poder decirte cuánto siempre te he querido, cuánto siempre te he admirado, cuánto te añoro… Antes de marcharte, jamás te dije cuánto te amo, porque egoísta de mí, creí que sería capaz de hacer convivir mi total inmadurez con tu devoción absoluta por la carcasa vacía que era mi existencia. Gracias por haberte marchado sin despedirte de mí, gracias por haberme hecho entender cuán equivocada estaba. Gracias por haberme dedicado, por completo, tantos años sin yo haberlo merecido. Para mí, lo único importante es que tú hayas regresado sano y salvo. No importa si no me quieres, no importa si me has olvidado. Mis desaires, mis desplantes, no merecen más que ser relegados al olvido más absoluto; junto a mí. Por ello, también te doy las gracias, ya que sé que tú serás infinitamente más feliz manteniéndome lejos de tu lado. Aún así, no soy capaz de afrontar tu rechazo sin que mi alma muera por ello. Por eso estoy lanzando al viento aquellas palabras que nunca podré decirte, como una cobarde. Te he amado durante toda mi vida y te seguiré amando hasta que el último aliento me lleve. Gracias, amor mío. Gracias por haber hecho de mí una buena persona. Gracias por haberme querido. Gracias por haberme dado una oportunidad en tu alma. Gracias por haberme olvidado. Y gracias por haber regresado con bien. Sé feliz, siempre feliz. Te amo."

Gruesos lagrimones desfilaron por su rostro, que inmediatamente secó de un manotazo. Con manos temblorosas, hizo una bola con aquel papel y lo ocultó en el bolsillo interior de su chaqueta. Respiró hondo una vez más. Tenía que ponerse en pie y disimular, si pretendía que Cathy no le pillara "in fraganti". Aunque le costó infinitamente recomponerse. Un par de minutos después, Cathy regresó al cuarto con Daniel en brazos y lo halló justo en el mismo lugar donde lo había dejado al salir. Iba a poner a Dan en sus brazos, de nuevo, cuando notó la extrema palidez de su rostro, sus manos temblorosas.

—Dios mío… Al… ¿Te encuentras bien? —preguntó con voz urgente y preocupada.

—Lo siento. Debo marcharme.

Sin añadir una palabra más y tras acariciar el rostro de su ahijado fugazmente, se marchó rápidamente, sin mirar atrás.

Atónita, Cathy necesitó varios segundos para poder asimilar lo que allí acababa de pasar. De pronto, una fuerte brisa procedente de la ventana alzó todos los papeles que había en su escritorio, desparramándolos por doquier. Aquello, por fin, logró que ella volviera a la vida. Con fastidio, depositó a Daniel en su cama, con mimo, le dedicó un gesto pícaro de "pórtate bien; te estoy vigilando" y se afanó en recoger aquel estropicio, con fastidio.

Alarmada, se dio cuenta de que la carta que había estado escribiendo, aquella que jamás llegaría a su destinatario, no estaba por ningún lado. Desesperada, buscó debajo de la cama, del armario, de la mesa… Nada. Pronto imaginó que la inoportuna brisa se había llevado el documento con ella, por la ventana. Suspiró con tristeza. Quizá, aquel fuese un fin poético para una carta destinada a no ser leída jamás. Melancólica, se sentó en la cama, junto a Dan. Y lo abrazó, cariñosa. El pequeño soltó una risa alegre, agradecido por aquel abrazo.

Oooo HP oooO

Transcurrió todo una semana. Y Catherine no fue capaz de encontrar la carta que había perdido. Así que, dio por hecho que podía despedirse de ella. Sin embargo, el sábado, a última hora, una extraña lechuza llegó al hogar de los Malfoy con un pergamino para ella. No había remitente; tan sólo unas raras palabras, escritas con una letra que ella muy bien conocía, que inmediatamente hicieron saltar todas sus alarmas:

"Tengo algo que te pertenece. Si quieres recuperarlo, ven mañana a por ello".

De inmediato, el alma le cayó a los pies. ¿Era él, quien la tenía?

Por un momento, barajó la posibilidad de hacer como que no sabía nada al respecto y dejar pasar el tiempo hasta que este borrara toda huella de aquel pergamino. Pero sabía que no era tan fácil. Quién le había enviado esa misiva, no se conformaría con dejar el tiempo pasar. ¿Para que se la había enviado, si no? Y, por otro lado, sintió que era hora de afrontar las consecuencias de sus propios actos: pasados y presentes. Daría la cara, sin más. Y pasaría página con la conciencia tranquila, por fin.

Así que, al día siguiente, se armó del valor que no tenía y, como casi todos los domingos, marchó con sus padres y su hermano a casa de los Potter. Desde hace tiempo, se había convertido en una tradición profundamente arraigada, que su familia comiese todos los domingos allí.

Nada más llegar allí, su padre se encerró en el despacho de Harry —donde también estaría James, seguramente—, como era su costumbre. Les encantaba hablar de temas políticos, relacionados con el Ministerio de Magia, que a las mujeres solían aburrir profundamente. O que, por ser un día de descanso, preferían evitar, dedicándose a asunto más alegres y sencillos. Perfecto. Ella aprovecharía para dar con la persona con la que debía hablar. Recuperaría su carta "perdida"; comería como si no hubiese pasado nada, en absoluto. Tras ello, regresaría a casa con una enorme sonrisa en el rostro. Y se dejaría caer en la cama, con el alma hecha girones, para lamer sus profundas heridas con aquellas lágrimas que, desde que hubo recibido aquel maldito pergamino la tarde anterior, amenazaban, a todas horas, con huir de sus ojos.

Pasó media hora recorriendo la casa de cabo a rabo, habitación por habitación. No había querido preguntar por él para no recibir, a su vez, preguntas curiosas que no estaba dispuesta a responder. Apunto de rendirse, recordó que había una habitación en la casa que no había investigado todavía: el despacho de Harry; de su padrino. Se llamó tonta por no haber pensado antes que aquel lugar era el idóneo para hallarlo. Así que, resuelta, se encaminó hacia allí con la intención de reclamar aquello que era suyo, recuperarlo, y marcharse como alma que lleva el Diablo. Pensó que, el hecho no hallalo a solas, facilitaría la tarea de un modo que, en absoluto, ella había esperado. Sin embargo, al llegar a la puerta del despacho, los nervios se apoderaron de todo su ser. Se vio obligada a detenerse y, mientras se armaba del coraje que acababa de huir despavorido, no pudo evitar escuchar la conversación que se estaba desarrollando dentro; pues la puerta no había sido cerrada del todo.

—No habrá un nuevo intento de acabar con mi vida —Harry aseguró con voz firme—. He enviado un pergamino al Ministerio de Magia Ruso, firmado y sellado por el Wizengamot de un modo oficial, afirmando que, como este mismo no se encargue, internamente, de "limpiar" los trapos sucios que afecten a los magos de su país, como uno solo de los magos británicos vea su vida amenazada, siquiera, el caso será trasladado, sin excusa, a la Confederación Internacional de Magos.

—Creo que, en el fondo, al Ministerio de Magia Ruso le venía de perlas tener un infiltrado del calibre de Skolov en nuestras filas —James afirmó, pensativo.

—No lo dudes —Draco apoyó su afirmación—. ¿Quién nos asegura que el Ministerio de Magia Ruso no es el precursor de los experimentos que los magos renegados han estado llevando a cabo con los cuerpos de los magos extranjeros a quienes han eliminado? —añadió, asqueado.

—Y tanto que lo es —Albus dejó claro, con voz que no admitía réplica—. Skolov era un agente del Ministerio de Magia Ruso. Me enteré de ello justo antes de ser apresado y retenido. Él era quien mi equipo, y yo, estuvimos intentando descubrir y detener durante todo un año. No me dio tiempo de alertar sobre él. Nuestra tapadera había sido descubierta; mis hombres, asesinados sin piedad. Y yo ya tenía bastante con aguantar las torturas sin abandonarme a la muerte —explicó con sencillez.

Al escuchar aquellas palabras, Cathy se vio obligada a morder su mano con fuerza, para no gritar debido al dolor y a la angustia que atenazaron su corazón.

—Lo sé, Hijo —Harry respondió con tristeza—. No habrá más incursiones en ese maldito país. Eso, te lo puedo jurar. Tras lo sucedido en el Ministerio de Magia Británico, el Wizengamot me ha brindado todo su apoyo para que exija a la Confederación Internacional de Magos una postura clara, firme y rotunda con respecto al Ministerio de Magia Ruso. La próxima vez que haya que proteger a los magos europeos en ese país, será un auténtico batallón internacional de magos, el que de una respuesta contundente. Ahora, el Ministerio de Magia Ruso está al tanto de esto. Así que, se cuidará mucho de continuar "haciendo desaparecer" a magos inocentes, que tan sólo se han establecido en su territorio buscando una oportunidad de mejorar para vivir en paz.

—Tus hombres no han muerto en vano —James dijo a su hermano, intentado infundirle ánimos.

—Soy perfectamente consciente de ello. Aún así, hay veces que no puedo evitar desear haber compartido su suerte.

Aquello fue mucho más de lo que Cathy fue capaz de soportar.

Impetuosa, irrumpió en el cuarto como un tornado, para infinita sorpresa de los allí reunidos, incluido Albus. Caminó hasta detenerse a un escaso metro de él, alargó la mano, rotunda, y exigió:

—Devuélveme mi carta. Ahora.

Atónitos, James, Draco y Harry quedaron pendientes de ella, mirándola preocupados.

No así Albus, quien enarcó una ceja tranquilamente. Y se arrellanó en su butaca.

—¿Acaso es esta carta, la que buscas? —Al preguntó, arrogante, extrayendo del bolsillo de su chaqueta un papel que, aunque pulcramente doblado, parecía haber pasado por peores momentos.

Inmediatamente, Cathy lo reconoció como suyo. Y su rostro adquirió la palidez de la cera.

—Devuélvemela, por favor —apenas musitó, sintiendo que su vida había acabado.

—¿Y qué me das a cambio, si te la doy? —sin embargo, él preguntó con descaro.

—N-no entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —Pensó que el hombre al que tanto amaba, se estaba vengando de ella sin piedad.

Pero Albus se puso en pie tranquilamente; caminó con pasos firmes, hasta alcanzarla, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos y, cuando nada podía impedir, ya, que ambos rostros se rozasen, preguntó con voz autoritaria:

—¿Te casarás conmigo, si te la doy?

Incapaz de creer aquello que acababa de escuchar, Cathy quedó estática, sintiendo que el corazón iba a estallar en su pecho.

—¿Lo harás, Catherine Malfoy? ¿Te casarás conmigo, si te la devuelvo? —él insistió.

Y la abrazó por la cintura, posesivo, traspasando sus ojos con una mirada exigente de una clara respuesta.

—Sí —apenas pudo responder—. Sí, sí, sí…

—Tuya es, entonces.

Le alargó el documento, que ella cogió con reverencia, pegándolo a su pecho con fuerza.

—Te amo, Cathy —declaró con devoción.

Y la besó como nadie la había besado jamás.

Impetuosa, Cathy se colgó de su cuello y lo besó. Besó su nariz, sus mejillas, su frente, sus labios…

—Te amo, Albus Potter. Y te amaré hasta que muera.

Infinitamente alegre y satisfecho, Albus soltó una sonora risa.

—¡Voy a contárselo a Mamá! ¡Y a la tía Ginny! ¡Y a Alice! ¡Y al mundo entero! —Cathy gritó, emocionada.

—Ve. Yo te seguiré dentro de un momento —él le aseguró, con una enorme sonrisa.

Ella asintió con la cabeza y, dando a Albus un último beso impetuoso en los labios, salió del cuarto a la carrera.

Encantado, James se apresuró a ponerse en pie para dar a su hermano un fuerte apretón de manos y una palmada de felicitación en la espalda.

Draco, en cambio, miró hacia la puerta, por donde Catherine acababa de desaparecer, sin dar crédito a lo que acababa de presenciar.

—¿Qué pone en ese papel? —preguntó a Albus, infinitamente curioso, por fin.

Su ahijado lo miró con picardía.

—Que yo soy, sin duda, el hombre más afortunado de este mundo —simplemente afirmó.

Al escuchar sus palabras, Harry soltó una sonora carcajada satisfecha.

Por fin, el mundo volvía a girar.

Oooo Finite Incantatem oooO


COMENTARIOS FINALES DE LA AUTORA

"Finite incantatem", sí...

Y hasta aquí hemos llegado, como suele decirse.

¡Por todos los dementores! ¿Por qué narices desaparecen los interlineados del documento? Yo no hago más que añadirlos y cuando guardo el documento, desaparecen. Últimamente siempre me sucede. Bueno... Si, con el tiempo, soy capaz de arreglar estos problemas, lo haré. Seguramente, tendré que corregir el texto tras aplicarle un análisis en profundidad, ya que, texto escrito, texto publicado con una superficial corrección. Nada más.

Por fin he cumplido mi promesa...

Curiosamente, no me siento vacía, como en otras ocasiones. Hacía tanto tiempo que había prometido que daría in final digno a este fic, que más que una promesa, era ya una deuda. Así que, saldada mi deuda con todos aquellos que han seguido el fic a lo largo de los interminables años que ha durado su escritura, con todos aquellos que alguna vez lo han leído, o lo harán, me siento liberada. Feliz. Las lágrimas vendrán después cuando, tras más de diez años y medio de escritura, por fin me de cuenta de que sí, que es cierto, que acabo de terminar "Sólo tú eres mi destino".

A principios de semana me di cuenta de que, por fin, sabía lo que quería escribir y cómo hacerlo. Así que, aprovechando un período corto de mi vida en el que he podido permitirme pasar horas y horas escribiendo, si ha hecho falta (rarísimo en mi caso), me di cuenta de que, o saldaba mi deuda "ya", o Merlín sabe cuándo lo haría. Y os lo debía. Os lo debo.

Dedico el capítulo, el fic por entero, a todo aquel que, en alguna ocasión, decidió o decidirá darle una oportunidad.

Y me dirijo, rauda, a cumplir mi siguiente promesa.

Siempre vuestra.

Rose.