Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«24»
—¿Milord? —susurró ella al alba de la mañana siguiente.
Naruto abrió un ojo soñoliento, y observó a su esposa, despejada, que se incorporaba en la cama junto a él.
—Buenos días —murmuró, fijando la vista en la seductora carne que ponía al descubierto el escote pronunciado del camisón de seda—. ¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca y adormilada. Echó una ojeada a la ventana y se dio cuenta de que el cielo aún no era azul sino que presentaba un tono grisáceo con listas de un rosa muy pálido.
A diferencia de su esposo, Hinata había permanecido toda la noche despierta y por tanto no la invadía el sopor.
—Las seis —respondió alegremente.
—¡No me digas! —respondió él. Horrorizado al ver que aún no había salido el sol, cerró de nuevo los ojos y exigió una explicación por haberle despertado tan pronto.
—¿Alguien está enfermo?
—No.
—¿Muerto?
—No.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios y arrugó los cerrados párpados mientras murmuraba:
—La enfermedad o la muerte son las únicas razones aceptables para despertar de madrugada a un ser humano racional. Métete en la cama.
Hinata soltó una risita ante aquella salida de buen humor pero movió la cabeza con gesto negativo.
—No.
A pesar de tener los ojos cerrados y estar medio dormido, Naruto se había fijado en la deslumbrante sonrisa de su esposa y también en que su cadera empujaba contra el muslo de él. Normalmente, Hinata sonreía con reserva, raramente con tranquilidad, y evitaba escrupulosamente tocarle, a menos que estuvieran haciendo el amor.
La curiosidad por descubrir de dónde salía aquel comportamiento tan poco corriente aquella mañana le hizo abrir los ojos y mirarla. Le pareció una imagen perfecta, con el pelo suelto sobre los hombros y la piel radiante de salud. Le pareció incluso que tenía algo en mente.
—Bueno... —dijo Naruto, reprimiendo el impulso de atraerla hacia él—. Como puedes observar estoy despierto.
—Perfecto —respondió ella, disimulando su inseguridad tras una vivaz sonrisa—, porque esta mañana me gustaría hacer algo especial.
—¿A estas horas? —preguntó Naruto—. ¿Qué puede hacer alguien de madrugada aparte de salir a hurtadillas al camino a asaltar a un incauto viajero y robarle lo que lleva encima? Ahora mismo solo están levantados los ladrones y los criados.
—De momento no tenemos que salir —dijo ella dando un rodeo al notar que iba perdiendo el valor, preparándose para la negativa—. Por si no lo recuerdas, dijiste que deseabas mostrarte agradable conmigo...
—¿Y qué es lo que te apetece hacer? —preguntó él suspirando y reflexionando sobre lo que suelen intentar las mujeres que hagan con ellas los hombres.
—A ver si lo adivinas...
—¿Quieres que te acompañe a comprar un sombrero nuevo en el pueblo? —tanteó con poco entusiasmo.
Hinata lo negó con la cabeza y la cabellera se desplazó sobre el hombro y el seno izquierdos.
—¿Quieres montar a caballo para ver salir el sol en las colinas y poder dibujar la panorámica?
—Sería incapaz de trazar una sola línea —confesó ella. Suspiró a duras penas y reuniendo fuerzas soltó lo que quería—: ¡Quiero ir a pescar!
—¿A pescar? —repitió Naruto, mirándola boquiabierto, como si creyera que había perdido el juicio—. ¿Pretendes que vaya contigo a pescar de madrugada? —Y antes de darle tiempo a responder, hundió la cabeza en la almohada y cerró los ojos con fuerza, dejando claro que rechazaba la idea, aunque la sonrisa volvió a sus labios al decir—: No iría a pescar a menos que no quedara ni un mendrugo de pan para comer y estuviéramos los dos hambrientos.
Animada por aquel tono, si no por sus palabras, Hinata siguió, zalamera:
—No te haré perder el tiempo explicándome la técnica adecuada... Yo ya sé pescar.
Naruto abrió un ojo y respondió en tono divertido:
—¿Qué te hace pensar que yo sí sé?
—Si no sabes, yo te enseño.
—Te lo agradezco pero puedo defenderme solo —dijo él con acritud, observándola de cerca.
—Muy bien —respondió ella, tan aliviada que su voz era casi un susurro—. Lo mismo que yo. Sé hacer lo que sea, incluso colocar el propio gusano en el anzuelo...
Los labios de Naruto se torcieron en una sonrisa.
—Pues qué bien, así podrás preparar el mío. Me niego a despertar a un gusano a esas horas tan infames y encima remachar el clavo torturándolo.
Su sentido del humor era tan contagioso que Hinata no pudo reprimir una carcajada mientras se anudaba el cinturón de la bata de seda rosa.
—Yo me ocupo de todo —dijo, contenta, dirigiéndose hacia su dormitorio.
Recostado en las almohadas, Naruto admiró el seductor vaivén de las caderas de ella, al tiempo que luchaba contra el impulso de hacerla volver a la cama y pasar la siguiente hora en la deliciosa y loable tarea de engendrar al heredero. No le apetecía ir a pescar. Tampoco entendía por qué quería ir ella, pero estaba convencido de que alguna razón tendría y le intrigaba descubrir cuál era.
En efecto, Hinata se había «ocupado de todo», y Naruto lo constató al pasar cabalgando por el otro lado de la sierra que impedía que desde la casa se viera el ancho e impetuoso río.
Naruto ató los caballos a unos árboles situados en la ladera del monte y siguió a pie por la orilla del agua, donde tropezó con una vistosa manta azul extendida bajo un gigantesco roble.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando dos grandes cestas y otra más pequeña al lado de la manta.
—El desayuno —respondió Hinata, mirándole con una sonrisa radiante—. Y también la comida, por lo que veo. Al parecer, el cocinero no confía mucho en tu capacidad de pescar para nuestro sustento.
—De todas formas, no dispongo de más de una hora para intentarlo.
Hinata se detuvo un instante en su tarea de preparar la caña con aire turbado y decepcionado.
—¿Una hora?
—Tengo un montón de cosas que hacer hoy —respondió él. Se agachó luego y escogió una caña de las que habían dejado allí antes los criados, y examinó su flexibilidad torciéndola entre sus manos—. Yo soy un hombre muy ocupado, Hinata —comentó distraídamente.
—Y también un hombre muy rico —respondió ella, improvisando un aire brusco mientras comprobaba la suya—. ¿Por qué, pues, tienes que trabajar tanto?
Naruto reflexionó un momento y luego dijo riendo:
—Para seguir siendo un hombre muy rico.
—Si el precio de la riqueza es el de no poderte relajar y disfrutar de la vida, es demasiado alto —respondió ella dándose la vuelta para mirarle.
Él frunció el ceño reflexionando, intentando recordar a qué filósofo pertenecía aquella frase pero no lo consiguió.
—¿Quién dijo eso?
—Yo —respondió ella con una descarada sonrisa.
Naruto movió la cabeza, asombrado ante aquella mente tan rápida mientras observaba cómo colocaba el gusano en el anzuelo. Se alejó unos pasos, sesentó junto a un enorme árbol caído cuyas ramas se extendían hasta el agua y lanzó la caña.
—No es el mejor lugar para pescar los más grandes —le comentó su esposa con aire de superioridad al acercarse a él—. ¿Te importaría sujetarme un momento la caña?
—Creía que me habías dicho que eras capaz de hacerlo todo sola —bromeó él, fijándose en que se había quitado las botas de montar y las medias. Sin darle tiempo a imaginar qué intenciones tenía, Hinata se remangó la falda, dejando al descubierto dos finas pantorrillas, unos estilizados tobillos y unos delicados pies, y seguidamente subió al grueso tronco del árbol caído con la agilidad y la gracia de una gacela.
—Gracias —dijo, cogiendo su caña.
Él se la pasó, contando con que iba a sentarse en el lugar en el que se encontraba, pero para su sorpresa y desconcierto, empezó a andar por encima del grueso tronco que se extendía por encima de las impetuosas aguas, manteniendo el equilibrio como un acróbata.
—¡Ven aquí! —gritó Naruto, alarmado—. Puedes caerte.
—Nado como un pez —le dijo ella, volviendo la cabeza para sonreírle antes de sentarse. La duquesa mostraba una bella imagen, descalza con sus preciosas piernas colgando sobre el agua y el brillo del sol en su pelo—. He practicado la pesca desde pequeña —dijo tratando de entablar conversación mientras lanzaba el sedal.
Naruto asintió.
—Te enseñó Penrose.
Una buena enseñanza, pensó Naruto, sonriendo para sus adentros, pues estaba metiendo la mano en la cesta de los gusanos que habían dejado los criados en la orilla y colocando con gran habilidad uno de ellos en el extremo del anzuelo.
Sin duda los dos tenían la misma idea en la cabeza, pues poco después Hinata le sonrió desde su pedestal diciendo:
—Me alegra ver que no te muestras aprensivo con los gusanos.
—Nunca lo he sido —protestó él con expresión muy seria—. Lo que no soporto es el sonido que hacen cuando los clavas en el anzuelo. Normalmente matamos lo que utilizamos como cebo. ¿No te parece más humano?
—No emiten ningún sonido! —protestó Hinata, indignada, pero él la miró tan decidido que la hizo vacilar.
—Solo pueden oírlo los que tienen un oído muy fino, pero el sonido existe —insistió Naruto sin reírse lo más mínimo.
—Penrose me dijo que no les hace daño —dijo ella algo nerviosa.
—Penrose está sordo como una tapia. No puede oír como chillan.
Una indescriptible expresión de mareo y aprensión se dibujó en aquel rostro fijo en la caña que tenía entre las manos. Apresurándose a volver la cabeza para disimular la risa, Naruto miró hacia la derecha pero no pudo evitar el movimiento de los hombros y Hinata detectó por fin el revelador temblor. Un instante después, un puñado de ramitas y hojas le golpeó el hombro izquierdo.
—¡Salvaje! —exclamó ella, animada.
—¡Mi querida e insensata esposa! —respondió él sacudiéndose de la manga lo que ella le había lanzado—, si fuera yo quien estuviera colgado de un tronco tan poco estable en medio del agua, procuraría tratar al otro con un poco más de respeto.
Para demostrarle lo que decía, con la mano libre empujó un poco el tronco sobre el que se había sentado ella.
Su irrespetuosa mujer levantó las cejas con un aire muy digno.
—Mi querido e insensato esposo —respondió con dulzura, lo que complació muchísimo a Naruto—si me haces caer, cometerás un terrible error, que tendrás que pagar mojándote tú mismo.
—¿Yo? —respondió él disfrutando de la broma—. ¿Por qué?
—Porque —dijo ella en voz baja, muy seria— no sé nadar.
Naruto palideció y se incorporó en el acto.
—¡Por el amor de Dios, no! —exclamó—. No te nuevas ni un centímetro. No sé si aquí hay mucha profundidad, pero seguro que te hundes y hay tanto lodo que desde la superficie no te vería. No te muevas hasta que venga.
Con la agilidad de un atleta saltó hacia el tronco, se acercó a ella y cuando estuvo al alcance de su mano dijo en tono tranquilizador:
—Si me acerco más, Hinata, el tronco puede romperse con mi peso o inclinarse hasta hacerte caer al agua.
Dio un paso más, se inclinó flexionando la cintura y le tendió la mano.
—No tengas miedo. Estira el brazo y coge mi mano.
Por primera vez Hinata no discutió y Naruto tomó buena nota de ello. Levantó la mano izquierda, se agarró a la rama que quedaba por encima de su cabeza en busca de equilibrio y extendió el brazo derecho hacia él hasta cogerle la muñeca en el preciso instante en que los dedos de Naruto cogían la suya.
—Ahora intenta ponerte de pie. Utiliza mi brazo como palanca.
—Prefiero no hacerlo —respondió ella.
La expresión de sorpresa de él quedó fija en el sonriente rostro de Hinata mientras, sujetándolo con fuerza, le decía en tono amenazador:
—Preferiría nadar. ¿Y tú?
—Ni lo intentes —le advirtió Naruto con aire sombrío, incapaz de soltar la muñeca. En aquella incómoda posición, con la cintura flexionada y el brazo inmovilizado, se encontraba totalmente a merced de los caprichos de ella y ambos lo sabían.
—Si no sabes nadar, yo te salvaré —dijo ella dulcemente.
—Hinata —le advirtió él en voz baja y tono amenazador—, si me lanzas al helado río, más te valdrá empezar a nadar en dirección opuesta, si quieres salvarte.
Lo decía en serio y así lo comprendió ella.
—De acuerdo, milord —dijo en tono dócil mientras le soltaba la muñeca.
Naruto se incorporó lentamente y la miró con expresión exasperada y al mismo tiempo divertida.
—Eres la persona más atrevida... —se interrumpió, incapaz de controlar la risa.
—Gracias —respondió ella, alegre—. ¿No te parece que lo previsible es aburridísimo? —comentó cuando él ya se había vuelto y regresaba a la orilla caminando por el tronco.
—No sé como podría saberlo —respondió él con aire divertido mientras cogía de nuevo la caña—. Ni por un momento he vivido nada previsible desde que te conocí.
Pasaron tres horas y los dos hubieran jurado que eran tan solo unos minutos, y por fin Naruto constató que Hinata, además de ser una excelente pescadora, era también una deliciosa, aguda e inteligente compañera.
—¡Cuidado! —exclamó de pronto ella cuando el sedal de Naruto se inclinó, dándole una sacudida que le obligó a concentrarse para mantenerlo asido—. ¡Han picado!
Cinco minutos después de la más dura y diestra lucha por parte de Naruto, de repente el sedal se aflojó. Su irrespetuosa esposa, que seguía en el tronco desde el que había observado la inútil batalla ofreciéndole consejo y ánimo, extendió los brazos con gesto de decepción.
—¡Perdiste el pez!
—No era un pez —replicó él mirándola—. Era una ballena de enormes dientes.
—Claro, porque se te ha escapado —contestó ella riendo.
Aquella risa era tan contagiosa como su entusiasmo y Naruto no pudo contenerla a pesar de esforzarse por mostrarse serio.
—Hazme el favor de no denigrar mi ballena y de empezar a abrir los cestos. Estoy hambriento.
Contempló lleno de admiración cómo Hinata andaba corriendo sobre el tronco. Cuando intentó pasarle la caña y saltar, él la cogió por la cintura y la dejó en el suelo, pero ella se puso tensa al notar el roce de su cuerpo y se soltó.
La diversión de la mañana se desvaneció al advertir la reacción de ella ante su contacto. Sesentó sobre la manta, apoyó la espalda en un árbol y observó en silencio y con un aire imperturbable cómo ella disponía la comida mientras intentaba dilucidar los motivos que la habían llevado a mostrar aquella reacción. Sin duda, Hinata no quería que aquello fuera un «interludio romántico».
—Una mañana preciosa —dijo Hinata contemplando la danza de la luz del sol en la superficie del agua.
Con la rodilla contra el pecho, Naruto dijo en tono rotundo:
—Ahora que hemos terminado, me imagino que vas a contarme de qué va todo esto.
Hinata apartó la vista del agua para mirarle.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué has organizado una salida como ésta?
Hinata imaginaba que él desearía saberlo, pero lo que no pensaba era que le pidiera una respuesta rotunda y no estaba preparada para ofrecérsela. Encogiendo los hombros, dijo algo inquieta:
—Quería mostrarte el tipo de vida que en realidad me gusta llevar.
Un gesto cínico se dibujó en los labios de Naruto.
—Y ahora que ya me has demostrado que no eres exactamente la joven refinada y elegante que aparentabas ser, me imagino que esperarás que sienta repugnancia por ti y te deje volver a tu aldea, ¿no es así?
Estaba tan lejos de la verdad que Hinata estalló en carcajadas.
—En mi vida habría tramado un plan tan enrevesado —respondió algo impresionada ante aquella ingeniosidad—. Me temo que no tengo tanta inventiva. —Durante un instante habría jurado ver un destello de alivio en aquellos ojos azules que Naruto tenía entornados, y de pronto decidió recuperar el compañerismo y la tranquilidad de los que habían disfrutado toda la mañana pescando—. No me crees, ¿verdad?
—No estoy seguro.
—¿Alguna vez he hecho algo que te hiciera pensar que ando con artimañas?
—Las de tu sexo no destacan por mostrarse directas y francas —respondió él en tono seco.
—De lo que hay que culpar a los hombres —respondió ella, apoyando la cabeza en el brazo y observando las esponjosas y blancas nubes que se desplazaban en el cielo azul—. Los hombres no soportarían que fuéramos directas y francas.
—¿De veras? —replicó él, echándose a su lado y apoyándose en un hombro.
Hinata asintió y se volvió para mirarle.
—Si las mujeres fuéramos directas y francas, no habríamos sido capaces de convencer a los hombres de que son más listos, sensatos y valientes que nosotras, cuando la verdad es que solo nos superáis en fuerza bruta cuando muy de tarde en tarde hace falta levantar algo especialmente pesado.
—Hinata —susurró él, acercando lentamente sus labios a los de ella—, cuidado con destrozar el ego de un hombre. Porque vas a obligarle a demostrarte su supremacía de la forma que la tradición ha consagrado.
Aquella voz tan profunda, así como la seductora languidez de sus ojos azules, había desbocado ya el corazón de Hinata. Deseosa de rodear aquellos anchos hombros y de acercar su cuerpo al suyo preguntó temblorosa:
—¿Te he destrozado el ego?
—Sí.
—¿Porque he dicho que las mujeres son más listas, sensatas y valientes que los hombres?
—No —murmuró él casi rozando con sus sonrientes labios los de ella—, porque has pescado un pez más grande que yo.
Acalló la carcajada de sorpresa con sus labios. Con el ánimo algo decaído aunque en general contento, Naruto decidió detener unos minutos el impulso amoroso y, después de permitirse un apasionado beso, se tumbó junto a ella.
Hinata parecía sorprendida y un poco decepcionada ante la interrupción.
—Más tarde —le dijo sonriendo indolentemente, un gesto que la hizo sonrojar y evitar rápidamente su mirada. De pronto pareció fascinada por algo que vio en las alturas.
—¿Qué miras? —preguntó por fin Naruto al advertir que miraba hacia el cielo.
—Un dragón. —Vio que él se quedaba perplejo y, levantando el brazo, señaló hacia arriba, por la parte sudoriental—. Allí... aquella nube... ¿Qué ves tu allí?
—Un nubarrón.
Hinata volvió la vista hacia él.
—¿Qué más ves?
Él estuvo un momento observando el cielo.
—Otras cinco nubes gordas y otras tres delgadas.
Para sorpresa de Naruto, Hinata se echó a reír, se colocó de costado y le dio un beso en la boca, pero cuando él quíso estrecharla con fuerza para hacer el amor, Hinata se apartó e insistió en seguir observando el cielo.
—¿No tienes imaginación? —le dijo a modo de reprensión—. Fíjate en todas estas nubes... seguro que ves alguna que te recuerda algo. Puede ser fantástico o real.
Tanto le provocó con la insinuación de que no tenía imaginación que se vio obligado a forzar la vista y concentrarse. Por fin distinguió algo reconocible. En el cielo, a la derecha, vio una nube que recordaba muchísimo, tenía exactamente la forma de... ¡un par de pechos! En cuanto lo localizó, oyó a Hinata que preguntaba, emocionada:
—¿Qué ves?
El cuerpo de Naruto se agitó con la risa.
—Estoy pensando —se apresuró a decir. En su prisa
por dar con algo que decirle, se le ocurrió comentar—:Un cisne. Veo un cisne —repitió en un tono casi reverencial.
No tardó Naruto en darse cuenta de que el estudio de las nubes constituía un pasatiempo inesperadamente agradable, sobre todo porque tenía la mano de Hinata unida a la suya y su cuerpo contra el de él. Al cabo de unos minutos, no obstante, la conjunción de la proximidad y el olor de su suave perfume se hicieron tan presentes que no consiguió ignorarlo. Se apoyó en el antebrazo, colocó el otro brazo junto al costado de ella y lentamente acercó su boca a la suya. La respuesta de Hinata fue tan cálida y llena de ansia que Naruto tuvo la impresión de que se le fundía el corazón. Apartó los labios para ver aquel adorable rostro y se sintió humilde ante tanta dulzura y calidez.
—¿Te he dicho alguna vez —murmuró en tono solemne— lo dulce que eres?
Sin darle tiempo a responder, la besó con toda la avidez de su cuerpo.
A media tarde volvieron a los establos. Sin darse cuenta de las furtivas miradas que les dirigían Smarth y los empleados que andaban por allí atareados, pero que se sentían curiosos por los resultados de la excursión de sus dueños, Hinata se apoyó en los anchos hombros de su esposo, sonriéndole mientras él la ayudaba a desmontar.
—Gracias por ese maravilloso día —dijo mientras bajaba, ayudada por él.
—No se merecen— respondió él manteniendo las manos en su cintura y el cuerpo casi pegado al suyo.
—¿Querrás repetirlo? —dijo ella, refiriéndose a la pesca.
Naruto soltó una gran carcajada.
—Una vez —dijo en tono apasionado pensando en el acto amoroso— y otra... y otra.
Las suaves mejillas de Hinata se encendieron y una chispa iluminó sus ojos.
—Me refería a si querrás ir a pescar otra vez.
—¿Vas a dejarme sacar el pez más grande la próxima?
—Ni lo sueñes —respondió ella con expresión radiante— pero tal vez pueda dar fé ante alguien sobre la ballena que picó tu anzuelo y luego desapareció.
Naruto echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír.
El eco de aquella alegría resonó en los establos, donde Smarth se encontraba ante una ventana junto a uno de sus jóvenes mozos de cuadra.
—¿No te dije que lo conseguiría? —comentó Smarth dando un golpe con el codo al muchacho y guiñándole el ojo—. ¡Te dije que le haría más feliz de lo que había sido en su vida!
Tarareando alegremente, cogió el cepillo y empezó a pasarlo por el lomo de un caballo de color castaño.
John Coachman, por un instante, dejó de sacar brillo a los arneses ribeteados de plata para observar a los amantes y se enfrascó luego de nuevo en la tarea, pero en esta ocasión silbando una alegre tonada.
Uno de los mozos dejó la horca en el suelo, echó una ojeada al duque y la duquesa y frunció también los labios dispuesto a silbar antes de recoger otro montón de heno
Con la mano bajo el codo de Hinata Naruto se dispuso a acompañarla hasta la casa pero de pronto se detuvo para volverse hacia los establos, que parecían un batiburrillo de melodías discordantes entonadas por un servicio que había reemprendido sus tareas con renovado vigor.
—¿Ocurre algo? —preguntó Hinata siguiendo su mirada.
Unas ligeras arrugas se formaron en la frente de Naruto pero luego encogió los hombros, incapaz de descubrir qué era exactamente lo que le había llamado la atención.
—No —dijo él, siguiendo camino de la casa—. Pero he estado holgazaneando casi todo el día y lo que queda de hoy y mañana tendré que trabajar el doble para compensarlo.
Decepcionada pero aún decidida, Hinata respondió en tono alegre:
—Si es así, no voy a intentar sobornarte con otras distracciones hasta pasado mañana.
—¿En qué tipo de distracciones pensabas? —preguntó él riendo.
—Una comida campestre.
—Creo que puedo encontrar tiempo para ello.
—Siéntese, Hatake, enseguida estoy con usted —dijo Naruto poco después, sin molestarse en levantar la vista de la carta que estaba leyendo de su agente de negocios en Londres.
Sin dejarse intimidar por la falta de cortesía de su cliente, atribuyendo más bien su comportamiento a la comprensible irritación que había de provocarle el hecho de necesitar sus servicios, el detective que en Konohagakure pasaba por un ayudante del administrador, se sentó frente al señorial escritorio de Naruto.
Unos minutos después, el duque dejó la pluma, se echó hacia atrás en su asiento y preguntó de pronto:
—¿De qué se trata?
—Cuando anoche me entregó la nota de lord Gaara, Excelencia —empezó Kakashi con brío—,¿no me dijo usted que había dado órdenes a su esposa de que no acudiera a visitarle?
—En efecto.
—¿Y está usted seguro de que ella oyó y comprendió sus deseos?
—Completamente seguro.
—¿Se lo dejó claro?
Sellando un suspiro de irritación, Naruto precisó:
—Clarísimo.
La primera señal de incomodidad y preocupación modificó la expresión de Hatake y en su semblante se dibujaron unas suaves arrugas, pero supo reponerse con rapidez para proseguir en un tono impersonal:
—Ayer por la tarde su esposa bajó a los establos y pidió un carruaje. Comentó a mi hombre de confianza, Olsen, que se iba a hacer una visita dentro de la propiedad y por tanto no necesitaba sus servicios. Como decidimos usted y yo la última noche, después de enterarnos de que lord Gaara había decidido misteriosamente volver a Winslow, Olsen siguió a su esposa, manteniéndose lo suficientemente alejado para protegerla sin alarmarla. Hatake hizo una pausa y luego siguió en tono elocuente:
—Después de visitar a uno de sus arrendatarios, su esposa se fue directamente a casa de lord Gaara. Teniendo en cuenta el hecho de que estuvo allí, debo considerar el incidente inquietante y posiblemente incluso sospechoso.
Las rubias cejas de Naruto se juntaron por encima de los gélidos ojos azules.
—No acabo de comprender por qué tendría que inquietarse por ello —dijo en tono cortante—. Si ella no hizo caso de mis órdenes, es problema mío y no suyo. Y usted no debería sospechar de ella de ningún tipo de... —se detuvo, incapaz de pronunciar la palabra.
—¿Complicidad? —apuntó Hatake en voz baja—. Puede que no... Como mínimo de momento. Mis hombres, que han estado vigilando la casa de lord Gaara en busca de cualquier sospechoso que pudiera acudir allí, me han contado que la madre y el hermano de lord Gaara permanecieron todo el tiempo dentro de la casa. Sin embargo, debo informarle de que su esposa pasó muy poco rato en el interior. Cuando llevaban aproximadamente un cuarto de hora en la casa, lord Gaara y su esposa salieron juntos y se dirigieron al jardín situado en uno de los lados, fuera de la vista de los ocupantes de la casa. allí estuvieron conversando sobre algo que no pudo oír Olsen pero le pareció de extrema importancia, a juzgar por sus expresiones y gestos.
La mirada del detective pasó de la inescrutable expresión de Naruto a un punto situado en la pared más alejada.
—Mientras permanecieron en el jardín, se abrazaron y se besaron. Dos veces.
El dolor, la sospecha y la duda se clavaron en el cerebro de Naruto como afiladas hachas al imaginarse a Hinata en brazos de Gaara... Su boca en la de ella, sus manos...
—Aunque no por mucho tiempo —dijo Hatake rompiendo el tenso silencio.
Naruto aspiró profundamente, cerrando un instante los ojos. Cuando habló, lo hizo con voz tranquila, en tono frío, inflexible por la implacable convicción.
—Mi esposa y mi primo están relacionados por una cuestión de matrimonio. Por otra parte, son amigos. Puesto que ella no está al corriente de que se sospecha de que mi primo intentó asesinarme, y de que su própia vida puede correr peligro por la misma razón, sin duda consideró injusta y poco razonable mi prohibición de visitarle y decidió desobedecer mis órdenes.
—¿Su esposa ignora de manera flagrante sus deseos y eso no le parece a usted... sospechoso? ¿O cuando menos extraño, Excelencia?
—Me parece exasperante, no sospechoso —respondió él en tono sarcástico—, y lo que usted quiera menos «extraño». Mi esposa ha hecho lo que le ha dado la gana desde niña. Se trata de una desagradable costumbre que estoy intentando que abandone, pero eso no la convierte ni por asomo en cómplice de un asesino.
Hatake se dio cuenta de que era inútil seguir discutiendo, y por consiguiente asintió con cortesía, y con cierta reserva se levantó. Se disponía a marcharse cuando la voz glacial de quien le había contratado le dejó clavado y volvió la cabeza.
—De ahora en adelante, Hatake —le ordenó Naruto con la máxima seriedad—, diga a sus hombres que se vuelvan hacia otro lado cuando mi esposa o yo salgamos de nuestra casa. Su tarea consiste en localizar al posible asesino y no en espiarnos.
—Espiarles... —tartamudeó Hatake, consternado.
Naruto asintió.
—Hoy cuando volvía he visto a dos de sus hombres en el bosque. Observaban a mi esposa, no buscaban a un asesino entre los árboles. Despídalos.
—Tiene que haber algún error, Excelencia. Mis hombres están muy entrenados, son profesionales...
—¡Despídalos!
—Como usted diga —admitió él con una inclinación de cabeza.
—Y cuando esté yo con mi esposa, dígales a todos que mantengan la distancia. Si saben hacer bien su trabajo, nosotros tenemos que poder circular por la propiedad sin miedo al peligro. No voy a sacrificar nuestra intimidad ni pienso permanecer escondido en la casa día y noche. Cuando esté con mi esposa, me ocuparé yo de su seguridad.
—Excelencia —replicó Hatake extendiendo los brazos en un gesto de conciliación—: Los años de experiencia me han enseñado que este tipo de situaciones son realmente desquiciantes, por no decir otra cosa, sobre todo para hombres de su categoría. Sin embargo, habría faltado a mis obligaciones de no haberle comentado la insólita decisión de lord Gaara de volver a su casa en esta época del año, decisión que le convierte en un importante sospechoso. Por otra parte, mis hombres y yo solo pretendemos proteger a su esposa...
—¡Por cuyo cometido le estoy pagando a usted una fortuna! —respondió Naruto agriamente—. Así pues, hágame el maldito favor de llevarlo a cabo como Dios manda.
Hatake, acostumbrado a las injustas exigencias de la nobleza, asintió con gesto resignado.
—Lo intentaremos, Excelencia.
—Y no voy a tolerarle más sospechas infundadas sobre mi esposa.
Hatake se retiró no sin antes hacer otra reverencia. Pero cuando se hubieron cerrado las puertas del despacho, la determinación, la certeza absoluta dejó de reflejarse en las duras facciones del rostro de Naruto. Se metió las manos en los bolsillos, apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y cerró los ojos intentando apartar de su cabeza las palabras pronunciadas por Hatake que seguían golpeando en su cerebro como mil despiadados martillos. «La insólita vuelta de lord Gaara le convierte en uno de los principales sospechosos... Su esposa y lord Gaara salieron a dar un paseo y entablaron una vehemente conversación... Se abrazaron y besaron... Son actos que me parecen sospechosos...»
Un silencioso grito de negación ahogó las palabras del detective en la mente de Naruto, quien se incorporó un poco en la butaca y agitó la cabeza como si quisiera despejarla. ¡Aquello era una locura! Bastante suplicio era para él enfrentarse al hecho de que Gaara, a quien amaba como a un hermano, tal vez intentaba matarle. La ingenua y encantadora belleza que había estado bromeando y riendo con él aquel día, la que le había abrazado con fuerza al hacer el amor con ella no podía desear secretamente a Gaara, se dijo, enfurecido. ¡Era una idea demente, Obscena!
Se negaba a creerlo.
No soportaría creerlo.
Un suspiro de dolor se escapó de sus labios al enfrentarse a la verdad. Desde el instante en que había irrumpido en su vida, Hinata le había robado el corazón. Le había cautivado y divertido como niña. Como mujer, le había llenado de alegría, le había enfurecido, seducido e intrigado. Pero hiciera lo que hiciera, su sonrisa le reconfortaba, sus caricias le hacían hervir la sangre y su cantarina voz le levantaba el ánimo.
Incluso en aquellos momentos, acosado por los celos y las dudas, no podía por menos que sonreír al pensar en cómo le miraba aquella mañana, sentada en la rama del árbol, con el brillo del sol en su pelo y las piernas al descubierto.
Con un vestido de noche se la veía elegante y serena como una diosa; en la cama, sin saberlo, era tan provocativa como la más exótica tentadora; y sentada sobre una manta con las piernas dobladas y la espléndida cabellera agitada por el viento, seguía siendo la viva estampa de la duquesa.
Una duquesa descalza. Su duquesa descalza, pensaba Naruto posesivamente. Era suya según las leyes de Dios y de los hombres.
Naruto tomó la pluma con gesto decidido y se sumergió en el trabajo apartando de su mente cualquier otro pensamiento. Por primera vez en su vida, sin embargo, se vio incapaz de hacerlo en cuerpo y alma.
No conseguía olvidar que Hinata le hubiera mentido sobre lo que había hecho el día anterior.
CONTINUARÁ...
