Capítulo 21
Hinata quedó un poco complacida al darse en cuenta de que había acertado.
Fuera de las cocinas encontró el cuerpo de un guardia, caído en el suelo con la flaccidez de la muerte. Había un tumulto en los establos, antorchas siendo encendidas, y hombres corriendo y maldiciendo. Naruto había debido de robar un caballo y haberse escapado por la entrada posterior. No había ninguna posibilidad de que ella robase un caballo ahora, y el torreón comenzaba a despertarse detrás ella.
Ella se metió en una despensa pequeña, poco más que un cobertizo construido contra el costado del torreón. Era evidentemente el granero, pues el olor polvoriento de la avena la obligó a ahogar un estornudo.
Ella escuchó ruidos en la avena que la hicieron apretar los dientes. Dónde había grano, había ratas. Ella cayó agudamente en la cuenta de la exposición de sus piernas bajo las faldas largas.
¡Lo que no daría ella por sus pantalones vaqueros y sus botas! Pero permaneció torvamente quieta, aun cuando la investigación ruidosa descubrió el cuerpo del guardia precisamente fuera de su escondite. Aunque no podía entender las palabras, podía captar su cólera y su agitación. Su jefe no podía ser despertado.
El vigilante de la mazmorra estaba herido, quizá muerto. Los dos prisioneros se habían ido, aunque sólo faltaba un caballo. Ella sólo esperaba que asumieran que estaba con Naruto, en vez de pensar simplemente que no habían logrado verla, porque de lo contrario empezarían una búsqueda minuciosa del torreón.
Maldito Naruto, pensó violentamente. ¿Por qué no la pudo llevar con él? Aunque no quisiera llevarla a Creag Dhu, al menos la podía haber apartado de Gatō.
¡La gratitud no le hacía un tonto, ciertamente! El griterío con el tiempo se apagó. No podrían perseguir a Naruto a oscuras, y sin Gatō no se inclinaban por emprender cualquier acción. Esperó, moviendo los pies cada vez que las ratas que comían ruidosamente parecían llegar demasiado cerca, lanzando gritos agudos y escabulléndose rápidamente.
Nunca perdonaría a Naruto por esto.
Al menos la seguridad sería menor, ahora que su prisionero se había escapado. La fortaleza Hay no era muy fuerte de todos modos, por lo que ella había visto. Una vez había habido una muralla alrededor de ella, pero no había sido conservada y el mortero se había desmoronado, dejando grandes boquetes.
Por desgracia, todavía habría alguien vigilando los caballos.
Mala suerte, pensó cuándo salió furtivamente finalmente de su escondite. No sabía la hora, así que no se atrevía a esperar por mucho tiempo. El amanecer podría llegar en cualquier momento, y con él esfumarse su única oportunidad de escapar.
Había una niebla espesa. Su corazón zozobró. Por eso probablemente no habían perseguido a Naruto, porque no podrían verlo en este mundo de brumas.
Por desgracia, no tenía ninguna elección, aunque no supiera dónde estaba.
Había registrado cuidadosamente la dirección por la cual habían venido el día anterior, pero en gran medida la niebla aumentaba sus posibilidades de ponerse a dar vueltas a la redonda. Ella entró andando silenciosamente en el establo. Un guardia dormitaba contra una pila de heno, una vela pequeña con una esfera protectora sobre él parpadeaba a su lado. ¿Con qué se suponía que iba a asestarle un golpe? Ella miró alrededor y vio una horquilla gruesa, con el mango hecho con un pedazo macizo de madera. Lo recogió, lo agarró como un bate de béisbol, y le dio una buena oscilación. La madera le aplastó un lado de la cabeza y él se sacudió con fuerza una vez, luego cayó laxo con pesadez.
—Voy a ir al infierno —murmuró ella en la noche.
Con éste ya eran dos hombres inocentes a los que había golpeado en la cabeza esta noche, y por lo que ella sabía los había matado a los dos. Las lesiones graves en la cabeza en la época medieval probablemente ocasionaban la muerte. Si Naruto la hubiera llevado con él, golpear a este último guardia no habría sido necesario.
Ella se mordió el labio, mirando las cabezas equinas que la examinaban con curiosidad. Sabía cómo montar a caballo, porque era una habilidad que convenía tener cuando se iba de excavación, pero no era experta y en cualquier caso no se había subido a un caballo en más de dos años, salvo ayer cuando estuvo sujeta delante de Gatō, y eso no contaba.
—Escoge un caballo, cualquier caballo —Masculló para sí misma.
Los caballos castrados eran siempre menos díscolos que los garañones o incluso que las yeguas, pero en la oscuridad no podía distinguir nada acerca de las opciones disponibles excepto su tamaño. Se decidió por un caballo marrón que no era ni el más grande ni el más pequeño, esperando que la moderación fuera la llave del éxito.
El caballo se mantuvo tranquilo mientras lo ensillaba, y la siguió obedientemente cuando lo condujo hacia un barril. Ella se subió al barril y después montó al caballo. Después de atar su bolsa firmemente a la silla de montar, chasqueó su lengua y con cuidado cabalgó fuera del establo.
Detrás de ella, oyó un gemido quedo mientras el guardia se empezaba a despertar. Se alegró de que no estuviera muerto, pero eso quería decir que tenía sólo un minuto más o menos para escaparse antes de que diera la alarma.
Dirigió al caballo por un camino hacia una de las aberturas en la muralla, y le dejó escoger su propio camino sobre las rocas desplomadas. En la oscuridad y la niebla, el destartalado torreón estuvo pronto fuera de la vista.
El curso de acción más seguro sería encontrar un lugar para esconderse, y esperar hasta el amanecer cuando ella y el caballo pudiesen ver. Pero si permanecía a corta distancia, aumentaban las probabilidades de que los Hays la volviesen a capturar y dudaba de que pudiera escapar al abuso tan fácilmente otra vez.
Cuando viera a Naruto el Negro otra vez, iba a estrangularle, aunque tuviera que subirse a un taburete para hacerlo.
Chasqueó de nuevo y le dio un golpecito con los talones al caballo, pero le dejó abrirse camino a su propia y cautelosa velocidad. Apenas podía ver más allá del hocico del caballo, así que parecía más prudente confiar en los instintos del animal. Él al menos tenía sus pezuñas sobre el terreno. A pesar de todo, esperaba que no faltasen varias horas para la salida del sol.
En honor a la verdad hacia Naruto, ella no había intentado explicarse o explicar su presencia. Parte de su reticencia era pura cautela, porque como Guardián su deber era proteger el Tesoro de todas las amenazas, incluida ella misma. Si él descubría que ella conocía el procedimiento para viajar por el tiempo, podría considerar necesario matarla. Si pudiera obtener el Tesoro por sí misma, sin su ayuda preferiría hacerlo así. Si se encontraba con que le necesitaba, entonces sería el momento de confesar.
Pero todas las razones lógicas para permanecer callada no eran las que la habían contenido de decírselo.
Simplemente había estado demasiado conmocionada, primero por el descubrimiento bochornoso de que había compartido los sueños con ella y después por la forma en que se había humillado completamente en sus brazos. Se había visto en apuros hasta para hablar, mucho más para lanzarse a una explicación detallada.
Sus mejillas ardieron otra vez mientras recordaba lo que había sucedido, y alzó su cara hacia la niebla helada.
Había estado alterada desde el momento en que había llegado allí a través del tiempo, nerviosa y excitada.
No había pensado que la agitación pudiera convertirse tan deprisa en la respuesta sexual, pero lo había hecho.
Era como si su cuerpo hubiera estado adormecido durante un año, pero algo le hubiera ocurrido durante la transición de tiempo y ahora sintiera todo demasiado.
Naruto la había fascinado desde el momento que por primera vez había leído su nombre. Había pasado tanto tiempo concentrándose en él, soñando con él, que no era asombroso que todos sus sentidos hubieran estado tan intensamente enfocados en él. Todas esas horas había sido tan consciente de su presencia real que había sido difícil para ella pensar en cualquier otra cosa, su piel ultrasensible, erizada.
Debería haber reconocido la carga sexual subyacente bajo sus temblores, pero no lo había hecho. Mientras, había aceptado y racionalizado el aspecto sexual de sus sueños, y no se le había ocurrido que el atractivo sexual fuera tan fuerte en la realidad.
No lo era. Era más fuerte. Había sido infiel a Toneri en todos los aspectos excepto el acto real, pero no podía encontrar ninguna paz en ese detalle. Si las condiciones hubieran sido diferentes, si hubieran estado a solas en un lugar seguro, no tenía duda de que Naruto la habría poseído. Pero ahora que reconocía su debilidad, podía evitar abandonarse a ella. Nunca debería permitirle a Naruto besarla otra vez.
Pero mientras cabalgaba a través de la noche, era consciente con inquietud de que si Naruto tenía el deseo de besarla o hacerle cualquier otra cosa, sus defensas eran muy ciertamente débiles.
Creag Dhu era un castillo sólido de piedra, la roca de la cual estaba construido era tan oscura como un cielo tempestuoso. A diferencia del torreón de Hay, estaba en un excelente estado de conservación, con recias murallas de piedra rodeando cuatro enormes torreones. La puerta principal grande estaba defendida por dos grupos de barreras de seis metros, y los hombres que las defendían parecían saludables, bien vestidos y armados, y bien adiestrado. Todo el mundo que entraba era detenido e interrogado, y ninguno de los carros o ninguno de los bultos pasaba a través de esas barreras sin ser registradas a fondo.
Hinata sabía que debería haber esperado algo así, dados los antecedentes militares de Naruto, pero cuándo contempló Creag Dhu se sintió abrumada por la tarea que se había fijado a sí misma. Sencillamente entrar parecía imposible; ¿cómo diablos se ingeniaría para evitar el registro? Tenía que permanecer escondida, porque se fijarían inmediatamente en una desconocida. El castillo estaba concurrido, habiendo atraído su propio pueblo pequeño a medida que la gente se trasladaba más cerca por seguridad, pero todo el mundo conocería a todos los demás.
Estaba hambrienta, y cansada de haber cabalgado durante dos días. Se había desviado del camino en la niebla, y un viaje que no debería haber requerido un día entero, en cambio había llevado dos.
Al menos el caballo estaba contento, porque abundaba la hierba y el agua.
El animal era un caballo castrado, bendecido con una tranquilidad y un temperamento compasivo. Si no hubiera sido así, Hinata estaba segura de que nunca habría sobrevivido. Le dolía de la cabeza a los pies, y su trasero estaba tan lastimado que no creía que pudiera volver a subirse a la silla de montar aunque Gatō de Hay apareciera repentinamente enfrente suyo.
Había atado con una correa al caballo en un área rodeada de árboles pequeños en el bosque, mientras evaluaba la situación, que no era prometedora.
Quizá simplemente debería acercarse a las barreras y debería pedir verle. Podía no estar encantado de verla, pero ella le había liberado de la mazmorra; ¿si le dijese que tenía hambre, cómo podía negarse a recibirla? Por supuesto que él podría, pensó. Era el Guardián. No dejaría que algo tan insignificante como la gratitud estorbase su deber. Tenía que pensar en alguna forma para entrar en el castillo. No podía pasar clandestinamente dentro ocultándose dentro de cualquiera de las carretas que veía entrando. Todas las carretas eran registradas, incluso cuando los guardias obviamente conocían al dueño y charlaban amigablemente juntos mientras los bienes o productos eran inspeccionados. Ella ni siquiera hablaba el idioma, así que cuando hicieran preguntas no podría contestar. Podía intentar hablar inglés antiguo, pero eso no le granjearía ninguna amistad aquí en Escocia.
Los dos países habían estado en guerra durante años. Podía entender la mayor parte del dialecto escocés, pero hablarlo era inútil porque las partes que entendía eran las inglesas, así que no lograría nada.
Aunque ella se las ingeniara para meterse en Creag Dhu, ¿luego qué?
Los habitantes del castillo ciertamente se conocerían unos a otros mucho mejor de lo que conocerían a las personas del pueblo, así que no había ninguna forma de pasar desapercibida entremezclándose con el populacho. Explorar el castillo requeriría tiempo. Necesitaba poder ir y venir sin ser cuestionada.
Torvamente llegó a una conclusión ineludible: aunque se metiera en el castillo, necesitaría permiso de Naruto para quedarse.
Resolvió afrontar un problema cada la vez, y se encontró de vuelta al comienzo: ¿cómo entrar en Creag Dhu? Empezó a abrirse paso de vuelta al caballo, tropezándose con rocas y raíces, enganchándose las faldas en los arbustos y los palos de madera y teniendo que sacudirlas con fuerza para liberarse. Se irritaba cada vez más por la incomodidad de un traje de noche largo. A decir verdad, estaba irritada con todo, pero al menos su malhumor la había distraído de la humillación de lo qué había ocurrido con Naruto.
Cuando alcanzó al caballo, sudaba por el esfuerzo de abrirse paso a la fuerza por el matorral y los arbustos. La sobreveste de lana, que agradecía llevar en las noches frías, ahora la sofocaba. Irritada se lo quitó y lo lanzó sobre la silla de montar, suspirando de alivio a medida que el aire se filtraba a través del vestido más ligero de algodón. Aflojó los cordones que mantenían el escote y las mangas ajustadas, tirando del escote hasta dejarlo completamente abierto y luego levantando las mangas hasta donde podía, lo cual era sólo hasta la mitad de los antebrazos. Bajo la pañoleta, su pelo estaba húmedo de sudor. Se quitó la pañoleta, y desenrolló el nudo pesado de pelo, pasando sus dedos por él y dejando que el aire fresco alcanzara su cuero cabelludo. Había esperado que Escocia estuviera uniformemente fría incluso en mayo, pero ese no era el caso hoy.
No había forma de que volviera a ponerse ese pesado traje de noche de lana, y el de terciopelo era igual de caliente. Hinata bajó la vista, comprobando la modestia del vestido. Quedó consternada al encontrar que fallaba miserablemente, a menos que a ella no le importase que cualquier observador informal pudiera ver tanto sus pezones como la oscuridad de su vello púbico.
Tuvo una idea para arreglarlo, sacudió la pañoleta grande y se la ató alrededor de la cintura para que la tapara estratégicamente por delante y por detrás. Luego ahuecó el vestido por encima de la cintura para que le diera una pizca de modestia también a la parte superior. Satisfecha con su esfuerzo, embutió el sobretodo sucio de lana en la bolsa y volvió a montar al caballo. No había solucionado ninguno de sus problemas, pero al menos ahora estaba a gusto.
Cinco minutos más tarde, mientras vigilaba a un grupo de cinco mujeres caminar con pesadez a lo largo del sendero lleno de baches, a todas luces encaminándose a Creag Dhu, la inspiración la golpeó de nuevo.
La profesión de las mujeres no daba lugar a ninguna duda. Sus faldas estaban subidas hasta más arriba de todo lo que Hinata había visto desde que había llegado, y sus corpiños estaban muy bajos. No se habían tomado la molestia de ponerse vestidos con mangas largas, de escote alto. Su ropa interior era de manga corta y floja. Ningún pañuelo cubría sus cabezas, y aunque su pelo estaba en la mayoría de los casos descuidado, mientras Hinata las vigilaba empezaron a peinarse con los dedos los enredos, tirando las hebras sobre sus hombros para que se ensortijasen de forma insinuante alrededor de sus pechos. Se pellizcaron las mejillas y se mordieron los labios, y hubo mucha risa y comentarios obviamente pícaros.
Prostitutas, o al menos mujeres disolutas, en camino hacia el castillo para una noche de diversión o comercio, o ambos. Y Hinata ahora se parecía notablemente a ellas, con su ropa escasa y su pelo suelto. Dio con la rodilla al caballo para que se pusiera en marcha, y se acercase al grupo desde un ángulo.
—Buenas tardes —dijo afablemente cuándo se acercó, tratando de alterar su acento para que el "buenas" sonara como "bonas". Tendría que hablar inglés antiguo, que al menos se parecía lo suficientemente al escocés para que fuera comprendido en su mayor parte.
Las prostitutas la observaban recelosamente, sin ningún indicio de bienvenida en sus rostros.
—Mi hombre me dejó —dijo con franqueza—. No tengo monedas, ni he comido durante dos días, y no tengo lugar para dormir —Una pelirroja ampulosa que había visto mejores días la miró de arriba a abajo.
—¿Sí? —dijo en un tono que significaba claramente, "¿A mí qué?".
—¿Si vais al castillo, puedo ir con vosotras? El trabajo de una noche me traería una moneda o dos, y al menos comida para mi barriga.
—Vos tenéis esa bestia —la pelirroja señalaba, inclinando la cabeza al caballo.
Un caballo era un animal valioso, que valía más que todas sus posesiones juntas.
No era probablemente que le tuvieran ninguna compasión mientras lo poseyera.
Hinata pensó rápidamente.
—Lo podéis tener, si me llevarais con vosotras — prometió. Las cinco mujeres juntaron sus cabezas, y un enjambre de gaélico zumbó en sus oídos.
Finalmente la pelirroja sostuvo en alto su mano e inclinó la cabeza hacia Hinata.
—Es un buen negocio —esperó impacientemente, y Hinata se apeó del caballo, no sin mucho alivio.
Su trasero estaba tan lastimado después de dos días de equitación que era mucho más feliz caminando. Le desató la bolsa de la silla de montar, y ofreció las riendas para la pelirroja, que echó triunfalmente una mirada alrededor a sus amigas.
Reanudaron su prolongado viaje hacia lo alto por el camino. Mientras caminaban con pesadez por una curva y el castillo aparecía ante la vista, la pelirroja dijo:
—¿Cuál es vuestro nombre?
— Hinata.
—Yo soy Karin —inclinó la cabeza a su vez a las otras cuatro mujeres—. Sara, Karui, Tamaki, y Moegi —Una vez hechas las presentaciones, completaron el camino al castillo.
Ambos guardias dieron un paso adelante para encontrarse con ellas, tenían las mejillas cubiertas por la barba, distendidas en enormes sonrisas abiertas. Siguió una gran cantidad de risitas tontas, pellizcos, y palmaditas en el culo, luego ambos guardas miraron inquisitivamente a Hinata. Evidentemente las otras cinco eran bien conocidas por los hombres de armas.
— Hinata —dijo Karin en la respuesta a sus preguntas—. Ella es una Sassenach, Suigetsu —El guardia cogió la bolsa de Hinata y la abrió, y metió su manaza dentro. Él dio una manotada a través de las prendas de vestir y sacó un libro, mirándolo con perplejidad.
Hinata estaba demasiado cansada y hambrienta para hacer nada excepto permanecer de pie allí. Karin repitió el cuento de que el hombre de Hinata la había dejado atrás. Quizá fue la explicación, la ausencia de inquietud de Hinata, o que la bolsa obviamente no contenía armas, pero el guardia con indiferencia le devolvió la bolsa. Gritó a los guardias del otro lado de la barrera doble, y las seis mujeres pasaron andando.
Estaba adentro. Su corazón empezó a golpear con excitación, la ráfaga de adrenalina ahuyentando la fatiga.
Karin con orgullo dirigió a su caballo al establo, mientras los demás se abrieron camino a los barracones. Hinata se quedó detrás de ellas, reduciendo la velocidad de sus pasos hasta que estuvieron muy por delante de ella.
Ellas charlaban, riéndose, sin prestarle atención a ella. Con tranquilidad cambió de rumbo, echando una mirada alrededor con interés.
El patio interior estaba limpio y concurrido, la gente se ocupaba de sus asuntos cotidianos recorriendo el castillo. A la izquierda estaban los establos y los barracones, a la derecha había un terreno de entrenamiento donde un buen número de hombres, desnudos de cintura para arriba, practicaban con la espada.
Podía ver una cabeza bien formada de pelo rubio largo, sobresaliendo por encima de todas las demás, y rápidamente apartó la vista como si él pudiese sentir su mirada.
Naruto el Negro estaba allí, así que a ella le daba ganas de ir en una dirección diferente. Ahora que estaba dentro podía ver que además de las cuatro torres altas que se levantaban en cada esquina, había dos torres interiores más pequeñas, una en cada extremo de la gran sala central. Todo el castillo era enorme. Ni siquiera podía imaginarse cuántos cuartos tenía el castillo.
Entró andando en la gran sala, y una oleada de vértigo cayó rápidamente sobre ella. La sala era tal como la había visto en sus sueños. Sabía dónde se sentaba Naruto, y donde estaban exactamente las cocinas. El olor de carne asada llenaba el aire, y se preguntó si su mareo se debía al hambre.
Tanto los hombres como las mujeres la miraban de forma rara, así que agachó la cabeza, caminando rápidamente hacia las cocinas. Quizá podía suplicar un trozo de pan. Si no se lo daba, quizá pudiera robarlo. Ya había robado un caballo, así que ¿por qué preocuparse por un trozo de pan?
Dudaba que de todas formas que fuera un pecado tan serio como el impulso de asestar golpes en la cabeza que se había permitido recientemente.
Su aparición en la cocina pasó desapercibida durante unos pocos instantes, en gran parte porque había muchas personas trajinando, cortando en trozos y batiendo y golpeando. Un jovencito despacio, hacía girar un pincho en el cual había, dando vueltas, lo que parecía ser un cerdo entero. La grasa goteaba crepitando en el fuego, despidiendo un olor maravilloso que se entremezclaba con el olor fermentado de hornear pan.
Finalmente una mujer regordeta la divisó, e hizo restallar una pregunta en gaélico.
—He llegado de un largo viaje — dijo Hinata—. No he comido durante más de dos días.
—¡Sassenach! —la cocinera escupió con repugnancia, e hizo un movimiento para ahuyentarla con la tela que llevaba atada alrededor de la cintura
Evidentemente pensaba que ser inglesa era más desgracia que estar vestida como una ramera. Hinata negó con la cabeza y dijo:
—Francesa —luego de improviso se puso pálida a medida que otra ola de mareo la golpeaba, y se tambaleó, extendiendo la mano hacia el muro para apoyarse.
El mareo era completamente real. Abriendo la boca, Hinata se dobló por la cintura, intentando no desmayarse. La necesidad de comida se estaba volviendo más apremiante por minutos.
Quizá fuera por la tranquilidad de que ella no era inglesa, pero unos brazos la rodearon dándole apoyo, dirigiéndola a un banco. La mujer regordeta puso un trozo de pan en su mano temblorosa, y vertió cerveza en una taza poco honda para que ella bebiera. Lentamente Hinata mordisqueó el pan, que era de calidad muy superior al que le habían dado en el torreón Hay. No se atrevió a tomar más que unos pocos sorbos de la cerveza, no después de estar tanto tiempo sin comida.
El trabajo siguió alrededor de ella, aunque la mujer regordeta continuó mirando en su dirección, quizá evaluando la vuelta del color a su cara. Después de un rato, cuando el pan se le acabó, otro trozo fue colocado delante de ella, junto con un poco de queso y unos pocos trocitos de carne de cerdo fría. Sintiéndose más fuerte ahora, Hinata comió tan ávidamente como los buenos modales lo permitían, y bebió más cerveza.
La cocinera chasqueó su lengua con aprobación y puso aun más carne y pan enfrente suyo.
—Estáis apenas tan gruesa como un palillo, muchacha. Comed un poco más. Necesitaréis fuerzas esta noche — Hinata lo intentó, pero estaba llena. Después de algunos mordiscos más suspiró, ahíta, y sonrió a la mujer.
—Gracias. Tenía mucha hambre.
—Sois bienvenida. Andad, idos, ahora —una vez despachada la caridad, la mujer hizo de nuevo movimientos para ahuyentarla con la tela, y Hinata se fue.
Su prioridad ahora era encontrar un escondite seguro, al menos hasta que decidiese qué hacer. Cuando la atención de todo el mundo pareció estar en otra parte, se deslizó en un rincón ovalado con cortinas y cautelosamente sentada en el suelo, se dispuso a esperar.
Apoyó su cabeza hacia atrás contra el frío muro de piedra. ¿En qué se había metido? El regreso había parecido razonable cuando estaba todavía de su tiempo, pero en los tres días desde su llegada no había logrado ninguno de sus objetivos en absoluto. Lo que había parecido bastante simple, encontrar el Tesoro y regresar a su tiempo había cobrado proporciones enormes.
Ahora que había visto el tamaño del castillo, sabía que llevaría días, semanas, registrarlo a fondo. Ciertamente no podría permanecer oculta todo el tiempo. A menos que consiguiese la ayuda de Naruto, lo que no parecía ser una alternativa viable, necesitaba una excusa para permanecer en el castillo. Para hacer eso, tenía que tener el consentimiento de Naruto.
Tenía que enfrentarse con él otra vez. No lo estaba deseando, pero había hecho más cosas difíciles que eso durante el último año. ¿Qué era la humillación, después de todo, si se comparaba con ver a su marido y a su hermano asesinados, a ser cazada como un animal?
Estaba muy cansada. Ahora que había comido, estaba tan amodorrada que no podía mantener los ojos abiertos. Arrastró la bolsa pesada de arpillera hasta detrás su espalda y se reclinó en una posición más cómoda, su cabeza descansaba sobre una almohada de libros y ropa. Se durmió en cuestión de minutos.
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Después de rechazar ofertas entusiastas de compañía de Sara y Shion, una sirvienta lujuriosa, Naruto subió por las escaleras que se curvaban a lo largo de la pared exterior de la torre, y conducían a su cámara privada.
Estaba de un humor de perros.
Ansiaba una mujer, pero no una con los encantos demasiados maduros de Sara. Ni siquiera Shion le tentaba, y durante meses ella se había convertido en su compañera de cama favorita, cuando no la única.
—¡Maldita bruja! —Juró cruelmente mientras daba un portazo en su recámara.
Caminó a grandes pasos hacia la mesa y levantó la botella de vino colocada allí, luego volcó su contenido. No quería vino. Había tenido vino cuando cenó. Lo que quería era lo que había dejado a merced de las atenciones poco tiernas de Gatō.
Bruja o espía, a pesar de todo la debería haber llevado consigo. Por lo menos así no sentiría este atormentador descontento, esta lujuria desgarradora que se negaba a ser saciada en los cuerpos de otras mujeres.
El tacto de ella aún persistía en sus brazos, a lo largo de su cuerpo. Ninguna mujer en su vida había respondido nunca como ella lo había hecho, tan rápida y absolutamente, su cuerpo pulsando a su contacto como si hubiera estado hecha sólo para él. Había sido como sujetar fuego, fuego delicado, y él lo quería otra vez.
Quería más. Quería introducirse con profundidad en ella y mantenerse allí mientras ella se estremecía alrededor de él, aferrándose a él con brazos y piernas, moviendo las caderas de arriba abajo.
Gimió en voz alta. Lo había hecho así en los sueños de él, en los sueños de ambos, pero cuándo por fin había puesto sus manos sobre ella, como un tonto la había dejado atrás. Había estado tan furioso por encontrarla con los Hays que todo lo que podía pensar era que ella estaba de algún modo ligada a ellos, y que le había espiado con algún propósito.
La sensación de traición le había puesto furioso con ella.
Más tarde, cuando había encontrado a sus hombres y estaba a buena distancia del torreón Hay, la lógica había regresado. Ella no era una Hay. Con una mirada le había bastado para saberlo. Debería haber descubierto por qué estaba allí, quién era, y de dónde venía. Había dicho que su nombre era Hinata Hyuga, un nombre que no le gustaba repetir ni siquiera en su mente. En cierta forma era una burla, un recordatorio de la fe que había perdido.
Su ropa había sido extraordinariamente fina, su acento extraño. Hablaba latín; eso de por sí era tan inusual que encendía una alarma interna. ¿Por qué hablaría una mujer la lengua de la Iglesia? Se había hecho tarde mientras se sentaba escaleras abajo, tratando de sentir un poco de interés por cualquiera de las mujeres disponibles para él, pero no tenía ganas de dormir. Se paseó en torno a la cámara, pensando en ojos perlas y una mata de brillante pelo oscuro. Había olido tan dulce como en su sueño, y su boca... cerró los ojos, murmurando una blasfemia mientras impotentemente imaginaba su boca deslizándose hacia abajo por su cuerpo, cerrándose sobre su pene, y su cuerpo entero se estremeció con fuerza por la reacción.
Con furia se deshizo de su ropa. Estaba completamente erecto, dolorido. Todo lo que tenía que hacer era abrir la puerta y llamar a una de las mujeres, o dos, y podría aliviar el dolor. No abrió la puerta. En lugar de eso se paseó, y se preguntó qué le habría sucedido a ella.
Le había ayudado a escapar, después de todo. ¿La había visto alguien? Al principio había pensado que su huida era una trampa, con qué fin no se lo podía imaginar porque Gatō le podía haber matado en cualquier momento de cualquier modo, pero quizá se le había pasado algo por alto.
Pero no había ocurrido nada, y pronto había encontrado a sus hombres. ¿Qué le había ocurrido a ella? ¿Había sufrido por ayudarle? Gatō no era suave con las mujeres en el mejor de los casos. Si supiera que la muchacha había dejado escapar a Naruto, la mataría.
Aunque nadie la hubiera visto ayudándole, a estas horas Gatō la habría llevado a su inmunda cama, y la habría usado cruelmente.
Naruto hizo rechinar sus dientes. El pensamiento de ese cuerpo delicado, de piel fina yaciendo bajo Gatō le enfureció. Conduciría a sus hombres y cabalgaría sobre el torreón Hay, la sacaría de esa pocilga, cuidaría de ella, y con gentileza se ganaría su confianza y haría que respondiese otra vez a él.
La puerta comenzó a chirriar abriéndose lentamente. Naruto giró, agarrando de forma automática su espada, la mujer olvidada mientras equilibraba su peso en sus pies desnudos e iniciaba la letal oscilación de la espada.
Unos límpidos ojos perlas se asomaron por la puerta. Destellaron ensanchados por la alarma mientras veía al guerrero desnudo y la espada brillante silbando hacia ella, pero no gritó. En cambio se agachó rápidamente, dejándose caer al suelo, y en la última décima de segundo Naruto desvió su blanco a fin de que la espada se clavara profundamente en el marco de la puerta apenas por encima de donde había estado su cabeza.
Maldiciendo cruelmente en todos los idiomas que conocía, Naruto sacó la espada de la madera y se inclinó, agarrándola del brazo y metiéndola a rastras sobre su trasero en la recámara.
Ella se quedó sin aliento, y entonces de algún modo se soltó de su agarre, y comenzó a darle patadas. Un pie delicado se enredó detrás de su tobillo, el otro pie le pateó con fuerza en la rodilla, y él se cayó al suelo de espaldas. Su cuerpo reaccionó incluso antes de haber aterrizado, fluyendo en el momento, doblándose, rodando, y con un salto ágil hacia atrás volvió a ponerse de pie perfectamente equilibrado, espada en mano.
Ella estaba todavía sentada en el suelo, mirándole furiosamente, con las faldas por encima de las rodillas. Él la miró con furia en silencio por un momento, luego con movimientos muy deliberados caminó hacia la mesa y depositó la espada sobre ella. Con calma envolvió el tartán en torno a sus caderas y giró para enfrentarse a ella.
Ella no se había movido. Levantó su mirada hasta la de él, y con satisfacción primitiva él se dio cuenta donde había estado mirando ella.
—Si deseabais ver mi trasero, no tendríais más que haberlo pedido —dijo bastante suavemente, considerando que estaba tan furioso con ella por hacer que casi la matera, que sus manos le dolía por las ganas de darle una buena sacudida. Se acercó a ella, cerrando primero la puerta de un golpe y poniendo la barra en lugar, luego se inclinó y tiró de ella hasta ponerla de pie, manteniéndola delante de él—. Ahora. ¿Cómo demonios hicisteis para llegar aquí?
—Robé a un caballo y cabalgué —contestó ella, levantando la barbilla.
Sus cejas se arquearon.
—Así es que habláis inglés además de latín. ¿Qué otros talentos tenéis?
—Francés —dijo ella fácilmente—. Y griego.
—Luego podemos conversar en cualquier de los cuatro idiomas — comentó él en francés, como para probarla—. Así pues, no debería haber malentendidos entre nosotros.
—No, no debería haberlos — dijo ella en la misma lengua. Él volvió al inglés.
—Entonces quizá me diréis ahora cómo burlasteis a mis guardias y llegáis a estar en mi castillo, en mi dormitorio —ella cuadró sus hombros, de cara a él tan firmemente como si él no fuera más de treinta centímetros más alto y pesase con facilidad el doble que ella.
—Te liberé de la mazmorra de Gatō — declaró ella—. Estoy sola, y no tengo hogar. Llegué a pediros refugio.
—Ah —Su voz era suave—. Me habéis dicho el por qué, pero lo que os pregunté fue el cómo.
—Entré con las prostitutas, y me escondí. —Él hizo rechinar sus dientes.
—¿Y nadie os vio? ¿Os preguntó vuestra razón para estar aquí?
—Os lo dije, vine con las prostitutas. Mi razón parecía lo suficientemente obvia, dada la forma en que estoy vestida —con su mano indicó la prenda delgada de algodón que llevó puesta, los cordones aflojados, la sombra de sus pequeños pezones oscuros contra la tela. Su pelo corría liso hacia abajo por su espalda, colgando debajo de sus caderas.
A pesar de toda la provocación de su atavío, nadie con ojos la debería haber confundido con una ramera. No se parecía en nada a una de ellas. Su piel era demasiado fina, sus manos suaves y mimadas. No había ninguna vulgaridad en su discurso o su conducta. Acordándose de su respuesta abrasadora hacia él, pensó que era una mujer que había sido bien amada, no bien usada. Pero esa noche en la mazmorra sus ojos habían sido feroces con la excitación, su conciencia de él lisa y llana en la cara. Esta noche ella estaba a la defensiva, cautelosa, a pesar de la forma en que había mirado su desnudez.
Había profundidades y sombras en sus ojos que le hicieron preguntarse lo que ella había dejado sin decir. ¿Una sencilla petición de refugio? No. Le había vigilado durante meses, causó su captura, y luego convenientemente le rescató de la mazmorra. Debía haber un propósito más profundo detrás de sus acciones, y él sabía que no podía arriesgarse confiando en ella.
Su cuerpo palpitaba. Quería lanzarla encima de la cama y hundirse en ella. Lo quería con una fiereza que anudaba sus entrañas. Sabía como era, sabía cómo se sentía ella debajo de él, cómo gemía con esa presa pequeña en su garganta a medida que él lentamente introducía toda su longitud hinchada en ella. Lo sabía con su mente. Quería saberlo con su carne.
Pero porque la deseaba tan violentamente, no se atrevía a relajar su guardia.
Quitó la tranca a la puerta y la abrió, gritando a voz en cuello el nombre de Asuma, luego permaneció en pie observándola mientras el castillo entero se despertaba y en las escaleras retumbaba el ruido de pies corriendo. Asuma llegó jadeando, agarrando firmemente su espada, y detrás de él había diez hombres más.
—¿Sí? — Asuma luchó por respirar, aliviado viendo a Naruto de pie allí ileso y aparentemente tranquilo.
Naruto abrió la puerta más, permitiéndoles ver a la mujer de pie en la mitad de su dormitorio.
—Métela en una recámara y sitúa a dos guardias en la puerta. Si no podéis mantenerla fuera, entonces quizá podáis impedirle que salga — Asuma la miró estúpidamente.
—¿Qué? —Luego se recuperó y la agarró del brazo.
—Ten cuidado con sus pies —aconsejó Naruto, haciéndose a un lado para que Asuma la pudiese sacar de la cámara.
Ella se dejó sacar con bastante facilidad, aunque le asestó una mirada larga, tranquila sobre su hombro. Los guardias la empujaron a la alcoba pequeña al lado de la de él y la encerraron, luego dos de ellos tomaron posiciones a cada lado de la puerta.
La cámara era oscura y fría. La única luz era un trocito tenue de luz de estrellas que llegaba a través de la ventana estrecha, cortada en forma de cruz.
Hinata anduvo a tientas alrededor, buscando una vela y pedernal, pero no encontró nada. Si hubiera conservado su bolsa con ella, podría haber encendido una cerilla y podría haber examinado brevemente su entorno, pero había pensado que era más seguro dejar la bolsa escondida.
El aposento estaba sin amueblar. Ni siquiera había juncos en el suelo de piedra. Se le puso la piel de gallina, y se frotó los brazos.
De improviso la puerta fue abierta, golpeando contra el muro. Uno de los guardias le dio una vela encendida que llevaba en una mano y un tartán grueso que llevaba en la otra. Sin decir palabra cerró la puerta otra vez, y ella oyó la llave maciza girando en la cerradura.
Dejó caer el tartán sobre el suelo y cuidadosamente protegió la vela titilante con su mano mientras lo colocaba sobre suelo. Miró alrededor. La cámara era pequeña, vacía, pero ya había percibido eso.
Al menos tenía luz, y un tartán para mantenerse caliente. Estaba en Creag Dhu. Suspirando, se abrigó en el tartán y se acostó en el suelo duro.
Las cosas podían haber sido peores.
Continuará...
