Trigésimo cuarto
Tal vez el espléndido sol que irradiaba en lo alto del cielo de Lima, no hacía honores al frío que azotaba sus calles. Pero éste no era excusa suficiente para hacer lo que estaba haciendo, a la intemperie.
El primer día del año es para empezar una nueva vida. Para dejar atrás todo lo malo que te había sucedido en el anterior, y tomar con fuerzas un nuevo camino. O tal vez continuar el que ya habías emprendido, sin dejar que los obstáculos se interpusieran en el trayecto.
Demasiados pensamientos profundos, sí. Demasiada intensidad para una sencilla y simple tarea que me había propuesto en aquel día. Demasiado quebradero de cabeza cuando ya me había propuesto no volver a rompérmela.
Seguía pensando que tener 25 años me permitía tomarme la vida con algo de inconsciencia aún, que no tenía por qué madurar de manera definitiva tan pronto. Sin embargo, tomé la decisión de hacerlo. Y la tomé cuando el reloj marcó las 00:00 am del nuevo año. Cuando tuve la oportunidad de desprenderme, al menos psíquicamente, de toda la angustia que me había estado martirizando durante los últimos meses.
Era una nueva persona. Juro que jamás en mi vida me sentí tan bien conmigo misma. Tan en paz y en calma como en aquella primera mañana del año nuevo. Y aunque muy en el fondo seguía pensando en ella, ya ni siquiera sentía que me quedase sin respiración, o las lágrimas quisieran salir son control alguno de mis ojos.
De nada servían los lamentos. Ella había empezado una nueva vida, y no quería que yo estuviese en ella. Por lo tanto, yo debía hacer lo mismo, y empezar de nuevo.
Eso sí. Tal vez había entrado un nuevo año, pero había cosas que seguían igual en mi vida, y no iban a tardar en recordármelo. De hecho, apenas eran las 10 de la mañana cuando sonó mi teléfono y yo atendí como pude.
—Hola.
—¿Hola? ¿Un simple hola?
—¿Qué?
—Rachel, que tal un Feliz año nuevo, Kurt. ¿Qué tal lo has pasado? ¿Cómo te va todo? ¿Sigue en pie nuestro apartamento o Santana lo ha destrozado?
—Feliz año nuevo, Kurt —respondí si dejar de manchar mis manos con la tierra.
—¿Qué te pasa? ¿Estás de resaca?
—No, estoy de jardinera —le respondí manteniendo el teléfono sobre mi hombro, para poder seguir con mi tarea—. Siento mi falta de euforia, pero acabo de encontrarme con varias lombrices de tierra, y te juro que he estado a punto de vomitar. He destrozado una con mi pala. ¿Sabes lo que es ver ese bicho cortado por la mitad y pegada a la pala? Creo que jamás en mi vida he golpeado tanto el suelo como hoy. Apuesto a que el Señor Fairbanks piensa que estaba asesinando a alguien.
—¿Qué? ¿Una lombriz? ¿De jardinera? ¿El 1 de enero a las 10 de la mañana? ¿Estás loca?
Completamente, jodidamente, irremediablemente loca. Sí, lo estaba. Y no entendí por qué me lo preguntaba, cuando él ya me conocía de sobra.
—Le prometí a mis padres que les ayudaría a redecorar el jardín. Llevamos una semana quitando malas yerbas, pintando la verja. Ah, ¿y sabes qué? He fabricado un banco con mi padre. No te haces una idea de cómo ha quedado, cuando llegue allí voy a colocar estanterías en el apartamento. Ya se utilizar el trompo... Ahora estoy preparando algunas zonas para que siembren plantas.
—¿De veras? —me cuestionó completamente sorprendido, o al menos eso intuí por su tono de voz—. ¿De verdad estás en el jardín de tu casa, removiendo tierra para plantar flores?
—Sí, y tus absurdas preguntas me están haciendo perder un valioso tiempo. Aunque te advierto que no voy a poder hablar mucho. Mi padre está en el garaje buscando su kit de jardinería.
—¿Y me explicas que es lo que sabes tú de jardinería? ¿Desde cuándo conoces las plantas que…? Oh, perdón —se burló—, olvidé que eras toda una experta en flores.
—No, no —reproché—. Por favor, nada de sarcasmo, nada de indirectas, ni nada de recuerdos que ya están guardados y cerrados —mascullé amenazándolo con la pala, aunque ese gesto él no podía verlo, evidentemente—. No tengo tiempo de reproches o burlas.
—Hey, hey, tranquila —me interrumpió—, es solo que me parece realmente surrealista que estés haciendo eso, después de todo lo que te ha pasado con la florista.
—No me ha pasado nada con ninguna florista —respondí de nuevo un poco más molesta. Habían pasado casi 20 días, y en la última semana yo ya había dejado de pensar en ella, o al menos casi. No tenía necesidad de tener que soportar sus burlas y que volviese a recordármela—. Estamos a 1 de enero, es año nuevo y por lo tanto vida nueva —añadí—. Así que he decidido olvidar lo malo que viví, para llenar ese hueco con nuevas experiencias, como plantar todo un jardín de flores.
Perfecto, precioso, el sermón más bonito que podía darle a alguien que se preocupaba por mi estado, aunque lo hiciera con indirectas rebosantes de sarcasmo. Era tan clara y concisa mi explicación, que incluso yo me sorprendí al ser capaz de darla. Sin embargo, eso no significaba que lo que estaba diciendo, fuese cierto.
Bueno, sí lo era. Era cierto que había logrado no pensar en ella en los últimos días, más que cuando me metía en mi cama y volvía a contemplar el cielo lleno de estrellas. Pero no tenía nada que ver con la angustia que me provocaba al principio, y de las mentiras que decía casi sin pensar. De esas que ya incluso yo terminaba creyendo.
Aunque lo cierto es que aún seguía haciéndolo. Aún seguía mintiendo, aunque esta vez solo fuese para evitar las preocupaciones de quien más me quieren.
No se lo reproché porque era mi padre, y tras el fracaso instantáneo de mi gran idea después de su consejo, decidí mentirle, como había hecho con todo el mundo. Para él, ya había vuelto a hablar con Quinn. Bueno, no hablar, pero si había recibido un mensaje en el que me informaba que todo estaba bien, y que no me preocupase.
Por supuesto era mentira. Quinn no se dignó a responder ninguno de mis mensajes, a pesar de que la notificación de haberlos recibido se mostraba firme en la pantalla de mi teléfono.
No quería hacerlo. No había otra explicación a aquel comportamiento, y a pesar de la extraña y molesta sensación que tenía por su actitud, no podía reprocharle nada. Como tampoco podía evitar creer que todo había acabado de veras. Que Quinn había decidido aceptar mi petición, y se alejaba de mí por el bien de ambas, y de Santana. Que mi escueta nota en su cama solo sirvió de despedida, de las que ya no tienen vuelta de hoja y no se replican.
Y aunque aquella actitud pasiva y de absoluta ignorancia hacia mi persona era algo que jamás imaginé en ella, no podía evitar pensar que así estaba sucediendo. Y debía aceptarlo y respetarlo.
Yo solo quería hacerle ver que seguía a su lado, a pesar de todo. Y también por supuesto saber cómo se encontraba. Pero si Quinn se negaba a responderme, yo me negaba a llamarla sin haber recibido antes alguna respuesta a todos aquellos mensajes.
Dos cabezotas, dos testarudas y obcecadas. Sin embargo, solo yo dejé a un lado mi orgullo en un momento tan delicado como aquel, y di un paso al frente, mientras ella seguía en su guarida. En su acorazada e inglesa guarida que solo las chicas de Brighton son capaces de crear a su alrededor, cuando algo no va como ellas quieren. Al menos yo ya me sentía mejor, y mucho más tranquila y sosegada.
—Año nuevo, vida nueva —dijo él—.Y qué mejor que comienzo que hacerlo creando vida en un jardín. ¿No es cierto?
—Así es —respondí yo—. Soy especial, ya lo sabes.
—Cierto, debería estar acostumbrado a tus excentricidades. No tengo ni idea de lo que serás capaz de hacer cuando seas una de esas estrellitas que se creen el centro del universo.
—No te haces una idea —dejé que la broma me relajase.
—Espero que tengas el libreto de Dorothy perfectamente memorizado, y estés aprovechando los días allí. Debes estar muy aburrida.
—Estoy perfectamente —repliqué—, y tranquilo, no pienso salir del teatro sin ese papel entre mis manos. Así que puedes empezar a prepararte. Seré una excéntrica mucho antes de lo que imaginas.
—Y yo te asesoraré en moda. Porque no me fio de ti y tu gusto por…
—¿Qué quieres? —le interrumpí— ¿Me has llamado para felicitarme el año o para criticar mi exquisito gusto con la moda?
—Para ambas cosas —respondió sin perder un ápice del sarcasmo—, pero sobre todo para saber cómo estabas, y preguntarte cuándo vuelves.
—Vuelvo dentro de unos días. La audición es el 6 y tengo que regresar a la cafetería, y a las clases de danza.
—¿Vuelves a la cafetería? ¿Vas a…?
—No le tengo miedo —musité pensando en Santana—. Si me quiere echar, que me eche, pero yo voy a cumplir con mi contrato.
—No creo que te eche. De hecho, me da la sensación de que ni siquiera te va a decir absolutamente nada. Eso sí, dudo que vuelva a hablarte en semanas, o tal vez meses.
—¿Por qué dices eso? Quiero decir, ¿por qué crees que no me va a recriminar nada? —cuestioné un tanto confusa— ¿Le has preguntado si me va a echar?
—No ha sido necesario —dejó escapar una sonrisa que se coló por el auricular del teléfono—. El alcohol hizo que anoche fuese ella quien me buscase, y se desahogara.
—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué te dijo?
—Me dijo que estaba arrepentida de lo que había hecho, que te la había jugado, y fue una estúpida. Pero que tú te lo habías merecido. Al parecer, fue, fue Emma quien le contó que te había visto con Quinn haciéndote fotos en un fotomatón, y luego os vio en el metro besándoos, o algo así. No lo sé.
—Oh dios…
—Tal vez haya tenido la intención de joderte un poco, o bastante —continuó—, ya sabes que es bastante envidiosa y no soporta que alguien la supere, y menos que lo hagan en el tema de chicas. Pero está claro que se arrepiente. Estoy segura que cuando vuelvas podréis hablar y aclarar todo.
—¿Me estás diciendo que Santana estaba más preocupada por fastidiarme a mí, que por lograr algo con Quinn? —cuestioné con la intención de asegurar que mis pensamientos no eran erróneos.
—Mmm, bueno, supongo que Santana sentirá algo por Quinn, pero evidentemente no es tan especial, como lo que tú sientes. O al menos lo sobrelleva demasiado bien. De hecho ¿Recuerdas a la positiva? La chica que no paraba de decir sí a todo lo que Santana parecía hacerle en su habitación.
—Ya, ya sé a qué te refieres —le interrumpí— ¿Qué sucede con ella?
—Ha vuelto, anoche estuvo con ella y aún siguen juntas en la habitación. De hecho, yo estoy hablando así de bajito por si acaso me escucha.
—¿Qué? ¿De verdad? —pregunté más sorprendida que confusa.
¿Cómo era capaz? ¿Cómo había sido capaz de hacerme algo así? ¿Cómo podía acostarse con cualquier chica cuando se suponía que estaba enamorada de Quinn? Yo ni siquiera pude soportar a Brian a mi lado cuando intentó besarme porque mi mente no paraba de imaginarla a ella, y me provocaba náuseas engañar a mi corazón. ¿Cómo tenía esa capacidad? ¿Por qué Emma había tenido que abrir su bocaza? ¿Cómo había podido ser tan hija de…?
—¿Rachel? ¿¡Tienes la bolsa de abono!? —me interrumpió de nuevo, pero no era Kurt a través del teléfono, si no mi padre, que parecía haber encontrado todo lo necesario para continuar con nuestra tarea.
—Sí, papá, está aquí.
—¿Qué? —me cuestionó Kurt tras escuchar la conversación.
—Kurt, tengo que dejarte, mi padre está aquí y no sabe nada —susurré—. Te llamo más tarde y hablamos con calma. ¿De acuerdo?
—Ok, aunque es probable que esté fuera con Blaine. Avísame. ¿De acuerdo?
Por supuesto que le iba a avisar, y eso le dije antes de despedirme de él y terminar la llamada.
No iba a dejar pasar la oportunidad de enterarme de todo, absolutamente todo lo que Santana había dicho o hecho en mi ausencia. Pero sobre todo quería saber que sentía de verdad hacia Quinn, porque esa era la clave, el punto que me llevó a tomar la decisión de alejarme y pedirle que hiciera lo mismo conmigo.
No obstante, era algo masoquista querer saber con precisión aquello cuando ya me había jurado y prometido que no volvería a hacer nada por ella. No después de que ignorase todos y cada uno de los mensajes que le envié, y que recibió. Y lo cierto es que ahora si podía entenderla.
Ni siquiera le di la oportunidad de explicarse, y mucho menos el beneficio de la duda. Quinn era solo la víctima de toda la guerra que Santana y yo armamos. Tenía justificado el no querer volver a verme, por mucho que a mí me doliese.
Y, por si fuera poco, el karma aquella mañana me iba a dar otra de sus bofetadas. De esas que te dejan marcada para siempre.
—Tengo las semillas. Tu padre las había guardado en el altillo del garaje. No sé qué pretendía con dejarlas allí, he estado a punto de caerme con las escalerillas.
—¿No vamos a esperar a que él regrese? —le pregunté tras volver a guardar el teléfono en el bolsillo de los pantalones que Leroy me había dejado. Eran tan grandes y con tantos bolsillos, que me sentía ridícula aún estado a solas en el jardín.
—Dudo que pueda regresar hasta la noche. Además, a él todas estas cosas no le gustan demasiado. Supongo que le haremos un favor si lo hacemos tú y yo.
—Ok, pero luego que no me recrimine nada, que seguro que me echa a mí las culpas —bromeé.
—Hiram es un testarudo. Tú tranquila, que yo te cubro —me guiñó el ojo—. ¿Con quién hablabas?
—Con Kurt. Me ha llamado para felicitarme el año.
—Oh. ¿Por qué no me has dejado saludarle?
—Tenía prisa —jodida mentirosa, me recriminé a mí misma y traté de cambiar de conversación—. He limpiado toda esa zona. ¿Crees que ahora podemos plantar esas semillas? ¿No se fastidiarán con el frío? No creo que enero sea una buena época para…
—Rosales —me interrumpió él sacando varias bolsitas con las semillas—. Los he traído de todos los colores. El chico de la floristería me dijo que se podían sembrar ya, y que florecerán en primavera. También me ha dado Albahaca, Flores trepadoras, Ipomea no sé qué, y Tulipanes, aunque me ha dicho que los Tulipanes es poco probable que puedan aguantar. Que lo mejor es que tratemos de plantarlos en algún sitio más protegido.
—Ok. ¿Y éstas? —pregunté observando una pequeña bolsita que no tenía nombre alguno— ¿Qué son?
—¡Ah, esas! —exclamó como si acabara de recordar que también contaba con aquellas pequeñas semillas—. Esas no sé cómo se llaman, pero al parecer son muy bonitas y agradables.
—¿Y por qué no le has preguntado el nombre? Papá, hay que saber el nombre, si no pierde la gracia —le recriminé.
—Sí, sí que le pregunté —masculló al tiempo que se centraba en la franja de tierra que yo había preparado junto a la valla que separaba nuestro jardín, del de la familia Fairbanks. —. Pero tienen un nombre extraño. No sé, Myo… Myo…
—Myosotis.
Ni siquiera sé cómo fui capaz de pronunciarla. De hecho, no fui consciente de que lo hacía y mi padre me cuestionaba sorprendido por mi capacidad y conocimiento sobre flores.
No. Nada de conocimientos. Yo no sabía nada acerca de flores más lo que había tenido oportunidad de aprender gracias a Quinn. Y aquella planta entraba dentro de las que más me habían impactado, y mejor recuerdo me dejó.
Es curioso. Nunca había oído hablar de aquella flor hasta que conocí a Quinn, y ahora estaba a punto de plantar todo un jardín de ellas.
—¿La conoces? —preguntó al notar mi mutismo.
—Es, es, la flor de Nomeolvides —musité sin dejar de observar las pequeñas semillas —. Son, son muy bonitas y…
—¿Nomeolvides? —repitió más confuso aún— ¿Se llaman así?
—No, bueno, se las conoce así. Hay una leyenda acerca de estas flores. Dicen, dicen que un dios, bueno Alá, obligó a uno de sus ángeles a plantarlas por todo el mundo, por la montaña más alta, por el valle más profundo, y el bosque más frondoso. Y lo obligó a ello porque se había enamorado de una mujer, y no iba a permitirles que estuvieran juntos en el paraíso a menos que hiciese aquello— relaté sin siquiera alzar la mirada. Aquella historia se había grabado en mi memoria como cualquier canción de Barbra Streisand. Era imposible no recordarla cuando era Quinn quien te había incitado a descubrir el significado de la misma.
—¿Y lo consiguió? —me preguntó curioso.
—Eh, la mujer fue a ayudarle y eso, eso conmovió a Alá —lo miré a los ojos—, así que la hizo inmortal a ella para que ambos pudiesen entrar en el paraíso.
—Guau, es, es una historia muy bonita, y surrealista, pero hermosa.
Lo es. Lo era. Lo será.
No sé lo que me sucedió, aunque el motivo era más que evidente, pero sentí como el corazón volvía a darme un vuelco. Como aquel nudo que hacía ya casi dos semanas había dejado de sentir, regresaba a mi pecho y me asfixiaba.
¿De verdad lograba provocarme todas aquellas sensaciones, aun estando molesta con ella? ¿De verdad conseguía emocionarme con una historia sólo porque ella la conocía, y me había ayudado a descubrirla? ¿Tan loca estaba? No tenía ni idea de por qué volvía a sentirme así, tan frágil y vulnerable, y las únicas respuestas que hallaba no me gustaban en absoluto.
Quinn me pidió que no la olvidase con aquella flor, y ahora estaba a punto de llenar todo un jardín de ellas. Como si mi padre fuese ese Dios que castigaba a ello, y yo el ángel enamorado de la hermosa mujer mortal.
No me olvides quiso decirme, y ahora ni siquiera me respondía a un estúpido mensaje. Y dolía. Eso dolía mucho, demasiado como para lograr que las lágrimas no volvieran a caer por mis mejillas.
—¿Rachel? ¿Estás bien?
Lógico que mi padre se preocupase al verme bajar la mirada y descubrir como empezaba a llorar sin más. Sin embargo, fui rápida en reaccionar.
—Me, me ha entrado algo en los ojos —me excusé patéticamente, y sin más solté la bolsa con las semillas, y hui directa hacia el interior de la casa.
—¡Hija!
—Voy a lavarme, ahora vuelvo —respondí tratando de evitar que me siguiese y descubriese que mis lágrimas, nada tenían que ver con algún pequeño incidente. Aunque mi respuesta esta vez no fue una mentira. De hecho, fui directa a colarme en el baño, donde no tardé en abrir el grifo y mojar mi rostro con el agua helada.
Daba igual. No importaba que mi piel se volviese rojiza por la frialdad, ni que se tensara tanto que incluso llegase a doler. Cualquier cosa, con tal de eliminar las lágrimas y la amarga sensación que sentía. Cualquier cosa como observarme durante varios minutos en el espejo, y volver a las andadas.
Ni siquiera lo pensé. Tras secar mis manos y mi cara, saqué el teléfono que guardaba en el bolsillo y me lancé al vacío. Y sí. Era como lanzarse al vacío porque ni siquiera sabía lo que le iba a decir, siempre y cuando tuviese la decencia de aceptar mi llamada.
Ni siquiera me tembló el pulso al buscar su número, y deslizar mi dedo sobre la tecla que enviaba la señal y comenzaba la llamada. No un mensaje, sino una llamada. Una llamada de voz. Una llamada que ni siquiera se produjo porque una estúpida y repipi voz la detuvo.
El teléfono que ha marcado, está apagado. Si quiere dejar su mensaje, hable después de la señal.
—¿Quinn? Hola. Soy, soy Rachel. Eh, he estado tratando de comunicarme contigo, pero veo que tú no estás por la labor. Te he dejado —no pude continuar porque un pequeño pitido me cortó, y me indicaba que mi tiempo había acabado. Pero no me importó. Volví a marcar y esperé a que la chica me dijese que podía volver a hablar—. Ho, hola, soy yo otra vez, Rachel. Se, se ha cortado y no me ha dado tiempo de explicarte lo que… ¡Joder! —de nuevo el pitido y mi desesperación rompiéndose en mil pedazos, o mejor dicho estallando. Volví a marcar— Quinn, no tengo tiempo, por favor respóndeme. Necesito hablar contigo, es, es urgente. Ya sé que no le dijiste nada a Santana y… ¡Mierda!...Uhhh ¡Dios! —Desesperación y rabia. Rabia, tanta rabia que empezaba a temblar y la idea de lanzar el teléfono al wáter ya rondaba por mi mente —. Quinn —volví a intentarlo tras llamar de nuevo—. Llámame, por favor. Llámame o escríbeme, pero hazlo por favor, es… —Ni siquiera me quejé. Después de tres llamadas sabía que aquel mensaje no duraba más de 10 segundos, y automáticamente volví a repetir la acción para continuar hablando—, es urgente, necesito decirte que… —cuatro segundos. Mantuve el silencio por cuatro segundos tras ser consciente de lo que estaba a punto de decir y mi tiempo se acabó. Pero no mi obsesión y mi locura transitoria. Así que volví a marcar, esta vez con calma y con aquellas dos palabras asomándose a mis labios. Cerré los ojos y esperé a que la chica me indicase que tenía que dejar mi mensaje después de la señal. No obstante, hacia escasos 6 días que estuve a punto de escribírselo en el mensaje, pero luego me arrepentí y lo deseché. En aquel momento no lo iba a hacer. Estaba decidida a soltarlo y dejar que lo que tuviese que pasar, sucediera—. Te quiero —susurré cuando escuché el sonido, pero esta vez no fue un pitido el que me alertó, sino una voz.
La función para dejar su mensaje ha sido cancelada. Por favor, vuelva a intentarlo cuando se reactive, o póngase en contacto con su tele operadora. Que tenga un buen día.
¿Un buen día? Repetí tras escuchar como la llamada se cortaba y mi confusión aumentaba mucho más.
¿Qué diablos fue aquello? ¿Acababan de bloquearme o algo por el estilo? ¿Dónde estaba Quinn? ¿Ni siquiera me iba a permitir dejarle un mensaje? No. No estaba dispuesta a que todo quedase así, porque en aquel instante mi locura transitoria me hacía actuar por impulso y sin pensar. Y eso hice. Reaccioné todo lo rápido que pude, y lo hice porque ya empezaba a escuchar a mi padre reclamándome desde el jardín.
—¡Si! ¡Ya voy! —le grité al tiempo que buscaba el teléfono de su casa. El del apartamento de su abuela que aún seguía guardado en mi agenda, y que debía acabar con todas mis dudas. Y por supuesto, no tardé en llamar.
Un tono
Dos tonos
Tres tonos.
