Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18


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Capítulo 22:

Revelaciones

"Tarde o temprano, las luces se encienden allá arriba

(…) He estado aquí demasiado tiempo y no quiero esperar

Vuela como una bala de cañón directo a mi alma

Hazme pedazos y hazme sentir completo

Estoy dispuesto a luchar por eso

Sentir algo nuevo

Para saber cómo es estar compartiendo un lugar contigo

Cae sobre mí

Con los brazos abiertos…"

Bella tragó, temblando de pies a cabeza. Sabía que debía decir algo, pero estaba tan impactada con cada palabra de Edward, que sus labios no se movían.

Apenas podía respirar.

Edward seguía con la rodilla pegada al suelo, temeroso de que no tuviera una respuesta clara. ¿Se había apresurado mucho? Quizá sí, ¡si hace tan pocos días Jacob había llegado a joderles el momento! Posiblemente no dejaba de recordar aquellos momentos en que solo sufrió por su matrimonio y…

—Edward —gimió ella, llamando la atención de todos—. Claro que sí, por supuesto que quiero casarme contigo y ser tu esposa.

El doctor botó el aire mientras la veía llorar y se levantó para abrazarla y besarla de manera apasionada. Era una respuesta que no consideraba obvia, no de ella, de su profundo y hermoso amor. Bella lo agarró desde el cuello, sin querer soltarlo nunca, y finalmente se cobijó en su pecho, cerrando sus ojos ante toda la emoción que sentía.

—Dame tu mano —le susurró él, sacándole una risita nerviosa.

Cuando se la tomó, Edward encaminó el anillo de oro por su dedo anular mientras ella se mordía el labio inferior. Era una joya preciosa y nada pretenciosa, lo que significaba mucho más para Bella, porque era como el amor que sentían, real y sencillo. En el instante en el que estuvo ahí, mostrándose con orgullo, arqueó las cejas, sin saber qué más decir. Seguía sorprendida.

—Te amo —dijo Edward—. Siempre lo haré.

Bella se limpió las mejillas y le acarició las mejillas mientras todos sus amigos y sus familias aplaudían.

—¡Sí! —gritaron los mellizos, llamando su atención.

Ambos se separaron para tomar uno cada uno entre sus brazos y abrazarlos con fervor.

—Prometo que siempre estaré para ustedes —aseguró, mirando a los pequeños con una sonrisa—. Soy su mamá y me tendrán toda la vida. Y tú. —Miró a Edward—, también, toda la vida. Pero lo más importante es que cuidaré de su papá y lo amaré y respetaré siempre, ¿de acuerdo?

Él le dio un último beso, para luego permitir que todos los demás se acercaran a felicitar a la comprometida pareja. Todos estaban francamente felices pero el más emocional era Charlie, que no dejaba de llorar.

—Ya, papá, no llores —le pidió—. Cuando…

—Sí, no lloré cuando ese estúpido… Tú sabes bien que cuando veo a Edward sé que te perdí.

—No me has perdido, papá.

Él se pasaba las manos por las mejillas para quitarse las lágrimas, pero sus ojos seguían llorando.

—Creí que cuando volvías a casa podría retomar lo que éramos antes de que te fueras —musitó—. Pero Manos Largas te encontró en el camino y te enamoró.

Los dos se rieron y Edward le besó los cabellos a su futura esposa.

—¿Y sabes? Soy muy feliz de que seas tú quien me la haya robado —aseguró el hombre.

Renée sonreía mientras se abrazaban.

—Los hijos son prestados, Charlie, además, ahora tenemos nietos, no lo olvides —le recordó.

Todos miraron a los mellizos, convertidos en la adoración de todos los presentes, pero eran los favoritos para los nuevos abuelos Swan.

—¡Abuelito! ¡Mida! —Ava le llevaba una gorra de policía de uno de los disfraces—. Como tú.

Charlie levantó las cejas, la tomó entre sus brazos y la sentó en sus hombros para seguir un recorrido entre risas. Renée tomó a Noah y antes de irse para unirse a la felicidad, miró a Edward con amor de madre y le dio un beso en la frente.

—Llegaste a cambiar el mundo de mi hija y también el nuestro. Gracias.

Edward se emocionó, sintiendo que él también había ganado más de lo que cualquier hombre podría en el mundo. De solo sentir a Bella a su lado, de saber que se hacían felices mutuamente y que tenían un amor incandescente en su interior, dispuestos a compartirse, lo mejoraba todo.

—Te ganaste a mis padres antes de siquiera intentarlo —le aseguró Bella, abrazándolo desde la cintura.

—¿Debo llamarlos papá y mamá?

Ella hizo una mueca incómoda y él se puso a reír.

—Estoy bromeando.

—Pero mira qué lindos se ven —dijo Esme, yendo con Carlisle a felicitarlos.

Se abrazaron de forma calurosa mientras Emmett y Rose se acercaban a los recién comprometidos desde caminos separados, pero estrechándose sin remedio. Ambos se miraron, sin embargo se dedicaron en Edward y Bella para olvidar la incomodidad de aquellas repasadas llena de mensajes que no eran capaces de profundizar.

—Al fin has encontrado a alguien que te aguante —molestó Emmett, restregándole el puño en la cabeza a su hermano mayor.

—No lo aguanto, lo amo —afirmó Bella.

—No mientas, cuñadita, asume que el más guapo soy yo.

Carlisle le dio una palmada en la nuca al menor.

—Ay. —Se sobó.

—Pues tendré que desilusionarte, porque para mí Edward es el rey de mis sueños —aseguró la novia.

Rose puso los ojos en blanco.

—Son tan cursis —dijo.

Le besó la mejilla a su mejor amiga y le deseó que desde aquí hacia adelante tuviera dicha y felicidad, lo merecía más que nadie.

Cuando se separaron para dejar que los demás siguieran felicitándolos, Rose y Emmett se dieron nuevamente miradas sin respuesta, las suficientes para que los nervios hicieran su aparición.

—Hola —saludó él, con ambas manos en los bolsillos.

—Hola —respondió la mujer, algo nerviosa—. ¿Feliz por el compromiso de tu hermano?

—Claro que sí, me gusta verlo feliz. ¿La pequeña…?

—¿Mi hija? —preguntó Rosalie.

Emmett asintió.

—Está por aquí. Te ha estado extrañando.

—También yo —afirmó.

Ellos se miraron una vez más, como si quisieran decirse "yo también te he extrañado". Aun así, no fueron capaces de hablar al respecto… Aunque Rose quiso hacerlo cuando ya era demasiado tarde.

—Oh, discúlpame —dijo Emmett—. Tengo una llamada.

Se le asomó una sonrisa queda al ver que era su colega, la Dra. Clearwater, la chica con la que estaba comenzando a salir desde que se había dado por vencido respecto a Rosalie.

—Leah, preciosa, ¿cómo estás? —le preguntó, alejándose de la rubia con todo el dolor en su corazón.

Cuando Rose terminó por escuchar eso, solo pudo apretar los párpados para no ponerse a llorar como una pequeña caprichosa a la que le habían quitado lo más preciado de su vida. Emmett no merecía eso y ella lo tenía claro, debió darle importancia a lo que tenían cuando aún no era demasiado tarde.

La tarde había pasado de manera gloriosa para los futuros novios. Si bien, ellos estaban dichosos de poder compartir con quienes más amaban, deseaban poder estar a solas. Así que, para disfrutar de la noche, Charlie y Renée se llevaron a los mellizos y les dieron la noche libre.

Bella se estaba preparando para que su futuro marido la llevara al restaurante más importante de Portland. Él lo que más quería era que tuviera una noche espectacular. Cuando salió y lo vio en su coche, parado delante del Volvo, esperándola con los brazos cruzados y usando un traje despampanante, su sonrisa se hizo visible. Edward alzó la mirada y botó el aire al descubrir que se había puesto un vestido cortísimo y atrevido, rojo pasión, con un escote fantástico en la espalda. Por poco tuvo una reacción indecorosa entre las piernas.

—No puedo creer la inmensa mujer que tengo adelante —susurró, bobo de amor y deseo.

Ella le ofreció la mano y él se la tomó, besándola en el momento.

—Llévame hasta el fin del mundo —instó.

—Siempre.

El viaje fue rápido, las miradas eran espontáneas entre ellos, sobre todo cuando se trataba de hacerlo en el anillo que sellaba su compromiso. Cuando llegaron al restaurante, Edward ya tenía todo preparado, por lo que solo entregó las llaves del coche y tomó a su novia de la mano, mirándola siempre a los ojos.

—Te amo, cariño —le susurró al oído.

—Bienvenidos —saludó el maître.

Su mesa era una bastante alejada de las demás, junto a la mejor vista del mar. Bella se preguntó cuánto le había costado poder reservarla, dado el hermoso alrededor y la exclusividad de esta.

—Es la veinticinco —dijo él, llamando su atención mientras la sentaba en la silla—. Sé que te gusta ese número y te da mucha paz.

—Edward —susurró ella, asombrada por cómo había pensado en todo para que ella se sintiera cómoda, en especial por su enfermedad.

—Tampoco hay colores verdes ni nada que pueda incomodarte.

Bella arqueó las cejas y le acarició la quijada.

—Haces tanto por mí —musitó—. Tanto…

—Lo hago porque te amo.

Cerró sus ojos cuando fue Edward quien la acarició, tocándola con tal delicadez que se sintió dichosa de ser la receptora de ello.

—No veo el día de casarme contigo.

Ella sonrió.

—Ya estamos un paso adelante.

Se miraron y se rieron juntos.

—Buenas noches. ¿Champagne? —preguntó el garzón, sosteniendo la cubeta entre sus manos.

—¿Puedo beber si estoy tomando medicamentos…?

—Claro que sí —afirmó él con mucha suavidad—. Una copa no hará mal.

Bella se sonrojó y asintió.

—Entonces quiero una, hoy vamos a celebrar.

—Felicidades por el compromiso —dijo el hombre.

Cuando se marchó, Edward volvió a tomar su mano y se la besó. Levantó la copa ante su futura esposa y esperó a que ella también lo hiciera.

—Hoy es uno de los mejores días de mi vida —aseguró—, por eso quiero brindar.

Bella hizo que chocaran los cristales.

—También lo es para mí —afirmó—. Es el comienzo de un gran cambio, pero sé que seré feliz.

Se besaron durante largos segundos, alargando ese dejo de pasión desmedida que siempre los caracterizaba. No dejaban de acariciarse ni de mimarse, estaban tan contentos, que no querían guardarse nada al respecto.

—Me encanta esta combinación —dijo Bella, disfrutando de la extraña mezcla de miel y estofado ahumado.

Edward estaba sorprendido. Llevaba unos días queriendo comer mezclas poco convencionales.

—Prométeme que me harás este tipo de cosas siempre.

—¿Acaso dudas de mí? —inquirió él, dándole besos esporádicos en el dorso de su mano.

—Jamás dudaría de ti.

—Entonces debes estar segura de que tendrás todo, te lo prometo.

Edward estaba fascinado de verla tan relajada. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que ya no estaba utilizando las mismas manías de antes. Podía ser el medicamento o la terapia, pero él lo asociaba a su felicidad. Estaba intentándolo y eso significaba que todo era paz para Isabella. No quiso mencionarle sus logros, aquello la tensaría ante la posibilidad de errar, así que prefirió disfrutar de su espontaneidad y contemplarla como lo hacía, poseso y enamorado.

De pronto, el móvil de Bella vibró dentro de su bolsito.

—Creí que lo había dejado en silencio —susurró ella, contrariada por la interrupción.

—Descuida. Quizá es algo importante —le respondió Edward.

Ella sacó el aparato y miró la pantalla para asegurarse de que no era nada grave, pero grande fue su sorpresa al descubrir que se trataba de nadie más y nadie menos que Lauren.

"Hola, Bella

Sé que soy la última persona de la cual quieres saber.

Aun así, no pierdo nada con intentarlo.

Cuando puedas llámame, ¿sí?

Por favor.

Lauren"

—Mierda —dijo, frunciendo el ceño.

—¿Qué ocurre? —preguntó su doctor, preocupándose.

Bella botó el aire por unos segundos antes de decírselo.

—Lauren —susurró.

Edward no sabía a quién se refería.

—La mujer con la que Jacob me engañó. Era mi amiga —aclaró.

Esta vez, fue él quien frunció el ceño.

—¿Qué planea? —gruñó, muy molesto.

—No lo sé —respondió—. Solo… No entiendo por qué estas personas vuelven a mi vida. No quiero tener que recordar lo que me hicieron otra vez.

Por más que lo intentara, la situación nunca iba a olvidarla. Era difícil de hacerlo. Le habían hecho mucho daño.

—A ambos deberían darle un escarmiento —alzó la voz Edward, encolerizado por incomodar a la mujer que amaba. Ya había sido suficiente con todo lo que le habían hecho. Era tan inaguantable que solo quería explotar.

—No voy a responder a sus requerimientos, no quiero tener que saber de ella o de Jacob…

—Voy a encontrar a ese hijo de puta otra vez y…

—Edward, no —suplicó ella, tomando su mano—. No quiero que eso te enoje y menos aún, que te ensucies las manos otra vez.

Él botó el aire y le dio besos en la frente.

—Recuerda que ya no estás sola y que nadie más permitirá que te humillen como lo hicieron, ¿de acuerdo?

Sonrió.

—De acuerdo. Olvidemos a esas… personas, quiero disfrutar de nuestra noche.

Edward estuvo de acuerdo y le sirvió un poco más de champagne.

—Así será.

Luego de comer los camarones rebosados, Bella se dejó caer en el respaldo de la silla, exhausta de tanto manjar. Estaba fascinada. De fondo, oían al intérprete de violín, quien entonaba diferentes melodías suaves y perfectas para el íntimo ambiente que se vivía. Cerca del postre, el hombre bajó del podio y se posicionó cerca de ellos, no sin antes felicitarlos por su compromiso.

—Esto es para usted —dijo el músico, mirándola con respeto.

Bella contempló a Edward y este sonrió, conocedor de sus atenciones para Ojitos Marrones. Entrelazó sus dedos con los suyos y escucharon juntos la melodía romántica que el músico tenía para ellos.

—Te amo —susurró él, mirándola con atención.

—Y yo te amo a ti —respondió ella, haciendo lo mismo, perdida en su doctor.

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Iban de la mano, a orillas del mar. Todo era risotadas, disfrute, besos y caricias. Habían comido bastante y bebido más de lo habitual; Bella estaba un poco mareada, por lo que apoyaba en su futuro esposo para seguir hacia adelante.

—¿Tienes frío? —preguntó Edward.

Ella temblaba por la brisa marina.

—Un poco…

—Ten. —Se quitó el abrigo y se lo puso encima. Bella olió el perfume y cerró los ojos por unos segundos, sonriendo.

—Nunca me había pegado tan fuerte el champagne —afirmó, sintiendo que todo daba vueltas.

Edward negó y le besó los cabellos.

—Mira qué hermoso se ve el mar —le susurró al oído.

—Me da miedo —confesó.

—Estás conmigo, no pasará nada.

—Por eso no estoy huyendo, sé que estás aquí.

Él paró y le palpó una parte de la arena, para que se sentaran juntos. Bella no tardó en hacerlo, disfrutando de cómo la abrazaba y la pegaba más a su cuerpo.

—El océano es tan profundo —murmuró, sintiendo la tranquilidad de las olas—. Esa profundidad podría asustarnos, ¿sabes? Pero a algunos nos parece inmensamente gratificante, descubrir qué más hay. Eso me pasa contigo.

Bella lo miró.

—Eres la mujer más profunda que conozco, cada día que estoy contigo te conozco un poco más y eso me encanta. Nunca me asusté al ver todo lo que había contigo, porque eres tú.

Los ojos de Isabella se pusieron acuosos. Le sorprendía cada vez que Edward le demostraba, una y otra vez, que era el hombre correcto.

—Eres como el mar, y yo amo el mar.

Ella se rio.

—Dime que esos ojos brillarán siempre, dime que puedo ser parte de toda esa felicidad que emanas…

—Siempre —afirmó Bella—. Siempre serás parte de ella, acompañándome o provocándola.

Edward le regó besos cariñosos por todo el rostro y ellos acabaron dejándose caer en la arena, completamente a solas. Se miraron por varios segundos y luego se besaron de forma apasionada, disfrutando del intenso amor que tenían por el otro.

—Ahora soy feliz —afirmó ella—. Y tú estás aquí.

Edward acarició la tersa piel de sus mejillas.

—No notaste cómo perdías la rutina —susurró él, ya sin poder controlar el hecho de callarlo.

Bella pestañeó.

—Olvidaste usar la derecha para los líquidos y la izquierda para comer. No notaste cómo pasabas por alto varios números que te son incómodos y ni hablar de lo espontánea que fuiste toda la cena.

Ella siguió pestañeando y entonces lloró.

—Hey, lo estás logrando, ¿te das cuenta de lo fuerte que eres?

Asintió y lo abrazó, escondiendo su rostro en su hombro.

—Me tendrás aquí, acompañándote, es tu lucha y cuando me necesites, estaré. Todo estará bien, todo mejorará y esto pasará, ya lo verás.

Bella se limpió las lágrimas y rio, sabiendo que era cierto. Durante toda la cena había olvidado lo que antes la martirizaba.

Hizo que Edward se acostara en la arena y ella lo hizo sobre él, acomodando su cabeza en su pecho. Miraron las estrellas por algunos segundos, manteniendo un silencio muy cómodo y dulce. Fue Bella quien finalmente lo quebró.

—Quiero contarte algo —murmuró, metiendo la mano dentro de su camisa para tocar la piel de su torso.

—Cuéntame lo que quieras.

Ella suspiró de manera larga.

—Todo lo que te conté respecto a mi enfermedad ha sido cierto, pero hay algo que quise obviar porque lo consideraba tonto y… —Puso los labios en línea recta. Edward escuchaba atento—. Mientras ocurría lo de mi abuela, viéndola marchitarse de a poco, fui blanco de muchas burlas en la preparatoria.

Él frunció el ceño.

—Fue después de una fiesta… —Bufó—. A alguien se le ocurrió sacarme una fotografía cuando me emborraché por primera vez. Rose, Alice y Jasper se habían perdido dentro del lugar y fue Jacob quien me encontró, inconsciente. No recuerdo absolutamente nada. —Aclaró su garganta—. Divulgaron una fotografía de mí en ropa interior y eso fue suficiente para que todos me hicieran presa de las burlas y las exclusiones de los demás grupos. Si no hubiera tenido a mis amigos más cercanos… —Se mordió el labio inferior, porque no sabría qué habría pasado si hubiera estado realmente sola.

Edward cerró los ojos por unos segundos, sosegando la rabia.

—No es tonto, es tan válido como todo lo que me has contado —dijo en voz baja.

—Todo se juntó, todo era incontrolable y lo único que sí podía controlar era mi rutina.

Su doctor la abrazó nuevamente, cubriendo su cuerpo con el suyo para hacerla sentir protegida.

—Sé que no puedo controlar todo lo que hago, en la espontaneidad está lo mejor —susurró, corriéndole algunos cabellos de la frente—. Sé todo lo espontáneo que puedas, sácame de mi zona de confort.

—Siempre lo haré —prometió.

Se quedaron juntos en la arena, escuchando el sonido de las olas y de la brisa. Bella estaba en paz de poder terminar por exteriorizar todo lo que cargaba su espalda y Edward de poder ser su apoyo en todo este proceso. Su único propósito era amarla y lo iba a hacer hasta el fin de sus días.

.

Bella se había atrasado para ir a la escuela. Seguía durmiendo tanto que ni siquiera escuchó a Edward intentando despertarla.

—Lo siento tanto —gimió, brincando mientras se ponía los primeros jeans que había encontrado.

—¿Qué pasa, dormilona? —preguntó él, caminando hacia ella para besarla.

Ella cerró los ojos durante largos segundos, olvidándose de cuán tarde iba a llegar a su trabajo.

—Al menos come algo. Ava y Noah llegarán a la guardería con Charlie y Renée.

—¿De verdad? —preguntó, muy sorprendida.

Edward rio.

—Sí. No sabes lo felices que estaban de poder hacerlo.

Bella se emocionó mucho de ver que sus padres se involucraban tanto en la vida de los mellizos.

—Y yo te dejaré como el buen novio que soy. —Le besó la frente, muy apremiante—. Te haré algo y comes en el auto, ¿qué tal?

—Yo feliz —respondió.

Una vez que se puso la blusa y el cardigán, tomó su bolsa y la colgó de su hombro. Edward ya la esperaba en el coche.

—¿Te haré llegar tarde? —preguntó Bella, algo culpable.

—No hay problema. —Le guiñó un ojo.

A medida que iban de camino, Bella recordó que no había tomado sus medicamentos.

—Tranquila. —Edward aprovechó el rojo y sacó las cápsulas.

Ella respiró más relajada y se las tragó con un poco de agua.

—Dios, saben fatal —dijo, a punto de vomitar.

Él frunció el ceño mientras retomaba la marcha.

—¿De verdad?

Bella asintió y siguió sintiendo el sabor amargo en su boca, extrañada porque, bueno, al comienzo no había pasado eso.

—Voy a consultarle a mi madre, ¿bueno?

—Gracias, cariño.

Cuando llegaron a la escuela, Charlie y Renée ya habían dejado a los pequeños. Se veían muy contentos. Ella se despidió de su doctor, queriendo darle un beso profundo a su amado, pero no pudiendo debido a la presión de que alguien la viera besando al padre de uno de sus alumnos.

—Necesito hablar con el director —murmuró, un poco nerviosa—. Hoy llega de sus vacaciones.

Ella sabía que estaba prohibida ese tipo de relaciones.

—Lo sé. —Él le besó la mano—. Te amo.

—Y yo te amo a ti.

Ingresó a la escuela con el corazón desbordado de amor. Aún estaba muy entusiasta por su compromiso, como si volara por los aires.

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Ava y Noah ya estaban en sus sillas, disfrutando de su nueva obra de arte. Bella los observaba con una sonrisa de oreja a oreja, maravillada con cómo mantenían la calma en su actividad.

—Mami —llamó Ava.

A Bella se le apretó el corazón, pues sabía que debía corregirla otra vez.

—Aquí no, cielo —insistió, acariciándole el cabello—. Fuera de aquí soy mamá, ¿bien?

No sabía cómo insistir, era muy difícil.

—Isabella —llamó el director.

No lo veía desde que se había ido y cuando intentaba acudir a su oficina, él estaba ocupado.

Maldición.

—¿Sí?

—Por favor. Venga a mi oficina.

Rose me dio una mirada comprensiva y se quedó en silencio. Caminé junto a él y me senté en la silla, tal como me lo ordenó.

—Bella… Hay rumores de pasillo.

Respiré hondo.

—¿Cuándo planeabas decirme que estabas saliendo con el padre de uno de tus alumnos?

Él no sabía quiénes eran, de eso estaba segura, así como tampoco sabía que iban a casarse.

—Yo… Yo iba a hacerlo, pero…

—Es algo que va contra las normas, Isabella, ¡es imposible que lo pase por alto!

—Lo sé, lo siento.

—Tendré que hablarlo con el concejo. Es una situación muy compleja y no te aseguro nada. Investigaremos lo respectivo.

En cuanto escuchó aquello, todo le comenzó a dar vueltas, incluido el estómago. Hasta le pitaron los oídos.

—¿Isabella? ¿Te sientes bien?

Negó.

Intentó levantarse pero fue peor.

—¿Quieres que llame a alguien?

Volvió a negar.

—¿Necesitas irte?

—Sí. Por favor.

El director suspiró, sabiendo que la noticia la había puesto muy nerviosa.

—Bien. Por favor, haznos saber que estás bien en cuanto estés en tu casa, ¿bueno?

No respondió, sencillamente se fue de la oficina dando trompicones. Seguía teniendo el estómago muy revuelto, por lo que se fue directo hacia una de sus cafeterías favoritas de Forks.

Cuando entró al lugar, no le dio mucha importancia al resto de personas que había dentro. Pidió rápidamente un té con jengibre, temerosa de vomitar. Aun con todo, seguía pensando en lo que le había dicho el director.

Bella estaba sentada en una de las mesas y en la barra había dos hombres que hablaban acaloradamente de algo. No habría puesto atención a ello de no ser porque escuchó su nombre junto a una voz que recordaba muy bien.

Eran Jacob y James.

—¿Vas a hablarme de todo esto justo ahora? Si acepté quedar contigo fue porque quería escuchar las imbecilidades que ibas a decirme. He guardado el secreto por años, Black, no me vengas a decir que has cambiado, porque desde hace años que eso no es así —decía James.

—No necesito que traigas eso a colación, no ahora…

—¿No? ¿Quieres que te recuerde lo que pasó en esa fiesta en la que actuaste como un maldito héroe?

—¡Estaba borracho! —bramó Jacob.

—¡De todas formas abusaste de ella!

—¡Sht! Baja la maldita voz.

Bella había quedado en silencio, perdida en los recuerdos.

—No abusé de ella, solo…

—Le quitaste la ropa y la tocaste, Black. Bella estaba muy borracha, sabías lo que hacías.

—Yo también estaba borracho —se excusó, avergonzado de que fueran a escuchar los que estaban en el lugar.

—He tenido que ver cómo finges ser perfecto ante los ojos de Bella. Te vi abusar de ella, yo mismo tuve las fotografías y me quedé en silencio, viendo cómo difundías unas cuantas para que todos en la preparatoria vieran a la hija del jefe de policía, ¿no es así?

Bella soltó un sollozo, sintiendo cómo le caía el balde de agua fría.

¿Con qué clase de persona había estado durante todo ese tiempo?


Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Como verán, los dos están más que dispuestos a seguir compartiendo su vida juntos, llena de matices, de mejorías y de ganas de amar, sobre todo a sus pequeños mellizos. Bella sigue comiendo bastante y, además, está un poco mareada, sobre todo con lo que le acaba de suceder. ¿Qué puede ser? Lamentablemente, escuchar también al par de malnacidos le hizo recordar muchas cosas, otras que quizá no tienen vuelta atrás. ¿Qué creen que hará Bella, Charlie y Edward? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

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