Disclaimmer: Hey Arnold no me pertenece, es propiedad de Craig Barttlet. Yo sólo escribo sobre ellos sin ánimo de lucro.

Disfrute mucho leyendo las teorías de todos... en realidad, me sorprendí lo cerca que estuvieron algunos...

He aquí la continuación jóvenes, disfruten ;)

Helga tuvo la vaga sensación de estar atrincherada en medio de fuego cruzado, con fango hasta las rodillas y recibiendo lluvia de plomo de ambos flancos que le evitaba erguirse, tenía que mantenerse con la cabeza cubierta y el cuerpo encogido. La marea de recuerdos de todas las veces que había escuchado a Phoebe decir cuánto amaba a Gerald, y al moreno elogiar a la oriental, las veces que los vio besarse, las veces que los vio celebrar un aniversario más, las veces que los vio arreglar las cosas luego de una pelea; esa marea la ahogaba, la hundía en ese fango irreal en el que se iban convirtiendo sus pensamientos.

No podía terminar de procesar las palabras que su antigua mejor amiga le dedicó, creyó ilusamente que como ella le había fallado al chico, el moreno nunca se lo perdonaría, y luego, estaba el hecho de que tendría que cenar en la misma mesa que ambos jóvenes.

Gerald, a quien ella decidió volcar sus emociones y terminó por traicionarla.

-Phoebe…- exclamó con tono de advertencia el moreno. La oriental soltó un suspiro.

-Lo sé, lo sé… prometí que no hundiría más la daga- la oriental se encogió de hombros, aunque pretendía estar disfrutando esa escena, la rubia podía ver a través de su interpretación, había algo molestándola –el punto es… que ahora que las cosas han vuelto a la normalidad, tú y yo podemos enterrar el hacha de guerra- Helga se sentía en una maldita montaña rusa.

-¿Quieres dejar de irte por las ramas, hermana?- le pidió a la pelinegra, ya al borde de sus nervios -¿Qué es lo que está pasando? ¿Cómo fue que volviste con el cabello de cepillo?- el moreno sonrió de lado con nostalgia al escuchar el mote con el que lo nombró.

-Si fueras paciente- le contestó con molestia, fulminándola con la mirada –Es eso lo que intento explicarte, y no me llames hermana… En fin… Tú sabes que la cultura japonesa condena mucho la infidelidad- comenzó diciendo Phoebe, sólo para volver a ser interrumpida por la rubia.

-Oh, yo creo que estás mal, her-ma-na. Todas las culturas alrededor del mundo condenan mucho la infidelidad- sintió la necesidad de hacer la aclaración, seguía sin entender nada, y Gerald no estaba negando lo que Phoebe estaba diciéndole.

-Sí, bueno- respondió de mala manera la chica, que comenzaba a sentirse juzgada por la rubia –En la cultura japonesa, que una mujer sea infiel trae deshonor a la familia, desgracia y depresión. Hablé con Gerald… mis padres se enteraron de lo que pasó entre nosotros, y… bueno, pasamos algunas horas recordando viejos tiempos, una cosa llevó a la otra, y ahora espero que respetes nuestra decisión de volver a estar juntos- Helga observó a la pequeña Heyerdahl, se veía que intentaba disimular su impaciencia, no estaba haciendo un buen trabajo –básicamente, este es el fin de su pequeña… escaramuza… por ponerle un nombre, y como entenderás, luego de lo que ustedes compartieron no me siento cómoda con tu presencia cerca de mi novio- la rubia se sintió enferma –Sé que no me debes nada, Helga… pero, necesito que te mantengas al margen de esto. No quiero que…- Helga vio a su antigua mejor amiga titubear, la vio, por primera vez, genuinamente aterrada –No quiero perderlo otra vez- Ese fue el único momento en el que Gerald desvió su atención de Helga para concentrarla en la oriental, parecía sorprendido por sus palabras, y lo pareció aún más cuando notó los ojos de la joven agrandarse y brillar suplicantes, bañados en una frágil esperanza que incomodó a Helga.

La rubia buscó la mirada de Gerald.

El moreno había permanecido inusualmente callado.

Al encontrarse con sus ojos, la intensidad que emanaba de ellos terminó por desorientarla, parecían decirle algo en una antigua lengua que escapaba de su comprensión, pero ahí estaba, un mensaje gritado a los cuatro vientos, uno que ella no sabía descifrar…

Todo era más sencillo cuando sólo eran amigos. Cuando cada vez que sentía el cálido sentimiento que reverberaba en su interior, floreciendo bellamente, podía decirse a sí misma que se trataba de un cariño fraternal. Ahora, sabía que ese sentimiento no tenía una índole platónica.

¿Qué esperaba Phoebe que respondiera a su petición? ¿Qué esperaba Gerald?

Ella debería estar visitando a Harold en el hospital como acordaron con Gerald el día anterior. Debería estar preocupándose por pasar tiempo con su madre. Debería estar pendiente de Olga que se estaba comportando tan errática. Debería estar escabulléndose del insolente rubio que le había asegurado que tenía la intención de convivir con ella. Debería estar molestando a Sid y a Stinky o conversando con Timberly o con Melissa.

¿Qué hacía ella en medio de ese par? ¿Por qué Gerald no decía nada?

-Lo haré, me mantendré al margen- vio claramente la decepción cruzar el rostro del moreno, se dio la vuelta, intentando huir de ahí, deseando no tener que permanecer ni un segundo más cerca de ellos, cuando alguien más cruzó la puerta.

Arnold miró a los tres chicos confundido por la atmósfera lóbrega de la habitación.

Los ojos bien abiertos del rubio hicieron que Helga se sintiera avergonzada, como si hubiera sido pillada haciendo algo malo. Sintió una mano posarse en su espalda baja, podía adivinar de quién era, y eso le dolía como si le pusieran hierro al rojo vivo sobre la piel, aumentando su nerviosismo.

-Queremos pasar- la profunda voz de Gerald aceleró el corazón de Helga, martillándole en los oídos, ¿Ahora sí hablaba? ¿Por qué no dijo nada antes? Arnold miraba a uno y otro, parecía querer decirles algo pero no encontraba las palabras. El rubio separó los labios con el ceño fruncido, deteniéndose un breve instante de duda, ¿Quería saber qué pasaba? Y entonces los ojos de Helga se encontraron con los suyos, podía ver claramente en ellos la incomodidad que le hacía sentir estar en ese lugar y por alguna razón, eso lo hizo tomar el valor que le quedaba y hacer con él lo que haría con una cantidad mucho más grande, de contar con ella.

-¿Por qué los Heyerdahl creen que Phoebe es tu novia?- Gerald se irguió en toda su estatura, haciendo más evidentes los centímetros por los que superaba al rubio.

-No es asunto tuyo, no te entrometas- Helga comenzó a sentir que regresaba a esa trinchera llena de lodo en el campo con fuego cruzado.

-Tampoco era asunto tuyo hace tres años cuando te apareciste en la puerta de mi casa en San Lorenzo, y eso no te detuvo ¿O sí?- la rubia frenó al moreno que parecía muy dispuesto a descontarle un par de dientes al de ojos azules.

-¡Basta!- pidió la menor de las Pataki, sintiendo cierta impotencia –Es nochebuena, ¿van a iniciar una discusión aquí y ahora?- les reclamó, colocándose entre ambos, que por sobre su cabeza se lanzaban dagas con la mirada -Geraldo, quédate aquí- el moreno desvió su atención de su rival para mirar a Helga con una expresión dolida -¿O qué? ¿No era que nuestra "pequeña escaramuza" llegó a su final? ¿O tienes algo más que decirme?- el moreno no pudo replicarle nada ante su aplastante declaración.

-Será mejor que alcancemos a los demás, Helga- Arnold intentó colocar su mano sobre su espalda y la rubia movió bruscamente su hombro, impidiéndolo.

-Sé caminar sola desde que tengo el año cumplido, gracias- refunfuñó. Caminó a paso rápido hacia el jardín trasero de los Johanssen intentando borrar de su interior la horrible sensación en su pecho.

-No la toques- le espetó a Arnold antes de que el rubio se alejara tras Helga. Al llegar junto a ella, le ofreció que salieran a tomar aire fresco.

-Patético- escuchar a Phoebe en aquel momento le volvía lava ardiente la sangre en las venas, se giró con una mirada de odio dirigida a la pequeña pelinegra que lo miraba ufana, aunque un casi imperceptible temblor sacudía su cuerpo.

-¡Prometiste que serías considerada!- le reclamó el moreno, entre dientes.

-Considerando que la amaba como a una hermana y terminó ligándose a mi novio… fui bastante considerada- respondió, cruzándose de brazos y fulminándolo con la mirada.

-Más te vale que cumplas con tu palabra- sintiendo que no podría contenerse de atacar a la chica que acababa de arruinarle la vida, decidió contar mentalmente hasta diez.

-¡Oh, cariño! Pero claro que lo haré. Mañana mismo hablaré con mis padres, pero dime, ¿Crees que será suficiente?- la joven caminó alrededor del moreno, con una expresión de burla en el rostro –Has elegido bien… ella no habría comprendido lo que ocurrió en aquella ocasión entre tú y Melissa, y ¿Te imaginas su reacción? Ella ha sido como una hermana mayor para Helga, la adora. Y ni siquiera tengo que recordarte a Jamie O. ¿o sí? ¿Qué pensaría tu hermano al saber que entre su esposa y tú pasó algo el día antes de su boda? No todos son tan comprensivos como yo lo fui, Gerald- Phoebe se detuvo frente al moreno, con una sonrisa de victoria que no llegó a su mirada, sus ojos parecían muertos, era evidente que le dolía tener que chantajear a su ex novio pero de no hacerlo, el deshonor que caería en su familia mataría de la pena a su padre.

Gerald reaccionó iracundo, estrellando ambas palmas contra la puerta de la cocina, dejando entre sus brazos estirados el cuerpo de la unigénita Heyerdahl, clavándole la mirada como si fuera una daga de doble filo, haciendo que Phoebe se asustara. Contar hasta diez le sirvió de nada.

-Acepté porque admito que soy culpable de que tus padres escucharan la razón de nuestra separación, no debí de haberme puesto a gritar así en tu puerta- paladeó las palabras, dejándolas salir como si llevaran consigo veneno –pero no pienses ni por un segundo que esto durará más allá de esta noche… si no se lo aclaras tú, iré yo a decírselo… a todos, incluido Jamie O.-acercó más su rostro al de la chica, luciendo aún más amenazador –no voy a perderla- la seguridad con la que dijo aquellas palabras hicieron enfurecer a la joven, que como pudo, empujó a Gerald lejos de ella.

-¡Lo harás! ¡La perderás porque no es tuya! ¡Nunca lo fue! ¡Nunca lo será!- lágrimas se habían escapado de los ojos de la oriental mientras continuaba empujando a su ex novio con coraje, sin moverlo ni un ápice -¡Siempre ha sido de Arnold! Ella siempre ha estado enamorada de Arnold…- la rabieta de Phoebe fue perdiendo intensidad, hasta que sólo rozaba el pecho del chico intentando golpearlo y sus palabras se volvieron un susurro –Si sigues insistiendo con ella sólo saldrás herido- y al alzar el rostro, Gerald pudo ver claramente la preocupación que su primer amor sentía por él, ella realmente creía lo que estaba diciéndole… pero ella no había estado ahí, ni en Battersea Park cuando después de rozar sus labios corrieron a través del campo hasta el lago y rieron y bromearon la tarde entera, ni en la habitación de Helga donde crearon su propio mundo aquel par de noches en que durmieron uno al lado del otro, ni en Seattle… en ese cuarto de hotel, donde ella le pidió que le hiciera el amor y él estalló en frenesí al escucharla. No, Phoebe no tenía ni idea lo que habían compartido, el dolor, el consuelo, las confidencias, las bromas, las noches largas de estudio, y las de fiesta, cómo ella encajó en su mundo como si hubiese existido un espacio con su silueta esperando toda su vida a ser ocupado por ella. Phoebe hablaba desde detrás de la cortina de la ignorancia… y él no sería quien la sacara de su error.

-Cree lo que quieras. Después de esta noche, no tienes nada que ver con mi vida o mis decisiones- y sin más, se giró y salió de la cocina. Sorprendido de la facilidad con la que dejó atrás al que tantos años creyó era el amor de su vida.

Arnold observaba con atención a Helga, estaba muy alterada así que pensó que lo mejor sería salir al pórtico de la casa de los Johanssen para conversar, y ahora, ella había fijado su vista en el ennegrecido cielo y guardaba absoluto silencio. Su respiración convirtiéndose en vaho en cuanto abandonaba su cuerpo, como un hálito que la dejaba atrás para mezclarse con el resto del universo. Se abrazaba a sí misma. Arnold sonrió nostálgico, al menos algo no había cambiado y la rubia continuaba odiando el clima frío.

Helga se sobresaltó al sentir un abrigo caer sobre sus hombros, sacándola de sus pensamientos. Al despegar la vista del cielo, se dio cuenta de que era el abrigo de Arnold, y que el rubio permanecía a su derecha con las manos en los bolsillos y mirando el cielo que antes ella había estado viendo sin ver.

-¿Recuerdas lo que te regalé cuando cumpliste doce?- Helga regresó su mirada al cielo nocturno al escuchar esa pregunta susurrada.

-La verdad es que no- le respondió adusta, no tenía humor para ponerse a recordar una época que se le antojaba tan lejana que bien le pudo haber sucedido a otra persona en otra vida.

-Aúch, eso sí dolió- intentó bromear el chico, sacando una pequeña sonrisa a la rubia –No importa, yo sí lo recuerdo. Sobre todo, recuerdo que me dijiste que había sido un regalo estúpido- Helga rio un poco al escucharlo, eso definitivamente sonaba a algo que ella le diría.

-Seguramente lo fue- esta vez, fue Arnold quien rio.

-Te obsequié un certificado de estrella binaria- la rubia se giró a mirarlo en ese momento como si le hubiese hablado en otro idioma. El unigénito Shortman continuó con la vista fija en el cielo, y su sonrisa sólo creció cuando la chica le preguntó qué rayos era eso –Una estrella binaria está compuesta por dos estrellas que orbitan alrededor de un centro común. Yo fui al planetario de la universidad, al campus de astronomía, donde llevan un registro de los nombres de las estrellas en el firmamento. Pagué para nombrar una estrella binaria, como Arnold y Helga… y el certificado que me dieron fue el que te di en tu cumpleaños- la rubia regresó la vista al cielo, ¿Había entonces una estrella con su nombre? Sonrojada, otro pensamiento cruzó su mente, ¿Llevaban ocho años orbitando la estrella Arnold y la estrella Helga una alrededor de la otra? ¿Cuánto tiempo llevaba ella orbitando alrededor de Arnold? –Aunque nunca sé identificar cuáles son cuando alzo la vista al cielo… a veces, me gusta fingir que las hallé y sólo señalo las que brillen más, una junto a la otra. Después de todo, es el mismo cielo aquí que en Guatemala, ¿no?- esta vez, ambos despegaron la vista al mismo tiempo del firmamento y la concentraron en el otro, haciendo contacto visual.

-En realidad, no se ven las mismas estrellas aquí que allá… no de la misma forma al menos- el comentario de la menor de las Pataki hizo reír a Arnold.

-Tienes razón. Escucha, sé que no tengo la menor idea de cuál es tu color favorito o cómo prefieres el café o cuál es la serie que estás viendo ahora en Netflix, pero ¿acaso no puedes contármelo? Sigo siendo el chico que le dio a un par de estrellas que no se alejan nunca una de la otra, los nombres de los dos, con la fútil esperanza de que nosotros fuéramos iguales y no nos alejáramos… Si Gerald volvió con Phoebe, ¿Por qué no me das una oportunidad a mí de ser quien te haga feliz?- preguntó tomando la mano de la rubia, que no pudo evitar perderse en la profunda mirada del rubio que agitaba su corazón.

Lentamente retiró su mano.

Los sentimientos que tenía por Gerald no se apagaban como si existiera un interruptor dentro de ella, de hecho, incluso estaba segura que lo que sea que el moreno sentía por ella tampoco había desaparecido, respetaba su decisión pero así como el recuerdo de Phoebe seguía en él mientras comenzaba a gustar de ella, Helga podía jurar que ella seguía muy presente en él aunque ahora decidiera volver con la oriental. Y esos ojos azules frente a ella sólo podían ser sinónimo de problemas para su herido corazón.

-Creo que deberíamos entrar- Arnold pareció desinflarse al escucharla.

-Sí… quizás tienes razón- y cabizbajo se giró para abrir la puerta principal.

-Antes no la tuve- el rubio volvió a girarse, mirándola con la duda escrita en el rostro, sin comprender de qué le hablaba –A los doce. Cuando dije que era un regalo estúpido. No tenía la razón- una tenue sonrisa se abrió paso en el rostro de Arnold –Digo, usualmente la tengo, pero a esa edad, seguramente dije eso porque me sentí avergonzada con lo romántico de tu gesto… lamento si mi agradecimiento llega tarde, pero… gracias- al notar la intención del chico de acercarse de nuevo a ella, se apresuró a añadir –Ahora, andando cabeza de balón, no querrás preocupar a todos cuando nos empiecen a buscar- Arnold rio.

-Lo que digas, Helga- expresó con cariño, y ambos entraron al mismo tiempo por la puerta principal, quedando congelados en el dintel cuando se encontraron a Gerald y Phoebe en la estancia frente a ellos.

-¡Miren! ¡Arnold y Helga están bajo el muérdago!- la rubia se giró tan abruptamente que le dio un tirón en el cuello, pero no podía importarle menos. Arnold estaba a su derecha, ambos debajo del umbral donde colgaba una ramita de la planta navideña. Odió aún más a Stinky cuando después añadió -¡Saben lo que significa chicos! ¡Deben besarse!- todos empezaron a corear la petición, entrando del jardín y observando la escena. La menor de las Pataki se sentía acorralada, buscó con la mirada a Gerald sin éxito. El moreno ya no estaba en el mismo sitio que hace sólo unos segundos.

-Si no quieres hacerlo, no tienes que hacerlo Helga- un dolido joven con cabeza en forma de balón de futbol fijaba en ella su mirada, esperando su reacción.

-¡Claro que tiene que hacerlo!- exclamó Kendra Johanssen, enervando aún más a la rubia –Es la tradición después de todo- las palmas y las exclamaciones que la animaban a hacerlo le provocaban vértigo, todo se volvió un borrón colorido a su alrededor.

-¿No vas a besarlo?- la voz de Phoebe le llegó desde alguna parte a su izquierda, aunque no entendía cómo llegó ahí tan rápido, sí podía adivinar que estaba con Gerald.

Con Gerald, quien la había besado como nunca antes había sido besada, con pasión y deseo y… algo más que estaba aterrada de nombrar. Con Gerald, quien estuvo a su lado desde que recibió la noticia más dolorosa de su vida. Con Gerald, su mejor amigo, quien la defendió, quien cruzó hasta Centroamérica sólo para defenderla. Con Gerald que aceptó volver a ser novio de Phoebe.

Phoebe siempre había estado con Gerald.

No se había dado cuenta que cerró los ojos. No notó en qué momento Arnold se acercó. Sólo fue consciente del instante en el que sus labios y los del rubio se unieron en un beso.

Arnold sabía exactamente igual a como lo recordaba… a aventura, a poesía, a cariño y a desasosiego.

Su corazón vibró.

Le pareció que la capa protectora alrededor de él, se resquebrajaba y caía a pedazos, dejando que estuviera expuesto y vulnerable… Odió sentirse así. Se separó en cuanto pudo. Toda ella temblaba.

-¡Qué hermosa pareja hacen!- gritó entonces Stella, emocionada.

-Vamos todos a cenar- pidió Martin. Helga no podía dejar de temblar, todo le daba vueltas.

Los últimos en llegar antes de iniciar la cena fueron los padres de Helga. Miriam llevaba consigo una unidad móvil de oxígeno medicinal, llegando en coordinación con el momento en que su hija menor corría hacia la calle, golpeando su hombro levemente al salir de la casa.

-¿Está bien, señora Pataki?- preguntó Arnold, al ver que Olga, aunque se había acercado, titubeaba frente a sus padres sin saber cómo comportarse. Por qué Olga parecía tan nerviosa frente a Bob y Miriam era algo que escapaba a su comprensión. Phoebe posó una mano en el brazo de Gerald, impidiéndole moverse en cuanto vio salir corriendo a Helga, adivinando que el chico pensaba ir a buscarla.

-No puedes acercarte a ella esta noche, ¿recuerdas?- le habló de forma baja, molesta de tener que recordárselo tan pronto.

-¿No irás a buscarla?- le preguntó Lila a Brian, sorprendida con la pasividad del castaño.

-Esta noche no… aah… esta noche, quiero estar… aah… contigo- y le sonrió sujetando su mano. Alegre de ver sonrojarse a su novia para después sonreír tímidamente.

-Sí, estoy bien- le respondió la señora Pataki a su pregunta -¿Qué le pasa a Helga?- preguntó la mujer.

-Iré a buscarla- reaccionó Olga.

-No, está bien. Yo voy- pidió Miriam, Bob la miró con aprehensión, hacia demasiado frío y su esposa ya se había estado forzando demasiado durante esos días, le preocupaba mucho que su condición empeorara. Si algo le pasaba… la mirada llena de ternura que le dedicó su Mirra le hizo calmarse un poco, ella era fuerte. Era una Pataki después de todo. Así que no protestó cuando la mujer fue en busca de su hija menor, haciendo que el resto entrara en la residencia Johanssen y retomaran el ambiente festivo que había sido cortado.

-Melissa, tenemos que hablar- la pelinegra se giró al escuchar la voz de su cuñado. Ella estaba por ir a buscarlo para decirle las mismas palabras, pero verlo con el ceño fruncido y los puños cerrados, apretados con fuerza, como si intentara reprimir algo, terminó por preocuparla.

-Sí, claro- se excusó con las tías de Gerald y caminó tras él a un lugar apartado del jardín -¿Qué ocurre? ¿Y qué es eso de que volviste con Phoebe?- le preguntó con los brazos en las caderas y reprendiéndole.

-Sí… resulta que eso, es en parte culpa tuya- Melissa lo miró sorprendida –Ella sabe lo que pasó el día antes de tu boda y ahora me chantajea con decírselo a Helga y a Jamie O. si no pretendo seguir siendo novios frente a sus padres esta noche- la mayor se llevó una mano a su boca, cubriéndola anonadada.

-No- fue la única palabra que pudo abandonarla antes de que el terror le hiciera ponerse a llorar, confundida y asustada por lo que el moreno le exponía.

Melissa era hija única. Y sobrina única. Siempre había crecido sola en casa, por eso disfrutaba tanto de asistir a la escuela, porque ahí podía ver a sus amigos. Sin embargo, el deseo de tener una hermana o un hermano con quien jugar, contarse confidencias o simplemente pelear por el control de la televisión… ese deseo la acompañó a lo largo de su vida, y entonces conoció a Jamie O.

Primero fueron buenos amigos, y con eso, conoció un mundo distinto, él tenía dos hermanos, y a los amigos de sus hermanos, para cuidar de ellos. Tenía algo que ella siempre quiso. Y sus hermanos cuidaban de él, y los amigos de sus hermanos también. Prueba de eso era Helga. La primera vez que se vieron fue cuando acompañó a Jamie O. a recoger a su hermano a la secundaria, ella estaba de visita en Hillwood porque su tía abuela enfermó y él había tramitado una licencia de permiso para poder estar presente en el nombramiento como Comisionado que le harían a su padre. A la camioneta se subieron Gerald, Phoebe y la rubia huraña que se cruzó de brazos y no dijo nada todo el camino hasta la heladería.

-¿Están en una cita?- le preguntó Helga en cuanto se quedaron solas frente a la barra esperando por su orden, mientras Jamie O. iba a estacionar la camioneta y Gerald y Phoebe escogían una mesa libre en la cual sentarse.

-¿Qué? No… sólo somos amigos- en ese momento Melissa se sintió muy extraña, no había pensado en el moreno de esa forma, "¿Nos vemos como una pareja?" se encontró pensando.

-Jamie O. no lleva a sus amigas a recoger a Gerald, ¿sabes?- continuó diciendo la rubia como si estuviesen hablando del clima, recargando su cadera en la barra y mirándola minuciosamente –Deberías hacerle saber que no tiene oportunidad contigo- las palabras de la adolescente quedaron retumbando en su cabeza, parecía muy segura del interés que pudiera tener el moreno en ella, eso la hizo sonrojar. Nadie podía negar que Jamie O. era atractivo, pero la realidad era que, si no la hubiesen nombrado como su tutora para ayudarle a subir de promedio y evitar que quedara fuera del equipo de baloncesto, ni siquiera serían amigos. Quien se encontraba sin oportunidad alguna era ella frente a él –Darle esperanzas falsas a alguien es mucho peor que rechazarlo, créeme- Melissa se sorprendió al ver envejecer a la chica frente a ella, no literalmente, pero en su mirada pesaba un dolor que sólo quien haya atravesado varias vidas podría reconocer, era un dolor amargo y profundo que la hizo estremecer. Helga no era una niña común.

-Yo… yo no le estoy dando falsas esperanzas- cohibida, intentó desviar la atención de la rubia cuando finalmente fueron colocando sobre la barra los helados que habían ordenado para que ellas los tomaran y llevaran a la mesa. Mientras caminaban, escuchó claramente cómo ella le decía.

-Quizás juzgué mal, y él sí que tiene una oportunidad contigo. Me agradas… procura que siga siendo así- sorprendida de la sinceridad con la que se expresaba la rubia, sin importarle que hablaba con alguien mayor, terminó por ganar la admiración de Melissa. Esa fue la primera vez que el deseo de que, de haber tenido una hermana menor, hubiera sido como Helga, cubrió el corazón de la pelinegra.

Saber que ella era responsable, por su cobardía y su inseguridad, del dolor que estaba sufriendo ahora esa misma rubia que le hizo saber cómo sería tener una hermana, aunque no fuera de sangre, comenzó a carcomerla por dentro.

Se cubrió el rostro con ambas manos, y, aunque en esos momentos Melissa no era su persona favorita, Gerald suspiró y la rodeó con sus brazos dejando que se apoyara en él mientras se tranquilizaba. No fue su intención hacerla llorar. No fue su intención señalarla como culpable. Pero ver a Arnold y Helga besarse lo había llenado de tanta rabia, como si hace unas horas no estuviera lo suficientemente desesperado y lleno de ira, de tanta impotencia, y tanto miedo… miedo de que Helga lo odiara después de enterarse, de que Jamie O. le dejara de hablar, de que Melissa se viera afectada.

Las acciones tienen consecuencias. Inmediatas o a largo plazo, pero siempre vuelven para morderte el trasero si te equivocaste. No puedes engañar a las leyes del equilibrio en el universo, a cada acción corresponde una reacción de igual o mayor magnitud… la palabra mayor era la palabra clave… que se jodiera Newton, porque vaya que en esos momentos sentía que las consecuencias de ocultar algo así eran mucho mayores… sólo esperaba que Helga confiara lo suficiente en él como para soportar hasta el día siguiente para conocer la verdad.

-Gerald- Phoebe se alzaba frente a él con una expresión de arrepentimiento en el rostro que duró más bien poco, pronto se recompuso y caminó hacia ellos con toda la intención de reprocharle. Melissa se apartó del pecho del moreno, girándose a ver a la oriental.

-Tú- le espetó con odio. Phoebe se detuvo abruptamente, como si la mirada que la joven le dirigía la hubiera abofeteado. La unigénita Heyerdahl se giró a Gerald, dándose cuenta por su expresión de que le había contado todo a la mayor.

-Me imagino lo que estás a punto de decirme, pero te lo advierto, en su momento me hicieron llegar unas fotos de ustedes dos… así fue como me enteré… y no voy a dudar en entregárselas a Jamie O. ni a Helga si cualquiera de los dos incumple con nuestro acuerdo- y en redondo, cambió de dirección hacia donde estaban conversando Brian, Lila y Eugene, sintiendo a cada paso que daba que su diafragma empujaba con más fuerza a sus pulmones contra sus costillas… ella no era una mala persona… estaba desesperada por evitarle una tristeza así a su padre, había visto su mirada cuando le contaron el rumor, había visto la súplica en sus ojos cuando le pedía que lo desmintiera… Podría perder a Gerald para siempre, y nunca ser capaz de recuperar la amistad de Helga… pero jamás se perdonaría ser la razón de que su padre sufriera de una decepción así. Sus padres eran lo único que tenía, y la familia era primero… siempre. Así que con toda la dignidad que fue capaz de aparentar mientras su corazón se marchitaba en su pecho, llegó hasta el par de pelirrojos y los saludó por la víspera navideña con toda la efusividad que pudo transmitir.

Miriam finalmente alcanzaba la figura de su hija, sentada en una parada de autobuses a dos calles de la casa Johanssen, abrazada a sí misma y temblando. Si era por el frío o por lo que sea que hubiera ocurrido para que saliera corriendo así, ella no sabría distinguirlo. Lo que sí podía discernir a esa distancia, eran las lágrimas que recorrían el rostro de su hija menor y que le partieron el corazón. Se acercó a ella con cuidado, sentándose en el espacio libre a su derecha, fijando su vista en el cielo, cerrando los ojos para escuchar el silbante sonido del viento que tantos recuerdos dolorosos parecía susurrarle.

-¿Y ese tanque?- no sabría definir cuánto tiempo pasó antes de que su hija le hiciera esa pregunta. Separó sus párpados con pesadez, sintiendo el dolor que le producía el frío lamiendo su piel, como miles de agujas incrustándose en cada poro del largo tejido.

-Tranquila. Esto es por precaución- sonreír le suponía demasiado esfuerzo, por lo que se abstuvo de hacerlo aunque sus pupilas brillaban delatando su estado de ánimo –con estas temperaturas, me cuesta mucho respirar con normalidad- Helga asintió, sin quitar su mirada del frágil cuerpo de su madre.

-Esta es la segunda vez, en menos de una hora, que estoy afuera mirando el cielo- habló como si lo hiciera consigo misma, con la mirada ausente y divagando – ¿Recuerdas cuando tenía tres años? Solías dejarme afuera de la tienda de conveniencia con Olga cuando hacías el mandado- Miriam se encogió en sí misma, no era un grato recuerdo, solía hacerlo porque la despensa para la semana solía incluir altas cantidades de alcohol para su propio consumo y no le gustaba que sus hijas vieran eso, sobre todo porque solía usar el dinero de los alimentos para ello –cuando íbamos de noche, me gustaba jugar a unir las estrellas para formar figuras, era una forma de entretenerme y no prestar atención a lo que sucedía a mi alrededor- Miriam hizo el esfuerzo de ver el cielo estrellado con su hija.

-Siempre has tenido una viva imaginación. Eres una persona extraordinaria- Helga bufó ante sus palabras.

-Para lo que me ha servido… míranos, Miriam. Somos patéticas. Y el largo de la lista de infortunios en nuestra vida podría llegar a la casa de los Johanssen- exclamó irónica.

-Tú no eres patética… tampoco eres como yo… tú estás llena de vida, Helga- la voz pastosa de la mayor le dolió en el pecho a la rubia. Era como si insinuara que a ella ya no le quedaba vida, y la sensación que entender eso le dio, no le gustó para nada –Deberías disfrutar de tu juventud- Helga se abrazó con más fuerza, envolviéndose en el abrigo de Arnold.

-¿Acaso sabes algo de mi vida?- preguntó con rencor –dos de mis amigos acaban de despertar de cirugías delicadas, el chico que me gustaba me dijo que quiere estar conmigo y el chico que me gusta ahora ya no quiere estar conmigo… y mi mamá está enferma… muy enferma- que se refiriera a ella como mamá enterneció a la cansada mujer, que esta vez esbozó con dificultad una sonrisa en su rostro.

-Por mí no te preocupes… llevo mucho tiempo pidiéndole a quien me escuche que me libere de este dolor. ¿Sabes? Yo solía creer en Dios- Helga la miró con una ceja alzada, la familia Pataki no profesaba una religión en específico, habían creado su propia fe individualmente, y Miriam nunca había externado que creyera en Dios –solía hacer oración segura de que me escuchaba- siguió diciendo –y lo que aprendí de ese tiempo, es que no puedes pretender saberlo todo… a veces, sólo puedes vivir las cosas como se van presentando, de una en una, procurando tomar la decisión correcta. Lo entendí muy tarde. Tampoco sé lo que pasó para que huyeras así, sólo espero que mis palabras, de alguna forma, te den la paz que estás buscando- Helga hizo contacto visual con Miriam. Ambas se observaban en silencio, en un entendimiento que por primera vez madre e hija alcanzaban.

De pronto, un copo de nieve cayó en la punta de la nariz de Miriam, haciendo reír a Helga y rompiendo con el silencio que había pululado alrededor de ellas, rompiendo con el momento.

-Bob se volverá loco si empieza a nevar en serio y tú estás aquí afuera- y ambas Pataki se levantaron y decidieron volver el camino andado para reunirse con el resto de su familia.

-Helga- la rubia se frenó a unos pasos de subir las escaleras del pórtico -Te amo mucho, hija- la menor la miró con los ojos abiertos de par en par... no recordaba ningún momento en su vida en el que Miriam le dijera algo así, verla de pie frente a ella, con el tanque de oxígeno, la mascarilla simple, sin cabello, ojerosa y pálida, pero con un brillo de amor refulgiendo en sus pupilas inyectadas en sangre la conmovieron de una manera que muy pocas cosas conseguían.

-Yo... yo también, Miriam- la señora Pataki sonrió, dejando escapar una sola lágrima de infinita felicidad. Se la limpió con el dorso de su mano y se acercó a la rubia, besando su frente con delicadeza, temiendo destruir ese bello recuerdo entre ellas. Uno de los muy, muy pocos que le dejaría.

Al llegar a la puerta principal y abrirla, Timberly se acercó a la señora Pataki, invitándola a pasar. Sasha, en cambio, se acercó a Helga.

-¿Te encuentras… bien?- la amiga de Timberly la miraba curiosa, habían terminado conociéndose por casualidad, ambas amigas de un Johanssen, ambas enamoradas de un miembro de la familia, ambas acomodándose como un par de felinos a punto de acurrucarse bajo el cobijo de esa familia. No tenían nada que ver una con la otra, sus caminos sin converger pero moviéndose paralelamente… nunca antes conoció a alguien así, en menos de una semana la rubia había vivido tantas cosas que de ser ella, en su lugar, no encontraría más fuerzas para continuar hacia adelante, y de ahí nació ese respeto y admiración que ahora sentía por ella, del cual venía también la preocupación que en ese momento manifestaba.

-Digamos que no puede ir peor- y como era la ley del universo, aquellas palabras le golpearon en el rostro de vuelta.

Gerald entró en ese momento del jardín a la estancia. Helga se quedó congelada al verlo. Y muchas cosas pasaron simultáneamente.

Kendra y Tairisha traían las bandejas de comida desde la cocina. Eugene regresaba del baño, sin su nuevo suéter navideño porque lo había dejado en el cuarto de lavado al derramar en él su copa del vino tinto que tan amablemente llevó Brian. Gerald dio un paso atrás, chocando con el pelirrojo, que traía desatados los cordones de sus zapatos. Nadine y Phoebe salían de la cocina con el pastel del postre, que tenían que llevar entre las dos por el largo de su tamaño. Eugene trastabilló y terminó intentando sujetarse de la tía de Gerald. Tairisha intentó salvar el tazón de ensalada alzándolo por sobre su cabeza, golpeando en el proceso la bandeja del pavo que cargaba consigo Kendra, haciendo volar la suculenta ave a través del aire para terminar estampándose de forma aparatosa en el pastel que Nadine y Phoebe llevaban, embarrándolas a ambas de betún. Por el pasillo por el que se llegaba al cuarto de lavado, como si se tratara de un ser vivo, avanzaba la espuma blanca que provocó la sobredosis de jabón líquido que vertió Eugene en la lavadora para asegurarse de que la mancha de su suéter saldría. Cuando Eugene quiso enderezarse, pisó la espuma que avanzaba hacia la estancia, resbalando y cayendo esta vez hacia atrás. Gerald intentó ayudarlo, pero cayó junto con él al pisar la jabonosa sustancia que se esparcía por el suelo. Antes de que Kendra pudiera quejarse, también comenzó a patinar y a gritar intentando sujetarse de algo. Ante el bullicio, Brian, Lila y Arnold acudieron a la escena, dándose un sentón en cuanto entraron. Pronto, los que habían caído al suelo no se veían más porque la espuma los cubría.

-¡Estoy bien!- gritó Eugene, sentándose y tomando un poco de espuma -Deseaba tener una blanca navidad, pero esto me parece una exageración- exclamó riendo y aventando hacia arriba la espuma. Helga seguía sin poder moverse, intentando comprender lo que ocurrió ante sus ojos. No había más ensalada, no más pavo relleno, no más pastel. Ver a Phoebe con su vestido rojo arruinado, el mismo vestido que Gerald le obsequió cuando cumplieron siete años de novios, hizo sonreír a Helga, divertida con los intentos que hacía la pelinegra para continuar erguida mientras seguía resbalándose continuamente, con el rostro cubierto de merengue del pastel. Cuando se le escapó la primera risa, no pudo contener las demás, hasta que sintió cómo la jalaban y terminaba en el suelo junto al resto, rodeada por espuma. Percibió el delicado roce de alguien en su mejilla, intentando llamar su atención desde su derecha, mientras se afianzaba al brazo del cual había halado para tirarla. Cuando se dio por aludida, estaba siendo besada.

Cerró los ojos con dolor, porque no necesitaba ver al dueño de esos labios para reconocerlos. Lo supo desde que tiró de ella para sumarla a esa marabunta de espuma que sólo crecía. Podría leer sus acciones en cualquier lugar, a ciegas, aunque no podía decir lo mismo de sus motivaciones.

Y contra su propia voluntad, sus labios la traicionaron, y se entreabrieron como una muda invitación para que Gerald terminara por conquistar su boca a placer. Porque claro que era Gerald. El fuego en el candor de sus besos era inconfundible. Y lo que antes le parecía un cálido fulgor en su interior que la cobijaba y hacía sentir protegida e iluminada, era ahora un incontenible fuego destructor que arrasaba con todo a su paso y la consumía de adentro hacia afuera, quemándola, destruyéndola, dejando sólo ceniza y desolación detrás de él.

-¡Guerra de espuma!- gritó John, entrando con sus hermanos a la estancia. Esa interrupción pareció despertar al moreno del trance en el que se había sumido, besando en un arrebato a la rubia. Ahora, ambos se miraban frente a frente. Azul contra Avellana. Ceño fruncido contra sonrisa ladeada. Helga contra Gerald. El corazón de la menor de las Pataki comenzó a latirle desaforado, continuaba con esa amarga sensación de que el Johanssen quería decirle algo con esa mirad que exudaba intensidad, y ella seguía sin comprender cuál era ese mensaje oculto.

-Permite que te ayude a levantarte, Helga- la voz de Arnold rompió una vez más la burbuja en la que se enclaustraban cada que estaban en torno al otro. El rubio tenía su mano extendida en su dirección, precariamente de pie, ayudándose del dintel de la puerta que daba hacia el jardín. Helga ni siquiera notó cómo fue que terminó del otro lado de la habitación. Dubitativa, giró el rostro buscando de nuevo esa mirada elocuente que lo decía todo sin decir nada, pero el moreno ya estaba intentando calmar a su madre. ¿Por qué de pronto el resto parecía moverse a la velocidad del sonido? ¿O era la mente de ella, abotargada por los recientes acontecimientos, la que insistía en crear esa falsa noción temporal? -¿Puedes ponerte en pie? ¿Te lastimaste?- la sincera preocupación de Arnold la ponía incómoda… finalmente decidió aceptar la mano que le ofrecía y luego de un par de intentos en los que su pie derecho resbalaba hacia atrás, la rubia estuvo sobre ambos pies, en la puerta al jardín.

-La cena se ha arruinado, ¿Qué haremos ahora?- se lamentó Marcus, el tío de Gerald.

-Yo ya tengo hambre- intercedió Phil, el abuelo de Arnold –Quizás podríamos pedir pizza- Stella, Miles y Cookie mostraron su aprobación de la idea.

-¿Cenar pizza? ¿En noche buena?- Kendra no parecía convencida con la propuesta.

-¿Por qué no? Todos aman la pizza- un sonriente Peter se sumó a la ola de opiniones, y tras discutirlo un par de horas, por fin se decidió que se pediría pizza. Aunque con ese problema resuelto, vinieron otros dos, ¿Quiénes limpiarían el desorden ocasionado por el incidente del suéter de Eugene? Y ¿Qué sabores de pizza se pedirían? La discusión llevó gran parte de la noche, para cuando terminaron la limpieza y su orden para cenar llegó, afuera estaba nevando.

-¡Me encanta la nieve!- exclamó Arnold mientras abría la caja de pizza hawaiana. El timbre de la casa de los Johanssen se escuchó, y Timberly corrió a la entrada, seguida de Helga, que sólo era movida por el deseo de alejarse de Gerald y Phoebe, y también el rubio cabeza de balón.

-¡Feliz navidad!- saludó Timberly al abrir la puerta y encontrarse a una castaña enfundada en un grueso abrigo, bufanda, gorro y guantes. Helga se asomó detrás de la morena y con esfuerzo reconoció a la chica en el pórtico de la familia con la que se hospedaba.

-¿Marcy?- se escuchaba sorprendida, cuando en el hospital la chica dijo que pasaría luego de estar con su familia, se imaginó que era sólo una cordialidad para evitar que le insistieran, no podían culparla por creer que no se presentaría, sobre todo si se conocía bien a la castaña.

-Aquí es donde soltaré una de tus frases hechas, Pataki, y diré que ese es mi nombre y no lo gastes- Timberly rio por lo bajo y la rubia esbozó una sonrisa burlona.

-Así que… imitando a la maestra del sarcasmo, dime ¿Qué tal te funciona, eh?- le respondió, aun sonriendo.

-Te aseguro que ni la mitad de bien que a ti- Marcy ladeó la cabeza -¿Me dejarán pasar o van a permitir que me haga paleta de hielo en su entrada?- ambas chicas se hicieron a un lado para que la castaña pudiera entrar.

-¡¿Marcy?!- la voz del cabeza de balón la distrajo por unos segundos. Arnold pasó a su lado para llegar directamente hasta la castaña que intentaba quitarse las prendas de ropa que en el interior de la cálida casa comenzaban a sofocarla, peleándose con la prenda enredada alrededor de su cuello -Comenzaba a pensar que quizás no vendrías- la familiaridad en su trato le produjo un espasmo en la boca del estómago a la rubia, que incrédula observó a un divertido rubio quitarle la bufanda a la chica en un gesto tan natural que cualquiera diría que era común que el chico la ayudara a desvestirse. El ceño fruncido de la menor de las Pataki rivalizaba con el de su padre.

-Tuve que esperar a que mi madre se sintiera satisfecha con el tiempo de convivencia que tuvimos... dicen que últimamente me he vuelto más ermitaña que antes- la castaña se encogió de hombros -tuve que contarles cuántos de ustedes estarían aquí para que me dejaran venir al notar que conviviría con varias personas- el rubio sonrió. Ese era un comentario con el que Helga también habría sonreído, pero en esos momentos no sabía cómo es que se sentía -¿Sigue en pide lo del gotcha mañana?- le preguntó al castaña a la rubia que dejó de soñar despierta en cuanto se dio cuenta que se dirigía a ella.

-Sí, claro- se quitó el abrigo para dárselo a Arnold. Nunca había sido de pocas palabras con Marcy, la chica le agradaba y disfrutaba afilando su lengua con ella. ¿Qué le pasaba?

-¿Por qué usan pijama?- preguntó apenas percatándose al ver el contraste entre las ropas que vestía y lo que ambos rubios tenían puesto después del desastre con la jabonosa espuma -Nadie me dijo que la fiesta era de una etiqueta rigurosa- Timberly rio divertida.

-Es que sus ropas se han estropeado por jugar con la espuma de la lavadora- Marcy elevó una ceja interrogante al rubio que se encogió de hombros.

-Vaya, sí que te mueves rápido Shortman… unas horas y ya andas de juguetón con Helga... ¿Saben que después de lavar, se tiene que planchar?- el movimiento sugestivo de las cejas de la castaña enrojeció hasta las orejas a Arnold y Helga, que al chocar miradas se apresuraron a apartarlas. Su beso bajo el muérdago pululando en sus recuerdos.

-¿Qué tiene que ver ser juguetón con planchar?- preguntó Timberly sin comprender el doble sentido de las palabras de Marcy, la castaña sonrió.

-Que Helga te lo explique- le dijo Kornblum, entrando a la casa y dirigiéndose directamente a Sheena y Agatha que continuaban secas de pies a cabeza con sus atuendos para la cena navideña intactos.

-¿Helga?- la rubia miró a la morena, que le regresaba la mirada con unos enormes ojos suplicantes. Y tragó grueso. ¿Cómo se zafaba de eso?

-¡Timberly! ¡Ven a ver a Sid comer pizza! ¡Es alucinante! ¡No entendemos dónde le cabe tanta comida!- gritaba Sasha llegando hasta el trío y tomando a la morena de la muñeca llevándosela consigo. Helga suspiró. Tenía que hacer algo para agradecerle después a Sasha por esa divina intervención.

-Eso estuvo cerca- suspiró Arnold. Sonriéndole con cariño.

Helga tuvo que morderse la lengua para evitar preguntarle por su relación con Marcy. No tenía idea de que se conocieran. Pero tampoco tenía derecho de interrogarlo.

Así que, la nochebuena terminó con la pandilla llevando las últimas rebanadas de pizza para Harold y Lorenzo, y reuniéndose en sus habitaciones de hospital a contarles cómo, de tener una cena perfectamente tradicional y casera, todos terminando comiendo lo de todos los días.

Harold rio tanto que se le terminó por abrir un punto.

Lorenzo tuvo una jaqueca por intentar soltar las carcajadas que reverberaban en su pecho.

Mientras volvían a sus casas. Arnold detuvo a Helga a las afueras del hospital.

-¿Caminamos juntos?- la rubia iba a decirle que podía ir con Gerald, pero al encontrar con la mirada al moreno y percatarse de que hablaba con Phoebe, se limitó a suspirar y aceptar la oferta del chico -Entonces... ¿Qué estudias en Londres?- Helga sonrió.

-Estoy en el programa de Lengua y Literatura inglesa en la facultad de Filología, Idiomas y Literatura- disfrutó mucho dejar al rubio con la boca abierta.

-¡Cielos, Helga! Eso es muy impresionante- el cumplido la hizo sonrojar.

-¿Y tú? ¿Qué estás estudiando? - le regresó la pregunta mientras pasaban la primera calle del camino por recorrer del hospital a la casa Johanssen, que comprendía doce calles -Porque la última vez que revisé los programas universitarios no pude encontrar "Indiana Jones" publicado en ninguno- Arnold rio ante la ocurrencia de la chica.

-Aunque no lo creas- comenzó a decir cuando sus risas cesaron lo suficiente para retomar la conversación -no estoy estudiando en ninguna universidad- esa declaración tomó desprevenida a Helga, que se congeló a mitad del cruce de la segunda calle con rumbo a su destino.

-Tienes que estar jugando- soltó incrédula. Arnold se puso algo incómodo al verla tan sorprendida.

-¿Tan raro te parece?- Helga reaccionó al detectar esa incomodidad en su tono de voz al preguntar. Intentando aparentar normalidad, retomó su ritmo, volviendo a caminar para terminar de cruzar la segunda calle. Guardó silencio unos segundos, intentando encontrar las palabras correctas para responder sinceramente a esa pregunta.

-En realidad, supongo que es cuestión de perspectiva. Siempre te imaginé como el típico niño bueno que complaciente y que evidentemente asiste a una universidad como consecuencia de eso... Cuando te mudaste con tus padres, asumí que terminarías estudiando lo mismo que ellos- soltó la rubia, mirando de soslayo al chico, cuidando su reacción a sus palabras, no tenía la intención de tocar alguna fibra sensible y a juzgar por su incomodidad ante su cuestionamiento, la universidad no era uno de sus temas favoritos.

-No me malentiendas, no es que piense que no sirve de nada estudiar una carrera universitaria... es sólo que al terminar la preparatoria, no pude decidir qué estudiar. Aunque quizás considere el programa "Indiana Jones" ahora que me diste la idea- Helga estrelló su hombro contra el del rubio de forma cómplice. Una sonrisa apareció en el rostro de la chica, mientras cruzaban la tercera calle.

-¿Indeciso? ¿Tú?- le dijo sarcástica. Arnold la miró ofendido.

-Puedo ser mu decidido cuando me lo propongo, gracias- le respondió, haciendo reír a la chica.

-Claro que lo sé... Así que... ¿Todavía no tienes nada en mente?- Arnold pareció pensárselo un par de segundos.

-Me gustaría ser maestro de historia- Helga sonrió, aquello le quedaría al chico, podía visualizarlo en un aula con mucha facilidad -pero eso es lo que me suele pasar, creo que he encontrado lo que quiero hacer, pero después de unos días o semanas, otra cosa aparece que me llama más la atención y de nuevo estoy en el punto de partida, es muy frustrante- respondió el chico, pasándose una mano por su largo cabello rubio. Cruzaron la cuarta calle -¿Tú cómo supiste que querías estudiar Literatura?- la rubia recordó una conversación similar que tuvo con Gerald cuando estaban llenando sus solicitudes para las universidades y le reveló en qué ramo quería obtener su grado. Sonrió con un sabor agridulce empañando esa memoria, el moreno solía estar pendiente de ella aún cuando era novio de Phoebe. Pensar que esta vez sería tan diferente, le dolía, como aguijón de un escorpión enterrándose en su pecho. Sacudió la cabeza buscando evitar ese tipo de pensamientos y se concentró en responderle al unigénito Shortman.

-Después de publicar mi libro con los poemas que reuní durante tantos años, me di cuenta que eso es lo que quería hacer. Y no sólo por las regalías... en mi primera firma de libros, pude ver el rostro de las personas cuando leía uno de mis poemas, vi que se identificaban con él, vi que lo atesoraban como yo y que valoraban el significado de cada una de las palabras que lo conformaban... es una sensación inexplicable, pero la soledad que siempre me ha acompañado se alejó un poco ese día- Arnold la miraba como si nunca antes la hubiera visto. Cruzaron la quinta calle -Mi editora me recomendó algunas universidades y apliqué a algunos programas. Sinceramente, no esperaba quedar en ninguno. Me esforcé mucho para aumentar mi promedio. Gerald y Phoebe...- se cortó ella misma antes de continuar. Siempre era Gerald y Phoebe por aquella época, la pareja ideal.

-Me imagino que te ayudaron bastante, suena a que tenían una buena amistad entre ustedes tres- no era la intención de Arnold hundir más la daga, su único propósito era continuar escuchando a la chica hablar. Le encantaba observarla mientras el tema fuera algo que le apasionara. Helga estaba llena de emociones y de vida y de pasión y de sentimientos... era toda una maravilla presenciar esa faceta suya, tan transparente, tan libre.

-Sí, supongo- se encogió de hombros. A decir verdad, en preparatoria, en algún momento que Helga no podría señalar con precisión, cada vez fueron menos Helga, Gerald y Phoebe, para volverse poco a poco Pataki y Johanssen... Heyerdahl cada día algo más involucrada en sus propias sesiones de estudio avanzado y trabajos para créditos extra. A menudo los plantaba. A menudo olvidaba sus compromisos con ellos. A menudo no tenía tiempo para dedicarles. Suponía que ahí se fraguó esa camaradería entre el moreno y ella.

-¿Cómo es Londres? ¿Ya hiciste muchos amigos allá?- Helga agradeció el cambio de tema. Cruzaron la sexta calle. El resto del camino, la rubia le habló sobre su departamento, sobre sus sitios de comida favoritos, sobre las vacaciones en Cirfú y en Santorini y en la Costa de Amalfi. Sobre Kevin, y sobre George, y sobre Ariana. Entonces se quedó callada, ellos le recordaban dolorosamente a Gerald. Siempre pensó en ellos como los amigos del moreno, pero ahora, se daba cuenta de que los apreciaba como propios también.

-Hemos llegado- habló Arnold, después del silencio que los acompañó las dos últimas calles.

-Gracias- el chico cabeza de balón alzó una ceja interrogativa -Por escucharme- elaboró. Todo el camino, deseosa de preguntar sobre Marcy, y todo el camino reprimiéndose.

-Cuando quieras... no me pienso ir a ninguna parte... ya no- le aseguró el rubio, inclinándose para depositar un beso en la frente de la joven, al alejarse y apreciar las mejillas de la chica coloradas, no sólo por el frío que el caer de la nieve provocaba, sino por la acción que acababa de realizar, lo llenó de esperanza. De una peligrosa esperanza.

-Te veré mañana. Iremos al Gotcha- Arnold asintió y la vio subir las escaleras que la separaban de la puerta de la casa Johanssen -Quizás puedas mostrarme dónde están Arnold y Helga en el cielo- fue lo último que le dijo antes de entrar. El rubio no podía ocultar la embobada sonrisa que se le quedó pegada en el rostro.

-¿Se divirtieron?- una iracunda voz que vino de su derecha rompió el hechizo en el que lo había dejado sumido esas palabras de la rubia. Se encontró con Gerald, con un furioso Gerald -¿Vas a explicarme qué haces aquí? Me parece que te advertí que no la tocaras- hablaba desde la cólera, Arnold lo sabía. A pesar de ser un joven prudente, se irguió frente al Johanssen.

-No eres su dueño- y se giró, partiendo del lugar, dejando atrás a un impotente Gerald que había estado a punto de soltarle un puñetazo, temblando de rabia. Subió los escalones del pórtico y entró en la casa. Sabía perfectamente lo que ella estaría haciendo. La conocía. La vivía cada día. Ella era más suya de lo que nunca había sido ni sería de Arnold.

Entró en la cocina y la encontró con la cocoa en la mano, y un gesto sorprendido en el rostro.

No pudo más. Se derrumbó sobre sus rodillas. Golpeó el suelo con toda la bronca que sentía. Helga había estado sonriendo antes de que él llegara. Su presencia le había borrado la sonrisa. No había experimentado peor sensación que esa. Soltó un segundo golpe acompañado de un grito cargado de frustración, gutural, salvaje.

La rubia lo miraba sin comprender lo que le ocurría.

Y un sólo susurro escapaba de sus labios una y otra vez.

"Mía, mía, mía, mía" como la letanía de un condenado que se ha dado cuenta de que no tiene redención.