Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


22| LA SEÑORA NAMIKAZE


A Naruto lo sorprendía la rapidez con que había recuperado la rutina de su antigua vida. Volvía a ser sencillamente Naruto Namikaze Uzumaki. Sin título. Corriente. Simple y llano. Señor Naruto para sus alumnos.

Daba clases otra vez, como las había dado su padre antes que él. En la misma aula que antes de emprender su magnífica aventura. Así era como veía ahora el tiempo que había pasado fuera: como una aventura extraordinaria. Le había abierto los ojos y, como decía su padre, una vez abiertos, al volver a cerrarlos, la mente aún veía lo que los ojos habían visto.

Su padre siempre había tenido dichos para todo. Naruto se preguntaba qué habría visto su padre, qué experiencias habría tenido para saber que no todo lo que un hombre aprende se aprecia, y que hay cosas que es mejor no saber.

De pie delante de su escritorio, Naruto escuchaba a un muchacho leer a trompicones un soneto de Shakespeare, no porque no conociera las palabras, sino porque no lograba descifrar el significado del pasaje. Le recordó la primera lectura de Hinata. Resultaba más difícil leer cuando las palabras no eran las esperadas y, por lo tanto, no tenían sentido. La mente se confundía.

—¿Señor Naruto?

Un muchacho del fondo del aula agitaba la mano como si la arrastrara una ventisca.

—No interrumpa, señor Newman.

—Pero señor Naruto, señor...

—Tendrá su oportunidad cuando el señor Ford haya terminado.

—¡Lady Hinata está aquí, señor!

Naruto se sintió como si aquel chico le hubiera dado un mazazo. Volvió la vista bruscamente hacia la ventana pero el sol lo deslumbraba. Si él no veía nada fuera, ¿cómo podía verlo el muchacho?

Sin duda su alumno le gastaba una broma, o estaba tristemente equivocado. Aun así, Naruto se acercó a la ventana para ver mejor y divisó a la mujer en cuestión. Sintió que las costillas le aprisionaban el pecho y el corazón buscaba un modo de escapar. Pudo ver el coche aparcado a lo lejos, detrás de ella, mientras caminaba con elegancia por el césped.

¿Qué demonios hacía allí? Había pasado más de un mes desde que él la había dejado, un mes de intentar olvidarla, un mes de esforzarse por no recordar hasta el más mínimo detalle de ella.

—¿Podemos ir a verla, señor?

—No, señor Newman, no puede, pero lo dejo a cargo del aula hasta que yo vuelva.

Procuró no correr para no dar la impresión de que estaba ansioso por verla, pero sus pies parecían moverse sin responder a las órdenes de su cerebro, algo que por otra parte no le venía mal, porque quería estar un instante a solas con ella antes de que los demás se acercaran corriendo a saludarla. Por allí era una especie de heroína. Había enviado a la escuela las veinte mil libras que él le había dado, con una nota en la que especificaba que debían invertirse en becas para quienes no pudieran permitirse asistir a la escuela de otra forma.

Obviamente, como iba a casarse en breve con el duque, ya no necesitaba la pensión que Naruto había previsto para ella y, aunque conocía sobradamente su naturaleza generosa y sabía que la escuela le agradecía la donación, él prefería pensar que había hecho algo por ella, algo que nadie más había hecho.

A medida que se acercaba, los pies empezaron por fin a responderle, quizá para compensar la estrepitosa aceleración de su corazón. No había olvidado lo hermosa que era, pero verla en persona en lugar de en sueños le producía una sensación agridulce. Se preguntó cómo debía dirigirse a ella: ¿milady o excelencia?

Le miró las manos en busca de un anillo para saber si ya se había casado, pero como llevaba guantes no pudo averiguar su estado civil. Había confiado en que, si sus caminos volvían a cruzarse alguna vez, al menos ella pareciera feliz. Sin embargo, lo miraba como si la hubiera decepcionado enormemente.

—Hola —consiguió decir a pesar del nudo que tenía en la garganta—. No pensaba volver a verte.

—Ya me he dado cuenta —respondió ella. Su voz no sonaba fría y distante sino más bien increíblemente triste—. Nos prometimos que jamás habría secretos entre nosotros, pero cuando te fuiste a Londres, sabías que habían encontrado al conde.

—Sí, me pareció preferible ir a recibirlo yo solo.

—Jamás pensé que fueras un cobarde de los que se escabullen en plena noche sin despedirse debidamente.

No se había marchado precisamente en plena noche. Aun con todo, entendía su argumento. Consideró la posibilidad de inventar una excusa, de ocultar la verdad bajo una montaña de mentiras con las que protegerse, pero la quería demasiado para no sincerarse con ella.

—Temí ser incapaz de no pedirte que te casaras conmigo si iba a verte. Eso te habría puesto en el aprieto de decirme que no y a mí me habría obligado a fingir que no moría por dentro con tu negativa.

—¿Tan seguro estabas de que diría que no?

—Hinata, yo no puedo hacerte duquesa. Ni siquiera condesa. El matrimonio conmigo te despojaría de tu título. Ya no serías «milady»... bueno, serías «mi lady» pero eso no es lo mismo ni mucho menos.

—Yo no puedo hacerte padre... así que...

Pronunció aquella frase en el mismo tono innecesariamente cortante de la primera vez que se habían visto, pero en esta ocasión había una sutil diferencia que él no lograba descifrar por completo. No había desafío en su voz sino aceptación.

—No es lo mismo. Yo puedo ser feliz sin ser padre. Sin embargo, tú siempre has dejado muy claro que no podrías vivir sin un título.

—Siempre te he dicho que no podría vivir sin respeto, y sí, hubo un tiempo en que asociaba el respeto al título, pero eso fue antes de que me enseñaras a leer. Cambiaste el concepto que tenía de mí misma. Me concediste un don maravilloso, Naruto, y después me partiste el corazón al no darte cuenta de que ya no era la mujer que un día habías conocido. Pensé que me amabas.

—Y te amo. No ha pasado un instante sin que pensara en ti.

—Fuiste tú quien me dijo que, si buscaba el amor, habría un hombre para quien sería la persona más importante del mundo.

Parecía haber transcurrido una eternidad, una vida entera desde aquella época en que albergaba esperanza en el corazón y romanticismo en el alma.

—Tú eres la persona más importante de mi mundo, pero es un mundo muy pequeño.

—Prefiero tener sitio en un mundo pequeño a no tenerlo en ninguno.

Él la miró fijamente, tratando de descifrar lo que sin duda era algún acertijo.

—¿Te he oído bien? —se atrevió por fin a preguntar.

—No puedo hablar de lo que has oído, sólo sé lo que he dicho.

Aquélla era la Hinata que él conocía, intentando distraerlo, de repente temerosa de convertirse en víctima.

—¿Y qué hay de tu duque? —inquirió.

—Al parecer me equivocaba al pensar que los aristócratas saben poco del amor. El duque piensa que merece la pena luchar por él, así que, aquí me tienes, en plena batalla y sin el arsenal adecuado.

—Ay, mi querida Hinata, no sólo tienes el arsenal adecuado sino que la victoria fue tuya desde el momento en que pusiste un pie en mi campo de batalla.

—Hincó una rodilla en el suelo y le tomó la mano—. ¿Me harías el honor de convertirte en mi esposa?

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas. Profirió un pequeño grito sofocado, asintió con la cabeza y se agachó para abrazarlo.

—Cuando vi que no venías a por mí, pensé que me moría. Él la meció entre sus brazos.

—Perdóname, mi amor. Creí que te daba lo que querías.

—Pues te equivocabas. —Apartó un instante su rostro bañado en lágrimas—. Te amo con todas las fibras de mi ser, y no quiero separarme de ti en mil años.

—No te separarás de mí en toda la eternidad —dijo él, sujetándole la cara entre las manos.

Con ternura y auténtica devoción, la besó, saboreando la sal de sus lágrimas que ya no eran de pena ni de miedo sino de alegría. Se preguntó cómo había podido pensar en algún momento que sería capaz de vivir el resto de su vida sin ella a su lado. ¡Qué existencia tan triste y solitaria habría tenido!

De pronto, volvió a sentirse entero. Ella era su razón de vivir. Como si el mundo estuviera de acuerdo, oyó gritos, palmas y risas. Al darse la vuelta descubrió que sus alumnos los rodeaban.

—¡Eh, miren! ¡El señor Naruto está besando a lady Hinata! —gritó Newman señalándolos con regocijo.

—Ah, no —corrigió Hinata sonriente—. El señor Namikaze besaba a la futura señora Namikaze, un título que luciré con orgullo mientras viva.

El pueblo de Konoha estaba exultante porque los duques de Uchiha asistían a la boda. Hinata había previsto una ceremonia íntima, pero en cuanto la madre de Naruto había empezado a hacer la lista de los invitados «obligatorios»... había terminado invitando a todo el pueblo. Era la ventaja y el inconveniente de casarse en la iglesia parroquial en la que Naruto se había formado.

Hinata había llegado a la iglesia en el coche particular del duque, y se marcharía en su coche abierto, con su marido a su lado. Ahora ella y Sasuke se encontraban a la puerta del templo, esperando a que sonara la música que anunciaba la llegada de la novia. Llevaba un elegante vestido blanco de larga cola, y portaba un ramo de rosas.

—Estás preciosa, Hinata —dijo Sasuke a media voz.

—Gracias —contestó ella mirándolo.

—La alta sociedad de Londres no será lo mismo sin ti.

—Pues yo no voy a echarla de menos —replicó ella con una risa discreta—. ¡Qué extraño! ¿verdad? Hubo un tiempo en que deseaba desesperadamente formar parte de ella.

—Estoy seguro de que el príncipe de Gales te recibirá encantado si decides relacionarte con la élite londinense.

—Lo sé. Nos lo decía en la nota que acompañaba su regalo. Siempre me he sentido bien recibida, pero ya no es lo que me hace feliz. Y tampoco haría feliz a Naruto. Lo quiero tanto, Sasuke. —Le puso la mano en el brazo—. No hay nada más importante para mí que el hombre que me espera junto al altar.

—Y no hay nada más importante para él que tú.

—Sólo espero que no llegue a lamentar el que no podamos tener hijos.

—Dicen que pasar por un arco cura muchos males. Me atrevería a decir que esta noche pasarás por «un Naruto» —dijo Sasuke esbozando una sonrisita maliciosa.

—¡Huy, chico malo...! ¿Cómo te atreves a insinuar...? —Si otro hombre le hubiera hablado en ese tono, se habría ofendido, pero Sasuke y ella eran amigos íntimos, y aunque nunca había visitado su cama conocía a muchas de las mujeres que lo habían hecho.

Apartó la mirada y sintió cómo el rubor le iluminaba el rostro. Sospechaba que tenía mucha razón. Sin duda aquella noche pasaría por un arco, el de Naruto.

Al oír la música resonar por los tubos del órgano, respiró hondo y puso la mano en el brazo que Sasuke le ofrecía.

—¿Estás lista, condesa? —le preguntó. El tratamiento le sonó raro, consciente de que sería la última vez que la llamarían así. En cuanto intercambiara los votos con Naruto, volvería a ser plebeya, aunque sospechaba que él jamás la vería como tal.

—Estoy lista para despojarme de todo el boato de la aristocracia —dijo sin remordimiento—. Nunca me he sentido más feliz o segura del paso que voy a dar.

—Naruto es un hombre afortunado, Hinata. Si no estuviera locamente enamorado de mi esposa, lo envidiaría.

—Envídialo de todas formas —dijo ella pellizcándole el brazo.

La risa de Sasuke los acompañó al interior de la iglesia; después, cuando la inmensidad de la ocasión se apoderó de ellos, ambos enmudecieron. La iglesia estaba abarrotada, y Hinata pensó que incluso los no creyentes habían asistido a la ceremonia. Pero la muchedumbre dejó de importarle en cuanto sus ojos se encontraron con los de Naruto, que la esperaba junto al altar. Menma, el padrino, estaba de pie a su lado.

Sin embargo, sólo pensaba en que iba a casarse con el único hombre que podía hacerla verdaderamente feliz. Estaba tan guapo allí de pie, que la dejó sin aliento, y olvidó que caminaba junto a otro hombre hacia el altar.

De hecho, apenas era consciente de que caminaba. Era como un sueño del que sabía que jamás despertaría: aunque nunca tuvieran nada más que aquello, ya lo tendrían todo.

—¿Quién entrega a esta mujer? —preguntó el pastor.

—Yo, duque de Uchiha, la entrego —contestó Sasuke.

Luego desapareció y Hinata se encontró junto a Naruto, con la mano entre las de él.

—¿Estás segura? —le preguntó en voz baja.

—Estoy segura de que te quiero. Estoy segura de que deseo pasar el resto de mi vida contigo. Aparte de eso, no estoy segura de nada.

—No necesito saber más. —Se volvió hacia el pastor y le hizo un gesto de asentimiento.

—Queridos hermanos...

Sus palabras se propagaron y resonaron con fuerza. La ceremonia resultó a un tiempo breve y demasiado larga: se intercambiaron los votos, Naruto le puso un sencillo anillo de oro en el dedo y le dio un tierno beso. Después, Hinata oyó las palabras que llevaba una eternidad esperando oír.

—Me complace presentaros al señor Naruto Namikaze Uzumaki y a su esposa.

Fue una noche de celebración. Un montón de mesas rodeaba la casa de Naruto, donde había vivido su madre. A partir de entonces, la mujer viviría con Karin y Suigetsu para que su hijo mayor y su esposa pudieran pasar algún tiempo a solas.

Hinata estaba deseando que llegara ese momento. Pero primero el pueblo entero les estrechó la mano y les deseó lo mejor.

Menma fue el primero de la cola: tomó a Hinata por la cintura, la inclinó hacia atrás y le plantó un beso en la boca. Ella se rió cuando por fin la enderezó.

—Supongo que te pasa eso en la boca siempre que te cruzas con una chica bonita —lo reprendió ella.

—No, sólo cuando mi hermano se casa con una mujer a la que apruebo de verdad. —Le dio un beso suave en la mejilla—. Hazlo feliz.

—Lo haré —prometió ella—. Y voy a empezar a buscarte esposa.

—No, gracias —replicó horrorizado—. El matrimonio no es para mí.

Las niñas de Karin le dieron un beso a su tía Hinata, y a ella le encantó su nuevo título: tía Hinata. Se preguntó por qué se había propuesto alguna vez ser duquesa. En aquel momento, le resultaba tan insignificante.

Bailó con Naruto, Sasuke, Menma y dos docenas de hombres más. Rió, brindó y disfrutó al ver a su marido mirarla como si no existiera ninguna otra mujer. Cuando los pies no le aguantaban un solo baile más, Naruto la tomó en brazos.

—¿Nos llevamos la fiesta dentro? —le susurró.

Aunque oía los gritos y los vítores de los que aún no se habían ido, se limitó a abrazarse a Naruto y apoyar la cabeza en su hombro mientras él la metía en la casa y subía la escalera con ella hasta la habitación que compartirían a partir de aquella noche.

Alguien había abierto la cama y había dejado una lámpara encendida, su madre probablemente.

—¿Quieres que vaya a buscar a Frannie? —le preguntó mientras la dejaba en el suelo.

—No. —Frannie se había ido con Hinata, igual que Lillian, y aunque ninguna de ellas ganaría lo que ganaba trabajando para una condesa, ambas parecían preferir quedarse con ella. Hinata no podía estar más contenta porque no habría sabido prescindir de ellas—. Puedes desnudarme tú.

—No sé si puedo esperar tanto tiempo —respondió Naruto estrechándola en sus brazos—. Casi me he vuelto loco teniéndote tan cerca sin poder llevarte a la cama durante todo este mes de preparativos para la boda.

Antes de que Hinata pudiera responder que a ella le había pasado lo mismo, que había sido una locura, él la besó e impidió que dijera nada... y ya nada le parecía importante. Lo único que importaba era lo que se apoderaba de su interior. Parecía que hubiese transcurrido una eternidad desde la última vez que había sentido el cuerpo robusto de Naruto contra el suyo. De pronto lo deseaba y quería gritar de gozo, porque él despertaba en ella sensaciones que antes de conocerlo le eran ajenas, porque su tacto era mágico.

Incluso a través de las múltiples capas de ropa, podía sentir el calor de sus manos masculinas, la impaciencia, la potencia que la haría alcanzar alturas ilimitadas.

—¡Ay, Hinata, cuánto te he echado de menos! —le dijo mientras le recorría el cuello con los labios.

—Señora Namikaze —lo corrigió ella con voz ronca.

—¿Cómo?

—Que soy la señora Namikaze. Llámame así. Sólo una vez.

Él se apartó para poder mirarla a los ojos. Le acarició el rostro con los dedos enguantados.

—Te quiero, señora Namikaze —dijo.

—Y a mí me encanta ser la señora Namikaze —añadió ella con los ojos llorosos.

—Estupendo, porque tengo previsto que seas la señora Namikaze muchísimos años. —Se quitó los guantes y los tiró al suelo—. Vamos a ver si soy capaz de sacarte de todo esto.

Poco después, Hinata se encontraba tumbada en la cama, completamente desnuda.

—Siempre supe que eras un hombre inteligente —dijo.

Al momento, él, cuya ropa se quitaba más fácil y rápidamente que la de ella, estaba tumbado a su lado. Ella le puso la mano en el pecho desnudo, lo oyó respirar profundamente y sintió cómo los músculos se le tensaban y vibraban. Naruto cubrió la mano de ella con la suya y se la llevó a los labios, sin dejar de mirarla.

—Tenemos toda la vida para tomárnoslo con calma. Te necesito, Hinata, y te necesito ya.

Nada, ni siquiera la lectura, la hacía sentir tan poderosa como la desesperación de aquella súplica. Jamás se había sentido más querida, más imprescindible, más deseada. Era una sensación potente y embriagadora. Sin embargo, ella lo necesitaba con la misma vehemencia.

—Yo también te necesito, Naruto.

La urgencia de su voz, la disponibilidad de aquel cuerpo musculoso la hicieron pensar que Naruto saciaría sus deseos primero y luego se ocuparía de los de ella. Sin embargo, parecía que una vez expuestas sus necesidades y conocidas las de ella, había logrado contener su fuego.

Él le recorrió el costado con la mano, bajó por el muslo, por la pantorrilla y volvió a subir, siguiendo el recorrido con la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella, le dedicó una sonrisa, un beso. La presión de los labios de Naruto contra los suyos fue breve pero prometedora. Le rozó con la boca la mejilla, la barbilla, y le recorrió lentamente el cuello.

Con un gemido profundo, Naruto le acarició el cuello con la lengua. Ella se volvió un poco y pegó su cuerpo al de él para instarlo a que acelerara.

—No tan deprisa, querida —le susurró.

Ahora que estaba tan cerca, que podía regalarse con su cuerpo, Naruto no parecía tener prisa por terminar el festín. Ella le acarició el pelo, la mejilla. Al día siguiente lo vería afeitarse, y al otro, y al otro. Sin remordimientos, sin vergüenza de que nadie averiguara lo que hacían, lo vería despertar, peinarse, vestirse. Podrían compartir, abiertamente y en público, todas esas cosas de su vida que antes habían compartido en secreto.

Ya no habría más secretos, ni entre ellos ni a su alrededor. Podrían ser francos y sinceros, y saberlo resultaba increíblemente liberador.

Las manos de Naruto obraron su magia en los pechos de Hinata, cubriéndolos, amasándolos, resiguiéndolos. Le encantaban las caricias mediante las cuales él volvía a familiarizarse con su cuerpo. Naruto acercó la boca al pecho de Hinata y dibujó en él círculos con la lengua, reproduciendo un recorrido que ya conocía bien. Cerró la boca sobre el pezón turgente y lo chupó con suavidad.

—Naruto —dijo ella, clavándole los dedos en el cuero cabelludo para evitar que se moviera mientras disfrutaba del tacto áspero de su lengua.

Le besó la parte inferior del pecho, el canal entre ambos, y pasó al otro pecho. Ella le acarició los hombros y la espalda, le recorrió las pantorrillas con los pies. Luego le besó el cuello, el pecho. La excitaron sus gemidos, su respiración entrecortada, la tensión de sus músculos y su piel cubierta de sudor.

¿Cómo había podido pensar él que ella renunciaría a todo aquello por un ducado?

Se convirtieron en una maraña de brazos, piernas y cuerpos que se deslizaban unos sobre otros. Se tocaban, se tentaban... ahora... no, aún no... un poco más... no aguanto más...

Cuando sus cuerpos se fundieron, fue como si jamás se hubieran separado. Y al mismo tiempo fue algo nuevo y distinto. Aquéllos no eran momentos robados, momentos disfrutados en secreto. Eran sus momentos, los primeros de los muchos que disfrutarían en noches futuras.

Cabalgaron juntos en la ola de la pasión y, cuando alcanzaron la cresta, ella pensó que nunca había experimentado nada tan extraordinario.

Hinata tardó en volver en sí y notar el peso del cuerpo de Naruto sobre el suyo. Le encantaba su tacto. Le encantaba todo de aquel hombre.

Naruto salió de ella y se le acercó, abrazándola fuerte mientras le acariciaba el brazo distraídamente.

—He echado esto de menos —dijo él con dulzura—. Abrazarte. Tenerte cerca.

—Estoy muy contenta, Naruto. Jamás pensé que lo estaría. No tanto.

Se incorporó un poco, se inclinó sobre él y lo besó. Ya era la señora Namikaze, y nunca había valorado tanto un título.

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Fin