Capítulo 22
Lord De la Rosa dejó su copa en uno de los compartimientos de su asiento. Después se levantó y se arrodilló frente a Kikyo. Le quitó su copa de vino y la dejó en el suelo.
Ambos se miraron a los ojos y el deseo corría por sus venas.
—Y bien ángel mío ¿Qué deseas hacer esta noche?
¿Cómo podía cohibirse ante esa mirada verde que la recorría y la observaba con un deseo intenso? Era el hombre más guapo y si quería que él fuera quien arruinara su reputación debía verse más accesible, pero el problema consistía en que no era una de las tantas mujeres con las que él había metido en su cama.
—No sé — negó con la cabeza y se puso de pie, alejándose unos cuantos pasos de él —Creo que no es correcto que este aquí.
Él esbozó una media sonrisa, se levantó y se acercó a ella, cuando menos se lo esperó, la tomó por la cintura y la arrastró hacia su cuerpo ancho y duro.
—Pero a fin de cuentas estas aquí— susurró contra sus labios.
Para Kikyo fue una brisa ardiente que recorrió todo su cuerpo y de pronto lo único que anhelaba era estar ahí, entre sus brazos y que él la besara una vez más.
A lo lejos llegaban las notas de una ligera melodía, cargada de seducción y romance. Lord De la Rosa comenzó a moverse y arrastrando consigo a Kikyo. Ella pasó sus brazos alrededor de su cuello y lo miró a través de su antifaz.
La luz de las velas iluminaban sus ojos verdes y ella se perdió en ellos.
Lord De la Rosa la atrajo más hacía su cuerpo, acercando sus labios a los de ella y besándola de manera posesiva. El deseo corría entre los dos y se los decía su cuerpo. Él jamás había deseado una mujer tanto en su vida después de Catalina.
Ambos interrumpieron el beso y se miraron una vez más, había fuego en sus ojos.
—Dime que es lo que deseas — le susurró al oído —Y tus deseos son órdenes para mí.
Ella lo miró, bien, no había marcha atrás era ahora o nunca. La hora de decirle que la hiciera suya.
Su corazón latía con mucha fuerza, estaba nerviosa, era la primera vez que estaba con un hombre a solas y sobre todo, que le iba a pedir ese favor.
—Deseo…—titubeó un poco —Que me…— se mordió el labio inferior.
Y como si para que nadie los escuchara se acercó a su oído y le susurró las últimas palabras, algo que hizo que a Lord De la Rosa le flaquearan las rodillas.
La miró con el cejo fruncido, no estaba molestó, sólo sorprendido.
— ¿Estas segura que eso es lo que deseas, mi hermoso ángel?
—Si— ella asintió con las mejillas rosadas por la pena que sentía en esa momentos—Completamente segura.
Él suspiró —De acuerdo — asintió —Te dije que tus deseos son órdenes para mí y así serán.
Lord De la Rosa la hizo girar sobre sus talones, ella pensó que la iba a tomar en ese lugar, pero no fue así, ya que le había colocado su abrió y salían del palco.
— ¿A dónde vamos? — preguntó ella, aceptando el brazo que él le ofrecía.
—A un lugar más tranquilo — Respondió él, acercando su oído a ella y susurrando: — No pensaré hacerte mía en un lugar como éste. Mereces algo mejor.
La guio por el mismo pasillo por donde habían ingresado, él la aferró a su brazo para evitar que se la arrebataran.
Al salir de ahí, llegaron hasta un carruaje negro con caballos blancos, en donde ya los esperaba en su lugar el cochero.
—Pase lo que pase — le dijo — No te quites el antifaz hasta que hayamos llegado ¿Entendido?
Ella frunció el cejo ante el comentario.
— ¿Por qué?
—Por seguridad.
El carruaje se detuvo justo en frente de la puerta principal de la mansión de Lord De la Rosa. Kikyo sintió un poco se relajó un poco, a pesar de haber escuchado que el duque tenía conductas inapropiadas en la intimidad. Ese lugar reflejaba todo lo contrario, la fachada era blanca y había varios rosales plantados, todos ellos de diferentes tipos de Rosas.
—Espera aquí — dijo el duque mientras bajaba del carruaje.
Acto seguido lo vio hablar a través de la ventanilla con su cochero y hablaban en español. Ambos hombres asintieron y el chofer regresó a su lugar.
Lord De la Rosa abrió la puerta y extendió un brazo para ayudar a la joven a bajar del carruaje. Cuando lo hizo, el coche partió a sus espaldas. Kikyo sobresaltada giró sobre sus talones y lo vio salir por las rejas de metal negro.
— ¿Por qué se va? —preguntó alarmada.
El ojiverde esbozó una media sonrisa y le tendió un brazo.
—Se va a casa. De hecho todos mis empleados no se quedan a dormir, se van a casa y regresan al día siguiente.
— ¿Les das las noches libres? — preguntó, tomando del brazo al duque.
Lord De la Rosa comenzó a guiarla por las escaleras hasta estar en frente de la puerta principal. Él introdujo una llave en el cerrojo.
—Únicamente trabajan de día y por la noche se van con sus familias. No me gusta tenerlos todo el día aquí, me sentó como si los estuviera esclavizados, al fin de cuentas, son personas como nosotros. — abrió la puerta —Bienvenida a mi modesta casa — lo había dicho con sarcasmo— Las damas primero, por favor.
En cuanto la joven puso un pie en la mansión esperaba ver algo más que un hogar, pero esto era realmente un hogar. En el vestíbulo había una pequeña mesa redonda con un florero con rosas de distintos colores, rosas, rojas, blancas, además una vela, al parecer Lord De la Rosa era aficionado a las rosas. En frente unas escaleras en forma de caracol que conducían a la segunda planta.
Siguió avanzando hasta llegar a la sala de estar, las paredes tanto como del interior del vestíbulo como el de la sala eran igual, las paredes estaban tapizadas en madera de color caoba. Los sofás eran de un verde color olivo, la chimenea estaba encendida y arriba de ella un enorme retrato pintado a mano. Era de una mujer con vestido blanco, sentada en un banquito mientras simulaba tocar el piano – el mismo piano que estaba en un rincón a lado de una ventana ― y junto a ese cuadro otro florero idéntico al que estaba en el vestíbulo.
Era hermosa, de cabello largo negro y ojos azules, labios rojos y con una sonrisa angelical.
¿Quién era o quien había sido?
De pronto comenzaba a sentir unos celos impresionantes. Antonio De la Rosa pareció darse cuenta de la reacción de la joven, se acercó a ella y la abrazó por la cintura, atrayéndola a su cuerpo y recargando su barbilla en uno de sus hombros.
— ¿Quién es? — preguntó la joven, sin dejar de mirar el cuadro.
—No es nadie quien te pueda incomodar — besando su suave y terso hombro.
—Es hermosa — admitió ella, sin dejar de observar la pintura.
—Si… — suspiró al ver cuadro de su esposa.
— ¿Cómo se llama?
El duque esbozó una media sonrisa, hizo girar a Kikyo entre sus brazos y cuando la tuvo en frente de él, acarició su nariz.
—Te he dicho que no es nadie que te pueda incomodar — dijo él — Ahora ya puedes quitarte esto — dijo mientras se deshacía del antifaz de la joven — Ven — la tomó de la mano — Te mostrare el resto de la mansión.
Y así fue, él le había mostrado cada rincón de su hogar, notaba el nerviosismo de la joven por si un empleado se cruzaba en sus caminos, pero Lord De la Rosa le había confirmado una vez más que no había nadie ahí más que ellos dos.
Se detuvieron en frente de las escaleras y un leve destello de arrepentimiento se reflejó en los ojos negros de la joven. No podía pisar el primer escalón, era como si algo se lo impidiera, como si la razón se hubiese adueñado de su mente.
De esto apreció darse cuenta el duque, pues la abrazó por detrás, acercándola a su cuerpo y le dijo suavemente al odio.
— ¿Estas segura? Sino, puedo llevarte a casa de tu primo y…
Kikyo giró sobre sus brazos y colocó un dedo en sus labios. Estaba segura y no era porque deseaba que arruinara su reputación, sino porque deseaba a ese hombre desde la primera vez que lo había visto, se había llegado a enamorar de él y el beso que le dio por primera vez, había sido la confirmación de ese amor. Un amor profundo, que cuando lo veía sentía que le faltaba el aliento y que su corazón cobraba vida propia.
—Estoy segura, Antonio.
Él se estremeció al escuchar en esa voz dulce su nombre. No pudo evitar besarla de nuevo, fue entonces cuando la tomó entre sus brazos y subió las escaleras lo más rápido que pudo, todo sin dejar de besarla.
Para su fortuna, la puerta de su habitación estaba abierta, él entró con su precioso tesoro entre sus brazos y cerró con su pie la puerta. La depositó en el suelo, sintiendo como resbalaba ese cuerpo esbelto entre sus brazos y que en pocos minutos lo poseería haciéndolo suyo para siempre.
Fue a encender una vela, mientras que ella se quedaba ahí, en frente de una enorme, con cuatro postes de madera en color caoba. Se preguntaba cuántas mujeres habían estado ahí antes, cuantas habían robado su corazón.
Entonces recordó a la mujer del cuadro. ¿Había sido alguien importante en su vida? ¿Ella también se había enamorado de esos hermosos ojos verdes? ¿Había sido la primera en probar su amor entre esas sábanas blancas?
¿Quién era ella?
Entre más lo pensaba más se atormentaba, no deseaba estar una cama que había ocupado otra mujer.
Las velas comenzaron a iluminar un poco la habitación, las paredes eran de color crema y las cortinas en color café, se sentía un ambiente relajador entre las cuatro paredes.
Lord De la Rosa se acercó a ella con dos copas, una contenía vino y la otra era un whisky.
Le entregó a ella la copa de vino.
Él la miró con una ceja arqueada, sabía exactamente lo que estaba pensando ella, así decidió aclarar esos fantasmas que se estaban arremolinando en su mente.
—Puedo asegurarte que nunca ha entrado una mujer aquí — esbozó una sonrisa —Bueno, al menos no han pasado de la puerta principal — corrigió con sinceridad.
Porque sí había traído mujeres, pero nunca las había dejado ingresar en el interior de su hogar. Sus cortos amoríos terminaban en los establos, o en la casita de herramientas que tenían sus empleados.
— ¿Ni siquiera Lady Andrews? — preguntó con hostilidad, arqueando una ceja.
Él esbozó una pequeña sonrisa.
—Ni siquiera ella. ¿Por qué estamos hablando de este tema?
—No sé — ella se encogió de hombros —Tú fuiste quien tocó el tema.
Él se aclaró la garganta, tomó la copa de la joven y la dejó sobre una mesita, después fue hacia ella y la tomó de la cintura.
—Escucha y te lo voy a decir con sinceridad. Eres la primera mujer que cruza de la puerta principal hasta mi habitación. Claro, sin contar a mis empleadas domésticas.
En gran parte era cierto, porque la única mujer que había llevado a su cama y le había hecho el amor con profunda pasión y deseo, era una mujer que ya no estaba más con él, alguien a quien amaba demasiado y aun extrañaba, junto con su pequeño hijo.
Su amada Catalina.
Kikyo sentía que él no la miraba a ella, que tenía la vista perdida en alguna parte.
Pero en cambio él se la veía a ella. Tanto Kikyo como Catalina eran mujeres distintas, una había sido su esposa, su gran amor y la otra simplemente lo atraía, lo volvía loco al grado de desear algo más que su cuerpo.
Kikyo era desesperante mientras que Catalina era pacífica.
Kikyo era rebelde mientras que Catalina era sumisa.
Kikyo decía lo que pensaba sin importar en qué lugar se encontraban, Catalina en cambio esperaba la hora de estar a solas y discutían de manera tranquila.
Dos mujeres con un parecido similar, pero tan diferentes en cuerpo y alma.
—Si no te sientes segura, podemos dejar las cosas así y te llevo a casa. Pero quiero que sepas que te he dicho la verdad.
Ella lo miró a los ojos y supo que estaba diciendo la verdad, pues en ellos se veía toda la sinceridad que un hombre ofrecía.
—Estoy segura. Era simple curiosidad. Además, no quiero regresar a casa.
Él esbozó una sonrisa y apoyó su frente en la de ella.
Para él iba a resultar complicado, había pasado tanto tiempo desde que había pasado por primera vez una noche con una virgen. Pero la comparación era que Catalina había sido su esposa, Kikyo no, y comprometerla de ese modo no sería justo y debía hacerle entrar en razón, aunque fuera por última vez.
—A veces desearía que me dijeras que no estas segura, que deseas que te lleve a casa —la miró a los ojos —Hermoso ángel ¿Tienes idea de lo que puede pasar estar esta noche? — Preguntó y ella asintió —Te puedo comprometer.
—No busco que te cases conmigo. Sólo una noche de simplicidad. Compláceme estando entre los brazos de un libertino como tú.
Hizo una mueca, era verdad, se había ganado a pulso el título de libertino, pero la vida lo había orilló a tomar ese rumbo. Cada vez que terminaba con una mujer esperaba llenar el vacío que le había dejado su esposa, pero la mayoría de todas ellas lo dejaban más vació.
—Sólo quiero que sepas que yo no soy un canalla, soy un caballero, y si pasa algo más allá de besos, te responderé con mi nombre.
Ella lo miró, él la miró y se fundieron en una sola mirada. Lord De la Rosa la acercó más a él, depositando besos en su frente, mejilla, besó su labio inferior, lo mordisqueó, hasta hacer que la joven abriera los labios y los reclamara en un sólo beso voraz, lleno de deseo y pasión desvivida.
Sus manos expertas iban deshaciéndose de cada nudo del vestido de la joven y éste cayó en cascada por todo su cuerpo dejándola solo con un pequeño camisón que le llegaba a la mitad de sus mulos y que además era demasiado ligero como para hacer que se transparentaran sus hermosos encantos.
Kikyo era vagamente consiente de lo que le hacía, pues estaba perdida bajo el hechizo de sus besos ardientes.
Fue guiándola hasta la cama, subieron un pequeño escalón y dejó sobre las sabanas de satín color blanco, se recargó encima de ella sin dejar caer todo su peso.
— Esta noche te haré mía Kikyo — le susurró al oído.
Ya no había porque decirle "hermoso ángel" o "ángel mío" ahora ella estaba en sus dominios y si ella estaba segura de lo que deseaba, nunca más saldría de allí. Porque le pertenecería y la marcaría para siempre con su esencia.
—Haré que todo tu hermoso cuerpo vibre ante mis caricias. Gritaras mi nombre cada vez que mis labios rocen tu cuerpo. Sólo quiero que sepas que ya es demasiado tarde para arrepentirte.
El pecho de Kikyo subía y bajaba agitado por la respiración.
Su mirada se encontró nuevamente con la de él y ella asintió.
—Si — asintió con leve jadeo.
No sabía porque había respondido, pero la sensación de tenerlo encima de ella era de lo más placentero que había sentido en toda su vida.
Arrancó el camisón de su cuerpo terminando así por desenvolver su tesoro, era como si hubiese recibido un obsequio después de tanto tiempo.
Kikyo instintivamente se cubrió la parte de sus senos, pero Antonio, tomó sus brazos y los puso por encima de su cabeza.
Negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa.
—No princesa mía. Te dije que era demasiado tarde para arrepentirse.
Besó el lóbulo de su oreja, haciendo que se arqueara ante él, después fue dibujando un camino con su lengua desde el lóbulo hasta la curva de su cuello. Deteniéndose en el nacimiento de sus senos. Su pecho subía y bajaba, era como si se los ofreciera en bandeja de plata.
—Tienes unos senos preciosos. Redondos y bien formados.
Se llevó uno a los labios y ella gritó al sentir el asalto, dibujaba círculos a su alrededor, paseaba la lengua sobre uno de los pezones. Y Kikyo, comenzó arquearse contra él, frotando su cuerpo con el de él, exigiéndole más y más de aquella prohibida pero provocadora caricia.
—Antonio…—Suspiró ella.
Pero él no la escuchaba, se dedicaba a darle placer y atender de la misma forma tan dulce el otro de sus pezones.
Bajó lentamente más, dejando atrás los senos, besando su abdomen con profunda adoración, mientras que liberaba sus manos, para acariciarle las cuervas de su cuerpo y llegar hasta la parte de sus mulos donde fue separándolos poco a poco.
Kikyo estaba extasiada, perdida en un oleaje de sensaciones que iban despertando por todo su cuerpo y deteniéndose en una parte pecaminosa, en una que jamás pensó que llegaría a reaccionar de esa forma.
Sólo entonces abrió los ojos al comprender a qué punto se dirigía su Lord arrogante. Intentó moverse, pero éste inmovilizó sus caderas impidiendo que se moviera.
—Relájate — susurró, acariciando las paredes de su sexo con su barbilla —Esto puede ser tan dulce y placentero como uno desea. Déjate llevar Kikyo. Deja que te demuestre a qué punto puede vibrar tu cuerpo de pasión.
Y tras esas palabras ardientes ella se relajó.
Lord De la Rosa hundió sus labios en el valle rizado de la joven. Abriendo sus pliegues con la punta de la lengua. Kikyo abrió y cerró los ojos al mismo tiempo, la sensación era cálida, tan pecaminosa y ardiente, se sentía una libertina bajo el contacto de su lengua. Movía sus caderas al compás del moviente de su lengua, sus manos, buscaron su cabeza y enredó sus dedos en el cabello su cabello sedoso.
—Antonio…—gritó su nombre.
Un fuego se acumulaba en su interior, justo en la parte donde él la estaba besando, deseando por ser liberado.
No quería que llegara tan pronto, así que dio un último beso y se apartó de ella, esbozando una sonrisa al escuchar las protestas de la joven.
—En seguida vuelvo — le susurró al odio — No me extrañes.
Le dio un último besó en el pezón y salió de la cama. Apagó las velas mientras se desvestía, aún era muy temprano para que Kikyo viera su desnudez, respetaba el pudor de la joven, así que decidió complacerá con eso.
Una vez desnudo, se colocó entre sus rodillas, Kikyo había visto su reflejo a la luz de la luna.
—Puede que sientas dolor cariño, pero prometo no hacerte demasiado daño — explicó él, abriendo lentamente las piernas de la joven —Porque tú serás mía y yo seré tuyo. ¿Lo comprendes?
Kikyo asintió, y entonces con una sola envestida él la penetró con profundo cuidado.
Ella cerró los ojos al sentir el dolor, al principio su piel ardía ante el contacto, se sentía llena y completa. En cambio él, había permanecido inmóvil, esperando a que ella se adaptara a él.
Abrió los ojos y se encontró con el brillo de los ojos de Antonio.
— ¿Ya hemos terminado? — preguntó desilusionada.
—Oh no cariño, te aseguro que aún no ha terminado. — Acarició sus mejillas, tomó una de sus manos, la besó y se la llevó directo a su corazón —Ahora, eres completamente mía.
Antonio comenzó a moverse de manera lenta, entrando y saliendo de ella, siendo delicado y cuidando de no hacerle daño. La vio suspirar, arquearse contra él, incluso, rodeó con sus piernas su cintura, aferrándose más a él.
—Ahh…— gimió.
—Vamos, déjate llevar.
Y lo volvió hacer, se movía hacia adelante y atrás, arrebatándole suspiros y gemidos placenteros, él se agachó y tomó uno de sus pezones con su boca, lo que aumentó más la pasión de Kikyo y su liberación estaba más cerca.
Toda una corriente eléctrica pasaba por su cuerpo, se aferraba más a él, frotaba su cuerpo con él de él, se movía al mismo tiempo que él. La respiración comenzaba a faltarle, un dolor en el abdomen se acumulaba y se concentraba en un punto.
—Antonio…
—Ya casi hermoso ángel.
Kikyo se aferró aún más a él, rasguñándole con las uñas toda su espalda, él dejó de besar sus senos y se apoderó de sus labios.
Ella ya no podía más hasta que explotó en mil sensaciones gritando su nombre, era como si subía al cielo y bajaba de una nueve. Antonio le siguió dos segundos después, derramado su esencia en ella.
Recargó su frente en Kikyo, la abrazó y rodeó con ella hasta dejarla encima de él, descubrió la cama y los cubrió a ambos con las sabanas, Kikyo recargó su cabeza en el pecho de Antonio y cerró los ojos, su cuerpo aun vibraba por el orgasmo intenso que había tenido.
Él la vio dormir, y en ese momento se sintió culpable. Le había quitado la virginidad a una mujer que no era su prometida, la había comprometido en todos los aspectos y por si fuera poco, si la dejó embarazada esa noche, había puesto en peligro su vida.
No deseaba que ella pasara por lo mismo que había pasado Catalina.
Despertó en medio de la noche, no sabía qué hora era, sólo que estaba entre los brazos de Antonio De la Rosa, giró con cuidado para no despertarlo y lo vio dormido. Esbozó una sonrisa al verlo, se veía tan relajado. Jamás en su vida llegó a sentir una dicha tan completa, ese hombre había entrado como una tormenta en su vida y había arrasado con su corazón, ahora no quería que nadie lo apartara de ella, porque estaba remediablemente enamorada de él, aunque él estuviera comprometido con otra.
Pero lo que estaba segura era que nadie iba a quitarle este momento de dicha.
Sin despertarlo, retiró su brazo y se levantó de la cama. Buscó su camisón pero lo único que encontró fue la camisa blanca de él, esbozó una sonrisa, no se iba a enojar porque ella se pusiera su camisa.
Abrió la puerta sin hacer ruido y bajó hasta la sala de estar, fue a donde estaba el piano, deslizó con cuidado sus dedos entre los teclados y comenzó a tocar una melodía suave y romántica.
Antonio abrió sus ojos verdes y lo primero que hizo fue mirar a un lado de la cama, pero estaba vacía. Frunció el cejo, ¿Dónde estaba Kikyo?, fue entonces cuando a lo lejos escuchó el sonido de un piano. Como pudo se levantó de la cama, se puso los pantalones que estaban en el suelo y salió de la habitación, guiado por el armonioso sonido.
Se detuvo en la entrada de la sala al ver a alguien tocar el piano, la mujer traía el cabello suelto y llevaba un camisón blanco. Observó el retrato y después a la mujer que tocaba el piano.
— ¿Catalina?
Se acercó a ella y vio que la joven tenía los ojos cerrados mientras tocaba. Entonces, Kikyo tocó las ultimas notar y al abrir los ojos se sobresaltó al verlo recargado en el piano y observándola con sus maravillosos ojos verdes.
—Disculpa ¿Te he despertado?
Él negó, sin perderla de vista.
Kikyo pensaba que estaba enfadado, pasó su lengua por los labios en busca de una disculpa.
—Si estas enfadado porque estaba tocando el…
Entonces Lord De la Rosa le puso un dedo en los labios obligándola a callar, fue hasta ella y la tomó entre sus brazos para sentarla sobre el piano.
—Aparte de ser bella, tocas hermoso el piano –susurró contra su oído.
Sus manos iban descendiendo hasta llegar al borde de la camisa que la joven llevaba. Esbozó una sonrisa al darse cuenta que era la suya. Sus labios de desplazaban por la cuerva del cuello de Kikyo y ella se arqueó ante las sensaciones que despertaba aquel hombre.
Entonces le quitó la camisa, dejándola completamente desnuda ante él.
―No sabes cuánto deseo por hacerte mía una vez más.
Kikyo se mordió el labio inferior y recorrió con la mirada el cuerpo de Lord De la Rosa. Era de hombros anchos, brazos largos y fuertes, abdomen plano y esos ojos verdes llenos de deseo. No pudo evitar la tentación de acariciarlo una vez más y se estremeció al hacerlo ya que su piel ardía bajo su contacto.
Él fue depositando un camino de besos ardientes que iban desde su clavícula hasta el pecho y de ahí al nacimiento de sus senos, se detuvo en uno de ellos llevándose un pezón a su boca, donde se deleitó con él.
Kikyo se arqueó ante su asalto y un leve jadeo se escapó de sus labios.
El duque soltó su pezón y le separó las piernas.
— ¿Me deseas de nuevo, mi hermoso ángel? – Susurró contra su boca — ¿Deseas que te haga mía una vez más?
—Siii…—jadeó, acercando sus labios para que los besara.
Él se apartó un poco y esbozó una sonrisa ante la protesta de la joven.
— ¿Cuánto me deseas, Kikyo?
Escuchar su nombre en los labios carnosos de Antonio era la gota que había derramado todo su deseo. De pronto fue ella la que lo sorprendió, ya que lo rodeó con sus piernas las caderas de aquel hombre y lo atrajo hacia ella, cuando lo tenía cerca de ella pasó sus brazos alrededor de su cuello y susurró:
—Demasiado— y esta vez fue ella quien lo besó.
Como si el tiempo se detuviera justo en ese instante, él la volvió a hacer suya, hay, arriba del piano.
Kikyo abrió los ojos y se alarmó, faltaba poco para el amanecer y seguía en la habitación de Lord De la Rosa, en su cama y en sus brazos. Se levantó y buscó su vestido.
— ¿Qué…sucede…?
Lo oyó preguntar, Kikyo alzó la cabeza y se encontró con unos ojos verdes somnolientos.
—Debo estar en casa de mi primo antes del amanecer. Si mi tía se entera que no estuve… será mi r…— se quedó callada.
No tenía caso haber dicho que estaría arruinada si su tía descubriera que ella no se encontraba en casa, más bien su ruina comenzó cuando salió de casa con ese antifaz.
—Se molestara si no me ve — corrigió al fin, colocándose el camisón.
Antonio se levantó de la cama y buscó sus pantalones.
—Escucha — dijo él — Lo que pasó esta noche… quiero que sepas que…— comenzó a vacilar.
Kikyo no quería escucharlo, no quería escuchar de sus labios que estaba arrepentido por haberle arrebatado su virginidad ¿Qué más podía esperar ella? ¿Una declaración de amor seguida de una propuesta de matrimonio?
No
Ni siquiera le había dicho "Te amo" simplemente había mencionado lo mucho que la deseaba y ella, había caído en sus palabras. Ahora comenzaba arrepentirse por haberlo elegido a él para que arruinara su reputación.
—Lo que me importa en estos momentos es llegar a casa de mi primo — cortó ella —Si mi tía descubre que no dormí en casa, se pondrá furiosa. Además, quedé de salir a montar con…
Silencio.
Eso no debió haberlo dicho.
Entonces, el duque se giró sobre sus talones, avanzaba a paso lento hacia ella, abrochándose los botones de su camisa.
— ¿A montar? — Frunció el cejo — ¿Con quién y en dónde?
—La verdad que eso no es de su incumbencia milord.
—En eso te equivocas. Porque usted señorita, ya no puede salir con nadie que no sea yo. Porque tú y yo nos vamos a casar.
Kikyo, molesta, frunció el cejo y cruzó los brazos — ¿Disculpa? Que yo sepa estas comprometido con otra mujer. Al menos que vayas a romperlo. Además, no hay razón poderosa alguna para que tú y yo nos casemos.
— ¿Una razón poderosa alguna? —Repitió indignado — Oh mi hermoso ángel. Te puedo refrescar la memoria de lo que hicimos en esta habitación…
—Basta…
—O abajo, en la sala, justamente sobre el piano.
—He dicho que basta — interrumpió molesta.
—Pues no —alzó la voz, deteniéndose frente a ella. — Esas son las principales razones por las que nos debemos casar. Arruine tu reputación y por mi honor que debo repararlo.
— ¿Y qué hay de Kagome Higurashi, milord? — Kikyo se zafó de sus brazos —Ella es quien más va a sufrir por todo esto. Es mejor que las cosas se queden como esta. No se preocupe por mí, yo puedo regresar a Francia y meterme a un convento.
—Como si eso fuera la solución, meterse a un convento y listo. Pues no, tú y yo nos casamos y en cuanto a Lady Kagome, no te preocupes. Estoy seguro que alguien la consolara.
Kikyo hasta sentía miedo de su reacción, temía incluso que la golpeara para hacerla reaccionar, en el tiempo que llevaba de conocerlo siempre había actuado dulce y seductor, como la noche de ayer, pero ese seductor se había esfumado para darle paso a un ogro molesto.
—No si antes huyo.
Esto hizo que el duque soltara una risa que se escuchó por los cuatro rincones de la habitación.
—Ay ángel mío — suspiró —No tienes idea de quién soy realmente. Esta conversación se queda pendiente. Ahora termina de vestirte que debo llevarte a casa de tu primo.
La dejó precisamente antes del amanecer, le ayudó a subir a su balcón y antes de emprender su ida, la tomó de la cintura arrastrándola hacia sus brazos para besarla con pasión y amor.
—Ahora eres mía que te quede claro — susurró en su oído
Lo vio salir por el balcón y lo siguió hasta verlo desaparecer en medio del amanecer.
Si, ahora era suya y había arruinado su reputación, si él le pedía matrimonio con gusto aceptaba sin pensarlo, el detalle era que él ya se lo había propuesto a otra.
Se quitó el vestido y aun podía oler el aroma de su perfume en su cuerpo, había un camisón en la cama y se lo puso, aún faltaban una hora para que Lord De Canterville fuera a su encuentro, así que aprovecharía para dormir un poco.
La anciana Kaede entró a la habitación de su sobrino Inuyasha, lo encontró en la cama en muy mal estado, con la nariz congestionada y los ojos rojos, era como si un demonio lo hubiera poseído en medio de la noche.
Puso su mano en la frente de Inuyasha y en segundos la retiró.
—Dios, estas ardiendo en fiebre. — Dijo mientras fruncía el cejo — ¿A qué clase de idiota se le ocurre caminar bajo la lluvia?
—Tía, no me siento bien como para discutir — explicó un débil Inuyasha.
—Me vas a escuchar quieras o no. Entre tú y Kikyo me van a sacar canas verdes, me va a dar un infarto por los problemas que me están causando.
— ¿Qué ha pasado con ella? — preguntó, frunciendo el cejo, pues había visto merodear a Lord De la Rosa antes de que la opera diera inicio.
—Le surgió un pretendiente y ella no quiere ser cortejada — explicó la anciana — Y ahora tú, caminando bajo la lluvia y ahora enfermo. Dios, ustedes van acabar conmigo. ¿Por qué no pueden ser como Koga? Es discreto, educado, no ha tenido ningún incidente y hasta esta cortejando a una bella dama. Lo mismo deberías hacer tú, ahora con tu compromiso roto, fácil puedes buscar a una…
—No me pienso casar —la cortó al instante —De hecho, quiero retomar mi vida de libertinaje. Hace tiempo que la he dejado atrás.
La anciana abrió los ojos de par en par.
—Ni se te ocurra.
—Lo siento tía. Soy marques, puedo hacer lo que quiera.
—Marques o no usted se queda en la cama todo el día y olvida esa estupidez de retomar su libertinaje. ¿Entendido?
No hubo respuesta, porque en ese momento entró una empleada con una bandeja y algo humeante que sobresalía de un plato. Era un caldo de verduras que Kaede había mandado a preparar especialmente para su sobrino y a base de regañadientes, el joven tuvo que comerse toso lo que había en el plato.
Kagome miraba su reflejo en el amplio espejo, mientras que la mujer que había conexionado su vestido observaba con esos ojos verdes cada fino detalle desde el dobladillo hasta la punta de las mangas. No podía negar que el vestido era hermoso, gris plata con encaje, mangas hasta los brazos y de cuello de tortuga.
La mujer se llevó una mano al mentón.
—Tendremos que hacer unas modificaciones aquí — dijo señalando la parte baja de los brazos.
Tenía acento un poco extraño, entre italiano y francés y era porque su madre era francesa y su padre italiano.
Su madre y su tía quienes estaban sentadas en un taburete a poca distancia de ahí observaban con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero todo lo demás es estupendo. Serás una hermosa novia —comentó esbozando una sonrisa — Tu futuro marido estará encantado con este vestido.
¿Su futuro marido? Suspiró mirándose una vez más el vestido. Deseaba que Inuyasha la viera con ese vestido, que él fuera su futuro esposo, pero sus caminos se habían separado hace mucho tiempo. Ella misma lo había rechazado un par de veces y ahora estaba segura que él cumpliría su palabra.
Una vez terminadas las pruebas, Kagome salía de los probadores junto con su madre y su tía cuando en el local entró la dama de compañía de Lady Kaede con unos vestidos en las manos y los dejó sobre un pequeño mostrador.
—Lady Clearwater envía estos vestidos.
La modista asintió ya que sabía a la perfección para que los hubiera enviado.
— ¿Cómo se encuentra Lady Clearwater?— inquirió la condesa Higurashi.
—Bien Lady Higurashi, aunque está cuidando al señor Inuyasha.
Kagome frunció el cejo y no pudo evitar preguntar:
— ¿Le ha pasado algo?
—Oh no señorita. Ayer al joven salió del teatro dejando el carruaje ahí, desafortunadamente la lluvia lo tomó por sorpresa. No le fue muy bien, porque pescó una fiebre atroz.
—Deberíamos ir a verlo y visitar de paso a Lady Clearwater —sugirió la tía Marian.
—Si — asintió la condesa Higurashi — Hija si quieres regresa a casa. Marian y yo iremos a visitar a Lady…
—No — Kagome negó y la interrumpió — Iré con ustedes.
—De acuerdo.
En la mansión Taisho, Kaede recibió a sus visitas en la sala de estar y si, efectivamente les había comentado que su sobrino estaba delicado de salud. Cuando la anciana sugirió tomar el té en el jardín fue cuando Kagome aprovechó la oportunidad de ir en su búsqueda, se sentía culpable, pero sobre todo deseaba saber cómo seguía.
Subió las escaleras y tuvo suerte, pues en la primera habitación que buscó era la de él. Sus ojos pasaron por el lujoso y amplió espacio. Las paredes estaban tapizadas de papel azul marino, unos enormes ventanales en frente y una cama con dosel blanco, ahí, sobre las cobijas dormía y descansaba plácidamente el hombre que le había robado el corazón desde niña.
Se acercó a la cama y tomó asiento cuidadosamente para no despertarlo. Se veía tan frágil, tan tranquilo, pero sus labios estaban resecos y un deseo por tocarlo se apoderó de ella, sólo cuando estuvo a punto de rosar su mano contra la frente sudorosa de Inuyasha, éste la tomó en el aire.
— ¿Qué hace aquí? — le preguntó con voz ronca y con el cejo fruncido — ¿Cómo entró?
Ella retiró la mano y lo observó.
—Me enteré que estabas enfermo y…
—No debería estar aquí Lady Higurashi — la interrumpió de manera fría—Mucho menos en la habitación de un hombre soltero.
—Inuyasha yo…
—No me encuentro bien en estos momentos para atenderla como es debido.
No la miraba a ella, miraba hacia el frente, en otra dirección que no fueran sus bellos ojos, porque sabía perfectamente que si volteaba a verla estaría perdido y una vez más se arrodillaría ante ella para confesarle su amor como tantas veces lo había hecho.
—Así que haga el favor de salir de mi habitación — concluyó.
A Kagome le dolía su indiferencia, la manera tan formal a la que se dirigía a ella, deseaba que volteara y la viera porque ella lo único que hacía era ver esos ojos dorados que estaban perdidos en otro punto.
Estaba tan cerca de él, pero aun así se estaba tan lejos.
Ella se pasó la lengua por sus labios, tratando de llamar su atención.
—Tenemos que hablar, anoche…
—Anoche no pasó nada —una vez más la interrumpía— ¿O sí?
Se le agujeró el corazón, no quería irse, quería hablar con él y decirle que anoche había sido demasiado orgullosa como para no aceptar lo que él le estaba ofreciendo sinceramente.
Inuyasha se desesperó más, de su aroma, de sus labios, de su cuerpo sobre la cama, de su presencia, en estos momentos lo menos que quería era verla a ella o terminaría acorándola entre sus brazos y hacerla entrar en razón.
Pero sabía que sería inútil, así que deseaba que se fuera de allí lo más antes posible.
Al ver que ella no hacia el menor gesto por moverse, él se levantó de la cama como pudo, la tomó del brazo no de manera violenta pero nada fue delicado.
—Disculpe milady — dijo él, abriendo la puerta de la habitación con la otra mano —Necesito descansar y usted no hace el menor gesto por moverse.
—Inuyasha no seas así, quiero explicarte muchas cosas.
—Demasiado tarde. Me cansé de rogarle mucho tiempo. Ahora gracias a usted, el libertino, el marques Taisho regresa a sus andadas.
Como no hubo respuesta por parte de Kagome, él aprovechó el estado de shock por parte de la mujer, abrió la puerta y la sacó de su habitación.
—Que tenga buen día Lady Higurashi.
Y cerró la puerta tras sus espaldas.
Era difícil a quien le dolía más, si a ella su desprecio o a él por amarla y no aprovechar que estaba ahí, en su habitación para besarla como tanto había deseado desde la noche en que la dejó en su habitación.
