Hi, he vuelto.

Los dejé con el cliffhanger la última vez, lo siento, no pude contenerme.

Honestamente, planeaba dejar hasta ahí Distancia, pero luego la inspiración me sedujo, so here I am.

En fin, vayamos directo a la lectura, pero pasemos a lo legal primero:

DISCLAIMER: Kick Buttowski: Suburban daredevil pertenece a Sandro Corsaro.


Distancia

[Parte 3]


No había muchos especialistas en Mellowbrook, era una ciudad pequeña, así que, cuando Kick quiso pedir ayuda a un profesional, solo consiguió a un doctor que atendía a domicilio. Con mascarilla y guantes, revisó a la joven un rato, mientras Kick esperaba fuera de la habitación. Quiso asegurarle a su madre que se encontraba bien, pero el médico no le había permitido irse.

Tocaste a alguien que puede estar contagiado, sus palabras resonaron en su mente.

Casi había sonado como esas películas apocalípticas que veía de repente en compañía de Gunther. Aun así, había decidido lavarse las manos (justo ahora tuvo que quitarse sus guantes…) por un rato para matar tiempo. Después, el doctor salió.

—El virus ha atacado su sistema respiratorio, ha contraído una neumonía severa, pero no lo suficiente como para que necesite ser hospitalizada —dijo cuando notó cierta ansiedad en el rostro del adolescente.

—¿Cómo sabe que está contagiada?

El hombre suspiró y sacó una pequeña caja. Kick alzó una ceja.

—Este es un examen más casero para verificar si el paciente tiene el COVID-19. Solo hay que sacar un poco de sangre y los resultados estarían listos entre quince y veinte minutos. Sin embargo, estas pruebas no son del todo ciertas, hay un 60% de probabilidad de que de un resultado cierto.

—Entonces, ¿es incierto?

—Eso no es lo que dije —negó con paciencia—, verá: si sale negativo, es posible que en realidad sea positivo, pero el virus no está tan presente en el sistema. Sin embargo, si sale positivo, el paciente está definitivamente contagiado.

Kick frunció el ceño cuando el doctor le mostró una prueba del pequeño examen era realmente pequeño, era una tablilla con el espacio necesario para depositar, aunque sea una gotita de sangre, y el resultado estaba al lado.

—Si hay dos rayas, entonces es positivo —le informó, entonces el acróbata comprendió.

—… Este es el examen de Kendall —no era una pregunta, y el doctor sintió lástima por el muchacho.

—Lo siento mucho —miró la habitación que había dejado—, vendré a revisarla cada semana, ¿está bien? Dejaré unas pruebas caseras aquí —lo miró directamente a los ojos.

Él supo que las dejaría para ver cómo evolucionaba su propia salud después de catorce días. Así había sido dictado: si uno entraba en contacto con un contagiado, había que aislarse catorce días para luego realizarse un examen.


Kick no pudo volver a su casa por dos razones.

La primera era que ya había tocado a Kendall, no había forma en que no contagiaría a su familia, así que sus padres solo podían hablar con él por teléfono o lo veían a través de la ventana. Siempre les dejaban cambio de ropa a la entrada del hogar de los Perkins. La segunda razón era porque alguien debía supervisar la condición de Kendall; su padre la había dejado sola, aún siendo él quien había traído el virus a su hogar (porque eso era un hecho, nadie lo dudaba), y nadie podía hacerse cargo de ella. Por no querer contagiar más gente, Kick había decidido quedarse por voluntad propia para cuidar a la rubia. Honey Buttowski le había insistido que ella podía hacerlo, pero el acróbata se negaba a arriesgar a su madre, aunque fuese una mujer formidable.

Llevaba cuatro días en la casa de la joven, y no pudo conversar mucho con ella.

Kendall dormía la mayoría del tiempo. La primera vez que despertó, había comenzado a delirar por la fiebre, y pensó que, quien la estaba cuidando era su madre. Había soltado palabras arrastradas de la ironía de cuidarla en un momento como ese. Kick no estuvo muy seguro a qué se refería, pero estaba seguro que no lo averiguaría pronto. Cuando despertó mucho más cuerda de sus sentidos, el acróbata le había contado lo que había ocurrido, y la rubia solo pudo soltar un suspiro de frustración.

—… No quise meterte en esto, lo siento.

—Creo que esto es mejor que encontrar tu cadáver días después —le contestó casi de forma mordaz. No podía creer que no le estaba dando la importancia necesaria a su estado.

Ella negó con la cabeza.

—No, no es eso —cerró los ojos cuando sintió el pañuelo húmedo enfriar sus mejillas transpiradas—. Debí insistirle a mi padre a que se quedara… esto es un problema —murmuró más para sí misma que para él—. Espero que esté bien…

—Te preocuparás de él cuando estés mejor.

Ella no siguió hablando y se dejó hacer mientras Kick apartaba el sudor de su rostro y cuello. Kendall no era pesada, pero hasta el mismo acróbata pudo notar que la joven no tuvo ni fuerzas de resistirse mientras la movía. Era un peso muerto bajo sus manos. Si no fuese por su sonora respiración y sus ojos verdes contemplando diversos lugares de la habitación constantemente, juraría que solo estaba cuidando de un cadáver.

—… ¿Tus padres…?

—Están bien. Hablamos cuando duermes, lo que es la mayoría del tiempo. ¿Tan horrible es?

—Soy un sudoroso y asqueroso desastre, me pesa no solo mi existencia, sino que también la tuya —le gruñó—, ¿tú qué crees?

Kick sonrió.

—Con ese humor, creo que estarás bien.

Kendall iba a decir algo más, pero un ataque de tos la sacudió, así que el castaño tuvo que sentarla para que no se ahogara. Acercó enseguida un cuenco, en caso de que la joven terminara escupiendo los fluidos que estaban dificultando la respiración de sus pulmones. Kick tuvo que apartar la vista cuando la escuchó dar arcadas y finalmente vomitar.

Honestamente, Kendall hubiese preferido morir antes que Clarence "Kick" Buttowski la viese en este estado, pero era demasiado tarde. La estaba viendo en uno de los momentos más repugnantes de su vida, y simplemente quería esconderse en un agujero y llorar.

Eso no es lo que debería hacer una señorita, la voz de su madre resonó en su mente.

Cuando él se retiró de la habitación, Kendall se hizo un ovillo, tratando de callar la insistente voz de su madre y la recriminación que se estaba dando. Esto definitivamente era humillante.

Apartó las sábanas con fuerza, aunque hasta ese movimiento la desgastó un poco, y se levantó para dirigirse al baño.

—¿Qué haces? —se giró para ver de reojo a su compañero de clases.

—Quiero darme un baño —arrugó la nariz—, estoy asquerosa y me siento asquerosa, quiero sentirme, aunque sea, mejor conmigo misma. ¿Te importa?

—El doctor dijo que podrías desmayarte —alzó una ceja.

—¿Y qué hago? —le gritó, aunque ese volumen no le sentó bien a su garganta y gimió de dolor.

—Kendall…

—Creo que lavar los gérmenes también es una buena idea, ¿no? —insistió—. Si quieres, dejo la puerta semi-abierta, en caso de que me ocurra algo, pero…

—Kendall…

—Necesito quitarme esto —dijo, refiriéndose a las prendas que llevaba desde que el doctor la había revisado—. No soporto llevar esto ni un segundo más.

Los ojos azules de Kick contemplaron la penosa apariencia de su enemiga. Si hubiese ocurrido esto en el pasado, se habría reído sin piedad en su cara, pero ahora la imagen ante él era realmente deplorable. La rubia tenía su cabello enmarañado y húmedo por el calor de la fiebre, sus ropas holgadas no se veían mal, pero Kick asumió que tener el cuerpo sudoroso contra la misma prenda durante mucho tiempo no debía ser agradable. Además, el rostro enrojecido y los ojos exhaustos de la rubia solo provocaron en él mayor lástima.

—Te doy veinte minutos.

Era suficiente para Kendall, y ella le agradeció en silencio. En cinco minutos se lavó rápidamente el cabello, para luego sumergirse en la tina de sus padres en agua tibia para aligerar el dolor muscular que sentía en su cuerpo. Si hubiese muerto allí, a Kendall no le hubiese importado. Casi se quedó dormida en el baño de no ser porque Kick le recordaba cada cinco minutos que debía apresurarse. Pero, cuando salió de la tina y se cubrió con una toalla, se dio cuenta que había olvidado algo.

Soltó un gruñido.

—… ¿Clarence?

—¿Estás bien?

—De maravilla —presionó los labios unos segundos—, pero olvidé algo. Dejé lo que me iba a poner cerca de la estufa. ¿Podrías traérmelo?

Kick no supo por qué la joven había sonado tan avergonzada de tal petición. Solo había olvidado los nuevos pijamas que iba a usar. ¿Cuál era el problema? Se acercó a la estufa donde reposaba la ropa tibia que mantendría cálida a la joven, y las cogió, aunque no lo hizo con mucha delicadeza, pues dos telas que estuvieron cubiertas por la camisa cayeron al suelo. Cuando él se arrodilló a recogerlas, comprendió la timidez en el tono de Kendall, y soltó una maldición al esconder nuevamente la ropa interior entre los pijamas.


Gracias a las cosas que sus padres traían, Kick no se aburría en la casa de Kendall, casi era estar en su propio hogar sin la presencia de sus odiosos hermanos. Si bien era un tanto solitario, era reconfortante saber que la joven estaba por ahí, reposando en la habitación. La mayoría de lo que comían era preparado por Honey, pues dudaba que su hijo fuese capaz de siquiera calentar sopa enlatada, aunque quisiera. Y, a pesar de haber sido un insulto a su hijo, él sabía que tenía razón.

Ahora, Kick se encontraba viendo televisión en la habitación a un volumen moderado mientras Kendall dormitaba a su lado. El acróbata la miró de reojo, y, durante los últimos cinco días, había notado una leve mejoría en ella. Ya no tenía fiebre, aunque la neumonía no la dejaba dormir bien por las noches. El dolor muscular seguía siendo un fastidio para la rubia, por eso estaba la mayoría del tiempo acostada, aunque se levantaba a caminar de vez en cuando, alegando que debía ejercitarse un poco.

Los ojos verdes lo miraron.

—¿Qué?

—… Estaba pensando.

—¿Hay algún momento en que no lo hagas? —bromeó.

Kendall ignoró esa pregunta.

—Creo que estás contagiado.

Él parpadeó.

—¿Huh?

—Es decir, yo estoy contagiada. ¿Por qué no lo estarías tú?

—Kendall, no me siento mal —le contradijo rápidamente. Ella negó la cabeza.

—Tráeme uno de esos exámenes.

—Pero…

—Solo hazlo.

Sin querer pelear con ella en esta situación, Kick decidió dejarla ser. Él estaba seguro que se encontraba bien, dudaba que el virus estuviese en su sistema. Ya en el tercer día que llevaba allí, se había convencido de eso.

Kendall cogió el pequeño examen como una profesional. Se lavó las manos y luego limpió las suyas con alcohol para clavarle la pequeña aguja. No habían llegado todavía los quince minutos, cuando la rubia miró el examen.

—Es positivo.

Kick pegó un saltó y miró la diminuta prueba con el ceño fruncido.

—¿Cómo es eso posible? ¡Estoy bien!

—Cálmate, Clarence. Esto es muy común.

—¿Huh?

Kendall suspiró.

—Encontré muy arriesgado que te quedaras conmigo, temí que padecerías los mismos síntomas que yo, pero veo que eres muy suertudo —le sonrió sin ganas—. Eres asintomático —Kick abrió más los ojos sorprendido—, lo entiendes, ¿no? El virus corre dentro de ti, pero no presentas ningún síntoma. Estás como siempre —se rio—. Eso es un problema menos.

—Preguntaría cómo sabes esto, pero asumo que estás muy informada del tema.

—Investigué mucho de este virus cuando comenzó, y hay muchos casos como los tuyos. Ya sea por simplemente ser asintomático, o tener un sistema inmune bastante bueno. Quiero creer que son ambas cosas —se encogió de hombros.

Kick asintió y ambos volvieron a sumirse en un largo silencio. Él notó la escasa distancia que lo separaba de Kendall en esos momentos, y la comparó cuando la había encontrado reflexionando en la ventana de su habitación. Irónicamente, cuando la situación demandó la mayor distancia posible entre las personas, ellos terminaron más cerca que nunca. Lo peor era que a Kick no le molestaba esta nueva relación que tenía con su ex enemiga. Aun así, eran sentimientos demasiado problemáticos para él.

La cuarta visita del doctor fue acompañada del anuncio de poder dejar el hogar de la rubia para volver al suyo sin arriesgar a su familia (pero dándose un buen baño, obviamente). Al inicio, Kick iba a protestar, incapaz de dejar sola a Kendall por su cuenta, pero luego se detuvo. Pensó en sus padres, ellos querrían verlo, además, la rubia no quería que estuviese aquí en caso de que su padre volviese. No supo si fue porque no quería que le virus se expandiera más, o porque sabía que el acróbata quería romperle la nariz al hombre de negocios por haber dejado sola a su hija.


Estuvo… ¿casi dos horas? O eso le dijeron sus padres cuando apenas entró a su casa, lo encerraron en el baño para que se diera el baño más largo de su vida. No fue por haberse querido desinfectar como un misofóbico, sino porque, una vez más, Kendall se quedaría sola en su hogar. ¿Qué garantizaba que estaría bien? Si no la hubiese encontrado ese día inconsciente en el suelo porque presintió que algo andaba mal, hubiese sido demasiado tarde.

Las ropas que estuvo usando esos días y su casco le fueron arrebatados para limpiarlos adecuadamente, así que Kick esperó con sus pijamas y el cabello húmedo a que su madre regresara. Miró de reojo la ventana rota que estaba en frente de la suya. Sabía que Kendall no se acercaría a su habitación, a menos de que fuese para buscar ropa. Hizo una mueca, contemplando el cristal destrozado, sabía que la rubia lo haría pagar por eso.

—Estoy feliz de que estés con nosotros de nuevo, Kick —la voz de su madre lo distrajo y la miró. Ella le sonrió—. Pero veo que aún estás preocupado por tu amiga.

Él no le contestó. En frente de ella, sabía que no tenía que ocultar nada, pero nunca fue muy bueno con las palabras, así que esperaba que Honey entendiese sin siquiera abrir la boca.

Como era de esperarse, lo hizo. Ella se sentó a su lado.

—Me enteré de la situación de Kendall. Recibí una llamada de su madre —él la miró con sorpresa—. Su familia es un tanto diferente a la suya, pero ella sigue siendo una madre —sonrió con tristeza.

Kick se preguntó si había algo que su madre sabía de Kendall, pero no quería contarle.

—Lo he estado pensado, Kick… y me gustaría visitar a Kendall de vez en cuando para ver cómo está. Claro, tomaremos las medidas necesarias y, claramente, necesitamos de su permiso primero, pero… creo que simplemente no puedo quedarme de brazos cruzados viendo a una niña si sus padres —posó una mano en su hombro—. Sé que la conoces bien, y puede que no quiera aceptar tu ayuda, pero… si yo lo hago, tal vez deje un poco su orgullo de lado.

El acróbata consideró la oferta de su madre, y estaba de acuerdo con la idea. Kendall necesitaba ayuda, aunque no quisiese admitirlo. Aunque él quisiese ofrecerle una mano, sabía que ella no se lo permitiría, a menos de que conversara con un adulto. Así era ella.

—Esperaré a que se sienta mejor, y en un par de días, hablaré con ella —Honey se levantó y se dirigió a la puerta—. Tienes su número, ¿verdad?

Kick se sonrojó. ¿Por qué sabía eso? Sin contestar, la mujer se rio y se fue sin decir nada más.

Él se recostó en su cama y contempló el teléfono que había quedado desinfectado en su mesita de noche. A estas horas, Kendall debería estar recostada en la cama de sus padres leyendo algún libro, y si él estuviese allí a su lado, estaría viendo alguna película de acción, sabiendo que la rubia miraría de reojo la trama.

Sin poder resistirse, cogió su celular y le envió un mensaje de texto.

-Estás viva?

No era la mejor forma de iniciar una conversación, pero se trataba de Clarence "Kick" Buttowski y Kendall Perkins, así que funcionaba. Cuando el aparato vibró contra su mano, abrió enseguida la notificación.

-Sí, para tu desgracia.

Él sonrió, pero el siguiente mensaje de la joven hizo que su corazón latiera con más energía.

-Pero debo decir que tu ausencia es destacable, Clarence. Esta distancia es un tanto… ya sabes.

Se acomodó en su cama.

-Te llamaré

Te tengo una oferta respecto a eso


Traté de plasmar estos fragmentos los más pegados a la realidad posible. En el caso de mi país, o veías a un doctor a domicilio, online, o parabas a urgencias. Además, esos pequeños exámenes con 60% de probabilidad de darte un resultado definitivo rondaron mucho aquí porque era un suplicio hacerse el examen oficial. Pero bueno. Los síntomas que reflejé en Kendall son los que vi en mi madre, mientras que el caso asintomático de Kick proviene de mi padre. Literalmente, mi padre trajo el virus a la casa (e ahí la inspiración del upsi del padre de Kedndall), y no se dio cuenta por simplemente no padecer los síntomas. A mi madre le pegó más fuerte, mientras que al resto pasó casi desapercibido, solo un poco de fiebre o dolores musculares. En fin, ese es el dato personal de donde proviene esta historia.

Espero que les haya gustado. El final al menos es esperanzador, pues la idea es no dejar sola a Kendall en una situación como esta.

Nos leemos.

Rossana~

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