Capitulo 42

—¡Hermione! —exclamó su madre al verla entrar, besándole en las mejillas. Hermione se refugió en los brazos de su madre y volvió a disfrutar de aquel cálido gesto que solo ella podía proporcionarle. Con disimulo se secó unas tímidas lágrimas que escaparon de sus ojos y la observó con detenimiento—. ¿Has descansado, cariño?

—La verdad es que hubiera preferido seguir durmiendo un poco más. He echado mucho de menos mi cama —se sinceró ella con tristeza.

—Pues hija has estado en uno de los mejores hoteles, seguro que te habrás cansado de ir al Spa y de esos masajes que te dan y te quedas como nueva. Lo que menos deberías echar de menos sería regresar.

—Mamá —dijo tras asimilar desconcertada lo que su madre le había dicho—, puedo asegurarte que me moría de ganas por volver —confesó con una punzada de dolor al recordar la Riddle.

—Hija mía, menos mal que en el trabajo que estas, tú jefe te pudo adelantar las vacaciones para irte de viaje Barcelona. De pequeña siempre querías ir, ¿te acuerdas? —dijo su madre cambiando de tema y Hermione asintió. Siempre pedía de regalo de reyes viajar allí. —Suspiró recordando algo—. Necesitabas esas vacaciones, cariño. Jamás me hubiera imaginado que ese hombre te fuese a ser infiel. Ya te lo dije yo, no tenía buena espina. ¿Y ese amigo tuyo Ron Wilson…?

—No mama, Weasley, Ron Weasley. Y es como un hermano para mí.

Vale, ah unos días después de que te fueras, tu ex vino a visitarnos porque quería que le dijéramos dónde estabas. Tu padre discutió con él y le pidió que se alejara de ti porque ya te había hecho mucho daño. Él aseguró que estaba muy arrepentido y que necesitaba que hablarais, pero no ha regresado más.

—¿Cómo estaba? —Se preocupó por él.

—Yo lo vi realmente afectado, Hermione. Venía mal vestido, sin asear y parecía que había bebido. Si me lo hubiera encontrado por la calle, lo hubiera confundido con un sin techo. —Hermione sintió como su corazón se encogía al imaginarse lo que su madre le decía del hombre que aún era su marido…—. Hija, ahora que has vuelto espero que tengas las cosas más claras y te divorcies de él. Sé que es tu marido, pero él te ha hecho mucho daño y no te merece.

—Mamá no te preocupes. Yo ya no lo amo y no pienso darle otra oportunidad. He aprendido que uno tiene que luchar siempre por lo que quiere y te aseguro que Ian ya no es lo que quiero —"No lo habré aprendido muy bien cuando mi corazón es de Riddle y volvemos a estar separados." Pensó afligida—. ¿Cuánto tiempo he estado fuera? —preguntó intrigada.

—¿Tanto te has divertido que has perdido hasta la noción del tiempo? —preguntó su madre divertida y Hermione se encogió de hombros—. Dos semanas.

"¿Dos semanas? Pero si hace varios meses desde que la abuela de Abril me dio el amuleto y pedí el deseo…"

—Ayer tuvo que ir a por ti, dijiste que preferías viajar en avión por discreción. —Su madre puso los brazos en jarra.

En ese momento entro su mejor amiga, Sara entró por la puerta, se lanzó a los brazos para besarla y abrazarla.

—Cualquiera diría que llevas meses sin verme, exagerada —bromeó Hermione.

—Qué graciosa eres, pues sí los llevo y han sido los más largos de mi vida.

Sara estuvo hablándoles durante horas de su nuevo trabajo en una oficina de diseño gráfico, del nuevo piso que había alquilado para no tener que compartirlo con nadie más y de todos los lugares que había visitado desde que había aceptado aquel puesto.

—La próxima vez que venga traeré Armand, es un encanto. —Suspiró al recordarlo. Hermione se alegró por ella—. Nos estamos conociendo, pero estamos muy ilusionados y esta vez parece que va en serio. ¡Creo que es el amor de mi vida!

—¿Cuántas veces habremos escuchado esas palabras de tu boca, Sara? —preguntó divertida su madre poniendo los ojos en blanco.

—Esta es la definitiva Herm, te lo prometo.

El padre de Hermione aprovechó que su esposa y su hija conversaban animadamente sobre aquel chico del que Sara no se cansaba de hablar, para pedirle a Hermione que lo acompañara a la cocina.

—Tengo que ir a por el postre, ¿me ayudas cariño? —La aludida asintió.

Su padre se dirigió a la nevera, sacó varias natillas caseras que había preparado su madre y las colocó en una bandeja. Miró a su hija con ojos traviesos y tras buscar en el fondo de la nevera, sacó algo y se lo mostró a Hermione. Ésta abrió los ojos de par en par. Era una tarta pequeña de queso, la preferida de su padre y de ella.

—Mientras tu madre e tu amiga están hablando, que te parece si nosotros nos vamos comemos este manjar. —su padre se sentó en la isla de la cocina e invitó a su hija a que se sentara en el taburete de al lado—. Esto es solo para ti y para mí. La he comprado hoy para compartirla contigo cuando vinieras a comer. Tu madre no sabe nada.

Hermione lo miraba maravillada desde la silla. Volvía a reencontrarse con el hombre atento, cariñoso y detallista que la malcriada, a pesar de sus veintitantos.

—Te he echado mucho de menos, papá —dijo Hermione besando a su padre, estaba emocionada.

Cuando estabas en ese colegio… como se llamaba, Hogwarts… estabas más tiempo hehe.

Hermione como respuesta le dio un abrazo y un beso, el cual su padre respondió con amor.

Por la tarde, Hermione recibió la visita de su amiga Ginny. Durante horas, ésta le puso al día de todos los cotilleos de las dos últimas semanas de sus hermanos y Harry. Luna, su otra mejor amiga, estaba conociendo a un chico, algo que a Hermione le hizo especial ilusión. Luna nunca había tenido suerte en el amor y según Ginny, esta vez, todo iba viento en popa. Después le habló del embarazo de la esposa de Bill.

—Hay algo que no sé si quieres saber.

—¿Es de Ian? —interrogó Hermione y su amiga asintió—. Puedes hablarme tranquilamente de él todo lo que quieras.

—Está conociendo a una chica. —Algo en el interior de Hermione se removió—. El viernes pasado Harry y yo salimos al callejón Diagon cenar y nos lo encontramos por casualidad. Iba con una mujer morena, de ojos oscuros, no era una mujer muy guapa, pero era llamativa. Nos la presentó como su amiga, pero después Harry me contó que Ian ya la conocía de antes y desde vuestra separación, se ha dado cuenta de que le gusta. —Hermione se quedó muda, no sabía que decir—. Siento mucho habértelo contado, pero somos amigas y he creído conveniente decírtelo yo misma antes de que te enteres por otras personas.

—No te preocupes Ginny, muchas gracias. A pesar de lo que me hizo, me alegro de todo corazón de que él sea afortunado en el amor —se sinceró, realmente estaba feliz por su marido—. Nuestro matrimonio ya no tiene arreglo y ambos debemos buscar nuestro camino hacia la felicidad.

—¿Y cuál es tu camino? —preguntó Ginny.

—Mi camino está muy lejos y es inalcanzable —confesó con tristeza al recordar que nunca más volvería a ver a Riddle. Y tampoco savia si era muy buena idea explicárselo a Ginny.

Durante todo el día había estado rodeada de sus seres queridos impidiéndole que pudiera pensar ni un solo minuto. Sin embargo, hasta que no llegó la noche, no fue consciente de que su tortura había comenzado. En aquel momento sintió como su casa se le caía encima, era demasiado grande para ella o ella se había hecho demasiado pequeña desde que se alejó de Riddle. Se sentía sola y perdida en un lugar en el que notaba que ya no era el suyo. Estaba muy confundida. Pensaba que regresar a su época era la mejor solución para olvidar, pero la verdad era muy distinta. Lo único que hacía era extrañar a todas las personas que había conocido, pero, sobre todo, un nombre le venía a la cabeza, Tom Riddle, al que añoraba con una punzada de dolor en su corazón y un mar de lágrimas resbalando por sus mejillas.

Los días pasaron y Hermione inició una rutina que realizaba sin ilusión. Se levantaba temprano, se duchaba, se ponía uno de sus trajes formales y se marchaba a la Ministerio. Allí pasaba la mayor parte del día, hasta se llevaba un sándwich y se quedaba a almorzar para no tener que regresar a su casa y pasar esa hora sola. Las tardes que tenía trabajo pendiente se quedaba para terminarlo, necesitaba estar la mayor parte del día ocupada para no pensar. Además, se apuntó de compras con su amiga Ginny, algo que la ayudó gratamente a enfrentar la difícil etapa que estaba viviendo.

Pero cuando llegaba la noche, inexplicablemente, no podía dejar de extrañar la vida que había llevado con Riddle. Allí siempre había alguien que le acompañaba. Podía salir a caminar por los jardines o sentarse a disfrutar de la primavera en uno de los bancos. Lejos quedaba ya el entusiasmo por ver la televisión que veían sus padres. Nada de eso ya le interesaba, había caído en un estado de apatía total.

Se martirizaba pensando en Riddle, en cómo sería su vida al lado de Mariene. "¿Se habrán casado? ¿O abra seguido sus planes…? no, no creía tal cosa, hubiera habido cambios en su tiempo ¿Pensará en ella o ya la habrá olvidado?" Miles de cuestiones que martilleaban su mente y que jamás tendría la oportunidad de responder. Con lágrimas recordaba cada beso, cada caricia y cada palabra que aquel hombre le había dedicado. Volvía a excitarse al pensar en los momentos de pasión que habían vivido y se le erizaba la piel cuando los recuerdos de los momentos tensos llegaban a su mente. Ahora que había vuelto se lamentaba por haber sido tan impulsiva y haber tomado la decisión de regresar tan precipitadamente. Ya no había marcha atrás, ya solo quedaba asimilar que todos aquellos momentos vividos y esas personas a las que había aprendido a querer, solo estarían presentes en sus recuerdos.

Todos achacaban su tristeza y dejadez a su separación con Ian, pero solo ella sabía que ese era el menor de sus problemas. Al revés, quería empezar una nueva vida y decidió buscar a un abogado para que le llevara los trámites del divorcio. Le iba a proponer a Ian vender la casa y cómo la habían comprado una vez casados, la mitad de lo que sacara por ella, le pertenecía a su marido. Aquella casa era demasiado grande y aunque Ian no le había reclamado nada, no se sentía bien viviendo en un lugar que no era completamente suyo.

El sábado por la mañana, Hermione decidió hacer limpieza, con magia, eso si esegurandose que ningún muggle lo pudiera ver. Eso le mantendría la mente ocupada durante la mayor parte del día.

El timbre de su casa sonó, pero la música que decidió poner estaba tan alta que ella no lo escuchó y continuó limpiando los estantes haciendo graciosos gestos con la varita y recolocando las figuras y marcos de fotos.

El timbre sonó de nuevo y ella seguía sin escucharlo. Se movía por su salón con varita en la mano quitando hasta la mota de polvo más imperceptible de aquellos modernos muebles de líneas rectas.

En cada párrafo de la canción, Hermione se motivaba aún más para limpiar. Estaba triste y a la vez, enfadada. Y el culpable tenía un nombre. "Justo lo que has hecho tú Riddle, engañarme con otra…"

—¡Hermione!—dijo una voz masculina a sus espaldas.

Hermione se sobresaltó tanto al escuchar aquella voz que la varita se le cayó a los pies y un grito de terror escapó de su garganta.

—¡La leche! Me has asustado.

—Lo siento, no era mi intención—respondió el hombre apenado—. He llamado varias veces al timbre y viendo que no me escuchabas, he decidido abrir aparecerme. Espero no molestarte —se disculpó nuevamente desde la puerta.

—Pasa, estás en tu casa y nunca mejor dicho —dijo Hermione con una sensación extraña en su cuerpo.

—Venía a hablar contigo. He recibido la demanda de divorcio.

—Siéntate y lo hablamos con calma si quieres. —El corazón de Hermione latía con fuerza—. ¿Te apetece tomar un té? —Ian asintió.

Hermione fue a la cocina a preparar el té y desde la puerta pudo observarlo con detenimiento. Su piel estaba más tostada de lo que ella recordaba, se había dejado el pelo un poco más largo de lo habitual y una incipiente barba que lo hacía más atractivo de lo que ya era. Habían cambiado tanto en tan poco tiempo que parecían dos extraños que estaban empezando a conocerse.

—En primer lugar, quería pedirte disculpas por todo el daño que te ocasioné —dijo Ian dándole un sorbo al té, Hermione lo escuchaba aturdida, no sabía sí quería revivir el pasado de nuevo—. Tú no merecías mis ausencias ni mis desplantes y mucho menos mis engaños. No supe estar a la altura de nuestro matrimonio.

—La verdad es que lo pasé muy mal, pero este tiempo me ha servido para comprender que no estamos hechos el uno para el otro —Hermione intentaba controlar la respiración para no parecer nerviosa—. Tarde o temprano, nuestra separación hubiera llegado, aunque sí tengo que reconocer, que las condiciones de nuestra ruptura no fueron las mejores —una punzada de rabia apareció en su corazón, pero rápidamente se deshizo de ella, no tenía caso seguir con eso cuando ella ya lo había superado.

—¿Podrás perdonarme alguna vez?

—Ya lo he hecho, Ian. No te preocupes, no te guardo rencor, te deseo lo mejor. Si te he pedido el divorcio no es porque esté resentida, sino porque creo que los dos merecemos comenzar una nueva vida y éste es el primer paso.

—Estoy de acuerdo contigo. Eres una gran mujer Hermione, nunca lo he dudado y cualquier persona se sentiría muy dichoso por tenerte a su lado. Yo fui muy feliz, nunca lo dudes, pero a veces las cosas no salen como nosotros queremos. —Hermione asintió, estaba de acuerdo con él—. Hay otra cosa que quiero que sepas y que creo que es mejor que te enteres por mí antes de que lo hagas por otras personas.

—¿Qué sucede? —preguntó intrigada y un poco asustada.

—Estoy conociendo a otra persona. Sé que es pronto y estás en tu derecho de juzgarme, pero…

—No te preocupes Ian, lo nuestro forma parte del pasado y te deseo lo mejor junto a tu nueva pareja.

Aquellas palabras sorprendieron mucho a Ian, él esperaba que la que aún era su esposa le reclamara algo, sin embargo, esto no sucedió. Totalmente confundido, decidió cambiar de tema.

—No hace falta que vendas la casa, ¡quédatela!

—Es una propiedad de los dos y debemos repartirla a partes iguales. Como no podemos partirla por la mitad —bromeó para acabar con la tensión que había entre ellos dos—, he pensado que lo mejor es venderla y repartirnos el dinero.

—Hermione nunca te pediría nada, no me hace falta el dinero tampoco. Insisto, quédatela.

—Es demasiado grande para mí sola Ian. Además, si quiero empezar una nueva vida, creo que venderla es un gran paso. ¿Cuánto quieres que pidamos por ella?

—Decídelo tú, ya te he dicho que el dinero no me importa.

Hermione asintió y tras un incómodo silencio entre ellos, Ian decidió que era el momento de abandonar aquel hogar que había compartido con Hermione durante varios años repletos de felicidad, hasta que todo se torció por su culpa. Se despidieron como dos buenos amigos, sin rencores ni dobles intenciones. Ambos sintieron como sus corazones se relajaban y sentían una enorme paz en su interior. Habían cerrado un capítulo totalmente necesario para comenzar una nueva vida.