Las semanas siguientes a sus días en el hospital fueron los peores. Su madre no la dejaba salir ni al patio trasero de la casa. No sin supervisión. La obligó a tomar la píldora, lo cual fue algo positivo. Pero, por supuesto, mencionar el nombre de Edward Cullen estaba prohibido en su casa. Fueron semanas y semanas de completa tortura.
De todas formas, las cosas con su novio no eran melocotón y corazones. Algo se sentía mal. Desde ese día estaban más distanciados. No hablaban, no como antes. Estaba un poco asustada por la situación, pero sabía que Edward necesitaba espacio y tiempo. ¿Cuánto? No estaba segura. Las vacaciones de fin de año llegarían pronto y ahí no tendrían excusas para escapar del otro.
Cuando debió volver al Instituto, Bella temió que su madre quisiera mudarse con ella. Estaba claro que no confiaba en su hija. Pero ya era suficiente.
-Mamá, por favor. Todo estará bien. Necesito volver a mi realidad. Extraño bailar y a mis amigos… Todo estará bien- la tranquilizó. Un poco renuente, Renée la dejó ir.
Nunca pensó que ver la oscura melena de su compañero de cuarto la haría sentir tan feliz. Extrañaba el ambiente universitario, las clases, a Gianna. Todo. Ansiaba volver a esa rutina ya tan conocida. Quería volver a ser la misma de siempre. La misma que era antes de que todo se fuera al carajo.
-¿Qué se siente volver después de tantos meses?- preguntó Gianna. Los últimos días habían sido agotadores. Nunca pensó que sería tan difícil retomar el ritmo de sus compañeros, pero estaba muy feliz.
-No lo puedo negar, se siente genial- su sonrisa la delataba. Esto era algo que necesitaba como respirar. Finalmente su fractura había sanado y podía volver oficialmente a bailar.
-Así veo, Bella. ¡Te lo mereces!- respondió orgullosa. Ya era hora que su amiga volviera a ser la de antes. Tomaron sus cosas y se prepararon para volver. -¿Viste el anuncio para las becas en Francia?- preguntó su amiga interesada, mientras caminaban a sus habitaciones.- Me encantaría inscribirme, pero mis padres me matarían si me fuera- suspiró.
-¿Francia?- Eso es demasiado lejos.- ¿Ya te aburriste de mí?- cuestionó divertida con un puchero.
-La idea de alejarme un poco de la rutina suena tentador. ¿No te parece?- pensó.
Entendía lo que su amiga quería decir perfectamente, pero ¿estaría dispuesta a alejarse de su familia y más importante, de Edward?
-Sería una locura, Gianna, aunque suena muy entretenido. Deberías conversarlo con tus padres- Ella era muy extrovertida, era perfecta para algo así.
-¿Tú crees? ¡Sería estupendo! ¿Te imaginas, Bella? Bailar profesionalmente por toda Europa, casarme con un elegante francés y tener muchos gatos- gritó ilusionada.
-Por muy tentador que suene, soy demasiado cobarde para dejarlo todo y marcharme- respondió descartando la idea.
-¡Aguafiestas! Todavía tienes todo el verano para pensarlo- respondió tomando rumbo a su habitación. –De seguro Edward te sigue- guiñó coqueta.
Bella la miró sorprendida. Eso definitivamente sería una locura.
El pelirrojo por su parte seguía estancado en su mundo paralelo y parecía no querer salir de ahí. Lo único que sentía era rabia. Hacia su padre, hacia los padres de Bella, incluso aunque no quisiera admitirlo, hacia ella. Había ciertas cosas que no podía dejar de pensar, por más que quisiera. Por más que Bella quisiera seguir adelante como si nada.
Ya no hacían nada juntos. Estar solos, tener que conversar entre ellos, toda esa intimidad se volvió incómoda. Ni hablar de tener sexo. Luego del accidente se sentía extraño pensar en eso. Por lo que preferían hacer actividades que no requirieran tener que pensar mucho. Edward era experto en eso últimamente. Siempre lo fue.
Se había acostumbrado a salir. Muchas veces con ella. Otras solo. La mayoría terminaba con él ebrio en casa de Jazz, en su propia casa, o en cualquier casa. Vaya panorama. Bella debía recoger los pedazos noche tras noche. Otras veces la llamaba totalmente borracho, en la mitad de la noche. Rogando porque todo volviera a ser como antes, pero al día siguiente no recordaba ni la mitad.
-¿Quieres otro?- le preguntó mientras se preparaba ya su cuarto vaso. Bella lo miró preocupada. Hablaba con Alice sobre los planes para las vacaciones, pero no le quitaba ojo a su novio. Edward no se detenía en ningún momento. Vaso tras vaso, no parecía ni respirar entre uno y otro.
-Jesús, Edward. ¡Deja algo para el resto!- inquirió divertido Jasper, golpeándole amistosamente la espalda y haciendo que derramara un poco de su vaso. Edward lo alejó de un manotazo.
-¡Cállate, Jazz!- se tambaleó un poco. A estas alturas, nadie se sorprendía por su conducta. Antes de Bella, era algo habitual. -Necesito un cigarro- protestó. Se alejó aturdido del lugar y Bella lo siguió preocupada.
- ¿Edward? -ni siquiera se inmutó al escuchar su nombre. Siguió buscando entre sus bolsillos el paquete de Marlboro. Bebió el resto de su vaso y lo tiró al suelo. -¿Qué es lo que te pasa hoy?- inquirió ya molesta por su actitud.
-Tú me pasas- declaró alejándose. Caminaba con dificultad, arrastrando sus pasos y sus palabras. Se acercó a la barra de licores.
-¿Puedes hablar conmigo, por favor?- lo agarró del brazo.
-No hay nada de qué hablar- contestó sirviéndose un nuevo vaso. Ya había perdido la cuenta. Ni un rasgo de su Edward.
-¡Deja de beber!- gritó siguiendo sus pasos. No pensaba escucharla. Intentó detenerlo, pero él era más rápido.
-Joder. Déjame en paz- Bella se congeló en su lugar. ¿A esto es lo que habían llegado? ¿En serio?
-¿Eso es lo que quieres?- Edward asintió sin siquiera ser capaz de mirarla. Sabía que se estaba desquitando con ella. Últimamente era muy bueno en eso. Se alejó antes de que la rabia embargara su cuerpo. No iba a perder su tiempo con él. No pasaría ni un segundo más aquí. No quería que nadie la viera llorar.
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Eran las 3 de la mañana cuando sintió su teléfono sonar insistentemente. Ya era habitual. No pensaba contestarle esta vez. Estaba muy dolida y cansada.
No entendía porque estaba actuando así. Después de todo lo que habían pasado juntos. Todas las parejas pasan momentos duros, eso lo sabía. Pero no esperaba que todo se convirtiera en una tragedia. Lo sentía alejándose de ella y eso le aterraba.
Media hora más tarde, su teléfono dejó de sonar. No estaba preparada para hablar con él. Al intentar dormir, una alta figura en la puerta la asustó. Edward estaba parado en su habitación. La luz de la noche dejaba vislumbrar el rostro demacrado del chico. Apestaba a cigarro.
-¿Qué haces aquí?- susurró asustada. -¿Cómo entraste?- Sus padres estaban a solo metros de distancia.
-La llave del macetero- respondió acercándose a su cama.
-Pensé que querías que te dejara en paz- cuestionó desviando la mirada.
-Sabes que no lo dije en serio- intentó tocarle el rostro, pero ella lo alejó rápidamente.
-Edward, sé que las cosas no son como antes. No soy tonta. Pero no voy a mantener una relación con un borracho- inquirió acusatoriamente.
-Bebé, así te enamoraste de mí- respondió tomando su rostro para besarla. Al parecer seguía con alcohol en el cuerpo. Ella lo pudo sentir en sus labios.
-Tienes un problema, Edward- decretó alejándolo firme.
-Ya lo sé- Eres tú, pensó. -Pero te necesito- intentó colarse con ella en la cama. Se alejó abruptamente, mientras el caía derrotado en las sábanas. A las tantas de la noche y completamente solo, era cuando más la extrañaba. Cuando olvidada todo lo que sentía, todo lo que pensaba y solo era Edward.-Me has herido tanto, pero te amo de todas formas. Siempre- susurró. Bella quedó en silencio. ¿Qué podía responder a eso?
-No puedes decir ese tipo de cosas y esperar a que… ¿Edward? ¿Me estás escuchando?- había caído dormido profundamente.
