22. VICTIMA


La voz de Karui en el vestíbulo despertó a Naruto, cuando sus pasos se aproximaron, éste se incorporó dándose cuenta de repente de dónde estaba. Sus movimientos despertaron a Hinata, que se acercó a él con los ojos todavía cerrados, sonriendo adormilada.

Cuando Karui abrió la puerta, él se cubrió de nuevo con la sábana, renuente a levantarse. La criada se paró en seco al verlos a los dos en la cama, luego sonrió, y prosiguió con su actividad frenética como si fuera un día normal.

Haciendo caso omiso de la expresión de disgusto de su amo, se dirigió a las ventanas para retirar las cortinas y dejar que los brillantes rayos del sol llenaran la habitación. Se detuvo con los brazos en jarras riendo entre dientes.

—Sí señor, hace un día espléndido —afirmó—. Creo que no había visto tanto sol desde hace veinte años, desde que su mamá vivía en esta casa, señorito Naruto.

Hinata ahuecó los almohadones para recostarse en ellos y se cubrió el pecho con la sábana. Naruto se incorporó, colocando la mano sobre el muslo de su esposa y lanzó a Karui una mirada llena de furia. Al verla caminar de un lado a otro de la habitación, recogiendo ropa y colgándosela del brazo, ordenando aquí y allá, Hinata tuvo que hacer un esfuerzo para no reír.

—Supongo que querrán desayunar pronto —dijo Karui—. No sabía que fuese usted una persona que se levantara tarde, señorito Naruto. Estoy segura de que el señorito Menma estará sufriendo amargamente preguntándose dónde está usted. Ja ja ja.

Rió a carcajadas sin poder ocultar su felicidad, pero de pronto se puso seria al coger el camisón azul transparente de Hinata del suelo y colocarlo con cuidado sobre una silla cerca de la joven. Luego continuó hacia el armario y descolgó una bata que dejó junto al camisón

—Supongo que va a subir enseguida —prosiguió—. Hace rato que desayunó y me dijo que deseaba hablar con usted. —Una amplia sonrisa volvió a iluminar su rostro al dirigir la mirada a la pareja que estaba en la cama—. También el señorito Boruto va a querer venir a esta habitación muy pronto. Tampoco a él lo había visto dormir tanto antes. Lo tiene usted educado, señorita Hinata.

—Tiene mejores modales que algunas de las personas que conozco — replicó Naruto, arrancando una carcajada a la criada.

Karui se dirigió hacia la puerta arrastrando los pies, y antes de salir, se volvió para lanzar a Naruto una mirada traviesa.

—Sí señor, hace un día espléndido.

Antes de que se hubiera ido, la voz de Menma sonó en la habitación contigua.

—¿Dónde está el tonto perezoso? —inquirió Menma—. Se retira de la fiesta pronto, olvidándose de sus invitados, y se queda en la cama hasta mediodía.

Asomó la cabeza por la puerta y Hinata se tapó hasta el cuello. Se hizo un momento de silencio al verlos en la cama.

—Bueno, no están exactamente presentables, pero entraré de todas formas —dijo Menma con una sonrisa.

Pasó al lado de Karui al marcharse ésta, y entró en el dormitorio, colocándose a los pies de la cama para contemplar a la pareja. Esbozó una sonrisa desigual, observando principalmente a su hermano, mientras éste se revolvía incómodo ante el escrutinio.

Luego se dirigió a la ventana con paso firme, echando una ojeada al camisón azul de Hinata al pasar por delante de la silla. Con una mano apoyada en el alféizar y la otra en la cintura, permaneció contemplando meditabundo las tierras bañadas por los rayos del sol.

—Sí, señor —murmuró, pensativo—. Va a ser un día magnífico. — Soltó una carcajada al pensar en un chiste privado.

Naruto rezongó mirando al techo y apretó las mandíbulas.

—Es un día bastante lamentable —espetó—, cuando tu propio dormitorio se convierte en algo tan público como una casa de subastas. Voy a ordenar a Kotetsu que ponga cerraduras en estas puertas.

Menma se volvió e hizo una reverencia.

—Le ruego me disculpe, señor —comentó burlón—. Si hubiera estado enterado de su cambio de aposentos, hubiera sido más discreto. Sin embargo, te recuerdo, querido hermano, que tenemos invitados a los que atender, y que se están poniendo nerviosos ante tu ausencia. ¿Debo decirles que estás indispuesto? —Tras el gruñido de Naruto como respuesta se echó a reír y prosiguió—. Muy bien, simplemente les diré que eres muy perezoso y que en breve te reunirás con ellos.

Se dio la vuelta como para marcharse, pero se volvió hacia ellos de nuevo.

—Debo acordarme de felicitar a Killer B. Se sentirá muy feliz al saber que no ha fracasado como casamentero.

Los contempló en silencio, divertido, hasta que entendieron el significado de lo que Menma acababa de decir. Lo contemplaron perplejos.

—Está bien —les tranquilizó—. Conozco los detalles desde hace algún tiempo, pero no culpen demasiado a Killer B. Estaba bastante ebrio y además creía que estaba solo. —Volvió a soltar una carcajada dirigiéndose hacia la puerta y, allí, echó un vistazo al camisón azul de Hinata, luego miró a su hermano—. Has tenido más fuerza de voluntad de la que yo habría tenido, querido hermano.

Le guiñó un ojo a su cuñada, se volvió riendo entre dientes y se marchó.

Naruto farfulló algo desagradable acerca de la falta de privacidad y se sentó en el borde de la cama. Hinata, riendo alegremente, lo abrazó por detrás con ardor.

—Oh, es un día hermoso ¿verdad Naruto? —comentó la joven.

El hombre sonrió con los ojos cerrados y acarició con la espalda los senos desnudos de su esposa, deleitándose con el contacto.

—Ciertamente, cielo —corroboró en voz baja—. Ciertamente. —De repente la cogió en brazos, la dejó en el suelo y le dio una palmada en las nalgas desnudas—. Si no te encargas de nuestro hijo pronto, va a tener que esperar un poco para desayunar —la amenazó.

Hinata rió tontamente abrazándolo y poniéndose de puntillas para besarle los labios.

—No te vayas. Tengo la intención de tenerte a mi lado la mayor parte del día.

Naruto la besó apasionadamente, estrechándola firmemente entre sus brazos, y le susurró al oído:

—Vas a tener problemas para deshacerte de mí, milady.

Contagiado por el buen humor de sus padres, Boruto estaba juguetón tras haberse llenado el estómago adecuadamente.

Daba pataditas alegremente en el agua, salpicando a su madre, y reía contento cuando su padre le reprendía por sus malos modales. Cuando Hinata lo bajó al salón, estaba encantado con la atención que los invitados le dispensaban, arrullándolo y mimándolo.

La señora Gōkyodai observó el brillo en los ojos del padre y asintió lentamente con el bastón en la mano.

—Bueno Naruto, se te ve de mejor humor que ayer noche. El descanso nocturno debe haber hecho maravillas en tu estado de ánimo.

—Gracias, Chiyo. Lo ha hecho —confirmó Naruto—. Me siento considerablemente mejor esta mañana. —Alzó la vista y se encontró con los ojos sonrientes de su esposa por encima de la cabeza del bebé. Él le devolvió una mirada cálida y feliz.


Ya era casi de noche cuando los últimos invitados ascendieron a sus carruajes. Habían servido una comida ligera previamente; los hombres habían tomado el último trago del whisky de Menma para calentar sus estómagos, y las mujeres, un último vaso de agua fría o un sorbo de vino para aliviar un poco el largo recorrido hasta sus casas.

Cuando en la mansión sólo quedó la familia Namikaze, ésta se reunió en el salón para gozar de una velada tranquila. Hinata se acomodó con Boruto en un edredón sobre la alfombra, donde el niño empezó a balbucear al tiempo que agitaba los brazos y observaba con curiosidad las motas de polvo que flotaban en un rayo de sol cercano.

Naruto, en el sofá muy cerca de su esposa, y Menma, en una silla frente al matrimonio, disfrutaban de sus respectivas bebidas contemplando al bebé.

El traqueteo de un carruaje y el estruendo de unos cascos rompieron la tranquilidad del momento familiar. El carruaje de Sāra se detuvo frente al porche. La mujer, con una expresión de gravedad en el rostro, descendió rápidamente del coche y subió por las escaleras a paso ligero, apartando a Killer B de su camino e irrumpiendo en la escena sin preámbulos.

Antes de abrir la boca, le arrebató el vaso a Naruto y apuró la copa de un trago. Luego depositó el vaso en la mesa con una mueca de desagrado.

—Bien, Naruto —espetó—. Una vez más has conseguido ser el centro de los cotilleos de Konohagakure.

Naruto miró a la intrusa con una expresión de interrogación y la mujer se explicó casi sin aliento.

—Han encontrado asesinada a Sari esta mañana. —Ante la sorpresa de Hinata la mujer esbozó una media sonrisa—. Y ayer, en la calle Meeting, te vieron en su compañía. De hecho, parece ser que fuiste la última persona que habló con ella.

Una sensación fría y horrible empezó a crecer en el interior de Hinata. Apretó el muslo de su marido, y éste, a su vez, presionó su mano para tranquilizarla. El silencio llenó la habitación y todos los presentes contuvieron la respiración por unos segundos.

Al ver las manos apretadas, Sāra se irguió, arrugó la frente y prosiguió hablando desenfrenadamente.

—La encontraron en los bosques, a las afueras de la ciudad, con el cuello roto. La habían maltratado brutalmente. Pobre chica, y nadie la echó de menos en el baile ayer noche ¿verdad? Le habían arrancado la ropa y el médico afirma que la violaron. —Arqueó de nuevo la ceja mirando a Hinata deliberadamente, luego sonrió a Naruto.

— Por supuesto, sé que nunca has tratado a una mujer de ese modo, querido, pero el sheriff tiene algunas dudas. De hecho, llegará aquí muy pronto. Parece ser que la señora Seki tiene una idea de quién puede haber sido la bestia.

Menma soltó una fría carcajada en medio del silencio.

—Como de costumbre, la lengua de Nae Seki supera su actividad cerebral —espetó.

Sāra lo miró con desprecio.

—Han salido a la luz una serie de extrañas circunstancias acerca de las cuales estoy convencida de que el sheriff te interrogará. Pero claro. — Soltó una risilla estúpida y lanzó una mirada llena de odio a Hinata—. Naruto puede explicarlas todas. —Se volvió hacia él y exigió—: Sólo dime dónde te metiste ayer noche, querido.

Hinata, sin soportarlo por más tiempo, salió en defensa de su marido.

—Estuvo conmigo toda la noche, Sāra, y todo el día de hoy y puedo dar fe de ello —constató.

—¡Oh! —exclamó Sāra entornando los ojos hacia el bebé—. Y supongo que tendrás otro retoño para probarlo. Pero entonces... —Se volvió hacia Naruto—. Supongo que dejarla embarazada es la mejor manera de probar tu inocencia, ¿no, querido?

Hinata ahogó un grito ante los insultos maliciosos de la intrusa, pero los dos hermanos se levantaron violentamente de sus asientos.

La mirada de Naruto se oscureció y el tic nervioso reapareció en su semblante. Avanzó hacia ella con las manos medio aleadas como si fuera a estrangularla y Sāra reflejó el miedo en sus ojos. Pero Naruto consiguió controlarse ante lo cual la mujer esbozó una sonrisa frívola y espetó:

—Chist... Debes vigilar ese mal genio, querido. ¿Qué va a decir el sheriff? — Se volvió-—. De todos modos, ahora debo marcharme. No creo que le guste que te haya prevenido. —De camino hacia la salida soltó una carcajada—. Saldré por la parte trasera, así no sabrá que he estado aquí. Gracias, querido.

Pocos minutos después su carruaje rodeaba la mansión y se alejaba por el camino. Hinata cogió en brazos al bebé berreador y los tres adultos se miraron consternados.

—Quien crea que has tenido algo que ver con el asesinato de Sari, está loco Naruto —dijo furioso Menma, depositando de golpe el vaso sobre la mesa. Blasfemó en voz baja y empezó a caminar por el salón.

—Esa estúpida... Todos los viciosos de la ciudad llamaban a su puerta. Pero ¿por qué alguien desearía inculparte a ti? Dios santo, si ni siquiera te habías fijado en ella. Y estoy seguro de que si lo hubieras hecho, ella te habría violado a ti.

Hinata alzó la vista hacia su marido, preocupada, mientras intentaba calmar a Boruto que lloraba impaciente demandando su cena. Fue Naruto el que habló con tranquilidad.

—Naturalmente la señora Seki está preocupada y es responsabilidad de Uchiha como sheriff investigar todas las posibilidades, incluyendo los delirios de una señora histérica. Ayudé a Sari a llevar los paquetes a su carruaje ayer, y estoy seguro de que hubo mucha gente que nos vio juntos. Pero por ello no deberían pensar que yo soy el asesino. Uchiha no es tonto. Atenderá a razones.

Hinata intentó levantarse con el bebé en brazos y, al verlo, Naruto se apresuró a ayudarla.

El hombre la miró a los ojos de tal forma que disipó cualquier duda que la joven pudiera tener. Era imposible que fuera capaz de mirarla con tanta ternura y tanto amor y ser culpable de un acto tan horrible. La joven lo besó suavemente, sin prisas.

—No estaré arriba mucho tiempo —aseguró en voz baja al separarse. Se marchó de la habitación y subió las escaleras con Boruto en brazos.

Cuando Hinata descendió tras haber amamantado y acostado al bebé, oyó una voz desconocida. La réplica furiosa de su esposo hizo que se detuviera en las escaleras.

—Maldita sea, Uchiha, es una pregunta estúpida —maldijo Naruto—. No, nunca me acosté con ella. No la encontraba atractiva ni deseable, y me habría resultado físicamente imposible excitarme con ella.

—La señora Seki no dice lo mismo, Naruto —apuntó el sheriff—. Ella afirma que mantenías una aventura secreta con Seki desde hace años... que cuando empezó a ver a otros hombres después de tu matrimonio te pusiste celoso, y que en un arrebato de ira la violaste y luego la asesinaste.

—¡Eso es una sarta de mentiras! —exclamó Naruto colérico—. Es incuestionable que Nae cree que obtendrá algún tipo de compensación por su lengua viperina. Ha estado intentando casarme con su hija durante años, pero te juro Uchiha, por la tumba de mi madre, que jamás toqué a esa chica.

—He oído que ayer noche celebrasteis un gran baile —comentó el sheriff con un marcado acento sureño—. Y también he oído que algunos invitados decían que estabas de muy mal humor.

—Nuestra atenta Sāra, sin duda —apuntó Menma despectivamente.

—Le aseguro, Uchiha —declaró Naruto—, que mi comportamiento de ayer anoche no tuvo nada que ver con Sari. Ni me había enterado de su ausencia en el baile hasta que Sāra nos lo ha dicho hace escasos minutos.

—Entonces ¿cuál fue el motivo de tu irritación? —inquirió Uchiha. Menma se echó a reír.

—Estuvo intentando evitar que los invitados devoraran a su esposa con los ojos.

—Luego, parece ser que tienes ataques de celos —observó el policía.

—Por lo que respecta a mi esposa, sí —admitió Naruto.

—¿Y por qué solamente ella? Pudiste sentir lo mismo hacia Sari con ese temperamento —apuntó Uchiha.

Naruto soltó una carcajada.

—Es indudable que no ha visto nunca a mi esposa, porque si lo hubiera hecho, entendería enseguida todo este asunto. Al lado de la señora Namikaze, Sari quedaba en evidencia.

Uchiha se aclaró la garganta y prosiguió, reticente. —Entre tus amistades corre el rumor de que no duermes con tu esposa, Naruto. ¿Es eso cierto?

Al oír el comentario, a Hinata se le encendió la sangre. Entró bruscamente en el salón donde se encontraban los tres hombres y se encaró con el extraño, que la miró sorprendido durante unos segundos y, ruborizado, bajó la cabeza.

Uchiha era tan alto como los Namikaze pero más corpulento. Se dirigió a su esposo, deslizó una mano por su cintura y habló en un tono comedido.

—Lo que ha oído es falso, señor —lo corrigió la joven. —Es cierto que cuando estaba embarazada dormíamos en habitaciones separadas, pero no veo nada raro en ello si una mujer tiene un esposo tan atento como el mío. Temía hacer daño al bebé o a mí mientras dormía. —Con una expresión inquisitiva preguntó al hombre—: ¿Es usted tan considerado con su esposa, señor?

Nervioso, Uchiha musitó una respuesta negativa, luego tosió y corrigió su contestación sonrojado.

—No estoy casado, señora—. Menma rió para sí.

—Ah —Hinata suspiró, alzando la cabeza—. Entonces sabe usted muy poco acerca de mujeres en estado. Pero acerca de su pregunta: ¿Dormimos juntos? Sí, señor, lo hacemos. —Sus ojos brillaron de rabia—. Y soy una esposa muy exigente, señor, y no puede existir la posibilidad de que mi marido pudiera desear a otra mujer, y mucho menos asaltarla.

Hinata finalizó la frase furiosa y Menma le dio un golpe en la espalda a Uchiha riendo ligeramente.

—Será mejor que le prevenga, Uchiha. Nuestra dama es medio irlandesa, así que cuando el asunto lo requiere, no duda en enseñar las uñas.

El sheriff, incómodo, miró alrededor manoseando el sombrero.

—Bien, puedo ver que lo que dices es cierto, Naruto, pero espero que comprendas que debo comprobar cada detalle en un asunto tan desagradable como éste. —Se volvió para marcharse, no sin antes disculparse de nuevo.

Los tres oyeron alejarse el carruaje como perseguido por el demonio, y exhalaron un suspiro aliviados.

—Nunca había visto a Uchiha tan avergonzado —afirmó Menma riendo—. Creo que por lo que a él respecta, Naruto, eres tan inocente como un recién nacido.

—Gracias a mi exigente esposa —apuntó Naruto, animado. Hinata se separó de él y lo miró con la cabeza alta.

—Era demasiado personal —observó—. Tenía que pararle los pies.

—Cariño, lo hiciste en cuanto apareciste por la puerta —dijo Menma con una sonrisa.

Poco después. Naruto cerró la puerta del dormitorio y se situó detrás de Hinata, sentada en el tocador, para desabrocharle el vestido. Ella le sonrió a través del espejo y apoyó su mejilla en su mano mientras él le acariciaba el hombro.

—Oh, Naruto, te quiero tanto —dijo—. Si un día te cansaras de mí y buscaras a otra, me moriría.

Él se arrodilló y la atrajo hacia sí con fuerza, depositando un beso en su cabello perfumado.

—Nunca he hecho nada a medias tintas y mi amor por ti no es una excepción, Hinata —respondió—. Cuando digo que una persona es amiga mía, me comprometo con ella por entero, de la misma forma que, cuando afirmo que tú eres mi amor, me doy a ti en cuerpo y alma.

Hinata esbozó una sonrisa y suspiró.

—Debe de ser obvio que temo a Sāra y supongo que también temía a Sari —confesó—. La pobre chica te amaba tanto que con pasar un momento contigo ya era feliz. Yo soy más egoísta. Quiero estar contigo a todas horas sin tener que compartirte con nadie.

—¿Crees que yo siento de forma distinta de ti, mi amor? —preguntó en voz baja—. Señor, mataría al hombre que intentara separarte de mí. Y ninguna mujer puede alejarme de tu lado. En cuanto a Sari... era una chica ingenua y confundida que esperaba comerse el mundo, y de todos modos habría acabado mal.

—¿Tienes idea de quién pudo haberla asesinado, Naruto? —inquirió Hinata. Él dejó escapar un suspiro y empezó a desvestirse.

—No lo sé, cielo. Muchos hombres la cortejaban... incluso algunos que estaban casados.

—¡Casados! —exclamó ella, asombrada. Se levantó y se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo—. Seguro que su madre...

—¡Esa bruja estúpida! —gruñó Naruto—. Cuando Sari no pudo conseguir un marido rico, la señora Seki dejó de interesarse por lo que hacía su hija. Kisame Hoshigaki era uno de los pretendientes de Sari.

—¡ Kisame Hoshigaki! —exclamó Hinata casi sin aliento. Recordaba muy bien la experiencia vivida con él.

—El mismo —apuntó Naruto en tono áspero.

—Y el sheriff Uchiha viene aquí a interrogarte cuando ese hombre se paseaba a sus anchas. ¡Imagínate! —masculló Hinata, furiosa.

Naruto soltó una carcajada.

—Tranquila, cielo —dijo—. Puede que sea un viejo obsceno, pero no por ello tiene por qué ser un asesino.

—Cualquier hombre que forzara a sus esclavas...

—Chist —la interrumpió besándole el hombro y acariciándole el pecho por dentro de la enagua—. No hablemos de él. Hay cosas mucho más interesantes de las que hablar... como lo hermosa que estás sin ropa. —Le quitó la prenda con las manos—. Así está mejor.

—Sonrió y la cogió en brazos—. Tendrás que aprender a desvestirte más rápido si quieres conservar tus enaguas.

Antes de que Naruto la besara, ella murmuró:

—A quién le importa una enagua vieja.


Los largos días de verano se convinieron en semanas, y julio pasó con el cumpleaños de Hinata. Al no descubrir el autor del crimen, el asesinato de Sari dejó de ser un tema de conversación. Todos sus pretendientes conocidos habían tenido una coartada aquella noche.

Sin embargo, muchas mujeres seguían mostrándose excesivamente cautas en los callejones, las entradas oscuras y los bosquecillos durante la noche.

Con el paso del tiempo, Hinata fue sintiéndose cada vez más segura en el papel de esposa de Naruto, desempeñando las tareas propias de su posición, con una eficiencia extraordinaria.

Disfrutaba compartiendo el dormitorio con él; su presencia en la enorme cama durante las noches. Se deleitaba al sentir sobre el cuerpo las manos de su marido. Lo conocía mejor que a ella misma. Hacer el amor era un arte, en el que era un maestro por derecho propio. Su técnica era tan imprevisible como sofisticada.

A veces la cortejaba, la mimaba, la seducía como si no existieran los lazos del matrimonio, como si ella fuera todavía una doncella. Le hablaba con dulzura, la excitaba, la mordisqueaba hasta que todo su cuerpo se estremecía de placer.

Luego había otras noches en las que Hinata, de forma inocente, encendía su pasión, y como respuesta él le rasgaba la ropa riendo y la echaba en la cama poseyéndola con una violencia que casi conseguía volverla loca de goce.

Ambos acababan jadeando exhaustos, pero habiendo sentido la mayor de las satisfacciones. Naruto le enseñó a gozar de los juegos eróticos como tiempo atrás le había prometido que lo haría. La animaba a ser, además de una esposa, una amante que se entregara libremente, que despertara sus deseos para luego satisfacerlos, cosa que al final le había resultado una tarea bastante sencilla.

—¿Hay hombres tan románticos? —preguntó Hinata una noche mientras Naruto yacía sobre ella—. ¿Tienen las esposas la suerte de contar con esposos tan amorosos?

Naruto sonrió y le apartó el cabello del rostro.

—¿Tienen los esposos la suerte de contar con zorras tan seductoras como mujeres? —contestó su pregunta con otra—. ¿Son las demás mujeres tan hermosas y deseosas de complacer a sus maridos?


El mes de agosto comenzó con un día soleado y caluroso. Muchas familias se trasladaron a la ciudad en busca de la fresca brisa marina. Los Namikaze pasaron varios días como invitados de la señora Gōkyodai en su mansión de la playa.

La anciana había disfrutado contando a sus amistades que Naruto y su esposa realmente compartían el lecho y eran, ciertamente una pareja de lo más amorosa.

Poco después, Naruto había tenido que irse al molino para poner al día los libros de contabilidad, y los Yamanaka habían extendido la invitación a Hinata para que fuera con su hijo a cenar.

La primera vez que vio a Ino, Hinata se quedó sorprendida ante el cambio que había experimentado la mujer, pues ahora la señora Yamanaka poseía cierta belleza. Había ganado algo de peso y el sol había bronceado su piel y aclarado su cabello rubio.

Sus ojos verdes habían perdido la tristeza y parecía varios años más joven que antes.

—Qué aspecto tan espléndido tiene, Naruto —comentó Hinata mientras su esposo la ayudaba a descender del birlocho—. Parece otra persona.

Él asintió mientras Sai bajaba las escaleras de la casa a toda prisa y les daba la bienvenida. Ino ayudó al menor de sus hijos a bajar los escalones, siguiéndolo de cerca mientras el pequeño caminaba torpemente detrás de su padre.

La mujer saludó a Naruto amistosamente, pues ya estaba acostumbrada a su presencia en el molino, y sonrió con timidez a Hinata, que no pudo contener un comentario acerca de su aspecto.

—Oh, Ino, no hay duda de que las Konoha te han sentado bien —le dijo alegremente—. Estás tan hermosa.

La mujer se ruborizó, halagada, mientras Sai le pasaba un brazo por los hombros.

—He intentado decírselo, pero cree que no lo digo en serio —comentó el señor Yamanaka.

—Nunca me había sentido tan bien —admitió Ino cohibida—. Y apenas noto que hay otro bebé en camino.

Hinata y Naruto esbozaron una sonrisa, sorprendidos ante la buena nueva, y les felicitaron.

—A mi esposa le llevará unos cuantos años alcanzarla, Ino —bromeó Naruto—. Pero tengo razones para sospechar que lo hará. Hice poco más que mirarla y se quedó de éste.

Boruto contemplaba a los extraños desde la segundad de los brazos de su padre, sin importarle que hablaran de él. Hinata lanzó una mirada de reprobación a su marido, quien se echó a reír sonrojándose un poco.

—Nadie puede negar de quién es, señor Namikaze —-aseguró Ino—. Es igual que usted y con esos ojos azules no hay equivocación posible.

Naruto sonrió con orgullo y le susurró algo a su hijo haciéndole reír. Con los dos rostros juntos no había duda de que eran padre e hijo. El bebé tenía los ojos iguales a los de Naruto: azules con largas pestañas y su cabello dorado como el oro.

Hinata supo entonces que si no hubiera vuelto a ver a Naruto tras su huida del Fleetwood, siempre lo habría recordado al mirar a su hijo.

—¿Querrá venir conmigo? —preguntó Ino con los brazos abiertos. Pero Boruto declinó su ofrecimiento con un gruñido y se volvió para apoyar la cabeza sobre el hombro de su padre.

—No te sientas mal, Ino —se disculpó Hinata—. No dejaría a su padre por casi nadie. —Ladeó la cabeza para estudiar el rostro de su marido y prosiguió con un brillo en los ojos—. Debe de ser lo alto que es.

El comentario arrancó las carcajadas de los cuatro, mientras los hijos de los Yamanaka deambulaban por el porche intentando ver al pequeño Namikaze.

Al cabo de un momento, la mayor de las niñas persuadió a Boruto para que dejara a su padre y se marchó paseando orgullosa con el bebé en brazos. Poco después, Sai se disculpó para atender sus quehaceres en el molino y se alejó con Naruto.

Las mujeres se relajaron en las mecedoras del porche; la señora Yamanaka se levantaba de vez en cuando para vigilar la comida.

—Me hace más ilusión este bebé que cualquiera de los anteriores — confesó Ino con timidez—. Antes, como no disponíamos de dinero, siempre albergábamos dudas y temores. A veces teníamos buena suerte, pero casi siempre mala. Ahora nos da la impresión de estar en el paraíso y en nuestras plegarias se lo agradecemos a su esposo. Nos sacó de la nada para dárnoslo todo.

Hinata dejó de beber el té, con los ojos anegados en lágrimas.

—Es extraño, Ino, pero es exactamente lo que me ocurrió a mí. Me arrancó de una pesadilla para devolverme felicidad. Mi vida no era nada hasta que apareció él.

Ino la observó durante unos segundos.

—Lo ama mucho, ¿verdad? —preguntó suavemente.

—Sí—admitió rápidamente Hinata, y dejó escapar un suspiro antes de proseguir—. Lo amo tanto que a veces hasta me da miedo. Nuestra vida es tan perfecta que temo que ocurra algo malo, y si lo perdiera a él o a su amor, me moriría.

Ino esbozó una sonrisa.

—La primera vez que vi a su marido, señora Namikaze, estaba sentado solo en una posada, en el norte. Había varias mujeres pintarrajeadas que lo observaban admiradas desde lejos, pero él no les echó ni un solo vistazo. Sólo contemplaba, pensativo, el vaso de vino, y por su aspecto no había duda de por qué estaba triste.

Luego nos explicó que usted estaba aquí, embarazada de su hijo, y su expresión cambió. Entonces pensé que debía de quererla mucho. Desde entonces lo he ido conociendo y he comprobado que mi primera impresión era certera. Nunca he visto a un hombre que ame tanto a su esposa.

Hinata se secó una lágrima y se disculpó riendo.

—Parece que hoy estoy un poco sensible; lloro por todo. No piense mal de mí, Ino. No suelo llorar—. Ino le sonrió dulcemente.

—Al revés, señora Namikaze, en todo caso pienso mejor. Una mujer que derrama una lágrima o dos por el amor de su esposo, es que es muy sensible a la vida.

Poco después, Ino preparó un poco de limonada para los invitados, los niños y los trabajadores del molino. Pidió a Hinata que les acercara a los hombres unos vasos y, al llevarles la bandeja, ésta pudo ver el molino en funcionamiento por primera vez.

Los pinos altos descollaban sobre los edificios y el olor a brea que desprendía el tanque de ebullición del patio llenaba el aire. Troncos gruesos flotaban en la represa del molino, y más allá, se veía girar la gigantesca rueda hidráulica.

El zumbido de las sierras y la yunta de las mulas que tiraban de los troncos para llevarlos hasta sus fauces, formaban un verdadero caos sonoro. Varios hombres estaban sobre un armazón alrededor del tanque, controlando la pasta que se había formado en la parte superior de la caldera.

Hinata encontró al señor Yamanaka fuera del molino, discutiendo con varios obreros. Al verla, la saludó con una sonrisa afectuosa, y se ofreció a ayudarla con la bandeja. Pero ella declinó su ayuda y les sirvió la bebida mientras el capataz la presentaba como la esposa del señor Namikaze.

Los trabajadores asintieron con la cabeza admirados y observaron cómo se alejaba, maravillados ante su belleza, hacia un edificio más pequeño, donde el señor Yamanaka le había dicho que se encontraba su esposo.

El capataz dio una orden enérgica para que los hombres cerraran la boca y continuaron con su tarea, lanzando miradas furtivas a la joven por encima del hombro.

Hinata permaneció durante unos segundos junto a la puerta de la sórdida oficina. Ésta disponía de los muebles esenciales y sus paredes de madera jamás habían sido empapeladas o pintadas de blanco.

Su esposo estaba sentado sobre un taburete alto junto al escritorio, de espaldas a ella. Como hacía tanto bochorno, se había quitado la camisa para aprovechar la brisa fresca que de vez en cuando se colaba por las ventanas abiertas. Hinata contempló encantada su espalda musculosa y sonrió al pensar en acariciarla.

Al moverse, una de las tablas de madera del suelo crujió, y Naruto se volvió. Al ver la silueta de su esposa en la puerta, suspiró aliviado. Por fin lo rescataba de la tediosa contabilidad. El hombre se acercó sonriente y cerró la puerta tras ella. Depositó la bandeja sobre una mesa rudimentaria y se llevó el vaso de limonada a la boca, apurándolo de un trago.

—Ah. —Naruto suspiró—. Era justamente lo que necesitaba para combatir mi aburrimiento, una bebida refrescante. —La abrazó—. Y una mujer hermosa con la que regodearme.

Hinata se echó a reír, arrimándose a su torso poblado de vello.

—Recuerdo que una vez te interrumpí mientras trabajabas y te enfadaste muchísimo conmigo. ¿Acaso tu trabajo es menos apetecible ahora, o yo lo soy más? —bromeó la joven.

Naruto la besó en la cabeza y se puso serio.

—Perdóname por aquello, mi amor —se disculpó—. Fui muy cruel ese día. Tu negativa a compartir la cama me hizo demostrar lo zopenco que puedo llegar a ser.

—¿Mi negativa? —protestó Hinata—. Pero Naruto, jamás hice nada por negarte tus derechos. Fuiste tú el que se negó a dormir conmigo en el Fleetwood tras mi enfermedad y el que me rechazó la primera noche que llegamos a Harthaven. Yo estaba felizmente dispuesta a complacer tus deseos maritales en ambas ocasiones, pero tú decidiste marcharte a tus lechos solitarios.

—Veo que nuestro matrimonio ha estado lleno de malentendidos — murmuró Naruto—. Tú tenías la idea equivocada de que debido a nuestro matrimonio y desde la primera noche de verano en la que te tomé, mi deseo por ti había disminuido. Y yo estaba convencido de que no soportabas que te tocara y que lucharías conmigo si trataba de poseerte. Es extraño el modo en que las mentes han jugado en nuestra contra. Debimos hacer caso a nuestros instintos. —Se inclinó para besarle el cuello—. Habríamos podido disfrutar del amor mucho antes.

Hinata sintió un hormigueo por todo el cuerpo y supo que, mientras su corazón latiera, seguiría estremeciéndose cada vez que su esposo la tocara. Su alma era de él y su cuerpo respondía más a la voluntad de su marido que a la suya propia.

Naruto tenía el poder de hacer que su vida pareciera un sueño maravilloso o, como había ocurrido tiempo atrás, hacer que el infierno, a su lado, pareciera un paraíso terrenal. Era de él sin restricciones.

Naruto cubrió su cuello de besos hasta llegar al hueco de la garganta, en la que su descenso se vio obstaculizado por una serie de volantes blancos. Entonces sus manos empezaron a juguetear con los botones del vestido mientras susurraba palabras cariñosas al oído de su esposa.

Le desabrochó el segundo botón, el tercero... el séptimo... hasta llegar al último. Sin dejar de sonreír, lo abrió, luego le bajó la enagua, dejando sus senos al descubierto y a ella casi sin respiración. Besó su cuerpo suave, ahora desnudo, haciendo que temblara ante la intensidad ardiente de cada beso.

—Puede entrar alguien, Naruto —susurró Hinata, casi sin aliento.

—Mataré al primero que se atreva a abrir esa puerta —soltó Naruto sin detener sus caricias.

—Pero ¿y si alguien irrumpe de pronto? —protestó ella débilmente, casi sin poder resistirse.

Las manos expertas se deslizaron hasta la espalda de la muchacha y la atrajeron hacia él hasta que los pezones rozaron su torso desnudo.

—Tendría que haber un cerrojo en la puerta —murmuró Naruto con voz ronca mientras le besaba la frente—. Y una cama sería de agradecer. Estas sillas son de lo más incómodo. —Exhaló un suspiro y se apartó un poco exasperado—. Muy bien, señora. Me rindo ante sus súplicas.

Hinata se subió la enagua, todavía angustiada. Intentó abrocharse el vestido, pero sus dedos tropezaron torpemente y decidió aminorar los movimientos para disimular su falta de destreza con los cierres.

Ahora Naruto la observaba desde el escritorio con una mirada intensa pero amorosa. Ella alzó la vista y se encontró con los ojos azules, que consiguieron que se ruborizara y se hiciera un lío con las cintas y botones. Naruto se echó a reír acercándose a ella y apartando sus manos.

—Mi amor, tientas al más santo —comentó él—, de modo que será mejor que te vistas de nuevo antes de que te haga el amor aquí mismo.

Al dejar la oficina todavía tenía las mejillas coloradas y, estaba tan despistada, que casi tropieza con Alice, una de las niñas pequeñas de los Yamanaka, que estaba a cuatro patas inspeccionando una seta.

—Oh, señora Namikaze, mire lo que he encontrado —dijo Alice. Hinata se agachó junto a ella.

—¿Crees que pertenece a un duende que vive en el bosque? — inquirió con una sonrisa.

La niña alzó la vista con los ojos, muy abiertos y ansiosa.

—¿De verdad lo piensa? Quizá se la olvidó.

—Es muy posible —respondió Hinata, disfrutando de la agitación de la chiquilla.

—¿Podemos entrar en el bosque para buscarlo? —preguntó Alice.

—Claro. A lo mejor encontramos un corro de hadas —apuntó Hinata.

—¡Oh, sí vamos! —exclamó la niña, tirando de su brazo.

Riendo, Hinata dejó que Alice la guiara hasta el bosque. Éste era tan frondoso que sólo lo penetraban ocasionales rayos de sol. Pronto llegaron a un claro, en el que un pájaro llamaba a su compañero y una ardilla sentada parecía regañarlas desde la rama de un árbol.

Un roble dominaba majestuosamente el lugar y pequeñas flores salvajes cubrían la tierra. Los pinos despedían un perfume tan dulce como las flores de vivos colores.

—Aquí es donde yo viviría si fuese un duende —afirmó Alice, dando vueltas con los brazos extendidos. Hinata esbozó una sonrisa.

—¿Habías estado aquí antes, Alice? —preguntó.

—Sí, señora. Muchas veces.

—Es un lugar encantado —comentó Hinata—. Me gusta.

—Oh, señora Namikaze, sabía que le gustaría —gritó Alice alegremente. Hinata se echó a reír y apartó el cabello rubio de los ojos de la niña. Luego miró a su alrededor.

—Pero no hay rastro del duende, ¿no?— La chiquilla frunció el entrecejo.

—No, señora —contestó—. Pero creo que hay uno que me está mirando. Puedo sentirlo —comentó sonriendo de nuevo.

Hinata sonrió, disfrutando tanto como Alice.

—Eso es incluso mejor que encontrar el lugar donde vive ¿no crees?— observó—. No todo el mundo tiene la suerte de que le observe un duende. Quizá tendríamos que hacer ver que no nos hemos dado cuenta.

Dos hoyuelos se dibujaron en las mejillas de la niña al sonreír, y le brillaron los ojos.

—¿Qué debemos hacer?

—Cogeremos flores y te haremos creer que no sabemos que está aquí — indicó Hinata—. Quizá entonces aparezca.

—Oh, sí. Vamos —dijo Alice.

Hinata vio cómo la niña se alejaba, fingiendo más entusiasmo por las flores que por el duende que según ella la vigilaba.

Con poco interés en lo invisible, Hinata se dedicó a componer un ramo para la mesa de la señora Yamanaka.

La chiquilla, cansada pronto del duende de las flores, se dedicó a perseguir una mariposa durante un rato, hasta que al final regresó al molino. Entretanto, Hinata siguió recogiendo tantas margaritas y lirios como le fue posible.

Transcurrió bastante tiempo ocupada en la tarea, antes de tener la extraña sensación de que alguien la observaba también a ella. El cabello de la nuca se le erizó al tiempo que un escalofrío le recorría la columna vertebral.

Se volvió lentamente para comprobar si sus sospechas eran ciertas, medio esperando encontrarse con el duende imaginario de Alice, pues de una cosa estaba segura: la vigilaban.

Buscó con los ojos en la densidad de los árboles hasta que al final lo vio. No era un duende, sino un hombre montado a caballo, a unos setenta metros de distancia. Su figura era oscura y siniestra, pues a pesar del calor que hacía, una capa negra cubría todo su cuerpo. El cuello alto y rígido de la prenda y un sombrero negro ocultaban su rostro, dejando entrever apenas sus ojos.

El extraño empezó a avanzar lentamente, amenazador. Hinata, incapaz de huir, empezó a retroceder con cautela. El hombre animó al caballo a agilizar el pasó. Entonces la joven se volvió, gritando presa del pánico, y atravesó el claro corriendo en dirección al camino serpenteante que conducía al molino.

Caballo y jinete ganaron terreno casi alcanzándola. Los golpes de los cascos contra el suelo sonaron como hierro contra metal en sus oídos. Hinata chilló, dejando caer las flores al suelo, esquivando los árboles.

Echó una ojeada hacia atrás por encima del hombro para ver la figura espantosa persiguiéndola. De pronto, de algún lugar delante de ella, Hinata oyó la voz de su esposo llamándola a voz en cuello. El hombre se detuvo para escuchar. Sonaron unos azotes y la muchacha huyó en su dirección pronunciando entre sollozos el nombre de Naruto.

El jinete tiró de las riendas para detener al animal, haciendo que se encabritara, dieron media vuelta y se adentraron de nuevo en el bosque. Antes de que desapareciera en la oscuridad, Hinata consiguió echarle un último vistazo a su espalda. Había algo familiar en él que no podía explicar con palabras.

Naruto llegó corriendo de entre los árboles. Hinata se echó en sus brazos llorando.

—¡Oh, Naruto, era horrible! —gritó—. ¡Horrible!

—¡Cielo santo! ¿Qué ha ocurrido? —inquirió él—. Iba a buscarte para comer y te he oído gritar. —La estrechó entre sus brazos—. Estás temblando como un azogado.

—Había un hombre... a caballo —dijo ella, ahogándose con el llanto—. Me perseguía. Casi me atrapa. Naruto la apartó de él para mirarle a los ojos.

—¿Quién era? ¿Lo habías visto antes? —quiso saber. Hinata negó con la cabeza. —No. No —repuso—. Llevaba un sombrero y una capa, y no pude verlo con claridad. Estaba recogiendo flores y sentí que me estaban vigilando. Al verlo, empezó a acercarse y cuando me puse a correr, me persiguió. —Se estremeció—. Parecía un ser diabólico. Naruto.

Él volvió a abrazarla con fuerza, intentando apaciguar sus temores.

—Ya ha pasado, cielo —murmuró—. Ahora estás a salvo en mis brazos y no dejaré que nadie te haga daño.

—Pero ¿quién puede haber sido, Naruto? —preguntó Hinata—.¿Qué hacía aquí?

—No tengo ni idea, mi amor —respondió—, pero todavía no han cogido al asesino de Sari. Será mejor que no pasees sola. Debemos avisar a los Yamanaka también. Si el hombre vuelve, no me gustaría que se encontrara con la mujer o las niñas en su camino. Voy a poner a varios vigilantes. Eso lo mantendrá alejado.

—Me ha hecho tirar las flores —dijo llorando al darse cuenta—. Cogí un ramillete para la mesa de Ino, pero me asusté tanto que las dejé caer.

Naruto soltó una sonora carcajada.

—Está bien, cielo. Volveremos a recogerlas. —Le secó las lágrimas con el dobladillo de su vestido—. Ahora deja ya de llorar antes de que tu nariz se ponga colorada. —La besó—. Ya no estás asustada, ¿verdad?

Hinata se apoyó en él.

—Contigo aquí, no.