XXV
—Mañana nos vamos a jugar todo —les dijo Ji Hoo cuando los tuvo reunidos alrededor de la fogata, después de horas de reír como niños pequeños—. Vamos a apostar por una sola oportunidad; si fallamos, lo más probable es que no vivamos para contarla…
Sus amigos lo miraban en silencio, el ambiente se había vuelto solemne. Todos estaban nerviosos, pero tenían decisión en sus miradas. Hartos de huir, hartos de tener miedo.
—Quiero que sepan que agradezco al cielo que sean mi familia —continuó con voz tranquila y serena—. Los he hecho pasar por mucho, la han pasado mal por mi culpa, pero me han seguido hasta aquí y si sobrevivo no me va alcanzar la vida para pagarles —tragó saliva y tomó un respiro—. No quiero que se sientan obligados a continuar; si alguien quiere irse ahora, hágalo; no hay deshonor en cuidar sus propias vidas…
Nadie se movió. Por un momento solo se escuchaba el sonido de las brasas y el canto de los grillos.
—Te seguiré hasta el final —aseveró Joon Pyo, sonriendo con arrogancia y seguridad—, jamás te dejaré solo, te lo he dicho en el pasado y te lo repito ahora: si vas a hacer algo estúpido, yo estaré a tu lado.
Ji Hoo sonrió y sus ojos se emocionaron. Asintió agradeciendo que Joon Pyo fuera su mejor amigo.
—No retrocederemos, Ji Hoo sunbae —dijo Ga Eul cándidamente—, hemos llegado muy lejos.
Los demás asintieron ante dicha afirmación. Ji Hoo les sonrió nuevamente a todos.
—Jan Di debe morir mañana —explicó una vez que se aseguró que todos estaban allí por convicción—, ella no puede estar aquí, es traición. Kate ha tomado unos videos de nuestro supuesto plan de marcharnos mañana y se los llevará al Maestro; él ordenará matarla…
—Está todo listo —intervino Woo Bin—, lo haremos de la forma más aparatosa posible; Maiko va a dispararle desde una motocicleta en plena hora pico, tiene que haber decenas de testigos tomando videos, sé que se hará viral en minutos.
—Kate… ¿estás segura? —insistió Ji Hoo— Te pondrás en gran peligro… tú y yo no somos nada, no nos une nada.
—Eres mi hermano —le sonrió Kathleen—, no importa que al final haya resultado que la sangre no nos une, eres mi hermano que siempre busqué. Y te equivocas al decir que nada nos une; mi padre fue fiel y leal a tu madre hasta su último aliento, él logró esconder el secreto de su ejército y en honor a su memoria voy a luchar por ver a Masaaki Takeru derrotado.
Jan Di la miró con severidad. Desde que la conoció tuvo muchas dudas sobre ella a pesar de que Ji Hoo parecía confiar ciegamente en sus intenciones, pero ella seguía temiéndole; Kate era una doble agente y solo rogaba porque verdaderamente estuviera de su lado. Inhaló alejando sus pensamientos; debía confiar en el instinto de Ji Hoo y debía concentrarse en jugar su propia parte, sería difícil aguantar tantas horas inmóvil tirada en una cama de hospital conectada a máquinas que no necesitaría.
Todo debía salir bien, llevaban meses planeando el montaje de su muerte, todo debía salir de acuerdo al plan si querían conservar sus cabezas. Estaban seguros de que Masaaki no tenía idea del ejército de Ni Eun el cual ya venía en camino. Él se daría cuenta rápido de que todo sería falso, pero si lograban distraerlo, aunque fuese por pocas horas, podrían atacar.
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La mansión de Masaaki Takeru a las afueras de Seúl era, obviamente, bellísima. Una enorme casa tradicional llena de pasillos y salones adornados con arte tradicional japonés pero equipados con la mayor modernidad; un ejemplo maravilloso de que el presente y el pasado pueden convivir en un perfecto equilibrio.
Para cuando el Maestro se dio cuenta de que sus enemigos sí pensaban atacar, ya era tarde. El montaje del tiroteo y la muerte de Jan Di había durado unas cuantas horas, pero habían logrado su objetivo de que bajaran la guardia. El poco tiempo que ganaron fue suficiente para que les lograran bloquear los fondos y rodear a todos sus líderes.
Como no pudieron atacar de vuelta, el ejército de yakuzas pudo ser desmantelado rápidamente, de la misma manera que la familia Song fue destruida; durante su tiempo con ellos, Jan Di había sido capaz de reunir toda la información necesaria acerca de la ubicación de cada propiedad y actividad del Clan.
Y todo fue sorprendentemente rápido. El ejército de Park Ni Eun les había caído como un balde de agua fría, y a pesar de ser inferiores en número, volvieron a tomar todo lo que le había pertenecido a los Song.
Todo había acabado. La mansión de Masaaki estaba rodeada; en cada esquina había hombres armados que no permitirían que nadie escapara. Los subordinados que estaban allí dentro se apresuraron a trabar las puertas en el último intento de que no entraran por ellos, pero sabían que era un esfuerzo inútil ya que no tardarían en derribar cualquier entrada.
El abogado Bo se dirigió a su despacho y se sentó en su elegante escritorio; estaba rodeado de libros de derecho y sus paredes estaban llenas de sus diplomas de estudios y premios. Se sirvió un último vaso de wiski y esperó con una sonrisa en el rostro, meciéndose lentamente en su cómoda silla.
Dos jóvenes, hombre y mujer, entraron y reverenciaron. Estaban pálidos y asustados, se les dificultaba hablar.
—¿Ya están aquí? —preguntó Bo bebiendo— ¿los cachorros?
Ellos parpadearon confundidos, pero dedujeron que se refería a Jan Di y sus demás amigos, así que asintieron.
—¿Cerraron todas las puertas, todos los accesos?
—Sí, pero… —ella tragó saliva— es cuestión de minutos para que entren…
—Genial —sonrió el abogado, al contrario de sus seguidores, él estaba emocionado y expectante.
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—¿En serio creen que trabando las puertas nos van a detener? —resopló Joon Pyo tallándose los ojos— Apuesto a que puedo tumbarlas a patadas.
Ya pasaba de la media noche, el frío era intenso, por lo que todos estaban envueltos en varias capas de ropa. El vapor salía de sus bocas en cada respiración.
—No te apresures, Joon Pyo —Woo Bin lo reprobó, negando con la cabeza y cruzándose de brazos—, allí adentro están armados, nuestros chalecos antibalas no son armaduras, hay que tener mucha cautela.
Joon Pyo gruñó limpiándose algunas lágrimas que seguían brotándole.
—Maldita sea, Ji Hoo —le dijo con reproche—, si esta cosa que me diste para llorar me deja ciego te voy a responsabilizar. ¡No puedo dejar de llorar!
—Te pusiste diez veces más de lo que te dije que usaras —Ji Hoo exhaló y dio un paso a él, lo tomó de la barbilla para obligarlo a girarse hacia él y poder observar sus ojos de cerca—. Estarás bien, pasará pronto.
Joon Pyo se soltó y se talló una vez más, luego se rió.
—Pero mi actuación fue para un Óscar, ¿no crees?
—Vaya que lo disfrutaste —Jae Kyung torció la boca y se recargó en una de las camionetas—, deja de quejarte.
Jan Di se rió discretamente, ella también estaba recargada sobre el auto. Se soltó el cabello y sacudió sus mechones.
—Señora —dijo uno de los hombres—, vamos a proseguir a tirar la puerta.
Jan Di aprobó asintiendo.
—Con mucho cuidado —les dijo amablemente—, el abogado y Masaaki son nuestra prioridad y los quiero vivos a ambos.
Joon Pyo murmuró en voz baja en desacuerdo; él opinaba que debían matarlos y ya, arrancarlos de raíz para que no hubiera posibilidad de que la guerra se alargara más. Si los dejaban vivos, nada les aseguraría que sería el fin.
Un par de hombres derribaron la entrada principal y un grupo de ellos se adentraron en el recibidor con las armas levantadas. Todas las luces estaban prendidas. El camino estaba despejado, no parecía que fueran a intentar una emboscada, de todas formas, avanzaron con suma prudencia. Al determinar que la zona era segura, le dieron el paso a Jan Di.
Ji Hoo, Joon Pyo y Woo Bin la siguieron. Ga Eul, Yi Jung y Jae Kyung se quedaron afuera. Todos se colocaron auriculares en un oído para comunicarse por radio.
Una mujer de mediana edad y aspecto cálido apareció, Jan Di la reconocía aunque nunca supo su nombre.
—Geum Jan Di —la saludó con una reverencia. Nadie le respondió el saludo—, el Maestro te está esperando en la sala de té…
Jan Di asintió. Apretó el puño para disimular su nerviosismo y lanzó una mirada a Ji Hoo, quien le sonrió para darle ánimo.
—Goo Joon Pyo, Yoon Ji Hoo —continuó la mujer educadamente—, el abogado Bo los espera en su despacho —levantó una palma para señalar una dirección
Eso no lo esperaban por lo que quedaron un par de segundos desconcertados. Jan Di los miró preocupada.
—Está bien —le dijo Ji Hoo a Jan Di sonriéndole con dulzura—. Ve con Woo Bin a arrestar a Masaaki, Joon Pyo y yo iremos con el abogado.
—Tengan cuidado —ella entornó los ojos—, están dementes.
—Lo sabemos —Ji Hoo se dobló un poco para acercarse a su rostro y posar sus labios en su frente. Jan Di sonrió disfrutando el gesto. Inmediatamente, Ji Hoo cargó su arma.
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Cuando los vio entrar en su despacho, Bo les dedicó una leve sonrisa. Venían acompañados de cinco de los hombres.
—¿De qué te ríes, escoria? —escupió Joon Pyo apuntándole con el arma— Levanta tu trasero de esa silla y ven con nosotros sin rechistar, el juego ya ha acabado.
—¿Tú crees eso? —se meció. Los dos jóvenes yakuza estaban de pie, detrás de él— ¿Qué vaya con ustedes? Pensé que venías a matarme —chistó y negó—, cómo llevas amenazándome tanto tiempo ya…
Joon Pyo apretó y enseñó los dientes como animal furioso.
—No dejes que te provoque —le advirtió Ji Hoo—. Me prometiste que no dejarías que te provocara.
Emitió un sonido gutural y bajó la pistola, pero no dejaba de apretar los dientes.
—Es verdad —dijo Joon Pyo tras tomar aire—, quieres provocarme, te da gusto verme enojado —sonrió con superioridad—, pero ya te he superado, no vas a lograrlo.
—Yo creo que sí —contestó Bo echándose hacia atrás para caer en el respaldo de su silla y bebió el último sorbo de su wiski.
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—Maestro —anunció la mujer yakuza—. Geum Jan Di está aquí.
Masaaki sonrió con brillo en su mirada. Más contento de lo que jamás había estado. Estaba sentado en su mesa de té favorita. Detrás de él, estaban de pie algunos de sus subordinados.
—Que pase.
Las puertas de su estudio se abrieron y Jan Di apareció. En el camino se había vuelto a atar el cabello en una coleta, aún traía con ese maquillaje que la hacía parecer pálida y terriblemente enferma que Seo Hyun le había puesto cuando pasó a verla a la unidad de cuidados intensivos. Woo Bin venía a su lado junto con otros cinco hombres más. Todos armados.
Jan Di y Masaaki se miraron fijamente por una eternidad de segundos, el salón era muy largo por lo que estaban separados por algunos metros de distancia.
—Se acabó —dijo ella—. Maestro, no hay más; mi ejército ya ha tomado todo lo que le perteneció alguna vez, ahora debe regresarme mi libro y venir conmigo.
Masaaki bebió un sorbo a su té y le sonrió tan encantadoramente que Jan Di rechinó los dientes en enfado; jamás podría acostumbrarse a su eternamente actitud calmada y serena. ¿Por qué rayos se veía tan feliz y tan satisfecho?
—Lo sé… y he de decir que estoy gratamente sorprendido; lograron confundirme, logré creerle por un instante que tal vez sí había muerto, Jan Di. No me equivoqué con usted; es digna de nuestro linaje, al igual que Yoon Ji Hoo.
Jan Di bufó una risa.
—No es momento para alegrarse; usted no volverá a ver la libertad.
—¿En serio? —Él se levantó, todos los acompañantes de Jan Di se pusieron alerta y apuntaron sus armas hacia él. La gente detrás de Masaaki hizo lo mismo.
Jan Di respiró profundo, tratando de mantener la compostura. Apretó los puños para que sus manos dejaran de temblar, tanto que se volvieron blancos por la falta de circulación.
—No haga nada —advirtió Jan Di entre dientes. La distancia entre ambos bandos seguía siendo de varios metros.
Pero no lo engañaba. Él siguió sonriendo y negó con la cabeza, casi como si le provocara ternura verla tan nerviosa y aun así retándolo. Como cachorritos mojados y enfadados, pensó el Maestro…
—La verdad es que estoy gratamente sorprendido con todo lo que Yoon Ji Hoo logró hacer; no solo me engañó a mí, sino a varios de ustedes… la mitad realmente no sabía lo que estaba pasando, ¿me equivoco?
Jan Di lo escudriñó con la mirada, él era un conversador y no le importaba que toda gente a su alrededor estuviera a punto de abrir fuego. Ella deliberó por algunos segundos, pero decidió contestar.
—Es cierto, nadie sabía lo que él planeaba al principio —le explicó relajando sutilmente su postura—, ni siquiera yo…
—Todo lo que pasó en la isla, meses atrás, fue una prueba de lealtad —concluyó Masaaki fascinado— y con los que probaron ser leales a su causa armó este ataque, pero las cosas no salieron bien, ¿cierto? Adelantaron todo.
—Como siempre, tiene razón —asintió ella—, no teníamos contemplado que Jae Kyung encontraría el libro de Park Ni Eun; tuvimos que adelantar nuestros planes por dos meses…
—Ya sabía yo que ese espectáculo que dio Joon Pyo en un bar que se hizo viral en horas había sido un mensaje y no solo un producto de su lamentable control de ira.
—Sí —dijo cada vez más calmada—. Si algo salía mal alguno de nosotros tendría que avisar apareciendo en los medios, eso sería la señal de que debíamos volver a reunirnos… Joon Pyo… —esbozó una pequeña sonrisa— exageró un poco, como siempre, pero es lo que amamos de él.
Masaaki se rió discretamente ante aquello y asintió.
—Asumí que creían que en el libro de Ni Eun estaba la respuesta, pero ustedes ya sabían que no era así, solo fingían…
—Ji Hoo realmente quiere ese libro porque perteneció a su madre y allí estaba la respuesta… —explicó Jan Di— pero es verdad, sabíamos que no habría respuestas. Las verdaderas pistas que nos llevaron a encontrar al ejército estaban guardadas en la caja fuerte del abuelo de Joon Pyo.
—Claro, ese hombre logró esconder sus planes antes de que lo matara…
Jan Di abrió los labios en sorpresa, luego achicó los ojos…
—¿Usted lo mató?
Masaaki soltó una risa ante su inocencia y la miró con lo que parecía afecto.
—¿Quién más si no…? El huyó por años a Macao, pero cuando volvió mi hermano, que ya trabajaba para ellos, se encargó de él.
Jan Di negó… sabía algo de esa historia; el fundador de Shinhwa solo supervisaba la construcción de su tumba desde el extranjero y había vuelto solo para morir…
—Por un instante también pensé que la había matado a usted… siempre supe que tratarían de jugar una maniobra así, era obvio que toda la información que nos dio para destruir a la familia Song no la tenía usted de antemano, fue el mismo príncipe el que le dijo todo eso, el que destruyó a su propia familia.
Woo Bin se había mantenido al margen hasta ese momento y con la última frase, solo entornó levemente los ojos.
—Eso requirió agallas —le dijo el Maestro a Woo Bin— ¿tu padre lo sabe?
—Evidentemente no —contestó tajante, empuñando su arma, comenzando a cansarse de la charla.
—Lo imaginé —suspiró—. Sé que tuvieron que destruir a su propio ejército porque nosotros prometimos que no regresaríamos mientras la familia Song dominara Seúl… pero llegaron a la acertada conclusión de que solo podrían vencernos en este territorio, así que lo hicieron para hacernos regresar… pero lo que no esperaba era que Park Ni Eun hubiera planeado todo, que ella tuviera un ejército…
—Creo que ya ha sido suficiente parloteo amistoso —Woo Bin alzó la voz un poco—; no estamos cómodamente tomando té. Déjese de esta tontería, ordene a sus hombres bajar las armas porque los superamos en número. Ya hemos tomado la casa y no tienen a dónde ir porque hemos vaciado sus fondos. No haga esto más difícil y simplemente venga con nosotros.
Masaaki lo miró intensamente por un instante y, con un movimiento de mano, indicó a su gente que bajara las armas; esto no hizo que el otro bando bajara la guardia, al contrario, tensaron sus dedos en los gatillos.
—Estoy satisfecho y estoy feliz —anunció poniendo las manos tras su espalda—. Geum Jan Di, logró confundirme por un momento, es más de lo que cualquiera logró alguna vez en su vida, por eso, le concedo la victoria.
—¿Qué…? —Jan Di abrió los ojos en genuina confusión. Woo Bin gruñó en desconfianza.
—Acepto que he sido derrotado —continuó con tono de obviedad. Jan Di tragó saliva, nerviosa—. Y para celebrarlo, juguemos un último juego —ensanchó su sonrisa.
—No… —Jan Di palideció y tomó aire con dificultad. La poca calma que la había llenado en el último par de minutos se había esfumado y ahora estaba asustada y tensa otra vez.
—El juego es una carrera —explicó con brillo en los ojos—, se trata de ver cuántas vidas se pueden salvar en ocho minutos.
Woo Bin tuvo medio segundo para tomar una decisión; o dispararle a Masaaki y evitar que accionara el interruptor que hasta ese momento notó que tenía en la mano, o abrazar a Jan Di para cubrirla con su cuerpo entero. Se decidió por la segunda.
Una explosión derrumbó fragmentos del techo, los cuales cayeron en pesados bloques de concreto y madera entre Jan Di y Masaaki. Una espesa nube de polvo se levantó impidiendo toda visibilidad.
—¿Qué mierda…? —jadeó Woo Bin en el suelo, abrazando a Jan Di, asegurándose de que nadie de su lado había sido lastimado por el derrumbe; parecía que solo la mitad de la habitación había colapsado y ya no había más señales de Masaaki ni de su gente.
—¿Qué…? —Jan Di se incorporó para sostenerse con sus codos. Woo Bin la soltó y se arrodilló a su lado— ¡¿Qué fue eso?!
—Levántate —Woo Bin la tomó del brazo y la ayudó a ponerse de pie— ¿Estás bien?
Jan Di asintió sintiéndose sofocada por tanto polvo.
—Woo Bin, Woo Bin —lo llamó desde el radio Yi Jung— ¡contesta! ¡Hubo una explosión! ¿Qué pasó?
—Sí —contestó—. En el cuarto de té de Masaaki; estamos bien.
—¿Lo perdimos? —Jan Di movió sus ojos entre los escombros de la habitación, buscando al Maestro pero sin encontrarlo; no creía que estuviera aplastado en los escombros. Solo parecía que se había derrumbado una sección de la habitación, solo lo suficiente para separar el cuarto en dos.
—¿A qué se refería con ocho minutos? —Woo Bin también miraba de un lado a otro buscándolo— Lo que sea, deberíamos salir ahora.
Jan Di le dio la razón; lo que fuera que significaban esos ocho minutos no le daba ninguna buena espina. Ambos retrocedieron junto a sus hombres y salieron al pasillo. Se dieron cuenta de que la explosión había dañado todos los cuartos aledaños, aunque el corredor seguía despejado.
—Jan Di, Woo Bin —dijo Kathleen apareciendo, sorprendiéndolos brevemente— ¡Rápido!
—Kate —Jan Di frenó y colocó sus manos en sus rodillas, jalando una profunda bocanada de aire— ¿qué pasó? ¿Has estado aquí todo el tiempo?
—Sí —dijo asintiendo—, volví con él después de tu funeral.
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Joon Pyo y Ji Hoo rebotaron del susto al escuchar la explosión. Luego le siguió un gran silencio. Los dos amigos se miraron confundidos.
—¿De dónde vino eso…? —masculló Joon Pyo moviendo sus ojos en todas direcciones.
—Fue dentro de la casa… —asumió Ji Hoo por la cercanía en que se había escuchado todo.
Joon Pyo caminó hacia la puerta del despacho y la abrió, salió al pasillo recorriéndolo con la mirada. Al fondo, a la derecha podía ver un poco del polvo.
—¿Qué fue eso? —le preguntó Ji Hoo a Bo al notar que estaba reprimiendo una risa.
—Eso es el sistema de seguridad de la casa —contestó como si fuera algo obvio.
Ji Hoo frunció el ceño.
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—Lo siento, no pensé en esto, no lo recordaba y por eso no se los advertí —contestó Kate angustiada—, esto debe ser el sistema de seguridad de la casa.
—¿Sistema de seguridad? —preguntó con prisa Woo Bin— ¿qué es eso?
—Mi padre alguna vez mencionó que hay bombas en los edificios del Maestro, cuando se activan empezarán a detonarse una tras otra, destruyendo la propiedad en segmentos estratégicos y al cabo de pocos minutos, estallará la más grande de todas.
—Ocho minutos —Woo Bin golpeó su palma con el puño— ¡Rápido! —se llevó la mano al auricular para llamar a Joon Pyo.
—Busquen rápidamente si alguien quedó atrapado —les ordenó Jan Di a sus hombres— si pueden ayuden, pero si es imposible, busquen la manera de ponerse a salvo, tenemos menos de ocho minutos para salir.
—Sí, señora —le dijeron y se dispersaron.
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—¡Joon Pyo! —lo llamó Woo Bin por el radio.
—Woo Bin, ¿me escuchas? —dijo llevándose la mano a su auricular, todavía afuera del despacho de Bo— ¿Qué pasó?
—Joon Pyo—contestó Woo Bin—, salgan pronto, no hay tiempo que perder.
—¿Por qué? ¿Qué fue eso? ¿Qué…?
Pero antes de terminar su frase, otra explosión a su espalda por poco le hizo perder el equilibrio debido al retumbar del suelo. Se descontroló por un par de segundos, pero luego volvió sus pasos dentro del cuarto, ahora en penumbra, derrumbado y con una polvareda que impedía la visibilidad.
Gritó el nombre de Ji Hoo pues no lograba verlo, pero pronto lo encontró tumbado en el piso, rodeado de escombros.
—¡Ji Hoo! —Joon Pyo cayó de rodillas a su lado— ¿me escuchas?
—Estoy bien —masculló Ji Hoo moviéndose con dificultad y tosiendo por el denso polvo. Intentó arrastrarse fuera de los escombros pero un enorme peso se lo impidió—, pero no puedo salir...
Joon Pyo entornó los ojos, tratando de ver con más claridad. Poco a poco el polvo se disipaba y cuando hubo claridad suficiente, entendió que Ji Hoo estaba atrapado porque una enorme viga de concreto estaba aplastando su brazo izquierdo.
Ji Hoo no fue consciente del dolor hasta que intentó zafarse, lanzó un profundo quejido y dejó su frente caer al suelo, cubriéndose el rostro con su brazo libre.
—Rayos, rayos... —masculló Joon Pyo preocupado, analizando rápidamente cómo liberarlo, asustado porque el resto de la estructura iba a colapsar en cualquier momento— ¿Ji Hoo, estás bien?
—Mi brazo esté completamente roto... —gimió apretando los dientes.
Joon Pyo se enterró una mano en el cabello por lo grave de la situación. Hasta ese momento se dio cuenta de que había más quejidos; el abogado Bo junto a sus dos lacayos, así como los hombres del ejército habían quedado también atrapados entre los escombros, aunque la estructura no se había derrumbado por completo; todos estaban vivos, pero no podían salir
—¿Es solo tu brazo? —volvió su atención a su amigo.
Ji Hoo se tomó un momento para respirar y sentir el resto de su cuerpo...
—Sí...
—Bien... —Joon Pyo puso su mano en la viga y recorrió con los ojos el desastre– no te preocupes, te sacaré de aquí... sólo tengo que mover esto...
Usó toda su fuerza, pero el bloque de cemento no se movió ni un poco. Joon Pyo maldijo y buscó algo que pudiera servirle de palanca.
—Joon Pyo, Ji Hoo —le habló Woo Bin por el auricular— ¿me escuchan? ¡deben salir ahora!
—¿¡Qué está pasando?! —gritó Joon Pyo desesperado y asustado por Ji Hoo
—El edificio va a seguir explotando en lugares estratégicos, tenemos poco más de seis minutos para que una última explosión arrase con todo.
—Mierda… —respiró furioso, los ojos aún le ardían por lo que se había puesto para obligarse a llorar— bien, nos vemos afuera.
—Joon… —pero ya no escuchó más a Woo Bin porque se arrancó el auricular; permanecer con él puesto solo le provocaría más estrés.
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—¿Joon Pyo? ¿Ji Hoo? —Woo Bin insistía, pero ya no recibía respuesta— Perdí la señal.
—Debemos salir de aquí ahora —dijo Kathleen apresurándolos.
Jan Di asintió, estaba aliviada de salir de aquel lugar de una vez por todas. Echaron a andar rápidamente y cruzaron varios pasillos sin mirar atrás.
Jan Di, un paso atrás de Kate, observaba su cabello castaño ondearse con la velocidad de sus pasos y sonrió para sus adentros; Kathleen había arriesgado su vida al mentirle al Maestro, mostrándole deliberadamente aquel video falso en donde decía que huiría con Ji Hoo.
Iba pensando en cómo se disculparía una vez que estuvieran a salvo, es decir, no la había tratado muy bien cuando la conoció; no había confiado en absoluto en ella, sabía en su interior que Kate no era ninguna hermana de Ji Hoo y, aunque resultó ser verdad, ella aun así probó su lealtad que honraba a su padre.
Y ahora, aunque ella y Ji Hoo no tuvieran ninguna relación de sangre, estaba feliz de tenerla como parte de la familia y esperaba que se les uniera en vacaciones y navidades, esperaba que pudieran volverse realmente amigas. Aunque lo mejor de todo, sin duda, era que Ji Hoo había ganado más familia, lo cual siempre fue su único anhelo.
Por el momento solo quería agradecerle. Ojalá aceptara sus disculpas ya que no las merecía precisamente, pero como Kate parecía tan noble de corazón como Ji Hoo, veía poco probable que la tratara con desdén una vez que le ofreciera paz entre ellas. Era curioso, ahora que había confirmado que no eran familia, Jan Di comenzaba a ver similitudes entre Ji Hoo y Kate.
Kathleen sintió la mirada a sus espaldas y se giró sin detenerse, cuando sus ojos atraparon la mirada de Jan Di, ambas se sonrieron con sinceridad y empatía.
Woo Bin trataba de comunicarse con Ji Hoo o con Joon Pyo por el radio, pero no obtenía respuesta, tomó un respiro y trató de serenarse; Joon Pyo había recibido el mensaje de que debían salir, así que seguramente ya estarían afuera.
—¿No contestan…? —preguntó Kate.
—Estoy seguro de que ya están afuera —les aseguró con falsa seguridad. Ambas chicas asintieron— No te asustes.
Jan Di notó que eso último lo había dicho solo para Kate y no pudo evitar sonreír un poco, ¿en serio le gustaba? Woo Bin tendría que hacer cambios serios si quería estar con ella. Agitó la cabeza para alejar esos pensamientos, pero es que no podía evitar sentirse por fin liberada y feliz porque ya habían llegado a la planta baja, ya estaban a unos cuantos pasos de la salida, ya estaba imaginando su futuro…
La gran puerta principal estaba doblando el pasillo; los tres apuraron el paso de puras ansias mientras Jan Di seguía divagando en sus pensamientos.
Entonces, Masaaki apareció frente a ellos; se detuvieron y ahogaron una expresión de asombro. Inmediatamente, el Maestro levantó el brazo que empuñaba un arma, y disparó a quemarropa con su perfecta puntería atravesando le frente de Kate justo por la mitad, matándola en el acto.
Jan Di gritó horrorizada.
—No, no, no, no, no, no, no —gimió desesperada lanzándose hacia su cuerpo y la atrapó antes de que golpeara el suelo, y quedó arrodillada en la alfombra, sosteniéndola—, no, no, no, no...
Buscó rápidamente sus signos vitales y estalló a llorar al encontrar todos sus conocimientos médicos inútiles; Kathleen Maeng, quien segundos atrás había corrido a su lado, yacía sin vida en sus brazos, con sus ojos miel aún abiertos y su sangre rápidamente manchó toda su ropa. Esta vez no había sido una mentira, el Maestro había sido y preciso y ahora Jan Di tenía otra muerte sobre su espalda.
Sólo habían sido unos cuantos segundos, no obstante, se sintieron terriblemente largos. Woo Bin, abrumado por la sorpresa, miró de un lado a otro mareado y tan furioso se sentía repentinamente en otra realidad; escuchaba el llanto de Jan Di y miró a los ojos a Masaaki, otra vez frente a él, otra vez sin poder encararlo. Lo vio volver a preparar el gatillo y estuvo listo para proteger a Jan Di con su propio cuerpo.
Pero el arma no se disparó.
—Sólo tenía una bala —dijo el Maestro dejando caer la pistola a los pies de Jan Di—, y la guardé para la joven Maeng por mentirme a la cara.
Ella, hasta ese momento, le dirigió una mirada impetuosa y violenta enmarcada por lágrimas, pero no le gritó cuanto lo odiaba ni saltó como loba enfurecida a matarlo, ni siquiera se preocupó porque le dispararan a ella también porque tenía tanto coraje y adrenalina que probablemente ni siquiera hubiera sentido una bala penetrando su cuerpo.
Bajó los ojos y vio el arma que había asesinado a Kate y la reconoció; era la que Ji Hoo le había dado cuando se encontraron en la isla, ya varios meses atrás, y una nueva oleada de pánico y culpabilidad la sacudió; su propia arma le había quitado la vida a su aliada.
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—Fueron ya dos explosiones —dijo Jae Kyung muy preocupada—, ya no están contestando en el radio, voy a entrar a buscarlos.
—Deja de hacer cosas imprudentes —la regañó Yi Jung—, es más peligroso que entres.
Fuera de la casa, varios de los hombres ya habían sacado a algunos yakuza y los iban arrodillando con la vista hacia el muro y los vigilaban sin dejar de apuntarles.
—Solo voy a echar un vistazo —se metió a la casa, cargó su arma y se quedó a medio recibidor.
—Mono, sal de allí —Yi Jung la siguió. Justo cuando puso un pie en las escaleras del portal, una explosión derrumbó la estructura de la puerta de entrada y parte de la fachada principal.
Varios escombros cayeron sobre Yi Jung y sobre los yakuza que tenían sometidos.
—¡Yi Jung! —corrió Ga Eul a su lado. Nada realmente grande le había caído encima, pero había sido suficiente para descalabrarlo y dejarlo momentáneamente descontrolado y se sentó en el suelo al sentir que perdía el equilibrio— ¡Rápido, aléjate! —le urgió tomándolo del brazo y levantándolo porque parecía que la fachada continuaría derrumbándose.
—Ayuda… —les dijo uno de los yakuza alzando la mano. Su pierna había quedado atrapada entre dos enormes maderas.
Hasta ese momento, Ga Eul se dio cuenta de que casi todos sus prisioneros estaban entre escombros.
—Diablos… —murmuró ansiosa, luego levantó la voz— ¡Ayuden a sacarlos! —ordenó mientras que ella misma corría por quien había clamado por su ayuda.
Yi Jung se limpió la frente con la mano, estaba sangrando. Apretó los ojos para despertar del golpe y fue junto a su esposa para auxiliarla en liberar la pierna del yakuza mientras que los hombres que estaban con ellos también comenzaban a remover los pedazos de muro que atrapaban a los otros.
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Con la anterior explosión, Woo Bin tuvo suficiente. No le dispararía en la cabeza porque no quería matarlo ni en el pecho porque seguramente traía un chaleco anti balas. Le disparó en una pierna, dándole justo en el muslo, encima de la rodilla.
Masaaki trastabilló y cayó hincado sobre la rodilla de su pierna sana.
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Joon Pyo divisó entre las ruinas una pieza de metal que se figuró podría usar de palanca, la arrancó sin mucha dificultad e intentó mover la viga que tenía atrapado a Ji Hoo, pero ambos se dieron cuenta que moverla significaría que el resto de los escombros se desplomaría sobre el abogado Bo, los dos jóvenes yakuza y los hombres de su lado y los mataría a todos sin duda.
—Tienes que sacarlos primero a ellos... —Ji Hoo señaló con la cabeza a las otras personas, luego volvió a apretar los párpados ante el suplicio; le dolía muchísimo, cada vez más.
Joon Pyo negó con la cabeza, enfadado; lo único que quería era sacar a su mejor amigo de allí y odiaba saber que tenía que ayudar a los otros y odiaba más saber que no podía dejarlos morir con las cabezas aplastadas por el concreto. Gruñó y se movió en dirección a la joven atrapada.
Se arrastró un poco y pateó los restos de la pared y el techo, pudo darle la mano a uno de los hombres, lo jaló y logró sacarlo, al igual que al siguiente…
—Ayuden a los otros —les ordenó ya que tres de sus hombres restantes estaban en otra sección del cuarto…
Ahora faltaban los yakuza…
—Dame tu mano —ordenó metiendo el brazo entre los escombros, la chica lo miró con desconfianza y sangre escurriendo por su frente– ¡Rápido, perra! —insistió furioso y ella aceptó la asistencia.
Él la asió fuertemente y, de un tirón, la sacó fuera. Agradeció que no estuviera siendo aplastada y que hubiera podido liberarla con facilidad.
Sin premura, se movió hasta el muchacho, quien lo observaba con sorpresa e incredulidad. Con un gesto igual al anterior, le ofreció auxilio. Al arrastrarlo fuera, otra explosión sacudió todo y la estructura tembló amenazando con caer sobre ellos, pero se sostuvo en su delicado equilibrio.
Joon Pyo jadeó asustado porque sabía que todo se iba a derrumbar si había otra explosión y quedarían todos allí.
Los dos jóvenes japoneses ya estaban fuera, pero ambos estaban heridos y apenas podían sostenerse de pie.
—Llévenlos afuera, ¡rápido! —ordenó Joon Pyo a cuatro de los hombres, ya todos libres de los escombros— Tú —señaló a uno, el que parecía menos lastimado— Ayúdame aquí.
Todos obedecieron.
Era el turno del abogado; él había quedado más al fondo y Joon Pyo no alcanzaba a ver si algún escombro lo estaba aplastando, pero, por su gesto, no parecía estar lastimado en absoluto.
–Tu mano –exigió Joon Pyo estirándose hacia él, sin embargo, no lo alcanzaba.
El abogado se rió brevemente sin moverse.
—Pensé que habías dicho que me ibas a matar.
Joon Pyo sintió la sangre hervirse y una ola de odio hacia esa persona lo inundó. Sí. Había prometido que lo iba a matar; no lo ayudaría, no tenía tiempo, tenía que liberar a Ji Hoo en ese mismo momento.
—Bien, muérete —escupió con desprecio y regresó a intentar con la palanca, se dirigió al hombre— ayúdame a quitar el bloque que tiene atrapado a Ji Hoo.
Ambos enterraron la palanca debajo del concreto y empezaron a hacer fuerza para moverlo…
—¿Qué haces…? —gimió Ji Hoo mordiéndose el labio inferior para mitigar el dolor— Si mueves eso lo aplastarás, tienes que sacarlo a él primero.
—No tenemos tiempo —insistió empujando la barra de metal—, todo va a explotar en pocos minutos y tenemos que estar fuera.
—Pero lo matarás…
—¡Eso es lo que quiero! —gritó furioso.
El abogado Bo empezó a reírse a carcajadas.
—¡¿De qué carajo te estás riendo?! —le bramó iracundo, soltando por un momento la palanca.
—Hemos llegado al final del camino —dijo Bo en una sonrisa de oreja a oreja—. Hace tiempo, Geum Jan Di y yo hicimos una apuesta —Joon Pyo bufó—; ella dijo que usted me iba a despedazar… usted mismo dijo que me iba a matar… Bien. Hágalo ahora.
