SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Treinta y Cinco:
Sus Secretos
Naraku bajó lentamente la humeante arma, sus ojos abiertos mientras la habitación guardaba silencio, sombras entraban lentamente en el salón mientras el polvo se suspendía sobre New Orleans. Los largos brazos de esas sombras, esos negros vacíos de luz se escabullían, cruzando la habitación, sus delirantes garras se estiraban hacia Kaede alcanzándola, dirigiéndose hacia ella, queriendo ayudarla—sin darse cuenta de que no necesitaba nada de ayuda.
La anciana no se había movido de su posición, aún permanecía con su espalda extrañamente recta, su ojo bueno aun enfocado en Naraku, desafiándolo aunque ya hubiese disparado el arma. Sonrió, su mano subió para tocar su pecho, el lugar donde una bala debería haberla atravesado, debería haberla matado. Miró tras ella, su ojo enfocado en la pared que descansaba a sus espaldas, un agujero de bala resaltaba de la vieja y astillada pintura, un punto negro en una superficie color crema. Rió, el sonido llenó la vacía habitación, vibrando en ella, un devastador y burlón tarareo.
"Cómo?" Susurró el Sr. Dresmont en el silencio, su voz como uñas sobre un pizarrón sumó a los nervios lentamente desgastados de Naraku.
"Tú," gruñó Naraku, su voz apretada, sus ojos brillaban con rabia. "Ni te inmutaste." Siseó entre sus apretados dientes, la mano aun sosteniendo el arma la apretó más hasta que el mecanismo comenzó a gruñir bajo sus dedos. "Cómo! Cómo supiste, cómo?"
"Busqué en tus sentimientos," le dijo Kaede con una triste sonrisa, la risa se detuvo en su garganta mientras su expresión se tornaba seria, sabia y culta. "Sabía que no apuntarías tu bala para matarme." Su voz era sensible y fuerte mientras hablaba, sin titubear pero segura. Le hablaba volúmenes a los otros en el salón: Kaede no tenía miedo de Naraku, no le temía a nada de lo que pudiera hacer, y estaba más que dispuesta a dejárselo ver de primera mano.
El arma cayó de la mano de Naraku aceptando sus palabras, su boca se abrió con cierto nivel de shock. Incluso su propio padre lo había encontrado aterrador, sus propios hermanos lo habían llamado fenómeno, llamándolo despiadado, un terror, había instigado temor en el más endurecido de los hombres, había hecho a Hiten (un pirata temido) inclinarse ante su voluntad y aun esta mujer, esta vieja decrépita estaba mirándolo a los ojos. Estaba calmada, su expresión sardónica, era fácil de ver que no le temía, no lo veía como algo más que un pequeño niño indefenso. Por primera vez en su vida, Naraku sintió dominarlo una sensación de temor, era una sensación extraña que comenzaba en la boca de su estómago, subía por su cuello, alojándose en su garganta. Trató de tomar un profundo respiro pero el nudo de temor detuvo el oxígeno de entrar en sus pulmones, en cambio, subió por su garganta haciéndolo ahogarse con el indeseado aire.
"Qué es esto?" Preguntó él, una cierta sensación de pánico lo inundó. "Esta sensación," sus ojos la miraban, amplios, sus pupilas dilatadas, apretó sus dientes. "Esto es miedo?"
Kaede dio un paso adelante, sus ojos determinados, amplios y condenadores. "No eres más que un niño confundido, verdad Naraku." Le dijo dando otro pequeño paso adelante, su voz suave y aplacada como si estuviera hablándole a un niño asustado. "Has sido lastimado, has sido abusado—tienes dolor."
Involuntariamente, Naraku retrocedió, lejos de ella, su corazón palpitaba en su pecho. Había algo en sus palabras que resonó en él, algo que lo alejó de su actual odio y lo regresó—lo devolvió a cosas de las que alguna vez había sentido miedo, rechazo, ser indeseado, ser innecesario, no ser amado.
A su derecha, el mentón de Hiten desplomado, miraba completa y totalmente asombrado mientras Naraku parecía encogerse por un momento, sudor brillaba desde el costado de su mejilla mientras se alejaba de la pequeña anciana. Hiten la miró, tratando de discernir qué estaba causándole tanto temor a Naraku. No podían ser sus palabras, sus palabras eran simplemente eso—palabras, ningún hombre debería estar así de aterrorizado de las palabras y aun, Naraku se veía como si hubiese visto el último predador y él fuera la más deliciosa de las presas.
"Dudas de ti como tu padre te enseñó a dudar," continuó Kaede, su voz severa, cambiando de gentil a dura, el sonido hizo que la piel de Hiten se estremeciera (casi podía entender la reacción de Naraku a la demandante voz de la anciana). "Te odias así como tus hermanos te enseñaron a odiar." Continuó llegando a detenerse justo en frente del hombre ahora aparentemente pequeño, su jorobada forma inclinada sobre él, firme y nada simpática. "No eres nada más que un muchacho que ha perdido su camino mientras trataba de volverse un hombre."
"Cállate!" Rugió Naraku, el miedo y la cobardía abandonaron su postura instantáneamente mientras se enderezaba de nuevo, sus ojos ardían, el negro de sus irises y pupilas se transformaron en un tono aparentemente rojo mientras crecía, retornando a su altura completa, alto e intimidante. Los sentimientos de su niñez desaparecieron, regresando al oscuro rincón que ocupaban en su mente.
"Sólo deseas no escuchar," respondió Kaede igual de fuerte, forzándose a pararse más derecha de lo que era capaz, igualando su altura, "Porque sabes que esa es la verdad!" Su vieja voz se quebró con la sabiduría de un millón de ancianos. "Para esta insensatez, cesa tu joven insolencia, no es muy tarde, Naraku, podrías redimirte con tiem—,"
Naraku la asaltó, sus manos subieron para sujetar el frente de su blusa, sus ojos ardían con tal furia que Hiten y el Sr. Dresmont lentamente comenzaron a retroceder hacia la puerta de la taberna, ambos considerando huir. "Es suficiente," gruñó, su voz baja, adquiriendo una cualidad que no era vista en chicos de su edad. "Dime lo que quiero saber y vivirás pero continúa con esta basura y yo—te—mata—ré." Puntualizó cada palabra con una sacudida de su muñeca.
Kaede jadeó mientras su viejo cuerpo protestaba bajo la presión, el dolor se extendía por su espalda. Naraku sonrió con triunfo y una vez más la empujó, obligándola al suelo, sus viejos huesos crujieron audiblemente mientras caía.
El Sr. Dresmont se contuvo de precipitarse hacia ella, no quería nada más que agarrarla y ayudarla a levantar, protegerla del mal que era su oficial jefe pero se contuvo. En cambio, simplemente bajó su cabeza con vergüenza, vergüenza ante su propia cobardía y su propia debilidad. Se sentía insignificante, se sentía inútil—no podía ayudarla, no podía protegerla. Lentamente, levantó sus ojos, considerando la vista de la espalda de Naraku. Mordió su labio, un sentimiento de puro odio a sí mismo lo golpeó en la boca de su estómago.
Había querido que su hija, su única hija se casara con este hombre—este bastardo que momentos antes golpeó a una anciana y la amenazó con arma antes de tratarla con la cortesía con la que se dirigía hacia los mayores. Si así era como trataba a los ancianos, entonces cómo habría tratado a Kagome, la delicada y pequeña Kagome? La rabia inundó al Sr. Dresmont ante la idea, quería hacer algo, quería dar el paso, detener la maldad en frente de él pero—
"Oye tú!"
"Sí, señor!" Su cabeza se levantó de golpe, su cuerpo temblaba mientras observaba a Naraku apuntándolo, señalándolo bruscamente con una garra.
—era un hombre muy pequeño para hacer tal hazaña.
"Recoge a la anciana," le dijo Naraku alejándose de ella, sus pasos bruscos mientras caminaba hacia la puerta de la taberna. "Viene con nosotros," gruñó al alcanzar la puerta, bajando el pomo antes de abrirla, las bisagras cedieron mientras lo hacía. La puerta cayó instantáneamente, golpeando fuerte el piso mientras Naraku desaparecía por ella, inafectado por el ruido.
"Sí, señor." Susurró el Sr. Dresmont y se inclinó levemente escondiendo su rostro mientras se movía hacia Kaede, alcanzándola con manos suaves para ayudarla a levantar.
Kaede le sonrió feliz por la ayuda y gruñó mientras la ponía de pie. Exhaló un largo suspiro mientras su cuerpo también se quejaba, resonando y crujiendo mientras se giraba de un lado a otro, tratando de aliviar el dolor en sus articulaciones. Finalmente, con un último gruñido de dolor cuando su cadera regresó a su lugar, suspiró y se sacudió brevemente antes de alcanzar para arreglar su moño que se había deshecho en la conmoción.
"Podría huir." Sugirió el Sr. Dresmont suavemente mirando a Hiten quien aún se encontraba en la taberna.
Kaede sonrió, su rostro medio escondido por su desaliñado cabello. "Actúa como si tuviese miedo de ese niño impotente." Susurró ella antes de levantarse completamente, acomodando sus viejos huesos con un largo suspiro. "Pronto aprenderá, Sr. Dresmont," le dijo dando un paso, Hiten la miró también escuchando sus palabras. "No hay razón para temerle a un ratón de campo, sin importar lo duro que pueda morder con sus dientes aún son los de un ratón de campo."
El Sr. Dresmont frunció sus ojos, analizando sus palabras por lo que eran. Actuaba como si Naraku Morgan fuera un hombre fácil, como si no fuera un asesino, un frío dictador sin corazón. Hablaba como si en verdad fuera un adolescente perdido con necesidad de nada más sino una patada en los pantalones y un regaño severo. Ella no veía sus ojos, no sentía su odio, no se daba cuenta de que hoy pudo haberla matado, que era una posibilidad el poder y haber tirado del gatillo? Estaba senil? Estaba loca? O era completamente algo más.
"Vámonos, maldita sea!"
Hiten y el Sr. Dresmont hicieron una mueca ante la furiosa orden, ambos hombres respondieron al grito rápidamente. Mientras el Sr. Dresmont le ofrecía su brazo a la anciana, la miró levemente, mirando su forma jorobada, su mente trabajaba con todo lo que había dicho sobre Naraku, a Naraku—tenía razón, se preguntó.
"Pronto aprenderá, Sr. Dresmont." Repitió Kaede haciendo que el padre de Kagome parpadeara rápidamente. "Él es un ratón de campo."
El Sr. Dresmont parpadeó en respuesta pero asintió mientras sus pensamientos se dirigían hacia ella, hacia el hecho de que hubiese sabido su nombre. "Nadie lo dijo y yo no le dije." Se recordó vagamente mientras lo golpeaba otra idea extraña pero realista. "Puede leer mi mente?" Preguntó observando mientras sonreía, como si, supiera exactamente lo que estaba pensando.
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Kagome continuaba mirando a Inuyasha, su fatídica admisión colgaba en el aire como un elefante rosa en medio de una habitación—incómoda y bien ignorada. Mordió su labio, sus ojos buscaban su rostro intentando determinar desesperadamente lo que podría estar pensando pero no podía ver su expresión, la había escondido como siempre lo hacía con sus largos y encrespados mechones.
"Si tuviera la oportunidad," pensó tratando de tranquilizar su alborotado corazón. "Se los cortaría." Cerró sus ojos ante la idea, perdiendo por milisegundos la mirada que Inuyasha le daba a través de su espesa cortina de cabello.
La miraba, sus dorados ojos analizaban su temblorosa forma, podía escuchar latir su corazón desde su lugar a un par de docenas de pies de distancia, era fuerte y ensordecedor, lo único que podía escuchar en ese momento. "Ella sabe." La idea entraba y salía de su mente consciente. "Sabe la verdad—lo sabe." Inhaló un tembloroso respiro y tragó. "Lo sabe." Sintió bañarlo una extraña sensación de alivio, una sensación que con toda honestidad, no sabía por qué la había sentido.
Levantó una temblorosa mano hacia su cabeza y tocó sus mechones plateados, una anómala y confundida sonrisa se formó vagamente mientras lo hacía.
"Lo sabe y—no se asustó ni me gritó." Frunció sus ojos. "Tal vez no quería decir nada. Tal vez no sabía qué decir." Razonó ante las deterioradas ideas, llenas de ansiedad. "Tal vez—no dijo nada porque no quería herirme?" Apretó sus puños con paranoia. "Ella es demasiado amable, eso es," razonó de nuevo bajando lentamente su cabeza. "Sólo es demasiado amable para decirme lo que siente realmente."
La anciana los miraba, una ceja levantada mientras ladeaba su cabeza, sintiendo la anormal tensión entre la extraña pareja: la chica vestida distinto y el tan llamado mitad demonio. Resopló mirando a Inuyasha, analizando sus apuestos rasgos con escepticismo. "En verdad eres mitad demonio, muchacho?" Preguntó sin importarle si estaba interfiriendo con cualquier extraño malentendido que estuviera sucediendo entre los dos.
Inuyasha y Kagome levantaron sus cabezas sorprendidos, sacados de sus pensamientos individuales. Mirando a Kagome, Inuyasha aclaró su garganta esperando ver si lo miraba. No lo hizo, sus ojos estaban muy enfocados en la anciana como para darle un segundo vistazo o tal vez, simplemente estaba muy avergonzada o en un estado de mucho shock para pensar en mirarlo en ese momento.
Lamió sus labios, si ese era el caso entonces no podría culparla. "Sí," le respondió a la anciana cortamente admitiéndole su herencia a ella y solo a ella mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho, cuadrando sus hombros hasta que quedaron desafiantes, regresando al rudo bastardo dentro de él en orden de proteger al asustado mitad demonio que yacía muy en el fondo. "Qué hay con eso?"
La anciana le dirigió una seca mirada pero no comentó directamente sobre su actitud. "Solo no pareces un mitad demonio, es todo." Extendió su pulgar hacia su hijo quien aún estaba acobardado tras ella. "La mayoría de los que he visto no son, bueno—" Miró a su hijo. "Sin ofender," Se encogió cuando su hijo no respondió. "No son lo más agradable de ver."
El joven gruñó tras ella ante sus palabras pero no dijo nada ni en retaliación ni en acuerdo, así que continuó.
"Tú, por otro lado," lo miró lentamente. "Te ves muy bien para ser un híbrido. Tienes más rasgos de demonio que de humano y los humanos te hacen agradable."
Inuyasha se movió incómodo ante el cumplido levantando una mano para rascar su nariz. "Bueno, um—" tartamudeó incómodo. "Me veo más como mi padre que como mi madre."
"Ah," la anciana asintió. "Así que tu padre era el demonio en la pareja?"
"Sí." Confirmó Inuyasha encogiéndose de hombro, tratando de parecer en control de la conversación pero falló. Era dolorosa, toda la conversación, pensar en su madre, pensar en su padre. Pensar en ellos quienes ahora estaban enterrados bajo tierra. Sus muertes eran algo que había estado suprimiendo durante la mayor parte de su vida adulta, olvidándolas—pero sin importar lo mucho que lo intentara, parecía nunca poder olvidar. En el fondo sabía, que no estaba destinado a olvidar jamás.
"El padre de Jinenji también era el demonio." Sonrió ante la palabra padre, sus ojos se tornaron distantes, como si estuviera recordándolo. "Era un demonio caballo—dios, era hermoso."
Inuyasha levantó sus cejas sintiéndose ligeramente perturbado mientras la anciana se sonrojaba, ambas manos en sus mejillas recordando.
A su derecha, Kagome estaba de pie, sus temores y ansiedades la abandonaron mientras la mirada de puro amor de la dulce anciana sobrepasaba sus pensamientos. "En verdad, debió amarlo." Sonrió afectuosamente mientras hablaba, sus ojos grises humedecidos con lágrimas inducidas por el romance.
"Oh sí." Concluyó la mujer para ella. "Ya sabes lo que dicen de los mitad demonios," se sonrojó más fuerte. "Para que nazca uno tiene que haber amor."
Inuyasha palideció visiblemente pero no dijo una palabra.
"Mi nombre es Haniyama." Les dijo la anciana con una sonrisa.
"Mi nombre es Kagome." Dijo Kagome rápidamente dando un paso señalando hacia Inuyasha, su expresión una de incomodidad. Se sentía incómoda, se sentía tímida e insegura de sí misma, no sabía cómo debía reaccionar pero los modales que le habían sido inculcados desde el momento en el que nació no le permitían ignorar la importancia de una presentación apropiada. "Y él es Inuyasha."
"Inuyasha, huh?" La anciana le dio una extraña mirada. "Ese es un nombre extraño."
Inuyasha se encogió en respuesta. "Soy una persona extraña."
Kagome se tragó una risita ante la ingeniosa respuesta.
La anciana simplemente sonrió. "Qué clase de mitad demonio eres, hijo?"
Inuyasha frunció ante el término de cariño pero no presionó el tema. "Soy un demonio perro." Le informó planamente, sus orejas se movieron con irritación mientras olfateaba distraído el aire mirando en dirección de la casa en llamas. Normalmente, se habría precipitado para intentar salvar la edificación pero ya estaba más allá de una reparación. El techo se habría hundido antes de haber llegado y las ventanas ya se habían roto por el fuerte calor de las llamas. Era una causa perdida.
"Bueno," gruñó la anciana mirándolos intensamente, su expresión contemplativa pero segura. "Si ese guapo es un mitad demonio," dijo interrumpiendo los pensamientos de Inuyasha. "Entonces supongo que pueden venir a nuestra casa."
Inuyasha levantó una ceja ante la oferta, sacándose por completo de sus actuales meditaciones. "Su casa está en llamas." Le dijo apuntando una garra hacia la choza ardiente.
La anciana ondeó su mano secamente, su jorobado cuerpo se movió incómodo con el gesto. "Ese no es nuestro hogar, es sólo un señuelo."
"Qué astuto." Murmuró Kagome mientras se abrazaba mirando alrededor. No estaba segura de qué tipo de reacción había estado esperando del Capitán pero esta no era una que hubiese estado en su lista. "Tal vez es una actuación para Haniyama y su hijo?" Razonó pasando saliva. "O en verdad no le importa." Kagome frunció ante la idea sabiendo que tenía que importarle, de lo contrario no habría escondido la información. Resopló desapercibidamente mientras asentía. "Nop, le importa, solo no quiere hacer una escena. No es alguien de llamar la atención para sí." Se estremeció levemente, "Sin embargo, si ese es el caso—," Le dirigió una rápida mirada por el rabillo de su ojo. "No va a ser divertido una vez que estemos solos."
"Bueno, vamos." La anciana les indicó girándose hacia su hijo, depositando gentilmente una mano en su espalda, motivándolo a desenrollarse de su enroscada posición. "Jinenji," animó suavemente. "Vamos a mostrarle nuestro hogar a estas amables personas."
Lentamente, el joven retiró sus manos de su rostro, revelando un enorme y hermoso ojo azul, el otro aún estaba escondido por un brazo lleno de cicatrices. "Mamá?" Susurró y la anciana sonrió, consintiendo el poco cabello que tenía en su cabeza. Se desenrolló más revelando unas largas extremidades y otro perfecto ojo azul que parpadeó pocas veces no acostumbrado a la luz del sol que lo golpeó. Tímidamente se giró, viendo primero a Inuyasha, su expresión una de miedo y preocupación. "Tú—," habló suavemente con poca confianza. "Espantaste a los hombres."
Inuyasha aplastó sus orejas en su cabeza, desviando la mirada del enorme hombre tímido, encogiéndose mientras apuntaba uno de sus dedos hacia Kagome sin mirarla realmente. "Sólo lo hice por ella." Le mintió al otro mitad demonio no gustándole la atención; justo como Kagome supo que lo haría. "Agradécele si vas a martillar en frente de alguien, no soy nadie para mierda como esa."
Jinenji se acobardó ante el rudo tono de Inuyasha, agachando su cabeza, pareciendo una tortuga que estaba a punto de esconderse en su caparazón.
"Ignóralo." Persuadió Kagome, haciendo a un lado sus propios temores en orden de ayudar al mitad demonio de apariencia amable. Avanzó, esbozando una sonrisa gentil y suave en su rostro mientras extendía su mano. "Mi nombre es Kagome." Se dirigió a él cálidamente, sus ojos cerrados y su cabeza ladeada.
Jinenji miró su mano por un segundo, un brillante rubor cubrió toda su cara mientras observaba el pequeño apéndice alcanzar por él. Sabía que debía besarla, había visto antes a los caballeros besar las manos de las damas pero nunca había soñado en un millón de años que alguna dama la daría la oportunidad.
Viendo su titubeo, Kagome sonrió alcanzando por él, tomando su mano antes de que pudiera pensar en protestar. "No te preocupes, no tienes que besarla." Le dijo, su sonrisa tan amplia que cubría todo su rostro. "Estoy vestida como un hombre para que podamos comportarnos como dos hombres." Acompañó sus palabras con un firme apretón de sus manos. Con la acción completa, soltó la enorme mano y retrocedió unos pocos pasos, su sonrisa aun amplia y gentil, una imagen de inocente aceptación.
Jinenji miró su mano, el apéndice temblaba mientras pasaba saliva. Aun podía sentir su calidez, sentir la sensación de sus delicadas manos tocando su piel cicatrizada y callosa. "Um," susurró tímidamente mientras se levantaba alcanzando su altura completa (unos sorprendentes siete u ocho pies), una de sus enormes manos fue hacia la parte trasera de su cabeza para rascar su cuello. "Soy Jinenji." Susurró agachando levemente su cabeza, el rubor en su rostro aumentaba hasta alcanzar sus tiernas orejas. "Gracias por tus—,"pausó, sus ojos enfocados en ella, su expresión gritaba con extraña felicidad. "Palabras—nadie nunca," trató de sonreír pero la acción se veía tan extraña como la felicidad en sus ojos. "Me dijo algo tan amable."
Kagome sonrió aún más, si fuera posible. Miró hacia Inuyasha pero él no estaba mirándola, estaba mirando hacia la casa en llamas. Frunció ligeramente antes de hablar, sus palabras dirigidas tanto al Capitán como hacia Jinenji. "Las digo en serio, cada una." Dijo, sus ojos moviéndose entre el gigante gentil y el formidable Capitán. Sonrió de nuevo cuando notó una de sus orejas moviéndose, indicando que la había escuchado. Volviendo sus ojos hacia Jinenji, sonrió, la felicidad la inundó. "Aun así, de nada," terminó amablemente. "Sr. Jinenji."
El enorme demonio jadeó y parpadeó rápidamente mirando en todas direcciones mientras colocaba sus grandes manos en frente de él, juntando sus garras mientras tartamudeaba, sin creer que se hubiese atrevido a usar un honorífico para un mitad demonio como él. "No—um—tiene—que—no hay necesidad de—no debería molestarse—."
Inuyasha frunció secamente girando sus ojos mientras descruzaba sus brazos, la compasión por el abusado mitad demonio superó su actual shock ante las palabras de Kagome. "No te molestes, sé que es extraño pero así es ella." Dirigió un pulgar en dirección de Kagome, un suave rubor se formó en sus mejillas mientras la halagaba. "Te acostumbrarás a su—agrad—ah, extraña naturaleza."
Kagome mordió su labio ante las amables palabras, escuchando fácilmente el subtexto. Lentamente sonrió, un leve rubor coloreó de nuevo sus rasgos. Quería darle las gracias, quería decirle lo dulce que había sido el sentimiento detrás de sus palabras pero no podía. Sentía su corazón comprimido en su torso. "No puedo soportar esto mucho más." Pensó para sí levantando una mano contra su adolorido pecho. "Mi corazón va a ceder si tengo que tratar otro segundo con esto—esto desconocido." Suspiró y encorvó sus hombros—sabía que tendría que esperar, ahora no era el momento para pensar en esto. No con Jinenji y su madre presentes.
"Bueno, suficiente de presentaciones." Comentó Haniyama llamando la atención de los jóvenes alrededor. "Vámonos antes de que esa turba regrese." Se dio la vuelta mientras hablaba, caminando hacia la casa incendiada con sus manos firmemente tras su espalda como si la apoyara. "Que vaya uno por el caballo y vámonos."
Sin pensarlo dos veces, Kagome se movió para detenerse junto a Jinenji, caminando a su lado tratando de verse animada pero su falso sentimiento (aunque suficiente para engañar al sonrojado Jinenji) fue fácil de ver para Inuyasha. Caminó lentamente hacia el caballo, tomando las riendas en sus garras antes de acariciar gentilmente el hocico del animal. Gimió en respuesta y lo empujó suavemente. "También lo sentiste," susurró sólo para los oídos del caballo. Sus profundos ojos marrones parecieron asentir en respuesta mientas giraba su enorme cabeza para mirar hacia Kagome y Jinenji. Inuyasha siguió su línea de visión con un frunce. "Sí, es—una buena farsante." Con un suspiro avanzó, el inteligente caballo lo siguió antes de que pudiera tirar de las riendas.
En segundos, lograron alcanzar a Kagome, llegando a su lado casi silenciosamente en oscuro contraste con Jinenji. Cada movimiento del caballo demonio era resaltado por un fuerte sonido mientras su peso se estrellaba en el suelo antes de levantar sus pies, revelando una enorme huella. El hombre se detuvo al darse cuenta y frunció alcanzando hacia un árbol cercano con un largo brazo. Con una cantidad de fuerza asombrosa rompió una rama del árbol, trayéndola hacia él como si no fuera nada más que una simple ramita.
Miró a Kagome y a Inuyasha quien se detuvo para observar su extraña demostración, otro leve rubor coloreó sus mejillas mientras usaba la rama para borrar las huellas que había dejado. "Los aldeanos no deben rastrearme." Les dijo en una pequeña voz que no igualaba su tamaño. "Las huellas no pueden ser encontradas."
"Eso es muy inteligente de ti, Sr. Jinenji." Le dijo Kagome asintiendo firme.
Los ojos de Jinenji se abrieron ante las amables palabras y desvió la mirada comenzando a caminar de nuevo, incapaz de mirar a los ojos a Kagome mientras susurraba un leve pero fácilmente audible, "Gracias."
"De nada." Respondió Kagome con una inocente sonrisa que finalmente llegó a sus ojos mientras continuaba siguiendo al enorme mitad demonio y a su madre, sus ojos estudiaban la rama mientras Jinenji la maniobraba fácilmente para cubrir su rastro.
Tras ellos, Inuyasha permanecía de pie, las riendas del caballo fuertemente en sus manos, sus ojos fijos en Kagome y el gigante. Frunció profundamente, sus anteriores dudas sobre ella volvieron solo para desintegrarse mientras la veía interactuar con el mitad caballo.
"Es una mujer de aceptación."
Suspiró ante las viejas palabras de Myoga antes de que una leve sonrisa iluminara su rostro. "Lo sé." Dijo en voz alta aunque solo fuera para sus oídos y sólo sus oídos. "Tal vez," pensó ladeando su cabeza, observándola maravillado mientras continuaba hablándole al gentil gigante quien respondía tartamudeando y levemente sonrojado. "Tal vez no dijo nada porque no le importa—no le molesta—así que supuso: para qué hacerlo?"
Exhaló profundamente por su boca y cerró sus ojos. Pronto lo sabría, solo esperaba que tuviera razón y en verdad no le importara.
"Oi!"
Sus ojos se abrieron de golpe y levantó la mirada rápidamente solo para ver a Kagome curvando una mano en su boca, la otra sobre su cabeza ondeándola mientras le gritaba.
"Apúrate Inuyasha o te dejaremos atrás!"
Sonrió, sus pensamientos imitaron los que también había tenido Kagome recientemente. "Kagome," sonrió gentil, sus órbitas doradas se suavizaron mientras la observaba ondeándole, su rostro amable y casi—afectuoso. "Tú nunca me dejarías atrás."
Con una sacudida de su cabeza, comenzó a caminar llevando al caballo, huellas de cascos quedaban tras él mientras seguía a Jinenji y a Kagome.
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"Entonces aquí cosechan sus propias hierbas medicinales?" Preguntó Kagome entrando en la pequeña sala de la casa de Jinenji y su madre. En realidad no había mucho qué mirar, era una cabaña pequeña, localizada al borde de un bosque casi a media milla de la casa señuelo que se había incendiado.
Solo tenía dos habitaciones, una servía como dormitorio para Jinenji y su madre y la otra (la habitación en la que estaban actualmente) como sala, cocina y comedor. Una gran chimenea se encontraba junto a una mesa, una alacena a su lado y un pequeño mesón para cocinar al otro lado. Una llama estaba encendida en la chimenea con un oscuro horno holandés sobre los carbones, por el olor en el aire, Kagome supuso que tenía que ser una especie de estofado. Su estómago gruñó mientras el aroma la golpeaba con total fuerza, no habían comido desde esa mañana (unas siete horas atrás) y estaba comenzando a sentirse hambrienta.
Se movió en su silla, haciendo una mueca mientras su trasero comenzaba a dolerle por la dureza de la estola. Frunció, había sido criada en una casa de ricos, donde sus muebles habían sido tapizados y rellenos de plumas. Aquí, en esta pequeña cabaña, no había tal cosa como muebles finos. No había divanes en esta casa o sofás o sillas suaves solo la sencilla mesa de madera y las cuatro sillas de madera.
Sintiéndose curiosa, Kagome miró hacia las paredes, notando que no había cortinas ni pinturas, ni un retrato familiar. Las paredes eran soportadas y se veían exactamente como el exterior de la casa—con troncos y argamasa. Era simple, tan diferente del elaborado estilo de vida que había vivido en casa pero de cierta manera, le gustaba. Era sencillo, era descomplicado y un poco plano pero—miró a Jinenji y a su madre—era su hogar y se sentía como un hogar.
Podía sentirlo en cada esquina, en cada rincón, en cada tronco que hacía las paredes, en cada tablón que hacía la mesa, en los ladrillos que hacían la chimenea, y en la tierra que hacía el piso—en todos esos lugares podía sentir el amor.
"El padre de Jinenji era el dueño de estos campos." La anciana respondió la pregunta de Kagome. "Se las heredó a Jinenji en su testamento en espera de darle una oportunidad con algo de prosperidad."
"Fue un hombre rico?" Inquirió Kagome.
"Moderadamente," respondió Haniyama encogiéndose de hombros. "Nos mantuvo bien alimentados y alojados," miró sus pobres alrededores. "No siempre vivimos aquí." Señaló con una arrugada mano. "Solía ser una casa agradable—donde los conocimos. Tenía cuatro habitaciones, una sala separada de la cocina," sonrió ante el recuerdo. "Incluso tuvimos sirvientes pero—," la sonrisa se volvió un frunce profundo, sus viejos ojos estaban dolidos mientras un tácito recuerdo la envolvía. Con cuidado, se levantó de la silla moviéndose como si fuera una sombra, yendo de la mesa a la pequeña alacena que se encontraba en la esquina del salón. "Les gustaría un poco de té?"
Kagome abrió su boca para preguntarle a la anciana por qué había dejado de hablar pero se encontró con la mano de Inuyasha levantada para detenerla. Lo miró enojada a punto de regañarlo solo para detenerse cuando encontró sus dolidos ojos dorados. Sacudió su cabeza lentamente, diciéndole no presionar más la pregunta. Sintiéndose tonta, asintió en respuesta y desvió la mirada hacia la mesa con un frunce.
"Me encantaría un poco de té." Susurró ella aunque Haniyama ya estaba preparando la tetera con un poco de agua que tenía en un cántaro en la chimenea. Kagome observó tristemente mientras la anciana terminaba de llenar la tetera, bajando la jarra de agua lentamente antes de depositar la vieja tetera de plata en las cenizas, calentando el agua.
Haniyama se alejó de la chimenea, sus viejos huesos crujieron regresando a la alacena, abriendo la puerta con sus manos visiblemente desgastadas. Alcanzó dentro sacando un pequeño contenedor que sostuvo contra su pecho, sus ojos distantes mientras lo abría revelando las hojas de lo que parecía ser Camelia seca, una hoja de té negro común y cara.
La mujer manipuló una hoja gentilmente antes de regresar a la tetera, usando su delantal para levantar la tapa y depositar dentro tres hojas grandes. Instantáneamente, recolocó la tapa, enderezándose, su espalda traqueó por la acción. Permaneció ahí por un momento, sus ojos enfocados en la vieja tetera, lágrimas brillaban en ellos mientras observaba pitar la tetera.
"Esa casa se incendió hace muchos años." La mujer habló de repente, su quebrada voz imitaba el fuego. "Cuando murió el padre de Jinenji, los aldeanos—," pausó por un momento mientras regresaba la tapa al pequeño recipiente de madera, girándose hacia la alacena para reubicarlo en la repisa. "La quemaron con nosotros adentro."
Los ojos de Kagome se abrieron, su boca se abrió levemente mientras se formaban sus lágrimas. "Ellos—trataron de matarlos." Dedujo fácilmente, su voz sonaba pequeña haciendo la retórica pregunta.
"Sí," respondió la mujer tranquilamente mientras sacaba unos cuantos pocillos de la alacena depositándolos directamente en la mesa, junto con un poco de azúcar en un tazón de porcelana. Se sentó en su silla, uno de sus dedos tocó la fina loza que había sacado.
Kagome observó mientras trazaba un hermoso pájaro imperial azul que descansaba en una de las tazas. Era una maravillosa colección, una que en algún momento había sido muy costosa de adquirir.
"Es inglesa, querida." Admitió la anciana en una pequeña voz mientras observaba a la joven mirando las tazas. "Fue mi regalo de bodas, de mi madre."
Kagome sintió su corazón desplomarse hasta su estómago juntando todo. "Las salvó del fuego?"
Haniyama asintió vagamente, su viejo dedo ahora trazaba un pequeño zorro en otra de las tazas. "Fue todo lo que pude salvar." Susurró mientras un silbido golpeaba el aire, la tetera les decía que estaba listo. Haniyama se levantó rápidamente caminando hacia la chimenea, usando su falda para levantar la tetera antes de caminar los pocos pasos que necesitaba para llegar a la mesa. Sirvió un poco de té en cada pequeña taza antes de depositar rápidamente la tetera en el piso donde no quemaría la madera de la mesa. "Te gustaría un poco de azúcar?"
"No, gracias." Respondió Kagome amablemente no dispuesta a aceptar azúcar costosa de la mujer.
"Qué hay de ti, hijo?" Haniyama le preguntó a Inuyasha, el cariñoso apodo hizo retorcer sus orejas.
Él sacudió su cabeza lentamente pero le dio una sonrisa ladeada. "No soy de cosas dulces." Le dijo y observó mientras Kagome fruncía tomando un sorbo de su té, sus ojos lo miraron mientras un distante recuerdo de mucho tiempo atrás le llegaba a ella.
"Además, este es mi postre." Añadió él señalando el vino. "No soy alguien de chocolate."
Parpadeó unas pocas veces, el recuerdo de esa primera cena juntos, el recuerdo de ese postre de chocolate, extraño para ella. "Qué divertido de recordar." Musitó mientras su labio jugaba con el borde de su taza antes de tomar otro sorbo, su mente lejos de esa cena y restaurante, hacia las arenas de la playa de afuera. Las arenas, donde él literalmente la había elevado. Un rubor coloreó sus mejillas bajando su taza de té, sus manos temblaron del recuerdo de sus manos en su cintura mientras la elevaba del suelo girándola mientras reía.
"Jinenji, querido," La voz de la anciana irrumpió sus pensamientos. "Toma tu té."
El hombre, quien había estado sentado en silencio todo el tiempo, asintió; apenas rozaba el techo de la pequeña casa. Alcanzó la taza con una mano, sujetándola con dos dedos largos. Kagome pensó por un segundo que podría romperla pero observó asombrada cuando Jinenji la llevaba hacia su boca con precisión tan delicada que parecía parte de una socialité en los palacios de Inglaterra o Francia.
"Es tan gentil." Pensó mientras lo observaba depositar la taza en la mesa, sus ojos gachos, grandes y tristes. "Por qué alguien querría lastimarlos?" Susurró Kagome en voz alta atrapando a madre e hijo fuera de guardia. "Eres tan dulce Sr. Jinenji," habló un poco más fuerte ahora, notando que necesitaba ser escuchada. "No lastimarías a una mosca, verdad?"
Jinenji mordió su labio visiblemente pero sacudió su cabeza negativamente. "Yo—um—," Miraba la mesa, sus manos temblaban levemente tratando de responder. "Me gusta curar cosas—," Su voz hizo eco en la habitación, un suave tono que le recordó a Kagome de su abuelo. "Me gusta curar a las personas."
Kagome sonrió dulcemente, su expresión una de admiración. "Con las hierbas que cosechas?" Inquirió.
"Sí," dijo suavemente el gentil hombre, una leve sonrisa en sus labios. "Papá me enseñó a hacer remedios para todo tipo de cosas."
"Eso es realmente maravilloso, Sr. Jinenji," le dijo Kagome honestamente. "—Desearía ser tan talentosa como tú." Admitió igualmente honesta, su voz tímida pero sincera, sus ojos llenos de cierta certidumbre que hizo pausar a Haniyama.
La anciana observó mientras esta hermosa joven vestida de hombre le decía a su hijo palabras tan encantadoras, tan honestas. Verdaderamente era asombroso ver a alguien hablar con ojos completamente libres de odio. Miró al joven que viajaba con ella observando mientras su expresión reflejaba la suya, estaba mirándola como si fuera un milagro, como si ella no fuera real. Haniyama no podía culparlo—apenas creía que esta jovencita fuera real. "Niña," su voz era demandante. "Tu talento es, de lejos, la aptitud más grande y el don más preciado que haya visto."
Kagome parpadeó confundida, sus cejas juntas haciendo que su frente se arrugara. "Mi talento?" Le dio una extraña mirada a la madre y se movió incómoda. "Yo no tengo talentos, no puedo bailar o cantar o en verdad—," aclaró su garganta. "—ya sabes, tocar un instrumento, pintar o dibujar." Buscó más cosas que no podía hacer pero en su afán resultó vacía. Resoplando, sopló un mechón de cabello de sus ojos y luchó por encontrar cualquier cosa que pudiera decir en su defensa. "Lo único en lo que soy buena es—la lectura y eso no es un talento."
Inuyasha mordió su labio escuchando sus palabras, quería decirle que era talentosa, talentosa en formas que posiblemente no podría entender pero no pudo, no pudo atreverse.
La anciana sacudió su cabeza, bebiendo su té. "Querida," murmuró ella con la taza antes de bajarla tan gentilmente como su hijo. "Tu talento no está en cosas triviales como la pintura y hacer música." Le dijo a Kagome firmemente, mirando a la joven a los ojos. "Tu talento está en tu corazón."
"Mi corazón?"
"Sí," Haniyama susurró sonriendo levemente, una sonrisa genuina y verdadera. "Nunca he visto un corazón más talentoso que el tuyo, más puro que el tuyo, más abierto que el tuyo en todos mis cincuenta y nueve años de vida."
Kagome se sonrojó profundamente, las palabras la perturbaron en más formas que sólo una.
"Quien me abra es puro de corazón y mente."
Ella se encogió por un segundo, la perturbó el recuerdo de la caja, "Pura." Murmuró para sí, la dominó una repentina corriente de emociones. Sintió su corazón apretarse, sintió dolor tenso y constrictor. "Mi corazón, mi diferencia—ella y yo, yo y ella." Sintió las lágrimas comenzar a formarse, sintió todo de repente, injustificado, comenzar a desbordarse. Era como si en un rápido asalto todo finalmente golpeara el hogar.
Como si no fuera consciente de lo que estaba haciendo, se levantó, su silla cayó de espaldas por la acción, golpeando el piso.
"Discúlpenme—lo siento." Ella hurgó con sus palabras mientras les hacía una leve reverencia con su cabeza. "Yo—necesito un poco de aire." Se giró rápidamente y prácticamente salió corriendo de la casa desapareciendo en el mundo previo al anochecer.
Inuyasha se levantó de la mesa de inmediato, sus ojos enfocados en ella mientras se movía. Sin decir una simple palabra fue tras ella, la anciana sonrió a su salida.
"Srta. Kagome." Murmuró Jinenji también levantándose pero se detuvo cuando su madre le levantó una mano deteniéndolo. "Mamá?"
"No te preocupes, mi niño." Le dijo dulcemente alcanzando por su taza de té, colocándola en sus labios lentamente, saboreando la rica mezcla. Alejándola miró el agua, observando mientras la miraba una líquida versión de su propio reflejo. "Él cuidará de ella." Depositó la taza en la mesa, sus sabios ojos con un conocimiento que sólo llegaba con la edad. "Y ella cuidará de él."
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Inuyasha siguió su aroma diligentemente, sus ojos escaneaban expectantes la línea de árboles. Era bien consciente de la razón por la que se había ido tan abruptamente, él había (creía) hecho la misma conexión que ella, entre el discurso de Haniyama y los eventos recientes.
"Nunca he visto un corazón más talentoso que el tuyo, más puro que el tuyo en todos mis cincuenta y nueve años de vida."
Inuyasha desaceleró mientras sus palabras ocupaban todos sus pensamientos, su mente reflexionaba con cuidado sobre lo que habría visto un espectador.
"Incluso un extraño sabe que ella—que Kagome," pensó para sí mientras continuaba moviéndose lentamente por un camino invisible, su nariz capaz de seguir subconscientemente la dirección de Kagome. "Es—pura, su corazón ve sin nociones preconcebidas, ella sólo—," se paralizó antes de continuar, sus pasos se detuvieron cuando la vio. Había entrado ligeramente en el bosque, pero había logrado alejarse unas buenas cinco o seis yardas de la cabaña.
Ahora estaba de pie, sus manos tensas en un árbol, sosteniéndose mientras apoyaba su cabeza contra el tronco, jadeando del esfuerzo que le había tomado alcanzar ese lugar. El sonido de su respiración irregular lo inundó, su corazón se apretó ante el ronco sonido. Observó mientras se daba la vuelta, colocando su espalda contra el viejo árbol, sus mejillas coloreadas de un fuerte rojo por la carrera. Se deslizó por el tronco, sus ojos cerrados, una mano guiándola hacia el piso mientras la otra sujetaba su cabeza hundiéndola en su cabello como si le doliera; su respiración aun salía en jadeos, sus mejillas llenas de rojo mientras el sudor cubría su entrecejo.
Ella mordió su labio, dejó escapar un ahogado ruido de dolor y luego—llegaron las lágrimas.
Él lamió sus labios, apretó su mentón y puño, sus ojos incapaces de dejarla, sus pies incapaces de moverse hacia ella mientras la observaba llorar. No supo cuánto tiempo permaneció ahí, observando mientras grandes lágrimas bajaban por sus mejillas, mientras sus manos las retiraba de su piel de mala manera. Un dolor se despertó en su pecho mientras hipaba perdiendo su autocontrol y sollozaba fuertemente. Tal vez era que todo estaba golpeándola al tiempo, tal vez no pudo contenerse más pero sus lágrimas, sus fuertes gritos, estaban llenos del dolor que había estado sintiendo desde que su viaje había comenzado.
El dolor de pensar que estaba enamorada de un hombre casado, el dolor de su compromiso con Naraku, el dolor de ser marcada, el dolor de no entender por qué lo había sido, el dolor de sus mentiras, el dolor de la traición, el dolor de la incertidumbre, el dolor que Hiten le había causado, el dolor que sentía por Shippo, el dolor de Manten intentando violarla, el dolor de descubrir que había matado a un hombre (aun si fuera justificado), el dolor de descubrir que era alguien más, el dolor de descubrir que había tenido un vínculo con esa persona, el dolor de descubrir que tenía que encontrar la joya, el dolor de descubrir que tenía un poder que podía matar, el dolor de descubrir que estaba ocultándole cosas—
Parecía como si todo eso, todo estuviera golpeándola al mismo tiempo y aquí estaba él, afuera de ese círculo de malentendidos, observándolo y sin poder moverse. "Tengo que—tengo que hacer algo." Pensó para sí pero estaba paralizado, completamente paralizado. "Sólo muévete, maldición!"
Pero no pudo moverse porque a pesar de todo, a pesar de cada verdad que sabía era cierta—aún tenía miedo, aún se atormentaba con dudas, una innecesaria duda en ella.
"Por qué no puedo moverme?" Gruñó sintiendo una desconocida sensación tocar el fondo de sus ojos. "Tengo que hablar con ella, tengo que decirle la ver—," logró dar un paso adelante, logró obligarse a moverse en su dirección, su bota partió una rama en el proceso.
Fue en ese momento que Kagome se giró, secando sus ojos, levantándolos y jadeando cuando lo vio ahí de pie mirándola. "Inuyasha?" Se sonrojó con vergüenza, dándose la vuelta para que no pudiera ver su rostro.
Él la observaba mientras intentaba esconder sus lágrimas, sus manos moviéndose por fuera de su línea de visión, retirándolas de su escondido rostro—no quería que viera, él sabía que no quería que pensara que se había perdido por un momento. Kagome Dresmont no quería que pensara que era débil. Inuyasha cerró sus ojos por un segundo, dándole algo de tiempo para limpiar sus ojos antes (con ojos aun cerrados) de susurrar su nombre. "Kagome?" Trató de hacer que su voz sonara gentil, salió más irritada.
"Lo siento."
Él abrió sus ojos rápidamente, analizándola, mirándola, sintiendo pena de que se hubiese disculpado con él. "No lo sientas." Le dijo bruscamente forzándose a moverse de nuevo, sus pies aun misteriosamente firmes en el suelo. "Está bien—."
"No!" Lo interrumpió. "Eso fue—yo estaba—eso fue completamente inapropiado de mí." Admitió sonándose mientras recogía sus piernas hacia su pecho. "Salí corriendo de su casa completamente desagradecida, apenas si dije que me disculparan—yo—me siento horrible. Fui tan rud—."
"Kagome, basta," fue él quien interrumpió esta vez, su voz tranquila pero firme y demandante, si no un poco brusca. Se movió incómoda mientras lo miraba, sus ojos brillaban con las lágrimas que los habían glaseado. Lamió sus labios, "No te sientas apenada o mal por—lo que pasó en la cabaña—algunas veces solo—te sientes—," desvió la mirada e inhaló un profundo respiro, las palabras tímidamente suspendidas en su lengua. "Abrumada y no puedes pensar bien y toda esta mierda crece dentro de ti y solo—," la miró, esperando que sus ojos no traicionaran lo vulnerable que se sentía en ese momento. "Necesitas estar sola."
Ella lo miró por un momento antes de asentir, perfectamente en acuerdo con él. "Aún lo siento." Añadió desviando su mirada, perdiéndose de su sonrisa.
"No es gran cosa." Susurró él suavemente, por primera vez su voz sonó más suave de lo que planeó cuando terminó la conversación. Sintiéndose menos incómodo finalmente hizo que sus pies avanzaran hacia ella, el sonido de hojas crujientes y maleza hizo que sus orejas se movieran involuntariamente deteniéndose en frente de ella, sintiendo que ese mismo joven colegial introvertido lo inundaba. "Um—" Comenzó, su voz quebrada. Gruñonamente, aclaró su garganta y lo intentó de nuevo. "Te importa si me siento contigo?" Preguntó sonando más como él.
Ella sacudió negativamente su cabeza pero no lo miró mientras él sonreía y se giraba, usando el árbol como palanca descendiendo a su lado, cruzando sus piernas, sus manos en sus rodillas.
Kagome lo miró a través de sus pestañas, estudiándolo mientras miraba a lo lejos, en la distancia, observando el sol que comenzaba a moverse hacia su destino final para la noche. Oscurecería pronto, muy pronto. El atardecer ya estaba cubriendo el cielo con hermosos rosados y naranjas, en brumosos lavandas y rojos profundos. Era una melodía de colores que pronto se desvanecería en la noche.
"Creo que esta noche deberíamos quedarnos con la anciana." La voz de Inuyasha interrumpió el silencio gentilmente, el barítono que borboteaba en su pecho suave y aún brusco.
"Crees que nos dejará?" Respondió Kagome calmadamente mientras su corazón comenzaba a acelerarse como si justo ahora se diera cuenta de que estaba sentado junto a ella, que la posibilidad de que trajera a colación su desliz de antes se había incrementado substancialmente.
"Sí," confirmó asintiendo mientras se recostaba calmadamente en el árbol. "Ella no nos echaría."
Kagome asintió en acuerdo, la conversación de nuevo llegó a un alto mientras se movía incómodamente, una de sus manos subió para agarrar un mechón de cabello que ahora casi alcanzaba su mentón, toqueteándolo despreocupadamente. Lo miró incómoda, preguntándose qué podría estar pensando mientras miraba a lo lejos al sol ponente. Mordió su labio, mordisqueándolo con sus dientes superiores, medio esperando que estuviera pensando en lo de antes—medio esperando que hubiese olvidado lo ocurrido. Todavía no estaba lista para enfrentarlo, al menos no así. Decidiendo mantener el tema hacia algo más seguro, habló suavemente en el frío aire. "Jinenji es realmente tímido, verdad?"
"Um hm," aceptó Inuyasha antes de suspirar profundamente. "No puedes culparlo." Le dijo con un firme frunce. "Para un mitad demonio en realidad sólo hay dos cosas que puede hacer para protegerse de personas como esas."
Ella parpadeó confundida, "Protegerse?"
Él la miró y se encogió medio asintiendo. "Sí, puedes volverte tímido y esconderte como lo hace Jinenji o," le dio una significativa mirada. "Puedes levantarte y volverte fuerte, mostrarle a aquellos que te odian que no les temes, que no te preocupa su odio. Que—," se desvaneció, desviando la mirada hacia la tenue luz rodeándolo. "No te importa lo que ellos o alguien más pudieran pensar."
Kagome guardó silencio por un momento, reuniendo sus pensamientos, notando que ahora podría ser el momento para discutir esto. No parecía enojado, no estaba gritándole, en cambio estaba hablando con ella, estaba calmado y compuesto—estaba compartiendo. Lamiendo sus labios, decidió que ahora era el momento de hundirse o nadar, "Entonces supongo que eres de los que decidieron pelear?" Dedujo ella, cuidadosa de no señalar puntualmente el hecho de que sabía que era un mitad demonio (aun cuando ya lo había hecho), pero igual hizo evidente que lo sabía.
Inuyasha estuvo en silencio por un segundo, notando que su respuesta era tanto como una admisión así como cualquier cosa que pudiese haberle dicho. Tragó duro, esto era—su respuesta estaba admitiéndole, estaba diciéndole que sí, era un mitad demonio y era del tipo que se supone no le importaba lo que otros pensaran. "Sí." Dijo suavemente y cerró sus ojos, esperando por su respuesta, importándole su opinión.
"Ya veo." Dijo ella suavemente, el duelo tras su rápida respuesta lo golpeó profundo.
Ella lo sabía, era seguro, lo sabía. Aclaró su garganta, encogiéndose, continuó hablando. "Es más fácil para mí, sabes?" Le dijo, molesto de que su voz no sonara más fuerte. "Si eres temido entonces nadie hace preguntas."
Kagome le dio una extraña mirada, su mente se sintió más valiente que su cuerpo cuando la golpeó una peculiar idea. "Entonces por qué necesitas mantenerlo oculto," susurró ella, su voz más fuerte que la suya. "Esconderlo tras una tosca máscara no es lo mismo que esconderlo tras un rostro gentil? Me parece que ambos métodos tienen la misma respuesta, lo cual significa—que son lo mismo, ustedes son iguales. Tú y Jinenji."
Inuyasha se paralizó, su respiración se detuvo en su garganta mientras se giraba lentamente para mirarla, sus palabras lo perturbaron. Nunca antes había pensado así de eso, nunca pensó que tal vez su máscara, su fuerza, su actitud hacia la vida era, de cierta forma, similar a la de esconderse. Si al ser un bastardo, al ser fuerte, al construir su persona como uno de los piratas más temidos en todo el Atlántico, estaba escondiéndose involuntariamente así como Jinenji trataba de hacerlo.
Interpretando su silencio como rabia, Kagome se sintió un poco asustada. Estaba preocupada de que estuviera echando humo bajo esos largos mechones, preocupada de que estuviera enojado con ella, preocupada de que estuviera a punto de estallar en cualquier segundo. "Lo siento!" Declaró rápidamente alejándose un poco de él en su prisa por evitar su furia. "Estaba—yo—yo no quise—"
"Tienes razón."
Fue su turno para paralizarse y mirarlo. Observó mientras se giraba y la miraba, sus dorados ojos pintados con un color diferente, un profundo negro. Frunció perpleja por el cambio de color. Nunca había visto que sus ojos se volvieran negros, se habían vuelto rojos con azul pero nunca negros. De repente, esos ojos se abrieron, una mirada de terror se formó en su rostro mientras sentía una pulsante sensación entrando en ella, era la misma sensación que había tenido cuando entraba en su estado Miko pero venía de él, no de ella.
Inuyasha se puso de pie alejándose de ella rápidamente.
"Qué pasa?" Le preguntó, preocupada mientras su respiración comenzaba a cambiar, saliendo en jadeos.
No respondió, sus ojos estaban enfocados en el sol ponente. Sentía desaparecer su demonio, apretó sus dientes alejándose más de ella, sus ojos pegados a la órbita mientras se hundía en el horizonte finalmente, la luna no la reemplazó en el cielo, en cambio, sólo habían estrellas revelando la verdadera naturaleza de esta noche sin luna cuando su demonio finalmente lo abandonó, su cabello se volvió tan oscuro como sus ojos negros. "Qué demonios! Por qué no me di cuenta?" Gruñó en shock pero sus pensamientos fueron detenidos cuando la escuchó jadear.
Girando su cabeza de golpe, sus ojos cayeron en Kagome quien estaba mirándolo como si le hubiese crecido dos cabezas. Sus ojos redondos con sorpresa pero no con miedo o burla—solo sorpresa. "Eres humano." Susurró su voz en la semi-oscuridad mientras la larga Vía Láctea sobre sus cabezas iluminaba el claro, manteniéndolos lejos de los reinos de la verdadera oscuridad.
Inuyasha apretó su puño a su lado, inseguro de cómo demonios explicarle esto o de si debería.
"Por qué eres humano?" Inquirió su voz suavemente y de repente se sintió motivado a responder.
"Soy mitad demonio."
Ella frunció, él continuó.
"Nosotros—um—una vez al mes tenemos un—bueno," Tomó un profundo respiro, deteniendo su explicación por un momento, calmando sus furiosos nervios, concentrándose antes de abrir sus ojos listo para hablar. "Una vez al mes nos volvemos humanos. Yo me vuelvo humano en las noches sin luna." Señaló hacia el cielo antes de cerrar sus ojos esperando a que ella dijera algo.
Sus oídos humanos distinguieron el sonido de ella levantándose y por un segundo pensó que podría irse pero no lo hizo. Sus pasos se dirigieron hacia él y se tensó queriendo huir de ella, deseando esconderse pero algo en él lo detuvo, algo le decía que no había nada que temer, que sólo se quedara quieto—y así lo hizo.
Pudo decir cuando estuvo más cerca, podía sentirla a través de sus ropas mientras se detenía directamente en frente de él, su cuerpo caliente haciéndolo sonrojar mientras la fría brisa de la noche los rodeaba. Escuchó crujir su ropa, sintió su mano rozar contra su brazo, sintió su corazón revolotear en su pecho, sintió su respiración atascarse en su garganta y luego—sintió sus dedos en su rostro.
Inuyasha parpadeó sorprendido y levemente se echó para atrás mientras ella fruncía, ladeando su cabeza, su mano de nuevo alcanzó por él y tragó. "Qué estás haciendo?" Preguntó temeroso, el pánico era claro en esos ojos negros.
"Inuyasha," dijo ella calmadamente, su voz un tono gentil en el aire nocturno mientras levantaba su mano. "Quédate quieto." Le dijo, una orden firme hecha por una voz gentil.
Él se paralizó, en realidad su cuerpo no estaba relajado pero de todas formas le obedeció. Observó mientras estiraba su mano, sus dedos, tímidos al principio, se apretaban y se aflojaban ligeramente como si estuviera debatiendo sus propias acciones. Sintió su corazón latir más rápido mientras ella mordía su labio inferior, sus órbitas grises le dieron una mirada no identificada y aun intrigada mientras estiraba su mano, esta vez entrando en contacto con un mechón de su cabello negro.
Él inhaló un profundo respiro y lo contuvo, observando mientras sus dedos acariciaban la seda negra, permitiéndole pasar entre sus manos, una mirada de sorpresa cruzó por su rostro. Frunció sus ojos, observando mientras ella miraba cada pequeño mechón pasar entre sus dedos, una mirada de plácido shock aún era visible.
"No es tan suave." Susurró para sí y él afinó sus oídos para escucharla, no acostumbrado a escuchar palabras dichas tan tranquilamente cuando era humano (en realidad no estaba acostumbrado a escuchar a nadie cuando era humano). Lo miró justo cuando una nube se atravesó en el cielo dejando el claro en una oscuridad casi total. Maldijo su vista humana, en la oscuridad no era capaz de distinguir más que algunos de sus rasgos. Podía ver el temblor en su labio, podía ver un brillo en sus ojos, podía distinguir su sorpresa pero eso era, todo lo que podía hacer en realidad era sentirla.
Ella retiró su mano de su mechón, sus ojos miraban sus flequillos, estudiándolos, tomando notas. "Tus flequillos son diferentes." Comentó esta vez lo fuerte suficiente para que él escuchara fácilmente.
"Q—ué?" Tartamudeó confundido por sus palabras, nunca nadie había comentado sobre sus flequillos, demonio o humano.
"Tus flequillos." Repitió ella cautelosamente mientras una de sus manos subía de nuevo apenas tocando un mechón negro que cubría su cabeza, "No están encrespados como cuando son plateados, son como un estanque inglés en invierno, normalmente parecen una ola rampante."
Él no estaba seguro de qué sentir mientras le llegaban sus palabras. Nunca había notado alguna diferencia entre su cabello humano y su cabello demonio además del color y aún, ella sí. Se estremeció cuando abandonó el uso de sus dedos y hundió toda su mano en su flequillo, retirándolo de su rostro, sus ojos grises encontraron los opacos suyos atreviéndose a mirar más de su rostro.
Como si sintiera que necesitaba luz para ver lo que estaba buscando, la nube se movió, bañándolos en luz desde arriba; permitiéndoles verse mutuamente de nuevo. Se miraron el uno al otro, ambos perdidos en los ojos del otro por un tiempo. Inuyasha atrapado por su completa mirada de curiosidad y Kagome asombrada por lo que vio o más importantemente, lo que reconoció en sus ojos ahora negros.
"Son los mismos." Notó ella. "A pesar del color, sus ojos aún se ven iguales; profundos y sabios pero—," sonrió gentilmente. "Un poco tristes." Su sonrisa lentamente la abandonó imaginando de dónde venían esos ojos, por qué eran negros cuando estaba en forma humana. Sonrió cuando la verdad la inundó, algo innegable. "Tus ojos," susurró finalmente, su voz gentil, tímida y dulce para sus oídos. "Deben ser los ojos de tu madre en este momento." Su mano bajó por su frente, un dedo tocó una ceja antes de moverse para acariciar un pómulo. "Normalmente, son los de tu padre, verdad?"
Él inhaló una fuerte bocanada de aire, nadie—ni Kikyo había resuelto eso o tal vez, nunca le había importado. Comenzó a decir algo pero se detuvo cuando notó un cambio en su expresión. No estaba mirando más sus ojos, estaba mirando levemente hacia un lado, algo había llamado su atención. Sin avisar, una de sus manos alcanzó el costado de su cabeza, un gentil dedo trazó el lóbulo de una nueva oreja humana.
Inuyasha sintió un hormigueo en su espina, subiendo hacia su cuello antes de golpear en la boca de su estómago. Cerró sus ojos y detuvo un gemido dándose cuenta que nadie había tocado antes una de sus orejas humanas. Frunció sus labios, saboreando la sensación mientras continuaba trazando su oreja, sus dedos una suave caricia en carne inmaculada.
"Qué extraño." Susurró ella haciéndolo abrir sus ojos y parpadear repetidamente, su corazón se aceleró mientras sus palabras lo llenaban, su corazón casi explota en su pecho cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba.
Observó concentrado mientras se inclinaba hacia él, su expresión ilegible en la oscuridad mientras se acercaba más, sus ojos fijos en los suyos. Lamió sus labios, cada fibra de su ser no quería más sino inclinarse hacia ella, no quería más que ser rodeado por ella, no quería más que darse por vencido y besarla pero no podía. Un viejo temor comenzó a despertar en él mientras permanecía paralizado bajo sus exploradoras manos.
Kikyo sólo lo había besado cuando era humano. Había odiado la mitad demonio en él. Y estaba aterrorizado de que Kagome sintiera lo mismo.
Perdido en sus pensamientos, no notó cuando el recorrido de su mano cambió, viajando por sus sedosos mechones, acariciando el lugar donde sus orejas de perro habían estado antes de ponerse el sol. Frunció profundamente, retirando sus manos lentamente, cierta tristeza cruzó por su rostro.
Inuyasha observó esa mirada, observó mientras se formaba. Era confusa, distante, era, notó, una mirada de decepción. Sus labios se separaron, una mano alcanzó por él, tocando su mejilla con solo una uña, su palma de espalda a él, abierta hacia ella. Él se apoyó inconscientemente, un mechón de su negro cabello cayó en el reverso de su mano.
Sus ojos grises se movieron hacia él, lo miró por un momento antes de retirar su mano, alcanzando por los mechones, sosteniéndolos entre su pulgar e índice mientras los movía con cuidado tras una oreja humana.
"No es lo mismo." Susurró suavemente, esa mirada de decepción la abandonó momentáneamente. "Pero aún eres tú, verdad?"
Él tragó pero no pudo responder.
Ella sonrió, sus ojos llenos de cosas y emociones que nunca antes había visto en el rostro de alguien. Eran brumosos con admiración, con amor, con orgullo genuino, con aceptación, con—malicia. "Dicho eso," su voz era suave, su expresión un poco astuta. "Me gustan más tus orejas de perro."
Seriamente, Inuyasha consideró golpear su cabeza en un árbol cercano mientras su mentón se desplomaba y la miraba. Parpadeó, su boca visiblemente abierta. Comenzó a hablar pero antes de poder protestar por su extraño fetiche un grito escalofriante los hizo saltar, Inuyasha giró su total atención mientras sus ojos se enfocaban en la dirección de la que habían venido. Se dilataron, escuchó el grito de nuevo, escuchó el pánico en la voz, lo estremeció hasta los huesos.
"Es Jinenji," susurró Kagome apresuradamente. "Verdad?"
Estuvo por responderle pero se detuvo mientras un fuerte grito femenino llenaba su mundo. El grito de una asustada y adolorida, Haniyama.
Fin del Capítulo
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Notas:
En el anime, la madre de Jinenji no tiene un nombre, así que escogí un nombre basado en el nombre de su hijo. Jinenji significa, hijo de la tierra o niño de la tierra así que la llamé Haniyama. Es derivado del nombre de la diosa de la tierra en la cultura japonesa, Haniyama-hime. La parte que dejé por fuera fue hime, que significa princesa.
Worcester – Es una famosa marca de Porcelana, que viene de Inglaterra. La compañía misma fue inaugurada en 1751, durante el tiempo de este fanfiction fue conocida como una vajilla decente pero la producción global había sido pobre de reponer. El juego que tiene Haniyama, sin embargo, habría sido de un tiempo anterior cuando la producción estaba en mejores condiciones, haciéndola más preciada.
Camelia – es una planta nativa del norte y este de Asia y Corea. Hay muchas especies diferentes, la mayoría famosas en la cultura occidental por ser la planta de té o C. sinensis. Habría sido fácil encontrarla en la mayoría de naciones industrializadas de la época pero en los Estados Unidos era considerada un festín y era fuertemente gravada en las Colonias Británicas y difícil de encontrar en otras Colonias.
Hecho curioso:
El título de este capítulo tiene doble significado. El primero es, por supuesto por Inuyasha, tiene su secreto el cual ahora le fue revelado a Kagome. El segundo es por Naraku—él tiene muchos secretos que aún deben ser explorados pero parece que Kaede está privada de hacerlo.
