No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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Cuando Isabella cruzó la corriente, sus patas resquebrajaron una capa de hielo en los bordes. La noche era amargamente fría. Era consciente de que sus energías estaban seriamente gastadas. No sabía si conseguiría llegar a Roma y a la seguridad de la villa de Esme antes de que amaneciese.

Hizo una pausa y contempló la desolada Campania. La niebla que antes había flotado sobre los prados había caído a tierra, congelándose y formando escarcha sobre la hierba. Las briznas crujían cuando cojeaba sobre ellas. La luna estaba baja, y las estrellas brillaban con una fría luz sobre ella.

La mente de la mujer estaba casi tan cansada como la bestia.

Tarde o temprano, la muerte caerá sobre mí. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Y entonces... ¿qué? ¿El jardín de Dédalo? ¿Quién sabe? pensó, mirando el esplendor helado sobre ella. Había tanta fealdad como belleza en el mundo más allá de la puerta del templo, pero ¿cuánto de aquella belleza o fealdad era real? ¿Cuánta ilusión?

La mente de la mujer, encerrada en el estrecho cráneo de la loba, vaciló ante el problema. Pero no importaba. Una punzada de dolor subía por su pata herida cuando tocaba la tierra.

Esto es bastante real, pensó.

La fatiga tiraba de cada uno de los chillones músculos de su cuerpo, tentándola a tumbarse en el césped cubierto de escarcha y dormir. Los recuerdos de la loba eran como música, un flujo continuo de imágenes que amenazaban con abrumar la mente y la voluntad de la mujer. Estaba demasiado confusa y descorazonada para rechazarlos, cerca del límite de sus fuerzas. El frío que nunca la había molestado antes atravesaba ahora su espeso pelaje, helando sus huesos.

Roma, pensó, e intentó forzarse a seguir adelante.

Pero la mujer sabía que Roma estaba muy lejos. Las imágenes que oscurecían su consciencia decían que su muerte estaba muy cerca. Que era segura si quedaba al aire libre, desnuda y sola. Había gastado demasiado de su fuerza, de su sangre vital, para salvar a Tony.

Quizá estuviese condenada.

Para el desmayo de la mujer, la siempre confiada loba aceptó aquello.

¿Por qué luchar hasta el final, entonces? Bastaba con tumbarse al lado del arroyo. Habría un poco de dolor y entonces llegaría la oscuridad. Una oscuridad no muy distinta del sueño, y entonces podría correr para siempre al lado de su padre, por los inmensos confines de la eternidad... Bajó el hocico al arroyo a sus pies. Bebe, y después túmbate y descansa. Deja que la sangre fluya despacio sobre la hierba helada. Bebió torpemente el agua helada.

La impresión del frío la llevó de golpe a una completa alerta. Beber demasiada agua helada en la condición en que estaba era terriblemente peligroso. Se apartó del agua, gruñendo, las orejas firmes contra su cráneo. No, el agua sería una virtual condena a muerte para su cuerpo ya helado. La furia la abrumó.

Levantó la cabeza y, por primera vez en su vida, alzó su voz contra un mundo monstruosamente injusto, un universo cruel, y las estrellas lejanas e indiferentes. El sonido de su garganta empezó en un rugido de rabia y acabó en un lamento de agonía. Resonó a través de la noche vacía como la llamada de un clarín.

Entonces dejó caer la cabeza y se tambaleó, comprendiendo mujer y loba lo que decía su cansado cuerpo: no podía seguir. Un instante después se sintió estremecida por el terror.

¡Recibía una respuesta!

Las llamadas estaban muy lejos, sólo el más débil de los lamentos, pero claro en el aire nocturno. Su cuerpo entero se agitó. Su primer impulso fue correr, pero cuando su pata herida golpeó la tierra, el dolor la paralizó. Ya no tenía fuerzas para correr.

Una breve risa irónica fluctuó en la consciencia de la mujer. Había clamado contra la muerte y sólo había tenido éxito en llamarla junto a ella. Entonces una rabia roja inundó los pensamientos de la loba, barriendo a un lado a la mujer y su civilización.

La loba gruñó con desprecio a la gimoteante criatura que apartaba la mirada de la sangre y temblaba ante la muerte. Era muy consciente de su poder, una pata herida no se lo arrebataba todo. Era ciento diez libras de músculo duro y nervio flexible, con colmillos que podían desgarrar la garganta de un toro y mandíbulas capaces de tronchar el fémur de un hombre como si fuera una ramita. Un desafío más que notable para cualquier lobo natural.

Los aullidos llegaron de nuevo, esa vez más cerca, y Isabella se estremeció al distinguir una súplica en ellos. Como si estuvieran pidiéndole que contestase y dijera dónde estaba.

Así sea, pensó. Podía ser de una forma o de otra. Si había demasiados, podía perder. Bien, mejor una lucha que la muerte lenta a causa de la noche y el frío.

Las imágenes en el cerebro de la loba eran de sangre cálida y carne roja y caliente humeando en el aire helado. Si ganaba, podría alimentarse y recobrar su fuerza. Alzó la cabeza y aulló de nuevo, un grito ultraterreno que era a la vez desafío e invitación. Unos momentos después pudo oírles llegar, los suaves crujidos de la hierba escarchada bajo sus patas.

La loba cojeó rápidamente de vuelta hacia el arroyo. El agua no era gran cosa, pero podría protegerla si intentaban rodearla. Un instante después de que alcanzara su posición, llegaron a lo alto de la colina ante ella, formas negras y de ojos amarillos en la oscuridad. Adoptaron un paso más lento mientras bajaban hacia ella, deteniéndose al pie de la colina. Eran los mismos tres con los que se había encontrado en la ciudad: el rojo, el gris y la negra.

Su primera reacción fue un profundo temblor de alivio, pero la segunda fue de desconcierto y miedo. No habían sido hostiles antes, de hecho, el gigante gris había sido amoroso, pero ¿qué harían ahora, cuando vieran que estaba herida?

Les hizo frente con orgullo, la cabeza alta, las orejas erectas, la pata herida doblada bajo su pecho. Por un largo momento, se quedaron mirándose unos a otros. Después el gran gris se volvió hacia la negra, como haciendo una pregunta. Se tocaron los hocicos, y su cola ondeó una vez como en aquiescencia. El lobo rojo, probablemente recordando la hostilidad de Isabella, se quedó atrás, sentado con una gran sonrisa perruna, y empezó a rascarse la oreja vigorosamente con la pata trasera.

Pulgas, se dijo la loba son repulsión. ¿Cómo podía uno de su noble especie caer tan bajo como para tener pulgas?

La loba negra se acercó a ella sin muestras de amenaza, y alargó despacio el hocico. El sentido era inequívoco.

¿Quieres que seamos amigos?

La loba quería. No sabía si podrían ayudarla; no sabía si habría alguien que pudiera, pero su compañía era infinitamente mejor que estar sola con su sufrimiento. Así que extendió su hocico hacia el otro, suavemente, hasta que se tocaron. No sabía qué había esperado oler, pero le sorprendió. Había un matiz de carne roja, el olor del frío aire nocturno atrapado en el pelaje de la otra, y un dulce olor a pan caliente.

La loba negra emitió un amable sonido gutural, como un suave gemido. Era como si dijera "bienvenida". Entonces, suavemente, su cabeza resbaló a lo largo de la mandíbula de la loba de plata, hasta que el hocico reposó sobre su lomo. Por un momento, la loba de plata no supo cómo contestar, y entonces comprendió.

En aquella posición, la garganta de la otra se ofrecía desnuda a sus dientes, como la suya a los de la negra. Simplemente decía "confío en ti". La loba de plata puso su cabeza sobre los hombros de la otra. Sus cuerpos estaban muy cerca, pecho contra pecho, y el calor de la loba negra fue como un incendio para su propio cuerpo helado.

Tembló de frío, de excitación, de miedo.

Podía oler el cálido y limpio pelaje de la loba negra, y la suave punzada de feminidad que flotaba en torno a ella como un perfume exótico. La otra loba rompió el contacto primero al retroceder. Su lengua limpió la cara de la loba de plata tan rápidamente que Isabella no tuvo tiempo de oponerse a lo que era, a sus ojos, una indignidad. Entonces el morro de la negra bajó a su pata herida.

El pelo de la loba de plata se erizó, y gruñó suavemente, más de miedo que de furia. Miedo al dolor. Los ojos de la gran loba negra se encontraron con los suyos. Ella leyó compasión y algo de diversión en ellos mientras su larga lengua roja se metía entre los pliegues de la almohadilla. La lengua de la loba alivió los espasmos de dolor que habían sido el fondo de sus pensamientos desde Cumas.

Isabella extendió la pata herida hacia la loba negra para dejar que las gentiles caricias hiciesen su trabajo de curación. Mientras tanto, su atención pasó al gran gris.

Él había estado observando atentamente sus saludos con la negra, interrumpiendo después el escrutinio para andar de puntillas por entre la hierba y los matorrales que rodeaban la orilla. Tenía el morro bajo y las orejas tiesas, estudiando cuidadosamente el terreno. De pronto brincó en el aire, y al caer inmovilizó algo contra el suelo. Sus grandes mandíbulas se cerraron con un chasquido. Después, con un movimiento tan rápido que la loba de plata apenas pudo seguirlo, arrojó algo pequeño en su dirección, algo que cayó con un golpe suave a sus pies.

La loba de plata bajó la mirada y vio un ratón. Tenía el cuello roto, y aún temblaba en los estertores de la muerte. La loba retrocedió, metiendo en el agua helada una de sus patas traseras. Saltó, para aterrizar con un gimoteo.

La loba negra gruñó y apartó la cara. El lobo rojo no se molestó en ocultar su alborozo, saltó en el aire y bajó con los cuartos traseros elevados y las patas delanteras y el morro contra el suelo; después rodó sobre su lomo y agitó las cuatro patas en el aire, logrando dar la impresión general de un humano paralizado por la risa.

En rápida sucesión, un segundo ratón aterrizó al lado del primero, y después un tercero. La loba negra miró a Isabella pacientemente, y empujó uno de los ratones hacia ella con el hocico. Estaba claro.

El gran gris miró al lobo rojo, que todavía estaba riendo, y gruñó. Después volvió la mirada a la loba de plata, con expresión imperiosa. Extrañamente, fue la mujer y no la loba quien tomó la decisión. A su manera, la loba era una tradicionalista, pero la mujer sabía que estaba, al menos en parte, muriéndose de hambre.

Así que, si había ratones, tendría que comer ratones.

Por otra parte, no eran más raros que otras cosas que ella había comido como mujer.

Se tragó el primero sin permitirle apenas tocar su lengua. El sabor no era malo; con gusto a nueces, crujiente, más parecido al de las setas que al de los mamíferos. Se comió el segundo más despacio, saboreando ya el tercero.

No está mal, pensó. Una nueva delicia. Nada mal. Se preguntó qué pensaría Irina, la cocinera del convento.

Cinco ratones después, se sentía casi como siempre. Cuando su pata herida tocó el suelo, se preguntó qué magia habría obrado la lengua de la loba negra. La almohadilla todavía estaba mal, pero podía caminar sin molestias. Ya no cojeaba. El gran gris la miró con aprobación y empezó a guiar despacio a la manada a lo largo de la orilla, buscando más ratones. Se comió el siguiente y lanzó una larga y significativa mirada a la loba de plata.

Se sintió colmada de una salvaje excitación. Él quería enseñarle a cazar.

Su siguiente presa fue una lenta y medida demostración de cómo hacerlo. Había que caminar despacio y en silencio por la hierba, los ojos y orejas alerta al sonido más ligero, la rápida huida, los suaves sonidos susurrantes de los roedores buscando comida. Después, el salto y la rápida caída.

La loba de plata empezó a imitar sus movimientos. La cabeza inclinada, los ojos y orejas sondeando la maleza y las hierbas secas muertas por el frío del invierno. Se paralizó al ver el primero, un gordo ratón pardo que se alimentaba de los restos de un girasol seco. Saltó, pero sus zarpas no hallaron nada al caer. El ratón huyó disparado, directo a las fauces del lobo rojo, que las cerró alegremente, con una gran mueca canina. No tuvo más éxito con el siguiente, que se lanzó hacia la loba negra. La loba de plata rechinó los dientes y continuó imitando al gran gris.

La vez siguiente vio movimiento, brincó de inmediato y cayó sobre una liebre. El animal se escurrió entre sus zarpas y le golpeó en la cara, huyendo después. La loba se quedó parpadeando, sacudiendo la cabeza como si le hubiesen pegado una bofetada. Evidentemente, el lobo rojo lo encontró muy divertido. Brincó en el aire y se puso a rodar. El gris se volvió como una anguila y le dio un doloroso mordisco en el anca. El siguiente salto del lobo rojo no fue de diversión.

Después lanzó un gemido y se sentó, lamiéndose el lomo furiosamente entre miradas a su compañero. El gris se volvió hacia ella y la miró como diciendo "¿Seguimos?".

El siguiente intento de Isabella dio mejor resultado: algo blando y peludo se debatía bajo sus patas. Sus mandíbulas se cerraron. Otro delicioso ratón.

Después, cazar pareció resultarle fácil. Tenía la innata habilidad del depredador de la concentración absoluta. Todo cuanto tenía que hacer eran confiar en sus sentidos: percibió, para mortificación del lobo rojo y aprobación del gris, que era una de los mejores en la caza.

Cuando todos se hubieron hartado de ratones, el lobo gris los llevó hacia la llanura y empezaron a correr. Bien alimentada y descansada, la loba de plata podía correr con ellos. El mundo entero parecía dormir alrededor de los cuatro lobos, y ellos fluyeron como sombras por las colinas heladas.

Es, pensó la loba de plata, la mejor de mis noches. Así debió de haber sido antes del hombre, con sus ciudades, su crueldad y sus guerras... Una inocencia primigenia. Sólo las estrellas eran sus compañeras.

Asustaron a un ciervo que dormía en una arboleda cerca de una granja abandonada. Le persiguieron, más por diversión que para darle muerte. La loba de plata aceleró el ritmo, y quedó sorprendida por su propia velocidad al ponerse a la altura del aterrorizado animal. Entonces vio la cabeza parda, el gran ojo oscuro y muy abierto, la garganta que latía llena de sangre y vida. Olió el acre y espeso almizcle del terror, y comprendió que lo que era divertido para ella era una agonía para el ciervo. Vio que era una gama embarazada. Y la mujer refrenó a la loba. Interrumpió la persecución y volvió atrás para reunirse con el resto. En aquel momento, olió la ciudad.

Roma, pensó, y la villa de Esme.

Sintió en el corazón una punzada de dolor cuando la mente de la mujer comprendió que la noche había terminado. Los lobos pasaron a un medio galope, dirigiéndose a una aldea abandonada oculta entre los pliegues de las colinas, muy cerca de la ciudad. La loba de plata los siguió, captando el penetrante olor del humo de leña procedente de una de las casas a oscuras. Supuso que debía de ser uno de sus cubiles. Era lo que hubiese hecho ella, de ser capaz. Encontrar una base en la que tener ropa y un fuego esperándola antes de volver a la ciudad. Un paso seguro entre el mundo de los hombres y el de los lobos.

Se detuvo justo antes de que llegaran al pueblo, y los demás con ella. La estaban mirando, y comprendió que era una invitación a que se les uniera. El gran gris dio un paso hacia ella. El deseo ardió en la mente de la mujer como el fuego en unas ramitas secas. La loba no estaba lista para su iniciación en las artes del deseo, pero la mujer lo estaba. Más que lista. Si ella era la luz de la luna, él era la luz de las estrellas. El pelaje gris brillaba como el ardiente arco de los cielos sobre ella.

Isabella vio la anchura de sus hombros y sintió la abrumadora presencia de su masculinidad, y, al mismo tiempo, el inmenso misterio de la noche.

Una vez dentro de la choza, el gran gris sería un hombre y ella una mujer. Los otros dos podrían vestirse rápidamente y marcharse. Estarían solos. Él no necesitaría hablarle. Ella no le hablaría. Podrían mirarse a los ojos, como estaban haciendo ahora, y decirse todos los secretos de sus universos privados sin usar las palabras.

Él sería fuerte, muy grande y fuerte. Ella pudo sentir sus caricias en su imaginación. Y supo que una vez la tuviese en sus brazos, ella no le negaría nada. Le abriría su ser más profundo, ávidamente y sin vergüenza. Si tan sólo pudiera cubrir el conocimiento, la previsión que le hacía humana. Aquellos tres estaban a salvo, libres y sin preocupaciones en su doble estado, como ella nunca podría estar. ¿Qué sería de sus vidas si un rey o un papa empezase a darles caza?

La loba negra se deslizó hacia ella, y se unieron de nuevo como antes. El toque de hocico, la cabeza sobre el hombro, el sentimiento de amor y confianza. Una bendición. Un adiós.

Entonces la loba de plata se volvió y corrió sin mirar atrás. Cuando cruzó la primera colina y bajó la mirada hacia la ciudad, vio una tira de luz en el horizonte; las estrellas estaban muriendo bajo su resplandor.

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Esme recibió a la loba cuando saltó la tapia de la villa. Estaba junto a uno de los melocotoneros, con una lámpara en la mano. Apagó la llama cuando vio acercarse a la loba.

—Gracias a Dios —suspiró.

Isabella estaba de pie ante ella, como mujer. Esme le puso su manto sobre los hombros, y la joven se envolvió en él mientras le ayudaba a volver a la villa.

—¿Y Tony?

—Está bien —contestó Isabella—. Lo verás cuando vuelva. Estoy agotada. —Al decirlo, se dio cuenta de lo cansada que estaba. La furia que la había salvado de la muerte en el arroyo y la emoción de correr por la Campania con los otros lobos la habían agotado por completo—. Llevo un día y medio sin dormir —le dijo a Esme mientras la mujer la guiaba por el porche de la villa hacia una de las habitaciones.

Isabella se sentó al borde de la cama. Esme le dio una taza de vino.

—¿Dices que está bien? ¿Cómo puede ser eso?

—Esme, por favor. No me quedan fuerzas. Todo cuanto puedo decirte es que esta noche he logrado todo lo que podrías pedir y más. Ahora, en el nombre de Dios, déjame descansar.

—Sí, sí. Sólo quería asegurarme. ¿Cómoda? ¿Quieres comida? —preguntó al ver cómo Isabella apuraba el vino.

Isabella sacudió la cabeza y sonrió.

—Ya he comido —dijo.

Esme se estremeció.

—Supongo que es mejor que no pregunte dónde ni qué.

Isabella se rió entre dientes al meterse entre las mantas, después bostezó.

—Sólo ratones.

—¡Ratones! —gritó Esme, asqueada.

—Ratones.

—Ratones... ¿comen ratones los lobos?

—A veces —contestó Isabella antes de caer dormida.

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Este capítulo me gustó mucho jajaja ¿qué opinan? No olviden dejar un comentario. ¡Nos leemos pronto!