Capítulo 22
Estaba semidesnuda frente al espejo del baño, me miraba de perfil mientras una sonrisa estúpida se dibuja en mis labios. Pasé la mano por mi tripa, que ya sobresalía de entre mis caderas, y presioné un poco la "pelotita" sintiendo que estaba duro bajo mis dedos. En ese momento el ataque de histeria de minutos atrás estaba completamente olvidado.
Me había vuelto loca cuando intenté ponerme unos pantalones y el cierre no llegaba si quiera a tocarse, me sentí gorda… y no pude evitar que un par lágrimas saliesen de mis ojos… yo y mis emocionales hormonas. Me quité el pantalón pateando salvajemente con mis piernas maldiciendo entre dientes, pero todo cambió cuando me vi reflejada en el espejo… ¿cómo podía estar enfadada por eso? Bajo ese bultito que me impedía ponerme mi ropa favorita estaba mi mayor tesoro, no podría enfadarme con él… nunca.
La puerta del baño se abrió y Edward entró mirándome preocupado, yo apenas le presté atención mientras continuaba viendo mi reflejo. Edward miró el pantalón tirado en el suelo y del revés, algo arrugado y con visibles signos de violencia, me miró enarcando una ceja e intentando esconder una sonrisa.
— Ya no me va —susurré señalando el pantalón con la barbilla.
Edward ya no pudo disimilar la sonrisa y me mostró ampliamente sus blancos dientes. Se puso a mi espalda y colocó una mano sobre la "pelotita" acariciándome con la yema de sus dedos.
— Estás hermosa… que un pantalón no te vaya es lo más normal —susurró en mi oído.
— Lo sé… —susurré de vuelta sin borrar esa sonrisa tonta de mis labios— es un poco frustrante, pero no puedo quejarme.
Besó mi hombro haciendo que me estremeciera y después se metió en la ducha, dándome un primer plano de su trasero reflejado en el espejo. Me mordí el labio inferior intentando acallar de nuevo a mis hormonas… no solo estaba más emocional con el embarazo… también tenía más ganas de sexo. Aunque en ese momento no era posible, teníamos que salir cuando antes si queríamos llegar a tiempo a Forks, donde teníamos una cena familiar convocada por el mayor de los Masen, Emmett.
Con un suspiro resignado, me cepillé los dientes distraídamente, eso sí, sin quitar la vista de mi pelotita reflejada todavía en el cristal.
— ¿Sabes que no ayuda a mi cordura que todavía estés en ropa interior? —me preguntó Edward con voz ronca parado a mi lado.
Lo miré a arriba abajo, estaba recién salido de la ducha, su pelo húmedo y desordenado, solo una toalla anudada a su cintura cubría su cuerpo y las gotas de agua todavía resbalaban por los músculos de su pecho… tragué en seco y me obligué a mirarlo a los ojos. ¿Él me estaba hablando de cordura? ¿A mí? Sin más escupí la pasta de dientes que todavía tenía en mi boca, y que se estaba mezclando inevitablemente con el exceso de saliva que estaba segregando, y me enjuague la boca.
Salí del baño como alma que lleva al diablo y busqué en mi armario algunos de los conjuntos que Alice me había comprado para cuando mi barriga fuese más prominente. Encontré unos legins negros y un vestido rosado, que acompañados de unas bailarinas estarían bien. Me lo puse y al girarme Edward estaba completamente vestido y esperaba apoyado en el quicio de la puerta ¿tanto me había tardado?
El viaje a Forks fue algo más largo de lo normal, no podía quitar de mi mente la imagen de Edward recién salido de la ducha, y en más de una ocasión tuve que reprimir las ganas de decirle que estacionara el coche en el arcén y me hiciese el amor allí mismo. Pero me centré en que esa no era una actitud decorosa para una futura madre… y menos para una mujer de veintisiete años casada, embarazada y con una carrera prometedora.
Cuando llegamos a la mansión Cullen salté fuera del coche para alejarme de la tentación lo máximo posible, Edward me miró interrogante pero solo me encogí de hombros para que lo dejase pasar. Entré como una exhalación y casi me arrepentí, Jasper y Alice estaban en el sofá besándose, solo eran un amasijo de brazos y piernas enredados. Edward se puso a mi espalda y viendo la escena frente a él carraspeó audiblemente. Alice y Jasper se separaron algo avergonzados y se pusieron en pie para saludarnos.
— ¿Continuando con los intentos? —le pregunté a mi amiga en un susurro.
Ella solo enrojeció mientras bajaba la mirada… al menos no era yo la única vergonzosa de la familia.
Después nos dirigimos hacia el comedor donde ya todos nos esperaban, nos sentamos a la mesa y comenzamos a comer entre risas y bromas.
— ¿Y cómo está mi nieta? —oí que preguntaban.
Alcé la cabeza del plato como un resorte y con los ojos entrecerrados.
— ¿Esme tú también? —pregunté haciendo un puchero— Carlisle… diles a todos que el sexo todavía no está claro… ¡me están volviendo loca con tanta niña!
Todos rieron ante mi queja, pero Edward me miró de reojo con esa mirada de "será niña, ya lo verás" que tanto había visto los últimos meses.
— ¿Cuánto te falta para dar a luz? —preguntó tímidamente Rosalie.
Abrí mi boca para contestar pero ningún sonido salió de ella al darme cuenta de una cosa… ¿Rosalie avergonzada? ¿Rosalie, la Rosalie que yo tan bien conocía… estaba avergonzada? Algo escondía…
— Rosalie Hale —dije en murmullo endureciendo la mirada.
Ella gesticuló un "después" que solo yo vi. Yo suspiré.
— Según el ginecólogo-abuelo —miré de reojo a Carlisle que me estaba sonriendo—, me quedan unos tres meses más o menos.
— ¿Ya estás de seis meses? —preguntó Alice sorprendida.
Asentí con la cabeza algo avergonzada, desde que me había contado que ella quería también un bebé y no lo conseguía me daba un poco de miedo hablar con ella sobre mi embarazo, no quería hacerla sentirse mal con ello.
— Sí —dijo Edward orgulloso posando una mano en la pelotita—, pronto aumentará la familia.
— Y que lo digas… —oí murmurar a Emmett, pero después ahogó un gemido y comenzó a sobarse una pierna.
Miré a mi amiga y a su prometido con una ceja alzada pero ellos tenían la mirada clavada en sus platos. Después de tomar el postre todos fuimos al salón a hablar en familia, yo premeditadamente me situé detrás de Rose y tomé de la mano exigiéndole que me explicase lo que estaba pasando, porque algo estaba pasando. La arrastré hasta la cocina y la acorralé contra el frigorífico.
— ¿Qué está pasando? —le pregunté en un murmullo para que nadie nos oyese.
Ella no contestó y bajó la mirada a la vez que alzaba su mano izquierda. Ahogué un jadeo cuando vi una alianza al lado de su anillo de compromiso.
— ¿Qué esto? —pregunté apresuradamente.
— Bella sabes lo que es… —me dijo cruzándose de brazos.
— Pero… ¿dónde? ¿Por qué así con tanta prisa? Rose… esto no es típico de ti, hay algo más que no me estás diciendo —la amenacé con un dedo.
Ella volvió a bajar la mirada avergonzada por mis palabras, lo que me indicaba que estaba en lo cierto. Pero el motivo tendría que ser de peso para que mi amiga, que siempre soñó con la boda perfecta, decidiese casarse de improviso y sin avisar a nadie. Hasta que la resolución llegó a mí y la miré con la boca abierta de la impresión.
— ¿Estás embarazada? —pregunté gesticulando con mis labios.
Ella sintió mientras una lágrima bajaba por su mejilla, pero a la vez una sonrisa se dibuja en sus labios.
— ¡Oh Rose! —dije antes de abrazarla y llorar con ella.
Edward y Emmett aparecieron en la cocina en ese momento, seguro que preocupados porque sus embarazadas mujeres estuviesen desaparecidas. Miré a Emmett y me sonrió como un niño al darse cuenta de que yo ya conocía la noticia. No esperé más señal y me abalancé para abrazarlo y darle la enhorabuena.
— No voy a detener a Edward si intenta matarte —susurré en su oído.
— ¿Por qué iba a hacerlo? —preguntó.
— Tú lo intentaste cuando nosotros te lo contamos… ahora será tu turno —sonreí con burla.
Al separarme vi que Edward nos miraba sorprendido, pero yo no le dije nada, no era mi noticia… así que tomé a Rose de la mano y la caminé con ella por la cocina.
— Edward… ¿puedes llevarme un helado de vainilla? —pregunté sobre mi hombro.
Rosalie se detuvo y me miró con el ceño fruncido.
— Emmett… yo también quiero uno —dijo.
Nos sentamos en la sala y poco tardaron nuestros maridos en traernos un bote industrial de helado de vainilla y dos cucharas. Ambas nos sentamos con las piernas cruzadas y devorando el helado como si fuese lo más delicioso del mundo. Emmett y Edward nos miraban divertidos, y pude apreciar un brillo diferente en los ojos de mi amigo cuando miraba a su ahora esposa.
Sin más, Emmett se puso de pie y se aclaró la garganta, en ese momento me di cuenta de lo que pasaría… Alice. Ya quitando el hecho de que montaría en cólera al saber que le habían robado otra boda, Rose estaba embarazada y ella no. Me puse en pie yo también y me acerqué a ella disimuladamente, pero Edward estaba a uno de sus lados y Jasper al otro, por lo que no pude hacer más que estar allí, cerca de ella.
— Veréis familia… —comenzó Emmett hablando con evidente nerviosismo— Rose y yo nos hemos casado.
Alice jadeó y se llevó las manos a la boca. Vi como sus facciones fueron cambiando de la sorpresa a la rabia y se iba poniendo cada vez más colorada.
— ¿Es que nadie en esta familia sabe casarse como dios manda? —preguntó chillando.
Emmett y Rose se encogieron levemente ante su repentino arranque, pero yo sabía que lo peor todavía estaba por llegar.
— ¿Por qué tanta prisa cariño? —preguntó Esme con dulzura.
— Es que… —Emmett dudó y comenzó a rascarse la cabeza.
— Estoy embarazada —dijo Rosalie con voz firme.
Las reacciones de las personas que me rodeaban fueron más que dispares. Edward dio saltito sorprendido, Carlisle miraba a Emmett y al vientre de Rose con una sonrisa, Esme lloraba a la vez que sonreía, Jasper miraba al suelo y Alice… Alice felicitó a la pareja en un murmullo casi inaudible y salió de la habitación sonriendo con tristeza.
— ¿Qué le pasa? —preguntó Rose.
— No es nada… —cuando dije eso Jasper me miró sorprendido, asentí indicándole que yo sabía y volvió a mirar al suelo— iré a hablar con ella.
Salí de allí buscándola en el único lugar donde sabía que estaría. Su habitación… más concretamente en su ropero, doblando y desdoblando su ropa. Cuando entré en la habitación la encontré haciendo lo que esperaba, tenía una camiseta roja en sus manos que estaba doblando con movimientos demasiado violentos.
— ¿Allie? —la llamé en un susurro.
— Estoy bien —contestó con un hilo de voz.
— Allie…
— Sé lo que vas a decirme… —me cortó— estoy bien, de verdad. Es solo que… no me lo esperaba.
Me acerqué a ella y la abracé, se dejó hacer y recargó una vez más la cabeza en mi tripa, mi pelotita se movió en respuesta y pateó ligeramente la cabecita de su tía. Alice sonrió.
— Mañana tenemos consulta con un especialista en Seattle —susurró—, me da miedo lo que pueda decirme.
— Todo estará bien, Alice… —intenté tranquilizarla.
— Eso espero —dijo bajo su aliento.
Después cuando volvimos a la sala Alice felicitó a Emmett y a Rose como debía y ellos se lo agradecieron con una enorme sonrisa. Estaban felices, otra pareja más que encontraba la plena felicidad, solo esperaba que tanto Alice como Jasper también pudiesen encontrar la suya.
Edward y yo estábamos entrando en casa después de un largo viaje de regreso desde Forks, me sentía cansada, pero cuando observé como Edward se quitaba la chaqueta y desabrochaba los primeros botones de su camisa mi cansancio pasó a un segundo plano.
— ¿Me vas a decir que es lo que te pasa? —preguntó mirándome.
— ¿A mí? Nada… ¿por qué?
— Llevas todo el día evitándome, cada vez que intento acercarme a ti buscas cualquier pretexto para irte —dijo con el ceño fruncido
Suspiré y me acerqué a él lentamente, me puse frente a él y miré sus ojos intentando transmitirle en esa mirada todo lo que pasaba por mi cabeza.
— Llevo todo el día pensando en esto —susurré.
Me puse de puntillas y comencé a besarle, comenzó con un beso lento, en el que intentaba demostrarle cuanto lo quería, pero en cuanto sentí sus brazos en mi cintura profundicé el beso, que se volvió necesitado y profundo. Haciendo que nuestras ropas comenzasen a estorbar. Edward intentó estrecharme más contra su cuerpo, pero había algo que nos lo impedía… nuestra pelotita.
Edward se alejó sonriendo y me tomó en brazos. Subió las escaleras conmigo como si pesase una pluma y los siete quilos que había engordado no fuesen nada. Me tumbó en nuestra cama y comenzó a desnúdame mientras me besaba. Cuando me tuvo completamente desnuda yo lo ayudé a desnudarse a él.
— Así que… —dijo con un jadeo— llevas todo el día con ganas de hacer el amor conmigo y por eso te alejabas —aseguró.
— No creo que tus tíos les pareciese muy ético que nos pusiésemos a hacer ese tipo de cosas bajo su techo —contesté también con mi respiración acelerada.
— En Forks hay mucho bosque —dijo sonriendo con picardía.
— En Forks siempre hace frío —rebatí.
No dijo nada más. Hizo que me tumbase de lado y él se puso justo detrás de mí, sentí sus labios dejando besos por mi espalda y sus manos acariciando mis caderas y descendiendo por mis nalgas. Después acercó su mano hasta mi sexo y comenzó a masajearme. Gemí de placer, él sabía muy bien cómo hacerme caer al embrujo de sus caricias, sabía muy bien lo que tenía que hacer para que me volviese loca.
Cuando más cómoda estaba, y estaba casi rozando el orgasmo con la punta de los dedos, alejó su mano y la deslizó por mi muslo. Lo agarró con fuerza y lo alzó colocando mi pierna sobre la suya. Antes de que pudiese pensar en otra cosa me penetró desde atrás haciendo cerrase los ojos y gimiese más alto de lo normal.
Comenzó a embestir lentamente mientras su mano comenzó a masajear mis clítoris como momentos antes. Estaba en el cielo, podía sentir sus jadeos entrecortados en mi cuello, podía sentir como sus músculos se tensaban cada vez que arremetía contra mí. Estaba cerca de nuevo, Edward lo supo y aceleró el ritmo. Enseguida sentí como mis paredes se retorcían alrededor de su miembro. Gritó mi nombre en mi oído y yo caí al abismo al que me transportaban sus caricias.
Cuando conseguí volver al mundo real Edward estaba a mi lado, tumbado boca arriba con la respiración todavía acelerada. Me acerqué a su pecho y apoyé la cabeza en él dejándome envolver entre sus brazos.
— La próxima vez que tengas necesidad de algo así —susurró en mi oído—, solo dímelo y buscaremos una solución, pero no te alejes… por favor.
Asentí con la cabeza y sonreí con mis mejillas encendidas.
