21

El sacrificio. La ciudad que murió dos veces.

Para Lexa, la desesperación era aún más cegadora que la oscuridad. El plan era mío, era la única oportunidad que teníamos de salir vivos de aquí, pensó. Estaba bien organizado, ¡debería haber funcionado! ¿Qué era lo que había ido mal? ¿Los habría traicionado Octavia...? ¡No! Lexa apretó los puños. No, maldita sea. La maga era fría, desagradable, difícil de comprender, pues Lexa hubiera jurado que les era leal. ¿Dónde estaría? Quizás muerta. Tampoco es que importara mucho, pues pronto todos morirían.

—Lexa —la semielfa, notó que alguien le agarraba fuertemente el brazo y reconoció la voz grave de Lincoln—. Sé lo que estás pensando, no podemos quedarnos aquí. Se nos acaba el tiempo y es nuestra única oportunidad de conseguir los Discos.

—Voy a mirar—dijo Lexa, y pasando delante del kender, asomó la cabeza por la verja. Estaba oscuro, mágicamente oscuro. Lexa se llevó la mano a la cabeza e intentó pensar. Lincoln tenía razón: el tiempo iba pasando, no obstante, ¿cómo saber si el caballero estaba en lo cierto? ¡Lincoln quería luchar contra el dragón! Lexa descendió unos peldaños.

—Subid —dijo. De pronto su único deseo fue que todo aquello terminase para poder regresar a casa, a Solace—. No. Raven, espera —sujetó a la kender e hizo que bajase por la escalera—. Primero los guerreros, Lincoln y Bellamy. Después los demás.

—¡Siempre somos los últimos! —protestó Raven mientras empujaba al enano. John subió lentamente por la escalera, los huesos de sus rodillas crujieron.

—¡Apresúrate! Espero que no ocurra nada antes de que lleguemos. Nunca he hablado con un dragón.

—¡Apostaría a que el dragón tampoco ha hablado nunca con una kender! Te das cuenta, cabeza hueca, de que seguramente nos matará. Lexa lo sabe, lo noté en el tono de su voz.

Raven se detuvo mientras Lincoln apartaba lentamente la verja.

—Sabes, John —dijo la kender con seriedad—, mi gente no le teme a la muerte. De alguna manera, casi la deseamos... la última gran aventura. Pero creo que me apenaría tener que dejar esta vida. Echaría de menos mis cosas —palpó sus bolsas y bolsillos—, mis mapas, a ti, y a Lexa. A menos —añadió esperanzada—, que al morir todos vayamos a parar al mismo lugar.

John tuvo una leve visión del feliz y alegre kender tendida en el suelo, muerta, fría. Conmovido se alegró de que Raven no pudiera ver su expresión. Carraspeando, dijo roncamente:

—Si crees que voy a compartir mi próxima vida con un pedazo de kender, es que estás más loca que Octavia. ¡Vamos!

Cuidadosamente, Lincoln levantó la verja y la apartó a un lado, arrastrándola por el suelo y provocando un chirrido que hizo que los dientes le rechinasen. Ascendió con facilidad y luego se volvió, agachándose para ayudar a Bellamy, quien, debido a su inmenso volumen y al arsenal de armas que llevaba, que resonaba, además, estrepitosamente, tenía serios problemas para pasar por la abertura.

—¡En nombre de Istar, no hagas ruido! —le susurró Lincoln.

—No puedo evitarlo —murmuró Bellamy consiguiendo al fin salir del agujero. Lincoln le tendió la mano a Daenerys. El último en salir fue Raven, encantado de que no hubiese sucedido nada excitante en su ausencia.

—Necesitamos una luz —dijo Lincoln.

—¿Una luz? —respondió una voz tan gélida y oscura como una noche de invierno—. Está bien, que haya luz.

Al momento, la oscuridad desapareció. Los compañeros vieron que se encontraban en una inmensa cámara abovedada de cientos de pies de altura. A través de una grieta del techo, una luz fría y gris se filtraba en la amplia habitación circular. En el centro había un gran altar, y en el suelo, alrededor de éste, montones de joyas, monedas de oro y otros tesoros pertenecientes a la ciudad muerta. Las joyas no brillaban, el oro no relucía y la pálida luz no iluminaba nada —nada excepto un dragón negro encaramado sobre un pedestal, como una gigantesca ave de rapiña.

—¿Sorprendidos? —preguntó el dragón en tono irónico.

—¡La maga nos ha traicionado! ¿Dónde se ha escondido? ¿Es que está a tu servicio? —gritó Lincoln rabioso, desenvainando la espada y dando un paso hacia delante.

—¡Atrás, loco Caballero de Solamnia! Retrocede o vuestra maga no volverá a utilizar su magia —El dragón retorció su inmenso pescuezo y los contempló con sus brillantes ojos rojos. Después, con lentitud y delicadeza, levantó una de sus garras para mostrarles a Octavia que se hallaba debajo.

—¡Octavia! —exclamó Bellamy abalanzándose hacia el altar.

—¡Detente loco! —bramó el dragón posando suavemente una de sus puntiagudas garras sobre el abdomen de la maga. Octavia, haciendo un gran esfuerzo, volvió la cabeza y miró a su hermano con sus extraños ojos dorados. Hizo un leve gesto y Bellamy se detuvo. Lexa vio que algo se movía en el suelo, bajo el altar. Era Monroe, acurrucada entre los tesoros y tan asustada que no osaba ni parpadear. A su lado estaba el Bastón de Mago de Octavia.

—Da un paso más y estrujaré con mis garras a este deshecho humano.

El rostro de Bellamy enrojeció de ira.

—¡Déjala ir! —le gritó—. Es conmigo con quien debes enfrentarte.

—No pienso enfrentarme a ninguno de vosotros —dijo el dragón batiendo perezosamente sus alas y alzando ligeramente una pata para pinchar a Octavia con sus garras. La piel metálica del mago, empapada de sudor, relucía brillante. Lanzó un suspiro desgarrador.

—No oses ni parpadear, maga —le dijo el dragón en tono despreciativo—. Hablamos el mismo idioma, ¿recuerdas? Pronuncia una sola palabra y los cadáveres de tus amigos servirán de alimento a los enanos gully.

Octavia cerró los ojos como si estuviese exhausta, pero Lexa podía ver cómo apretaba y aflojaba los puños, y comprendió que la maga estaba preparando un hechizo final. Seguramente sería el último, pues lo más probable era que el dragón la matara antes de poder formularlo. De todas formas, podía darle a Drogo la oportunidad de localizar los Discos y salir de allí con Daenerys.

Lexa se dirigió hacia el bárbaro.

El dragón continuó hablándoles:

—Ya os he dicho que no quiero luchar contra ninguno de vosotros. Cómo habéis conseguido escapar a mi ira hasta ahora, no lo sé, pero el hecho es que estáis aquí y me habéis traído aquello que fue robado. Sí, señora de Que-shu, veo que sostienes la Vara de Cristal Azul. Entrégamela.

Lexa le susurró una palabra a Daenerys.

—¡Detente! —pero al ver su frío rostro de mármol, dudó que Daenerys le hubiese oído e incluso que hubiese oído al dragón. Por lo que parecía, se hallaba escuchando otras palabras, otras voces.

—Obedéceme —el dragón ladeó amenazadoramente la cabeza—. Obedéceme o la maga morirá. Y tras ella, el caballero y luego la semielfa. Y así, hasta el final, hasta que tú, señora de Que-shu, seas la última sobreviviente. Entonces, me entregarás la Vara y me rogarás que me apiade de ti.

Daenerys bajó sumisamente la cabeza. Apartando suavemente a Drogo, se volvió hacia Lexa y la abrazó cariñosamente.

—Adiós, amiga mía —le dijo en voz alta besándole en las mejillas. Luego su voz se convirtió en un susurro—. Sé lo que debo hacer. Voy a llevarle la Vara al dragón y...

—¡No! —exclamó Lexa—. ¡No lo hagas! Su intención es matarnos de todas formas.

—¡Escúchame! —Las uñas de Daenerys se clavaron en el brazo de la semielfa— Quédate con Drogo, Lexa. No le permitas detenerme.

—¿Y si intentase detenerte yo? —le preguntó Lexa abrazándola.

—No lo harás —le respondió con una sonrisa dulce y melancólica—. Como el Señor del Bosque dijo, tú sabes que cada uno de nosotros tiene un destino que cumplir. Drogo te necesitará. Adiós, amiga mía.

Daenerys dio un paso para atrás mirando a Drogo con sus claros ojos violetas, intentando memorizar sus rasgos para poder conservarlos con ella durante toda la eternidad. Él era consciente de que la mujer se estaba despidiendo y adelantó un paso hacia ella.

—Drogo, confía en ella —le dijo Lexa en voz baja—. Durante todos estos años ella ha confiado en ti, te esperó mientras tú luchabas. Ahora el que debe esperar eres tú, ésta es su batalla.

Drogo se estremeció y se quedó quieto. Lexa vio que las venas del cuello se le hinchaban y que se le tensaban los músculos de las mandíbulas. La semielfa apretó el brazo del bárbaro pero éste ni siquiera la miró, ya que sus ojos estaban fijos en Daenerys.

—¿Qué significa este retraso? —preguntó el dragón—. Me estoy empezando a aburrir, ven aquí inmediatamente.

Daenerys, volviéndose, pasó ante John y Raven. El enano la saludó con la cabeza y Raven la contempló solemnemente. Para la kender, la situación no era tan excitante como había imaginado. Por primera vez en su vida, se sentía pequeña, impotente y sola. Era una sensación horrible, desgarradora, y pensó que seguramente prefería la muerte. Daenerys se detuvo junto a Bellamy, y posó su mano sobre el brazo del guerrero.

—No te preocupes, se salvará —dijo mirando a Octavia. Bellamy se atragantó y asintió. Entonces Daenerys se acercó a Lincoln y, de pronto, como si se sintiese abrumada por el terror que el dragón le inspiraba, resbaló. El la sostuvo.

—Ven conmigo, Lincoln —le susurró Daenerys cuando el caballero la rodeó con el brazo para sostenerla—. Debes hacer lo que te ordene, suceda lo que suceda. Júralo por tu honor de Caballero de Solamnia.

Lincoln dudó; los ojos claros y serenos de Daenerys se encontraron con los suyos.

—Júralo —le ordenó—, o iré yo sola.

—Lo juro, Señora —le contestó respetuosamente—. Os obedeceré.

Daenerys suspiró con agradecimiento.

—Camina junto a mí y no hagas ningún gesto que parezca amenazador.

La mujer bárbara y el caballero caminaron hacia el dragón.

Octavia se hallaba tendida bajo las garras del dragón con los ojos cerrados, preparándose para el que había de ser su último encantamiento, pero no conseguía concentrarse para encontrar las palabras adecuadas. Intentó recobrar el control.

«Me estoy destruyendo a mí misma, y... ¿con qué fin?», se preguntaba Octavia con amargura. «Para salvar a estos locos del peligro en el que ellos mismos se han metido. A pesar de que me temen y me desprecian, no atacarán al dragón por miedo a dañarme, lo cual no tiene ningún sentido, como tampoco lo tiene mi sacrificio. ¿Por qué morir por ellos cuando en realidad la que más merece vivir soy yo?»

«No es por ellos por lo que haces esto», le contestó una voz en su interior. Octavia, intentando concentrarse, se esforzó por captar aquella voz. Era una voz real, conocida, pero no podía recordar de quién era o dónde la había oído. Todo lo que sabía es que le hablaba en momentos de gran angustia; cuanto más cerca de la muerte se hallaba, más potente era la voz.

«No es por ellos por lo que haces este sacrificio», repitió la voz. «¡Es porque no puedes afrontar la derrota! A ti nada te ha derrotado nunca, ni la mismísima muerte...».

Octavia respiró profundamente y se relajó. No entendía todas las palabras, ni conseguía localizar la voz, pero ahora su mente recordaba con facilidad el hechizo.

Astol arakhkh um... —murmuró sintiendo que la magia recorría su frágil cuerpo. En aquel momento, otra voz quebró su concentración, pero ahora era la voz de un ser vivo la que llegaba a su conciencia. Abrió los ojos y se volvió lentamente hacia donde estaban sus compañeros.

Era la voz de Daenerys. Octavia la miró mientras caminaba, en dirección a ella, del brazo de Lincoln. Sus palabras habían llegado a la mente de la maga. Miró a la mujer fríamente, desapasionadamente. Su visión distorsionada le había hecho perder el deseo físico por las mujeres, por tanto ella no apreciaba la belleza que tanto cautivaba a Lexa o a su hermano. Sus ojos de relojes de arena la veían consumiéndose, muriendo. No tuvo compasión de ella. Sabía que ella sí la tenía de ella —y la odiaba por ello—, pero además la mujer le temía, entonces ¿por qué le dirigía la palabra? Daenerys le estaba diciendo que esperase. Octavia comprendió. Daenerys sabía lo que la maga pretendía y le estaba diciendo que no era necesario. Había sido elegida y era ella quien iba a realizar el sacrificio. Mientras se acercaba mirando fijamente al dragón, la mago la observó con sus extraños ojos dorados. Lincoln caminaba solemnemente a su lado, con un aspecto tan digno y noble como el del mismísimo Huma. El caballero era el compañero ideal para el sacrificio de Daenerys. Pero, ¿por qué Drogo no la había detenido? ¿Es que no podía imaginarse lo que iba a suceder? Octavia lanzó una rápida mirada hacia el bárbaro. ¡Ah, por supuesto! La semielfa estaba a su lado con expresión apenada y preocupada, sin duda murmurando sabias palabras. El bárbaro se estaba convirtiendo en un ser tan incauto como Bellamy. Octavia miró a Daenerys de nuevo. Había llegado frente al dragón y le miraba con expresión pálida pero firme. A su lado, Lincoln aparecía solemne y torturado, corroído por sus conflictos internos. Probablemente Daenerys le había pedido un voto de obediencia que el caballero debía cumplir para no faltar a su honor. Los labios de Octavia se torcieron en una despreciativa mueca. El dragón habló y el mago tensó sus músculos, dispuesto a entrar en acción.

—Deja la Vara al lado de estas pruebas de la necedad humana —le ordenó el dragón inclinando su brillante y escamosa cabeza hacia el montón de tesoros esparcidos al pie del altar.

Daenerys, aterrorizada, no se movió. Temblando, contemplaba fijamente a la monstruosa criatura. A su lado, Lincoln, recorría el tesoro con los ojos, intentando localizar los Discos de Mishakal y luchando por controlar el temor que el dragón le inspiraba. Hasta ese momento, Lincoln nunca hubiera imaginado que pudiera asustarse por algo. Repetía una y otra vez el código «El Honor es la Vida» y sabía que su orgullo era lo único que le impedía salir corriendo.

Daenerys vio que las manos del caballero temblaban y que su rostro brillaba sudoroso. Amada diosa, clamó su alma, ¡dame coraje! En aquel momento Lincoln le dio un codazo. Comprendió que tenía que decir algo, llevaba demasiado rato en silencio.

—¿Qué nos darás a cambio de la Vara milagrosa? —preguntó Daenerys esforzándose por hablar con tranquilidad a pesar de que tenía la garganta reseca.

El dragón se rió, una risa aguda y tenebrosa.

—¿Qué os daré? —La criatura retorció la cabeza para mirar a Daenerys. —¡Nada! ¡Nada en absoluto! Yo no hago tratos con ladrones. De todas formas... —El dragón enderezó la cabeza y entornó los párpados hasta que sus ojos fueron sólo dos estrechas rendijas. Juguetonamente, clavó sus garras en el cuerpo de Octavia; la maga se encogió, pero soportó el dolor sin quejarse. El dragón levantó la pata para que pudieran ver que sus garras estaban manchadas de sangre.

—Es probable que Lady Nia, mi Señor, considere favorable el que entreguéis voluntariamente la Vara. Puede que, incluso, se sienta misericordiosa. Pero, señora de Que-shu, lo que es seguro, es que Lady Nia no necesita a tus amigos. Dame la Vara ahora, y ellos no serán maltratados. Oblígame a tomarla y... ¡morirán! ¡La maga primero!

Daenerys, evidentemente afectada, pareció desmoronarse. Lincoln se acercó a ella, como si fuera a consolarla.

—He encontrado los Discos —le susurró rápidamente el caballero. Al asirla del brazo, notó que ella estaba temblando de miedo.

—¿Estáis decidida a seguir con vuestros planes, Señora? —le preguntó en voz baja.

Daenerys asintió con la cabeza. Su rostro tenía una palidez mortecina pero ella estaba tranquila y sosegada. Algunos rizos de su cabello de oro y plata se le habían soltado y caían sobre la cara, ocultándole su expresión al dragón. A pesar de que parecía vencida, miró a Lincoln y esbozó una sonrisa en la que había paz y tristeza, como la sonrisa de la diosa de mármol. No pronunció ni una sola palabra, pero Lincoln ya tenía su respuesta; el caballero bajó la cabeza como signo de obediencia.

—Que mi coraje iguale al vuestro, Señora. No os fallaré.

—Adiós caballero. Dile a Drogo… —Daenerys titubeó, parpadeando, con los ojos inundados de lágrimas. Temiendo que su firmeza se quebrase, tragándose sus palabras, se volvió para enfrentarse al dragón.

Entretanto, en respuesta a sus oraciones, la voz de Mishakal llenaba su ser. «¡Muestra la Vara con aplomo!» Daenerys, imbuida de una gran fuerza interior, levantó la Vara de Cristal Azul.

—¡No nos rendimos! —gritó, y su voz resonó en la cámara abovedada. Moviéndose rápidamente, antes de que el dragón pudiese reaccionar, la reina de los Que-shu blandió la Vara una última vez y golpeó la garruda pata que el dragón tenía posada sobre Octavia. Al golpear al dragón, la Vara provocó un sonoro zumbido y se hizo añicos, produciéndose una explosión de luz azul, pura y radiante. La luz fue creciendo, expandiéndose en ondas concéntricas que engulleron al dragón.

Drogon bramó furioso, estaba mortalmente herido. Daba golpetazos con la cola y agitaba el largo cuello y la cabeza, luchando por escapar de la abrasadora llamarada azul. Lo único que deseaba era matar a aquellos que le infligían tal dolor, pero aquel intenso e implacable fuego azul lo iba consumiendo como también consumía a Daenerys.

Al estallar la Vara, la mujer no la había soltado. Seguía sosteniendo uno de los pedazos, observando cómo se propagaba su luz y acercándoselo al dragón tanto como le era posible. Cuando la luz tocó sus manos, sintió un dolor ardiente e intenso. Tambaleándose, cayó de rodillas sin dejar de sostener la Vara. Oyó al dragón bramando y rugiendo sobre ella y luego ya no oyó nada, excepto el zumbido de la Vara. El dolor se hizo tan insufrible que ya no formaba parte de ella y, de pronto, sintió una inmensa fatiga. Dormiré, se dijo a sí misma. Dormiré y cuando me despierte, me encontraré en el lugar al que realmente pertenezco...

Lincoln vio como la luz azul destruía lentamente al dragón y se propagaba por la Vara alcanzando a Daenerys. El zumbido iba subiendo de tono, llegando a ahogar los gritos de la agonizante fiera. El caballero caminó hacia Daenerys con el propósito de quitarle de las manos aquel pedazo de Vara que ella sostenía, y liberarla así de la mortífera llamarada azulada... pero cuando se acercó, se dio cuenta de que no podía salvarla. Medio cegado por la luz y ensordecido por el zumbido, comprendió que necesitaría toda su fuerza y todo su valor para cumplir la promesa de conseguir los Discos. Retiró su mirada de Daenerys, quien tenía el rostro constreñido por el dolor y el cuerpo consumido por las llamas. Apretando los dientes y sintiendo un terrible dolor de cabeza, se dirigió hacia la parte del tesoro donde había visto los Discos —cientos de delgadas láminas de platino, unidas por un simple aro colocado en la parte superior. Agachándose, los recogió, asombrándose de su ligereza. De pronto se le encogió el corazón, ya que en medio de la montaña de tesoros, surgió una mano ensangrentada que le agarró la muñeca.

—¡Ayúdame!

Era la voz de Octavia. Agarrando su mano, tiró de ella hasta que consiguió rescatarla. La túnica de la maga estaba toda manchada de sangre, aunque no parecía estar seriamente herida —al menos podía sostenerse en pie. ¿Pero, sería capaz de andar? Lincoln necesitaba ayuda y no sabía dónde estaban los demás, pues la brillantez de la luz era cegadora. De pronto, a su lado vio la cota de malla de Bellamy centelleando bajo la llama azul.

Octavia se agarró a ella.

—¡Ayúdame a encontrar el libro de encantamientos! –le siseó.

—¡No es momento de preocuparse de ello! ¡Te sacaré de aquí!

Octavia, tras una mueca de furia y frustración y sin pronunciar palabra, se arrodilló y comenzó a rebuscar ansiosamente entre el tesoro. Bellamy intentó apartarla, pero la maga, con su débil mano, lo empujó hacia atrás.

Por las mejillas de Lincoln se deslizaban lágrimas de dolor. Aquel agudo zumbido seguía perforando sus oídos. De pronto, algo se estrelló contra el suelo ante el caballero. ¡EI techo de la habitación se estaba derrumbando! Todo el edificio se movía, el zumbido hacia vibrar las columnas y resquebrajaba las paredes. De repente se extinguió —y con él murió el dragón. Drogon se evaporó. El único rastro que quedó de él fue un montón de cenizas candentes. Lincoln suspiró aliviado, pero la sensación no le duró mucho. Tan pronto como el zumbido se apagó, comenzaron a escucharse los ruidos de la destrucción del palacio, el resquebrajamiento del techo y los golpes y explosiones que provocaban las inmensas piedras al estrellarse contra el suelo. En medio del polvo y del ruido, apareció Lexa. El rostro le sangraba, pues tenía un corte en la mejilla. Lincoln agarró a su amiga, empujándola hacia el altar en el preciso momento en que un pedazo de techo se desplomaba junto a ellos.

—¡La ciudad se está viniendo abajo! —gritó Lincoln—. ¿Cómo vamos a salir de aquí?

Lexa agitó la cabeza.

—Lo único que se me ocurre es volver por el mismo camino por el que hemos entrado, a través del túnel—gritó.

—Ese camino no es nada seguro. ¡Tiene que haber otro!

—Lo encontraremos —dijo Lexa con firmeza intentando ver a través de la espesa humareda.

—¿Dónde están los demás? —Se volvió y vio a Octavia y a Bellamy, y contempló horrorizado a la maga revolviendo el tesoro.

Bajo la manga de su túnica había una pequeña figura: ¡Monroe! Lexa se abalanzó hacia la necia enana gully, quien, asustada, se acurrucó contra Octavia lanzando un chillido.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Lexa agarrándose a la túnica de la maga y tirando de ella.

—¡Deja de saquear y consigue que tu enana gully nos muestre el camino de salida! ¡O me ayudas, o te mato con mis propias manos!

Cuando Lexa la empujó contra el altar, la boca de Octavia se abrió en una horrible mueca. Monroe tembló.

—¡Venir! ¡Vamos! Yo sé camino.

—Octavia —rogó Bellamy—, ¡déjalo ya! No lo has encontrado. ¡Si no conseguimos salir de aquí, moriremos!

—Muy bien —le respondió bruscamente la hechicera mientras recogía del altar el bastón de maga y le tendía el brazo a su hermano para que le ayudase a incorporarse.

—Monroe, enséñanos el camino —ordenó.

—Octavia, necesitamos la luz de tu bastón para poder seguirte —dijo Lexa—. Voy a buscar a los que faltan.

—Allí —dijo Bellamy secamente—. Vas a necesitar ayuda para convencer al bárbaro.

Lexa se protegió con el brazo al ver que seguían cayendo piedras y, saltando sobre los escombros, llegó hasta donde se encontraba Drogo, quien se hallaba tendido en el suelo, en el lugar donde había desaparecido Daenerys. John y Raven intentaban que se pusiese en pie. El único rastro que quedaba de ella era un pedazo de piedra ennegrecida y chamuscada. Daenerys se había consumido totalmente entre las llamas.

—¿Está vivo? —gritó Lexa.

—¡Sí! —contestó Raven chillando agudamente para que pudiera oírsele—. ¡Pero no quiere moverse!

—Hablaré con él. Ve con los demás. Nos reuniremos con vosotros dentro de un momento. ¡Corre!

Raven dudó, pero John, después de observar la expresión de Lexa, le hizo una seña a la kender, tocándole el brazo. Esta suspiró y, volviéndose, echó a correr sobre los escombros.

Lexa se arrodilló junto a Drogo mientras se dirigía a Lincoln, que en ese momento surgía de la penumbra.

—Ve con ellos y dirige la huida.

Lincoln dudó. A pocos pies de distancia se derrumbó una columna y algunos pedazos cayeron cerca de ellos. Lexa protegió el cuerpo de Drogo cubriéndolo con el suyo.

—¡Vete! ¡Te hago responsable! —Lincoln suspiró y corrió hacia donde brillaba la luz del bastón de Octavia.

El caballero encontró a los demás acurrucados en un estrecho vestíbulo de techo arqueado que por el momento se mantenía íntegro, aunque ya empezaban a escucharse ruidos sordos y golpes en la parte superior. La tierra tembló bajo sus pies y por las grietas de las paredes comenzaron a filtrarse pequeñas chorreras de agua.

—¿Dónde está Lexa? —preguntó Bellamy.

—Enseguida vendrá —dijo secamente Lincoln—. Le esperaremos... al menos por unos momentos —no mencionó que su intención era esperarle, aunque ello les supusiera la muerte.

De pronto hubo un estruendoso estallido. A través de las grietas de la pared comenzó a entrar agua a borbotones, inundando la pequeña habitación. Lincoln se disponía a dar la orden de partir cuando una figura apareció en la colapsada puerta. Era Drogo, llevando en sus brazos el cuerpo inerte de Lexa.

—¿Qué ha sucedido? —Lincoln, conteniendo la respiración dio un paso hacia delante.

No estará...

—Le dije que me dejara, pero no se movió de mi lado —dijo en voz baja Drogo—.

Yo quería morir allí... con ella. Un pedazo de roca se desprendió del techo y ella no lo vio a tiempo...

—Yo la llevaré —dijo Bellamy.

—¡No! —Drogo miró fijamente al guerrero. Sus manos sujetaron aún más firmemente el cuerpo de Lexa—. La llevaré yo. Debemos irnos.

—¡Sí! ¡Este camino! ¡Nosotros vamos! —exclamó la enana gully intentando que se dieran prisa, guiándolos por aquella ciudad que moría por segunda vez. Salieron del cubil del dragón y aparecieron en la plaza, que se estaba inundando rápidamente ya que el Nuevo Mar invadía la destrozada gruta. Los compañeros chapotearon por la plaza, sosteniéndose los unos a los otros para evitar ser arrastrados por la fuerte corriente. De pronto aparecieron cientos de enanos gully, aullando, en un estado de confusión total. Algunos fueron arrastrados por la corriente, otros treparon a los pisos superiores de los tambaleantes edificios, y los demás corrieron hacia las diversas calles que comunicaban con la plaza.

A Lincoln sólo se le ocurría una forma de salir de allí.

—¡Id hacia el este! —gritó señalando hacia la amplia calle que llevaba hasta la cascada. Miró a Drogo con temor. El aturdido bárbaro parecía no darse cuenta de la conmoción que le rodeaba. Lexa estaba inconsciente, tal vez muerta. A Lincoln se le helaba la sangre sólo de pensarlo, estaba atemorizada, pero hizo un gran esfuerzo para dominar sus emociones. El caballero corrió hacia delante y alcanzó a los gemelos.

—El mecanismo es nuestra única oportunidad —les gritó. Bellamy asintió.

—Pero entonces tendremos que luchar.

—Sí, ¡maldita sea! —dijo Lincoln exasperado al imaginarse a todos los draconianos intentando huir de la ciudad—. ¡Supondrá una batalla! ¿Se te ocurre alguna idea mejor?

Bellamy negó con la cabeza.

Lincoln se detuvo en una esquina a esperar al exhausto y renqueante grupo para señalarles la dirección que debían tomar. A través de la niebla y el polvo, podía ver el mecanismo. Como había supuesto, estaba rodeado por una oscura y serpenteante multitud de draconianos. Afortunadamente, lo único que les interesaba era escapar. Tenían que actuar con rapidez, atacarlos por sorpresa. La situación era crítica. En ese momento, Raven se escabulló. El caballero intentó detenerla.

—¡Raven! ¡Vamos a subir por el mecanismo!

Raven asintió para demostrar que había comprendido; seguidamente, hizo una mueca imitando a los draconianos y se llevó ambas manos al cuello.

—Cuando nos acerquemos —le gritó Lincoln—, deslízate hasta donde puedas ver la marmita. Cuando comience a bajar me haces una señal. Atacaremos cuando llegue al suelo.

Raven asintió con la cabeza.

—¡Díselo a John! —gritó Lincoln casi sin voz de tanto chillar. Raven asintió de nuevo y corrió en busca del enano.

Lincoln enderezó su dolorida espalda y continuó caminando por la calle. Observó que en el patio había unos veinte o veinticinco draconianos esperando la marmita que los pondría a salvo. Se imaginó la confusión que debía reinar allá arriba; montones de draconianos amenazando y maltratando a los atemorizados enanos gully, obligándolos a entrar en la marmita. Esperaba que la caótica situación se prolongase. Lincoln vio a los gemelos a la entrada del patio, envueltos en sombras. Se reunió con ellos, mirando nervioso hacia arriba, pues seguían cayendo pedazos de roca. Entre la polvareda y la niebla apareció Drogo. El caballero se dispuso a ayudarlo pero el bárbaro le miró como si no le hubiese visto en su vida.

—Trae a Lexa aquí. Puedes tenderla en el suelo y descansar un rato. Pensamos utilizar el mecanismo para subir, y tendremos que pelear. Espera aquí. Cuando demos la señal...

—Haz lo que debas —le interrumpió Drogo con frialdad. Depositó con delicadeza el cuerpo de Lexa en el suelo y se derrumbó a su lado, ocultando el rostro entre sus manos.

Lincoln dudó. Cuando iba a arrodillarse junto a Lexa, llegó John y se situó junto a él.

—Es mejor que vayas. Yo la cuidaré —se ofreció el enano. Lincoln asintió agradecido. Vio que Raven cruzaba el patio y desaparecía por una puerta. En el elevador, envueltos en aquella bruma, los draconianos chillaban y maldecían, como si así pudiesen acelerar el descenso de la marmita.

John le dio un golpe a Lincoln en las caderas.

—¿Cómo nos las arreglaremos para luchar contra todos ellos?

—No nos las vamos a arreglar, tú te quedarás aquí con Drogo y Lexa. Bellamy y yo nos ocuparemos de esto —añadió, deseando poder creer en lo que decía.

—Yo también —susurró la maga—. Aún poseo mis encantamientos. —El caballero no respondió. Desconfiaba de Octavia y de su magia, pero a pesar de ello, no tenía otra opción: Bellamy no combatiría sin tener a su hermana a su lado. Tras atusarse los bigotes, Lincoln, intranquilo, comenzó a preparar su espada. Bellamy flexionaba los brazos, abriendo y cerrando sus inmensas manos. Octavia, con los ojos cerrados, intentaba concentrarse. Monroe los observaba con los ojos muy abiertos y expresión asustada, escondida en un hueco que había en la pared.

De pronto apareció ante sus ojos la marmita, llena de enanos gully. Tal como Lincoln esperaba, los draconianos comenzaron a luchar entre ellos, pues ninguno quería quedarse atrapado abajo. El suelo comenzó a resquebrajarse y el pánico aumentó. El agua comenzó a fluir por las grietas. La ciudad de Xak Tsaroth pronto descansaría en el fondo del Nuevo Mar. Cuando la marmita llegó al suelo, los enanos gullys saltaron fuera y salieron corriendo. Los draconianos intentaron subirse, pegándose y empujándose unos a otros.

—¡Ahora! —gritó el caballero.

—¡Salid! ¡Apartaos! —siseó la maga sacando un puñado de arena de uno de sus bolsillos y arrojándola al suelo mientras susurraba: Ast tasark sinuralan krynaw, y trazaba con su mano derecha un círculo en dirección a los draconianos. Primero fue uno, y después algunos más los que parpadearon y cayeron al suelo dormidos, pero otros continuaron en pie, mirando a su alrededor alarmados. La maga se ocultó en el marco de una puerta y al no verle, los draconianos se volvieron otra vez hacia la marmita, pasando, en su frenética huida, sobre los cuerpos de sus camaradas dormidos. Octavia se recostó sobre la pared y, fatigada, cerró los ojos.

—¿Cuántos quedan? —preguntó.

—Sólo unos seis —respondió Bellamy desenvainando la espada.

—¡Vamos a intentar meternos en la maldita marmita! —gritó Lincoln—. Regresaremos a buscar a Lexa cuando haya finalizado la lucha.

Los dos guerreros, protegidos por la niebla y con las espadas desenvainadas, cubrieron en pocos segundos la distancia que les separaba de los draconianos. Octavia los siguió. Lincoln lanzó su grito de batalla y los draconianos se giraron sorprendidos.

Drogo alzó la cabeza.

El rumor de la batalla sacó al bárbaro de su ensimismamiento. Imaginó a Daenerys ante él, muriendo en la llamarada azul. La expresión mortecina de su rostro se trocó en una tan feroz y terrorífica, que Monroe, aún escondida en el marco de la puerta, chilló asustada. Drogo se puso en pie y, sin desenvainar la espada, se lanzó a la lucha. Arremetió contra el grupo de draconianos que intentaban subirse a la marmita y comenzó a matar como un león hambriento. Mataba con sus manos, retorciendo, ahogando, arrancándoles los ojos a sus adversarios. Los draconianos lo herían con sus espadas, por lo que pronto su túnica de cuero estuvo empapada en sangre, pero esto no le detenía. Continuó matando. Su expresión era la de un loco. Los draconianos veían la muerte en su mirada...

Lincoln, después de derrotar a un oponente, alzó la mirada convencido de que vería a seis draconianos más abalanzándose contra él. En su lugar, vio que los enemigos desaparecían entre la niebla, huyendo para salvar sus vidas. Drogo, chorreando sangre, se desplomó.

—¡El mecanismo! —señaló la maga. Pendía a unos dos pies del suelo y estaba comenzando a ascender otra vez. La otra marmita comenzaba a descender repleta de enanos gully.

—¡Detenedla! —chilló Lincoln. Raven salió del lugar donde se hallaba escondido e intentó alcanzarla. Se quedó colgada, su cuerpo balanceándose, intentando desesperadamente evitar que la olla vacía siguiera subiendo.

—¡Bellamy! ¡Ayúdala! —le ordenó Lincoln al guerrero—. ¡Yo traeré a Lexa!

—Puedo retenerla, pero no por mucho tiempo —gruñó el gigante agarrando el borde de la marmita e intentando clavar sus pies en el suelo. Consiguió que el mecanismo se detuviese. Raven se metió en la marmita, esperando que su pequeño cuerpo ayudara a hacer contrapeso.

Lincoln corrió hacia donde estaba Lexa. John estaba a su lado, hacha en mano.

—¡Está viva! —gritó el enano cuando vio que el caballero se acercaba.

Lincoln hizo una breve pausa para agradecérselo a los dioses y luego, junto con el enano, levantaron el cuerpo inerte de la semielfa y la transportaron a la marmita. La depositaron en el interior y se dirigieron hacia donde estaba Drogo. Fue necesaria la fuerza de cuatro de ellos para levantar el pesado y sangriento cuerpo del bárbaro y llevarlo hacia el elevador. Raven intentaba, sin mucho éxito, detenerle la hemorragia con uno de sus pañuelos.

—¡Apresuraos! —urgió Bellamy. A pesar de todos sus esfuerzos, la marmita se iba elevando lentamente.

—¡Sube a ella! —le ordenó Lincoln a Octavia.

La maga le miró con frialdad y, dándose la vuelta, volvió a internarse en la niebla. En pocos segundos reapareció, llevando a Monroe en sus brazos. El caballero agarró a la encogida enana gully y la metió en la olla. Monroe, gimoteando, se acurrucó en un rincón, apretando contra su pecho la bolsa que llevaba. Octavia trepó al interior y la marmita siguió elevándose.

—Tu turno —le ordenó Lincoln a Bellamy, pues el caballero, como de costumbre, sería el último en abandonar el campo de batalla. Bellamy lo sabía y no discutió. Tomando impulso, saltó y se encaramó en la marmita, casi derribándola. John y Octavia lo ayudaron a subir. Al dejar de sujetarla, la olla comenzó a ascender rápidamente. Lincoln se agarró a ella con ambas manos y se quedó colgado mientras iban subiendo. Después de dos o tres intentos, consiguió subir una pierna y luego trepar con la ayuda de Bellamy. El caballero se arrodilló junto a Lexa y se sintió aliviado al ver que la semielfa se desperezaba y bostezaba. Abrazándola afectuosamente le dijo:

—No sabes lo feliz que me siento de que estés aquí.

—Drogo... —murmuró Lexa atontada.

—Está aquí. Salvó tu vida, salvó las vidas de todos nosotros —Lincoln hablaba rápidamente, casi incoherentemente—. Estamos en la marmita, subiendo. La ciudad está destruida. ¿Dónde estás herida?

—Siento como si tuviese las costillas rotas —encogiéndose de dolor, Lexa miró a Drogo, quien seguía consciente a pesar de sus heridas.

—¡Pobre hombre! —dijo Lexa en voz baja—. Pobre Daenerys. La vi morir, Lincoln. No pude hacer nada para evitarlo.

Lincoln ayudó a la semielfa a ponerse de pie.

—Tenemos los Discos —dijo con firmeza—. Esto es lo que ella anhelaba, por lo que ella luchó. Los he guardado con mis cosas. ¿Estás segura de que te puedes poner en pie?

—Sí —respondió Lexa respirando con dificultad—. Tenemos los Discos, ya veremos si eso nos trae algún bien.

Unos agudos chillidos los interrumpieron cuando la segunda marmita, repleta de enanos gully, se cruzó con la suya. Los gully agitaron los puños y maldijeron a los compañeros. Monroe se rió, pero luego su expresión se tornó seria y preocupada. Miró a la maga, quien, agotada, se recostó contra uno de los lados de la marmita y comenzó a mover los labios en silencio, murmurando las palabras de un nuevo encantamiento.

Lincoln intentó mirar a través de la neblina.

—Me gustaría saber cuántos habrá arriba —dijo.

Lexa siguió su mirada.

—Espero que la mayoría haya huido —dijo conteniendo la respiración y llevándose las manos al dolorido pecho.

De pronto la marmita dio un bandazo, descendió un poco, volvió a sacudirse y luego, lentamente, continuó ascendiendo. Los compañeros se miraron preocupados.

—El mecanismo...

—O está empezando a fallar, o los draconianos nos han reconocido y están intentando destruirlo —dijo Lexa.

—No podemos hacer nada —dijo Lincoln en tono de amargura e impotencia, bajando la mirada hacia la bolsa en la que estaban los Discos—, excepto rezarle a los dioses...

La marmita se estremeció una vez más y descendió un poco. Durante unos segundos volvió a detenerse, oscilando en medio de la neblina. Luego, comenzó a subir de nuevo, lentamente, a trompicones. Los compañeros ya podían divisar el borde del saliente de roca y la abertura que se les aproximaba. La marmita ascendió pulgada a pulgada, chirriando, mientras los compañeros observaban cada eslabón de la cadena de la que pendía la gran olla que les llevaba.

—¡Draconianos! —chilló Raven señalando hacia arriba.

Dos draconianos los observaban agachados, dispuestos a saltar sobre la marmita en cuanto ésta estuviera más cerca.

—¡Van a saltar! ¡La cadena no aguantará! —rugió John—. ¡Nos estrellaremos!

—Seguramente es lo que quieren conseguir, ellos tienen alas.

—Dejadme sitio —dijo Octavia poniéndose en pie.

—¡Octavia, no lo hagas! —su hermano la agarró por el brazo—. Estás demasiado débil.

—Creo que me queda fuerza para un encantamiento más, pero quizás no funcione. Si se dan cuenta de que soy maga, tal vez sean capaces de resistir mis poderes.

—Escóndete detrás del escudo de Bellamy —le dijo Lexa rápidamente. El guerrero colocó el escudo delante de su hermana.

La niebla se arremolinaba a su alrededor, ocultándolos de los draconianos, pero evitando también que ellos pudiesen ver a sus enemigos. La marmita subía, pulgada a pulgada, la cadena chirriaba pero seguía funcionando. Octavia seguía escondida detrás del escudo de Bellamy, observando con sus extraños ojos y esperando que la niebla se disipase.

Lexa sintió que un aire fresco le acariciaba las mejillas. Por un instante, un soplo de brisa despejó la neblina. ¡Los draconianos se hallaban tan cerca que alargando el brazo podrían tocarlos! Las criaturas también los vieron; una de ellas desplegó las alas y descendió hacia la marmita, blandiendo su espada y aullando triunfante. Octavia habló. Bellamy retiró su escudo y la maga extendió sus dedos. Una bola blanca salió despedida de sus manos golpeando al draconiano en el pecho. La bola explotó y envolvió a la criatura en una sustancia pegajosa. Su grito de triunfo se convirtió en un alarido terrorífico cuando comprendió que la sustancia había paralizado sus alas. Cayó en picado, rozando la marmita en su caída. La olla comenzó a moverse, tambaleándose.

—¡Aún queda otro!—jadeó Octavia cayendo de rodillas.

—Bellamy ayúdame a levantarme, ¡ayúdame a levantarme! —La maga comenzó a toser violentamente, escupiendo sangre.

—¡Octavia —le rogó su hermano, soltando el escudo e intentando sostenerla. —¡Detente! No puedes hacer nada más. ¡Si lo intentas morirás!

Una severa mirada de la maga fue suficiente. El guerrero sujetó a su hermana mientras ésta comenzaba a hablar de nuevo en el misterioso lenguaje de la magia.

El draconiano que quedaba titubeó, oyendo aún los alaridos de su compañero al caer. Sabía que la humana era una hechicera, pero no creía poder resistirse a su magia. Aquel humana no era como ninguno de los hechiceros con los que se había enfrentado anteriormente; aunque su cuerpo pareciera débil, casi moribunda, de ella emanaba un halo de poder inmenso.

El mago levantó la mano en dirección a la criatura. El draconiano les dirigió una última y perversa mirada, luego dio media vuelta y huyó. Octavia se desplomó inconsciente en los brazos de su hermano y la marmita llegó finalmente a la abertura.