¡He vueltoooo! Muchas gracias por sus comentarios del capítulo anterior, me alegra que hayan apreciado que Yoh haya recibido su merecido premio jajaja Ya estamos cerca del final, así que si tienen peticiones, leeré felizmente! Algunos de ustedes ya me han hecho sugerencias, y créanme que están contempladas en los capítulos que quedan yujuuu! Gracias a todos los lectores por acompañarme en esta historia. Espero que les guste este capítulo de fluff familiar a.k.a, "Cuando los gemelos están peleados"
Capítulo 22
La pelirroja ya estaba lista. Su uniforme lucía desprolijo, pero no le interesaba demasiado. Iba al instituto a estudiar, no a modelar. Matty volteó a ver a Hao, quien se mantenía sentado en el comedor, con el ceño fruncido y la cara apoyada sobre una mano.
—¿En serio vas a faltar a clases? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—No tengo mi uniforme, Mattilda, y no planeo ir con una de tus faldas.
—Te dije que debo tener un pantalón del instituto por ahí, sólo hay que buscarlo.
El castaño no estaba interesado en usar la ropa de un desconocido, y conociendo a su amiga, esa prenda no estaría en el mejor estado.
—Me quedaría contigo, pero no quiero arriesgarme ir a la escuela de verano otra vez.
—Está bien, Matty —respondió él, poniendo sus ojos marrones sobre los suyos—. No pasa nada. Ve, o llegarás tarde.
—Ok… —cruzó los brazos, caminando hacia la puerta de su casa—. Papá estará por aquí a las doce, así que tienes que irte antes de que llegue.
—Tu papá me adora.
—No realmente.
Por primera vez en la mañana, Hao sonrió. Matty lo imitó, abriendo la puerta.
—Mattilda
La pelirroja volteó a verlo, sorprendida por la sinceridad en sus ojos.
—…gracias por dejarme pasar la noche aquí.
Ella se encogió de hombros, sonriendo ampliamente.
—No me lo agradezcas, es lo que hacen los amigos.
—A pesar de las circunstancias, tus ronquidos, y tus patadas, fue agradable.
Matty rio, guiñándole un ojo. Desapareció detrás de la puerta, dejando al Asakura solo en el departamento. Varios meses atrás, Hao frecuentaba ese lugar mucho más a menudo. Eran él, Matty y Marion. Ocasionalmente Kanna, quien pedía permisos en sus trabajos de medio tiempo, exclusivamente para pasar un buen rato con sus amigos más jóvenes.
Aprovechó la soledad para echarse sobre la mesa del comedor. Era una costumbre que encontraba de mal gusto, reprochando a su gemelo cada vez que lo veía recostado sobre alguna superficie de esa forma. Frunció el ceño.
Recordó los sucesos del día anterior. Su verborrea sin censura, revelando un lado oscuro de él que solía reservar para sí mismo. Pensó en la cara de su gemelo, y en sus ojos llenos de desprecio. De seguro habrían parecido dos gotas de agua al mirarse con tanto odio recíprocamente.
Hao frunció los labios. ¿Cómo es que Yoh se había atrevido a hablarle así? La impertinencia. La osadía. Era el menor. Era un mocoso.
Un mocoso que lo tenía todo. Una novia, un hijo. Un trabajo. Amigos. ¿Por qué tenía una vida tan completa? Lo había arruinado todo siendo un padre adolescente, y, aun así, lo tenía todo.
El Asakura presionó los puños. Él había cometido el mismo error que Yoh, pero su ex novia lo libró rápidamente del problema, como si nada hubiese pasado. Le había regalado la oportunidad de continuar con su vida, libre, despreocupado, sin ninguna atadura. ¿Por qué tendría que comparar su presente con el de su gemelo? Era obvio que Hao había salido beneficiado…
O tal vez, no era así.
El resentimiento que Hao había guardado por tanto tiempo inundó su pecho. Yoh tenía a Hana. Se había convertido en padre antes que él, y era bueno. Mucho mejor de lo que él hubiese sido con un bebé de Marion. En las palabras de Horo Horo, Hao no era material de padre. Tendría que conformarse, contemplando a su hermano teniendo la vida que a él le habían robado.
Inhaló profundamente, y se levantó de la silla. No servía de nada seguir perdiéndose en reflexiones absurdas. Tenía que hacer algo al respecto su situación actual, y eso no involucraba pedirle perdón a Yoh.
Anna se encontraba secando el cuerpo de su bebé. Hana parecía haber disfrutado su baño, mirándola con atención mientras ella continuaba retirando cualquier rastro de humedad de su rosada piel.
La rubia estaba sola con su hijo, ya que Yoh había salido temprano al instituto. En realidad, no fue tan temprano. Se quedó dormido por… trasnochar, corriendo al salir de su casa para no quedar fuera de la clase de la mañana. Si querían aprobar el examen para terminar con sus estudios antes, tendrían que aprovechar cualquier instancia para repasar cada asignatura.
A pesar de la radiante sonrisa con la que el Asakura despertó esa mañana, Anna notó que Yoh parecía perderse en sus pensamientos cuando creía que ella no lo estaba viendo. Su expresión feliz desaparecía, mostrándose afligido.
—Es por culpa de tu tío —le susurró a Hana, quien alzó la mirada sonriendo—. Ese tonto molestó a tu papá ayer.
El bebé alzó sus brazos, y Anna le sonrió. Lo llevó envuelto en una toalla, limpio y seco, para cambiarle la ropa. Revisó algunas de las prendas que los amigos de Yoh le habían llevado de regalo a Hana. La rubia enarcó una ceja cuando vio un traje entero de tigre. Sacudió la cabeza, buscando entre la ropa que Tamao le había llevado. Apreciaba el gusto de la muchacha, mucho menos estrafalario que el de los chicos.
Hana ya estaba listo para su ardua jornada, soltando un largo bostezo. Anna rio, cargándolo entre sus brazos. No llevaba más de una hora despierto y ya estaba listo para otra siesta, un rasgo que de seguro había adquirido de Yoh. Lo meció por breves minutos, cantándole hasta que se quedó dormido.
Con el bebé de vuelta al mundo de los sueños, Anna tendría tiempo para estudiar. En la habitación, mientras Hana se encontraba en su cuna, la rubia se dedicó a sacar un par de libros, sentándose frente al escritorio. Leyó hasta que sintió la puerta en el primer piso abriéndose, arqueando una ceja intrigada. Yoh estaría en el instituto hasta las doce, así que era fácil concluir quién acababa de llegar.
La rubia frunció el ceño y suspiró, levantándose de su sitio. Antes de abandonar la habitación, le echó un vistazo a Hana, asegurándose de que estuviese durmiendo aún. No deseaba que su bebé despertara con los gritos de su tío, por lo que cerró la puerta.
—Eres muy descarado al venir de esa forma —le dijo al castaño, encontrándose con él en la escalera.
—Es mi casa. No tengo que pedirte permiso para venir. Si me disculpas, Anna, deseo buscar algunas cosas en mi habitación. ¿Podrías moverte?
—Si no quiero hacerlo, ¿vas a empujarme otra vez?
Él la miró fijamente, con una expresión extraña en el rostro. En un principio, sus ojos brillaron con culpa, pero rápidamente volvió la seriedad a sus ojos, sonriendo cínicamente.
—Como desees —masculló, subiendo de todas formas.
Anna lo observó con severidad, bloqueando su paso cuando alcanzó el escalón que estaba frente a ella. La sonrisa de Hao desapareció, sujetando con ambas manos de los brazos a la rubia, moviéndola hacia un lado con facilidad. Continuó subiendo tranquilamente, dejando a Anna en la escalera con las mejillas rojas de furia. ¿Quién se creía para tocarla, retirándola del camino como si fuera un objeto?
Ella lo siguió hacia el segundo piso, y, cuando él tenía la mano puesta en la perilla de la puerta de su cuarto, ella lo sujetó de la muñeca. Hao la miró hastiado.
—¿Qué es lo que…?
Lo abofeteó como nunca había golpeado a nadie. Toda su fuerza se concentró en la palma de su mano, chocando contra la mejilla de Hao en un rápido movimiento.
—Esto es por lo de ayer —le dijo, observando sus ojos de sorpresa y furia dirigidos a ella.
Vio la mano del castaño temblar con emociones retenidas cubrir su mejilla enrojecida. ¿Debería sentir lástima por él? No.
Caminó hacia él, tomándolo de los hombros, dándole un rodillazo en la entrepierna. Lo escuchó quejarse, cayendo al piso. Anna cruzó los brazos, poniéndose de pie junto a él.
—Y eso fue por hoy.
Hao le dirigió una mirada llena de desprecio, la ira filtrándose a través de sus ojos marrones. La rubia sabía que él deseaba vengarse, y que si no se tratara de ella tal vez se hubiese levantado, lanzándole los insultos más venenosos que estuviesen disponibles en su vocabulario. Anna dio un paso, parándose firmemente frente al castaño, sus ojos miel clavados sobre los de él.
—Puse mi fe en ti. Pensé que serías más sabio, y que jamás cometerías un error tan estúpido como para ofenderme a mí y a mi familia.
Él esbozó una sonrisa irónica y quebrada.
—¿Tu familia? —preguntó, riendo amargamente—. Veo que siempre tuve la razón. No hago más que sobrar en su repulsivo hogar feliz.
Anna sabía que él intentaba de fastidiarla, que deseaba demostrar aversión hacia ella y hacia el resto de los miembros de su familia. Sin embargo, sólo vio un chico roto, tirado en el piso como la basura que se sentía. Ella inhaló y exhaló profundamente.
—Idiota.
Extendió su mano hacia el Asakura, quien miró confundido y desconfiado.
—Levántate, ¿o piensas quedarte ahí todo el día?
El castaño unió el entrecejo, extrañado por la repentina amabilidad de la rubia. Resopló resignado, ya la había enfadado, y lo último que necesitaba era otro golpe en la entrepierna. Sujetó la mano de Anna, levantándose con dificultad.
—¿Dónde demonios aprendiste a golpear así? —preguntó, muy consciente de que tendría problemas para caminar el resto del día.
—La vida —contestó ella, soltando la mano del muchacho—. Tienes mucho que explicar, Hao.
—No realmente.
—No vuelvas a provocarme, o necesitarás otro par de testículos.
Hao arqueó una ceja, aunque no podía juzgarla. Estaba seguro de que su hermano le habría relatado detalladamente qué ocurrió entre ellos, y conocía a Anna lo suficiente como para saber que él no era su persona favorita en ese preciso momento. Suspiró. No podría salirse con la suya, al menos no teniendo a la rubia cerca de él, esperando de brazos cruzados a que él hablara.
—Yoh es un hipócrita —comenzó, sabiendo al instante que Anna querría golpearlo de nuevo. Aun así, se mantuvo quieta, sus ojos serios fijos en él—. Ayer trató de decirme qué era lo correcto, siendo que es la persona menos indicada para hablarme de eso. No puede hablarme de ética ni moral cuando él no tiene idea de sus definiciones. Suele equivocarse a menudo, pero tiene gente que está dispuesta a encubrir sus errores.
—Hao, estás tan obsesionado con tener la razón que no te das cuenta de la estupidez que estás diciendo.
La certeza en la voz de Anna lo obligó a sonreír, incluso cuando lo estaba reprochando. Ella negó con la cabeza al ver esa expresión, sintiéndose forzada a hacerlo entender.
—En primer lugar, Yoh asume cada vez que ha cometido algún error. Siempre que se equivoca, es honesto al respecto, y se hace responsable de lo que sea que haya hecho. Sí, tiene la suerte de tener gente que lo apoya, porque él es abierto y está dispuesto a mejorar y a aprender —inhaló una gran bocanada de aire, preparándose para continuar—. En segundo lugar, tú eres el hipócrita. Intentaste recriminarlo y avergonzarlo por ser un padre adolescente siendo que pasaste por la misma situación.
Hao abrió la boca, indignado. No creyó que ella utilizaría su conocimiento sobre ese tema en su contra, y se maldijo por haberle confiado esa información que ni siquiera Yoh manejaba. Aun así, lo que Anna le acababa de decir no carecía de lógica. No por eso él lo admitiría en voz alta.
—Aprecio que me expliques tu punto de vista, Anna. Aun así, lo que ocurrió ayer fue algo entre mi hermano y yo. Por eso, no considero necesario continuar hablando del tema contigo.
—Cuando hablas mal de mi novio y de mi hijo, y cuando me empujas como un maldito cretino, estás involucrándome.
—Nunca hablé mal de Hana, y no exageres, apenas te pasé a llevar.
—¿No fuiste tú quien le dijo a Yoh que todo lo que hacíamos era por nuestro "pequeño error"?
—Me refería más a tu embarazo que a Hana… Aunque sí, termina siendo lo mismo, no lo niego.
—Que encantador —la rubia negó con la cabeza, soltando un suspiro—. Bien. ¿Qué piensas hacer ahora?
Él alzó una ceja. Anna frunció los labios, comenzando a perder la paciencia rápidamente.
—¿Piensas que puedes volver como si nada hubiese ocurrido?
—Vine a buscar algunas cosas. No tengo interés de quedarme aquí cuando sé que no soy bienvenido.
—Entonces, ¿prefieres irte antes que pedirle perdón a Yoh? —preguntó ella, sonriendo ligeramente—. Hao Asakura, eres un completo imbécil.
—No tengo por qué disculparme con él —contestó con simpleza, caminando en dirección a su habitación nuevamente—. Aunque… siento haberte empujado. Y lamento si ofendí a Hana de alguna manera, aun cuando no tiene idea de qué es lo que pasa a su alrededor.
Anna lo miró de pie frente a la puerta de su alcoba, notando en arrepentimiento en sus ojos. Supuso que, a pesar de sentirse mal, era demasiado terco para admitir que tenía que hacer las paces con su hermano. Prefería desaparecer que demostrar que se había equivocado, y ese pensamiento le causó gracia a la rubia. Todo lo que le había reclamado a su gemelo no eran más que proyecciones de sus propias inseguridades. En lugar de insultarse a sí mismo, se descargó con Yoh. Negó con la cabeza; no valía la pena desgastarse con alguien tan obstinado.
Ella caminó hacia su habitación, para reanudar sus estudios. Escuchó que, después de que Hao abrió la puerta de su alcoba, no entró de inmediato. Anna volteó para verlo, sonriendo satisfecha cuando vio su rostro de repulsión examinando con la mirada el lugar.
—Espero que disfrutes tu castigo por actuar como un cretino.
—…voy a quemar cada mueble en esta habitación, lo juro.
Como todos los días de escuela, Yoh llegó a su hogar para cuidar a Hana, mientras que Anna se preparaba para ir al instituto media jornada durante la tarde. El castaño no apreciaba llegar a su casa para encontrarse con el tutor de su novia. Era un tipo desagradablemente atractivo, y mayor, y el hecho de que tratara al Asakura como un niño lo hacía sentir incómodo.
Se encontraron en la entrada, cuando Yoh se quitaba los zapatos. El castaño alzó la mirada, encontrándose con el rostro sonriente del moreno.
—Buenas tardes, chico —saludó el joven, poniéndose sus zapatos junto al menor—. ¿Qué tal la escuela?
—Bien, supongo —contestó Yoh, forzándose a hablar sin apretar los dientes.
—Me alegra —el moreno sonrió con los ojos—. Es una pena que planeen terminar la secundaria antes de tiempo. Se seguro lo pasas muy bien con tus amiguitos en el instituto.
Yoh frunció los labios, optando por despedirse ahí mismo de Tabarsi. No solía ser tan cortante, pero no quería seguir hablando con él. Caminó hacia la cocina, encontrándose con Anna, que tenía puesto su uniforme escolar. El desagrado desapareció rápidamente cuando la rubia volvió a verlo.
—Llegaste más temprano —dijo ella, guardando un par de libros dentro de su bolso.
—Sólo unos minutos —contestó Yoh, mirando a su alrededor— ¿Y Hana?
—Acabo de dejarlo en su cuna, ya sabes lo mucho que adora dormir.
El castaño rio, sonriendo con orgullo.
—Claro, es mi hijo. No iba a esperar otra cosa.
Anna rodó los ojos. Comenzó a hablarle a su novio, dándole las típicas instrucciones innecesarias sobre el cuidado de Hana mientras ella estuviera en el instituto. Yoh asentía sin escuchar ninguna palabra. Estaba demasiado embobado recordando escenas de la noche anterior, pensando en cuándo se repetiría.
—…y luego se fue. Armó una mochila con un par de cosas y se marchó.
—Ahá.
Ella frunció el ceño, extrañada por la sonrisa en el rostro de su novio.
—Yoh, ¿escuchaste algo de lo que te dije?
—Por supuesto.
Su semblante de enfado se profundizó aún más, y fue suficiente para que el Asakura intentara de volver a la realidad. Soltó una risa nerviosa, y se rascó la cabeza.
—Está bien, me distraje un poco —confesó, apoyándose sobre la pared—. ¿Podrías repetirlo?
Anna resopló, caminando hacia el castaño con los brazos cruzados.
—Dije que Hao vino más temprano y se fue sin intenciones de volver.
—Oh…—la sonrisa de Yoh desapareció sin disimularlo—. Bien.
—¿Bien? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—¿Qué quieres que haga?
—Lo que consideres que sea correcto.
—Anna…
—No puedo decirte qué hacer, Yoh. Ayer no permití que fueras tras él porque no pensabas con claridad. Ya no hay necesidad de que yo intervenga, y no deseo influenciar tus decisiones. Lo único que puedo decirte, es que deberían conversar.
—No quiero hablar con Hao —respondió, haciendo un mohín mientras cruzaba los brazos—. Ni tampoco seré yo quien lo busque para dialogar cuando es él quien metió la pata.
Ella sonrió sutilmente, caminando hacia Yoh hasta quedar a escasos centímetros de él.
—Sea lo que vayas a hacer, espero que no te guíes por la rabia ni por el orgullo. Si vas por ese camino, terminarás pareciéndote a Hao mucho más que en lo físico —se levantó, dándole un beso en la mejilla—, y lo último que deseo es que mi novio sea un idiota.
El castaño rio, atrayéndola con una mano detrás de su cintura.
—Descuida, no tengo intenciones de convertirme en una copia suya.
—Más te vale… —respondió, rodeando el cuello de Yoh con los brazos—. O no dejaría que me pusieras un dedo encima.
—Es una excelente motivación para seguir comportándome bien.
La distancia entre sus labios fue inexistente, y ambos aprovecharon los escasos minutos que tenían para besarse, olvidando sus obligaciones y el drama fraternal. Él la acercó aún más a su cuerpo, casi como si quisiera que ambos se fundieran en uno sólo. El movimiento fue apasionado y repentino, haciendo que Anna soltara un sonido de sorpresa en la boca de su novio. Ella mordió el labio de Yoh en reproche, lo cual avivó la energía del castaño en el acto. Él la apoyó contra la pared, separándose únicamente para hablar.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Oh, no. Anna de verdad no quería llegar tarde a clases. Aun así, miró sobre el hombro de Yoh, buscando con la mirada el reloj en la pared para conocer la hora.
Yoh no podía decir que le impresionaba no haber oído noticias de su hermano. Tampoco quería decir que estuviese pensando constantemente en él. Su tiempo estaba dividido entre Hana, el estudio, y su trabajo como mesero en el restaurant. No tenía intenciones de perder ningún segundo recordando a su gemelo.
Sin embargo, no podía evitarlo.
Incluso al día siguiente, él continuaba molesto. Su hermano mayor solía presumir de su propia madurez. Pues bien, para Yoh seguía comportándose como un niñato. Ningún mensaje, ninguna llamada. Hao podría estar muerto, y su gemelo no tendría idea.
Suspiró, con el ceño ligeramente fruncido. Sabía que él sentiría si algo malo ocurriese con Hao. No era el caso, y eso lo indignaba aún más. Su hermano no tenía excusas para desaparecer así.
—Yoh —susurró Manta, quien se encontraba sentado junto a él —¿Estás bien?
El castaño parpadeó perplejo, notando que su rostro de seguro había hecho obvias sus emociones. Era inútil mentirle a su mejor amigo, así que no intentaría esconder la verdad.
—Hao no ha vuelto a casa desde que discutimos, y no tiene intenciones de arreglar las cosas.
—Oh, ya veo —el rubio sonrió apenado—. Lamento que sigan peleados, aunque creo que hiciste bien al retarlo aquel día. Actuó como un patán.
—No estoy arrepentido, ¿sabes? Sólo creí que él ya se habría acercado para solucionar este asunto —dio una media sonrisa, apoyando el mentón sobre una mano—. Que tonto. De todas las personas, soy el que menos debería tener ese tipo de ilusiones con Hao. Soy quien más lo conoce.
—Asakura, Oyamada, silencio.
Ambos amigos miraron avergonzados en dirección al profesor. Tendrían que dejar la conversación para más tarde. Afortunadamente, el receso llegó unos minutos después. Los amigos caminaban por el pasillo, aprovechando de conversar mientras caminaban hacia otro salón.
—Ya te lo dije —repitió Ren, cansado de las insistencias de Horo—, no me molesta que ella esté metiéndose con otros tipos. Lo que me irrita es que ha tratado de convencerme de que volvamos a salir, ¿qué tan interesada está en mí si está acostándose con otras personas por ahí?
—Tal vez lo hace por despecho —dijo el Usui, encogiéndose de hombros—, o por soledad. Digo, hay gente que prefiere la compañía de un desconocido a una cama fría.
—No me importan sus razones —respondió el de ojos ámbar—. Me alegra saber que tomé la decisión correcta.
—¿Aunque lleves meses sin haber tocado alguna chica?
—Mi fuerza mental va más allá de esas banalidades.
Manta los miró incómodo.
—¿Es necesario que hablen de esas cosas?
Horo Horo comenzó a reír, agachándose sobre el para darle una palmada en la espalda.
—Oh, este el único tema que dominamos mejor que tú, Manta.
Ren alzó una ceja, negando con la cabeza.
—¿De qué hablas? Jamás has estado con una chica de esa forma.
—No necesito tener citas para saber sobre eso.
—…si fuera tú, no lo diría con tanto orgullo.
El castaño comenzó a reír, haciendo que Horo lo mirara indignado.
—No te burles Yoh, no todos podemos vivir en el paraíso como tú.
Él parpadeó perplejo.
—¿Paraíso?
Fue Manta quien rio ahora, recibiendo otra expresión poco amable del Usui.
—No creo que cambiar pañales, tener un trabajo de medio tiempo e intentar de terminar los estudios antes de tiempo sea tan grato, Horo.
—No es tan malo —respondió Yoh, dando una media sonrisa.
Tanto el rubio como el de cabello violáceo intercambiaron miradas con los ojos entrecerrados. Prefirieron no ahondar más el tema, porque podrían encontrar respuestas que preferían no escuchar.
Continuaron caminando, hasta que Yoh se detuvo en medio del pasillo. Sus amigos voltearon a verlo, cuando notaron que estaba de brazos cruzados, mirando a su gemelo. Hao se encontraba rodeado de un pequeño grupo de personas, sus ojos indiferentes puestos en dirección a su hermano menor.
Yoh inspiró profundamente.
—Luego los alcanzo —dijo, sin demasiado ánimo.
Sus amigos se miraron, asintiendo. Hao les habló a las personas que lo acompañaban, quienes también asintieron y se alejaron después de que terminó su oración. Como un espejo, el mayor cruzó los brazos sobre su pecho, caminando hacia Yoh con un rostro inexpresivo.
La distancia se acortó entre ellos, haciendo la tensión cada vez más notoria. Era extraño estar en esa posición; frente a frente, sin sonrisas, sin complicidad. Rostros idénticos, con el ceño ligeramente fruncido.
—Veo que sigues con vida —dijo Yoh, intentando de relajar los hombros.
—No es como si decidiera lanzarme de un puente porque no estamos en buenos términos —respondió Hao, curvando la comisura de sus labios en una sonrisa irónica.
—Tú y tu humor retorcido.
—Tú y tus comentarios estúpidos.
—Supe que ayer te llevaste algunas cosas. Supongo que no planeas volver a casa.
—¿Por qué querría hacerlo? Puedo conseguir fácilmente otro lugar en donde quedarme. No hay nada que me amarre a esa casa.
Yoh frunció los labios, soltando el aire contenido por la nariz.
—¿Piensas irte? ¿Cuándo yo, Anna y Hana te necesitamos?
Hao soltó una risa. Burlona, desagradable, y quebrada.
—Oh, sí. Eso me quedó muy claro cuando decidiste echarme.
—Tú lo quisiste de esa forma. Te di dos opciones, y tú elegiste irte.
—No me arrepiento. Ya me disculpé con tu noviecita, pero contigo no tengo de qué hablar. Honestamente, ni siquiera sé por qué me acerqué a ti. Fui lo suficientemente iluso como para creer que me pedirías perdón…
—¿Pedirte perdón? —interrumpió Yoh, sin creer lo que oía—. ¿Estás demente? Tal vez todo ese cabello que tienes no permite que te entre oxígeno al cerebro.
—Yoh, así no funciona en cuerpo humano… ¿En serio crees que…?
—¿En serio crees que soy tan tonto? ¿o sólo buscas cualquier oportunidad para relucir tu conocimiento superior? Porque eso te hace quedar como un idiota. No eres tan listo como crees, ni tan maduro.
—¿Y tú sí?
—Sí, Hao. Soy lo bastante maduro como para acercarme e intentar hacer las paces, pero me lo pones tan difícil.
—¿Por qué piensas que me interesa hacer las paces contigo? —arqueó una ceja, sonriendo con sorna—. Al fin soy completamente libre. Me hiciste un favor, créeme.
Yoh se tomó del cabello, halándolo exasperado. Presionó sus puños, sintiendo la presión sobre su piel.
No, no le daría el gusto a su hermano de mostrarse alterado. Soltó sus manos, metiéndolas en el fondo de los bolsillos de su pantalón.
—Yo tendré que ser el mayor esta vez —suspiró, mirando fijamente a su hermano—. Veámonos en el café, a las dos. Arreglemos esto, o que cada uno siga por su cuenta.
—Por mí está bien así.
—Hao… Deja de hacer todo tan difícil. Yo estaré allá a esa hora. Es decisión tuya si vas. No puedo forzarte a nada.
—Por supuesto que no.
—Bien.
—¡Bien!
Ambos dieron media vuelta al mismo tiempo, la misma expresión de enfado en sus rostros. Yoh comenzó a caminar hacia su salón, odiando el sentimiento de amargura que crecía en su pecho. No sabía si era propio, o si era su hermano manifestando ese dolor en él. Cualquiera fuese la razón, era una sensación desagradable, y deseaba con todas sus fuerzas que se acabara todo de una buena vez.
No lo pensó demasiado al decirle a Hao que se juntaran durante la tarde. Tuvo que haber analizado un poco más su plan, ya que salir con Hana era similar a jugar a la ruleta rusa. Podría ser un bebé ejemplar, descansando con una pequeña sonrisa en el rostro, mientras observaba con curiosidad ese mundo inmenso y desconocido. O, podía actuar como un demonio, dirigiéndole miradas furiosas a quien osara molestarlo, lanzando sus manos empuñadas al aire con malas intenciones. Así era con Yoh, ya que su hijo parecía haber aprendido incluso a esa temprana edad que no obtendría nada con ese tipo de conductas con Anna.
El joven padre empujó el coche con dificultad entre el estrecho café. Era la primera vez desde el nacimiento de Hana que iba a ese lugar, y no pensó que fuera a ser tan tedioso tener que entrar con el transporte del bebé. Las ruedas del coche chocaron contra la mesa de una pareja. Yoh se disculpó con los afectados, echándole un vistazo a su hijo para ver si había notado el golpe. Naturalmente, el bebé le dedicó un semblante de enfado, aun así, se mantuvo en silencio, demasiado ocupado con su chupete. El castaño suspiró aliviado, y condujo a su hijo hasta una mesa desocupada.
—Bienvenido a Patch-Café. Mi nombre es Thalim y seré su… —el mesero dejó de hablar, parpadeando confundido cuando reconoció a Yoh.
—Hola Thalim, hace tiempo no nos veíamos, ¿eh?
—Pensé que te habías cambiado de ciudad o algo por el estilo —admitió el joven adulto, riendo nerviosamente—. ¿Y a quién tenemos aquí? —preguntó, inclinándose ligeramente sobre el coche—. ¿Es tu hermanito?
—Oh, este es Hana —respondió Yoh, mirando al bebé que aún parecía molesto por su torpeza—. Es mi hijo.
—Tu… —Thalim soltó una risa nerviosa, confiando en que escuchó mal—. ¿Tu que…?
—Creí que ya lo sabías… De hecho, recuerdo haber venido con mi novia, Anna, estando embarazada hace algunos meses.
—Es que… es que yo creí que había subido de peso… No quise preguntar, porque…
—Descuida, yo tampoco me hubiese atrevido a comentarlo ese día.
Recordaba perfectamente lo malhumorada que Anna estaba esa tarde. Eso fue un par de semanas previas al nacimiento de Hana, cuando ella ya estaba harta de su embarazo.
—Pues… —el mesero intentó sonreír convincentemente, a pesar de su estado de sorpresa—. Es igualito a ti.
Yoh dio una media sonrisa, sabiendo que Thalim lo decía sólo por ser amable. Ese bebé era una copia de su mamá, heredando tanto el aspecto físico como el carácter difícil.
—En fin, ¿qué se te ofrece hoy?
—Por mientras, un jugo de naranja. En realidad, estoy esperando a alguien.
Si bien el castaño continuaba con esa expresión tranquila en el rostro, sintió una punzada en el estómago. El mesero asintió y se retiró, dejando a Yoh en la compañía de su hijo.
—Ay, Hana… —Yoh se agachó, mirando a su bebé quien se mantenía concentrado con su chupete—. ¿Crees que tu tío venga?
Hana pareció alzar una de sus diminutas cejas, sin prestarle atención a su padre. Yoh negó con la cabeza ante la indiferencia de su bebé. Definitivamente era el hijo de Anna.
Yoh le ofreció su mamadera, en caso de que tuviese hambre, pero el rubio regordete dio media vuelta en su coche, dándole la espalda al castaño. Él suspiró, acomodando al bebé que al parecer estaba listo para una de sus incontables siestas.
La hora en el reloj comenzó a correr. El Asakura estaba terminando su segundo jugo cuando el reloj marcó las dos y media. Apoyó el mentón sobre una mano, mirando a través de la ventana hacia la calle. Supuso hace varios minutos que Hao no aparecería, sin embargo, tenía la esperanza de que no fuese así. Había sido un tonto al creer que su hermano dejaría de lado su ego por él.
—Perdón por traerte hasta aquí —susurró, sonriéndole tristemente a su hijo, quien se mantenía durmiendo en su coche.
Buscó con la mirada en dirección al mesero, con intención de pedir la cuenta. Fue en ese momento, cuando vio a Hao entrar por la puerta del local. Incluso a la distancia, lo vio sonreír de lado, la burla obvia en sus ojos. Su gemelo caminó hasta él, sacando las manos de sus bolsillos para mover la silla frente a Yoh para sentarse.
—No creí que traerías al pequeño monstruo —comentó, inclinándose sobre el coche para contemplar a su sobrino.
Pese al desagradable apodo, Yoh notó la sonrisa de su hermano al mirar a Hana. Hao no sabía que cada vez que miraba a su sobrino sus ojos brillaban con cariño. El menor de los gemelos dio una media sonrisa, ¿por qué es que su hermano tenía que ser así?
—Tardaste media hora.
—Me esperaste media hora —dijo el mayor, aun con los ojos puestos en el bebé—. Deberías tener algo de orgullo, Yoh.
—¿Y convertirme en un idiota como tú? —preguntó con gracia—. Creo que paso.
Hao inhaló profundamente, y volteó a ver a su gemelo.
—Basta de insultos infantiles. Querías hablar. Habla.
—Tú eres quien me debe explicaciones.
El mayor rio con ironía.
—Deja de asumir que conozco qué pensamientos pasan por esa cabecita tuya.
Yoh miró sobre el hombro de Hao, desviando sus ojos de los de su hermano. No soportaba esa expresión desafiante, y su actitud era incluso peor. Suspiró. Dada la poca cooperación de su gemelo, tendría que tomar las riendas del asunto.
—¿Qué fue lo del otro día? —preguntó, mirándolo nuevamente—. ¿Por qué de pronto actuaste tan a la defensiva?
—¿Será porque todos, incluido tú, me juzgaron injustamente?
—No digas que fue por lo de Jeanne. Apenas tuviste la oportunidad, cambiaste el tema y volteaste la situación para atacarme —acusó, frunciendo el ceño—. No te he hecho nada para que dijeras esas cosas, y si en verdad te has sentido así, pudiste habérmelo dicho en otro contexto.
—¿Algo de lo que dije es mentira? —los ojos de Hao se fijaron en los suyos, sintiéndose como dagas—. ¿Acaso no te convertiste en un padre adolescente? ¿Acaso no tienes todo un equipo detrás de ti para ayudarte, como si no fueras el culpable de tus propios errores?
—¿Ese es el problema? ¿Deseabas que todos me dieran la espalda porque tuve un hijo?
—Es lo que me hubiese ocurrido a mí.
Los labios de Yoh se separaron, sin comprender la naturaleza de ese comentario. Por algún motivo, el semblante de su gemelo ya no denotaba enfado, ni burla. Parecía herido, y no tenía sentido.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Yoh, confundido.
Hao desvió la mirada, prefiriendo observar al bebé que dormía plácidamente en su coche. No tendría que hablar de eso, ¿o sí? Después de tantos meses, debería haberlo superado. No debería ser un tema importante. ¿Entonces, por qué seguía doliendo tanto? Era inútil seguir ocultándolo.
—Porque ya me pasó, Yoh.
El mayor de los gemelos vio a su hermano incluso más extrañado. Tuvo la sensación de que Yoh tenía una ligera sospecha al respecto, pero sería mucha coincidencia como para que fuera cierto. Hao juntó ambas manos sobre la mesa, con la espalda recta contra el respaldo. Esperaba que eso disimulara la incertidumbre que sentía, ya que no sabía por dónde comenzar.
—Fue hace casi diez meses —dijo, su voz neutra—. En ese entonces, yo estaba saliendo con Marion. Tuvimos ese paseo familiar, y durante el viaje ella me llamó y dijo que se había hecho un test de embarazo que… resultó ser positivo…
¿Por qué le costaba hablar de eso? No fue tan difícil sincerarse con Anna en el pasado. ¿Por qué con Yoh era distinto?
El menor de los gemelos ya no lucía confundido. Se mantenía atento, esperando a que Hao continuara hablando.
—Apenas volvimos a Tokio, fui a verla. Sabes cómo se siente… —Hao sonrió, recordando ese día con claridad—. El miedo, la incertidumbre, el pánico, las ganas de querer huir… y la ilusión. Porque, sé que sonará completamente disparatado, pero, justo antes de que ella me abriera la puerta, lo deseé. Quise ese futuro, sin importarme lo repentino, ni lo complicado que sería. Quise lo que tú tienes ahora y… lo perdí.
—Espera, ¿estás diciendo que…?
—Cuando llegué, ya era demasiado tarde. Ella se hizo un aborto con fármacos, sin avisarme nada —sintió una presión en el pecho, e intentó de disimularlo con una sonrisa—. Nunca tuve la oportunidad de conversar con ella ni de decirle cómo me sentía al respecto.
—¿Todo esto ocurrió esa semana en que Marion se fue de Japón? ¿No fue la misma semana en que Anna y yo supimos que seríamos padres?
Hao asintió, riendo levemente cuando Yoh lo miró con incredulidad.
—Hana hubiese tenido un primo de su misma edad —respondió el mayor, echándole un vistazo a su sobrino—. O prima. Rubia tal vez, de ojos marrones o verdes. Será un misterio, supongo.
El menor de los gemelos se mantuvo en silencio, dejando caer su cuerpo sobre el respaldo de la silla. Intentó recordar ese periodo, cuando no podía creer que tendría un hijo. Tenía la impresión de que Hao le ocultaba algo, sin embargo, jamás le preguntó qué era. Con el pasar de las semanas, el asunto quedó en el olvido, concentrándose en Anna y en el viaje que ambos habían iniciado.
—¿Por qué tardaste tanto en decírmelo? —preguntó Yoh.
—¿Con qué objetivo? Primero estaba Anna y su embarazo, luego comenzaste a trabajar, y en tu tiempo libre increíblemente estudiabas. ¿Qué obtendría desahogándome contigo cuando tenías tus propios problemas?
—Dejar de sufrir en silencio —contestó su gemelo, esbozando una triste sonrisa.
—No saques conclusiones apresuradas.
—¿Por qué otra razón tendrías tanto rencor guardado hacia mí?
Hao frunció el ceño, incapaz de discutir a las palabras de su hermano. Yoh sacudió la cabeza en negación, mirando extrañado a su gemelo.
—Sabes que yo sería la primera persona en apoyarte si estuvieses en mi posición. Jamás habría permitido que atravesaras esa situación por tu cuenta.
—Descuida, Marion ya me dejó muy claro que sería un pésimo padre —sonrió más, ocultando sin éxito la amargura—. Al parecer es un pensamiento colectivo, así que no planeo intentarlo.
—Pues quien crea eso se equivoca. ¿Por qué serías un mal padre? Eres un buen hermano mayor y un gran tío.
Hao arqueó una ceja. No esperaba halagos de ese tipo, ni mucho menos mentiras.
—…Hana me detesta.
—Hana te adora, pero a su manera —explicó Yoh, encogiéndose de hombros—. Es hijo de Anna, ¿qué esperabas?
—Hmph… no lo había visto de esa manera. Desearía haberte grabado diciendo que soy un buen hermano mayor.
—Todo hubiese sido distinto sin ti—admitió el menor—. Cada vez que dudé, estabas ahí. Cada vez que lo necesité, me apoyaste y me aconsejaste. Y sí, eres pésimo en lo último, aunque valoro tus intenciones.
—¿Sabes qué gran parte de mis consejos soy sólo yo intentando de tomarte el pelo?
—Eres mi gemelo, sería un fraude si no lo supiera.
Por primera vez, en esa reunión, Hao rio con sinceridad. Rápidamente, su rostro se volvió serio, manteniendo la comisura de sus labios curvada casi imperceptiblemente. Inhaló una gran bocanada de aire, preparándose para un evento que ocurría en rara ocasión.
—Está bien. Me equivoqué —dijo, notando que el rostro de su gemelo lucía irritablemente sorprendido—. Sí, sí, ya lo sé. Fui injusto contigo. Te reclamé porque envidio lo que tienes. Oculté mi resentimiento por mucho, y acabé actuando como un auténtico imbécil. Lamento haber sido tan hipócrita, y perdona si ofendí a un miembro de tu familia…
—Nuestra familia, Hao —corrigió el menor—. Deja de hacerte a un lado. Y no tienes por qué envidiar "lo que tengo", porque tienes lo mismo. Anna, Hana, el resto de nuestra familia… estamos juntos en esto, te guste o no.
—¿Eso quiere decir que podemos compartir a A…? Era broma, era broma. Disculpa, sabes que las cursilerías me incomodan así que tuve la necesidad de arruinarlo.
—Lo sé…
—Aunque, me gustaría aprovechar la ocasión para aclarar que, si bien quiero a Anna, no tengo intenciones de…
—Lo sé…
—De hecho, cuando pasé a buscar mis cosas me la encontré. Le pedí perdón por lo del empujón, y por lo de Hana. Qué mujer, créeme, aún me cuesta caminar.
—… ¿Disculpa?
—¿No te lo dijo? Me dio un rodillazo directamente en el…
—Ahhh… —Yoh rio, sacudiendo el cuello de su camisa—. Con que eso era.
Hao lo miró uniendo el entrecejo, intrigado por el rubor en las mejillas de su hermano. Hubiese deseado indagar más, pero escuchó ruidos provenientes desde el coche interrumpiendo sus cavilaciones. Ambos castaños contemplaron a Hana estirarse, abriendo los ojos con pereza hasta que pareció notar la presencia de su tío, quien había aparecido mágicamente durante su siesta.
—Hola, diminuto —saludó Hao, sonriendo de lado cuando el rubio frunció su minúsculo entrecejo—. Vamos, no llevas ni un minuto despierto y ya estás de malas.
—Creo que es hora de llevarlo a casa… —dijo su gemelo, riendo cuando el rubio también lo miró molesto—. No podemos llegar tarde, Hana. Tu mamá nos va a matar si la hacemos pasar otro susto.
El menor se levantó de la silla, siendo imitado por su hermano.
—Entonces, ¿eso es todo? —preguntó Hao, cruzando los brazos—. ¿Estamos bien?
—Sólo si me ayudas con este tonto coche… —masculló el otro Asakura, destrabando los frenos del vehículo—. Pero sí, estamos bien. Sólo te pido que dejes de ser un idiota y me digas si atraviesas dificultades. No importa si yo estoy igual, prefiero eso a que explotes y te enojes o a que sufras y yo no lo sepa.
—Qué dulce, hermanito —respondió el mayor, poniéndose detrás del coche para guiarlo a través del café—. Aunque te lo aseguro, no pienso pasar por lo mismo otra vez.
—Pues espero que hayas sido cuidadoso esa noche con Jeanne. Por mucho que me gustaría tener sobrinos, creo que con Hana es suficiente.
Hao esperó afuera del local a su hermano, quien se encontraba pagando la cuenta. Cuando Yoh salió del café, portaba una bebida para llevar en la mano.
—¿Aceptaron el descuento? —preguntó el mayor, arqueando una ceja.
—Sí, Hao. Aquí tienes tu asquerosidad… —respondió su hermano, extendiendo la bebida—. No sé cómo toleras cosas así de calientes con este clima.
—Necesitaba algo amargo después de nuestro dulce encuentro —explicó, rodeando de los hombros a Yoh—. Para equilibrar las cosas, hermanito.
—¿Entonces, volverás a casa?
—Sí, pero necesito comprar sábanas nuevas. No está dentro de mis planes utilizar las mías, después de que tú y tu novia…
—Shh, hay un niño presente —silenció Yoh, señalando el coche de su hijo—. Además, sabes que te lo merecías.
—… ¿por qué siento que no es el único castigo que voy a recibir?
—Anna no es una mujer que perdone con facilidad —contestó el menor, mordiéndose el labio para ocultar su diversión—. Feliz regreso a casa, hermano.
—…Gracias por recibirme de vuelta. Aún así, no aprecio lo que le hiciste a mi habitación.
—No hablemos de eso.
