Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
»23
Hinata se quedó en las ruinas un buen rato después de que se fuera Neji. ¡Todo era tan confuso...! Durante las últimas semanas se había visto invadida por una tristeza que no lograba sofocar. Algo había muerto en su interior, algo que no estaba segura de querer resucitar. Algo que no sabía si podría resucitar.
Había sido muy duro para ella. Naruto parecía estar siempre donde ella estaba, aunque guardando las distancias. Por un lado, lo despreciaba, pero, por otro, lo amaba profundamente.
Era imposible no amarlo. Por más que lo intentaba, no lograba enterrar los sentimientos que él le inspiraba en lo más recóndito de su alma. Se había negado a confiar en ella cuando más lo necesitaba, pero, en aquel día luminoso y despejado, no podía contener la sensación persistente de que su primo tenía razón. A Naruto le habían hecho daño tantas veces...
¿Por qué no iba a creer que aquél era un intento más de engañarlo y humillarlo?
—Ay, Dios —suspiró. Lo cierto era que ella le había ocultado a Neji. Quizá había llegado el momento de asumir su responsabilidad en lo sucedido.
A Naruto lo sorprendió la presencia de Hinata en el comedor aquella noche. Estaba preciosa con aquel vestido azul oscuro de gasa y terciopelo, adornado con pequeñas cuentas de cristal que reflejaban la luz cuando se movía. Su melena oscura, peinada hacia atrás, le caía por la espalda en forma de sedosas ondulaciones. Estaba más hermosa de lo que recordaba haberla visto nunca.
—Me alegra que hayas decidido unirte a nosotros. ¿Te apetece una copa? —se oyó decir Naruto.
Ella sonrió tímidamente, desconcertándolo. No esperaba una sonrisa. No, aquello era lo último que esperaba.
—Un vodka, por favor —contestó con voz suave.
Desde el otro lado de la sala, Itachi, que la miraba fijamente por encima de su copa de madeira, se quedó tan atónito como Naruto. El marqués le hizo una seña a Anderson, que le sirvió la copa en silencio y se la entregó. Se dirigió a ella, agarrotado, y se le tendió.
—Gracias —dijo ella recatada. Lo miró a través de sus inmensas pestañas y se ruborizó ligeramente.
A Naruto lo perturbaba tanto aquel cambio de actitud que se consideró afortunado de haber podido darle el vaso de vodka sin que se le cayera de las manos.
—Parece que te ha sentado bien el paseo —señaló, a falta de algo mejor que decir.
Ella le dedicó una de sus sonrisas perfectas, y a él se le cayó el alma a los pies.
—Ha sido muy agradable, milord. Creo que ya lo he resuelto todo —respondió.
Naruto tragó saliva; no tenía ni idea de cómo interpretar aquella repentina serenidad.
—Le estaba contando a Naruto que el La Belle está amarrado en el puerto de Brighton. Su viaje inaugural ha sido mucho más satisfactorio de lo que esperábamos; el trayecto completo, de ida y vuelta al Mediterráneo, se ha hecho en un tiempo récord —comentó Itachi desde el otro lado de la sala. —Y otro de nuestros barcos más nuevos, el St. Lucie, está anclado en Portsmouth.
Hinata se volvió educadamente hacia Itachi y cruzó la estancia para sentarse muy delicadamente en el sofá de enfrente de él. Al cabo de unos minutos, Naruto reunió las fuerzas necesarias para trasladarse a un sitio cerca de la chimenea.
—Me encantaría verlos —comentó ella con naturalidad.
Naruto arqueó un poco las cejas mientras miraba a su amigo. No podía evitarlo; sospechó de inmediato ¿Hinata quería ver los barcos? ¿Querría comprar un pasaje para América? ¿Al continente? ¿A cualquier lugar que no fuese Konohagakure Park?
—¿Tienes previsto viajar? —le preguntó él con más sarcasmo del pretendido.
Ella le sonrió sorprendida. —No, no. Me gustaría mucho ver alguno de los nuevos diseños. Nunca he visto uno —señaló; luego bebió con delicadeza de su vodka.
Naruto e Itachi intercambiaron una mirada de cautela; no estaba del todo seguro de que ella no hubiese ideado algún plan para escapar de él, y la sola idea le partía el corazón. Tenía claro, desde el primer momento, que si ella no lo perdonaba, si lo despreciaba tanto como parecía, lógicamente la dejaría ir. Aunque eso acabara con su vida.
—Si quieres ir, yo te llevo —espetó él sin pensarlo. Notó que Itachi lo miraba, pero no lograba apartar la vista de su esposa.
Ella arqueó las cejas por encima de sus ojos.—¿Tienes previsto viajar? —inquirió inocentemente.
Naruto apuró su whisky antes de contestar—Quizá. Aún no lo he decidido.
Hinata miró su copa.—Si tuviera que viajar ahora, creo que me encantaría volver a ver el Mediterráneo —observó.
Ahí estaba. Tenía un destino en mente, un destino que la llevaría muy lejos de él. El Mediterráneo era una buena elección, pensó Naruto con sarcasmo. Por allí no podría perseguirla, como haría si eligiera el continente, o incluso América.
—¿Y qué harás con Harry? —preguntó él, adelantando acontecimientos y preguntándose si se dejaría alguna de sus cosas allí.
Hinata e Itachi se miraron perplejos.—No creo que el perro pueda viajar en barco —sonrió.
Naruto asintió con la cabeza. No lo sorprendía. No quería nada que lo recordara a él, ni siquiera su propio perro.
—¿Hay algún otro lugar al que te gustaría viajar? —quiso saber a continuación.
Naruto esperaba que le pidiera un pasaje a América, o que admitiera su verdadero deseo de dejarlo, cuando un alboroto a la entrada de la finca llamó la atención de los tres. Lord Uchiha se levantó y se acercó a una de las ventanas que daban a la gran entrada circular; luego sonrió a Naruto.
—Tu secretario ha vuelto —le dijo y, dejando su copa en la mesa, se dirigió a la puerta.
Naruto gruñó a media voz. Hinata se levantó también, por lo visto dispuesta a seguir a Itachi.
—Hinata, espera.
Ella miró expectante por encima del hombro; Naruto se levantó despacio, sin quitarle la vista de encima. Sabía lo que quería, y no la retendría en contra de su voluntad, incluso la acompañaría a casa, pero no la dejaría marchar sin que supiera que dejarla marchar lo destrozaría y que jamás dejaría de amarla.
—Si quieres volver a América, yo te llevaré...
Lo interrumpió un alboroto en el vestíbulo. Perpleja, Hinata miró a la puerta.
—¿Dónde está? ¿Dónde está mi sobrina? —bramó una voz de mujer.
Hinata hizo un aspaviento y se volvió, mirando a Naruto incrédula. —¿Tía Kurenai? —susurró atónita.
—Creo que las señoritas Mirai y Hanabi también están aquí —respondió él, exasperado.
Ella siguió mirándolo pasmada, luego, muy despacio, se dibujó en su rostro una sonrisa luminosa que le arrugó las comisuras de los ojos.
—¿Has...?
—Las he invitado, sí, si te refieres a eso.
—Pero ¿cómo?
—Con Lee y el St. Lucie —señaló, furioso por su inoportuna llegada y por el hecho de que fueran ellas y no él las que lograran hacerla sonreír así.
—¿Dónde está? —bramó de nuevo Kurenai.
Hinata dio una palmada de felicidad y se encaminó hacia Naruto. Por un instante, pensó que iba a arrojarse a sus brazos, pero no fue así, ni mucho menos. Por cómo lo miraba, por la sonrisa trémula de sus labios... Avanzó como si quisiera tocarlo, y él, instintivamente, alargó los brazos, pero la voz de Kurenai volvió a resonar en el vestíbulo.
—¡Gracias! ¡Ay, Naruto, gracias! —gritó y, dando media vuelta, salió a toda prisa de allí.
Frustrado y confundido, él permaneció inmóvil. ¿Había imaginado aquella mirada?. ¿Había querido tocarlo?.
Un coro de voces alegres recibió a Hinata en el vestíbulo. Meneando la cabeza, fue de mala gana a saludar a sus invitadas.
Su secretario lo saludó en el vestíbulo. Lee, muy demacrado, trataba de abrirse paso entre la maraña de mujeres y criados. La mujer que Naruto supuso que era su tía abrazaba a Hinata sin soltarla. Kurenai, alta, delgada y guapa, con su pelo castaño recogido de forma sencilla a la altura de la nuca, parloteaba sobre lo mucho que se había preocupado al enterarse del desafortunado incidente. Una de las mujeres más jóvenes daba vueltas despacio en medio del vestíbulo de baldosas de mármol, contemplando extasiada las paredes y el techo. Era una joven muy guapa, de ojos parecidos a los de Hinata, y llevaba el pelo castaño oscuro recogido de la forma inusual que a Hinata le gustaba. Lucía un vestido de viaje amarillo oscuro que hacía resplandecer su piel.
La otra joven era de cabello negro. También ella iba peinada como la otra y llevaba un vestido azul claro del mismo estilo. Hablaba con Itachi del viaje. Naruto miró a su amigo y sonrió cuando la joven confesó que había vomitado cuatro veces, una por la borda delante de todos los grumetes. Éste, siempre tan caballeroso, escuchaba atentamente con una sonrisa cortés.
—Milord, debe saber que nos hemos encontrado a los Terumi en Pemberheath. Tía Kurenai los ha invitado a cenar esta noche —dijo Lee con una mezcla de hastío y sarcasmo.
El gesto de agobio del secretario hizo sonreír a Naruto: parecía que fuera a desmayarse en cualquier momento.
—Le diré a Jones que esperamos a cinco invitados para cenar. —Miró a Lee, parecía más cansado de lo que lo había visto jamás. —¿El viaje ha transcurrido sin incidentes? —preguntó con sequedad.
El secretario, aún con el polvo del trayecto desde Portsmouth, puso los ojos en blanco. —Espero, milord, que el deber nunca vuelva a llamarme así —declaró solemne. —Si me lo permite, me retiro a darme un baño, que me hace mucha falta.
Naruto asintió con la cabeza y lo vio dirigirse a la escalera de mármol cojeando, una dolencia con la que su empleado no había salido de Inglaterra.
—¿Es él? —inquirió Kurenai desde la puerta. Con un brazo alrededor del hombro de Hinata, avanzó hacia Naruto, arrastrando consigo a su sobrina. —Lord Uzumaki, ¿supongo? —preguntó, mirándolo por encima de la montura de sus gafas cubiertas de polvo.
—A su servicio, señora —respondió él con una gran reverencia.
—Pues dígame dónde puedo tomarme una cerveza bien fría, señor. El viaje me ha dejado completamente seca, ¡y su cochero conduce como si nos persiguiera una tribu de indios! Vaya, vaya, es usted un diablo guapísimo, ¿eh? Más guapo que en los retratos, diría yo.
—¿Los retratos?
—¡Mamá, él no sabe nada de esos retratos! Los mandó hacer el tío para enviárselos a Hinata —informó la chica pelinegra.
—Usted debe de ser la señorita Hanabi —dijo Naruto, volviendo a hacer una reverencia.
—Ah, no —rio ella. —Yo soy Mirai.
—¿La costurera?
Ella rio con desenfado —La modista —lo corrigió con una sonrisa de complacencia y lo saludó convenientemente.
—Yo soy Hanabi —dijo la otra, saludándolo del mismo modo. —Ay, Hinata, es mucho más guapo de lo que pensábamos, ¿verdad?.
Esta, aún atrapada en el abrazo de su tía, se puso como un tomate.
—Supongo que se sorprendería mucho al ver a mi Hinata hecha toda una mujer, ¿no, joven? —preguntó Kurenai, con la cabeza ladeada mientras lo estudiaba.
—Ciertamente, señora.
—Predije que no esperaría encontrarla tan guapa y, como es lógico, acerté. ¿Qué hay de esa cerveza? ¡En Inglaterra una se muere de sed! —dijo Kurenai y, siguiendo la indicación de Naruto, empezó a arrastrar a Hinata por el pasillo.
—Ay, mamá, ¿has visto que cosas tan finas? Este hombre debe de valer millones, ¿no crees?
—De verdad, Han, qué vulgar. Luego le preguntamos a Hinata —la reprendió Mirai, y las dos jóvenes siguieron a su prima y a su madre.
Por primera vez, Naruto vio a su fornido mayordomo rondando la puerta con gesto afligido.
—Arriba esa barbilla, Jones. Los Terumi no tardarán en venir —le gritó Naruto.
Jones ni siquiera fue capaz de asentir con la cabeza y se dirigió de mala gana a la parte posterior de la casa.
Itachi, que caminaba junto a Naruto, era todo sonrisas.
—Creo que acabamos de presenciar lo que sucede cuando cuatro mujeres viven solas sin un hombre que las temple —observó.
—Me parece que a éstas no las podría templar ni Dios —afirmó Naruto muy seco.
Ya en el salón, las damas examinaban detenidamente los muebles y la decoración, hablando todas a la vez. Hinata intentaba explicar un retrato, pero Hanabi hablaba por encima de ella, jurando que el tipo del retrato se parecía al boceto de un príncipe sueco que ella había visto una vez. Kurenai, cerveza en ristre, escudriñaba un reloj de cristal muy grande y muy caro. Anderson le sirvió a Mirai un madeira; Hanabi proclamó su preferencia por el whisky. Al menos, pensó Naruto, Hinata había adquirido su peculiar hábito de forma honrada. El criado del extremo opuesto de la habitación estaba blanco como un fantasma.
—Muy bien, chicas, habrá tiempo de sobra para examinar la casa. Quiero que Hinata nos lo cuente todo de su nueva vida —anunció Kurenai y, cogiendo a su sobrina por la mano, la arrastró hasta el sofá y la obligó a sentarse tirándole enérgicamente del hombro.
Mirai y Hanabi se sentaron de inmediato a ambos lados de Hinata. Kurenai la miró expectante.
—¿Y bien? Adelante, cielo.
—N...no... ¡no sé por dónde empezar! —exclamó Hinata.
—¡Por tu boda! —Mirai casi gritó. —¿Fue un gran acontecimiento? ¿Cuántos invitados hubo?. ¿Te pusiste el vestido que te hizo Han?
—¿Fue en una iglesia muy grande? No hablas de ello en tus cartas —añadió Hanabi.
Itachi se unió a Naruto, que, con un brazo apoyado en la repisa de la chimenea, observaba la escena entre sorprendido y divertido.
—No precisamente —señaló la joven visiblemente incómoda.
—Me temo que soy el culpable de que la boda fuese más bien modesta —intervino Naruto. Su esposa se volvió hacia él, temiendo que contara la verdad. Él le sonrió tranquilizador. —Hinata llegó más tarde de lo esperado y yo debía salir para Brighton...
—¿Para Brighton? Ah, he leído mucho sobre esa localidad —exclamó Mirai, y se disponía a seguir cuando tía Kurenai le dio una palmada en el muslo para silenciarla.
—Debía salir para Brighton y no me pareció de recibo dejar a Hinata bajo mi techo sin carabina, así que nos casamos de inmediato.
Hinata sonrió agradecida.
—Ay, qué romántico —suspiró Hanabi.
—¿Ves, Hinata? Te dije que te estaría esperando. Sabía que te llevaría al altar en seguida, ¿no te lo dije? —señaló triunfante Kurenai.
—SI, tía —asintió Hinata, mirando nerviosa a Naruto con una leve sonrisa en los labios.
—¿Y después? —preguntó Hanabi.
—¿Y después?
—¡El viaje de bodas! ¿Adónde fueron, a Londres?
Hinata se agarró las faldas del vestido en un gesto que Naruto había aprendido a interpretar como una muestra inconsciente de nervios.
—Bueno, no de inmediato. ¿Por qué ir a Londres cuando se tiene una casa tan bonita como Konohagakure Park?
—Ah, cuánta razón tienes. Cuando hemos llegado a la entrada, al verlo todo tan magnífico, he pensado que había muerto e ido al cielo. Yo tampoco habría querido marcharme —declaró Hanabi asintiendo con la cabeza.
—Pero han ido a la capital, nos lo ha dicho Lee. ¿Es tan maravilloso como dicen? Mirai compró una revista en Boston donde dice que, en Londres, todas las mujeres llevan vestidos con falda de volantes. Te he hecho tres vestidos nuevos, ¡y ninguno de ellos lleva falda de volantes! — señaló Hanabi, indignada.
—Me dan igual las faldas de volantes, Han —le aseguró Hinata.
—Ya sé que a ti te da igual. Si de ti dependiera, ¡irías a todas partes con una falda vieja de muselina! Confía en mí, es lo que está de moda, y seguro que todo el mundo se ha dado cuenta ya de que tus faldas no llevan volantes, ¿no te parece, Naruto? —inquirió la chica.
Naruto procuró no mostrarse demasiado espantado por la familiaridad con que ésta lo trataba.
—No sé mucho de moda, pero me gusta el estilo único de los vestidos de Hinata.
Hanabi sonrió muy tímidamente y aceptó el cumplido de Naruto con una delicada reverencia.
—Llevas una copia del vestido color plata, ¿verdad? —preguntó Kurenai a Hinata.
—Se lo ha hecho ella misma —dijo el marqués orgulloso.
Las cuatro mujeres lo miraron sorprendidas antes de empezar a reírse a carcajadas. Las tres más jóvenes, presas de un ataque de risa, se echaron hacia atrás en el sofá, y Kurenai estuvo a punto de tirar la cerveza. Desconcertado, él arqueó una ceja y miró a Itachi, que parecía igual de perplejo
—Ay, no, milord, no lo he hecho yo. Lo ha hecho la cocinera —le explicó Hinata entre risas.
La imagen de la cocinera haciendo un vestido lo dejó pasmado.
—¿La cocinera?
—Ay, lord Uzumaki —chilló Mirai. —No pensará sinceramente que Hinata sería capaz de dar ni un pespunte aunque su vida dependiera de ello, ¿verdad? —las tres mujeres jóvenes continuaron riendo a carcajadas.
—Por lo visto, estaba equivocado —dijo él muy educadamente, y le hizo una seña a Anderson para que le sirviera un whisky, con la confianza de que el criado tuviese el sentido común necesario para ponérselo doble.
—Tía Kurenai, ¿quién se va a ocupar de la granja mientras estan fuera? —preguntó Hinata cuando dejaron de reírse.
—El señor Sarutobi —respondió la mujer como si nada, y se puso a mirar las ventanas.
—¿El señor Sarutobi? ¿No me digas que vuelve a cortejarte?
—¿Que si vuelve? ¡Si casi se ha mudado allí! —exclamó Mirai.
Con los ojos chispeantes, Hinata se volvió hacia su tía, que, para sorpresa de Naruto, parecía estar ruborizándose. Habría jurado que pocas cosas podían azorar a aquella americana.
—¿En serio? Vaya, tía Kurenai, pensaba que...
—Lo que tú hayas pensado, niña, no hay por qué repetirlo aquí. El señor Sarutobi es un perfecto caballero y se ha ofrecido amablemente a encargarse de la granja, nada más —insistió; luego miró furiosa a Mirai.
—Pero ¿qué ha sido del señor Douglas? —preguntó Hinata.
—Eso, mamá, ¿qué ha sido del señor Douglas? —dijo Mirai con una risita picara.
Naruto miró a su amigo, que parecía estar ahogándose con el whisky. Aquella conversación no era de su agrado y, por supuesto, no era una conversación que una mujer decorosa pudiese mantener delante de caballeros. Tampoco le importaba. Su percepción del decoro había cambiado drásticamente desde que Hinata había entrado en su vida. No obstante, Itachi y los criados parecían terriblemente incómodos.
—Señoras, posiblemente les apetezca dar una vuelta por la finca antes de la cena. Yo le había prometido una partida de billar a lord Uchiha, así que, si nos disculpan... —dijo Naruto, apartándose de la chimenea. —las dejamos solas.
A éste no le hizo falta más, se plantó en la puerta casi antes de que Naruto hubiera terminado la frase, las mujeres se despidieron con movimientos corteses de la cabeza. El marqués miró a los dos criados que se quedaban dentro y se encogió de hombros en señal de impotencia, luego salió y cerró la puerta. Casi de inmediato, las mujeres empezaron a reír al unísono. Itachi y Naruto se miraron y, sin mediar palabra, recorrieron el pasillo a toda prisa rumbo a la sagrada sala del billar.
A las nueve, los invitados ya estaban sentados a la mesa para cenar. Hanabi y Mirai se pelearon por sentarse al lado de Hinata, y al final ganó Mirai. Cuando Hanabi descubrió que debía sentarse junto a Itachi, se le pasó el enfado con su hermana. Kurenai se sentó en la primera silla que encontró, que casualmente era la de la cabecera de la mesa, donde solía sentarse Naruto, e hizo un comentario sobre la cantidad de tenedores. Éste le perdonó sin problemas la metedura de pata cuando descubrió que se sentaba justo enfrente de su esposa. Lord y lady Terumi, que llevaban ya una hora en Konohagakure Park, sonreían como bobos. No dejaba de sorprender a Naruto lo risueños que eran.
La tia y primas de Hinata se habían puesto sus vestidos de noche, todos verdaderamente despampanantes y obviamente diseñados y realizados por Hanabi. Las cuatro mujeres estaban preciosas, y Naruto observó que también Itachi pensaba lo mismo. Sin embargo, ninguna de ellas igualaba a Hinata, que, enfundada en su vestido azul oscuro, sonreía y reía como llevaba tiempo sin hacerlo. Como siempre, su risa ligera resultaba contagiosa, y, cuando el grupo se instaló en torno a la mesa, reían contentos de un comentario que había hecho Hanabi.
La cena de cinco platos, con picantones, sopa de cebada silvestre y mazapán, resultó de lo más bulliciosa. Cuando Mirai y Hanabi no discutían por cualquier cuestión insignificante, acribillaban a preguntas a su prima, a las que respondía con gusto lady Terumi. Naruto e Itachi no paraban de mirarse: aquél poniendo los ojos en blanco a menudo, y éste casi sin poder contener la risa por los escandalosos comentarios que se oían en aquella mesa.
—Mi Hinata estaba completamente fuera de sí cuando llegó el momento de venirse a Inglaterra—dijo Kurenai aprovechando una pausa de lady Terumi para tomar aire. —Estaba convencida de que Naruto no la encontraría apropiada, y temía que se hubiese enamorado de otra, pero yo le dije que la estaría esperando impaciente, ¡y mirad si no tenía razón! —les dijo a todos, exultante.
—Ah, sí, estaba tontito con ella, se lo aseguro. En Pemberheath, a todo el mundo le extrañaba mucho que se hubiera casado, pero ¡no había más que mirarlo a la cara para ver cuánto la adoraba! —coincidió lady Terumi, entusiasmada.
Desde el otro lado de la mesa, Naruto vio sonreír a Hinata indulgente, entrecerrando sus ojos. Al mirarlo, le transmitió su compasión. Una oleada de cariño le invadió el cuerpo entero. La preocupación de ella era innecesaria. Su felicidad era tan importante para él que habría soportado cualquier humillación por verla sonreír.
—Supongo que tu larga espera no sería tan terriblemente larga después de todo, ¿verdad? —quiso saber Kurenai.
—Él no me esperaba, tía Kurenai —confesó Hinata.
—No fue exactamente así, Hinata. No te estuve esperando en Konohagakure Park todos esos años, eso es cierto, pero jamás deseé a otra mujer como te deseo a ti —respondió antes de que ella pudiera continuar.
Sorprendida, Hinata rio levemente.—Por favor, si apenas me reconociste...
—Debes admitir que habías cambiado mucho en esos doce años.
—¿Ah, sí? Pues yo a ti te encontré igual.
—Pues no era igual. Antes fui lo bastante imbécil para dejarte marchar.
—Oooh, ¡qué bonito! —exclamó Mirai. —¡Qué suerte tienes, Hinata!
Ésta se ruborizó un poco y bajó la mirada a su plato de pollo.
—En mi modesta opinión, es él el afortunado —dijo Kurenai con rotundidad.
—A mí me parece que el afortunado soy yo, señoras ¿En qué otra parte del país podría cenar tan bien acompañado? —dijo Itachi con galantería.
—Sólo aquí, sólo aquí —gritó una, y todas empezaron a parlotear a la vez.
Mientras lady Terumi y tía Kurenai intercambiaban observaciones, Hanabi y Mirai centraron su atención en Uchiha. El esposo de lady Terumi se enfrascó en su picantón, y Hinata y Naruto, separados por la ancha mesa, se miraron en silencio.
Después de la cena, Hinata tuvo que convencer a su tía de que era correcto que las damas se retiraran mientras los hombres se fumaban un puro y se bebían un oporto. Esta declaró que jamás había oído nada tan descabellado y, contrariada, protestó en voz alta mientras salía del comedor detrás de su sobrina. Se refugiaron en la salita de Hinata. Naruto subió dos veces a reclamarlas y las dos veces las oyó parlotear y reír excitadas cuando rechazaron su invitación. No salió ninguna de ellas de la salita hasta que lord Terumi insistió en que su esposa lo acompañara a casa, la dama abandonó la salita a condición de que se le permitiera volver a primera hora de la mañana.
Tras ayudar a lord Terumi a sacar de allí a su esposa, Itachi y Naruto se retiraron. Éste no podía dormir. Paseó inquieto por su cuarto después de dejar la puerta entreabierta para poder oír la música que provenía ocasionalmente de la habitación del otro extremo del pasillo. De vez en cuando oía la voz autoritaria de tía Kurenai elevarse por encima de las otras, inevitablemente seguida de carcajadas. Pensó una decena de excusas para entrar en el santuario femenino, pero las descartó todas por poco creíbles. Al final, convencido de que les sobraba, se instaló delante de la chimenea con un libro. Hinata quería estar con su tía y sus primas. Quería tocar para ellas. Quería reír con ellas. Sus ojos exploraron la página del texto en latín que sostenía en las manos, pero, preso de la desesperación, no entendió nada, las sonrisas de ella, sus risas, su don para la música, todo era para su familia, no para él. La esperanza que había sentido antes no era más que eso, una esperanza.
Debió de dormirse, porque, cuando despertó, el pasillo estaba oscuro y no se oía ningún sonido procedente de la salita. Agarrotado de dormir en la silla, se puso de pie, se estiró y miró el reloj.
Eran las dos de la mañana. Se acercó a la puerta con la intención de cerrarla y entonces oyó el murmullo apagado de una conversación en voz baja. Salió al pasillo; de una rendija de la puerta de la salita de Hinata emanaba un fino haz de luz. Avanzó sigiloso por el pasillo. Reconoció en seguida la voz de su esposa y el tono categórico y grave de su tía. Se detuvo a escasa distancia de la puerta, avergonzado de estar escuchando y tratando de escudarse en su supuesta intención de advertirles de lo tarde que era.
—No lo entiendes, tía... Él nunca me ha esperado. Ni siquiera sabía que existía —le explicaba Hinata pacientemente.
—¡Bobadas! No se casó en todo ese tiempo, ¿no? Piensa, Hinata. ¿Un soltero tan cotizado, llegando a su tercera década, que no se haya casado nunca? ¿Acaso crees que no ha tenido pretendientes de sobra?
—Por supuesto, pero...
—Nada de peros. Esperaba a la mujer adecuada.
—Tía, un marqués no espera a la mujer adecuada, y menos aún a una a la que recuerda como una niña malcriada. Los marqueses se casan por conveniencia. Y luego tienen amantes.
—¡Te esperaba a ti! Muy bien, quizá no sabía que eras tú precisamente. Puede que en realidad no te recordara. Pero te aseguro, como que estoy aquí sentada, que ese hombre esperaba a la mujer adecuada, y esa mujer eres tú, Hinata Hyuga. No te empeñes en otra cosa. Lo que haya ocurrido entre los dos es agua pasada y serás tonta si miras en otra dirección que no sea hacia adelante. Ese hombre te ama, niña, y te lo voy a decir con claridad: ¡no tiene ninguna amante!
—No lo sé...
—¿Tú lo amas? —quiso saber Kurenai.
Al ver que no respondía en seguida, Naruto contuvo la respiración y cerro los ojos.
—Siempre lo he amado, tía. Y siempre lo amaré.
El tragó saliva, ¿la había oído bien? ¿Lo amaba de verdad?
—¿Lo ves? —dijo la mujer. —No quiero oír ni una sola palabra más sobre volver a América, ni sobre que no confía en ti o alguna otra bobada parecida. Tenía motivos para hacer lo que hizo. Además, él te quiere mucho y tú lo quieres a él. Ya es hora de que dejen de refugiarse en el pasado.
Se produjo otro silencio largo, roto por la risa ligera de Hinata.
—Por cierto, en este país, se considera una grosería tutear a un marqués y llamarlo por su nombre de pila. Dijo Hinata sonriente
—¿En serio? Pues dime, ¿cómo quieren los casacas rojas que llame al marido de mi queridísima sobrina?
—Señoría, milord, lord Uzumaki... —Hinata volvió a reír.
—Muy bien. Si alguna vez tengo que dirigirme a su Altísima Señoría el Poderoso Marqués delante del rey de Inglaterra, quizá entonces me lo piense. Entretanto, ¡es de la familia y se llama Naruto!
De vuelta a su cuarto, Naruto ya no oyó nada más que la risa fácil de Hinata, y sólo pudo desear que su esposa tuviera a bien escuchar a su tía, que, por lo que había podido comprobar, era una mujer muy sabia.
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Continuará...
