Hola chicas!

Antes que nada una disculpa por tardar en actualizar. Hoy habrá doble capítulo como les prometí.

Estoy pasando por una semana delicada con una lumbalgia y cervicalgia terribles. Pero me he escapado para poder escribir

Pensaba que en dos capítulos terminabamos, pero me falta el "Felices por siempre" jaja, pero ese ya en los proximos días lo escribo. Prometo que antes de lo que esperan.

Ese si ya serpa el último.

¡Espero les guste!.

Saludos!

Moon

Capítulo 22

Narra Candy.

—Tengo miedo Albert. Sé que es tu familia pero esas mujeres son de cuidado…

El correspondió acunándome más. Y con esa tranquila voz me respondió:

—Nada malo va a sucedernos. Te prometo que no permitiré que nadie te falte al respeto una vez más. Eres mi esposa y haré justicia por nosotros.

Solamente al sentir la seguridad que me transmitían sus palabras escondida en el cobijo de su abrazo, pude calmarme.

Cuando nos separamos me ofreció su brazo al tiempo en que buscaba el automóvil de mi familia —pues mi padre lo puso a nuestra disposición.

El tarde era cálida —más de lo que hubiese querido— y el corsé comenzaba a molestarme un poco. Aun así me sentía en ese justo instante muy dichosa de estar de regreso en mi país, en mi hogar… —Las dificultades las tendríamos que resolver, pero todo a su tiempo.

Cuando finalmente George divisó el emblema de los Britter, caminó lo más rápido que pudo y regresó con Carson —nuestro chofer— y así, entre los tres subieron todo el equipaje.

Durante el trayecto a mi casa no pude evitar quitarme el sombrero, y bajar un poco la ventanilla que se encontraba a mi lado para poder refrescarme un poco. No había necesidad de mirarme en un espejo, sabía que estaba hecha un desastre, pues el calor se había instalado en mis mejillas.

Pronto una mano fresca se posó sobre la mía.

—Creo que estas resintiendo el cambio de clima preciosa. Aquí hace mucho calor en comparación de Suiza.

Tenía toda la razón, pero por alguna extraña razón no me encontraba de ánimo como para comenzar una conversación, así que solo me limité a corresponder con una ligera sonrisa.

Pero él parecía leerme como un libro abierto…

—No seas refunfuñona. Todavía falta una media hora en lo que llegamos a casa de tus padres. Anda ven…—me extendió su brazo— recuéstate un momento y duerme si gustas. Así el tiempo se irá más rápido.

Dejé escapar un suspiro cargado de todo tipo de emociones —que por primera vez en mi vida no supe definir— para después hacer lo que él me ofrecía.

El andar del carro, el aire que se colaba por todas las ventanas —ahora abiertas— más el arrullo de su grave voz cuando platicaba con George, hicieron que poco a poco mis parpados se sintieran pesados, cayendo así, dormida en menos de cinco minutos.

Hubiese seguido soñando de no ser porque las caricias en mi rostro me despertaron. Al abrir los ojos y ver ese azul me hizo sonreír y desear que llegara la noche…

—Despierta dormilona. Ya llegamos.

De pronto ya no sentía el tipo de calor que me agobiaba momentos antes… más al darme cuenta de sus palabras —con renovadas energías— bajé del automóvil para saludar a mis padres, pues tenía mucho sin verlos.

Ellos que nos esperaban en la entrada de la casa, no dudaron en alcanzarnos al verme bajar.

En verdad soy dichosa de tener una familia así, puesto que realmente aceptaban a Albert. Su recibimiento fue sincero y fraternal.

Cuando llegó mi turno, sentía como mi padre me dejaba casi sin aliento al abrazarme.

—Te extrañé tanto pequeña… —Sentí un beso caer en mi cabeza.

—Yo igual papá.

Pronto un discreto sollozo llamó mi atención.

Mi madre.

Eloise… la preciosa y delicada Eloise Britter tenía sus hermosos ojos llenos de lágrimas, las mismas que trataba de disimular con el pañuelo entre sus manos.

—Mamá… —Mi voz sonó quebrada por la emoción que nos envolvía.

—Candy… mi dulce niña. —Me acunó como cuando antaño—. Pero luego se recompuso un momento. Se miraba adorable con la nariz enrojecida. Me alejó un poco para mirarme, sonreír y decirme con su dulce voz maternal—. Es cierto… te has casado… ya eres toda una mujer. Hay tanto que debemos platicar.

Después enfocó sus ojos a mi ahora esposo.

—Gracias por cuidar de ella William.

—No tiene nada que agradecer, al contrario. Soy yo quien lo está con ustedes por apoyarnos y por creer en mi. Candy siempre será mi prioridad.

—Ejem…ejem…

—¡Abuela!. —Mis ojos se iluminaron de solo mirar la regordeta figura de Marta.

Nos fundimos en un anhelado y cómplice abrazo. Ambas sabíamos que gracias a su apoyo y fe en el amor de Albert fue que pude casarme.

Después del emotivo recibimiento entramos a la casa y fuimos guiados a nuestras respectivas habitaciones. No puedo negar que me descoloqué un poco cuando fui corregida por pensar que tomaría mi antigua pieza, ya que realmente no le veía problema y la cama era lo suficientemente amplia para los dos.

Nuestra mansión —aunque no tan grande como la de los Andrew— contaba con cinco habitaciones.

Nos alojamos entonces en una de las habitaciones de huéspedes, las cuales contaban con un lecho mucho más espacioso. George ocupó la primera y nosotros la última.

"Aquí se sentirán más cómodos" Fueron las palabras dichas por mi abuela antes de retirarse con una pícara sonrisa. Dejando a Albert con la boca abierta y a mi roja como una cereza.

Cuando entramos a la alcoba nos envolvió el ambiente sobrio. Sé que nuestra travesía para llegar hasta aquí fue larga, y que por lo mismo nos alojamos en innumerables sitios distintos, pero ya me había hecho a la idea desde que Albert me contara sus planes.

La sensación ahora fue muy diferente.

Esta era una habitación en toda la extensión de la palabra. Pero aunque era mi casa de pronto ya no la sentía así. Algo dentro de mi necesitaba un lugar que fuera exclusivo para él y para mi. Como aquel fin de semana en la villa de Suiza cuando nos casamos. En la intimidad de una pieza que era solo de Albert y que al llegar a su vida se convirtió en "nuestro espacio".

Él estaba detrás de mí pero de alguna manera notó mi nostalgia.

Lo sentí caminar hasta poder encerrar con sus brazos mi cintura y acomodar su mejilla a un costado de mi cabeza.

—Nunca dudes que la casa de tus padres siempre será la tuya princesa. Esto solo será momentáneo. Te prometo que antes de lo que piensas tendremos nuestro propio espacio.

Yo me giré y no pude evitar que mi llanto aflorara. Últimamente me había vuelto una llorona.

—Ey… ey… ¿qué sucede…? —Levantó mi barbilla para mirar las lagunas que tenía por ojos. Ven vamos a sentarnos.

Así me llevó a la orilla de la cama.

Besó mis labios y volvió a preguntar:

—¿Quisieras contarme…?.

Su voz tranquila, serena y comprensiva me hizo seguir derramando silenciosas lágrimas.

—Promete que no has de enojarte…

El paso lento de sus dedos por mi piel hicieron que cerrara los ojos ante la caricia.

—Jamás lo he hecho. Esta unión en para los bueno y malos momentos, así que puedes confiar en mi…

Alcé mis ojos para decirle de frente aquello que me atormentaba.

—Albert… no quiero vivir en esa casa. Lo he tratado de asimilar desde que nos casamos, Sé que eres el patriarca, pero todo en ese lugar está lleno de recuerdos que no hicieron más que causarme pesadillas por meses. Te juro que lo intenté pero no puedo.

Para ese momento dejé caer mi cabeza sobre su pecho para llorar más libremente.

El me alejó con suavidad.

—Lamento tanto haber sido la primera persona en comenzar a crear esos malos momentos y …

—No, no me mal entiendas no es por ti. Yo he desechado cualquier sentimiento negativo que albergue en mi corazón es por…

—Lo sé amor… lo sé… —Me abrazó—. Es algo que yo también en su momento pensé mientras viajábamos. No te preocupes, entre los dos buscaremos un lugar que sea adecuado.

—¿Lo dices en serio?.

—Candy… —besó fugaz mis labios— no hay nadie a quien me deba si no es a ti. Aquella es solo una casa. Nosotros seremos una familia y no necesitamos una estructura de abolengo para hacerla… No me importa el lugar mientras esté contigo.

—Gracias…

—Pero no es para que llores hermosa…

Su voz eras siempre tan cariñosa...

—No sé qué me pasa. Lo siento Albert. —Respondí mirando sus hermosos orbes azules, mientras trataba de contener las lágrimas.

—Anda… mejor vamos a descansar un poco para estar presentables en la cena. ¿Está bien?. Archie estará aquí. Estoy seguro de que estará feliz de verte de nuevo.


Narra Albert.

Acomodé ponto a mi princesa sobre la cama. No tardó en quedarse dormida. Nunca me cansaré de admirarla. Ni de lo llorona que puede llegar a ser porque Dios la hizo justo para mi. No hay defecto en ella que empañe este amor que he sentido desde niño.

Saliendo de mi embeleso pronto saqué la ropa de nuestro equipaje y acomodé todo en el armario de la habitación. Sé que lo tendría que hacer una mucama, pero podía imaginar claramente a Candy evitándole el trabajo, así que —puesto a que la he visto más cansada de lo habitual estos días— mejor lo hago yo.

Una vez que terminé, quité mis zapatos, colgué mi saco en el perchero y me acurruqué junto a ella para dormir un momento.


Narra Candy.

El tiempo pasó volando. No supe cuando me quedé dormida. Creo que debo tomar algunas vitaminas, pues parezco narcoléptica del sueño incontrolable que me atañe de repente.

Me senté en la cama y no encontré a Albert.

Miré por la ventana: Ya era de noche.

—¡Archie y la cena!.—Exclamé en voz alta.

Sin más, rápidamente me levanté y tras recomponerme del pequeño mareo provocado por el drástico cambio del flujo sanguíneo en mi cuerpo, fui en busca de un cambio de ropa en nuestro equipaje. El cual seguramente a estas alturas estaría todo arrugado pues no le dediqué tiempo en cuanto llegué.

Sin embargo, al abrir las maletas, grande fue mi sorpresa al darme cuenta de que estaban vacías. Corrí al armario y observé que tanto zapatos como accesorios y ropa se encontraban dispuestos y separados: Albert ocupaba el lado izquierdo y yo el derecho.

No pude evitar sonreír y decir en voz baja.

—Gracias Bert…

Habíamos comprado un poco de ropa fresca en el trayecto hacia Chicago, pues en Suiza debíamos de estar casi siempre muy abrigados.

Tratando de apurarme tomé el primer conjunto fresco y ligero de tela vaporosa que encontré, así como unas zapatillas bajas a tono y accesorios. Cuando me miré en el espejo solo coloqué sobre mis labios un poco de labial.

Me observé de nuevo.

No recordaba que el escote discreto que tenía se ciñera de esa manera. ¿Era mi imaginación o mis senos se miraban más grandes de los normal?.

Llevé una mano a mi boca al mirar mis caderas.

—¡Por Dios Candy deja de comer porque ahora sí que estas engordando!.

Realmente el vestido no me apretaba, pero una mujer siempre saber cuando ha aumentado de peso… y eso se reflejaba por todos lados —a mi parecer.

Más una cosa me gustó: El color rosa se miraba divino en mi y este escote en la noche se encargaría de provocar a cierto rubio meloso.


Cuando bajé al comedor ya estaban todos sentados. No tenían tanto tiempo como supuse pues estaban sirviendo el primer tiempo.

Al notar mi presencia todos se levantaron y tanto Albert como Archie se acercaron a mi.

—Buenas noches flojita. —Besó mi frente.

—Me hubieras despertado Albert… llegué un poco tarde. —Respondí con pena.

—Te mirabas muy cansada. Preferí que repusieras energías.

Pronto el saludo de mi querido amigo rubio me hizo girar para encontrarlo.

—¡Gatita que gusto verte! —Me abrazó y correspondí de inmediato—. ¡Ya te extrañaba, los últimos meses casi no hablamos por teléfono! —Nos miró a Albert y a mi y el sonrojo inevitablemente invadió mi rostro—.

—¿Cómo has estado Archie…? —Le pregunté con cariño.

—Excelente. Pero que importo yo. ¡Tú estás bellísima!. ¡Sólo mírate!. El matrimonio te ha sentado excelente.

Reí por sus ocurrencias.

—¡Sigues siendo el mismo Archie!. Promete que platicaremos después de la cena.

—Es un hecho tía.

—¡Archie! —Me sorprendí por su comentario. Hasta ese momento no me había percatado de que en eso me convertí.

La risa de Albert me hizo voltear a mirarlo. Reía tan francamente que no supe si molestarme o acompañarlo.

—No me veas así preciosa. Es que eso eres. Te casaste con su tío.—Se calmó—. Pero Archie no la molestes. Ella seguirá siendo tu familia. No es necesario el protocolo. ¿Por qué no empiezas por llamarme "Albet" en lugar de tío?. Así no será necesario que le digas "Tía" a esta dama caprichosa y berrinchuda.

—¡Albert…! —Lo fulminé con la mirada.

El par de rubios reían a mis costillas, sin pudor o vergüenza.

—Es un trato Albert.

A lo lejos se escuchó la voz de mi padre.

—Bueno, bueno señores regresen a la mesa que las damas presentes y yo morimos de hambre.

Así lo hicimos y entre una agradable plática todos degustamos la deliciosa cena.

Cuando terminamos, la voz de mi nuevo sobrino se pronunció solemne:

—Sé que hemos pasado un rato de lo más ameno, pero necesitamos tocar temas delicados pero importantes respecto a mi tía. ¿No es así Marta?.

—Archie tiene razón. ¿Les parece si vamos al estudio?. La historia es algo complicada y creo que necesitaran de algo fuerte para beber.

Todos asintieron.

Debo admitir que estaba muy expectante sobre lo que iba a escuchar dentro de esas cuatro paredes. Jamás había visto a mi abuela tan seria. Durante el viaje Albert me explicó lo que su tía había estado haciendo, por eso es que para mi estaba más que claro todo.

Por más que trataba de hilar cabos no lograba comprender que otra cosa pudo haber hecho Elroy Andrew para terminar de cavar su tumba.

Sin mayor preámbulo todos nos dirigimos al lugar…

Más tarde todos paseábamos por el jardín.

—Sigo sin poder creer todo lo que esconde esa mujer. Perdona Archie sé que es tu familia, pero esto es lo que siento.

El suspiró.

—Lo sé Candy…cuando en su momento Marta me contó la parte que ella sabía todo encajó. Por desgracia ella ha hecho muchas cosas malas y premeditadas.

—Y ni que decir que tú anduviste de novio con…

—No la menciones por favor. Eso fue hace mucho tiempo. Gracias al cielo la vida me sonríe ahora.

—Es cierto… ¿Ya me dirá el nombre de la novia secreta?. —Pregunté con tono juguetón.

Su risa fue parte de la respuesta.

—No es mi novia.

—Pero eso fue lo que me dijiste la última vez que hablamos por teléfono…

—Es muy simple Candy. Me di cuenta de que no quería que siguiera siendo mi novia, pues mis sentimientos por ella habían cambiado.

—Ay Archie no me digas que terminaron… te escuchabas tan entusiasmado.

—Ahora es mi prometida Candy. Y tiene el nombre más hermoso del mundo: Patricia.

Cuando vi la mirada enamorada de mi amigo, no pude evitar que mis ojos se anegaran de nuevo. Estaba muy feliz por él. También había sufrido mucho y merecía ser feliz.

Sin pensarlo lo abracé.

—Estoy tan feliz por ti…

—Pero no llores gatita… Espero pronto pueda traerla para que la conozcan.

—¿Eso quiere decir que te mudaras definitivamente a Londres?.

Suspiró.

—Nada es seguro todavía. Tengo que platicarlo bien con Albert primero.

Continuará...