Mood: Athena No Saints- Saint Seiya OST
[~Selket~]
Llegué con Milo a la Casa de Libra al filo del amanecer. Menos mal eran sólo unas cuantas escaleras de distancia, pues a duras penas me había puesto mi ropa de entrenamiento y ni siquiera habíamos desayunado, aunque creíamos que aquello no tardaría mucho. En un rato volveríamos a Escorpio, prepararía el desayuno e iríamos a entrenar como de costumbre hasta que cayera la tarde. Dohko nos había convocado a todos los aprendices de los Dorados junto con nuestros respectivos maestros. Al parecer, ya se habían puesto de acuerdo al menos en una fecha tentativa, pues el tiempo apremiaba. Ya habíamos traído cuatro Cloths de Plata al Santuario. Tres en aquel desventurado viaje a Quíos y una con Camus. Otros Caballeros habían traído más Cloths, pero ignoraba cuales o en qué número, así que al menos habría cuatro nuevos Santos de Plata para el final del próximo año. Con suerte y mucho entrenamiento, yo sería una de ellos.
-Ya casi cumplen un año de haber llegado al Santuario como aprendices- nos dijo Dohko con un brillo particular en sus ojos. -Ustedes son los aprendices más aptos, entrenados por la élite del Santuario y tendrán sus pruebas en exactamente un año.
-Eso no es todo: A partir de ahora comenzarán una serie de combates de eliminatoria. Se enfrentarán a todos los aprendices del Santuario completo y otros externos, así que no se confíen. Un combate puede decidirse en una fracción de segundo- nos dijo el Patriarca con aquella voz atemporal y vibrante.
-Avanzarán hasta llegar a un total de 6 encuentros. Será una serie de cuatro combates y una semifinal. La final, para obtener una Cloth y entrar a la orden, será contra su maestro... si es que logran salir victoriosos de los cinco combates de eliminatorias- explicó Dohko.
Todos, maestros y aprendices, nos sorprendimos ante el anuncio del Patriarca. Tendríamos que combatir casi que una vez cada mes y medio, así que habría que entrenar doblemente duro para estar en perfecta forma. Mi miedo en realidad sería enfrentarme en un combate en serio con Milo. Yo apenas había visto una fracción de su poder y velocidad, y por los rumores que corrían respecto a los Dorados, no tenía yo una buena previsión al respecto.
-En un mes tendrán su primer combate y entonces empezarán las eliminatorias hasta que queden siete de ustedes. Ese es el número de Cloths dispuestas para este Torneo, ¿Tienen alguna pregunta?- inquirió Dohko.
-Disculpe, maestro Dohko, ¿las Marinas y los Dioses Guerreros también participaremos en el Torneo?- preguntó Seline.
-No sería justo. Ni siquiera compiten por Cloths, estarían quitándole la participación a los aprendices del Santuario- exclamó DeathMask.
El argumento del Cangrejo era válido y planteaba serias preguntas. Después de todo, ¿por qué iban a participar en eliminatorias aprendices que no competían por el mismo premio? Sin importar si recibían o no sus Scales y God Robes, las Cloths seguían siendo el objetivo del Torneo. Tendrían que hacer una prueba especialmente para ellas si querían igualdad de condiciones. Dohko pareció meditarlo un rato y luego miró al Patriarca.
-Creo que es una buena observación y llegaremos a una conclusión luego de someterlo a votación en el próximo concejo. Mientras tanto, sea que peleen entre ustedes o contra otros, las cosas serán igual. Aprendices de Santos, Marinas y Dioses Guerreros se prepararán para subir de rango en un mes a partir de hoy- intervino el Patriarca.
Era una coyuntura sin precedentes, pues nunca antes habían entrenado en el Santuario de Athena Dioses Guerreros ni mucho menos Marinas de Poseidón. Los tiempos cambiaban y con ellos las reglas y tradiciones. Sería diferente, pero, sin importar contra quién nos enfrentáramos, tendríamos que darlo todo si queríamos hacernos con una Armadura. Los Caballeros siguieron discutiendo entre ellos, exponiendo puntos en contra y a favor. Era inquietante, pero opté por sumirme en mis pensamientos y luego simplemente tener el resumen de la conferencia.
-Esperamos grandes cosas de ustedes, aprendices Dorados- sentenció Dohko. -Y Selket, feliz cumpleaños.
Abrí los ojos y me quedé muda. Era verdad, hoy era mi cumpleaños y no lo había recordado. Tampoco tenía idea de que Dohko o alguien en el Santuario lo supiera. Ahora todos me miraban y yo no sabía dónde esconderme.
-Gracias, maestro Dohko- atiné a decir, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza como forma de agradecimiento.
Cuando el ambiente se calmó con el final de los anuncios, Seline, Lexie y Leyja llegaron en un segundo a rodearme.
-¿Cuál es el plan?- preguntó Lexie.
-¿Plan de qué?- la miré con toda la duda reflejada en mi cara.
-Tu cumpleaños, linda- dijo con dulzura Leyja.
-Emmm… Nada. No haré nada- me limité a encogerme de hombros.
A lo mucho que aspiraba era a terminar temprano el entrenamiento y quedarme algunas horas en la terma dejando que mis músculos se disolvieran como fideos en el agua hirviente, para luego tomar alguna copa de vino con Milo y prepararme para el siguiente día.
-Bueno, esto no se puede quedar así- exclamó Seline, indignada.
-Podríamos ir a Rodorio a tomar algo mañana, si quieren- sugerí.
Asintieron, algo decepcionadas. Hoy era un día normal de entrenamiento, así que todas teníamos el día por delante. En un rato tendría que ir a entrenar con Milo a algún lugar del Santuario. Nos despedimos y partimos en distintas direcciones. Milo, Seline y yo subimos Calzada arriba. Seline avanzaba en dirección a Piscis y Milo y yo nos quedamos en la Octava Casa.
-Es tu cumpleaños y no dijiste nada…- me recriminó Milo una vez entramos a Escorpio.
-Emmm.. No lo recordaba, sinceramente. No es la gran cosa, nunca lo he celebrado- dije, restándole importancia.
-¿¡Nunca has tenido una fiesta de cumpleaños!?- oí gritar a Seline desde el salón, unos pasos más atrás.
Menos mal estábamos algo acostumbrados al carácter metiche de Seline o…
-He ido a algunas, ¿recuerdas hace unas semanas el cumpleaños de Milo? Y el de Aioria, Dohko… También estuve en el tuyo, si no lo recuerdas.
-No es lo mismo… ¡Lexie, Leyja y yo te organizaremos una fiesta esta noche! Es algo apresurado, pero esta noche tendremos todo listo. Milo te entretendrá mientras tanto, ¿verdad?- Milo se cruzó de brazos y subió los hombros. -Los espero en Leo en la noche.
Seline giró sobre sus talones y salió del salón en un segundo, dejándonos solos y sin darle a Milo la oportunidad de chistar por algo.
-¿Por qué en Leo?- preguntó con desconfianza.
-¿Recuerdas tu fiesta hace unos días? Ilse juró no volver a limpiar o prepararnos sus strudels si volvíamos a dejar un desastre igual… y no sé tú, pero hay días que sólo vivo por su comida- le dije, apaciguándolo. -En Leo será problema de Aioria.
Todavía Milo no sabía nada del romance que su hermanita tenía con el Santo de Leo, así que tendría que endulzar la verdad de alguna manera. Aunque mi explicación sí era real, sólo explicaba por qué no hacer la fiesta en su Templo: su fiesta había sido caótica en el mejor sentido de la palabra, pero habíamos dejado Escorpio en un estado lamentable y eso no le había causado nada de gracia a la vestal del Escorpión Celestial. Nos había castigado sin cocinar nada por dos semanas, como mínimo. Había valido la pena, si me lo preguntan.
-Bueno, hoy tendremos un entrenamiento suave. Saldremos en cuanto comamos algo- me dijo.
Fui a la cocina y calenté algo de pita con queso, albahaca y tomate. Era mi receta para salir del paso con cualquier comida sin importar la hora. Tomé un puñado de nueces y un poco de yogur griego y ya tenía listo el desayuno de ambos.
Caminamos un rato por el bosque, sin hablar, disfrutando el canto de los pajarillos y el murmullo de las hojas de los árboles moviéndose con el viento. Era una mañana muy soleada y agradable. Yo caminaba casi junto a él, unos pasos más atrás, como indicaba el protocolo de aprendices. No había podido dejar de pensar en el Torneo y en todo lo que significaba. De ahora en adelante era una cuenta regresiva sin pausas. Cinco combates para finalmente enfrentarme contra uno de los mayores Santos de Athena, la élite de la Orden, el Guardián de la Octava Casa del Zodiaco. Milo había sido el Guardia personal de Athena en la pasada Guerra Santa, se había enfrentado a Saga, Camus, Shura y Kanon en ese entonces y había dado su vida junto a sus compañeros Dorados en el Inframundo. Eso y mucho más que me faltaba por escuchar. Esa era la versión corta, el abrebocas de lo que había oído someramente sobre el que sería mi maestro. Para ser sincera, sentía terror de sólo pensar en enfrentarme a él y que no fuera un entrenamiento. Él obviamente se contenía hasta sólo usar una pequeña fracción de su verdadero poder conmigo. Sino, me hubiera matado con el primer golpe el mismo día que llegué. No importaría mucho que fuera resistente hasta cierto punto a las Agujas Escarlata, seguía siendo humana y moriría si perdía suficiente sangre o si me rompía el cuello en una fracción de segundo. Su velocidad y fuerza física no tenían comparación, muchísimo menos su Cosmos con el mío. Una sensación de malestar me invadió por todo el cuerpo, pero no dije nada. Seguí caminando en silencio hasta que llegamos a un claro. Se sentó y me indicó que hiciera lo mismo frente a él. Ambos estábamos en posición de loto sentados sobre el pasto verde a la sombra de un gran olivo. La brisa suave refrescaba y el silencio traía consigo una calma única.
-Cierra los ojos y por tus manos en tus rodillas, con las palmas hacia arriba- me indicó.
Hice exactamente lo que me pidió y me quedé quieta, respirando pausadamente mientras esperaba lo que fuera que iba a pasar. Sentí el toque de sus mano sobre las mías y me exalté un segundo, pero volví a controlarme. Su piel se sentía tibia y suave, al igual que su Cosmoenergía. Comenzó a transmitirla a través de sus manos, recorriendo todo mi cuerpo y envolviéndome en una preciosa aura dorada. No la veía, pero el resplandor, incluso con los ojos cerrados, lo delataba. Era como si me apuntaran con una linterna a los ojos.
La energía fluía como un río, como la sangre por cada una de mis venas, llenándome de una sensación confortable y a la vez excitante. Me tranquilizaba, pero me exaltaba en una extraña mezcla de emociones. No quería que aquella sensación se fuera, pero sentía la llama de su Cosmos apagarse lentamente, dejándome con ganas de más. Quería seguir sintiendo esa calma, esa calidez que me adormilaba suavemente. Cuando se detuvo, abrí los ojos y busqué el aire con fuerza. Tenía lágrimas en los ojos, que limpié con el dorso de mi mano, tallándome los párpados.
-¿Te gustó la sensación?- me preguntó, mirándome con aquellos ojos tan azules como el cielo.
Asentí. Era algo muy suyo, era su Cosmoenergía, su huella dactilar cósmica. Nada ni nadie podría imitarla a la perfección, pues era la esencia misma de su ser. Así era Milo de Escorpio: fuerte y cálido como el sol de verano.
-Inténtalo tú ahora- me dijo con dulzura.
Lo miré dubitativa. Yo no tenía aquel dominio tan magistral de mi Cosmoenergía y estaba segura que no se sentiría así de reconfortante. Podría percibir en mi Cosmos todas las dudas y miedos que me aquejaban, acentuados por las noticias que había recibido hacía apenas unas horas. Aún así, le hice caso y esta vez puse mis manos sobre las suyas, imitando su proceder. Comencé a encender mi Cosmos lentamente, dejando que tomara chispa como una llama. Fui subiendo la intensidad hasta que tuve dominio suficiente sobre él para moverlo a mi antojo y entonces fui transmitiéndoselo despacio, pensando en cosas relajantes y respirando lentamente. Pronto todo mi Cosmos lo envolvía en una luz azul muy potente. Veía el flujo energético recorrer todo su cuerpo, armonizando con su Cosmos propio, aunque no lo hubiera encendido. Intenté pensar en cosas y situaciones que me relajaran, intentando que mi Cosmos reflejara esas sensaciones positivas y lo estaba logrando. Mi Cosmos fluía tranquilamente, en control, sin desbordarse. Eso era mayormente en parte a que Milo me había tranquilizado, dejándome en un estado de serenidad propicio para permitirme hacer lo mismo con mi Cosmos. Si yo hubiera hecho eso primero, seguramente se hubiera desbordado por las emociones que tenía.
Después de unos minutos, apagué mi Cosmos. Estaba exhausta. No es lo mismo encender y manipular la Cosmoenergía propia en el propio cuerpo que hacerla fluir por otro… sin quererlo freír con ella, claro. Mantener el flujo constante y en control tomaba demasiada concentración y energía. Hacerlo circular suavemente por todo el cuerpo de Milo me había costado muchísimo. Era como tratar de mantener una vela encendida en medio de una tormenta.
-No está mal para ser tu primer intento- me dijo.
Yo todavía trataba de regular mi respiración cuando me envolvió nuevamente con su Cosmos Dorado. Era tan reconfortante, tan puro… Me recordaba al Cosmos de Athena, aunque éste era más dulce, femenino y, por supuesto, divino. La verdad sólo lo había sentido una vez, y sólo la había visto una vez más: el día en que había llegado con Dohko al Santuario y el día en que Milo me había sacado de Géminis. Fue en esa ocasión que sentí su Cosmos.
-Tienes mejor control de tu Cosmos, pero percibo muchas dudas. Es agresivo, pero te falta seguridad- me dijo.
Así que eso le había transmitido: inseguridad. Nada que ver con lo que yo había percibido del suyo. Aquello ensombreció mi ánimo un poco, no quería transmitir esa sensación de malestar y pesadez. Estaba aterrada de lo que pasaría de aquí en adelante, pero tenía que controlarlo.
-Selket, es normal sentir miedo, ansiedad y preocupación. Tu Cosmos es una extensión de ti, de tu energía vital y se alimenta de tus emociones. Por eso transmitimos a través de él lo que sintamos, sea bueno o malo- me dijo
-¿Así que sabrás siempre cómo me siento por mi Cosmos?- pregunté con desánimo.
No me interesaba ser un libro emocional abierto. Ni para mis contrincantes, ni para mis amigos, ni para Milo.
-No necesariamente. Eso puedes controlarlo. No puedes evitar reaccionar y sentirte de la forma en que te sientes respecto a todo, pero sí puedes controlar tu reacción y cuánto te dejarás afectar por ello- me explicó.
"Como Camus" pensé. Todos criticaban lo frío e impasible que era el Santo de Acuario, pero era alguien en control de sus emociones. Además, por lo que había vivido con él, era capaz de expresarse cuando había la confianza, no era un discapacitado emocional o un psicópata.
Continuó enseñándome ejercicios de control de Cosmos y así pasamos una tarde tranquila pero productiva. Ya el sol comenzaba a esconderse tras las montañas, tiñendo todo de un hermoso tono anaranjado. En un rato tendríamos que regresar.
Las chicas estaban en Leo organizando todo, así que cuando pasamos por la quinta Casa, todo estaba lleno de cosas por todo el salón y el pasillo principal. Me sacaron rápidamente para que no viera nada y Milo se quedó un poco más atrás.
En cuanto se devolvieron, fue directo hacia mí y me cargó como si fuera una tula hasta Escorpio. Intenté protestar, pero la risa no me dejaba. Me llevó a su habitación y se quitó la camisa.
-Uuuu… ¿Ese es mi regalo?- exclamé mirándolo provocativamente, mientras me sentaba en la cama. -Me gusta lo que veo.
-Em, no. Tu regalo te espera en el techo de Escorpio en un rato cuando te cambies. Ya escuchaste a la fastidiosa candirú. Se meterá hasta aquí si no llegas a tiempo a tu fiesta- repuso con fastidio en su voz.
Me reí muy fuerte con su comparación de su hermana con un "entrometido" pez amazónico. Me fui a buscar qué ponerme y me decidí por un conjunto de blusa negra y leggins aqua. Era sencillo y cómodo. Cepillé un poco mi cabello, desenredándolo y dejándolo suelto. Un poco de kohl en los ojos y estaba lista. Me puse unas botas y me recosté en la cama hasta que salió vestido con unos pantalones negros y una camisa gris. En la mano llevaba una chaqueta negra. Se veía muy guapo, tenía que admitirlo. Todos los Dorados parecían modelos sacados de un catálogo de ropa. En cuanto me vio sonrió y me besó suavemente.
-¿Vamos?- me preguntó, mientras me apretaba fuerte contra sí. Seguía siendo mucho más alto que yo, además de tremendamente musculoso. Yo parecía una frágil muñeca a su lado.
Subimos al techo de Escorpio y nos sentamos. Él puso su chaqueta en mis hombros, cubriéndome y sacó de ella una pequeña bolsita de tela.
-Feliz cumpleaños, Mátia mou. De parte de Ilse- me dijo, entregándomela.
Me enternecía demasiado que ambos supieran de mi cumpleaños. Eran mi pequeña familia de Escorpio. Ilse podría parecer dura, pero en realidad era una pera en dulce y Milo bien que lo sabía, pues a la pobre le había tocado soportarlo desde que era muy pequeño. Abrí la bolsita y encontré una pequeña manilla de cuero con unas hermosas cuentas de vidrio de color escarlata. Qué sutil detalle, me encantaba. Era una joyita sencilla pero linda.
-¿Sabes qué es?- me preguntó, mientras yo me la ponía en la muñeca.
-Una manilla… Es decir, un brazalete, ¿no?- dije con obviedad.
Él sonrió aguantando la risa y negó con la cabeza. Tomó mi brazo y con delicadeza me la quitó, poniéndola entre mis dedos, sintiendo cada cuenta.
-Es un komboloi o cuentas de la preocupación. Es un rosario griego, solo que no se usa para rezar sino para distraerse cuando se está preocupado. Ocupa la mente al contar las cuentas con tus dedos. Ilse pensó que te ayudará estos meses durante el Torneo, ya que tienes la costumbre de preocuparte hasta que te duele el estómago- me explicó.
Tomé entre mis dedos el hermoso rosario y tanteé las cuentas de vidrio y madera. Al final del rosario había un pequeño dije con un ojo en cuya pupila estaba dibujado un escorpión. Sin duda era un regalo hecho a la medida y no comprado en el mercadillo a la ligera. Había puesto empeño en buscarlo y personalizarlo con una Mati a la medida.
El Torneo estaba un año más cerca y eso hacía que mi estómago se hiciera un nudo de sólo pensarlo. Estaba asustada y ansiosa. Sin duda, ambos me conocían bien y habían acertado en el regalo. Al igual que el vestido, lo atesoraría como un hermoso recuerdo.
-Es hermoso- exclamé mirando las translúcidas cuentas que brillaban como rubíes con la tenue luz de las antorchas. -Muchas gracias, Eini. En cuanto vea a Ilse le daré un abrazo también.
Me levanté con cuidado y le di un beso. Las cosas subían de intensidad rápidamente, así que nos detuvimos y lo abracé muy fuerte. No quería soltarlo en todo lo que quedaba de noche, pero debía ir a la fiesta en Leo. No podría hacerle semejante desplante al pececito, aunque preferiría quedarme aquí mirando las estrellas con él. Me dispuse a bajar, pero me detuvo.
-Espera, yo también tengo algo para ti- me dijo, mientras me traía hacia sí, sentándome en sus piernas.
Lo miré sorprendida y entonces sacó una caja de madera con una lujosa apariencia y me la entregó. Tomé la caja y la sopesé con las manos. Era exquisita: madera de roble oscura, suave y lisa, brocados en algún metal mezclado con plata pura y lindos arabescos tallados a mano en un interesante relieve. La caja de por sí ya era una obra de arte, pero tenía que abrirla. Levanté la tapa con cuidado y saqué unos hermosos pergaminos de dentro. Delicadamente abrí uno de ellos y ahogué un pequeño grito de sorpresa. Eran mapas estelares que contenían las constelaciones de la bóveda celeste en su totalidad, separados también según los meses del año en que algunas constelaciones no eran visibles. Desde aquella noche en Quíos en que nos acostamos en la playa a ver las estrellas, había adquirido el gusto y el afán por aprender todo de los astros, aquellos ochenta y ocho grupos de estrellas que resguardan a los Santos de Athena. Era habitual que subiera al techo de Escorpio con Milo en las noches despejadas. También solíamos ir al risco, donde me había quedado dormida por primera vez junto a él. Eran preciosos y estaban marcados con tintas especiales. Algunos puntos brillaban como la plata líquida, tal vez lo era. Sin duda estos mapas no eran fáciles de conseguir y debieron costarle un ojo de la cara y tres mil favores. Los admiré una vez más y luego los puse con cuidado en la caja.
-Eres increíble. Yo…- no tenía idea qué decirle para expresarle lo mucho que significaba ese regalo, este momento.
Lo abracé por el cuello, aún sentada en sus piernas, y lo apreté con todas mis fuerzas intentando no sollozar. Él me apretó de vuelta, con mucho cuidado, y nos dimos un beso lento y suave, como si tuviéramos todo el tiempo del universo por delante. Como si no estuviéramos en la azotea de un Templo en la noche, con todo el mundo esperándonos.
Bajamos con cuidado y guardé mis nuevos tesoros en la cómoda de su habitación, pues quería tenerlos cerca siempre, como a él. Desde allí oímos el ruido de unos tacones resonando contra el piso de Escorpio: Seline bajaba de Piscis hecha una princesa. Vestía un hermoso vestido rojo que contrastaba con su cabello azul y sus ojos turquesa. Era un color que también le quedaba muy bien a Milo.
-No vas a usar eso- me dijo al tiempo que me miraba de arriba a abajo con un gesto de desaprobación.
La adoraba, pero a veces me desesperaba su excesivo rigor con su aspecto personal. Digna pupila de Afrodita, Seline jamás estaba despeinada ni siquiera con un corte de cabello horrible como el que yo le había hecho. Estaba segura también que, de poderlo hacer, juzgaría el armario de Saori Kido.
-¿Qué tiene de malo?- le contesté a la defensiva.
-Es tu ropa de entrenamiento- me dijo, volteando los ojos.
-Está casi nueva- repuse.
-Veremos qué tienes en tu armario…- dijo, arrastrándome.
Miré a Milo con ojos suplicantes pero el muy cobarde sólo sonrió y volteó la vista. Ya sabía lo insistente que era su hermanita. Me metió a empellones a mi cuarto y esculcó en mis cosas hasta que sacó algo oscuro. Se trataba de un vestido azul marino corto, cruzado con cuello tipo halter. Era un vestido muy bonito que había usado sólo una vez. Era algo así como mi ropa de gala y más ahora en este Santuario. Me senté en la cama y abracé la tela. Ese vestido había sido el regalo de cumpleaños de Bast, hacía un año cuando cumplí dieciocho años. Un mes después vendría Dohko a llevarme al Santuario de la diosa Athena. Había pasado un año ya y prácticamente no me había dado cuenta. Suspiré, viéndome atrapada por la nostalgia y me lo puse. Su talle era lindo y sobrio. Me miré en el espejo y me vi a mí misma antes de llegar al Santuario, antes de tener esta vida. Jamás me hubiera imaginado que estaría aquí, junto a amigas maravillosas, el hombre más sexy sobre el planeta en mi cama todas las noches y una gran fiesta esperándome.
-Sel, ¿podrías adelantarte? Quisiera un momento a solas. En un rato te alcanzo en Leo, ¿está bien?- le dije, con voz pausada.
Ella pareció comprender de inmediato que había desatado una pequeña ola de nostalgia en mí y necesitaba unos minutos de introspección. Salió de mi cuarto luego de dejar sobre la cama las sandalias que había escogido a juego con el vestido. Me quedé un buen rato sentada en la cama apretando la tela del vestido sobre mis muslos.
-Ese vestido te queda muy bien- su voz me sacó de mis pensamientos.
Milo siempre esperaba a que le diera permiso para entrar en mi habitación, sin importar que fuera mi maestro o yo durmiera todas las noches en el suyo. Siempre tocaba la puerta o esperaba en el marco a que lo invitara a pasar. Saga no había tenido esa misma cortesía.
-Es un regalo muy especial- le dije.
Él entró y se sentó a mi lado, rodeándome con su brazo. Su piel se sentía caliente y reconfortante.
-¿Qué pasa, Mátia mou, no quieres ir a tu propia fiesta?
La verdad prefería mil y una veces quedarme en la cama con él contándome historias. Y sabía que si se lo pedía, inventaría cualquier excusa y me disculparía con todos. Sin embargo, ya todo estaba preparado y era mi propia fiesta. Me levanté y alisé mi vestido con las manos. Cepillé mi cabello otra vez y ya estaba lista para irnos.
Llegamos a Leo y todos me recibieron con exclamaciones de afecto. Seline había convertido la Quinta Casa del Zodiaco en un elegante salón de recepción. Había una gran mesa llena de aperitivos y distintos licores. Todos los Dorados estaban allí, mis amigos aprendices y los Caballeros de Plata. Los de Bronce no residían en el Santuario, así que no estarían presentes con el aviso el mismo día… y para ser sincera, tampoco los conocía a excepción de Hyoga.
Seline pasaba de aquí para allá una y otra vez delante de nosotros y noté que todos la miraban. Era obvio, era absurdamente hermosa y estilizada como una bailarina.
-Se parece a Eri- comenzó Aioria, pero Milo lo interrumpió.
-¡Cállate!- exclamó Milo, dándole un codazo al León Dorado.
Volteé a indagar al respecto, pero sentí que un brazo se posaba en mi hombro en ese mismo instante: Mu y Kiki acababan de llegar. Volteé y nos dimos un abrazo. Al pequeño también le despeiné un poco sus cabellos de fuego. Ya casi estaba tan alto como nosotras las Amazonas.
-¿Nerviosa por el Torneo?- me preguntó con la usual dulzura que lo caracterizaba.
-Quisiera decir que no jajaja- dije con franqueza.
-Lo harás bien. Te veremos convertida en una Silver Saint en un año- me dijo, mirándome a los ojos con determinación.
Estaba conmovida. Podía ver la confianza con la que aseguraba eso. No podía defraudarlos ni a él ni a Milo, el Patriarca o a la mismísima diosa Athena. Me volvería más rápida y fuerte, entrenaría con mayor intensidad y aprendería cuanto más pudiera del Cosmos y los Saints. Un año. Sólo quedaría un año para arriesgar el todo por el todo, y yo estaba ansiosa. Ya comenzaba a sentir el dolor de estómago al que se refería Ilse: Necesitaba un trago.
-Este cóctel está delicioso, ¿qué es?- pregunté sorbiendo el dulce líquido con un pitillo.
-Es una caipirinha. Tiene cachaça, limón y azúcar. Es la especialidad de Aldebarán, él fue quien los preparó- me dijo Seline.
Estaba delicioso, el jugo de limón contrastaba con el borde de cristales de azúcar. Teníamos un ganador esta noche y era el trago carioca del Toro Dorado. En cuanto lo tuviera a la vista (irónico teniendo en cuenta que medía más de dos metros, haciendo que incluso los gemelos del mal se vieran chiquitos a su lado) le agradecería por su sabiduría etílica.
Me acerqué a charlar con mis amigos aprendices. Las chicas de Marin también habían venido y hablaban con Hokan, mientras Raido charlaba animadamente con la asgardiana. Seline seguía como loca revoloteando por todas partes hasta que la agarré del brazo.
-¿Podrías dejar de saltar por todas partes como un ruiseñor? Todo está bien, la fiesta está increíble… Disfrútala conmigo, pecesito, por favor- le rogué.
Ella bajó los brazos y dejó lo que tenía en la mesa.
-Tienes razón, pero quiero que tu primera fiesta de cumpleaños sea increíble- me dijo con algo de frustración.
-Están aquí, ya lo es. Créeme, es totalmente extraordinaria y te adoro por ello- la abracé muy fuerte. -Ahora disfruta conmigo y tómate una caipirinha.
Ahora que lo pensaba mejor, le agradecía la insistencia por esta fiesta a Seline, ya que en verdad estaba bastante divertida. Todos parecían pasarla bien charlando y comiendo las delicias que había preparado la pisciana peliazul. Habíamos jugado a los dardos, apostado con shots de toda clase de licores toda clase de apuestas… Incluso Camus había llegado para unirse a la celebración.
-Cuidado, no te emociones con ese pitillo, fille, terminarás caminando como un ciervo recién nacido- me dijo con sorna el hielito Dorado tras de mí.
-Esperaba terminar así pero no por el trago, habibi- exclamé con una risita.
Era mi tercer, creo, o cuarto vaso de caipirinha y me sentía algo mareada. Él rodó los ojos y me pasó un brazo por la cintura.
-Estás decayendo, Selket. Normalmente aguantas más antes de marearte. Tendré que visitar Escorpio con una botella más seguido- me dijo, burlándose de mi resistencia al alcohol.
-Bueno, este no lo había probado nunca. ¿Cuántos te has tomado tú? Te alcanzaré en unos minutos- le dije con tono retador.
-Cálmate, Methe. Ya fue suficiente alcohol para ti. Si tomas más vas a terminar vomitando. Te llevaré a Escorpio- me dijo, cargándome en brazos y saliendo conmigo Calzada arriba.
-Oye Camus- le dije, mientras me cargaba. -Eres muy guapo, cuando quieras te ayudo con alguna Amazona.
Volvió a rodar los ojos. Era lo que más hacía cuando estaba conmigo. En poco tiempo recorrimos las tres Casas que separaban la Quinta de la Octava Casa y entró conmigo a Escorpio.
-Listo, ahora si vomitas, será problema de Milo y nadie más- dijo, poniéndome en la cama de Milo.
-Seamos felices y tomemos vino y cantemos canciones de Baco… gracias a él Methe, la embriaguez, fue traída a nosotros; Charis, la gracia, nació; Lype, la tristeza, descansó y Ania, el dolor, se fue a dormir- canturreé el poema de Methe de la Anacreontea.
Era uno de los libros que había leído recién había llegado al Santuario para empaparme un poco de la cultura local. A Camus no le hacía gracia mi despliegue etílico de cultura griega y mi buena memoria. Quizás rezaba internamente para que Milo llegara pronto a relevarlo del suplicio de cuidarme intoxicada por el alcohol. Como si fuera la primera borrachera con él… No tardó mucho en llegar el Escorpión, agradeciéndole y librándolo de su tarea de niñero. Camus salió en una exhalación de allí, sin despedirse de mí. Miré a Milo, quien no estaba ni la mitad de tomado que yo. Lástima, yo me sentía genial.
-Hola, guapo- le dije entre risas.
-Hola, hermosa- me dijo, mientras se sentaba frente a mí en su cama. -Enciende un poco tu Cosmos.
Gradualmente fui subiendo la intensidad hasta que me hizo una seña de que era suficiente. Mantuve la intensidad por unos minutos y la sensación de mareo fue disminuyendo hasta dejarme con la sensación y aparente suave embriaguez de los primeros tragos.
-Wow, ¿Qué fue eso?- pregunté, sorprendida.
-El Cosmos acelera nuestro metabolismo, haciendo que quememos el alcohol en nuestra sangre con mayor rapidez- me explicó.
-Oh, ya estoy bien, podemos volver por más caipirinhas- le dije, parándome de la cama.
Él rió y me miró algo extrañado.
-Pensé que querías quedarte… conmigo- me dijo lentamente.
-Si ya tienes algo en mente…- le dije, sentándome sobre él. -Milo, quiero preguntarte algo primero… ¿soy un desastre para vestirme?
Aquello lo tomó totalmente por sorpresa y estalló en una carcajada, abrazándome tiernamente luego y besándome en la punta de la nariz.
-El problema es tu ropa- me dijo con seguridad.
-¿Qué tiene de malo mi ropa?- pregunté, mirando mi vestido.
-Que la llevas puesta- me dijo al tiempo que metía sus manos por debajo de mi vestido y recorría mi espalda, electrificándome.
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Candirú: pez del Amazonas famoso por ser atraído por fluidos como la sangre y la orina, metiéndose en la uretra y quedando atrapado.
Komboloi: una especie de rosario de la preocupación. Tradicionalmente se usa en grecia para distraer la mente cuando se está preocupado, para mantener las manos ocupadas.
Habibi: expresión de afecto (masculino) en árabe. Se usa tanto para la pareja como para los amigos, niños…
Methe: en la mitología griega era el espíritu y la personificación de la embriaguez.
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Nuevamente gracias por leerme, por sus reviews y comentarios. De verdad que leer cómo les parece la historia hace que sea más emocionante seguir escribiendo. Por cierto, los nombres, que me han preguntado, se pronuncian así:
Selket: Selkét (acento en la segunda E)
Seline: Selín (acento en la I, sin pronunciar la segunda E)
Leyja: Li-ah (variante escandinava de Leah)
Lexie: Lek-si (variante cariñosa de Alexandra)
Y gracias especialmente a Ana Nari por su linda review :)
