Trigésimo quinto
Algún día pediré un deseo a las estrellas, y despertaré donde las nubes lejos están.
Dejándolas atrás mía.
Donde los problemas se derriten como gotas de limón, lejos, muy por encima de las chimeneas.
Ahí es donde me encontrarás.
En algún lugar sobre el arcoíris.
Vuelan pájaros celestes.
Los pájaros vuelan sobre el arcoíris, entonces. ¿Por qué yo no podría?
Perfección. Satisfacción. Nervios. Miedo, mucho miedo.
No me tembló la voz y eso era lo que más me preocupaba. Ni tampoco me olvidé de la letra, ni de la entonación, ni siquiera noté como el dichoso haz de luz que me iluminaba, me cegaba. Mi vista merodeó por todo el escenario, al igual que lo hacía mi cuerpo mientras me dejaba llevar por aquella letra, por la melodía de aquella canción y olvidaba lo que Judy Garland hacía en la película.
Fui yo. Fui Rachel Barbra Berry cantando una canción escrita y compuesta por Harold Arlen y Yip Harburg, pero sintiendo que era mía. Que aquellas preciosas palabras daban forma a mi deseo. Que era yo quien quería volar como aquellos pájaros azules, y perderme más allá del arcoíris. Fui yo, y esa era mi única intención y objetivo.
La vida me había dado varias oportunidades, aunque ninguna como aquella. Y en todas fracasé al querer parecerme a las verdaderas protagonistas que una vez vi en televisión. Después de tantas pruebas, supe que lo que de verdad deseaban aquellos productores era encontrar a alguien nuevo, a alguien que no fuese una copia exacta de lo que todos ya conocían, y lograse crear una nueva estela. Y eso es lo que yo quise hacer.
Fui una inconsciente al no acudir a la audición que llevaba más de tres meses esperando para The Heart, y que, aunque no era conocida, podría haberme servido para empezar. Pero dicen que quien no arriesga, no gana. Y yo ya estaba cansada de optar a obras musicales que solo se representaban una vez a la semana durante un mes. Y en las que incluso llegabas a perder dinero en vez de ganar.
Yo quería dar el paso, avanzar de una vez y gritarle a Broadway que Rachel Berry había llegado, para triunfar. Y así me sentí cuando escuché el aplauso de Rupert y pude descubrirlo ascendiendo hasta el escenario.
—Guau, definitivamente, estabas enferma la última vez que te vi audicionar.
—Lo estaba —balbuceé recuperando los nervios que había dejado aparcados mientras cantaba.
—Ya veo. Has estado perfecta, señorita Berry.
—Gra... gracias. Eso significa que…
—Eso significa que le llamaré cuando acabemos las audiciones para infórmale de si estás dentro o no —me sonrió con dulzura. Aunque lo cierto es que siempre lo hacía de ese modo.
No sé qué tenía ese hombre, pero definitivamente no se parecía a los otros productores con los que me había enfrentado.
Era serio, sí, y su presencia imponía bastante, pero a la vez su rostro reflejaba un halo de calidez y de ternura que desconcertaba. Tal vez sus impresionantes ojos azules tenían algo que ver, no lo sé. Pero lo cierto es que, a pesar de su escueta respuesta, yo no pude evitar emocionarme y sentir las buenas vibraciones de su mirada.
—Bien, estaré esperando impaciente —respondí.
—Muchas gracias, señorita Berry. Ahora si no le importa, debemos dejar que los demás tengan su oportunidad.
—Claro, claro —balbuceé siendo consciente de cómo me invitaba a abandonar el escenario. Fue tan diferente a como lo hizo la última vez, que incluso me permití el lujo de esbozar una sonrisa que a punto estuvo de hacerme daño.
Mis mejillas habían perdido la costumbre de sonreír, y notaron la tirantez.
No. No estaba siendo exagerada.
Estuve 18 días exactamente en Lima. 18 días en los que pude recuperar mi vida, mi paciencia, mi calma. 18 días en los que logré encontrar el equilibrio que necesitaba para separar mis problemas emocionales, de lo profesional. 18 días en los que fui recuperando la sonrisa poco a poco, a pesar de que algunas lágrimas se negaban a desaparecer. Sobre todo, cuando la noche caía y mi mente volaba hacia ella.
Pero al menos me sentía bien. Volvía a ser yo, y eso ya era más que suficiente para lograr lo que acababa de lograr.
Sin embargo, las débiles sonrisas que logré regalarle a mis padres, volvieron a desaparecer de mi cara cuando llegué a Nueva York, y descubrí lo que me esperaba en las siguientes semanas. Tal vez meses.
Santana seguía igual, o incluso peor.
Solo llevaba un día, y aunque mi tren llegó justo a tiempo para cenar y dormir antes de acudir a la audición, tuve la ocasión de encontrarme con ella justo cuando me disponía a recuperar mi habitación.
Nunca antes me había sentido tan tensa y apenada, y eso que ni siquiera me dirigió una sola palabra.
Santana se limitó a esquivarme, a ignorarme en todo momento, y a mí me rompía el corazón. A pesar de que yo también debía estar molesta con ella. A pesar de que yo no tenía por qué sentir que la culpa fuese toda mía. Pero lo hacía. Sentía que todo aquello lo había provocado yo.
Solo Kurt atinó a tranquilizarme, recordándome que la actitud de mi amiga, porque yo seguía considerándola como tal, solo era en apariencia. Que ella estaba igual de arrepentida como podía estarlo yo, y que solo necesitaba tiempo para que las tensiones fuesen disolviéndose.
Quise hacerle caso y acepté su extraño consejo de no perder la paciencia, y mostrarme pacífica. Y digo extraño porque yo siempre había sido pacifica, excepto cuando me rompían el corazón, sin duda. Pero conocía el orgullo de Santana, y sabía que le iba a costar un mundo romper ese muro que ella misma había creado entre nosotras.
—Mucha suerte, Rachel —susurró Rupert justo cuando yo ya cruzaba el telón que me llevaba a la parte trasera del teatro, y me lanzaba hacia la calle tras recuperar mis cosas.
La iba a necesitar. Al igual que el aire.
Frío, con algo de polución, pero con el suficiente oxigeno como para llenar mis pulmones, y regalarme una sensación de tranquilidad insuperable y necesaria. Aunque lo cierto es que no solo quería respirar, sino que también tenía ganas de correr y gritar. Y si no fuera porque me había prometido ser madura, eso es lo que habría hecho. No obstante, el paso acelerado y mi sonrisa me acompañaron durante el recorrido hasta la cafetería, donde todo me devolvería a la cruda realidad.
Santana iba a estar allí y, o mucho tenía que ignorarme, o me veía pasando las siguientes horas reponiendo la dichosa campana con las asquerosas rosquillas de huevo.
Daba igual. No importaba. Iba a disfrutar de aquel pequeño respiro que me regalaba el cielo por fin descubierto de Nueva York, y el ruido ensordecedor de sus calles transitadas. De la gente que seguía sin sonreír cuando pasabas a su lado. Aquella mañana fui yo quien les sonreía, y apuesto que más de uno descubrió que era mucho más bonito regalar una sonrisa, que una insulsa mirada de desconfianza. A menos que el destino quisiera demostrarme que no era la única neoyorquina adoptada que sonreía.
Fue curioso, pero nada más recordar la antipatía de los ciudadanos de aquella ciudad, y probablemente de todas las ciudades del mundo, el destino me volvió a dar otro revés para gritarme que estaba equivocada.
Él si sonreía, aunque confieso que en aquella mañana era a quien menos me apetecía ver.
A penas me faltaban unos metros para llegar a la cafetería y me lo encontré de frente, con su amplia sonrisa y la luz que seguía desprendiendo su mirada. Daba igual lo que me hacía sentir después de nuestro desafortunado encuentro, pero Brian seguía siendo jodidamente perfecto. Y su imagen aún más.
No sabía si detenerme o simplemente seguir caminando. Pero él si supo lo que hacer. De hecho, no tardó en plantarse frente a mí como si nada hubiese sucedido entre nosotros.
—¡Rachel! —se mostró algo sorprendido— Hola. Feliz año nuevo.
—Ho, hola Señor Weist —le dije. Me resultaba tan extraño llamarle así, que no pude evitar desviar la mirada. Sin embargo, a él no pareció importarle—. Feliz año.
—Me alegra verte. ¿Han ido bien las vacaciones?
—Eh, sí, muy bien, siempre viene bien pasar un tiempo con la familia, y más en esta época.
—Totalmente de acuerdo contigo. No hay que perder las verdaderas raíces —me sonrió de nuevo—. ¿Qué tal la audición?
Me sorprendió. Y no porque se acordará de un detalle como ese, sino porque yo no le había comentado nada de la prueba. De hecho, no había vuelto a hablar con él desde que sucedió lo que sucedió. Ni siquiera en clase.
—Eh, bien. Creo —musité.
—¿Crees? Espero que no me hayas dejado mal parado. Rupert estaba muy ilusionado contigo.
—¿Rupert? ¿Le, le conoce? ¿Cómo?
—En primer lugar, te pido que me tutees, Rachel —se sinceró—. Me siento raro si me llamas por mi apellido o de usted.
—Oh, ok, lo siento, ya sabes que…
—Y segundo —me interrumpió—. Sí, conozco a Rupert Campion. Se puso en contacto conmigo hace algunas semanas para preguntarme por ti.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque él suele trabajar con alumnos de la academia —me explicó—, y se interesó por tu historial. Y como yo soy tu profesor, pues se puso en contacto conmigo.
—Oh, vaya. No, no lo sabía —respondí aún incrédula. Era algo tan surrealista que ni siquiera podía imaginarlo aun escuchándolo.
—Espero que le hayas dejado claro que realmente tienes talento. Me dijo que estaba un poco preocupado porque tuvo una mala experiencia contigo.
—Creo, creo que sí, que lo he convencido. Aunque, aunque aún tienen que hacer la pruebas a más chicas y, no puedo hacerme ilusiones. Él fue quien me hizo la prueba de Funny Girl, y…
—Oh, claro, el día que estabas enferma.
—Exacto. Al menos esta vez he podido cantar.
—Entonces lo habrás hecho genial. Le dije que eras una chica bastante perfeccionista y no ibas a dejar pasar la oportunidad de mostrar todo tu talento.
—Oh, gracias.
—No tienes que dármelas, es mi obligación hacer que mis alumnos encuentren el camino. Y que los demás os conozcan no hace otra cosa más que llenarme de orgullo. Sé cuándo alguien va a llegar lejos, y me fascina la idea de saber que yo estuve poniendo mi granito de arena para ayudar en lo que pueda.
—Gra… gracias —balbuceé de nuevo sin saber qué más decir.
Realmente estaba sorprendida por tal cantidad de halagos y sinceridad, sobre todo, después de casi un mes sin hablarnos. No podía evitar pensar que en nuestra última clase apenas nos dirigimos una sola mirada, y ahora me estaba agasajando con todas aquellas sonrisas, y confesándome que había mediado por mí para que Rupert se decidiera a darme aquella segunda oportunidad.
Y lo cierto es que tenía sentido.
Antes de aquello, no llegaba a comprender por qué el señor Campion había tenido la decencia de llamarme para la audición. Yo en su lugar, y después de mi bochornoso espectáculo, me habría negado en rotundo a darle una oportunidad a alguien que no podía hablar sin evitar que los mocos se escapasen de la nariz, o la fiebre le hiciera sudar de la manera más desagradable de la historia.
Ahora lo entendía, y para mi fortuna, Brian había sido el culpable de que aquel día por fin volviese a sentirme yo.
Me costó aceptarlo, pero tuve que hacerlo.
—Siento que estoy en deuda contigo —añadí con algo de temor.
—Cierto, estás en deuda —me dijo sin dejar de sonreír—, y quiero pedirte algo para que me compenses por lo que he hecho.
Noté como las piernas me temblaron, pero su sonrisa era demasiado divertida como para temerle. Hay cosas por las que yo no estaba dispuesta a pasar. Broadway era importante para mí, pero mi dignidad como ser humano y mujer estaba muy por encima de la frustración de cualquier estúpido engreído.
—Si está en mis manos…
—Lo está —no me dejó continuar.
—¿Y qué quiere que haga?
—Que me perdones —fue directo. Tan directo que enmudecí, y decidí dejar que continuase explicándose—. Necesito que me disculpes por cómo te traté. Necesito que no me guardes rencor o me mires como un hijo de puta —se volvió rudo—. Yo no soy así, Rachel. Reconozco que no suelo tener demasiado tacto con las mujeres, pero hasta ahora nunca me había equivocado con quienes me habían buscado.
—No, no es necesario —traté de evitar que aquella conversación se alargase. Lo cierto es que me sentía demasiado incomoda y no tenía ni idea de por dónde iba a salir.
—Sí, sí que lo es —continuó—. Rachel, me equivoqué contigo. Me dejé llevar por, bueno ya sabes, por ese estúpido instinto que tenemos los hombres, y me confundí. Me arrepiento muchísimo, porque tú no eres de esas chicas, y debí verlo. Por supuesto que debí verlo antes.
—Brian, de verdad, todo está olvidado —fingí.
—No, no lo está, porque hace un mes tú me mirabas a los ojos cuando me hablabas, y ahora ni siquiera eres capaz de hablar conmigo más de dos minutos. Y yo me puedo permitir eso. Rachel, llevamos dos años dando clases, y aunque solo sean dos días a la semana, sabes perfectamente que para mí sois importantes. Y tú eres más especial que el resto.
—¿Más especial? —balbuceé.
—Sí. Siempre te he visto con dulzura. No sé, me, me dabas la sensación de ser una chica honesta, dulce, me sentía como un protector, un maestro, contigo. Pero no sé qué me pasó, y ver, o, mejor dicho, descubrir que realmente eres una mujer hermosa, pues sacó ese lado canalla y maleducado que me mantiene soltero —dejó escapar media sonrisa—. Sé que te ofendí, y jamás he ofendido a ninguna mujer. Te lo aseguro.
¿Qué decir? Pensé tras ver como pausaba su discurso y esperaba alguna reacción por mi parte. No tenía ni idea de qué hacer o responderle, porque ni siquiera lograba asimilar lo que me estaba diciendo. O tal vez sí. Entendí que realmente estaba arrepentido, pero la desconfianza me decía que estaba utilizando sus mejores armas de seducción para lograr mi perdón. Y eso me daba miedo. Porque a pesar de todo, yo seguía siendo bastante fácil de convencer. Y me había metido en muchos problemas por culpa de esa confianza que regalaba.
—Soy un desastre, Rachel —continuó—, y no quiero que mi poco tacto y mi estupidez, destrocen los dos años que llevamos compartiendo clases. No quiero que se acabe el curso y verte salir de la academia sin que me hables, o me mires. No me lo perdonaría.
—No, no tienes que preocuparte —reaccioné al fin—. Tienes razón, yo también cometí mis errores y soy consciente de que ellos te provocaron esa confusión. Así que, en cierto modo, yo también tengo que pedirte disculpas porque lo hice intencionadamente.
—Que seas hermosa no te hace ser culpable de llamar la atención de cualquier hombre. No es justificación.
—Bueno, para mí sí que lo es —musité pensando en todas las veces que había intentado provocarlo a lo largo de los dos años. Muchas, de hecho, más de las que él podría imaginar sin duda—. Solo, solo quiero que sepas que no pasa nada, que todo está bien. Cuando salga de la academia saldré agradecida por todo lo que me has enseñado, y todo el mundo sabrá que fuiste mi profesor.
—No quiero eso. Quiero que cuando salgas no me guardes rencor. El resto está demás.
—No te lo guardo —fui sincera por primera vez en mucho tiempo—. Es cierto que siento algo de desconfianza, pero no te guardo rencor, te lo aseguro. Supongo que todo volverá a la normalidad, y yo voy a hacer lo posible porque así suceda. ¿De acuerdo?
—Bien —sonrió más relajado—, eso es lo que quería oír. Y, bueno, había pensado en regalarte una flor pero no estaba seguro de que fuese lo más adecuado y…
—No, no —le interrumpí—. No más flores por favor —supliqué con algo de humor. Recordar la horrible Hortensia y la pesada broma de Quinn, me hizo sonreír. Algo inusual en aquellos días en los que cada pensamiento que me llevaba a la rubia, me hacía llorar.
—Ok, no más flores —musitó—. ¿Qué te parece si mejor vamos a cenar algún día?
—¿Cenar? —balbuceé recuperando la seriedad, y centrándome en sus ojos. Quería saber cuáles eran las verdaderas intenciones, aunque su mirada era tan cristalina y encantadora que difícilmente lo iba a averiguar. Y menos aun cuando algo, ajeno a nosotros dos, me llamó la atención.
No supe lo que fue, pero instintivamente desvié la mirada hacia una chica que justamente pasaba a nuestro lado, y que me resultó muy familiar. Tanto que incluso Brian se percató del gesto, y esperó a que volviera a él para obtener una respuesta.
—¿Y bien? —me cuestionó.
—¿Y bien qué? —repetí al tiempo que volvía a buscar con la mirada a aquella chica que ya se perdía por la acera, y que justamente en ese instante me miraba a mí.
O estaba loca o sufría alucinaciones, o las dos cosas a la vez. Pero aquella chica me conocía, y yo la conocía a ella sin dudas. El problema era que no atinaba a recordar donde la había visto. De hecho, incluso me fijé en su ropa, pero no me recordaba a nadie conocida, y menos aún su llamativo gorro con orejeras que apenas me permitía distinguirla bien.
—¿No aceptas una cena conmigo? —me hizo reaccionar de nuevo.
—Oh, sí, si claro —respondí por inercia, sin saber si quiera que estaba aceptando algo que no me apetecía, ni quería.
—Perfecto —musitó sorprendido.
—Eh, disculpa Brian. Pero, pero tengo que ir a trabajar —me excusé recordando como mi turno empezaba en apenas diez minutos. Aunque lo que realmente me hizo reaccionar fue ser consciente de como acababa de aceptar una invitación para cenar con él. No podía rechazarla después de haber dicho que sí, y solo una excusa me podría valer. Pero necesitaba algo de tiempo para pensarla, y la imagen de aquella chica observándome desde lejos, ya me había desconcertado lo suficiente.
—Oh, claro, no te molesto más —me sonrió, y lo hizo durante todo el tiempo que transcurrió mientras nos despedíamos, y me permitía continuar con mi camino.
Juro que traté de no obsesionarme con aquel encuentro y las disculpas de Brian, pero me fue imposible no hacerlo, ni siquiera cuando ya me miraba frente al espejo de los aseos de la cafetería tras colocarme el uniforme, y asegurarme de que todo estaba en perfectas condiciones. Bueno, todo supuestamente en mí, porque mi día no había hecho más que comenzar, y a aquel encuentro con Brian y la extraña chica que me miró, se le iba a unir la inoportuna presencia de Santana.
¿Por qué no podía tener un día normal? ¿Por qué no continuar con la agradable sensación de haber hecho una audición perfecta?
Ni siquiera la escuché llegar, y tal y como la vi acceder al servicio, me dispuse a salir sin dirigirle la palabra, ni la mirada. Pero ella no parecía estar dispuesta a que eso sucediera.
—Espera —esgrimió justo cuando yo me disponía a abrir la puerta para empezar mi turno.
—Tengo trabajo, estoy en horario.
—Soy tu jefa, y si digo que esperes, esperas —me interrumpió.
—Ok. ¿Qué? —me giré hacia ella, mostrando todo el orgullo que podía transmitir.
—Tengo que informarte de algunos cambios en la cafetería.
—Ok, tú dirás.
—La semana que viene seré gerente —espetó sin destruir su mirada llena de soberbia.
—Oh, genial, enhorabuena —respondí con algo de sarcasmo, aunque lo cierto es que me alegré al oír aquello. Nadie más que yo deseaba que a Santana le fuesen bien las cosas, aún después de sufrir lo peor de ella.
—Los abogados me han comentado que tenemos que cambiar los contratos de los empleados— continuó sin cambiar de actitud—. Así que me temo que…
—¿Vas a echarme? —cuestioné tratando de acabar con aquella estúpida disputa— Si es lo que quieres, adelante. Si tienes que hacer nuevos contratos y no pretendes renovarme, perfecto, échame. No quiero discutir más. No quiero acabar en cualquier juicio estúpido. Yo te entrego el uniforme, y se acabó.
—No he terminado de hablar —me cortó.
—Es que no me interesa que trates de humillarme, porque no lo vas a conseguir.
Resopló. Y lo hizo llena de impotencia y algo de resignación.
—¿Quieres que me vaya? —volví a cuestionarla.
—Idiota, te estoy diciendo que me dejes hablar.
—Ok, habla.
—No quiero echar a nadie. Estoy dispuesta a renovar a todos los contratos de todos los trabajadores y entre ellos estás tú. Solo quería decírtelo y preguntarte si estás interesada o no. Eres la única que falta por confirmar, porque eres la única que ha estado de vacaciones y no ha dado señales de vida.
—¿Renovar? —mascullé desconcertada— ¿Quieres que siga trabajando aquí?
—A mí me da igual —musitó—, se supone que somos un equipo y no quiero romper algo que funciona bien. Es decisión tuya querer estar aquí bajo mis órdenes, o salir huyendo.
—¿Huyendo? ¿Qué insinúas?
—¿No has dicho que no quieres discutir? Pues bien, no preguntes y responde. ¿Vas a continuar o no?
Raro. Confuso. Terriblemente extraño. No tenía ni idea de lo que pretendía Santana al hacerme aquella oferta. O tal vez sí, tal vez tenerme bajo su mando le gustaba más que no hablarme ni verme, porque solo así podría joderme a su antojo. Sin embargo, era todo tan raro, que no pude evitar pensar que realmente quería dar ese paso del que hablaba Kurt, y dejar de ignorarme. Y lo cierto es que aquella era la mejor de las excusas para que su orgullo no terminase herido. Siempre podría quedar por encima de mí siendo mi jefa.
—No, no lo sé —musité—, tengo que pensármelo.
—Pues no tienes más de tres días para ello —respondió algo ofendida—, el viernes tengo que llevar toda la documentación y no voy a esperar a última hora. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.
—Te informaré de mi decisión en un par de días —dije sin perder la soberbia, aunque todo era apariencia. Sí, es cierto que estaba siendo idiota al hacerme la importante con ella, pero supuestamente iba a recibir la respuesta de mi audición en aquella semana. Y decirle que sí quería seguir trabajando allí sin saber si iba a poder, era una estupidez. Además, de ese modo me desquitaba un poco de su actitud mandona y prepotente. Se lo había ganado—. Y ahora, si no tienes nada más que decirme, me voy a trabajar.
—No, claro que no, vete… —respondió justo antes de que yo me girase y me propusiese abandonar el baño— Huye —añadió logrando que me detuviera de nuevo.
Habían sido dos las veces que me hizo referencia a huir, y no tenía por qué aguantar aquello.
—¿Huyo? ¿De verdad crees que estoy huyendo? —le repliqué— ¿Piensas que me das miedo?
—No, está claro que no, porque en caso contrario estarías ahí encerrada llorando como haces siempre que algo te da miedo.
—No tengo ganas de aguantar tus…
—¿Has vuelto a hablar con ella? —me interrumpió, y fue entonces cuando supe lo que realmente sucedía. Su curiosidad era superior, y ni siquiera podía con el orgullo que debía sentir.
Supuse que verme en su habitación con Quinn en la cama dormida entre mis brazos le fastidió demasiado, y le hizo comprender que tal vez yo había decidido seguir mi corazón, y continuar con mi extraña relación con Quinn.
—¿Qué te importa?
—Me importa, porque me gustaría saber cómo está.
—¿Por qué no la llamas tú?
—Porque no creo que a mí me quiera atender después de la bofetada que le di. Además, no tengo su número.
—¿Cómo que no tienes su número? ¿No era el amor de tu vida? Ah, no, espera, el amor de tu vida es la chica que estuvo en noche vieja contigo, ¿no es cierto? ¿O cuál de ellas? Porque ya he perdido la cuenta de tantas que han pasado por tu cama.
—Idiota —musitó dejando escapar su sonrisa más malévola—, deja las escenas de celos. No me interesa Quinn, ni me interesa lo que tú puedas tener con ella. De hecho, no tardaste tiempo en acudir y meterte en su cama cuando pasó lo de su abuela. Pero si me preocupa Emma, y sé que lo están pasando mal, pero ella no me lo quiere decir. No sé cómo está Quinn, y aunque no lo creas, tengo corazón, y me preocupa.
—En primer lugar, fue Emma quien me llamó para que ayudase a Quinn, y lo hice porque aún tengo algo de humanidad. Solo fui a estar con ella. Y segundo, si tanta curiosidad tienes por saber cómo está, llámala tú, o ve a la floristería y lo hablas con ella.
—¿A la floristería? —me miró extrañada— ¿Para qué si ellas no están?
Juro que quise seguir fingiendo mi actitud y hacerle creer que seguía manteniendo contacto con Quinn, pero después de aquella pregunta o respuesta, no pude hacerlo.
—¿Cómo que no están? ¿Dónde van a estar?
—¿En Inglaterra? —preguntó como si fuera lo más obvio que debía saber. Sin embargo, yo no lo sabía. De hecho, ni me lo había planteado.
—¿En Inglaterra? —repetí desconcertada
—¿No lo sabias? —volvió a dibujar aquella sonrisa tan detestable— Oh. ¿Así que no has hablado con ella?
¿Por qué seguía mintiendo si solo me metía en problemas con ello? No podía seguir así, y aquel fue el momento exacto en el que decidí volver a ser yo.
—No —resoplé—, no he hablado con ella, ni quiero —respondí tras recordar como a pesar de que aquello fuese verdad, y Quinn estuviera en Inglaterra, ni siquiera se había dignado a contestarme a los mensajes. De hecho, prácticamente me bloqueó para que no siguiera llamándola. Era absurdo seguir martirizándome cuando ya estaba todo perdido.
—Vaya, que pena —murmuró sin perder el sarcasmo—. Al final volvemos al principio, tú con tus clases de danza, y yo con mis chicas.
Ni siquiera tuve ganas de devolverle la sonrisa llena de ironía y sarcasmo que me regalaba con aquellas palabras. De hecho, decidí que lo mejor que podía hacer, era marcharme y olvidarme de sus intenciones por hacerme daño. Porque evidentemente, era lo que pretendía al hablarme de ella.
—¿Puedo empezar a trabajar ya?
—Claro —me invitó a que abandonara el servicio—, tienes todo un mostrador que rellenar de rosquillas…de huevo.
