El invierno llegó más rápido de lo que esperaban y con él la Navidad. Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. El lago estaba sólidamente congelado. Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del frío y del viento para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
Mientras que las salas comunes y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. A pesar del frío dentro del castillo había ambiente navideño. El profesor Flitwick, que daba Encantamientos, ya había decorado su aula con luces brillantes que resultaron ser hadas de verdad, que revoloteaban. Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Para la mayoría lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes. Los alumnos debían prestar más atención de lo normal, pues con el más mínimo de los errores se podían llevar una buena reprimenda. Incluso los alumnos de Slytherin debían andarse con pies de plomo. Desde la llegada del invierno, el profesor de pociones había estado especialmente irritable. Se le había visto perder la calma en más de una ocasión, nada normal en él.
Tras la última clase del trimestre, Severus se sentó en la butaca de su despacho intentando serenarse. Los incompetentes alumnos de tercero le habían puesto de los nervios con su habitual ineptitud. Se sirvió una copa de Wisky de fuego y le pegó un sorbo para serenarse. Pero nada más lejos de su intención, en su cabeza apareció fugaz la imagen de la joven Johanna. Últimamente le pasaba a menudo y frecuentemente cuando se tomaba una copa. Empezaba a pensar que su cerebro relacionaba el alcohol con la joven, cosa que no sería de extrañar. Era irónico. Beber para olvidar, le hacía recordar.
Llevaba días dándole vueltas a un pensamiento. Hacía semanas que había encontrado en su librería un libro de ungüentos y medicina medieval muy antiguo que ya no recordaba tener, hojeándolo se dio cuenta de que a cierta joven que conocía le podría gustar. Pero no había encontrado el momento ni un buen motivo para dárselo. Se acercaba peligrosamente la Navidad y no quería que ella lo tomara por un regalo navideño. Tras considerar todas las posibilidades decidió que la mejor manera de entregarle el libro era mediante un regalo anónimo.
No poder quitarse a la chica de la cabeza le ponía de mal humor, pero lo que lo enfurecía aún más era ver como su insufrible ayudante se pavoneaba delante de ella revoloteando cual buitre a su alrededor. Desde poco después de Halloween, lo había visto acercarse mucho a su alumna, le traía libros, los comentaban juntos e incluso se veían después de las clases en la biblioteca. Él le contaba que la chica era un diamante en bruto y que tenía que pulirla, que con el entrenamiento adecuado se convertiría en una gran profesional de las pociones. Pero él sabía muy bien que Patrick tenía otras intenciones, ya había vivido algo parecido en el pasado y sabía muy bien cómo iban a ir las cosas.
Estaba muy molesto consigo mismo. Por un absurdo desliz había hecho algo que se juró no volver a hacer y se sintió realmente cómodo. Eso le había puesto en una situación por la que jamás hubiera creído volver a pasar. No es como si pretendiera tener algún tipo de exclusiva con la chica, pero la descuidada actitud de ella ante los descarados y premeditados movimientos del chico, hacía crecer la ira en su interior. No estaba celoso, se repetía día tras día. Era sólo que no la creía tan tonta como para caer ante las galanterías de aquel chico.
Enfurruñado y con los puños apretados, Severus iba caminando a grandes zancadas por el amplio pasillo del primer piso. Iba perdido en sus pensamientos cuando un repentino estruendo lo sacó de su ensimismamiento. Ante sus ojos Sam yacía en el suelo cubierto por completo de escobas. Severus, de mala gana, ayudó al chico a ponerse de pie.
- Deberías ir con más cuidado. – Le espetó el profesor con desdén.
- No sé qué ha podido pasar. – Titubeó el chico. – No sé cómo han llegado aquí, las escobas de práctica de vuelo.
En aquel momento una voz resonó con fuerza por todo el pasillo seguido de una fuerte carcajada.
- La princesa vuelve a estar en apuros.
Los dos voltearon la cabeza a tiempo para ver a Peeves desaparecer tras una pared.
- Gracias Severus. – Dijo Sam poniéndose de pie con la ayuda del hombre.
- Profesor Snape, si no te importa. – Respondió él con tosquedad.
Sam lo miró con incredulidad.
- Eso quizás funcione con tus alumnos. – Dijo sacudiéndose el polvo de su túnica. – Pero no conmigo, somos colegas y nos conocemos desde hace tiempo. Aunque te esfuerces en apartarlo de tu cabeza hubo un tiempo en que me criaste casi como a un hijo. Te guste o no para mí siempre serás Severus, no el profesor Snape.
Severus suspiró con resignación. Al fin y al cabo el chico tenía razón.
- ¿Va todo bien? – Preguntó el chico. – Te veo más huraño de lo normal si cabe. Deberías mostrar más tu lado bueno.
- No, las cosas no van bien y creo que en parte tú eres responsable de ello. Quién si no metió ideas absurdas sobre mí en la atolondrada cabezota de la joven Macbay. Hubiera sido mejor si siguiera odiándome y encontrándome detestable como todos los demás. De esta manera no sería una molestia constante, interrumpiendo mis tan ansiados momentos de soledad, en paz, sin alumnos.
- No hay que ser un experto en legilimancia para saber que miente usted señor profesor Snape.
El joven pelirrojo esbozó una sonrisa pícara. Le gustaba ver al que fue su mentor fuera de sus casillas y de su serenidad habitual. Era bueno para él que algo activara su oxidado corazón y se alegraba que Johanna provocara ese desasosiego en el huraño profesor.
- Si no fuera porque casi me cuesta la vida salvar la tuya te lanzaría una maldición. – Le espetó el profesor fingiendo estar molesto, ocultando una sonrisa mal disimulada.
- ¿Te apetece un té? – Dijo el joven señalando la puerta de su oficina. – Creo que una bebida sin alcohol para variar te sentará bien.
El profesor accedió a regañadientes.
Sam preparo las infusiones con tranquilidad y en silencio. Le sirvió una taza humeante al profesor y se sentó delante de él con otra taza a la que añadió dos cucharadas de azúcar.
Allí permanecieron los dos hombres en silencio durante unos largos minutos. Los dos bebían de sus respectivas tazas sin mediar palabra.
Sam dio un largo sorbo y miro al profesor con curiosidad.
- ¿Quieres contarme algo? – Pregunto el chico.
- Nada. ¿Por qué tendría que querer contarte algo a ti? – Respondió el hombre con brusquedad.
- Porque soy la única persona delante de la cual no puedes ni tienes porque fingir ser un individuo insensible. – Respondió el chico con naturalidad.
Snape resopló y dejó la taza vacía sobre la mesa.
- ¿Podrías hacer algo por mí? – Preguntó el hombre sin estar muy seguro de que lo que estaba a punto de hacer fuera buena idea.
Sam asintió con la cabeza esbozando una sonrisa.
- Tengo un libro en mi despacho, que creo que podría serle de interés a cierta joven. ¿Podrías dárselo por Navidad de tu parte? – Pregunto el hombre un poco turbado por las palabras que estaba pronunciando.
- ¿Y privarla de tener una buena imagen de ti?
- Es precisamente por eso.
- Como quieras. – Dijo Sam con un deje de decepción en su voz.
El profesor se levantó complacido por la respuesta del chico.
- Gracias por el té. – El profesor se dio la vuelta y se fue con su capa ondeando tras de sí.
Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Emma despertó temprano a Johanna, eran las únicas que quedaban en aquel dormitorio. Iba ya vestida y llevaba un regalo para su amiga.
- ¡Despierta! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la venta.
Johanna se desperezo y miró, a su sonriente amiga, aun desorientada por el sueño.
- Toma. – Le dijo Emma entregándole un pesado regalo envuelto con sumo detalle.
- Gracias. – Dijo la chica tomando el regalo y desenvolviéndolo con rapidez.
Detrás del envoltorio había un grueso libro forrado en piel y con unas enormes letras doradas "Hechizos para chuparse los dedos. Mil y un hechizos para mil y una recetas"
Johanna dejó el libro en la cama y se levantó de un salto para abrazar a su amiga. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en los pies de la cama había más regalos.
- Yo también tengo algo para ti. – Le dijo a su amiga. – No fue fácil de esconder, pero Hagrid me ayudó un poco.
De debajo de la cama saco una caja de madera con agujeros y se la entregó a su amiga. Esta la abrió con curiosidad. Al descubrir lo que escondía en su interior sonrió con ternura. De dentro de la caja salió un maullido apenas audible. Poco después una pequeña gatita blanca y gris de enormes ojos azules salía con curiosidad de su improvisada cama.
El profesor Idnoril me ayudó a hacer un hechizo que la mantuviera dormida esta noche hasta que abrieras la caja. Mientras tanto estuvo al cuidado de Hagrid.
Emma sostuvo a la gatita en brazos.
- ¡Muchas gracias! – Exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.
Sin perder más tiempo empezaron a abrir los demás regalos.
Hagrid le había regalado un enorme cojín para Black, Sam le había regalado un maletín de piel marrón muy elegante lleno de compartimentos para ingredientes y pociones, además venía con un libro de ungüentos y medicina medieval muy antiguo. Johanna lo abrió con curiosidad, las páginas estaban amarillentas y olía a viejo. Tras ojearlo se percató de la presencia de unas letras manuscritas en la última página "Propiedad del Príncipe Mestizo". Johanna cerró el libro con un suspiro y abrió la nota que acompañaba a los regalos.
Feliz Navidad Johanna.
Espero que te guste y te sea útil el maletín. El otro regalo es una entrega especial, por desgracia he prometido no decir de parte de quien es, pero no te será difícil de descubrir.
Un abrazo.
Sam
Johanna dobló la nota y la guardó dentro del libro con una extraña sensación de desasosiego. Aún le quedaba un regalo. Era un pequeño paquete muy bien envuelto de parte del profesor Idnoril. Lo abrió con curiosidad descubriendo una caja forrada de terciopelo negro. Dentro de la caja había una gargantilla del mismo terciopelo de donde colgaba un brillante también negro.
Emma observo el regalo que había recibido du amiga con curiosidad.
- Tiene pinta de ser caro ¿Estas segura de que las intenciones del señor Idnoril son honestas? No veo que eso sea un regalo que se le dé a cualquiera.
Johanna asintió dándole la razón a su amiga. Ella pensaba lo mismo. Pero la verdad es que la joya era preciosa.
Terminaron de abrir sus regalos y fueron a reunirse con los compañeros que aún estaban en el castillo. Los chicos de su promoción se habían quedado todos, pero de los demás quedaban pocos.
Al mediodía bajaron al Gran Comedor. Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts. El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve mágica, cálida y seca. En la mesa relucían los platos repletos hasta arriba. Había un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con todo tipo de dulces. Cantaron villancicos, y comieron cada uno de los deliciosos platos que los elfos domésticos habían preparado. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que tomaba. Todos se habían vestido para la ocasión, no llevaban túnicas de gala, pero sí que habían dejado los uniformes en el armario para sustituirlos por túnicas más elegantes y adecuadas para la ocasión. Johanna lucía una túnica de invierno púrpura y negra que conjuntaba a la perfección con su nueva gargantilla, que se había puesto a pesar de no estar segura de las intenciones de quién se la había regalado.
Al terminar de comer la mayoría de alumnos corrieron a los jardines para la tradicional guerra de bolas de nieve, otros fueron a dar un paseo bajo la nieve mientras Johanna se retiraba a las cocinas, necesitaba pensar en un sitio donde no la encontraran.
En las cocinas, los elfos domésticos corrían ajetreados lavando toda la vajilla utilizada en la comida de Navidad. Johanna se sentó delante de la chimenea y enseguida un par de elfos le ofrecieron una taza de chocolate caliente que ella aceptó educadamente. Tenía que pensar en alguna manera de agradecerle el regalo a su profesor. Ella no le había comprado nada pensando en que él lo iba a rechazar, pero dados los recientes acontecimientos debía hacer algo al respecto. ¿Pero qué podía regalarle? Con una botella de un buen wiski de fuego seguro que acertaría, pero ni tenía donde ir ni quería seguir alimentando las tendencias alcohólicas de su profesor, eso descartaba también cualquiera de los licores muggles que tenía en el baúl. Johanna siguió pensativa sujetando la taza de chocolate ya vacía, dándole vueltas a la cabeza mientras veía a los elfos preparar la cena y algunos dulces para el desayuno del día siguiente. Viéndoles se le ocurrió una idea. Corrió a los dormitorios para rebuscar en su baúl de allí sacó una botella de licor de naranja y otra de licor de café, vertió parte de su contenido en dos botellitas y volvió a las cocinas. Allí le pidió permiso a los elfos para usar algunos utensilios e ingredientes, ellos accedieron no sin antes insistir en que ellos mismos prepararían lo que a la señorita se le apeteciera. Enseguida que pudo se puso manos a la obra. Cuando termino estaba despeinada y llena de chocolate. En una cajita tenia por un lado bombones de licor de naranja y por otro de licor de café, cerró la caja satisfecha y puso rumbo a las mazmorras tras agradecerles la hospitalidad a los elfos domésticos.
Llamó tímidamente a la puerta del despacho de su profesor esperando que estuviera allí. Escuchó unos pasos y acto seguido la puerta se abrió chirriante. El profesor la observaba atónito tras el umbral. Johanna notaba su corazón latir con tal fuerza que en cualquier momento se le saldría del pecho. Nerviosa extendió los brazos mostrando la caja sin articular palabra. El profesor se quedó quieto sin saber muy bien que hacer. Johanna levantó la mirada y se encontró con los fríos ojos del profesor.
- Feliz Navidad. – Johanna dejo escapar esas palabras con una timidez poco propia de ella.
El profesor sostuvo la caja entre sus manos y la abrió con curiosidad. Al principio no daba crédito a lo que veían sus ojos. No sabía cómo esa chica siempre le sorprendía. Viendo su aspecto estaba claro que los había hecho ella ya que parte de los ingredientes seguían en su cara y su pelo.
Snape se apartó de la puerta para que la chica entrara y cerró la puerta. La miró y le sonrió con ironía.
- ¿Eso es comestible o pretende envenenarme el día de Navidad señorita Macbay?
Al escuchar esas palabras Johanna volvió en sí, aún le latía el corazón con fuerza, pero ahora era por la furia que lograba despertarle el profesor con sus sarcasmo.
- Para saberlo tendrás que probarlo. Ten un bezoar preparado por si acaso. Pero creo que te gustarán, los he hecho tan amargos como tu carácter.
Snape se dio la vuelta para que la chica no lo viera sonreír y probó uno de los bombones. Johanna tenía razón eran un poco amargos pero con el punto justo de dulzor. Él no era muy amante del dulce y sin duda encontraba el sabor de esos bombones completamente a su gusto.
- Veo que te has atrevido a probarlo sin tener un antídoto a mano. Supongo que aún no me consideras lo suficiente habilidosa con las pociones como para suponer un riesgo para tu salud.
El profesor esbozo una media sonrisa irónica y se acercó a su alumna. Con el pulgar le acarició la mejilla para luego lamer los restos de chocolate de su cara que habían quedado en él. Johanna al darse cuenta del movimiento de Snape se sonrojó.
- Gracias por el libro. – Dijo ella dando un paso atrás.
Snape también dio un paso atrás.
- No te preocupes, Sam no se fue de la lengua. Fue más bien cosa tuya. Si no tuvieras la costumbre de firmar todos los libros que caen en tus manos con tu apodo de juventud. La próxima vez me gustaría que si tienes algo que darme, me lo dieras directamente, así te lo podría agradecer en condiciones.
Johanna se dio la vuelta para que el profesor no la viera con los colores subidos de nuevo.
- Será mejor que me vaya. – Dijo la chica abriendo la puerta.
La joven cerró la puerta al salir y se quedó unos segundos apoyada en ella. Tenía que irse de allí cuanto antes, de otra forma no sabía cómo podría contener las ganas irrefrenables que tenia de besar al hombre que había estado en frente de ella hacía escasos segundos.
