ANTES QUE NADA, UNA DISCULPA POR EL RETRASO EN PUBLICAR, TUVE ALGUNOS PROBLEMAS PERO ¡YA ESTAMOS DE VUELTA!
Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO III
La Reina de las Luces se alegró al recibir el aviso de Albert, porque anhelaba ir a reunirse con Candy. Fue, pues, a encontrarla, y con la mira de proporcionarle una inocente distracción llevó consigo a la encantadora corza blanca. En efecto, fue para Candy un gran consuelo ver a su dulce bienhechora y arrojarse en sus brazos. «—¡Oh, Madre amada de Anthony Brown Andley y Madre mía! —exclamó—, venid en mi auxilio, llevadme a donde está vuestro Hijo». En cuanto a la corcilla, Candy le hizo algunas caricias, pero estaba tan preocupada de la ausencia de su Dueño que no podía pensar en otra cosa.
Todo el cuidado de Rosemary fue consolar y confortar a su amada hija, y esta experimentaba dulce alivio al verla y oírla. Porque, ¿de qué había de hablar sino del Príncipe? Así es que la amable Señora encantaba a la joven refiriéndole las infantiles gracias del Príncipe niño, y la hacía ver dulce llanto contemplando al poderoso vencedor de la sierpe, pequeño y débil niño. También le refería Rosemary como había vertido muchas veces su inocente sangre por libertar a alguna sencilla paloma de las garras del milano, o a alguna oveja del lobo carnicero. Cuando joven, sus nobles proezas. Su valor nunca vencido, sus brillantes triunfos, entusiasmaban a Candy sobre toda ponderación. Se entretenía dulcemente y rogaba a Rosemary le repitiese, ya uno, ya otro pasaje que le llamaba más la atención y que refería Rosemary con una gracia encantadora. También le hablaba del Reino de las Luces, de la dicha de los amigos del Rey, de la fidelidad con que era servido; muy particularmente le habló de un caballero llamado Vincent, tan noble, tan prudente, tan sabio, que el Rey de las Luces le nombró ayo del Príncipe cuando niño. «—Mil veces mi querido Anthony —decía Rosemary—, pasaba de mis brazos a los de Vincent y se dormía reclinado en el pecho de su amado. Cuando creció seguía sus consejos y obedecía sus órdenes, y aun hoy día que tiene sujetos a sus enemigos, el invencible Capitán no olvida tributar el respeto que debe a su noble ayo. Vincent le llama hijo, y Anthony le corresponde llamándole padre y le ama como a las niñas de sus ojos. Yo también le amo entrañablemente, pues ya se dejan conocer sus prendas cuando el Rey le entregó su más precioso tesoro, que él guardó cuidadosamente. Tú le conocerás, hija mía; vendrá a este lugar. Él ya te ama como a la esposa de su augusto Hijo. —¡Ah! —decía Candy—, yo amo y venero al incomparable Vincent».
Por las noches, en aquellas largas noches, era cuando Rosemary tenía estas conversaciones para entretener a su amada enferma, y cuando ésta, desvelada por los ardientes deseos de su corazón, no podía conciliar el sueño, la recostaba en su falda y le cantaba canciones dulcísimas, que habían arrollado el sueño del Príncipe niño. Candy, consolada de este modo, cedía a la dulce influencia del sueño, en el que siempre se le presentaba el Príncipe en diferentes pasajes de los referidos por su augusta Madre, consiguiendo con esto Candy un alivio sin el cual aquella prueba le hubiera sido insoportable.
La dulce y compasiva Rosemary llevaba su ternura hasta cuidar también de Elroy, a quien su ama casi del todo había olvidado. Cuando caminaba de prisa, obligaba a Candy a moderar el paso, daba la mano a la anciana y le ayudaba en los caminos fragosos y difíciles; cuando llegaban a la posada la hacía descansar, y ella misma, con inefable dignación, le servía por su mano el alimento, la regalaba, le decía dulces palabras y la confortaba y divertía con alegres conversaciones. Pero el afán de Candy crecía por momentos, y llegó la vez que en que no cabía en su corazón consuelo alguno, que se abrasaba y consumía en su ardoroso fuego. Ya no le bastaba hablar del Príncipe, anhelaba verle, hablarle, poseerle. Unas veces corría presurosa, otras caía desfallecida. Rosemary y Albert observaban atentamente las creces y los síntomas de toda su amable enfermedad y le prodigaban los más tiernos cuidados. La corza blanca parecía también tomar empeño en divertir a Candy, halagándola y haciéndole mil y mil cariñosas fiestas. ¡Le traía tan dulces recuerdos este animalito! Mas cuando venían a su memoria los padecimientos del Príncipe y su triste y sentida canción, volvía a sus gemidos y se llamaba a sí misma ingrata y desagradecida, y se reprochaba el haber podido por algún tiempo encontrar alivio.
Comenzóse a sentir una suave y dulce fragancia. «—Proviene —dijo Albert a Candy— de las cercanías del monte de la Mirra. Candy lloró de gozo al oírlo.
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Pasados algunos días se dejó ver el suspirado monte. «—¡Oh, bello monte! —dijo Candy—. ¡Monte pingüe! ¡Monte cuajado! ¡Oh, amado monte! Gran mansión del suspirado bien de mis amores. Objeto dulce de mis abrazadas ansias».
El suelo comenzó a aparecer cubierto de hierba menuda y fragante; los árboles eran más frecuentes; brotaban a trechos fuentes cristalinas; se dejaban ver hermosas flores; revoloteaban pintados pajarillos. Candy, insensible a todas estas bellezas, no apartaba su vista del amado monte, ni tenía otro pensamiento, ni otro deseo que llegará el. Sus ansias crecían a medida que se acercaba; rivalizaba con la corza en trepar por los empinados riscos. No descansaba sino forzada por la obediencia. En fin, se levantó como leona a quien han quitado sus cachorros, buscando por todas partes a su Bien perdido, y protestando no sosegar hasta encontrarle. No oía, no veía, no descansaba. Estaba loca, con la locura del amor.
Una ocasión en que Candy se había entregado a su pena con más vehemencia, cerca del mediodía hicieron alto a pesar de la joven, porque temió Albert que Elroy desfalleciese de cansancio. Candy se acercó a Rosemary, y arrojándose en sus brazos exclamó: «—¡Madre mía! ¡Oh, tierna Madre mía! Si tardo en llegar a la presencia del Príncipe moriré!» Rosemary estrechó contra su pecho a la joven, y pasándole la mano cariñosamente por la cabeza le dijo: «—No temas, querida mía, no llores, te lo ruego, pronto verán tus ojos al Dueño de tus amores, objeto de tus ansias, y todos los pesares se tornarán en alegría, pero espera, espera un poco, nada más».
Candy, forzada a detenerse, vertía lágrimas hilo a hilo. Rosemary le dijo que llevase a beber a la corza a una fuente cercana de aquel sitio. Candy siempre obediente a su protectora se levantó para conducir al animalito. La corza corría delante de ella saltando alegre y ligera; y luego, cuando ya Candy apenas la divisaba, volvía corriendo hasta juntarse con ella, saltando y retozando entre la hierba. Su inocente alegría y sus juegos lograron arrancar una sonrisa a la afligida joven, después de la cual tornó a su llanto, y acariciando y reprendiendo a la corza le decía: «—No pretendas que te mire, gracioso animalito, yo no tengo ojos para verte, no puedo pensar en ti ni en otra cosa alguna sino en lo que causa mi tormento. Yo te amo, es verdad, por el bien que me has hecho, y sobre todo por el Dueño a quién perteneces. Dime, ¿le conoces?, ¿le has visto?, ¿se acuerda de la más ingrata de las mujeres?, ¿no ha muerto de dolor?» En esto llegaron a la fuente. En tanto que la corza bebía y se bañaba con delicia, Candy fija sus ojos en el agua que a veces agitada por un ligero viento y herida por los rayos del sol, formaba cambiantes de bellísimos colores, y a veces quieta y sosegada como un espejo cristalino retrataba la arboleda y todas las bellezas del paisaje que tenía alrededor. Candy no estimaba en nada estas bellezas que no eran el objeto que ella sólo anhelaba mirar. Y así, vertiendo lágrimas que en gruesos hilos iban a mezclarse con las aguas de la fuente, decía «—¡Oh, fuente clara y purísima! ¡Oh, si en tus limpios cristales me hicieses ver el adorado rostro que tengo yo en mi pecho retratado! ¡Oh, cuán cara fueras para mí!
De repente, ¡oh, sorpresa!, Candy apenas puede creerlo: apareció en el espejo de la fuente el rostro que anhelaba contemplar. Empero este bello rostro no estaba pálido y abatido como solía presentarse en el otro espejo, sino alegre, vivo, animado, radiante de gloria, de júbilo y de amor.
Su primer ímpetu fue a arrojarse a la fuente para unirse con su adorado objeto, pero se detuvo temiendo mover el agua y que desapareciese la visión. Le parecía hallarse delante de su espejo; no quería apartar de allí sus ojos; temía que el viento más ligero moviera el agua y desvaneciera la encantadora imagen. No se movía, no respiraba, no hacía más que mirar. Quedó como arrebatada y absorta. Mas estando así dulcemente enajenada, de repente desapareció la visión. Causóle esto grande sentimiento; Pero un instante después llamó su atención una voz varonil y dulce a la par, que no ha olvidado y que reconoce al punto, que salía del cercano bosquecillo y entonaba una dulcísima canción. Se le vinieron a la memoria aquellos dulces días del castillo de la Falda, cuando la despertaba aquella voz querida. Se alzó prontamente y partió ligera al lugar de donde salía la voz. «—¡O soy presa de un encanto —decía—, o él es!»
«—No te engañas, dichosa Candy, no te engañas, es él. El Príncipe a quien tú buscabas y llamabas con tanto anhelo, te contemplaba desde la copa de un árbol elevado, y la fuente en su espejo cristalino ha copiado fielmente su imagen. ¿No notaste en sus ojos el enternecimiento con que te miraba? Él veía tu dolor y tu ternura, y leyó en tu corazón que ya no eras aquella niña inconstante y caprichosa, sino una verdadera amante suya, firme, prudente y fiel».
Llegó al lugar de donde salía la voz, pero cuando ella creía que iba a encontrar al que cantaba, la voz se hacía escuchar por otro lado; corría aquel nuevo lugar y volvía a alejarse la voz y quedaba ella inmóvil, sin saber a dónde dirigir sus pasos. Llamaba mil veces a Aquel a quién amaba más que a su propia vida, pero parecía que su voz no era escuchada. Volvía la vista por todas partes, prestaba atento oído; tenía un pie un poco puesto adelante en actitud de echar andar tan pronto como conociera dónde debía dirigirse, porque juzgaba que por no haber oído con atención no encontraba al amado cantor. Su dolor y su ansiedad, que estaban bien retratados en su semblante, daban realce a su hermosura, y hubiera sido imposible verla y no compadecerse de ella. Estaba tan hermosa, tan encantadora, que su Dueño la contemplaba con delicia. Ella no se movía, procurando escuchar. Volvió a oírse la dulce, atrayente melodía, y la que hasta entonces se pudiera haber tomado por una estatua, se animó repentinamente, la sonrisa más dulce entreabrió sus labios, se colorearon sus pálidas mejillas, redoblando su atención para ver de dónde salía aquel sonido. Y luego que creyó haber escuchado bien, partió ligera y se precipitó entre la maleza, pero al llegar, todo quedó en silencio. Su pobre corazón ya no pudo resistir, se sintió desfallecer, sus ojos se cerraron a la luz y cayó al suelo exclamando: «—Sol de mi existencia, ven, porque si tardas moriré», y quedó desmayada.
Cuando comenzó a volver en sí se sintió en los brazos de Rosemary, quien la estrechaba cariñosamente contra su pecho e imprimía a sus purpurinos labios en la pálida frente de la joven. Confortada por tan dulces caricias, entreabrió lentamente los ojos; más al entreabrirlos ¡oh, amor, y qué fue lo que vio! Vio al Príncipe delante de ella, aplicándole una esencia maravillosa con que logró volverla a la vida. En su mirada comprendió Candy que era amada con incomparable amor. Álzase presurosa y va a arrojarse a sus pies. Su amado la recibe en sus brazos. Candy se olvida de su estudiada frase. Aquellas palabras que ella tanto había repetido se borran ahora de su memoria. Nada puede decir y no hace otra cosa que llorar, llorar de júbilo, ella que tanto había llorado de dolor.
Rosemary y Albert los contemplaban con dulcísima ternura, y Albert decía a la Soberana de las Luces: «—Reina y Señora mía, ved vuestra obra: a vos sola debe su felicidad». La modestísima Señora le contestaba: «—Fiel Albert, jamás olvidaremos ni mi Hijo ni yo que a ti debemos tanta ventura; sin tus prudentes consejos, sin tus desvelos, esa cándida paloma nunca habría vuelto a su abandonado nido; nuestra gratitud es inmensa, carísimo amigo». Mientras ellos hablaban así, ¿qué se decían los dichosos amantes, reunidos después de haberse visto en tan inminente riesgo de separarse para siempre? Es más para considerarse que para expresarse.
La noche que siguió a este día felizmente memorable estuvieron todos conversando agradablemente iluminados por la apacible claridad de la luna. ¿Qué hacía entonces Candy? ella contaba por nada todos sus largos sufrimientos, todos sus trabajos; no pensaba más que en gozar de su ventura. Unas veces pronunciaba palabras entrecortadas que expresaban sus sentimientos, y luego guardaba un dulce, significativo silencio. Hasta muy entrada la noche estuvieron todos conversando satisfechos y enteramente felices. Al día siguiente se pusieron en camino sin que Candy importunase a Albert para que violentara la marcha y sin que pidiera que aceleraran el paso. ¡Qué le importaba, si para ella ahora era lo mismo caminar o descansar, andar de prisa o con lentitud!
Todos eran dichosos, hasta la misma Elroy, que ya rarísima vez importunaba a su joven ama, pues sabía cuán inútiles eran ahora sus locuacidades; aún ella se hallaba bien, pues al verla tan sumisa y obediente como antes había sido soberbia y altanera, Albert y Rosemary muy particularmente le procuraban algún alivio y le ayudaban en los pasos difíciles, y la amabilísima Señora llevaba su condescendencia y su terneza hasta cortarle florecitas del campo para entretenerla.
De esta suerte continuaron su feliz viaje sin tener ningún contratiempo.
Una vez más Candy y Anthony están juntos, y esta vez no hay nadie que se interponga entre ellos.
¡Nos vemos la próxima!
