Las fiebres me duraron tres días. Imagino que fue la reacción natural a dos chapuzones y una noche de marchas forzadas. Pero lo logramos.

Cuando nos reunimos con Pequeña Nutria en el agua, nos llevó hasta una isleta llena de juncos y nos hizo ocultarnos ahí. Temí que nos encontrasen, pero el barco enemigo pasó de largo en persecución del Viento bueno y se perdió tras la curva del río.

Trepamos el terraplén de la orilla este y corrimos tierra adentro durante toda aquella noche, con nuestras ropas empapadas, el miedo prendido en nuestras mentes y el dolor cerrándonos la garganta. Me negué a pensar en Rivaverde, en Dulzagua ni en nuestro amado barco… Solo caminar y correr, caminar y correr… Alejarnos. No quería pensar, no quería pensar… Pero deduje que no capturarían a Rivaverde. Un hombre de recursos como él debía tener una salida de emergencia, igual que la tuve yo durante mucho tiempo. Probablemente se lanzase al río y dejase que sus damas del agua le arrastrasen más allá de esta vida. Sentí que deseaba llorar, pero empujé ese sentimiento, hecho una bola, muy abajo y centré mi energía en seguir el paso de mis compañeros.

Al amanecer, cuando por fin nos detuvimos, yo había pasado más allá del agotamiento, hasta ese punto en que ya no puedes sentir bien qué está ocurriendo con tu cuerpo ni con tu mente. Nos acomodamos contra unas rocas en una afloración y dejamos que el incipiente sol entibiase nuestras ropas húmedas. Noté que Pequeña Nutria se sentaba algo apartado de nosotros y que se negaba a mirarnos. Lavina, sin decir nada, se sentó al lado de él y pasó un brazo por encima de sus hombros. Ninguna palabra iba a consolarle. Pude notar su dolor como mío, pero ellos habían navegado en el Viento Bueno mucho más tiempo que yo y no me creí con derecho a irrumpir en su momento de duelo. Pequeña Nutria abrazó a la guerrera y ella lo cubrió con sus brazos, como si lo estuviese protegiendo del mundo. Sentí que el nudo en mi garganta se deshacía en lágrimas al ver a Pequeña Nutria sacudido por sollozos en los brazos de Lavina. Traté de respirar hondo y volver a esconder aquel sentimiento en algún rincón de mi mente, pero no pude. Me puse a llorar en silencio. Abracé mis rodillas y escondí el rostro en mis brazos para darme un mínimo de intimidad.

Oí a los elfos moverse y murmurar algo en su idioma. Pero me daban igual, me daba igual su misión o ninguna mierda que los hubiese traído hasta nosotros. Habíamos perdido al Viento Bueno, a Dulzagua y a Rivaverde por su culpa.

Un rato más tarde, alguien me tocó el hombro. Al levantar la vista vi a la elfa ante mí. Me di cuenta en ese momento de que tenía algunas canas en su cabello negro y arrugas alrededor de los ojos. Era más mayor de lo que creí en un principio.

– Tienes que secar tu ropa – me dijo.

Y la ira tomó mi mente. ¿Quiénes se creían que eran? Habíamos perdido al Viento Bueno por su culpa. ¿Y encima se atrevían a darme órdenes? ¡Rivaverde era mi capitán! No ella. Sé que es estúpido y que ella trataba de ayudar y que tenía razón, pero, en ese momento yo no podía pensar con claridad.

– ¡Mi nombre es Erisad! – le espeté en un tono mordiente – ¡Y no recibo órdenes vuestras!

Ella no pareció percatarse de mi tono de voz porque respondió:

– Yo soy Adva y él es Feranon.

Es estúpido lo que el dolor te hace pensar y hacer porque decidí en ese momento que sus palabras eran una burla. La ira barrió mi pensamiento. Me puse en pie, toda energía, dispuesta a gritarles… y el mareo me tiró al suelo.

– Uo… uo… Florecilla, ¡quieta! – dijo Lavina mientras me ayudaba a sentarme.

El mundo se estaba emborronando y mis extremidades se sentían pesadas. La elfa me tocó las mejillas y dijo a mi compañera:

– Tiene fiebre. Debe secar su ropa y descansar, ahora. Tú también.

Los elfos sacaron de sus bolsas una de las pequeñas maravillas prácticas de la magia elfa: un artilugio cojonudo que llamaban "piedra hogar". Se trataba de una roca redonda y plana de un palmo de diámetro, con una depresión en su centro. La roca era porosa al tacto pero no parecía nada más que eso, una roca, hasta que Adva la manipuló y un fulgor rojo la iluminó. La colocó ante nosotros y todos sentimos el calor que irradiaba. Lavina se movió nerviosa.

– Es un objeto mágico. ¡El ástirax!

– Es seguro – dijo Adva –. Tardará todavía unas horas en encontrar otro anfitrión al que poseer y volver. No nos persiguen todavía.

¿Cómo lo sabían? Ella miró a Lavina y luego a mí.

– Secad vuestras ropas, estáis enfermas por el agua.

Deduje que su dominio del idioma ereño no era tan bueno, porque aquello era una extraña expresión. Pero Lavina lo pilló perfectamente y tiró de mi capa mojada primero para obligarme a quitármela.

Todos echamos sobre la piedra hogar parte de nuestra prendas. Mi capa, las botas… Solté la trenza… y me tumbé a dormir encogida frente al sol que salía. Oí la conversación entre Lavina y ellos, pero no tenía fuerzas para siquiera participar.

– ¿Estamos lo bastante lejos?

– Feranon cree que sí. Hemos marchado a muy buen ritmo.

Entreabrí los ojos para mirar a los elfos. Feranon se había quitado la coraza de cuero, y se la había pasado a Pequeña Nutria. Tanto él como su compañera habían dejado parte de sus ropas extendidas frente a la piedra hogar y su sentido del decoro parecía mucho más laxo que el de Lavina o el mío.

– ¿Qué está pasando? ¿Por qué estáis aquí? – preguntó Lavina.

La elfa intercambió unas palabras con su compañero. Finalmente, Adva se volvió hacia Lavina y respondió:

– Esta misión era de otro, pero desapareció. Éramos los únicos capaces de llegar a tiempo.

– ¿Llegar a dónde? ¿Cuál es la misión?

– No tenemos autorización para revelar esa información.

Por un lado quise gritarles. Habíamos perdido el Viento Bueno por su culpa. Por el otro, mi mente racional me dijo que hacían lo correcto. Si nos capturaban, era mejor no tener ninguna información que nos pudiesen sacar por tortura. Y mi cuerpo dijo que nada importaba ahora mismo, solo descansar. Cerré los ojos, sintiendo frío y calor al mismo tiempo. Estaba febril.

– Voy a ir con vosotros – dijo Pequeña Nutria –. Mi tío me dijo que os ayudase, que era muy importante. Pienso honrar lo que le prometí.

Rivaverde quería que les ayudásemos, y había sacrificado al Viento Bueno para hacerlo. Los sentimientos de dolor y determinación se mezclaron de manera extraña. Si no era por Rivaverde, sería por Pequeña Nutria, no le dejaría solo.

Las voces de mis compañeros empezaron a distorsionarse. Noté que algo cálido caía sobre mí. Era mi capa, seca y caliente. Fue como una bendición. Entreabrí los ojos y vi a Feranon alejarse de mí.

No recuerdo mucho del paisaje durante aquellos tres días. La fiebre me torturó y toda mi energía estuvo centrada en seguir el paso. Hicimos los descansos justos y necesarios. Lavina también se vio afectada, aunque no tanto como yo y llegó a acarrearme en algunos tramos. Pero los elfos y Pequeña Nutria parecían inmunes.

Caminamos por las noches y dormimos durante el día arrebujados unos contra otros para mantener el calor. Y, aunque lo intenté, no logré odiar a los elfos que nos habían metido en aquello, porque al despertar siempre encontrábamos algo de caza despiezada siendo cocinada en un pequeño fuego, o plantas comestibles ante nosotros. Quizás era su manera de agradecernos lo que estábamos haciendo o de pedirnos disculpas por haber sido la causa de la perdición del Viento Bueno.